Part 6
Inclinábase ya hacia el doliente, cuando la luz que Rojo había descolgado y aproximado alumbró de lleno el rostro del padre. Es indecible el asombro que expresó el de Moragas al reconocer á su cliente de por la mañana, _al_ de los dos duros tirados á la calle. Ira, pasmo, menosprecio, chispearon en sus redondas pupilas, que giraron con furor, en las finas múltiples arrugas de su frente, en su abierta boca, en sus puños instantáneamente crispados.—«¡Usted, usted!»,—repitió con las variadas expresiones de los sentimientos que le agitaban.... Y serenándose de pronto por la misma fuerza de su cólera, y mirando al niño que gemía opacamente y al padre que bajaba los ojos y quería ocultarse, pronunció en tono grave é incisivo:
—El niño, ¿es de V.?
—Mío, sí.... Es mi hijo,—declaró Rojo con apagada y terrosa voz.
—Pues esa es la peor enfermedad de cuantas pueden sobrevenirle, y esa, ni se la curo yo, ni se la cura nadie,—replicó el médico volviendo la espalda y dirigiéndose hacia la puerta.
Aún no había dado tres pasos, cuando sintió que una mano se atornillaba al faldón de su levita, atirantándolo de un modo violento. Volvióse con repugnancia; miró de alto á abajo á Rojo como se mira á un sapo muy feo, y dijo, vibrando las palabras cual otros tantos restallidos de tralla:
—No me toque V., ó haré un desatino. Ya bastó el atrevimiento de por la mañana. Los duros que dejó V. sobre mi mesa los arrojé á la calle, por no conservar nada en que V. hubiese puesto las manos.
Rojo soltó al Doctor; pero dando rápida vuelta, maniobró de suerte que vino, colocándose delante, á caer á sus pies sin decir palabra. Moragas se detuvo. El niño gemía.
—Está muy malito. Herido. No sé qué tiene roto en su cuerpo. Sr. D. Pelayo, ¡por el alma de su madre!
Don Pelayo siguió ganando terreno hacia la puerta, pero en ella encontró otro obstáculo: la Marinera, que le apostrofaba con energía.
—Señor, caridad. La caridad no distingue de personas, señor. Y el inocente no tiene la culpa de nada. Dios, nuestro Señor, nos manda caridad hasta con los perros.
Moragas luchaba consigo mismo; no entre encontrados sentimientos, que es lucha fácil, casi elemental, sino entre sentimientos análogos, todos amasados con aquella generosidad semi-quijotesca y semi-filantrópica que, diga lo que quiera el vulgo, no está reñida con las tendencias positivas del científico. Abandonar á un enfermo, parecíale, dentro de su profesión, monstruoso; y detenerse en _aquella_ casa, cuidar al enfermo _aquel_, era, en su entender, una degradación, una especie de estigma que debía verse después en las manos. Moragas había prodigado los socorros de su ciencia á personas bien viles. Sabía de memoria las huellas hediondas que marca el vicio en el cuerpo del disoluto y de la ramera. Aunque hombre delicado en su vida interior y en el pulcro aseo de su persona, jamás había retrocedido ante ninguna enfermedad, por repulsiva que fuese: y al asistir á la humanidad doliente, gracias á una maravillosa analgesia, hija de la firme voluntad—esa analgesia que hacía decir á un santo que las llagas del leproso huelen á rosas—perdía el sentido del olfato, dominaba los del tacto y de la vista, y prescindía de la laceria para consagrarse enteramente al deber. Por primera vez retrocedía ante una llaga moral, y su imaginación viva redoblaba la impresión de horror, que, de puro violenta, llegaba ya á parecerle ridícula. De todas suertes, en el carácter de Moragas, no cabía que durase aquella lucha; de no haberse marchado en los primeros momentos, no se iría; y el pretexto para flaquear se lo dió la Marinera, insistiendo y repitiendo con una especie de severidad respetuosa:
—¡Ay, señor!... ¿pero va á dejar al inocente? Señor, Dios no manda eso. Mire que es una crueldad semejante porte.
—¿Es V. madre de ese niño?—preguntó Moragas.
—¡Ay! ¡no señor, alabado sea Dios!—contestó espontánea y vivamente la Marinera.—Mi marido es un hombre de bien, botero del Muelle....
Á su pesar sonrió Moragas; se estiró los puños, canturreó, y como el que se determina pensando «pecho al agua» se dirigió al catre del herido.—Con la pericia del veterano en estos penosos reconocimientos, comprobó muy en breve que el chico tenía rota la cabeza por dos partes; y descalzándole sin hacer caso de sus lamentos, advirtió que estaba dislocado el tobillo. De contusiones y magulladuras no se ocupó: eran numerosas, pero sin mayor importancia. Lesión interna no parecía que la hubiese, pero sí fiebre altísima. La Marinera alumbraba, y Rojo, inmóvil y como estupefacto, esperaba el desenlace.
—¿Cómo ha ocurrido esto? (preguntó el médico interrumpiendo su tarea.) ¿Han sido pedradas, ó se ha caído además?
—¡Si no lo sabemos! (exclamó Rojo consternado.) Yo tuve noticia de que el niño estaba en el castillo de San Wintila, muy maltratado.... fuí, lo recogí, lo traje en brazos, y no le he podido sacar nada sobre el lance.
—Debió de ser una pedrea,—advirtió la Marinera.
—Sí, pero hay magulladuras en todo el cuerpo.... Ha caído de alto, no cabe duda,—advirtió el médico sin dejar de palpar al muchacho.
Cuando, terminada la cura, puestas las vendas, reducida la luxación, Moragas se enderezó exhalando un «¡uf!» de cansancio evidente, entonces—sólo entonces—se aproximó Rojo al médico, y con honda ansiedad le preguntó:
—¿Quedará cojo el muchacho? ¿Quedará resentido del pecho?
Moragas se volvió y por primera vez desde que conocía la condición social de su cliente, le miró cara á cara, como se miran unos á otros los seres humanos.
La casualidad le mostraba al hombre excluido del concierto social bajo el aspecto más capaz de conmover las fibras de su alma, aunque sólo fuese por analogía de sentimiento. ¡Moragas, el mayor padrazo de Marineda, el enamorado de la niñez, el derrochador de juguetes y confites, el hombre que después de una traqueotomía había mezclado sus lágrimas con las de la familia de la operada criatura!
Aquel fué el primer instante en que los sentimientos de Moragas, que tanto habían de influir en el destino de Juan Rojo, sufrieron un cambio de posición, giraron sobre su eje, por decirlo así, y á la indignación y al horror de algunas horas antes reemplazó una especie de interés extraño, de esa fascinación que la misma repugnancia produce, y que se asemeja á la vocación del casto apóstol que entra en una casa de perdición á convertir meretrices; porque la suma piedad va al sumo mal.—No era la primera vez que advertía Moragas esa propensión, que él calificaba humorísticamente de _manía redentorista_. Le había costado por cierto la tal propensión graves disgustos, comprobaciones penosas de negras ingratitudes, enredos gratuitos, molestias sin cuento y desazones magnas.... Lo menos que le había costado, costándole bastante, era dinero y tiempo. Sin embargo, al menor pretexto, la inclinación resurgía en Moragas, y la perpetua ilusión del redentorismo volvía á presentársele vestida con todos los adornos y galas que de ordinario ostentan nuestros sueños. «Si yo (pensaba el Doctor) acierto á nacer en la Edad Media, época en que las deficiencias del estado social y del organismo jurídico dejaban abierto tanto camino á la iniciativa individual, ¡sabe Dios lo que hubiese podido hacer! Pero en la sociedad presente, no cabe duda que esta bobería de sentir como propios los males ajenos, de meterme en lo que ni me da ni me quita, se parece mucho al oficio de enderezar tuertos y desfacer agravios que ya ridiculizó Cervantes.»
Al advertir que la condición y estado de Rojo ¡de Rojo! provocaban en él los primeros síntomas de la conocida enfermedad, el _redentor_ se rió de sí mismo. «Moraguitas, esto es el acabóse. Ahora te ha dado por compadecerte de este _sujeto_. Ya has llegado al límite extremo de la chifladura benéfica, hijo. No, pues aquí sí que no te suelto yo la rienda. Á este hombre no es lícito ni considerarle como hombre. Si quieres interesarte por algo raro y estupendo, interésate enhorabuena por la parricida á quien viste pasar hoy, entre civiles, por la carretera. ¡Esa podrá ser una criminal, y admitamos, desde luego, que lo es; pero criminal _en caliente_...., criminal pasional, que al delinquir obró, sin duda, por irresistible impulso, sin importarle que al otro lado del foso que iba á saltar estuviese la expiación de una muerte afrentosa....! Esa mujer, Moraguitas, es una enferma como otra cualquiera de las que asistes.... Ahí se explica y se justifica la compasión.... Pero con el tío este, que á sangre fría y á mansalva ha tomado por oficio matar.... Á éste, como á una víbora se le debía aplastar la cabeza.»
Mientras Moragas discurría así, Rojo repitió la pregunta:
—¿Quedará cojo? ¿Imposibilitado?
—No,—contestó el médico en voz severa.—Ni quedará imposibilitado, ni cojo. Más que las lesiones, me preocupa el estado general.... Voy á ponerle á V. unas recetas....
Apareció por allí un recado de escribir, no tan malo ni tan descabalado como era de temer en aquel tugurio, y Moragas escribió sus fórmulas. No se oía en la habitación más que el angustiado respirar del padre y el quejido sordo del enfermo, al cual se acercó el Doctor, sorprendido de que la cura, en vez de calmarle, pareciese haberle producido más desasosiego, mayor inquietud.
—Convendría que no se moviese, por la dislocación....—observó Moragas.—Pero, ¿quién le sujeta? Con esa calentura de caballo.... Aguarde V..... Ya delira.
Telmo, en efecto, se agitaba en la cama, y su inarticulado gemir se convertía en palabras articuladas penosamente, aunque claras y expresivas. El Doctor prestó oído.
—Soy valiente,—afirmaba Telmo.—¿Quién es el que me llama cobardón? Embusteros.... Veréis si.... Tirar, que aguardo.... Os desdeñáis de mí, porque.... ¡Piedras y más piedras, contra!.... Soy hombre para todos.... Los cobardes vosotros.... Venga de ahí.... ¡pedrea!.... Yo solo....
—¿Qué dice?—preguntó el padre.
—¡Bah!—respondió Moragas.—Por lo visto se han reunido muchos chiquillos para apedrearle.... Lo que era de esperar.... ¡No se quede V. tan espantado, hombre!—añadió irónicamente, cediendo otra vez á la malevolencia.—¿Cómo? ¿no encuentra V. muy natural que la humanidad le apedree en la persona de su hijo?....
—¡Es una maldad!—exclamó sordamente Rojo, apoyándose en la pared y escondiendo la faz demudada.—Que me apedreen á mí...., santo y bueno...., es decir...., tampoco....; pero, en fin, de apedrear.... Lo que es al chiquillo...., ¡valiente cochinada, señor de Moragas!, y V. me perdonará que me exprese con esta franqueza...., ¡valiente indecencia de esos pilletes sucios!
—Bien, hombre.... V. creía que no había más que echar hijos al mundo, y que luego, aunque V..... Caramba con el hombre este....
—Pero, señor,—intervino con fuego la Marinera.—el inocente ¿por qué ha de pagar? ¡Sólo unos corazones negros hacen eso, señor!
—Ea, déjense de historias,—ordenó el médico con hastío.—Denle eso que dice ahí, que rebajará la calentura.... Busquen limones ó naranjas, y que beba, que beba sin tasa naranjada fresca.... Humedecerle con el árnica disuelta los vendajes.... Nada de comida.... ¿eh?, ni un caldo, ni cosa ninguna.... Cuidadito....
Rojo, humilde y cabizbajo, murmuró llegándose al Doctor:
—Señor de Moragas, yo no le puedo pagar.... Es decir, que no tengo medios...., porque V., si á mano viene no querrá...., vamos...., tomar la pobreza que yo pueda darle.... Por el alma de su padre no se enfade.... Si yo lo que le pido es que no me deje al rapaz abandonado.... Si supiese que mañana había de volver....
Moragas titubeó un instante. Al fin prevaleció el impulso.
—Volveré,—contestó con firmeza.—Se lo prometo. Mañana, al anochecer.
Y en el momento de reclinarse en el rincón de su berlinita, antes que el cochero tocase con la fusta á la yegua, Moragas oyó una voz de mujer, que decía fervorosamente, como rezando:
—¡Dios y la Virgen de la Guardia le conserven la niñita! D. Pelayo, hoy gana el cielo. ¡Nuestro Señor lo acompañe, que tampoco nuestro Señor se desdeñaba de persona ninguna de este mundo!
Era la Marinera quien hablaba así.... Moragas sacó la cabeza, y para poner coto á las bendiciones de la infeliz, contestó con gracejo y picardía:
—Adiós, cacho de buena moza.
VIII
Despertóse la capital marinedina comentando, rumiando, desfigurando,—iba á decir _saboreando_ la noticia del crimen de la Erbeda, si no me pareciese calumnia, porque realmente los marinedinos no son tan ávidos de emociones fuertes como los parisienses, y el malsano gusto de la sangre y del cieno les subleva el paladar. Algo, no obstante, habían conseguido estragarlo la creciente invasión de la sección criminal en la prensa de la Corte, el noticierismo que registra al día, y con minuciosidad digna de más alto objeto, los pasos, movimientos, actos y dichos más insulsos y vulgares del criminal sujeto á la acción de la ley, desde que la fuerza pública le echa el guante, hasta que los hermanos de la Paz y Caridad depositan en el nicho sus despojos.
El vulgo de Marineda, como el vulgo de todas partes, había ido, gracias á la prensa, acostumbrándose á la terminología jurídica y penal, á cierta crítica aguda de la ley y de sus representantes é intérpretes, crítica que, si no ponía el dedo en la llaga, era por lo menos indicio de ese descontento social que clama por renovación, pidiendo agua fresca de nuevos manantiales. Andaba mezclado en este movimiento de la opinión marinedina, como en todos los movimientos de la opinión, algo de mecánico y pueril y algo de inspirado y fecundo; combinación que, transformada en instinto, ayuda sin saberlo á los verdaderos precursores conscientes de la marcha progresiva de la humanidad.
Ello es que aquella mañana, con la primera luz diurna; con las primeras devotas que madrugaron á oir las misas de los Jesuítas; con los primeros barrenderos que, mal despiertos aún, comenzaron á adecentar las calles y expulsar de ellas á canes y gatos errabundos; con las primeras mujerucas de las cercanías, de cesta en ruedo, que despertaron á los vigilantes de consumos para abonarles la _alcabela_; con las primeras criadas ó amas hacendosas que salieron á aprovechar la comprita de temprano; con los primeros _lulos_ que desatracaron para inquietar á la sardina y á la merluza; con las primeras cigarreras que entraron en la Fábrica; con el bureo matinal de una población que cuenta por decenas de millar sus habitantes, que tiene doce ó catorce periódicos, seis ú ocho fábricas entre grandes y chicas, Audiencia, Capitanía general, Colegiata, Instituto, puerto, movimiento aduanero.... y todas las etcéteras que aún pueden añadirse en honra y justo encarecimiento de la gentil capital de Cantabria, se esparció, rodó, creció, dió mil vueltas, adquirió más formas que un Proteo y tuvo más versiones que la Biblia, el horrendo y memorable crimen de la Erbeda.
Según unos, tratábase de un marido beodo y brutal que amenazaba y pegaba constantemente á su mujer, y á quien ésta, en un arranque de cólera provocado ya por tanto abuso, hiciera picadillo á hachazos. Según otros, la pasión de un pobre jornalero por la esposa de su cuñado le había inducido á matar á éste en la soledad de un pinar. Según los que parecían mejor enterados, había de todo un poco: el marido maltrataba á su mujer, el cuñado la quería, ella se entendía con el cuñado, y entre los dos tramárase la muerte, la cual no se ejecutara en despoblado, sino en la propia morada de los esposos, en ocasión de dormir confiadamente la víctima en el nupcial lecho, teniendo á su lado á una inocente criatura, niña de tres años.—Fué esta horrible versión la que prevaleció, la que con los rayos del sol, según ascendía á la mitad del cielo, fué esparciéndose siniestra y categórica por la indignada ciudad; la confirmaron plenamente los periódicos de la mañana, que se cantaron y repartieron entre nueve y nueve y media, y á eso de las once voceóse un extraordinario, especie de hojilla volante muy borrosa, que noticiaba la captura del amante y su ingreso en la cárcel pública.
Á buen recaudo los dos criminales, no por eso se calmó la efervescencia de las conversaciones: más bien arreció á la hora del almuerzo. La tarde, en vez de apaciguar los ánimos, los encrespó, por ser precisamente la hora en que se forman en Marineda—y en todas partes, pero especialmente en pueblos donde por fin algo se trafica y negocia—los corrillos, los grupos de esquina, las tertulias de las tiendas, los _peñascos_ de las sociedades, los areópagos de banco de paseo, con otras manifestaciones de la sociabilidad humana. La opinión matutina de un pueblo es siempre democrática: la forman las clases madrugadoras, trabajadoras, pobres, y estas condenan el _crimen_ con menos dureza, como si comprendiesen que es una enfermedad aguda á que están predispuestos los que ya padecen otras dos, crónicas y siniestras, _miseria_ é _ignorancia_. La opinión vespertina—que acaba por prevalecer—la condensan los burgueses, siempre más severos, más recelosos de la indulgencia y más celadores del orden moral externo. Por la tarde, pues, cuando la marea de discusiones y comentarios fué creciendo y reventando en espuma contra las _peñas_ de las dos sociedades _directivas_,—cada cual por su estilo y en su terreno,—que se llamaban la _Pecera_ y el _Casino de la Amistad_, fué cuando un redactor de diario marinedino, encargado de telegrafiar á importante publicación de la corte, pudo fiar al alambre estas palabras: «Reina verdadera indignación todas clases sociales. Excitados ánimos coméntanse detalles horribles».
Nosotros, deseosos de ilustrar como compete la opinión del lector, nos guardaremos bien de llevarle á la _Pecera_, frívola reunión de _pollos_ y _gallos_ (todavía en Marineda se dice así) desocupados y enemigos de calentarse los cascos metiéndose en honduras científicas. Para ellos, el drama de la Erbeda fué un tema de charla profana, humorística y picante. Para el _Casino de la Amistad_, sobre todo para cierto senado (no en el sentido etimológico de edad, sino en el simbólico de respetabilidad y cordura) el drama de la Erbeda fué muy otra cosa: dió ocasión á que se luciesen profundos conocimientos jurídicos y á que se aquilatasen y depurasen intrincados y difíciles puntos de derecho penal.
Como que allí se congregaban, asociados por la comunidad de gustos y profesiones, Celso Palmares, magistrado de la Sala de lo criminal en la Audiencia marinedina; Carmelo Nozales, fiscal de la misma; el nunca bien ponderado jurisconsulto Arturito Cáñamo, alias _Siete patíbulos_; D. Darío Cortés, delegado de Hacienda, persona muy ilustrada; el brigadier Cartoné, á quien no faltaba su _tinturilla_; y algunas veces ¡atención! el joven abogado Lucio Febrero, sobrino de un Presidente de sala muy anciano, que había muerto en Madrid. Lucio Febrero tenía fama de gran talento—de uno de esos talentos exagerados, peligrosos, revolucionarios, de los cuales se suele hablar en provincias, y aun fuera de ellas, en el mismo tono que se emplea para nombrar una caja rellena de fulminato de mercurio.... ¡qué digo!.... ¡de panclastita...!
También solían entretejerse en este círculo, de tan competentes entidades formado, otras profanísimas, que no conocían ni de vista á Justiniano, pero que (si puede decirse sin irreverencia notoria) toreaban de afición. Mirándolo bien, ¿qué pito tocaba en ciertas cuestiones el mismo brigadier Cartoné? ¿Qué sabía de leyes el director del _Horizonte Galaico_? ¿Qué el bueno de Castro Quintás, enriquecido con la honesta industria de fabricar bujías esteáricas? ¿Qué Ciriaco de la Luna, modelo de honrados propietarios rurales, nata y espejo de detestables poetas? ¿Qué Mauro Pareja, desertor momentáneo de la _Pecera_, solterón incorregible? ¿Qué Primo Cova, el sempiterno guasón? ¡Qué otros tantos como ellos podríamos citar!, y forman aquel núcleo,—renovado en algunos de sus elementos por la inevitable entrada y salida de militares y empleados, pero bastante fijo, en el fondo, para que se pueda calcular de antemano cuál género de opinión y forma de discusión prevalecerán en él.
Cuenta el _Casino de la Amistad_ entre sus atractivos mayores el de un encristalado vestíbulo, desde el cual la mirada avizor registra muy á su gusto la arteria principal de la población, ó sea la calle llamada Mayor por antonomasia, aunque no lo sea en tamaño, sino sólo en importancia y concurrencia. No presume este vestíbulo de compararse á la _Pecera_, que debe precisamente su nombre á los altos cristales que, rodeándola por tres lados, la convierten en una especie de transparente caja; pero en fin, tal cual está, difícil es que á los tertulianos de la _Amistad_ se les escape una rata, y el vestíbulo tiene bastante partido, sobre todo desde que cesa el frío y se puede tomar allí café. Los días de marejada de noticierismo, el vestíbulo rebosa, y las sillas se desbordan de sus estrechos límites, pretendiendo invadir hasta el arroyo—porque aceras, dígase la pura verdad, no las posee la calle Mayor....
La tardecita del estreno del crimen, no bajaría de treinta personas el grupo. Era aquello el _grand complet_. Se discutían las versiones, se depuraban, y se iba cristalizando la definitiva, la que ya no se discute. Mauro Pareja—alias _el Abad_—gran _indiscretista_, tenía noticias de la mejor tinta posible; como que acababa de echar un párrafo con Priego, el juez que había estado en la Erbeda á levantar el cadáver y á instruir diligencias. Pareja pronunciaba _instruir_ con cierto retintín, añadiendo que no era su ánimo violar cosa alguna y menos el secreto de un sumario tan tiernecito, impúber por decirlo así; pero que seguramente, transcurridas las horas reglamentarias, se elevaría á prisión provisional la detención de la esposa y cuñado del _interfecto_, y se dictaría auto de procesamiento contra ambos, porque juntos habían hecho la gracia. Añadía Pareja otra noticia de interés: Priego descansara de su «penoso cometido» en la quinta de D. Pelayo Moragas, y Priego creía que Moragas estaba.... enamorado, ó punto menos, de la reo, según se deshacía en elogios de su aire modesto y simpático, el recato de sus modales y la dulzura de su rostro.
Menos que esto se necesitaba para aguzar la malicia de los oyentes. «¿Pero Moragas la conoce?—¿Qué apostamos á que le lavaba á Moragas la ropa sucia?—Claro, de la Erbeda los dos....—Un idilio....»—Todas estas chanzonetas, agridulces en los más, y sólo en alguno amargas, cesaron por encanto al ver perfilarse sobre el fondo de la venerable botica conque principia la calle Mayor, la figura á un mismo tiempo atildada y suelta, la cabeza canosa y el cuerpo juvenil y cenceño de Don Pelayo. Venía más que nunca perfilado y peripuesto, de gabán gris y chaleco blanco, de terso y fino piqué; el sombrero, algo ladeado y encajado sin descuido, los guantes prietos, en los labios la sonrisa, departiendo con una señora cliente suya, la marquesa de Veniales, á quien acababa de encontrarse sin duda. Cuando iban llegando cerca del Casino, despidióse la señora para entrar en una tienda, y Moragas, serio ya, como hombre que al quedarse solo recobra una preocupación, siguió caminando, fijos los ojos en las baldosas. Entonces Cartoné, que era campechano, le ceceó: «Moragas, psí, amigo Moragas....»
Moragas entraba rara vez en el Casino, ni en la Pecera, ni en ninguno de los círculos y sociedades de Marineda. No le sobraba el tiempo; su existencia estaba llena como un huevo, y apenas concebía el pugilato de ociosidad que congregaba, á la misma hora y en torno de la misma mesa, todos los días, á las mismas personas. Sin embargo, apresuróse á acceder á la indicación de Cartoné, y aceptó, en defecto de una taza de café, que entre horas le encalabrinaría los nervios, un sorbete, que se trajo del café más próximo, pues no tenía botillería el Casino. Y principiaron á llover sobre Moragas preguntas y bromas. «Aquí se trata de detenerle á V. como complicado en el crimen de la Erbeda.... ¿No fué su lavandera de V. la que mató al marido? Á ver, que declare el testigo D. Pelayo Moragas....»