La piedra angular: novela

Part 8

Chapter 83,925 wordsPublic domain

—¿Y qué tendría de extraño? Los tiempos del tormento están muy próximos; son de ayer...., ¡qué digo!, de hoy; esos procedimientos se emplean aún en muchos sitios, y si sacamos bien la cuenta, resulta que hay todavía más humanidad que admite el tormento, que humanidad que lo rechaza. El mundo no tiene hoy por hoy sino una cascarilla de civilización que puede levantarse con un alfiler, apareciendo debajo la barbarie primitiva. No hay que impacientarse: resignarse, tener cuajo.... y hacer lo que se pueda, que unas veces me parece poco y otras muchísimo.... según el humor de que me encuentro y el punto de vista en que me coloco.

Hablando así, habían cruzado la parte de varga del malecón que costea el paseo, y se acercaban al punto donde asombran y obscurecen la superficie de la bahía muchas embarcaciones chicas, vacías, con el velamen arriado, cruzados los remos sobre la borda, inmóviles. Un fuerte y penetrante olor de yodo y algas subía del agua, y allá á lo lejos, los faroles del barrio de la Olmeda trazaban sobre la superficie deshechos rizos de luz. Sin darse cuenta de ello, nuestros paseantes tomaron la dirección del muelle de madera ó Espolón, que les tentaba, por ser en él á aquellas horas la soledad no ya relativa, sino absoluta. Adelantaron por el tablado cimbrador, siempre misteriosamente estremecido por la acción de las olas, aun en días de completa bonanza, como era aquél. Y se internaron, se internaron, cual si al avanzar por aquel camino que, señalando la dirección del Océano, no conducía sino á una luz roja, adelantasen por el fatigoso y desierto _Via Crucis_ del consabido progreso. Á uno y otro lado no tenían sino mar; la tablazón mal junta les dejaba ver bajo sus pies agua, agua sombría; á lo lejos distinguían la enorme mole de una fragata alemana, que había entrado en puerto haría cosa de hora y media, y al extremo del Espolón larguísimo, el mástil de la draga, que se erguía hacia el cielo, como afirmando lo que Moragas acababa de reconocer tan explícitamente—Dios y el progreso humano.

Ya en la punta del Espolón, detuviéronse los dos interlocutores, y convidados por la apacible temperatura, se sentaron en una gruesa viga, con el rostro vuelto hacia la extensión del mar, del cual venía ese aire tónico y esa frescura estimulante que parecen disponer el alma á la lucha y al peligro. La sábana de agua, limitada hacia la derecha por gracioso anfiteatro de redondeadas montañas, extendíase sin término á la izquierda, y á pesar de su completa serenidad, no cesaba un instante de exhalar ese quejido que recuerda el sordo rumor de una multitud humana, ó el bramido del viento al engolfarse en las selvas.

Moragas se volvió hacia Febrero, y en voz baja (aunque allí nadie pudiese oirles) le susurró:

—Para mí el crimen es.... una dolencia, y el criminal, un enfermo. Y esa dolencia puede combatirse, y muchas veces curarse. Castigarse.... ¿por qué? ¿Castiga V. al que tiene un cáncer, al que sufre de una úlcera?

—Ahí empezamos á diferir—respondió Febrero.—V. es, por lo que veo, correccionalista. Yo.... ó voy más allá.... ó me quedo más acá.... No sé. Creo que hay un tipo humano que, por su organización, está dispuesto á ser criminal. No piense V. que supongo que ese hombre nace como un ser extraño, como una anomalía de la especie. Al contrario: es la humanidad la que en su origen fué criminal toda: cuanto más atrás vaya V., ayudado por los escasos datos científicos que ya poseemos, más verá al hombre de las épocas primitivas ejerciendo como cosa corriente el homicidio, el robo, la violación, el canibalismo.... Los actos que más espantan hoy. Aún quedan en el globo ejemplares de lo que pudieron ser las colectividades primitivas, y son los salvajes de ciertas razas. ¿Que hacen los señores supervivientes de la edad de piedra? Comerse los unos á los otros, entregarse libremente al instinto más bestial.... Y lo que en los salvajes permanece en forma colectiva, en los países que llamamos civilizados se presenta como caso aislado.... pero se presenta.... y es á lo que damos el nombre de _criminal_, cuando realmente debía nombrarse un _aparecido_, un espectro de otra edad, un resucitado.... ó como se dice en lenguaje científico, un caso de _atavismo_, no porque en toda familia de criminal haya ascendientes criminales, sino por ser criminal toda la ascendencia del hombre.... Esto que le voy indicando á V., y que Cáñamo llamaría _teorías infames_, no es sino una aplicación, al estudio de la antropología, de dos profundos dogmas cristianos: el de la _caída_ ó _pecado original_, y el de la _redención_.... Por eso á la obra redentora—aunque en mínima parte—podemos cooperar todos, grandes y chicos....

—Así lo he creído siempre—interrumpió con entusiasta alegría Moragas.—En mi esfera, lo he practicado mucho.... siquiera para compensar las ocasiones en que todos tenemos algo de humanidad primitiva.... que son, por mi parte, las sexuales.... ¡Á sangre fría, lo reconozco humildemente!....

Febrero sonrió de la sinceridad conque se expresaba el Doctor, muy notado, en sus tiempos, de afición á faldas.

—Ya ve V.—prosiguió Febrero—que pensando yo así, no hay calumnia más risible que la de acusarme de defensor y amigo de los criminales.... Al oir y leer ciertas críticas que se hacen de los que queremos plantear el estudio y conocimiento racional del crimen, parece que nuestro propósito es santificar el grillete y elevar á los asesinos á la categoría de mártires. Yo estoy á cien leguas de ese sentimentalismo.... ¡Pero métaselo V. en la cabeza á Cáñamo y comparsa!

—Algo de eso me pasa á mí—interrumpió Moragas.—Si no considero precisamente mártires á los criminales, confieso que tengo para ellos una indulgencia, una piedad especial....

—¡Ah!—exclamó el joven abogado.—Lo sé: no tenía V. que decírmelo. Vds., los que creen en el arrepentimiento, en la corrección y en la enmienda, proceden impulsados por el sentimiento; empapados en ciertas ideas profundamente cristianas, son Vds. _redentoristas_: para Vds. carece de valor el fenómeno de la reincidencia, que tanto nos da en qué pensar á nosotros. Pues mire V.: la sabiduría popular les desmiente á Vds.: «El lobo dejará los dientes, pero no las mientes. Quien malas mañas ha, tarde ó nunca las perderá. Genio y figura, hasta la sepultura....» ¡El sentimiento! No importa que V. sea todo un hombre de ciencia, ni que en los asuntos de su profesión esté habituado á aplicar plenamente el método experimental y positivo.... En esto del estudio del crimen, procede V. también por sentimiento, lo mismo que Cáñamo.... ¡No se asuste! El necio de Cáñamo obedece al sentimiento; pero al sentimiento malo, inconfesable, indigno, del rencor, el miedo y la venganza. El criminal, para él, es un enemigo personal; el verdugo, un aliado y un defensor; el patíbulo, la piedra angular. ¿Quién lo duda? Cáñamo se inspira en la primitiva ley de la humanidad, que fué la del talión: ojo por ojo y diente por diente. Y así como todavía viven entre nosotros ejemplares de humanidad primitiva, todavía ese espíritu de venganza personal subsiste en los códigos. El origen de la idea de justicia es egoísta; empieza por el sentimiento de la propia defensa; en cuanto al concepto puro, desinteresado, moral, de justicia.... ese todavía está en estado de lo que los alemanes llaman _werden_. ¡La Humanidad es una persona colectiva que, con los siglos, va mejorándose y arreglándose.... y tal vez acabe por llegar á ser la gran persona!.... ¡Vea usted por donde yo también resulto _correccionalista_.... pero no del _individuo_, sino de la _especie_!

—¿De modo que V.... no condena en absoluto la pena capital, que á mí me parece una ignominia de la sociedad?—preguntó alarmado el Doctor.

—No la condeno en absoluto; no por cierto—confirmó el abogado con cierta solemnidad.—Lo que proscribo sin rebozo y á boca llena, es la pena de muerte como _represalias_ y el concepto de _vindicta pública_. Eso me parece tan odioso y tan repugnante, que.... le voy á confesar á V. mi debilidad: á pesar del interés que debieran inspirarme esa clase de estudios, y la obligación que en cierto modo me he impuesto de practicarlos, los días anteriores á una ejecución, cuando principian á anunciarla los periódicos, me entra un desasosiego, una especie de cuartana de león, y tan perturbado me pongo, que tengo que marcharme al campo. Es una ridiculez, y yo desearía curarme de ella, porque realmente.... me conviene, nos conviene á los innovadores, en este terreno, y en todos, mucha sangre fría; la impasibilidad conque Vds. los médicos amputan un miembro ó registran un tejido.... Sí, créalo V.; el enemigo que principalmente necesitamos combatir es el sentimiento, los entes metafísicos que obstruyen el camino de la razón.... Necesitamos ser un témpano.... ¡un témpano que piensa!

—Yo creo, amigo Lucio—objetó Moragas—que en eso no la acierta V. Para todo hace falta ímpetu, calor y entusiasmo. La razón alumbra, pero sólo mueve la voluntad. La generación joven actual es fría, es demasiado morigerada, ve demasiado los inconvenientes de la propaganda, el ridículo, la calumnia, las contradicciones de todo género que sufren los que prueban á batir en algún terreno las cataratas del pensar. Los casi viejos—porque yo estoy mucho más cerca de los cincuenta que de los cuarenta—somos los únicos que conservamos el fuego sagrado. Aquí me tiene V. á mí, que lo que necesito es esforzarme en contener cierto quijotismo, eso que V. llama redentorismo, que me brota á cada instante, y que si no lo tuviese á raya, ¡qué sé yo! ¡Pues eso, eso, y no el hielo perenne de la reflexión, es lo que se necesita para cooperar á la obra.... para poner el granito de arena....! Carecen Vds. de pasión....

—Puede ser.... No crea V. que no se me ha ocurrido....—asintió Febrero.—Nuestra aspiración es puramente científica. Queremos suprimir esas concepciones morales que nos estorban. Queremos sustituir al estudio abstracto de la entidad _crimen_, el estudio concreto del sujeto _criminal_. Decimos como Vds. que no conocemos _enfermedades_, sino _enfermos_.... Fuera el ontologismo.... Al que el vulgo llama _hombre culpable_, nosotros le llamamos únicamente _hombre peligroso_.... Borramos la idea de _castigo_, y la reemplazamos con la de _método curativo_.... Cuando eliminemos, nuestra acción será análoga á la de Vds. cuando aplican una sangría suelta al hidrófobo.... Y si vemos medio de evitar esa sangría, crea V. que la evitaremos.

—¡Eso espero!—respondió Moragas calurosamente.—¡Busquen Vds., indaguen el modo—que debe de haberlo—para borrar de la frente de nuestra época ese horror grotesco que se llama el cadalso, y para suprimir ese enigma social que se llama el verdugo!

Al decir esto, Moragas creía oir, en el chapoteo del agua contra los pies derechos y pilotes que sostenían el Espolón, la voz ronca de Juan Rojo y los ahogados gemidos de Telmo.

—Bien sabe V. que el cadalso no está en olor de santidad para nosotros,—respondió el joven letrado.—Tenemos mil razones para _despreciar_, literalmente despreciar, ese aparato de la justicia, tal cual hoy se ejerce. Observe V. el movimiento de las conciencias: estúdielo V. y note que uno de los pocos sentimientos medio-evales que persisten y hasta aumentan, es el _odio al verdugo_. El verdugo es hoy más paria que en la Edad Media. Existe, indeterminada, pero enérgica, la convicción de que no es más que _un asesino pagado por la sociedad_. Y vamos.... raciocinando...., ¿qué más da quitar la vida diciendo «fallamos que debemos condenar y condenamos....», que dando vuelta á una palanca? Pues el caso es que para el magistrado, respeto, y para el verdugo, reprobación. Note V. que en algunas naciones muy adelantadas, verbi gracia los Estados Unidos, se aspira sólo á quitar el verdugo, conservando la última pena. Ó se lincha,—lo cual revela un estado anárquico, pero franco y juvenil, en que todos juzgan y ejecutan,—ó se mata por la electricidad, en que el verdugo no existe. De todos modos, á mí no me horripila mucho más un verdugo auténtico, que esos sustentáculos del garrote, como Cáñamo....

—Según eso, ¿no recelaría V. entrar en relación con el oficial público—preguntó Moragas esperanzado—estudiarle, conocerle?....

—No lo recelaré en otro círculo más amplio. Aquí no, porque.... mi reino no es de Marineda. Por lo demás, creo que el estudio del verdugo, que está por hacer, completaría el de los criminales. Todo verdugo es necesariamente un _caso_, una anomalía regresiva, una monstruosidad psicológica.—Su situación es muchísimo más extraña que la del criminal.—Pero aquí.... ¡qué diablos! Vale más no ver á semejante alimaña.—Á quien veremos, y nos reuniremos para verla, si V. quiere, es á la parricida de la Erbeda y á su compañero; no ahora, mientras dura el alboroto y la vocinglería de los primeros instantes, sino después, cuando haya sido fallada la causa; en fin, en alguno de esos períodos en que el público olvida al criminal en la cárcel. ¿Dice V. que esa mujer tiene aspecto dulce?

—Lo tiene;—afirmó Moragas—tanto lo tiene, que se quedará V. asombrado si la ve. Yo no puedo olvidar su aspecto. Necesito hacer un esfuerzo sobre mí mismo, para no erigirme en protector suyo. Amigo Febrero: dichoso V. para quien los objetos sensibles toman forma de ecuación ó de algoritmo. Aquí me tiene V. con medio siglo encima, con bastantes desengaños.... y capaz todavía, por haber visto pasar á una mujer joven, modesta, atada y entre civiles.... de ponerme completamente en ridículo.

—¡Pues cuidadito!—advirtió Lucio.—¡Mire V. que eso quieren los Cáñamos!

X

Despedido de Febrero, Moragas subió á su casa cinco minutos, volviendo á bajar transformado: sin levita, sin guantes, embozado en la capa, un tanto ladeado el honguillo. Diríase que acudía á alguna clandestina cita, ó á algún conventículo de conspiradores.—Todo menos aturdir entonces los barrios con el estrépito de su berlina.—Iba con ese andar cauteloso y furtivo que se llama _paso de lobo_, y pronto salvó el _Páramo de Solares_ y se metió, campo de Belona arriba, por la calle del Peñascal, que había de conducirle á la del Faro.

Ya allí, seguro de que nadie le seguía ni le observaba, tendió la vista en derredor, y registró el lugar, asaz significativo y melancólico. Los sitios que un hombre habita y las mansiones que elige, dicen siempre al observador algo de su espíritu y de su alma. No en balde eligiera Rojo por residencia aquel rancho, precisamente la última casa del pueblo, más allá de la cual.... sólo se alzaban las tapias blancas y frías del Camposanto. Aquel hombre tenía que ser vecino de la muerte, y vivir así, en el rancho sombrío con puertas y ventanas bermejas, parecido á sucio paño sobre el cual se extendiesen grandes placas de sangre. No en vano tampoco los cinco ranchos que enlazaban el de Rojo con las demás casas de la población se encontraban siempre deshabitados; sin duda nadie había querido ocupar aquellas barracas siniestras, contaminadas por la inmediata vecindad del hombre ignominia. No en vano tampoco, la campiña de los arrabales, que hasta allí ostentara notas simpáticas, de índole labriega—un pajar ó _meda_ de paja de maíz, un carro desuncido, algún arbolillo en que las yemas comenzaban á desabrochar, algún patatal próximo á dar flor—se revestía, en torno del infame rancho, de tan hosca aridez, rompiendo en breñas negras y calvas ó desarrollándose en terrenos baldíos y arenosos. Y por último, no en vano servía de fondo al rancho y al cementerio, el mar; pero no aquel mar de bahía suave, arrullador, rumoroso, que en la punta del Espolón había coreado con armonioso acento un diálogo de pensadores, sino el amplio, libre, y estruendoso Cantábrico, que con tumbo ya ronco, ya sonoro, ya quejumbroso y lúgubre, ya airado y furibundo, azota la escollera, muerde retorciéndose el playal, escala los cantiles que guarnecen el pequeño promontorio del Faro, y los corona de nevado diluvio de espuma bravía, tan pronto batida como deshecha.

—El sitio lo expresa todo—pensaba Moragas.—Este hombre, oprobio de la sociedad, no podía vivir sino aquí, en una especie de cubil de fiera. Mas en buena ley y justicia, si así vive este hombre, Cáñamo y los que piensan como él debían agruparse en un barrio especial: el barrio donde radicasen la Audiencia, la Cárcel, el Penal, el campo de la Horca y la misma casa de Rojo. Ellos, los que han creado á este indefinible ser, no cumplían con menos que levantarle el entredicho y hacer respetar en él lo que entienden por justicia.... Sí, pues váyanles con eso.... Capaces serían, por no acercarse á él, de dejar pudrirse al muchacho, víctima del estado social de su padre.

Calculando así, y olvidando que la víspera tampoco él quería asistir al chico (lo cual demuestra que Moragas había andado mucho camino en veinticuatro horas), determinóse á efectuar lo que llamaba allá en sus adentros _bajada á los infiernos_, y volviéndose y girando las pupilas, observó si alguien podía verle entrar en el rancho. Cerciorado de que no había por allí fisgones, apoyó la mano en el pestillo.... y este movimiento hizo renacer la aversión y repugnancia de la víspera, algo que podía llamarse un espanto frío, de esos que no van acompañados de ningún temor positivo y real. Venció esta impresión; venció también la que le produjo ver en el zaguán, arrimada á la pared, una escalera, que le recordaba la que en otros tiempos llevaban en el sombrero los verdugos, como símbolo de la horca; y lo mismo que en cierta ocasión se había arrojado á un charco fétido para sacar á un niño que se ahogaba, arrojóse al interior de la sórdida vivienda.

La Marinera no andaba por allí: sólo el padre velaba á la cabecera de Telmo. No cruzaron palabra en los primeros instantes el Doctor y Rojo. Éste se puso en pie, y aquél aplicó la mano á la cabeza entrapajada, y luego el termómetro á la axila del paciente. Cuando lo sacó, sacudió y consultó á la luz, vió que había cuarenta grados de devoradora calentura.

—¿Ha comido?

—Ni chispa, señor. Naranjadas.

—¿Le ha dado V. la antipirina?

—Sí, señor. Todo lo que V. mandó. Por la mañana estuvo despejadito, aunque se quejaba mucho. Se ha recargado á la tarde.

—Pues mañana ó esta noche, cuando se despeje, caldo de substancia. Tal vez la fiebre esté sostenida por la debilidad.

—Debe de ser eso, porque delira; es decir, ahora está amodorrado, y de repente se pone á charlar y dice cosas.... tremendas.

—¿Cosas tremendas?—preguntó Moragas dejando la capa en una silla, porque se disponía á reconocer debidamente las lesiones del niño.—¿Y qué cosas tremendas son esas que dice su hijo de V.?

—Siempre está con que es valiente y con que puede con todos.... y que le tiren más piedras, que por eso no se rinde.... Todo se le vuelve «me mataréis, me mataréis, pero no diréis que quedé vencido.... Soy el general Haches y el general Erres.... No tengo ejército, pero basto yo; yo defiendo el castillo.... Vengan piedras....» Sospecho, Sr. D. Pelayo, que á esta criatura le han jugado una partida atroz los chiquillos del Instituto: puede decirse que lo han reventado á pedradas.

—Si es así, efectivamente es tremendo.... aunque natural y explicable.

No contestó Rojo: gruñó sordamente, y volvió á instalarse, de pie, á la cabecera del herido. Moragas, entretanto, alzaba suavemente el apósito para reconocer el estado de las lesiones en la cabeza, y, levantando la sábana, se informaba del dislocado pie. Deseoso, más que de reconocer y estudiar aquellas lastimaduras físicas, de echar la sonda en otros dolores, se volvió á Rojo:

—Supongo que V. se fijará bien en lo que hay que hacerle al niño, y seguirá todas mis instrucciones.... Porque V. debe de querer mucho á esta criatura.

Rojo se encogió de hombros.

—No tiene uno otra cosa,—respondió opacamente.

Cumplido el deber profesional, minuciosamente examinado el enfermo, dadas las instrucciones de palabra y por escrito, Moragas podía retirarse, pero consta de seguro que en vez de hacerlo, tomó una silla y se colocó en ella como quien no tiene urgencia. La víspera por la mañana, desmentiría él con tedio y enojo al que le pronosticase que había de tomar asiento en semejante mansión. Haciéndose el distraído y acariciándose maquinalmente las patillas, clavó en Rojo sus pupilas grises, llenas de luz, y preguntó como al descuido:

—¿No tuvo V. más hijos nunca?

—Sí, señor.... otro murió de pequeñito.... de sarampión.... Era una chiquilla.

—¡Feliz ella!—comentó Moragas en tono expresivo.—Crea V.,—prosiguió con la misma solemnidad,—que si me llama V. á asistir á esa criatura, y veo que su vida pende de una dosis de cualquier medicamento ó de una sajadura de bisturí...., yo, que por salvar á un niño soy capaz de echarme en un horno ardiendo...., creo que me meto las manos en los bolsillos, y dejo morir sin escrúpulo á su hija de V.

Rojo ni protestó, ni mostró que le sublevasen tan duras palabras. Su mirada, esquiva y errante, recorría las junturas del piso, y sus labios, color de violeta, se agitaban como si quisiesen dar salida á cláusulas mal formadas y á truncados razonamientos. Al cabo balbuceó:

—Tiene V..... tiene V. muchísima razón. El mayor favor que V. le podía hacer al.... al angelito, era.... dejarla morir. Ella sí que está bien. ¡Dichosa de ella!

Al oir Moragas estas expresiones, alegrósele el espíritu, pareciéndole que tomaba buen sesgo el interrogatorio que proyectaba.

—Según eso,—preguntó,—V. comprende perfectamente cuál es su posición, y cuál la de sus hijos, originada por la de V.

—¿No lo he de comprender?

—Pero....—insistió el Doctor,—¿lo comprende V. _por completo_? ¿Se da V. cuenta clara y exacta del destino que le está reservado á ese pobre rapaz que delira en esa cama? ¿Puede V. formarse idea de su presente y de su porvenir, de los odios y las humillaciones que le deja V. por infamante herencia, de lo que es hoy y de lo que será mañana? ¿Se hace V. cargo de que este niño, si fuese capaz de calcular, como calculamos los viejos, debiera, en vez de pedir á Dios que le conserve su padre, pedir que se lo quite?

Ninguna respuesta dió al pronto Rojo á estas resueltas palabras, conque el Doctor entraba en materia, cortando intrépidamente por lo sano. Sólo su azoramiento pudo descubrir que el Doctor había puesto el dedo en lo más enconado de la llaga. Al fin rompió en interrumpidas frases.

—Demasiado se hace uno cargo de todo.... No es uno ninguna persona que ni vea ni entienda.... Y mejor es que uno ni hable ni se acuerde de eso, porque cuando no tienen remedio las cosas....

—¡Al contrario!—interrumpió Moragas con energía.—¡Hay que acordarse de eso....; hay que hablar de eso, y mucho! Puesto que se ha encontrado V. con Moragas, no ha de poder decirse que el encuentro fué inútil y vano. V. ha venido á consultar conmigo una enfermedad del cuerpo...., y aunque tiene V. la enfermedad, y muy séria, lo de menos en V. es ese padecimiento.... De lo que V. está enfermo es de la conciencia, y ha contagiado V. á ese inocente, que por culpa de V. se halla fuera de la ley y camino del presidio. ¿No le hace á V. reflexionar el hecho que V. mismo me refiere, de que para apedrear á su hijo de V. se hayan asociado todos los alumnos del Instituto? ¿No ve V. ahí claro el porvenir de este chiquillo? Para apedreado le destina V., y apedreado será toda su vida. ¿Por qué no lo estrangula V...., V. que tiene por oficio estrangular?

Con tal vehemencia pronunció Moragas estas palabras, arrastrado por el impulso, que Rojo se puso, más que pálido, lívido, sintiendo como latigazos de alambre en el alma; y no sin alguna aspereza, contestó:

—Á otra cosa me podrá ganar cualquiera, pero no á querer á mi hijo, y por mí sería rey de España. Si no lo es, no tengo yo la culpa. Una cosa es hablar y otra pasar por los casos de la vida de un hombre. Con mis manos no he de matar al hijo; ahora, si Dios se lo lleva...., él saldrá ganando y yo también.