La nave de los locos

Part 20

Chapter 204,090 wordsPublic domain

—Aquí no hay más solución que salvarse a uña de caballo —dijo Barrientos—. Si la Dámasa no sabe montar yo la llevaré en brazos.

La Dámasa sabía montar y marchó valientemente al galope. El que no sabía montar y anduvo con grandes dificultades, siempre expuesto a caerse, fue Alvarito. Aquella carrera le pareció una eternidad.

Oyeron repetidas veces silbar las balas por encima de su cabeza. Afortunadamente los caballos traídos por Barrientos eran muy buenos y antes de la hora de comer estaban en Pajaroncillo, sanos y salvos.

En aquel pueblo había guarnición liberal, y Barrientos, con su asistente y Alvarito, se presentaron en ella. El jefe de la guarnición, después de oírles, los dejó en libertad y recomendó a Barrientos siguiera hasta Cuenca para presentarse a las autoridades. El asistente se quedó en Pajaroncillo, pues era de una aldea próxima.

La Dámasa quería ir a San Clemente, donde tenía unos tíos.

De Pajaroncillo tomaron los tres hacia Minglanilla y Alvarito aprovechó la ocasión para acercarse a Graja de Iniesta, el pueblo de su padre.

Al llegar a la aldea, se quedó maravillado. Se encontraba ante un grupo de casas míseras, de color amarillento y gris, con los tejados inclinados al suelo, una iglesia pequeña y varios corrales con las tapias de adobes.

El campo era una llanura parda, rojiza, sin árboles, con un molino de viento fantástico en lo alto de una loma. A la entrada de la aldea había un parador y a la puerta de este un carro. Se veía una calle desierta y dos o tres cerdos que husmeaban en los rincones.

Aquel pueblo achaparrado, con sus paredones amarillentos, le pareció terrible y no le dio ninguna gana de entrar en él, ni de preguntar por sus parientes. ¿Se habría equivocado? ¿Dónde estaban los palacios, los escudos, las huertas a que se refería su padre? No lo quiso averiguar, porque iba teniendo más que la sospecha de que su padre mentía con una tranquilidad absoluta.

Era el anochecer; el cielo se llenaba de luces rojas y le daba al campo una gran melancolía.

Volvió a Minglanilla, y al día siguiente la Dámasa, Barrientos y Alvarito marcharon en una tartana desvencijada camino de San Clemente. Se detuvieron de noche a dormir en un pueblo del camino, en un gran parador con pretensiones de fonda. A Alvarito le dieron un cuarto grande, pintado, con molduras en las paredes y en el techo, y una cama, también grande y alta, con una sábana almidonada.

Al poco tiempo de estar en la cama oyó algo que caía sobre la sábana almidonada y hacía un ligero ruido.

—¿Qué demonio caerá aquí? —se preguntó.

Encendió un fósforo y vio sobre la manta varias pulgas.

—Qué pulgas más gruesas —se dijo.

Al coger una se le aplastó entre los dedos. Eran chinches.

—Qué cosa más repugnante —pensó—. En su casa, a pesar de la pobreza, no había visto chinches; su madre tenía en esto mucho cuidado.

Sacó un colchón de la cama, lo llevó a otro extremo del cuarto, se tendió y, a pesar de su preocupación, se durmió.

Soñó que se hallaba en una habitación llena de animales terribles, todos pesados y adormecidos; una boa grande dejaba un rastro de humedad en los ladrillos del suelo; una serpiente cascabel se escondía tímida entre unas piedras; un cocodrilo bostezaba con la boca abierta. De pronto, alguien le decía: ¡Afuera! Empieza la función. Salió del cuarto seguido de dos tigres que saltaban y jugueteaban como gatos, y en seguida, por una ventana de cristal vio todos aquellos animales; la boa, el cocodrilo y los demás, agitándose de una manera furiosa.

Se despertó, volvió a dormirse y soñó de nuevo. Ahora se encontraba en la barraca de las figuras de cera que estaban todas muy graves y muy serias, cuando de un agujero del techo apareció una chinche monstruosa, con los ojos rojos y amenazadores, y después una segunda y otra tercera.

Las chinches aquellas se ponían a hablar gravemente y después de maduras reflexiones comenzaban a subirse por las piernas de las figuras de cera y allí, donde mordían, salía una mancha roja.

Al despertarse Alvarito comprendió que las chinches, aunque sin hablar y sin dialogar, le estaban devorando.

Al levantarse de la cama se lavó en la fuente con cuidado, y después de almorzar con el capitán Barrientos y con la Dámasa tomaron en un coche destartalado el camino de San Clemente.

En el pueblo, preguntando aquí y allá, dieron con la casa de los parientes de la chica y fueron a verlos. Los tíos de la Dámasa eran de la familia de Sor Patrocinio, la monja milagrera, amiga de los reyes y con gran influencia en Palacio. Sus parientes del pueblo la consideraban como una tunanta y que se hacía ella misma las llagas.

La familia aceptó con gusto el que la Dámasa fuera a vivir con ella. La muchacha se despidió de Alvarito y del capitán Barrientos y estos marcharon a Cuenca.

XI

LA TERRAZA DE LA CATEDRAL

El capitán Barrientos conocía gente en Cuenca, era de la provincia y tenía un tío canónigo. Barrientos llevó a Alvarito a una casa de la plaza y él comenzó a arreglar sus asuntos.

—Yo creo que voy a entrar en el ejército cristino —le dijo a Álvaro al día siguiente—. ¿Usted qué piensa hacer?

—Yo tendría que ir a Bayona; pero la verdad es que no tengo ninguna prisa.

—¿Se encuentra usted bien aquí?

—Sí; este es un pueblo agradable.

El capitán Barrientos presentó a Alvarito a su tío don Tomás, el canónigo.

Don Tomás, alto, corpulento, había sido capitán de voluntarios realistas, con los _feotas_. Era muy charlatán, no decía cosa de provecho y no sabía nada de nada. Por ironía del destino se llamaba García Liberal. A pesar de su ignorancia y de su necedad, hablaba mal de todos sus compañeros. Del Obispo decía que era tan bruto que no distinguía cuando subía y cuando bajaba las cuestas; lo que para un ex guerrillero tenía que significar mayor brutalidad que no entender a los padres de la Iglesia.

Con el canónigo, Alvarito pudo ver la catedral en todos sus rincones, subir a las torres y meterse en los desvanes, donde se hallaban amontonadas figuras rotas de los altares y de los pasos de Semana Santa.

Como le dejaron entrar y salir, escogió para pasar el tiempo un patio de la catedral, al borde de la muralla que caía sobre la hoz del Huécar.

Desde allá se oía a los niños de coro en una casa cercana ensayando los cánticos de las fiestas próximas. Aquel patio de la catedral, como una terraza colgada sobre la hoz del río, tenía una porción de santos de piedra, arrumbados y desnarigados.

Muchas veces Alvarito iba a aquella terraza, después de pasar el claustro abandonado, y se quedaba allí, en el pretil, contemplando muy abajo las aguas verdes del río y las piedras y los árboles de la hoz.

Desde aquella azotea, ante el sol claro, en aquel pueblo al cual no le unía nada, ni recuerdos, ni amistades, Alvarito pensó muchas veces en su vida. Le sorprendía el pensamiento de la inanidad de la existencia. ¿Qué sería de él?, ¿qué sería la vida?, ¿habría otra vida?, ¿no habría nada y la muerte sería el sueño eterno? Si no había nada detrás, ¿tendría objeto el ser bueno? La bondad, el honor, la patria, ¿eran algo o no eran más que ilusiones? ¿Por qué allí le sorprendían estas ideas y no en otra parte?

Estos pueblos, como Cuenca, en alto, tienen algo de atalayas, de miradores, y parece que al mismo tiempo que se puede extender la mirada por un paisaje físico, se puede también, por paralelismo, extenderla por un paisaje moral.

El porqué de las cosas, el porqué de la vida no se le hubiera puesto como problema en un pueblo de poca altitud, como Bayona; allí, en cambio, sobre la alta azotea de la catedral, se le planteaba casi constantemente.

Se le figuró que en aquella España, seca y sin árboles, veía la vida con mucha más claridad que mientras había estado en Bayona; le parecían los horizontes vitales como clarificados y desprovistos de bruma; pero tristes, llenos de desolación. Algunos días en el pórtico de la catedral contemplaba la multitud de mendigos arremolinados allí.

A Alvarito le extrañaba que en una capital pequeña hubiera tal número de mendigos. Era un pequeño ejército, una tropa numerosa de lisiados, tullidos, ciegos, mudos y paralíticos. ¿Cómo vivían? ¿Quién los alimentaba? No podía comprenderlo.

Al convertir en oficio la exhibición de su miseria, aquellas gentes le daban un aspecto de pura decoración.

Había algunos mendigos de aire medieval, pedigüeños con retahílas clásicas y antiguas. Entre todos se distinguían un militar, que decía haber estado en la guerra de la Independencia, en la batalla de Bailén, y un exclaustrado, vestido con un traje harapiento y un sombrero de copa destrozado.

Conoció también Álvaro al ataudero del callejón de los Canónigos, Damián, y le vio trabajar en sus ataúdes, delante de su reloj macabro, acompañado de su cuervo y de su gato negro.

XII

UN HOMBRE ENIGMÁTICO

Unos días después, en la terraza de la catedral de Cuenca, Alvarito encontró al señor alto y delgado, con facha de extranjero, a quien conoció en el estudio del pintor de Teruel.

Estuvo hablando con aquel señor largo rato; le dijo él que vivía en un carmen, en Granada; iba a ir días después a esta ciudad. Como tenía sitio sobrante en su coche, le invitó a marchar a Alvarito en su compañía.

¿Quién era aquel señor, y de dónde venía? Alvarito no lo supo. Parecía hombre amable; sabía mucho de arte y de historia; manifestaba gran simpatía por España y por la seriedad de la gente española, y le ofrecía un puesto en su coche. Alvarito recordaba la buena compañía que le deparó la casualidad con el señor Blas el mantero, y aceptó.

Se pusieron de acuerdo. El coche era un magnífico landó inglés; llevaba un cochero y una especie de lacayo o de ayuda de cámara, encargado de resolver todas las dificultades del camino.

—¿Cómo se llama su señor? —le preguntó Álvaro al criado.

—Llámele usted el Caballero.

El viaje se hizo con una gran facilidad; aquel hombre sabía viajar cómodamente y aprovechar todos los elementos que podían proporcionar los pueblos del camino.

El Caballero y Álvaro hablaron de una porción de cosas; Álvaro se sorprendió de los conocimientos de aquel señor.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Unos días después de salir de Cuenca, llegaron a un pueblo, colocado en la falda de un cerro, que tenía en la punta una fortaleza y una iglesia. Comieron en la fonda; recorrieron las calles, de casas blancas con huertos, empedradas con guijos, y subieron hasta el castillo por un camino pedregoso entre altas chumberas. Al llegar arriba veíase una inmensa llanura; abajo, las calles anchas, largas y soleadas, y a lo lejos una porción de pueblos entre campos verdes.

En lo alto del cerro, en un gran descampado, había un antiguo convento, con la fachada blanca y el alero azul.

Encontraron en el atrio a un jorobadillo, con un aire de saltamontes, y le preguntaron si no se podría entrar en el convento.

El jorobado dijo que sí. Aunque no quedaba legalmente ninguna comunidad en España, algunos dominicos vivían allí.

Llamaron, les abrieron la puerta y pasaron a un patio; un fraile con aire antiguo trabajaba de albañil, con una artesa delante y la paleta en la mano.

Otro joven fraile, de tipo suspicaz, paseaba y rezaba.

El Caballero le preguntó si no había cuadros en el convento; el fraile joven les mostró unos cuantos lienzos sin valor y una imagen, vestida, dentro de un camarín. Luego el joven les llevó delante de otro fraile, con aire imponente, que debía ser el superior. Aquel convento, grande y deshabitado, le pareció a Alvarito una decoración de sueño. Al salir del convento, el superior, el Caballero y él fueron a un raso empedrado con piedras muy pequeñas, con una cerca con un banco, y se sentaron. El jorobadillo andaba de un lado a otro, subiéndose al banco y poniendo su extraña silueta sobre el horizonte. Parecía que se materializaba y se desmaterializaba rápidamente: cuando corría por la azotea, en el fondo de la pared del convento, no se le veía; en cambio, cuando subía a la cerca se destacaba enorme y absurdo en el cielo azul, como una sátira contra la belleza del lugar y de la hora.

Hablaron el fraile, el Caballero y Alvarito de la religión. El fraile tenía una cara dura, imperiosa, ascética; no había en él la menor benevolencia para nada ni para nadie. Habló de la injusticia de la desamortización y de la abolición de las comunidades religiosas, de sus esperanzas de que la Orden dominicana volviera a triunfar en España. Al referirse a Mendizábal, dijo repetidas veces:

—Ese judío nos odia a muerte.

Se veía que aquel fraile era como un guerrillero de la religión, un táctico, un estratega. No tenía el menor espíritu evangélico. Aspiraba a restablecer las preeminencias de su Orden, no solo contra los hombres del liberalismo, sino contra las comunidades rivales, y pensaba que esto debía hacerse trabajando día tras día, poniendo piedra sobre piedra, con tesón y constancia.

A Alvarito le hizo efecto aquel hombre tan duro, con la voz firme y la mirada inflamada, de un guerrillero, de un militar.

Al despedirse, el Caballero se inclinó y besó la mano al fraile. Alvarito retrocedió con un movimiento instintivo de protesta y saludó solamente.

—Es un hombre de talento —dijo el Caballero.

—Sí, sin duda —asintió Alvarito—; pero a mí me ha parecido más bien un político que un religioso.

El Caballero no contestó y estuvo preguntando al jorobadillo el nombre de los distintos pueblos que se veían desde allá; luego, volviéndose a Alvarito, hablando al parecer más consigo mismo que con los otros, dijo:

—Hay como tres naturalezas en el hombre: la naturaleza que se podría llamar natural, la naturaleza social y la naturaleza divina. La naturaleza natural la forman los instintos, las necesidades, las pasiones, todo lo vivo y lo egoísta; la naturaleza social la forman las convenciones, las fórmulas, los medios de relación entre unos y otros; la naturaleza divina o heroica la constituye ese impulso de la bondad, de amor al prójimo, que han tenido algunos hombres, tan exaltado, que ha vencido sus naturalezas natural y social. Todos los hombres tenemos algo de esos tres elementos; unos más, otros menos. ¿No le parece a usted?

—Es posible —contestó Alvarito.

—A la primera naturaleza —siguió diciendo el Caballero— corresponde el egoísmo; a la segunda, la sociedad; a la tercera, la bondad. Por encima de la justicia escueta, equitativa y recta, de que hablaba este fraile, hay una justicia superior, impregnada de piedad. Nosotros podemos imaginar esta última; pero no llegamos a ella más que con grandes esfuerzos. Esa aspiración a la justicia corriente está impregnando el liberalismo y la democracia, y las palabras de este religioso; la otra justicia superior, sería la santidad. Los hombres del siglo XIX, religiosos o laicos, a lo más quieren aspirar a la rectitud y no pasan de ahí.

El Caballero siguió afirmando que había que establecer, no la igualdad y la libertad, sino la fraternidad entre los hombres.

Estas palabras místicas en este raso del convento solitario, en un día espléndido de sol, con la silueta del jorobado como un saltamontes en el horizonte azul, impresionaron a Álvaro.

Como había visto a todo el mundo defender la indiferencia y el egoísmo por los demás, cosa sin duda normal y corriente, pensó que aquel misterioso personaje debía de ser algo raro.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Unas leguas antes de Granada, a la salida de un pueblo, se encontraron con un hombrecillo bajo, vestido de negro, con patillas, sombrero ancho y un saco al hombro, que iba montado en un burro. El Caballero le conocía; le llamó y le invitó a subir en el coche. El hombre subió; puso su saco, que parecía pesado, a sus pies, y ató el borrico al eje del coche.

—¿Hay mucho trabajo, maestro? —le preguntó el Caballero.

—Siempre hay.

El hombrecito no parecía tener afición a referirse a sus faenas y habló de lo hermoso que estaba el campo y de lo simpáticas que eran las labores agrícolas.

—¿Quién será este tipo? —se preguntó Álvaro.

Era un hombre bajo y grueso, con unos ojos pequeños y vivos, el pelo negro y fuerte; tenía una expresión ambigua en la cara, una mezcla de fortaleza tranquila y de animalidad.

No parecía un obrero, ni un campesino; quizá era algún tratante; pero para ser tratante daba la impresión de ser demasiado taciturno. No le gustaba, sin duda, acercarse a nadie, y se veía que tenía instintivamente la preocupación de apartarse. Era membrudo y con las manos grandes y fuertes.

Un par de leguas antes de Granada, el hombrecillo dijo:

—Aquí me bajo.

—¿No tendrá usted obra? —le preguntó el Caballero.

—No; aquí tengo un amigo. ¡Buenas tardes, señores!

—Adiós, maestro.

El hombrecillo tomó su saco al hombro, y cogiendo al burro del ronzal, entró por una callejuela.

Poco después, a la entrada de una aldea, un mendigo se acercó al coche a pedir limosna.

—Fíjese usted en ese hombre —le dijo el Caballero a Alvarito, mientras sacaba una moneda del bolsillo.

—¿Qué le pasa?

—Fíjese.

Era un pordiosero; tenía la piel abultada y blanquecina, los párpados hinchados y los ojos pequeños y vivos.

—¿Qué le ocurre a ese hombre? —preguntó Álvaro de nuevo.

—Es un leproso.

Al llegar a Granada, el Caballero quiso hospedar en su casa, un carmen del monte de la Alhambra, a Alvarito; pero este dijo que no, aunque lo agradecía mucho, y se marchó a una fonda.

—Venga usted a verme —le dijo el Caballero.

—Iré con mucho gusto.

Aquel señor, cuyo nombre no sabía, le daba una impresión misteriosa.

Al día siguiente, por la mañana, preguntó en la fonda por el Caballero. Por las señas se figuraban quién era y dónde vivía; pero no sabían más, o no lo querían decir.

—Y uno a quien llaman el maestro aquí en Granada, ¿tampoco le conocen?

—¡El maestro! ¿Será un maestro de escuela?

—No, no. Es un hombre pequeñito, cano, con patillas, vestido de negro, que viajaba en un burro y llevaba un saco.

—¿Con sombrero ancho?

—Sí.

—¿Y a ese le llamaban el maestro?

—Sí.

—Pues es el verdugo.

Alvarito dio un salto al oírlo.

Iba a ir a casa del Caballero, pero pensó si sería mejor dejar la visita. Por otra parte tenía gran curiosidad. ¿Quién podía ser aquel hombre, rico y culto, que hablaba como un filántropo y tenía amistad con el verdugo? ¿Qué clase de tipo podía ser aquel, que manifestaba simpatía y cordialidad por un ser envilecido?

Aunque quizá no era muy correcto, decidió enterarse y fue a los alrededores de la casa del Caballero, que estaba en el monte de la Alhambra, hacia el paseo de la Bomba. Entró en una cueva próxima. A un gitano, sucio y mal encarado, le preguntó:

—Diga usted, ¿en esta casa vive un extranjero?

—¿Extranjero? No sé si lo _é_. Ahí vive un _zeñó_ rico, que tiene mucha _afisión_ a los _chavaliyo_.

—¿Pues? ¿Por qué?

—Porque es un _manflorita_ —contestó el gitano con aire de cinismo.

No había que decir más. Alvarito sintió una gran impresión de desagrado y volvió a la fonda.

Alvarito pensó, con cierto terror, si en el cristianismo, en el socialismo, en toda tendencia filantrópica y hasta pedagógica, no habría un comienzo de homosexualismo; es decir, de anormalidad.

El viajero que le había acompañado a Álvaro era uno más en el mundo de la extravagancia, un personaje nuevo para la Nave de los Locos.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Al día siguiente Alvarito tuvo un sueño extravagante. Cuidaba a un ciego loco y agresivo. El hombre se le quería escapar por las rendijas de las puertas, él lo impedía y el loco quería morderle. Esto ocurría en un cuarto con una ventana. Desde la ventana se veía un valle amarillo y dorado, lleno de flores, y enfrente unos montes altos, como de cristal, todos de aristas puntiagudas. El valle se entenebrecía y quedaba como un paisaje frío y lunar. Entonces él salía a una escalera y empezaba a subirla por la parte de afuera de la barandilla y a pulso, con grandes dificultades, seguido por un hombre que iba también subiendo del mismo modo.

La escalera llegaba a una sala con columnas, en donde mucha gente iba y venía y accionaba con frenesí. Desde un mirador se veía una gran ciudad. En ella se celebraba una feria del mundo entero, al lado del mar, en unas barracas hechas con esteras.

De vez en cuando entraban más hombres y más mujeres en la sala, y los que estaban ya dentro, como disgustados por ello, les insultaban al verlos entrar y les enseñaban los dientes. Una mujer medio desnuda se paseaba echando una moneda al alto a cara y cruz. Cuando era cara, cogía la moneda del suelo y la besaba; si cruz, la tiraba por la ventana.

De pronto se puso a hablar esta mujer y apareció cerca de un pilar próximo a donde se encontraba Álvaro una muchacha, vestida de chico, parecida a Manón, que se reía.

Luego, Alvarito se halló con un trozo de papel en las manos, escrito en una lengua extraña e incomprensible.

Necesitaba encontrar un sitio a propósito para leer, sin gente, y no lo encontraba.

Estaba en una casa grande, destartalada, complicada; llevaba en la mano su documento y buscaba un sitio recóndito, tranquilo, en donde nadie le viera, para entregarse a la lectura. Abría la puerta de un cuarto, lo miraba, lo inspeccionaba y le parecía bien cerrado. Sacaba su papel e iba a leerlo, cuando de pronto, en la pared de enfrente, veía una lucerna redonda, un ventanillo misterioso desde donde podían espiarle.

Guardaba el documento precipitadamente, entraba en otro cuarto, lo examinaba, le parecía seguro y, al ir a leer, notaba la claraboya misteriosa enfrente, y así una vez, y dos, y seis, pasaba cuartos y más cuartos, sin poder leer su papel, hasta que, en medio de una galería, sobre una mesa y dentro de una caja larga, como un ataúd, vio un cuerpo con formas de mujer, envuelto en una arpillera y atado con estropajos.

Luego se asomaba al balcón. Tenía delante una montaña verde, de una luminosidad extraordinaria, con unos palacios de mármol, blancos, brillantes, un cielo azul espléndido y unas flores que chispeaban.

Absorto contemplaba el paisaje cuando se le acercó una figura de cera que se parecía a Ollarra. El recuerdo de aquella figura de cera le perseguía. Luego soñó que la veía bailar en silencio, mientras un fraile, un fantasma blanco y negro, hacía girar el manubrio de un organillo al cual no se oía. Era un baile vertiginoso; con el movimiento, a la figura se le iban soltando las piernas, los brazos y, por último, la cabeza...

XIII

VUELTA

De su estancia en Granada no pudo sacar Alvarito ningún gran entusiasmo por la Alhambra, que, a pesar de estar considerada como una perla, dentro de la retórica mundial, a él le pareció, con sus calados de escayola o de estuco, algo como una decoración de teatro, buena para ver, pasar y no volver. Aquel edificio famoso le impresionó mucho menos que la catedral de Sigüenza.

La vega granadina le gustó más y le produjo cierta melancolía el contemplarla, al anochecer, desde la azotea de un carmen.

De la Alhambra, el único recuerdo fuerte que conservó fue el de una inglesa muy guapa y el de un señor que medía el palacio de Carlos V, para averiguar si era circular o un poco elíptico, dando pasos con un paraguas en la mano.

Granada le dio la impresión de un pueblo muy provinciano, con gente irritada, reñidora y zarrapastrosa. Todo el mundo tenía una idea de superioridad sobre el resto de los mortales un poco cómica, y la gente de la clase rica una altivez de manchego, unida a la pretensión de ser gracioso del andaluz. Además le parecieron las mujeres ásperas, y los chicos de la calle, descuidados, sucios y con un aire de hospicianos.

Había entonces mucho entusiasmo en Granada por la indumentaria moruna: turbantes, albornoces y babuchas; que parece conservaba para hacer las delicias de los turistas y de los dependientes de comercio; pero a nuestro viajero no se le contagió el entusiasmo por aquella guardarropía.