Part 23
A estas hipócritas invenciones recurría la honestidad de la comprometida señora para no asustarse excesivamente. Una vez más la mentira triunfaba: ella sabía que iba a caer, pero aparentaba no creerlo y así declinaba en Perea todas las horribles responsabilidades de su falta. Para engañarse mejor y sentir menos el peligro, su conciencia sofista levantaba nuevos reductos alrededor de su virtud. Don Higinio, seguramente, no pensaría seducirla; pero, aunque lo intentara, pues de hombre tan desbocado y libertino lo peor debía esperarse y temerse, ¿no tenía ella dientes y uñas con que rechazarle?... Al mismo tiempo otra emoción, que antes que de miedo o remordimiento era de suave complacencia y voluptuosidad, llegaba a turbarla. Claro es que ella sabría, en caso necesario, defenderse bizarramente. Pero... ¿tendría coraje y alientos bastantes para resistir el ciego asalto de la fiera encelada? Recordaba la figura redonda del héroe; don Higinio, puesto en tan apretado trance, debía de tener la violencia terrible de un piel roja. ¡Y como en achaques de amorosas caídas el papel de víctima es tan dulce!... Las supercherías tranquilizadoras de su conciencia, por una parte, y de otra el masoquismo inefable de luchar, pernear, anegarse en llanto si era preciso, y, al fin, ser tomada por fuerza, pacificaban su virtud. ¡Don Higinio!... Aquel hombre que oprimió entre sus brazos italianas y francesas y mujeres de nadie sabe cuantos países, ¿cómo sería en la intimidad?... ¡Sus manos! ¿Qué ardor, qué perversas sabidurías, qué vehemencias salvajes de presidio habría en ellas?... La señora de Hernández creía sentirlas ya sobre sus riñones y cerraba los ojos. Esta emoción, rotundamente sexual, la decidió. ¿Por qué esquivar aquel momento que, sin saberlo, esperó tantos años?... Sí, iría. ¿Acaso otras mujeres, como ella casadas y con hijos, no registraron en su historia una hora igual?... Iría y no vacilaría más; hay que permitir a la razón descansar de cuándo en cuándo en la casualidad, y si se llega a momentos u ocasiones de tanto riesgo, la vida debe cruzarse como cruzan los equilibristas los abismos, sin mirar hacia abajo...
Doña Lucía pasó la tarde tras las celosías de su dormitorio, y en un estado de hiperestesia que distinguía simultáneamente y por igual todos los ruidos de su casa y de la calle, y hasta las trepidaciones más leves de su enamorado corazón. ¡Oh, y con qué lentitud caminaban las horas! Nunca le pareció el pueblo tan callado, tan triste, ni sintió con más fuerza la melancolía de sus calles ociosas, manchadas de musgo. La esposa de Hernández se ahogaba dentro de su corsé. Jamás, ni cuando fue al altar vestida de blanco y el pecho y los cabellos cubiertos de azahares, sus sienes habían latido así. Alternativamente, al roce del menor pensamiento, tenía calor o frío, se ponía roja o se quedaba lívida... ¡Luego es cierto que las humanas entrañas son tan resistentes!... ¡Luego una mujer puede tener un amante y acudir a su cita sin miedo a que, antes de llegar a sus brazos, de alegría y de susto la estalle el corazón!... Y después de la caída, en la conciencia de la adúltera que juró pertenecer solo a un hombre, y de pronto es de dos, ¿qué pasa?...
A las cinco y media vio ir a doña Emilia, Teresita y Carmen, camino de la iglesia. Las dos hermanas llevaban, como siempre, desde hacía cinco años, sus graves hábitos de Nuestra Señora del Carmen, y en las manos, libros de devoción y sendos rosarios de cuentas negras. La señora de Hernández se estremeció, y para no seguir mirándolas tan tranquilas, tan fieles, se llevó su pañuelo a los ojos.
«Van a rezar por él» —pensó.
Y luego:
«¡Oh, es que si “él” fuese mi marido, yo haría lo mismo!...».
Con cuya reflexión y creencia su cariño hacia Perea se recobró y exaltó furiosamente. ¡Ah!... ¿Por qué los hombres peores, los más aventureros, los más díscolos, serán también los más amados?...
Doña Lucía halló al héroe de la Grande Jatte paseándose por el zaguán de su casa con las manos atrás, sobre los fondillos, y en mangas de camisa. A la buena señora no la molestó este detalle prosaico; ella no leía novelas; además, en un pueblo no había razón para que un hombre, por enamorado que esté, se vista de _smoking_ a las seis de la tarde. Cruzaron el patio y llegaron al comedor.
—Estoy aquí de milagro —dijo ella.
—¿Cómo? ¿No se atrevía usted a venir?
—No..., no me atrevía...
—¿Por qué?
—Pues..., ya ve usted; porque no...
Don Higinio hizo un gesto de asombro y ella enrojeció, pues en su negativa palpitaba terminante la obsesión del pecado. Él, familiar, sobreponiéndose trabajosamente a su emoción, la estrechó una mano:
—¡Qué niña es usted!...
Estaba orgulloso y poco a poco adquiría el aplomo de un artista acostumbrado a recibir visitas de mujeres. Ladinamente propuso pasar al gabinete; doña Lucía rehusó; mejor estaban allí; insistió Perea diciendo que los periódicos los tenía guardados en su dormitorio, dentro de un arcón, y ella mantuvo su negativa; en el comedor había más luz. La idea de hallarse con don Higinio cerca de la alcoba la intimidaba. El amante de Leopoldina, convencido de que no derrotaría la obstinada resistencia de su amiga, se alivió considerando que en el comedor, cubierto por una funda de crudillo, había un diván. Concluyó por ceder y fue a buscar los periódicos. Cuando reapareció, la señora de Hernández, a la vez esperanzada y medrosa, bordeaba ese delicioso momento de espíritu en que las mujeres lo desean todo y de todo, sin embargo, se asustan. También ella, apenas llegó al comedor, había visto el diván.
Perea deshizo el tan anunciado paquete de periódicos: eran números de _Le Matin_, _Gil Blas_, _Le Journal_, _Le Figaro_, _Le Petit Parisien_, _L’Écho de Paris_, _Le Gaulois_, amarilleados por la doble acción del tiempo y del polvo; algunos fueron manchados por la humedad. Allí también estaban las botas del héroe; unos brodequines rugosos, torcidos hacia arriba, manchados por el barro de París. Doña Lucía miraba curiosamente, los ojos abrillantados y como ensanchados por ese interés malsano que a los espíritus impresionables y sencillos inspiran los crímenes. El galán del hotel de los Alpes, entretanto, maniobraba parsimoniosamente, seguro de que su mejor discurso y el rendimiento y total sumisión de la amada residían en aquellos papeles.
Abrió un número de _Le Journal_ y señaló un retrato inserto en la primera columna de la segunda plana.
—Aquí le tiene usted —dijo sencillamente.
Ella se inclinó para ver mejor.
—¿Al holandés?
—Sí.
—¡Oh!... ¡Pobre hombre! ¿Míster Ruch, verdad?... ¡Qué miedo!...
La fotografía, hecha probablemente en La Morgue famosa, era la de un mocetón como de treinta años, desnudo de medio cuerpo arriba; el cuello recio y la mandíbula ancha acusaban una gran fuerza física; usaba bigote y tenía los ojos cerrados; en el pecho, inmediatamente encima de la tetilla izquierda, veíase claramente la mancha de una herida enorme. La impresión que aquel despojo humano produjo en la señora de Hernández fue demasiado intensa. Perea la había rodeado el talle con un brazo; ella empezó a temblar; sus dientes castañetearon y fascinada se estrechó contra el héroe.
Don Higinio leyó un epígrafe:
—«El crimen de ayer». ¿Usted comprende el francés?
Doña Lucía no contestaba; él repitió su pregunta:
—¿Usted traduce el francés?
La esposa del médico coordinaba mal sus ideas y tardó en responder:
—Yo, no.
—Es lástima, pues aquí todo está perfectamente explicado y hay detalles muy interesantes.
Continuó leyendo, mientras su índice de gruesos artejos, terminado por una uña ancha y roma, iba señalando en las columnas del periódico como sobre un mapa.
—Vea usted. Dice: «En la isla de la Grande Jatte». «Las primeras pesquisas». «El cadáver no ha sido identificado». «El móvil probable del crimen...».
Desdobló un número de _Le Matin_.
—Aquí está el sitio donde fue encontrado el cadáver.
Suspiró.
—Me acuerdo de él perfectamente: si cierro los ojos me parece verlo aún...
Pero la esposa de Hernández apenas le oía: el muerto, con su bigote lacio y la expresión de dolor y de paz que la agonía dio a su rostro, la fascinaba. Y luego..., ¡aquella herida horrible, espantosa, como la huella de un hachazo!...
Con voz tímida, casi imperceptible, preguntó:
—¿Le dio usted muchos golpes?
—Uno nada más; pero espantoso..., ¡eso sí!... El cuchillo entró hasta el mango y la hoja tendría una anchura de tres dedos, tal vez...
Callaron. La seducción rápida, creciente, inevitable, seguía su curso. Ahora doña Lucía miraba temblando las botas; aquellas terribles botas cuyas suelas, quizás, se mojaron en la sangre del holandés.
—¿Las llevaba usted puestas?
—Sí.
—¿La mañana del lance?
—También; no usaba otras. ¡Si hablasen!
—¡Qué horror!... Los hombres... los hombres...
Recobrándose curiosa:
—¿El balazo lo recibió usted en el pecho?
—Un poco más abajo. Aquí; aquí, precisamente, donde las costillas se separan. La cicatriz es muy pequeña; con los años casi se ha borrado, pero todavía se conoce. ¿Quiere usted verla?
Ella no deseaba otra cosa, pero empezó a negar.
—No, no... ¡Qué vergüenza!...
—¿Vergüenza? ¿Por qué?... ¡No sea usted inocente! Si apenas necesito desnudarme.
Se desabotonó la camisa y por la abertura se arremangó la elástica. Apareció la carne blanda, cetrina, cubierta por una espesa pelambrera rucia. Doña Lucía, sin querer, miraba. Vio la herida. ¡Oh!... Y, al acercarse, su nariz percibió un olor acre, penetrante, lascivo: un olor a macho...
La sugestión trágica iba en aumento. La señora de Hernández comprendió que sus piernas empezaban a flaquear; estaba perdida; no la quedaban ni un grito en su garganta, ni un soplo de energía en sus músculos; además, en aquel preciso momento acababa de sentir posarse sobre su espalda la mano de Perea, cálida, impaciente...; la mano asesina...
Sollozando, vencida, la excelente señora refugió su rostro, bañado en lágrimas, contra el chaleco del héroe. El recuerdo de Leopoldina la atormentaba.
—¡Higinio! —balbuceó—. ¡Higinio!... ¡Y todo eso lo hizo usted por el amor de una mujer, por ella se manchó usted la conciencia de sangre!... ¡Ah! ¡Yo adoraría al hombre que hubiera sabido amarme así!...
El dulce momento pasaba adornado con sus atavíos más bellos de humildad y de lágrimas; había que aprovecharlo. Don Higinio cerró la puerta del comedor con llave, y suavemente empujó a doña Lucía hacia el diván; ella cedía, poniéndose un brazo delante del rostro. Y hubo un largo silencio nupcial...
Perea, sofocado aún, pero triunfante y gozoso, se arreglaba precipitadamente el lazo de su corbata delante de un espejo. Ella le observaba, inmóvil, aturdida, pensando que desde hacía unos instantes era otra mujer. ¡Un amante! ¡Tenía un amante!... ¿Y no equivalía esto a haber hallado de nuevo su juventud?...
No pudo contenerse y levantándose le echó los brazos al cuello y le dio muchos besos largos, callados; besos de traición, de adulterio. El orgullo de pertenecer a un héroe llenaba su espíritu:
—¡Higinio mío! ¿Qué tienen los hombres como tú para ser tan amados?
A las siete oyeron llegar a doña Emilia; Teresita, Carmen y su novio, habían ido a visitar, sin duda, a la mujer del notario, que estaba enferma. Mientras la señora de Perea dejaba su rosario y su libro de oraciones en el gabinete, los dos amantes hubieron tiempo de serenarse: don Higinio encendió un cigarrillo y se estiró el chaleco; doña Lucía se pasó una mano por los cabellos y rápidamente, con una borla que sacó de una cajita de celuloide, se empolvó las mejillas. Cuando doña Emilia entró en el comedor, su marido se paseaba indiferente, silbando una canción. Para recibir a su amiga, la señora de Hernández se levantó. Las dos mujeres se besaron.
—¿Cómo tú por aquí, a estas horas? —preguntó doña Emilia.
La interpelada, a pesar de su inexperiencia, halló inmediatamente, en ese gran fondo de hipocresía que caracteriza la arquitectura moral femenina, un aplomo perfecto.
—Me aburría en casa y vine a verte. Gregorio se fue esta mañana de caza y se llevó a Ernestín. ¡Comprende mi fastidio; todo el día sola!... Os vi esta tarde, a ti, a tu hermana y a tu hija, cuando ibais, a la novena, y pensé reunirme con vosotras en la iglesia; luego me entretuve demasiado preparando unos dulces, y ya se me quitaron las ganas de vestirme. Tu marido, para distraerme, me ha enseñado los célebres periódicos...
Perea dirigió hacia la mesa una mirada oblicua de inquietud y continuó paseando. Doña Emilia interrogó:
—¿Qué periódicos?...
—Esos...
Los reconoció en seguida y su rostro se nubló: la molestaba que su marido hubiese dispensado a doña Lucía un tan señaladísimo testimonio de confianza; al fin, aquellos periódicos eran documentos que, más o menos tarde, podían comprometerle. ¿Qué sabe nadie lo que en el día de mañana puede ocurrir? Hay secretos que ligan unas personas a otras como cadenas, y por lo mismo únicamente la esposa puede saber. La señora de Hernández mostró a su amiga el retrato del holandés.
—¿Le habías visto?
—Muchas veces. ¡Dios le haya perdonado!...
Ahogó un suspiro y sus ojos bondadosos se arrasaron en lágrimas. Las dos mujeres, de pie ante la mesa, contemplaban aquellas botas sucias y aquel montón de papeles amarillentos, de donde parecía alzarse, como desde una tumba, la acusadora voz de la víctima. A intervalos, con pasmoso disimulo de histrionisa, los ojos de doña Lucía buscaban al héroe. A Perea se le antojó que aquella escena se prolongaba demasiado. Sin hablar, con la severidad de rostro que cumple a una honda preocupación mental, empezó a recoger los periódicos; apenas si miró el retrato del holandés; comprendíase que el semblante donde la muerte había inmovilizado una expresión de rabia y de angustia, le impresionaba dolorosamente. Para no hacerle sufrir más, doña Lucía quiso dar a la conversación un sesgo frívolo y picante.
—Y el otro retrato —exclamó—, ¿lo conoces?
—¿Cuál?
—El de la italiana.
Doña Emilia se encaró con su marido y sus manos gordizuelas, pacíficas, embarnecidas por los años y la ociosidad, se crisparon: hubo en ellas un temblor de garra.
—¿Es posible? ¿Tienes el retrato de esa tía y no me lo has enseñado? ¿Acaso la quieres aún?...
Doña Lucía azuzaba sus celos.
—Tú eres tonta. Di que te lo enseñe, lo lleva en el bolsillo; el sábado, en la caseta del Casino, estuvimos viéndolo Gregorio, don Cándido y yo.
Perea la miraba sorprendido de su actitud hostil. ¿Por qué aquel aborrecimiento a la hermosa italiana del hotel de los Alpes? Para tranquilizar a su mujer adoptó una expresión a la vez distraída y grave.
—Yo creí —dijo— que lo conocías; no se trata de un secreto, sino de un olvido. Voy a buscarlo; creo que lo tengo en la cartera.
Salió despacio, pero con el andar firme y noble que da una conciencia tranquila. Las dos mujeres, después de seguirle con los ojos hasta la puerta, se miraron.
—¿Qué te parece? —exclamó doña Emilia.
La señora de Hernández arqueaba las cejas y se mordió los labios.
—Cuanto más le trato —dijo—, más me asombro de que haya hecho lo que sabemos.
—Pues, yo no. ¡Si le hubieses visto una mañana dispuesto a estrangular a un hombre que vino a pedirle dinero amenazándole con delatarle a la justicia!...
—¿Es posible?...
—¡Ay, hija! ¡Qué miedo pasé! Higinio se puso hecho un tigre, amarillo como la cera, los labios blancos... ¡Una fiera!... Si no llego tan a tiempo mata al individuo.
Doña Lucía miró a su amiga intensamente, envidiándola de todo corazón el trabajo de tener un marido así. ¡El amor de la italiana, la muerte del holandés!... ¿Pero sabe nadie el perfume que una aventura semejante deja en una vida?... La señora de Perea suspiró y bajó los ojos; dentro de su hábito y en aquella actitud, parecía una imagen. Su voz moribunda, su palidez, sus manos cruzadas devotamente sobre el abdomen, sus pies calzados con cómodos zapatos de paño, parecían decir: «A los hombres de esa condición hay que perdonarles, cuando menos, veinte veces al día».
Reapareció don Higinio, trayendo entre los dedos índice y mayor de su mano derecha una fotografía, que arrojó displicente sobre la mesa.
—¡Ahí tienes el retrato!...
Doña Emilia lo recogió; iba a insultarlo, pero se contuvo, acordándose de que la persona allí representada estaba muerta. Emociones nuevas y enemigas la sacudían: tan pronto sentía despecho de que su marido hubiese tratado a una mujer tan hermosa, tan pronto se holgaba de haber tenido una rival así. En realidad, la belleza teatral y decorativa de la italiana se imponía a sus celos. Doña Emilia y la señora de Hernández permanecían inmóviles, medio abrazadas, como socorriéndose mutuamente ante la expresión de aquella imagen lasciva, tentadora, medio desnuda entre la caricia de su abrigo de piel.
La esposa advirtió que la fotografía había estado dedicada.
—¿Tú conoces la dedicatoria? —murmuró.
—No.
—¿No te la dijo él?
—No.
—¿De verdad?
—¡Palabra!
—Alguna desvergüenza sería.
—¡Figúrate, cuando se ha decidido a borrarla!
—Solo se lee el nombre: «Leopoldina».
Quedáronse pensativas; don Higinio, que había seguido el diálogo, las miraba de reojo.
—Es hermosa, ¿verdad? —insinuó doña Lucía.
A regañadientes, la esposa del héroe declaró:
—Sí, hija mía; no es posible negarlo.
—Los pies un poco grandes, quizás...
—¡Psch..., quizás!...
—Y los ojos demasiado juntos...
—Sí, tal vez...
—No, «tal vez», no; fíjate: los tiene muy juntos.
Interpeló rencorosa a don Higinio:
—¿No es cierto que se los pintaba?...
Perea se encogió de hombros; no se acordaba; además, ¿qué mujer elegante, máxime si es francesa, no se pinta un poquito?... Continuó paseándose de un extremo a otro de la habitación, las manos cruzadas atrás, sintiendo que la bizarra conquista y rendimiento de doña Lucía le había endolorido las piernas un poco. La esposa del médico le observaba llena de devoción. En aquel comedor, pensaba, había tres mujeres: ella, Emilia y la del retrato, y las tres habían pertenecido a don Higinio. ¡Ah, qué hombre!...
De improviso, doña Emilia, herida por una presunción repentina, palideció, dilató los ojos, llevose una mano a la frente.
—¿Qué veo? —murmuró—. ¡Es verdad!... Sí... es verdad. El abrigo que tiene puesto esta reverendísima zurrona es el mío. ¡El mío!...
Don Higinio se asombró, se echó a reír. Las mujeres están locas; hay que dejarlas. Doña Lucía cogió el retrato, lo miró bien. Efectivamente, aquel abrigo era el de su amiga. Se volvió hacia Perea desdeñosa:
—¡Qué asco!... Parece mentira...
Don Higinio protestó:
—¡Ah! ¿Usted también?... ¡Cuerno, si no es verdad!... ¿Cómo iba yo a regalarle un abrigo así a una señora casada?
¡Qué coincidencias!... Ahora recordaba que el abrigo de su mujer había calentado, efectivamente, toda una tarde, los hombros de la señorita Enriqueta...
Doña Emilia lloraba abatidamente:
—¡Qué pena para mí!... Sí, es mi abrigo; y no digas que todos los abrigos de piel se parecen, porque este yo lo conozco: ¡es el mío, mi abrigo!... Si no se lo regalastes se lo prestarías para retratarse; ¡y en cueros!... ¡Qué vergüenza!... Ya no lo quiero, está maldito. ¡Ah, se acabó!... Yo pensaba dárselo a mi Carmen, cuando fuese mayorcita; pero ya, tampoco. ¡Se acabó para siempre! Ni ella ni yo. ¡Nunca!...
Así, lagrimeando y hablando, fue apaciguándose su despecho. Luego se acercó a su marido y cogiéndole las manos:
—¿Me dejas romper esa fotografía?...
—¿Por qué? —balbuceó—. ¿Qué te importa después de tantos años?
—Sí, me importa. Tengo de ella unos celos horribles... ¿Me dejas?...
—No seas tonta... Yo no la quiero, ¿comprendes?...; pero me gustaría conservarla: es un trofeo...
Aquel retrato, comprado en el bulevar, no le interesaba ni decía nada a su memoria; sin embargo, quería defenderlo únicamente porque era de París. Pero doña Lucía acudió en auxilio de su amiga.
—¡Sí, señor —exclamó—; ese retrato muere ahora mismo! ¡No faltaba más!... Y hace usted mal, pero muy mal, en no acceder en seguida.
Él comprendió que no podría luchar contra las dos, y bajó la cabeza resignado.
—Hagan ustedes lo que gusten.
Su gesto fue débil y triste, como el de Pilatos entregando a Jesús.
—Ven, Emilia —gritó alborozada doña Lucía, que había cogido el retrato—. ¡Ven! ¡Ahora es la nuestra! ¡Vamos a quemarlo!
Escaparon corriendo y salieron al jardín. Don Higinio, gordo y en mangas de camisa, se había asomado a una de las ventanas para desde allí presenciar el auto de fe, y experimentaba una rara inquietud, como si efectivamente su pasado fuera a deshacerse en humo y cenizas. Era casi de noche y la gran melancolía crepuscular infundía a los árboles majestad y misterio. Salmodiaba una fuente. El jardín callado olía a mentas, a madreselvas, a jazmines, a hinojos.
Doña Emilia y doña Lucía estaban emocionadas. La señora de Hernández reía mucho; su risa era desapacible, estridente; Doña Emilia parecía acobardada y a cada momento miraba a su marido, esperando una reprensión. La presencia del héroe la cohibía. ¿Estaría mal lo que iban a hacer?... Al cabo la hilaridad carcajeante de doña Lucía la ganó, y a su vez, empezó a reír. La esposa y la querida se disponían a vengarse cruelmente de aquella rival por quien Perea, loco de amor, había matado. Ambas se disputaban el gusto de romper el retrato.
—¡Yo, primero!... ¡Trae!...
—¡No, déjame a mí!...
La fotografía, en un santiamén, quedó hecha añicos; amontonaron los pedazos y con una cerilla los prendieron fuego; era algo infantil; una columnita de blanco humo subió retorciéndose en la penumbra violeta. Después, cuando las últimas llamas se extinguieron, las dos a porfía, para desmenuzar bien las cenizas, patearon sobre el rescoldo.
Entonces, de pronto, don Higinio se puso muy triste. ¿Por qué? Tal vez por doña Lucía, que llamó a su corazón tan tarde; quizás por aquella mujer del retrato, a quien no vio nunca.
Llegada la noche, ya en su cama, el héroe de la Grande Jatte suspiró mucho. Doña Emilia, suponiéndole comido de remordimientos, le aconsejó maternal:
—No pienses más en eso, no sufras. Dios querrá perdonarte. ¿No sabes que hay dos mujeres que rezan por ti?...
XI
Doña Emilia penetró en el dormitorio como una ráfaga. Su hermana la seguía, caminando a pasos menudos y secándose las manos en su delantal. Don Higinio, que aún dormía, abrió los ojos. Tuvo una moción de sorpresa. El semblante humilde de Teresita decía asombro; el de doña Emilia, cólera.
—¿No sabes lo que sucede? —exclamó la esposa.
Y se detuvo para dar a su noticia, con aquel silencio, mayor importancia. Perea hizo un gesto negativo.
—Pues, nada, un escándalo; que Manolilla está embarazada.
—¿Qué me cuentas?
—Me lo ha dicho ella misma. ¡Figúrate!... ¿Eh? ¡Qué vergüenza para nosotros!...
Viendo la estupefacción de su cuñado, como un eco, Teresita afirmó:
—Sí, no lo dudes; está embarazada.
Doña Emilia prosiguió:
—Inmediatamente, como supondrás, la he despedido; lo siento porque es una criada de buen carácter, trabajadora y limpia. Pero en ese estado no puede continuar aquí. Con quien tú eres y la fama que tienes, el pueblo iba a decir en seguida que el chiquillo era tuyo. ¿Qué te parece? ¡Una mocosa de dieciséis años! ¡Qué corrupción, Señor, qué corrupción!...
Don Higinio encendió un cigarrillo; la historia le interesaba; quiso oír detalles.