La nave de los locos

Part 19

Chapter 194,133 wordsPublic domain

Alvarito no sabía que su tío estuviese casado. Poco después conoció a su mujer, la Bruna. La Bruna era alta, corpulenta, con los ojos negros rasgados, de facciones casi griegas, la boca pequeña, cuerpo grueso, fofo y grasiento. La Bruna tenía una hija, la Dámasa, muy bonita, morena, con los ojos como de azabache, la piel de color de limón y los brazos delgados y un poco negros. Alvarito, aunque comprendía la belleza de un tipo así, no le gustaba. Con la figura de Manón grabada en el alma, para él no existía belleza, sino rubia y sonrosada.

Alvarito averiguó al momento de llegar que la Bruna había sido antes la querida de su tío.

No tuvo don Jerónimo que discutir con el amor como en el _Diálogo entre el Amor y un Viejo_, de Rodrigo de Cota, pues más que nada vio en su matrimonio una cuestión de vanidad.

La Bruna, de viuda estaba enredada con don Jerónimo y al mismo tiempo con un contratista. La Bruna quería casarse y dio celos a los dos amantes, al uno con el otro, y don Jerónimo se adelantó y se casó con ella.

Alvarito quedó sorprendido los días siguientes de las conversaciones y de las ideas de su tío. Sospechó si andaría mal del caletre. El pobre hombre vivía en un constante delirio de grandezas, creía que el mundo entero le envidiaba. Todo lo próximo a él le parecía extraordinario.

Hablaba de los alrededores del pueblo y de las hoces del Cabriel como de algo único, maravilloso y desconocido.

Alvarito sentía gran interés por averiguar qué habría de cierto en el tesoro de su tío, y cuando este le dijo si quería ir a ver su museo, fue con mucha curiosidad.

Don Jerónimo tenía alquilada, cerca de su casa, otra grande, medio derruida, con una azotea, y allí se dedicaba a mil extravagancias.

A esta casa la llamaba él, unas veces, su museo, y otras, su observatorio. Su azotea le parecía magnífica, extraordinaria, con unas vistas como no había otras en el mundo.

En la cerca de la azotea, don Jerónimo hizo con clavos varios relojes de sol y pintó después con pintura blanca y encarnada los signos del zodíaco. En los ángulos de la terraza sujetaba molinos de papel como los de los chicos y pretendía con ellos medir exactamente la velocidad del viento.

Tenía también unas veletas de cartón. Decía que él había inventado una veleta admirable. La novedad de la veleta de su invención consistía en que serviría para el interior de una casa, pues tendría un vástago giratorio que atravesaría el tejado y tendría otra flecha en el cuarto donde se estuviera. Así, desde la cama se podría saber si soplaba viento norte o sur.

Ahora, qué ventaja había en esto, él no lo decía.

Don Jerónimo tenía un higrómetro, formado con una palangana agujereada y una botella, y un anteojo corriente, muy malo, con el cual se veía todo envuelto en los colores del arco iris. Pretendía hacer con aquellos útiles observaciones astronómicas y meteorológicas. A este anteojo, sostenido por un trípode de cañas, le llamaba él su telescopio.

Don Jerónimo apuntaba sus observaciones diarias en un libro antiguo.

Día 25 de marzo: Viento flojo del NE. Buen tiempo.

Esto creía que en el porvenir tendría un gran interés.

El tío Jerónimo aseguró a Alvarito en serio que alguna vez publicaría él sus estudios astronómicos, su teoría acerca del universo y acerca de la electricidad celeste y de los fluidos magnéticos, para dar en la cabeza a ciertas gentes presumidas.

Aquellas frases de la electricidad celeste y los fluidos magnéticos le encantaban, le daban sin duda una impresión vaga, poética.

La electricidad celeste y los fluidos magnéticos eran, según él, la causa de muchas cosas inexplicables. Hablaba de la electricidad celeste y de los fluidos como de personas de la familia. La electricidad celeste subía; el fluido magnético bajaba, se combinaba con el oxígeno o con el nitrógeno de la atmósfera; lo mismo le daba. La tal electricidad y los tales fluidos tenían un extraño dramatismo, que don Jerónimo manifestaba con sus gestos y sus ademanes.

Él notaba la fuerza de los fluidos en todo: en las estrellas, en los relojes de sol, en las veletas de cartón y en los molinos de papel. De cuando en cuando, don Jerónimo echaba una cometa al aire y con esto adquiría nuevos datos para el estudio de la electricidad celeste y de los fluidos magnéticos.

—Hoy tiene mucha fuerza el fluido —decía seriamente.

—¿Y en qué lo nota usted? —le había preguntado alguno entre cándido y burlón.

—Lo noto en todo —contestaba él categóricamente.

Don Jerónimo creía que el mundo le envidiaba los tesoros encerrados en aquella casona derruida, y, como precaución, en la puerta puso un artificio con unos cañones de fusil que se disparaban si alguien pretendía entrar violentamente. No le bastaban, sin duda, los fluidos para defender la casa.

A pesar de esto, uno entró una vez forzando la puerta y no le pasó nada, porque no dispararon los cañones de fusil.

—¿Qué te parece esto? —le preguntó su tío a Álvaro, mostrándole su azotea—. ¡No habrás visto nunca una casa así!

—Sí, es extraño.

—Extraño. Algo más que extraño.

Un día el tío Jerónimo quiso mostrar a Alvarito su tesoro; le bajó a la cueva y le enseñó a la luz de un farol una caja llena de piritas de cobre. Álvaro conocía aquellos minerales, porque se los había mostrado idénticos varias veces el señor Golfín.

—¿No serán piritas de cobre? —preguntó Álvaro.

—¡Bah! Veo que no entiendes nada de esto —repuso don Jerónimo cerrando la caja con desdén.

—¿Usted ha mandado analizar esos minerales?

—Yo, no. ¿Para qué?

Indudablemente así no había decepciones.

Álvaro pensó que su tío era un hombre extraordinario que cambiaba la realidad a su gusto. Una palabra le bastaba para fantasear.

¡Qué bien hubiera ido en el carro naval, en La Nave de los Locos, con su manto negro, lleno de estrellas de plata, y su cucurucho en la cabeza, estudiando con un telescopio de cartón las diversas manifestaciones de la electricidad celeste y de los fluidos magnéticos!

La vida en la casa de don Jerónimo no fue agradable para Alvarito. La mujer de su tío, la Bruna, se mostraba siempre muy bestia, de mal genio y de malos instintos. Era una mujer de burdel, holgazana, caprichosa, rencorosa; tenía envidia y odio a su hija, al ver que esta iba llamando la atención al hacerse una muchacha bonita.

La Dámasa, al revés de su madre, se manifestaba como una chica modosa, sensata, muy discreta, con ese fondo de sabiduría de las razas viejas. Trabajaba durante todo el día, siempre dispuesta a hacer cuanto le mandaran, como la Cenicienta de la casa.

A veces el mal humor y la grosería de su madre le hacían saltar las lágrimas a los ojos. Esta muchachita, morena, con sus hermosos ojos negros y la tez trigueña, ya cerca de los veinte años, solía jugar como una niña con las chicas de la vecindad.

Alvarito solía hablar con ella; le preguntaba si no pensaba casarse.

—Mejor se vive de soltera que de casada —contestaba ella con cierta malicia amable—; más tranquila y más inocente.

En la vecindad de don Jerónimo, en varias casas blancas, bajas, vivían unas mujeres a las que llamaban en gitano las Chais. Allí acudían los soldados carlistas y solía haber grandes zambras. Uno de los puntos fuertes en el leno de las Chais era el Lechuzo, el acompañante de Alvarito desde Salvacañete. El Lechuzo, viejo truchimán libertino, alegre a su modo, parásito proveedor y contertulio de las Chais y jugador de ventaja, vivía en el lupanar como el pez en el agua.

La Bruna, muchas veces, cuando estaba incomodada, decía a su hija:

—A ti te voy a poner yo a servir en la casa de las Chais por melindrosa.

La Bruna sentía gran curiosidad por lo que ocurría en aquellas casas blancas, regentadas por la Celestina, la Pintada y la Saltacharcos.

Para ella, tal mezcla de soldadismo y de prostitución formaba un ambiente muy simpático. Se robaba en el campo, se gastaba el dinero con las mujeres; todo ello era una combinación lógica y perfecta en su género.

Al poco de llegar, Alvarito pudo comprender que la Bruna, su tía, estaba enredada con un joven sargento a quien llamaban el Tronera.

El Tronera era pequeño, menudo, de mal color, por las tercianas, de unos veinticinco años, la mirada clara, la sonrisa burlona, petulante y desdeñosa. Había sido mancebo de botica y se manifestaba siempre sañudo y de intenciones aviesas. No se le ocurría cosa buena; quería hacer su pacotilla para después de la guerra, y todos los procedimientos le parecían lícitos.

Álvaro sintió un profundo desprecio por la Bruna; le chocaba su maldad, su bajeza. El odio que tenía por su hija le hería a él profundamente. Realmente, la humanidad como espectáculo es algo poco grato —pensó Álvaro—; es más agradable contemplar los montes o el mar que el fondo encanallado de las pasiones del hombre.

El Tronera hizo amistades al principio con Alvarito y le llevó a distintos puntos donde se reunían los carlistas: cafés, cantinas y tabernas. Había en aquellos rincones un ambiente de matonería muy desagradable. El matón valiente es una cosa odiosa; el cobarde es uno de los personajes más ridículos y desagradables que se pueden topar.

Irritación, rabia, pedantería se encontraba únicamente en las reuniones de los carlistas. Parecía que representaban alguna comedia guiñolesca, con bravucones y matamoros: quién sacaba su puñal por cualquier cosa y quién se limpiaba las uñas con la punta de una navaja.

Entre su tío, loco y absurdo; la Bruna, perversa y malintencionada; y el Tronera, canallesco y matón, vivía la Dámasa oscuramente, trabajando, cuidando a veces de los niños de las casas cercanas y jugando con ellos.

Una de las veces, al entrar en la casa, Alvarito encontró a la muchacha con un chico pequeño de la vecindad en los brazos, que sin duda tenía fiebre.

—¿Tienes frío? —le preguntaba ella.

—Sí —contestaba el niño, acurrucándose en el regazo de la muchacha.

IX

LOS JEFES

A pesar de la pobreza y de la miseria del pueblo, a Alvarito no le daban las gentes una impresión paralela de sequedad y de estupidez. Quizá eran menos brutos de lo que hubieran sido en una aldea de Francia, de Inglaterra o de Alemania. Ciertamente había algunos tipos como encanijados, resecados, con un color terroso, tan mezquinos, que, por no tener, no tenían ni nariz, y que para mirar abrían la boca como los tontos.

A los tres o cuatro días llamó a Álvaro el gobernador de la plaza de Cañete, don Heliodoro Gil, para interrogarle. En el interrogatorio Alvarito estuvo muy hábil. Dijo que, prisionero de los liberales en Pamplona, al volver a Bayona le dieron los carlistas una misión confidencial. Después de realizada pensaba presentarse a sus jefes.

Al visitar al gobernador, este se hallaba en compañía de un ayudante joven, el capitán Barrientos.

Don Heliodoro hizo muchas preguntas a Álvaro. Se notaba que creía que las cosas marchaban mal. Luego los dos militares le acompañaron a ver las defensas del pueblo. Cabrera había fortificado Cañete un año antes, al volver de su expedición a las provincias de Cuenca y Guadalajara. En aquel mismo año salió una columna carlista al mando del cabecilla Chambonet, saqueó los pueblos de las orillas del Tajo y volvió con muchos alcaldes presos y con cientos de cabezas de ganado. Cabrera dio la orden de perseguir con severidad a las autoridades de los pueblos que festejasen el convenio de Vergara.

La guarnición de Cañete tenía siete compañías del batallón del Cid y dos del segundo de Cataluña, y víveres para una larga defensa. La fortaleza del castillo contaba con varios cañones de a cuatro, quizá no muy buenos.

A pesar de sus soldados, de sus murallas y de sus cañones, el gobernador de la plaza no estaba muy tranquilo. Veía que los liberales iban rodeando la comarca y no tenía mucha confianza en su gente.

Al terminar la visita, Alvarito se despidió del gobernador y se fue a su casa. Le contó a su tío Jerónimo cómo había recorrido el castillo y la muralla.

—¿Así, que has visto las defensas de Cañete? —dijo don Jerónimo—. Son formidables. Además, tenemos todo el terreno minado. Ríete tú de Numancia y de Sagunto. Aquí acabaremos todos o venceremos.

Por la tarde el capitán Barrientos fue a buscar a Alvarito y le invitó a cenar en su compañía. Álvaro aceptó y marcharon los dos al alojamiento del capitán. De sobremesa hablaron largamente.

—¿Qué hay de eso de que el terreno de Cañete está minado? —le preguntó Álvaro.

—Nada. Es una fantasía. ¿Quién le ha dicho a usted esa bola?

—Mi tío Jerónimo.

—¡Don Jerónimo! Está loco.

—¿Cree usted de verdad?

—Sí, hombre, sí; completamente loco. ¿Usted ha visto su observatorio?

—Sí.

—¿Y duda usted de que esté loco?

—A veces, ¿quién sabe?, hay gente que parece loca y no lo está.

—Pues ese sí lo está.

Hablaron de don Jerónimo; pero al capitán no le interesaba mucho este asunto y pasó a otra cosa.

Barrientos quería enterarse de la opinión de Alvarito sobre la guerra y le hizo mil preguntas acerca de lo que se pensaba en Bayona del porvenir del carlismo. Álvaro al principio habló con precaución, pero viendo que el capitán Barrientos no se recataba con él en decir francamente sus ideas expuso también sus opiniones con libertad. Él creía que el carlismo marchaba mal y que después del convenio de Vergara no podría esperarse más sino que le hicieran unos buenos funerales.

—Yo creo lo mismo —repitió varias veces Barrientos.

Al día siguiente, por la mañana, el capitán se presentó de nuevo a Alvarito y hablaron. Barrientos confesó que estaba buscando una ocasión para escaparse de Cañete. La guerra que se hacía allí le asqueaba.

El capitán no tenía condiciones de militar y menos de guerrillero. Le gustaba leer y tenía libros de historia y de literatura. Hablaron Alvarito y Barrientos mucho de la guerra.

—En las provincias Vascongadas y Navarra —dijo el capitán—, la guerra ha sido bárbara; en Castilla la Vieja, Merino y Balmaseda le han dado un carácter más fiero; en Cataluña más cruel aún y al acercarse a Valencia y a la Mancha ha sido lo peor de lo peor. Aquí ya no se respeta la palabra, todo se hace con una saña repugnante. Esta es una guerra de moros, se desnuda a los prisioneros para matarlos a lanzadas, se desnuda a las mujeres para apalearlas y violarlas, se fusila a los chicos. Esto es, sencillamente, una porquería.

—Es la escuela de Cabrera.

—Sí, Cabrera, con sus lugartenientes catalanes, valencianos y manchegos, han deshonrado la guerra y el país. Aquí es corriente cebarse en los cadáveres, mutilándolos y sacándoles los ojos.

—¡Qué horror!

—¡Es un asco; como le digo a usted, es una guerra de moros!

—Pero parece que en todas partes la guerra es poco más o menos lo mismo —dijo Alvarito.

—No; allá, en el Norte, la guerra ha sido una guerra de fanatismo, inspirada por los curas; esta es una guerra de ignorancia, de crueldad y de botín.

El capitán Barrientos estuvo largo tiempo contemplando el suelo; luego, dijo:

—La vista de la sangre derramada es una de las cosas más desmoralizadoras para el pueblo. Todas las tradiciones de dulzura y de piedad, formadas por el tiempo y por la razón, se rebasan como el agua rebasa el obstáculo de una presa y en seguida aparece el hombre tal como es, con toda su barbarie y su crueldad nativa.

—¿A usted le parece un fenómeno general?

—Sí. Creo que si a todos los hombres se les sometiera a esa prueba de la sangre, se quedaría uno asombrado de ver tanta gente feroz y sanguinaria.

—¿Cree usted?

—Sí. Se ve que la mayoría de los hombres tienen un instinto homicida y fiero que les hace recrearse en las convulsiones y en la agonía de los demás.

—Es horrible.

—Y a medida que la crueldad y el instinto sanguinario se excitan —siguió diciendo Barrientos—, crece con ellos también la lubricidad. En toda esta gente, la crueldad y la sensualidad marchan a la par. Las mujeres han tenido y tienen aquí, durante la guerra, mucho miedo a salir al campo; cuando las han cogido no se han contentado con violarlas, sino que han concluido por matarlas.

—Es extraño, no parece que la gente sea uno a uno tan salvaje.

—Es el contagio. Basta que a uno se le ocurra un acto cruel para que los demás lo repitan y se desarrolle ese fondo de brutalidad innato en el hombre.

—Una guerra así es peor que una peste.

—Mucho peor. Sobre esta desdichada España se han lanzado en estos últimos años los asesinos, los ladrones, los aventureros y todos los detritus que han venido del mundo.

—Y usted, ¿cómo ha podido soportar esto? —preguntó Alvarito.

—Yo entré engañado —repuso Barrientos—. Tenía en la cabeza una idea caballeresca y ridícula; creía que la guerra sería para los héroes, pero vi claramente que era para los asesinos y para los ladrones, para los que ansían matar y robar sin peligro. Es el ladrón y el asesino listo, que ven la impunidad de asesinar y de robar, el que se encuentra en la guerra a su gusto. Es también el hombre mediocre el que puede prosperar en épocas así.

Por toda España, según el capitán Barrientos, se veía cómo habían fermentado los gérmenes del robo y del asesinato. Ya perdida la guerra por los carlistas, la gente levantisca se resistía a la paz y a la vida normal. Solo los soldados del ejército organizado, los de Maroto, Villareal, etc., querían la paz, pero los cabecillas de las partidas pequeñas no la querían.

—Son bandidos; lo mismo les da una cosa que otra —concluyó diciendo Barrientos.

—Pero aquí forman ustedes parte del ejército regular —repuso Álvaro.

—A medias. Ha habido una época en que sí; teníamos el carácter de una guarnición, pero lo vamos perdiendo. Las partidas van mandando y el Gobernador, por debilidad, deja hacer crueldades inútiles y a medida que esto lo notan los de las partidas se hacen más fuertes.

—¿Pero hay aquí partidas?

—Sí; sobre todo hay una que nos da mucho que hacer —contestó el capitán—. A unas cuantas leguas de aquí hay un pueblo que se llama Beteta, en el partido de Priego. Está en terreno muy quebrado, muy abrupto y fácil de defender, y Cabrera lo fortificó el año pasado. En Beteta se ha formado una partida de verdaderos bandidos que aterrorizan a las gentes de los alrededores. Los manda el Cantarero, que tiene como lugartenientes al Adelantado, de Cañete, y a Navarrito, de Albarracín.

—¿Al nieto del general?

—Al mismo. ¿Conoce usted al general?

—Sí, he estado en su casa.

—Es un fantoche.

—Completo.

—El Cantarero de Beteta es un hombre ya viejo que no piensa más que en reunir dinero; el Navarrito es hombre muy violento y que mató a su hermano; el Adelantado se caracteriza por ser muy mujeriego y andar siempre de zambra en zambra. Los demás guerrilleros son gentes dignas de estos jefes; ladrones, asesinos; algunos muy conocidos por sus fechorías. Entre ellos están el Pastor, el Veneno, el Bizco, Caparrota, la Rosa, el Baulero, el Aperador, el Garboso, Chispilla y algunos más.

—Gente distinguida.

—Son todos ellos de una violencia y de una crueldad terrible; dignos del patio de un presidio. El Garboso, el Pastor y el Veneno llevaron, no hace mucho, a un pobre viejo nacional, pegándole y pinchándole en la plaza de un pueblo y le hicieron arrodillarse y poner el cuello en un tajo. El viejo era valiente y gritó: ¡Viva la nación! ¡Viva la libertad! El Garboso le cortó la cabeza a hachazos.

—¡Qué barbaridad!

—Fue un espectáculo repugnante. En esta partida del Cantarero, que tiene su punto de refugio en Beteta, hay varias mujeres, cosa no muy común en esta guerra.

—Sí, es verdad; no se ha hablado de guerrilleras.

—En cambio, como sabe usted seguramente, las mujeres tomaron parte muy importante en la guerra de la Independencia.

—¿Y usted cree que ha sido una ventaja grande?

—Grandísima, porque de haber intervenido ellas, la guerra hubiera tomado aún mayor ferocidad. Hay varias mujeres en la partida del Cantarero, entre ellas Juana la Pintada, Vicenta Serra y la principal, la que las capitanea a todas, la Rubia de Masegosa. La Rubia es la querida del Adelantado. Esta Rubia tiene una idea romancesca y le gusta montar a caballo y tomar aires de amazona. Es una mujer que no es fea, tiene la tez blanca, la boca pequeña, los ojos de almendra y el pelo negro. Yo la he visto. Cuando se enfurece se le crispa el labio y muestra un colmillo blanco, con una fiereza de animal rabioso. Llama cobardes a todos y quiere ver derramar sangre. Cuando el Garboso y el Pastor decapitaron al viejo nacional, se sortearon entre todos para ser verdugos y, al parecer, la Rubia entró en el sorteo, porque se consideraba con fuerza bastante para cortar la cabeza de un hombre con un hacha.

—¡Qué bestia!

—La Rubia de Masegosa vio también cómo violaron a una muchacha, que se había burlado de ella, y luego la mataron clavándola una estaca en el vientre.

—¡Cuánta brutalidad!

—Ahora hay otra cosa. Esta partida del Cantarero de Beteta está en contra de nosotros. Nos tienen por tibios. Ellos, probablemente, si los pescan los liberales serán fusilados, porque son todos bandidos; en cambio, nosotros, no; somos militares y seríamos tratados como militares. Aquí, en Cañete, el representante de la partida del Cantarero es el Tronera, que quiere que la guarnición cometa toda clase de brutalidades para ponerse como fuera de la ley y entonces hacerse solidaria de la partida del Cantarero. Don Heliodoro no comprende esto, y, como no lo comprende, yo voy a buscar la salvación por mi cuenta.

—Hace usted bien.

—No se lo diga usted a nadie.

—No tenga usted cuidado.

Cómo el capitán iba a buscar su salvación no se lo indicó claramente a Alvarito.

X

ESCAPATORIA

Conversaron otras veces el capitán Barrientos y Alvarito y quedaron de acuerdo en que debían marcharse juntos de Cañete; Alvarito volvería a Bayona; Barrientos quería dejar el pueblo y las filas carlistas.

Alvarito le habló a su tío:

—Si tiene usted que darme algo de la herencia para mi madre, démelo usted.

Don Jerónimo, refunfuñando, le entregó dos mil pesetas. Según él era todo lo que le correspondía a cada hermano.

Alvarito habló en casa de que se marchaba.

—¿Se va usted? —le preguntó la Dámasa.

—Sí.

—Yo también quisiera irme.

—¿Por qué?

—Mi madre me trata muy mal y la vida se me está haciendo muy triste.

—¿Pero tiene usted sitio donde ir?

—Tengo tíos en San Clemente y ellos me recogerían.

—Bueno, pues nada; veremos la manera de salir de aquí.

Alvarito contó a Barrientos cómo la Dámasa quería marcharse también de Cañete.

—Hará bien —dijo el capitán—. La tratan de muy mala manera. Su madre es una bestia como hay pocas.

Decidieron los tres escaparse del pueblo. Barrientos dijo que unos días más tarde podría él contar con caballos. Los apostarían cerca de la puerta de la Virgen, montarían y marcharían a Pajaroncillo.

La Bruna y el Tronera, enterados de que don Jerónimo había dado dinero a Alvarito, pensaron arrebatárselo.

La Bruna le propuso llevarle a una de las casas vecinas con una muchacha muy guapa que ella conocía; el Tronera le quiso acompañar a un cafetucho donde se jugaba una partida fuerte al monte.

Alvarito aplazó el ir a un lado y a otro y preparó la fuga. Dispusieron entre el capitán, la Dámasa y Álvaro que el domingo siguiente un muchacho estuviera con los caballos cerca del río, esperándoles a ellos, que saldrían como a pasear.

No dijeron nada de sus planes; pero el Tronera olfateó la maniobra y comenzó a espiarles.

El domingo por la mañana, el capitán Barrientos mandó a su asistente con los caballos a beber al arroyo. El asistente quería también marcharse.

La Dámasa y Alvarito salieron por la puerta de la Virgen, tomaron por el camino de Boniches, cruzaron el río por un puente pequeño y fueron marchando a cierta distancia del río hasta otro puente. Allá estaban los caballos.

Poco después apareció el capitán Barrientos.

Montaron los cuatro a caballo, llegaron hasta una venta y se encontraron con una patrulla que les pidió explicaciones. El capitán se impuso y lograron pasar. Algún tiempo después notaron que les perseguían. El Tronera y otros cinco o seis hombres a caballo se les acercaban.