Part 24
—Lo hemos descubierto —repuso doña Emilia— por casualidad. A Teresa y a mí nos había chocado el vientre de Manolilla; la encontrábamos demasiado redonda. ¡Pero como esa gente lleva siempre tantos refajos!... Ahora llego a la cocina y veo las torrijas que la di anoche intactas en un plato. ¡Lo que a mí se me escape!... «¿Por qué no las has comido?», pregunto. «Porque no tenía ganas». —«¿No estaban buenas?». —«Sí, señora». —«Y entonces, ¿cómo las dejas? Yo sé que te gustan mucho...». Se puso muy colorada y el corazón me dio un vuelco. Pensé que las torrijas estaban envenenadas, que alguien quería matarnos..., ¡no sé!... ¡Como el mundo esconde tanta maldad!... Entonces cierro la puerta, agarro a la chiquilla por los brazos, la doy un buen zamarreo y la digo: «Ahora mismo, delante de mí, te comes las torrijas». —«No, señora; no tengo ganas». —«Pues sin ganas; solo por complacerme vas a comértelas». Cojo el plato y se lo pongo delante. Y ella callada. «Come». Callada. «¡Come!». A la tercera vez no pude contenerme y la di una bofetada. La maldita, nada; muy encendida y sin levantar los ojos del suelo. A mí la rabia me ahogaba; al mismo tiempo no quería gritar, porque pensé: «Si Higinio se levanta, esto acaba mal». ¡Porque conozco tu genio! Tú eres muy bueno mientras no te pinchen; tú ves a Manolilla así, emperrada en no hablar ¡y la ahogas!...
Perea hizo un mohín modesto para encubrir la satisfacción que le causaba la convicción que su mujer tenía en su heroísmo. Doña Emilia y Teresita se habían sentado al borde del lecho. La narradora prosiguió:
—Yo no sé cuántas bofetadas la di; todavía me duele la mano. En estas llega Vicenta, y al enterarse de lo que sucedía, me dice: «No se canse usted, señorita; aquí la única que conoce a esta hipócrita soy yo; para hacerla hablar hay que quemarla el trasero con una plancha. ¡Yo me encargo!...». En fin, la chiquilla tuvo miedo y confesó. Me dijo que estaba embarazada de cinco meses... ¿Ves qué infamia?... ¡De cinco meses!... Y que así la despellejásemos no comería torrijas, porque el autor de su desgracia es un muchacho de Ciudad Real que trabaja de cocinero en la taberna de _Tocinico_, y la tarde en que por primera y única vez fue suya, el granuja la dio a probar de unas torrijas que estaba haciendo. ¿Qué te parece la explicación? ¡Yo me quedé fría! ¿Tú has oído nada con menos sentido común?...
Don Higinio no respondió. El odio africano, exquisitamente tierno y ridículo a la vez que la infeliz Manolilla dedicaba a las torrijas, él lo comprendía; era un odio semejante al que su corazón alimentó en otro tiempo hacia _Le Matin_, verbigracia, o contra la calle Feydeau. Las torrijas fueron para Manolilla lo que para doña Lucía aquellos viejos periódicos que hablaban del misterioso crimen de la Grande Jatte: un pretexto; y en la vida, donde nada es sólido, grande ni definitivo, ¿qué es todo lo que ocurre sino el pretexto de cuanto ha de venir detrás?...
—¿Y qué piensas hacer con Manolilla? —preguntó.
—Despedirla, ¿no lo sabes?...
—¡Pero, así!... ¿El autor del desaguisado qué dice?
—El cocinero no quiere ni oír hablar de ella, y ya comprenderás que no estoy dispuesta a remediar culpas ajenas. Ahora menos mal, pues nadie lo sabe; pero, ¿y después?... Ella dice que no tiene dónde ir, y a su casa no quiere volver, porque si su padre la ve así, la mata. Yo lo comprendo y hasta la compadezco... ¡francamente!... la compadezco; pero... ¡allá cada cual con sus acciones!... ¡Que no hubiese comido torrijas!
Se levantó para marcharse y su gesto era austero, glacial, como el del arcángel que anunció a nuestros primeros padres la pérdida del Paraíso.
—A mí —dijo Teresita— esa Manolilla me da mucha compasión. ¡Como la hemos conocido pequeña!... Ahora la pobre está metida en su cuarto y llorando, pero llorando a ríos, mientras recoge sus ropitas...
Las dos hermanas salieron del dormitorio. Don Higinio quedose pensativo, y unos instantes su alma generosa censuró colérica la actitud desjugada, inhumanamente moral, de su mujer. ¡Ser buena!... ¡Es tan fácil la virtud cuando se han satisfecho todas las necesidades del corazón y del estómago!... Manolilla, en cambio, nada poseía. Como es lógico, la infeliz desearía emanciparse del fogón, conquistar un hogar, un marido; si se dio, acaso fuera para retener mejor a su amante; y de pronto sus esperanzas se derrumban, su burlador la abandona cobarde y se halla desamparada de todos, sin casa honesta donde refugiarse. Emilia razonaba bien: «¡Que no hubiese comido torrijas!...». Pero, ¿quién no delinque? ¿Quién, en cualquiera de las emboscadas que, tan pronto el amor, como el orgullo, la necesidad o la codicia, tienden a la integridad del hombre, no comió torrijas alguna vez?... Y, por lo mismo, Jesús, bajo cuyos pies descalzos se hundió el mundo antiguo, ¿no mandó perdonar siempre?... Después pensó en el cocinero que tan mal parada y raída dejó la doncellez de la muchacha. Le conocía de vista: era un mozalbete veintenario, picado de viruelas, rubio, presumido y desagradable. Sin embargo, Perea le envidiaba: aquel perillán, que seguramente no sabía escribir, corría aventuras y seducía criadas, aunque estas fuesen tan poco apetecibles como Manolilla; pero él, fuera de su noche de boda, ¿qué podía contar?... ¿No tenía su vida la sinceridad del sol, el aburrimiento de la llanada?... Ciertamente que doña Lucía se le rindió; mas no fue a él, al hombre, sino al prestigio de su mentira; acerca de esto ni su modestia ni su buen criterio y discurso podían equivocarse.
En tales pensamientos andaba el conspicuo manchego cuando llamaron a la puerta.
—¡Adelante!...
Era Manolilla. La muchacha raquítica, paliducha, esmirriada, se quedó en el dintel; las piernas un poco abiertas, los ojos bajos, cohibidos por la presencia del amo. Llevaba puesto un mantón a cuadros azules y blancos, y en las manos un hinchado atadijo de ropas.
—Ya le habrá dicho a usted la señora que me voy —murmuró.
—Sí, hija mía.
Ante la humillación y destierro de la pecadora sintió una emoción subidísima, un enternecimiento que, a durar, se hubiese resuelto en lágrimas. ¡La pobre criatura! Él, de seguir los evangélicos dictados de su voluntad, hubiera dicho: «Manolilla: Tú no te vas; tú te quedas con nosotros, pues no tienes adonde ir. Si tu padre, siguiendo preocupaciones rancias, te maldice, yo, hombre moderno, hombre cristiano, te perdono y recojo. Vuelve a tu cuarto, infeliz, y deja en él tus ropitas. Seca tu llanto. Aquí darás a luz tu hijo, y, entre todos, te ayudaremos a criarle. Los pañales que mis niños se pusieron servirán al tuyo. Yo no continúo la obra execrable de traición, de egoísmo y de infamia que comenzó tu amante». Esto era lo hermoso, lo noble, lo que Cristo, de vivir en Serranillas, hubiera hecho. Pero don Higinio reconocíase incapaz de tan alta empresa. ¿Cómo obtener de doña Emilia el indulto de la muchacha? ¿Cómo llevar a su entendimiento y menos a su ordenado corazón, la idea de que todos los pequeñuelos, sean de quien fueren, deben sernos igualmente amados? Imposible; el criterio de doña Emilia era el de todo el pueblo; el egoísmo humano es tan colosal que llena el horizonte, y ¿cómo sustraerse al horizonte?...
Mientras estas egregias imaginaciones zarandeaban el espíritu de don Higinio, Manolilla permanecía inmóvil y humilde, como esperando un fallo. Al cabo, la cuitada pensó que debía despedirse:
—Bien, pues..., ustedes me perdonarán si en algo he faltado.
—No, mujer.
—Y hasta otro día..., si no me muero... y quieren ustedes recibirme...
Hablaba a tropezones, tragándose las lágrimas. Perea se incorporó en la cama y registró los bolsillos de su chaleco, colgado sobre el respaldo de una silla.
—Toma —dijo.
La ofrecía dos duros. Ella rehusó; acababa de cobrar su salario y sus ahorros ascendían a cuarenta pesetas. ¿Para qué más? Don Higinio admiró la despreocupación, el estoicismo, con que Manolilla miraba al porvenir.
—No importa —insistió—; esto es un regalo mío; guárdatelo, guárdalo pronto y que nadie lo sepa.
Cedió ella, y, tímidamente, se acercó al lecho.
—Que Dios le aumente la salud.
—Gracias, Manolilla. ¿Dónde vas ahora?
—A la posada; allí pasaré la noche.
—¿Y mañana?
—Me voy a Ciudad Real, para ver de entrar en la Maternidad.
—Y a tu novio, ¿no piensas hablarle?
—No, señor. ¿Para qué?...
Su voz, que había ido debilitándose, expiró en un sollozo. Secándose los ojos con su delantal salió del dormitorio, y al cerrar la puerta don Higinio sintió que acababa de cumplirse una grave infamia. Sin embargo, allá en los entresijos más hondos de su alma, orientada perpetuamente hacia la aventura, envidiaba a Manolilla: era joven y el carnaval de lo imprevisto la aguardaba; pero, ¿y a él?... Gordo, viejo, rodeado de familia, atado de pies y manos a su hacienda, ya nada podría arrancarle de allí. Y, sin embargo, todavía su corazón estaba mozo, todavía esperaba. De aquí la emoción de envidia que Manolilla le dejó al marcharse.
«¡Quién hubiera comido torrijas como ella!...» —pensó.
Para todo, sin embargo, era ya un poco tarde. A los cincuenta y dos años, ligado a la tierra, más que por los negocios por hábitos inveterados de sedentarismo y de inacción, ¿adónde ir?... Don Higinio apreciaba las hondas mutaciones que en las personas, como en los afectos, el tiempo andariego había realizado, y de todas partes llegaba a él un aliento de silencio, olvido y desilusión. Lentamente, reconocíase apartado de la circulación y cual empujado hacia el margen de la vida; otras generaciones arrebataron a la suya las riendas de la actividad, y el ver cómo los matrimonios de personas que conoció pequeñas iban cargándose de hijos, traíale la sensación de la humanidad que marchaba tras él. A su alrededor, todo decaía y retoñaba: doña Emilia tenía los cabellos grises; Teresita estaba más sorda y cenceña que nunca, y el carnoso y decorativo crepúsculo de doña Lucía, a la vez, por diversos lados se desmayaba y batía en deplorable retirada. Sus amigos hallábanse igualmente malparados, y de los más íntimos su fiel memoria conservaba dos imágenes: la garrida que lucieron de mozos, y la otra, fea y vieja, que los afanes del vivir les fue dejando. Don Jerónimo Arribas había engordado tanto, que el tejido adiposo le ahogaba y apenas podía ocuparse de su bufete; don Gregorio había perdido la fina vista y el seguro pulso de sus buenos tiempos, y apenas se acordaba de la escopeta; don Cándido envejecía dentro de su botica, como las antiguas imágenes de cera se decoloran y amustian en la penumbra polvorienta de las capillas; Julio Cenén, a pesar de su frivolidad ornitológica, también se había sosegado, al extremo de que su mujer, como si quisiera vengarse de cuanto sufrió a su lado, apenas le permitía salir de noche; Gutiérrez, clavado por el reúma en su sillón de la Administración de Correos, iba poco al Casino; desde la calle, a través de las enrejadas ventanas de la oficina, se le veía escribir, y en la semioscuridad de la estancia su cabeza, de cabellos blancos y rizosos, parecía una bola de algodón.
A los viejos perfiles achacosos y lentos sustituían otras figuras mozas y ágiles. El noble Perea reconocía la pesadumbre de los años, más que en sus propios achaques y goteras, en el pasmoso florecimiento de sus hijos. Anselmo, el primogénito, era abogado y había abierto bufete en Ciudad Real; Joaquinito cursaba segundo año de Medicina; Carmen se había casado y tenía un niño, Higinín, rubio como las mazorcas y con los ojos grandes, crédulos y azules de su abuelo.
En aquel esperanzado y fecundo movimiento de avance, nadie quedó atrás, que el tiempo infinito de todo se acuerda por igual. Eugenio y Gorito, los hijos mayores de Hernández, también fueron muchachos de provecho. Eugenio terminó la carrera de perito agrónomo; Gorito era militar.
Baldomero, el heredero único de don Cándido, se había licenciado en Farmacia y ya se disponía a casarse y a sustituir a su padre detrás del mostrador de la botica.
Águeda y Marina, las niñas de Gutiérrez, a pesar de ciertas murmuraciones calumniosas, se habían casado: la primera, con un ambulante de Correos, y su hermana, con un acomodado labrador de Argamasilla.
Gasparito, el hijo de la señora Indalecia, era un trujamán redomado, con quien, por dos o tres veces, tuvo que ventilar cuentas la Guardia civil; afortunadamente, su caudalosa simpatía y mucha astucia le libraron siempre de los malos fregados en que su necesidad o su descomedida afición a lo ajeno le pusieron, y de zoco en colodro, unas veces de novillero y otras de chalán, ganaba su sustento y el de su anciana madre.
De este modo, cuanto más miraba en torno suyo el benemérito don Higinio más solo y olvidado se reconocía, así de los que por ancianos iban hacia la muerte, como de aquellos jóvenes a quienes llamaba la vida. ¡Y él mismo!..., con su cabeza calva, sus zapatos de paño, sus ropas interiores de franela y sus frecuentes ataques de anquilosis, ¿no era un hombre «pasado»?... El reúma, que como legado de raza empezó a atormentarle desde mozo, habíale producido una grave lesión en el pericardio, agravada por las humedades de la mina y sus aficiones de pescador. ¡Bastante le había sermoneado acerca de esto su amigo don Gregorio, y con hartas furibundas profecías trató de amedrentarle! Pero, ¿quién llevaría su sabiduría y prudencia al extremo de curarse en salud?...
Ahora que comenzaba a resquebrajarse comprendía mejor que nunca la majestad y artística belleza de la mentira que sirvió de centro de gravedad a su historia y la dio color y relieve. Aquel hermoso gesto falso era la pirosfera de su alma, lo que infundía cohesión a todos los actos de su vida, como el hilo que sujeta unas a otras las cuentas de un rosario. Si bien tarde y de modo incompleto, merced a su superchería, conquistó aquellas preeminentes satisfacciones de vanidad, solo a los más ínclitos varones reservadas. Mucho tuvo: la devoción sumisa de su mujer, el respeto de su familia, la estimación de sus amigos, una amante, un hijo natural, una dorada leyenda de galantería y de bravura, y con ella la admiración de todo un pueblo. La mentira, que primero fue murmuración y luego la opinión pública, con la ayuda y favor del tiempo, convirtió en historia, era para don Higinio lo que para los artistas el seudónimo con que llegaron a la celebridad: las muchedumbres admiran al Greco, pero ignoran a Domingo Theotocópuli; han leído quizás a Stendhal y desconocen a Enrique Beyle. La inmortalidad se alcanza con una estatua, con un libro, con un ademán. Así la obtuvo Perea: para sus conterráneos, orgullosos de su valor, siempre sería «un hombre que mató en París a un holandés»; su gloria, como la de Juan de Urbieta, el oscuro soldado que prendió a Francisco I en Pavía, cristalizó en un gesto, pero tan rotundo y feliz que todo el oro de su vida cupo en él. Durante esas horas raras de sinceridad que los hombres suelen tener consigo mismos, don Higinio examinaba con cruel imparcialidad el regio manto de heroísmo que durante años y años llevó puesto. ¡Oh! Si los vecinos de Serranillas supiesen la verdad... ¡Cómo le despreciarían, cómo acudirían a reírse de él en sus propias barbas!... Y harían mal; su befa sería injusta: si él mintió fue llevado por el natural prurito de ennoblecerse, de ser «algo», y ¿en la historia de todos los hombres no late siempre, como un corazón, el mismo deseo de notoriedad?...
El esclarecido don Higinio, olvidado de la pesca, alejado un poco de los grandes torneos de dominó del Casino, dedicado bonachonamente a la cría de conejos y observando por las mañanas, a través de los cristales de su dormitorio, el cariz del tiempo, tenía, a despecho de su figura vulgar, algo de la grandeza triste de Carlos V en su celda de Yuste. ¿Con quién hablaría de su pasado? ¿A qué espíritu delicado confiaría el fracaso de sus ensueños de argonauta y su inmarcesible amor a París?... Antaño, cuando unos y otros eran jóvenes, aún había ganas de charlar: en las tertulias, este narraba sus cacerías, aquel sus éxitos amorosos; la mentira era como un sarpullido de su mocedad. Pero ahora, en todos, hasta la imaginación había callado.
—¡Soy un extranjero en mi país! —solía decir don Higinio.
Únicamente perduraba su historia: la leyenda que nimbaba su cabeza casi blanca, estaba escrita con indelebles caracteres y como claveteada en la memoria de todos. Nadie dudaba de aquel valor afirmado de manera inconcusa cuando los presos de la cárcel se amotinaron y el amante de Leopoldina, sin otras armas que su bien templado coraje y sus puños, se impuso a ellos; y análoga impresión dejó la bizarra generosidad con que atajó la inundación que hubo en su mina. Como si tales recuerdos no bastasen a su prestigio, la suerte quiso que Perea, ya en los umbrales de la vejez, añadiese a su bien cimentada historia de valiente nuevos laureles inmarcesibles.
Un anochecer las campanas de la iglesia repicaron a fuego desesperadamente. El vecindario se conmovió y los hombres se echaron a la calle; llenáronse las ventanas de mujeres y de chiquillos; todos los rostros tenían la misma expresión inmóvil producida por el choque de la curiosidad y del miedo. El incendio era en una casa pobre del callejón del Hombre Ahorcado, detrás de la Plaza de Abastos, y las llamas, azuzadas por el viento, se alargaban siniestras en el cielo oscuro. Sus lampazos sanguinarios alcanzaban muy lejos. Un fuerte sacudimiento estremeció al pueblo. Los trabajadores que salían de las minas y veían el fuego aceleraban el paso, y como se acercaban en tropel, el ruido de sus voces y sus figuras harapientas, tiznadas de carbón, daban a su llegada apariencias intranquilizadoras de motín. Las calles retemblaron con el murmullo de sus respiraciones jadeantes y de sus pisadas. El siniestro iba en auge: torbellinos de chispas bermejas, perláticas, saltarinas como cohetes, lo coronaban; parecía un volcán, y sobre el tejado ardiente, convertido en cráter, las llamas flameaban lamiendo el espacio, hinchándose, retorciéndose, semejantes a un gigantesco pañuelo rojo y amarillo que dijese «adiós». Clamaban las campanas pidiendo auxilio. Sobre el gran fondo crepuscular las esferas pálidas del reloj de la iglesia, brillantes como ojos agoreros, tenían esta vez una rara expresión, y la corva arista que las separaba, enrojecida por el incendio, parecía un pico manchado de sangre.
Los dos bomberos que pagaba el Municipio, favorecidos por las varias parejas de guardias civiles y un numeroso grupo de vecinos de buena voluntad, habían conseguido sacar a la calle la única bomba servible que quedaba en el Ayuntamiento y llevarla al lugar del peligro. De todas partes, hombres provistos de azadones y de escaleras, acudían dispuestos a demoler lo que fuese necesario para aislar el fuego.
A don Higinio, en pie delante de su casa, le rozaban aquellas fuertes vibraciones de peligro y de lucha, y su alma aventurera se estremecía. Doña Emilia, Teresita, Carmen, que llevaba a su hijo en brazos, doña Lucía y otras mujeres, le rodeaban, apretujándose medrosas contra él, como si el héroe de la Grande Jatte hubiese de preservarlas de algún riesgo.
Vieron a don Gregorio. El médico iba muy de prisa y no se detuvo; varios vecinos le siguieron; decían que había heridos...
Doña Emilia agarró a su marido por los brazos:
—Tú no vas.
—No, hija.
—Es que te conozco; el deseo de ir te llena los ojos; te estás conmigo; me darías un disgusto muy grande, y bastante me hiciste sufrir ya. Además, eres viejo.
Teresita, adivinando lo que decía su hermana, añadió:
—¿Le aconsejas que no vaya? ¡Naturalmente! ¡Sería una locura!...
Y doña Lucía, entornando los ojos:
—Usted se queda con nosotras.
Don Higinio, muy bien plantado sobre sus botas de cuero amarillo, las manos en los bolsillos del pantalón, el abdomen libre y orondo bajo el chaleco desabrochado, se mordió los labios. Su mujer decía bien: él quería ir al incendio. ¿Y por qué no? ¿No iban otros hombres y no era él, supuesta su condición heroica, el más obligado a acudir a los lugares de peligro? ¿De qué aprovechaba, si no, su valentía? El bravo que no usa de su valor cuando las circunstancias le invitan a mostrarlo, queda tan desairadamente como el rico tacaño que esconde su dinero.
En aquel momento pasó Julio Cenén; sobre su rostro flaco, de color cera, su barba puntiaguda, negra aún, parecía postiza.
—¿Viene usted conmigo? —gritó el secretario a Perea.
—¡No, señor! —replicó doña Emilia—, ¡mi marido no se mueve de aquí!
Sin hacer caso de esta interrupción, Cenén prosiguió:
—Venga usted. Allí hacemos falta todos; dicen que hay un muerto.
Don Higinio, enardecido, avanzó algunos pasos. Las mujeres le rodearon: doña Emilia y Teresita se abrazaron a sus rodillas, arrastrando sobre la acera la gravedad de sus hábitos, y Carmen trató de conmover a su padre mostrándole la cabecita estúpida, mofletuda y colorada de Higinín.
—¡Higinio de mi alma, no vayas!...
—¡Papá, por Dios!...
Pero el héroe las rechazó a todas y a todas se impuso con un gesto de irrevocable autoridad; el mismo gesto temerario que habría tenido si algún día, efectivamente, hubiese necesitado matar a un holandés; y estoico, manchando con sus zapatos los trajes que aquellas dos santas mujeres llevaban para mejor rezar por él, siguió adelante.
Momentos después, el galán del hotel de los Alpes, se cubría de gloria.
A través de la turbamulta aglomerada en el lugar del siniestro, don Higinio y Julio Cenén se abrieron paso fácilmente; su prestigio les favorecía; al verles los curiosos se oprimían, franqueándoles respetuosamente el camino. ¿Adónde marchaba Perea tan resuelto? Todos recordaban de cuando conjuró el motín de los presos, y le seguían con los ojos, seguros de que iba a realizar alguna acción peligrosa, extraordinaria, digna de él, en fin...
Delante de la casa incendiada, que era de dos pisos, los muebles, colchones, líos de ropas, baúles y otros objetos que los vecinos arrojaron por los balcones, yacían en caótico hacinamiento, horriblemente manchados de agua, barro y humo. Allí el resplandor del fuego era tan violento que abrasaba las mejillas; nadie se acercaba; ante la formidable hoguera, los semblantes, suspensos, acobardados, de la multitud, aparecían rojos. Por las ventanas de la casa, convertida en volcán, salían cortinajes terribles de llamas que renegreaban y agrietaban la fachada. Varios balcones se desplomaron con un espantoso fragor de inflamados cascotes. La bomba, aunque funcionaba bien, era insuficiente para dominar el incendio, y su vena de agua antes lo alimentaba que lo combatía. El calor había roto en añicos todos los cristales de las viviendas inmediatas. Los dos bomberos, heridos de gravedad, acababan de ser trasladados a la botica de don Cándido, y la cuadrilla de albañiles que capitaneaban el alcalde y el jefe de carabineros, persuadida de la imposibilidad de apagar el fuego, dedicábase a impedir que este, socorrido por el viento, se propagase.
De repente, una mujer que probablemente estuvo encerrada en alguno de los cuartos interiores, apareció desmelenada, loca de terror, en un balcón del piso segundo. Sus gritos desesperados dominaron el tumulto, semejante a un hervor, de la muchedumbre. Inclinada sobre la barandilla, los brazos extendidos, los cabellos colgantes, la boca desquijarada trágicamente en el espanto del rostro tiznado por el humo, parecía una furia. Julio Cenén la reconoció.
—Es Evarista, la hija de Matilde la cintera...
La infeliz impetraba:
—¡Socorro!... ¡Socorro!...
A su llamamiento, varias voces contestaron:
—¡Baja por la escalera!
—¡No puedo! ¡Está ardiendo!...
Sus brazos convulsos se retorcían frenéticos; parecía que iba a lanzarse de cabeza a la calle.
El alcalde la ordenó:
—¡Descuélgate despacio, y cuando ya no puedas más, déjate caer; aquí te recibiremos! ¡No tengas miedo!...
Ella medía la profundidad del salto con ojos espantados. El señor alcalde repitió:
—¡No tengas miedo! ¡Tírate!...