La piedra angular: novela

Part 7

Chapter 73,876 wordsPublic domain

—¡Alto!—dijo Moragas festivamente.—Ni aun como testigo me pueden á mí meter en ese berengenal. Esta mañana, cuando leí los periódicos, pensaba para mis adentros: ¿no es raro que, viviendo ella en el mismo lugar donde tengo mi huertecillo, no conozca á esa mujer? Puede que sea de las pocas de allí que yo no haya visto, ni mirado. Y no es mal parecida....

—¡Hola!

—¡Vamos!

—¿Conque guapa ella?

—Guapa.... no. Lo que tiene es un aire de compostura, un buen modo.... que gustan y sorprenden, por lo mismo que contrastan con el hecho que se le atribuye.... Y digo que se le atribuye, porque en realidad, por ahora, nada se ha concretado.

—Hombre, pónganos V. en el secreto.... Sus noticias son autorizadas.... Ha conferenciado V. ayer con Priego....

—¡Conferenciar!....—Y Moragas se rió, descabezando por medio de la boca del barquillo la pirámide del sorbete.—Si es que estaba yo en la galería...., y como Priego pasaba cansado y fastidiado de la tarea, entró á refrescar con un tanque de cerveza alemana.... Ni él mismo sabía gran cosa. Eran los primeros instantes....

—¡Respetemos el secreto del sumario!—dijo Primo Cova.

—Vds. lo meten á barato,—observó con melancolía el magistrado D. Celso Palmares, sacudiendo una cabeza amarillenta, pálida, color de legajo viejo, asaz entristecida por el tono telarañoso del cabello ralo;—pero nosotros.... nosotros, á cargar con la cruz. Esperaba yo que en esta Audiencia no se ofrecería nunca un caso así....

—Lo que es de ésta....—interrumpió Carmelo Nozales, el fiscal,—me da espina de que el Sr. D. Celso no podrá mantenerse fiel á su propósito de jubilarse sin haber firmado una sentencia de muerte....

La fisonomía del magistrado se enlobregueció más aún, y sus cejas se fruncieron, como indicando gran desagrado en la conversación. Mauro Pareja comprendió que ésta era muy indiscreta, y la torció, llevándola al terreno de la actualidad.

—Lo cierto es que crímenes de este calibre no se ven todos los días, si se confirma la versión última.... que parece la verdadera....

—¿Qué versión?—preguntó Lucio Febrero, el cual llegaba en aquel mismo instante y se incrustaba en el círculo, sin tomarse ni el trabajo de dar las buenas tardes.

Su llegada produjo impresión. Las cabezas se volvieron hacia él; los ojos buscaron sus ojos.

—¿Así está V.?—exclamó Moragas.—¿Tanta afición á la _criminología_, tanto revolver autores franceses, italianos y rusos, y desdeña V. la parte experimental? Porque, para V., el estudio de un crimen es como para mí el de un caso patológico.... mal que le pese al amigo señor Cáñamo, que á cada cosa que V. hace ó dice toma el cielo con las manos.

—¿Yo?....—murmuró el jurisconsulto aludido, con una sonrisa que quería parecer almíbar y era rejalgar muy cargadito de arsénico.—No; si á mí el Sr. Febrero ya me lleva convencido. Tales argumentos me va presentando, que me rindo: no hay diferencia alguna entre el criminal y el hombre de bien, y á los reos los debe sentenciar el tribunal.... á comerse una libra de yemas.

Lucio Febrero—mozo de buen talle y gallarda figura, digno sobrino carnal de aquel hermoso anciano que conocimos en _Morriña_—se sonrió con indulgencia irónica, mirando serenamente á Arturito Cáñamo, el cual, por su parte, evitaba la mirada del joven abogado, á quien de muerte aborrecía. Ha de saberse que Cáñamo, acabado de establecer en Marineda, con propósitos de barrer—calculaba para sus adentros—los _demás_ bufetes importantes, y persuadido de que para conseguirlo necesitaba filosofar de palabra y en letras de molde, Arturito Cáñamo, digo, era un implacable penalista, y ya tenía escritos dos folletos abogando por la pena capital—por lo cual los marinedinos, que no carecen de travesura, le habían puesto el apodo de _Siete patíbulos_, y, bien que con menos éxito, el de _Una horca en cada esquina_,—así como al fiscal Nozales le llamaban _Grocio_ y _Pufendorf_, por su afición á citar á estos dos tratadistas siempre juntos, como si fuesen uno solo.—Al aparecer en Marineda Lucio Febrero, con su aureola de brillantes estudios, con el prestigio de su figura y de su dicción enérgica, y con la arrolladora fuerza de sus ideas «disolventes», Cáñamo presintió, venteó en él al rival, al que podía cerrarle para siempre el camino de la fama y de la gloria. Á la verdad, Febrero siempre advertía que no pensaba fijarse en Marineda, sino que residía allí temporalmente, para evacuar ciertos negocios de intereses relacionados con la testamentaría de su madre; pero ¿no sería hábil disimulo? ¿No llevaría el maquiavélico fin de ir insinuándose con el público y minándole á él, á Cáñamo, el terreno donde principiaba á sentar el pie? ¿No tenía Cáñamo en Febrero el enemigo natural que acosa á cada ser? Y aunque así no fuese, ¿cabía la menor duda de que Febrero había de eclipsar y deslucir á Cáñamo, y era el innovador, el nihilista, el anarquista del derecho penal, que con sus insensatas pero fascinadoras teorías había de arruinar las esperanzas de Cáñamo.... y el edificio social por contera?

Los ojos de _Siete patíbulos_ vagaban por la mesa, huyendo la franca, risueña y desdeñosa ojeada de Febrero: sin embargo, continuó, exagerando su sonrisita empapada en hiel.

—Señores, lo dicho: el Sr. Febrero ha llevado el convencimiento á mi ánimo. Ya me tienen Vds. convertido...., á la blasfemia, al ateísmo jurídico, al materialismo, al darwinismo desenfrenado y radical. Nada: discípulo me hago del señor Febrero; hay que amoldarse á los tiempos y dejarse ir con la corriente. Aquí me tienen Vds. dispuesto á ser protector y defensor de todo asesino.... ¡Digo asesino! ¡Si no los hay! El Sr. Febrero me los identifica con el hombre intachable.... Para él tanto monta el que estrangula á la madre que le dió el ser y el que la cuida y vela amoroso....

Volvió Febrero á mirar á Cáñamo fijamente, ya con más desprecio que chunga, y buscando en el bolsillo la petaca, respondió alzando los hombros al ataque de su adversario. Era Febrero vivo, apasionado, y su temperamento sanguíneo-nervioso le impulsaba á la discusión, como impulsan al atleta á la lucha sus músculos de hierro: no obstante, había resuelto—y era hombre que se cumplía las palabras á sí propio—no dejarse conducir al terreno polémico por _Siete patíbulos_. Dos ó tres frases sueltas, más ó menos contundentes ó festivas...., con eso sobraba. Á Cáñamo este sistema le llevaba al frenesí.

—La verdad—aseveró Palmares—que las teorías del amigo Febrero son.... fuertecillas, fuertecillas. Echan por tierra la administración de justicia.

—Si se aplicasen al ejército—observó Cartoné—me lo tenían Vds. disuelto en una semana. Sembraría en las filas la indisciplina y la insubordinación.... Repito que no había ejército posible.

—Ni administración pública—arguyó el delegado de Hacienda.—Tenemos que penar severamente los atentados contra la propiedad, sea pública ó privada. El concepto del delito es la base de la responsabilidad administrativa. Sin embargo, me parece que Vds., al pinchar al amigo Febrero (que ya nos deja por cosa perdida y renuncia á defenderse), le atribuyen teorías que él no profesa, ó al menos interpretan las que profesa de un modo muy violento, extremándolas y dándoles un alcance que no tienen. ¿Me equivoco, Febrerito?

—Usted lo ha dicho, Sr. Delegado—respondió Febrero sacando la primer chupada de un pitillo y enarcando las cejas, movimiento que trazaba dos ó tres arrugas sobre su tersa frente, bien calzada de negro pelo.

—Pues claro está, (apoyó Moragas, gran admirador y simpatizador de Febrero). El que oiga á Cáñamo, pensará que Lucio se empeña en convertir á la sociedad en presidio suelto, y que va á fundar premios para el que saque los hígados á su suegra y se meriende una chuleta de niño recién nacido.... Lo que hace Febrero es estudiar esas cuestiones desde un punto de vista científico, y nada más.

—¡Ah!....—vociferó Arturito, cuyos ojos parados y abultados, que Primo Cova comparaba á dos huevos duros, se inyectaron de sangre y bilis.—¡Ah!, pues ahí esta precisamente el error, ¡el error funestísimo y de espantosas consecuencias! El punto de vista en que hemos de colocarnos para estudiar cuestiones tan trascendentales, no ha de ser científico, sino moral, moraal, moraaaal.... Es decir, que ese arduo, arduísimo problema, pertenece de derecho á la esfera de las ciencias morales y políticas.... No, señores; no es con el criterio de la materia inerte y ciega, del fatalismo y del determinismo absurdos, de Epicuro y _Busnér_, de la piedra que cae, ni con el escalpelo del anatómico en la mano, como han de decidirse ciertas cosas.... Sólo que, en estos días aciagos, los partidarios de la evolución y la selección, el atavismo y la transmisión hereditaria, los ciegos esclavos de la filogenia y la embriogenia, se obstinan, menoscabando nuestra dignidad, arrastrándola por el lodo, en borrarnos el carácter de racionales, y en equipararnos al orangután, ó sea al mono antropomorfo, ¡como ellos dicen!....

Al oir esta erudita parrafada, Palmares, el magistrado, se puso aún más tétrico, lo mismo que si ya se viese orangután hecho y derecho, ó le estuviesen enseñando por un cristalito la jeta de los antropomorfos de que descendía; Moragas, con disimulo y por debajo de la mesa, hizo burlescamente el ademán del que da cuerda á un reloj, y Pareja, asestándole un codazo á Cartoné, dijo alto:

—Á ver, á ver qué contesta Febrero. Me parece que el discurso no tiene vuelta. ¿Será V. capaz de pulverizar á Cáñamo?

—Bien seguro está Cáñamo de que yo le pulverice—respondió el joven letrado determinándose á hablar y tirando el cigarrillo.—¿Cómo quieren Vds. que uno se atreva á discutir con persona de conocimientos tan vastos? La mitad de las cosas que acaba de nombrar Arturo, yo no sé lo que son, ni si se comen con cuchara. De manera....

—De manera que si V. toma á guasa estas cuestiones, entonces....—exclamó con ira Cáñamo.

—Eso no, ¡vive Dios!—replicó Febrero, á cuya cara trigueña subió una llamarada de sangre, y cuyos ojos brillaron.—¡Eso no! Tan por lo serio las tomo.... que no las discuto con V.

—Señor mío, esa apreciación.... sobre todo entendida al pie de la letra....

—Señor mío, es V. muy dueño de entenderla al pie de lo que le plazca.... y de continuar ilustrándonos....

—¡Quiá! (respondió verdoso de despecho _Siete patíbulos_); si quien nos ha de ilustrar es V. De V. aprenderemos aquella peregrina y curiosa noticia, de que el _crimen_ empieza en el reino vegetal.... ¿Qué, Vds. no lo sabían? Pues Sr. Palmares, Sr. Nozales, el mejor día tendrán Vds. que juzgar y condenar á cadena perpetua á algún puñado de alfalfa ó á algún pimiento.... porque según el Sr. de Febrero.... (¿á que no se atreve ahora á repetir la excentricidad?) hay plantas delincuentes, plantas ladronas y plantas asesinas.... asesinas, pero no crean Vds. que así de cualquier modo, sino con premeditación, alevosía, ensañamiento.... ¡todas las agravantes!

—Y diría la verdad el que lo dijese—advirtió Moragas recordando algo que había leído en su _Revue de Psychiatrie_. Son las _plantas insectívoras_.... Ya lo creo que asesinan....

Las carcajadas del grupo no dejaron á Moragas explicar el fenómeno. Arturito había ganado mucho terreno al convencer á su adversario de sostener tan extravagante tesis. Febrero hacía señas á Moragas de que callase, pero Moragas insistió:

—Según eso, ¿se reirán Vds. de la criminalidad en las bestias? Pues la hay, y penalidad también. ¿No se acuerdan de que, en la Biblia, la ley de Moisés condena á muerte al buey que cause la de un hombre? ¿No hemos leído hace poco en los diarios que habían procesado á un toro, no recuerdo por cual desaguisado análogo?

—Sí, todo eso es muy lógico—silbó Arturito, encarándose con Moragas;—admitamos que son criminales las berenjenas, y criminales los grillos...., ¡con tal que no lo sea el hombre! Vds. quieren suprimir la noción del crimen; y al suprimir la noción del crimen, la de la responsabilidad; y con la noción de responsabilidad, la del libre albedrío; y suprimida la del libre albedrío, á tierra la del castigo; y con el castigo, la de la vindicta pública, ó sea la conciencia social, y otra noción más altísima, si cabe: la noción de....

—Eche V. nociones—interrumpió Febrero—y así que acabe, ¡hágame el favor de permitir que me cuenten la última versión del crimen! Supe ayer que se ha cometido un parricidio en la Erbeda; pero dicen Vds. que hay nuevos datos, y yo, entretenido con unos libros que me llegaron por correo, no he cogido un periódico local esta mañana.

IX

Pues hay detalles que espeluznan—contestó Nozales.—De una ferocidad digna de salvajes, inconcebible, repulsiva.

—¿Está V. ya informando?—preguntó con socarronería Primo Cova.

—Como si estuviese,—replicó no sin impaciencia el Fiscal.—Ni prejuzgo nada, ni los señores (señaló á Palmares), ni yo, ni persona alguna, han de formar su opinión por lo que hoy se platique, sino por la luz que arroje el sumario; pero admitamos provisionalmente que sea verdad lo que dice la mayoría de la prensa.... y reconozcan que el crimen es de los de patente.... Al anochecer se recoge á su hogar un trabajador honrado, un infeliz carretero, y cena pacíficamente en compañía de su esposa y de una inocente criatura.... Se acuesta en el lecho conyugal, á reposar las fatigas del día.... Apenas la inicua de su mujer le ve dormido, y dormida también á la criatura en la misma cama, ¡qué horror! sale y se va en busca del querindango, que es por cierto el mismo cuñado de la futura víctima.... Y vienen; y ella le entrega al amante el cuchillo, y pone debajo de la cabeza del marido un barreño, y descuelga el candil, y alumbra, y lo sangran como á un cerdo, allí mismo, allí donde dormía su hija, la niña inocente, que ni siquiera abre los ojos.... Y luego desocupan en el río la sangre recogida en el barreño, y visten el cadáver, y el cuñado lo atraviesa en un burro y lo deja en un pinar, no sin triturarle la cabeza á hachazos, para que se crea que fué muerto allí, en riña ó sabe Dios como.... ¡Todo para gozar á sus anchas una pasión impura y brutal!

El grupo escuchaba con interés tan artístico relato. Al terminar la narración Don Carmelo, exclamó Cartoné, que juraba como los galanes de las comedias viejas:

—¡Por vida!.... ¡Voto á sanes!

Y Moragas intervino con vivacidad:

—Sr. Nozales, no sirve.... Aquí no estamos dramatizando una acusación, á lo Meléndez Valdés.... El honrado carretero era un borrachón muy holgazán y muy bárbaro, que le daba á su mujer cada paliza.... Esa noche gastaba una _curditis_ que no se podía tener; sólo así se explica que se dejase matar sin el menor conato de defensa. Y en cuanto á que fué por gozar de una impura pasión...., dicen que ya la gozaban sin necesidad de matarlo, y que él estaba perfectamente al cabo de la calle.... Así pues, algo hay ahí...., algún misterio, algún enigma psicológico, ó fisiológico, ó las dos cosas, y á Vds., señores míos, toca esclarecerlo.

—Ya he dicho que no prejuzgo....—advirtió Nozales mordiéndose los labios.

—No prejuzga V.... pero acusa....

—Nada...., á estos señores, ¿sabe V. lo que hay que decirles, para que estén contentos?—intervino _Siete patíbulos_.—Pues hay que decirles que todo delincuente se encuentra en estado de demencia, y que sólo por eso cometió el crimen. Yo tengo un sobrinito que pega á sus hermanas; y cuando su madre le riñe, ¿acierten por dónde sale el chiquillo? Dice que no lo pudo remediar: que le subió por el estómago una cosa, una cosa...., y que, al llegar á la mano, se le convirtió en bofetada.... Estos de la _impulsión irresistible_ son como el rapaz...., y si á aquel lo curamos á fuerza de azotes, á estos....

—¿Nos daría V. una azotaina?—interrogó Febrero mirando á Cáñamo con soberana insolencia festiva.—Ya me lo sospechaba yo, Sr. de Cáñamo. Ya suponía que, por gusto de V., restableceríamos en todo su esplendor el trato de cuerda, las pesas, el potro, las cuñas, las seis azumbres de agua echadas por un embudo, con otros modos finos de preguntar que gastaban nuestros insignes abuelos. Y también pondríamos en vigor la mutilación de manos y pies, la perforación de la lengua con hierro candente, las pencas, las mujeres untadas de miel y emplumadas, los hombres hechos cuartos y la marca roja en las espaldas.... Toda la penalidad infamatoria y torturadora, de la cual conservan Vds. con tanto celo lo poco que resta.... Y ¡ay del que toque á esos restos!.... ¿verdad, Sr. de Cáñamo? Eso es el _Sancta Sanctorum_....

La fisonomía verdosa de Cáñamo se contrajo, y sus acentuados pómulos palidecieron de enojo: su voz era temblona y furiosa al contestar:

—Ya.... ya.... ya sé que ahí va á parar todo...., que ese es el objetivo de las supuestas reformas, y el fin á que tienden todas esas infames teorías. ¡Se quiere establecer la irresponsabilidad, para, á su sombra, echar por tierra lo único que sustenta este edificio minado por todas partes, atacando á la sociedad en sus mismos cimientos! ¡Se quiere alcanzar con la piqueta la base, el centro misterioso en que descansan la paz, el orden, la justicia, la concertada marcha de todo el organismo social! ¡Se quiere!...., ¡horror causa el decirlo!...., ¡tocar á la piedra angular, abolir la última pena!....

Al nombrar la última pena, armóse en el grupo una especie de motín: cada cual quería emitir su opinión, objetar, afirmar, negar, discurrir. Pero sobre la marea de tantas opiniones como iban á ilustrar el asunto, sobresalió la voz de Primo Cova, que chillaba en agudo falsete:

—No le toquen Vds. ese punto á Cáñamo.... ¡La pena de muerte! Pues si esa es su parte sensible.... ¿No lo sabían? Ha escrito sobre el asunto en todos los diarios de la región, de la corte y de América, y se calcula que el total de los artículos que lleva publicados podrá pesar así como unos treinta quintales.... Las empresas Funerarias se han asociado para regalarle una corona de abalorio negro.... Ha ilustrado la materia con profundísimas investigaciones; se ha metido en el bolsillo á Becaria, á Filangieri y á Silvela. Sólo nos ha dejado una duda, una incertidumbre horrorosa.... ¡No ha podido decirnos categóricamente cómo se conjuga la primera persona del presente de indicativo del verbo _abolir_! ¡No acaba de resolver si ha de decirse yo _abuelo_ ó yo _abolo_! Ya desesperado, optó por la solución mixta y escribió esta copla.... ¡Verán qué copla!

«Mi abuela quiere que _abuela_ Yo la pena capital: ¡Yo no soy bolo, y no _abolo_ La garantía social!»

Grandes carcajadas corearon la impertinente gracia de Primo Cova. La conversación perdió su carácter de seriedad, borrándose el sombrío tinte que le comunicara el relato del crimen, y se enzarzó, entre chanzas y epigramas, alentadas por el visible enojo del amoscado Arturito, una contienda puramente gramatical, en que todos echaron su cuarto á espadas sobre si debe decirse _abuelo_ ó _abolo_, causando indignación y ardientes protestas el parecer de Don Darío Cortés, quien afirmaba que no se dice de un modo ni de otro, sino _yo abulo_, y alegaba autoridades y razones serias. Es increíble el fuego con que sostuvieron tan mezquina disputa. Olvidadas quedaron las cuestiones que habían principiado á agitarse, el grado de responsabilidad de los criminales y la conveniencia de la última pena; y aquel grupo—relativamente consciente, ilustrado, grave—más encrespado de pronto que el mar en día de tormenta, rompió en frases agrias y batalladoras, cruzó apuestas, voceó hasta echar abajo el Casino y tener que advertirles el mozo que no gritasen, «que se oía mucho desde fuera». Finalmente, varios campeones «se jugaron la cabeza,» por una desinencia de mala muerte, como aquellos griegos de Bizancio que se mataban por el modo de persignarse, ¡mientras cada vez más próximo retumbaba el casco del caballo del invasor!

Tampoco de esto quiso disputar Febrero. Imitando su ejemplo Moragas (que en otra ocasión no dejaría de alborotar, lo mismo que cada quisque), al poco rato salieron juntos abogado y médico, y sin ponerse de acuerdo, sin decirse palabra, apenas doblaron la esquina que conduce al paseo del Terraplén, enlazaron los brazos como personas dispuestas á platicar largamente, á lo cual les convidaba la serenidad del anochecer y la molicie de la atmósfera, ablandada por la primavera y entonada de vez en cuando por un hálito salitroso venido del mar. Ya bogaba en el cielo el ligerísimo esquife de la luna nueva, y el lucero destellaba, como una mirada fija y amorosa de la cual parece que va á desprenderse llanto.

Ninguno de los dos hombres,—que sin estar unidos por antigua ni por fuerte amistad, lo estaban en aquel punto por la afinidad de sus corrientes de pensamiento y de sentimiento,—pronunció palabra hasta verse fuera de la zona de arbolado tupido, recortado y simétrico que forma el lucido y amplio paseo del Terraplén. Y es que por allí no había solamente árboles, sino también seres humanos, paseantes ociosos. Traspasada la última hilera de plátanos y acacias, encontráronse en el Malecón, siempre solitario, y que tiene por horizonte las aguas, entonces apacibles y suavemente rizadas, de la bahía. Moragas fué el primero en estallar (Febrero era, aunque vehemente, más concentrado, y tenía ya el hábito de reprimirse que adquieren á la larga los verdaderos innovadores).

—¿Ha visto V.? ¡Qué caterva! ¡Valiente areópago! Así es que yo no pongo el pie nunca ahí....

—Yo sí suelo ir;—respondió Febrero.—Les dejo hablar, les oigo...., y aprendo, aunque parezca mentira. Y eso que ya delante de mí se recatan ellos bastante. No sé de dónde han sacado que me río de lo que dicen. Lo que no hago es tomar parte en las disputas. Eso no; por nada del mundo. Siendo, como soy, un hombre que se cree nacido para la propaganda, considero que para esta propaganda oral, ni están maduras aquí las conciencias, ni preparado el terreno. No diré que fuese enteramente mala la propaganda oral, siempre que recayese en un auditorio escogido, capaz de recibir la idea con cierta nitidez, y de devolverla y comunicarla, mas sin alterarla mucho. Arrojarla ahí, en el _Casino de la Amistad_, ó en cualquier Casino, para que la ensucien, la desfiguren y la pisoteen...., eso sí que no lo haré yo.... Sería profanarla...., y profanarla en balde.—No crea V. que no me ha costado aprender á reprimirme, á sonreir y á callar, cuando oigo todo género de atrocidades y de absurdos; á no perder jamás la sangre fría; á esquivar los ataques de los necios malignos, como ese Cáñamo, que siempre me andan buscando las cosquillas para poder decir que me refutan, y á imponerme por mi propia calma y retraimiento, que, tarde ó temprano, hacen efecto en la muchedumbre. Así es que.... me reprimo y me reprimiré, y á mí no me han de meter en ninguna danza ridícula. Ya ve V. lo que ha sido la conversación de hoy; una serie de incoherencias y de extravagancias, y al final una de esas cuestiones gramaticales tan bizantinas y tan empalagosas...., de la cual sacarán todos lo que el negro del sermón. No: no hay más propaganda que la del periódico (sin aceptar tampoco la polémica periodística, á no ser con gente bien educada y de mucho fuste, y claro que me refiero á periódicos de Madrid), la del libro, y la acción parcial sobre la conciencia de algunas personas ilustradas, serias, debidamente preparadas, y que crean en Dios y en el progreso humano...., como cree V.

—Á pies juntillas—aseveró Moragas, deteniéndose un instante y mirando á la bahía, espectáculo cuya magia le parecía mayor en aquel instante.—De lo primero se me figura que no dudo jamás: de lo segundo, sólo me entran hormigueos y escozores al verme entre mucha gente como la de hoy.... Cáñamo, sobre todo, es un tipo.... Asusta pensar que ese hombre aspira á la magistratura.... ¿V. cree que no sería capaz de restablecer el tormento? ¡Como pudiese!