Part 18
Como don Joaquín tenía ideas propias, mandó construir una especie de canal de albañilería entre la capilla y su alcoba para oír misa desde su cuarto y quizá desde su cama. El general oía misa canalizada.
Don Joaquín Navarro se sentía un sátrapa, un bajá.
A veces daba funciones de teatro en su casa, sintiéndose gran señor, y recibía a las damas y a los caballeros con una cortesía pomposa de virrey español en América.
El general Navarro, absolutista acérrimo, no sentía simpatía por el carlismo. Los desórdenes producidos por los carlistas le irritaban y la genialidad de Cabrera le ponía fuera de sí. Un gobierno burocrático, despótico, de palo, hubiera encantado a Navarro. Para él, la ordenanza, la disciplina, era lo principal.
Dos años antes, cuando Espartero estuvo en Albarracín, quiso albergarlo en su casa, pero el caudillo liberal pasó de largo. Desde entonces Navarro fue enemigo de Espartero. Cabrera y Espartero le parecían lobos de la misma camada. El general, como el hombre de más significación de Albarracín, a pesar de no tener ningún cargo, creía que su categoría en la milicia le daba autoridad y que debía ejercerla.
En el pueblo vivía un compañero de armas de Navarro, militar retirado de América y Filipinas: el comandante Cañizo, hombre viejo, solitario y silencioso.
El comandante, viudo, con una hija, muchacha muy bonita, vivía en el barrio alto.
Cañizo, hombre de sonrisa triste y tez amarillenta, era partidario decidido de la renunciación.
—¡Pse! Lo mismo da, todo es igual —decía—. Para lo que va a vivir uno.
Solía ir por las tardes a casa de Navarro, pasaba al despacho, leía algún periódico, contemplaba el Guadalaviar horas y horas y las huertas próximas al río.
Cuando oía al general Navarro hacer alguna descripción enfática de las batallas de América, Cañizo se burlaba y se encogía de hombros.
—Allí no ha habido más que política —murmuraba—. Todo lo que se ha hecho como estrategia o táctica militar no ha valido nada.
El general, impulsado por su egoísmo, vivía alejado de todos los cuidados familiares y caseros. Algunos le reprocharon su indiferencia y le echaron en cara el mal fin de sus nietos.
Fue un verdadero drama la vida de los nietos de Navarro, hijos de la hija del general y de un pobre hombre oscuro, secretario del Ayuntamiento de un pueblo de la provincia de Cuenca. Los nietos eran dos, Antón y Pedro. Uniendo el apellido del padre y de la madre se llamaban Gómez Navarro.
Pedro, el mayor, se caracterizó por su prudencia y por su genio apacible; el menor, Antón, se mostró siempre decidido y violento, partidario de exageraciones y de locuras.
Al morir el padre de estos niños, los dos, con su madre, marcharon a Albarracín a la casa del general y poco tiempo después, cuando contaban el uno doce y el otro quince años, quedaron huérfanos. El general les puso para su cuidado una criada vieja.
Desde la infancia existió rivalidad entre Antón y Pedro.
La hija del general, madre de los niños, aseguró un día, estando enferma, que en un sueño se le reveló que su hijo mayor, Pedro, iba a ser obispo y santo. Por este sueño se envió a Teruel a estudiar en el seminario al hijo mayor.
Pedro pasó en el seminario dos años y al comenzar la guerra volvió a Albarracín sin deseo ninguno de seguir la carrera de cura.
Antón, mientras tanto, muchacho de gustos violentos, jugó en la casa a los soldados, hizo pistolas y cañones con llaves viejas y con saúcos y llegó a ganar la simpatía del abuelo, toda la simpatía posible en un viejo egoísta que detestaba a los chicos.
Cuando Pedro volvió del seminario, después de muerta su madre, se manifestó tranquilo y con deseos de establecer algún pequeño comercio. Antón seguía siendo bárbaro y arrebatado y quería en todas ocasiones mandar.
El general no se ocupaba de sus nietos, nadie les atendía, el pueblo marchaba a la ruina y la época era detestable para intentar ninguna empresa.
La vida de los dos mozos en aquella época fue casi salvaje; iban a cazar a las tierras de los madereros, se pasaban los días en el campo y reñían a todas horas.
Por aquel tiempo, Pedro y Antón fueron rivales. La hija del comandante Cañizo, entonces un poco más joven que ellos, era muy bonita y los dos hermanos se enamoraron de la muchacha.
Pedro tuvo éxito, se casó con la chica y se la llevó a Teruel, donde consiguió un pequeño destino.
Quedó en el pueblo Antón exasperado, humillado, sin saber qué resolución tomar. La guerra estaba terminando. Algunos jóvenes se alistaban en la partida de Vicente Herrero, el Organista, natural de Gea de Albarracín, cabecilla latro-faccioso, muy relajado de costumbres. En esta partida abundaban los granujas.
Antón se decidió, supo que Herrero se hallaba en Cañete, se presentó a él y le hicieron teniente.
Seguía el odio de los dos hermanos. Pedro, alistado en la milicia nacional turolense, se distinguía por su entusiasmo liberal. Antón alardeaba de su carlismo.
Un día, Antón supo que Pedro había ido a Albarracín a ver al abuelo a comunicarle que tenía un hijo. Inmediatamente el oficial carlista salió de Cañete con ocho de los suyos, esperó a su hermano en una de las hoces del río, lo cogió y lo fusiló con los que le acompañaban.
VI
EL CAMPO
Por entonces, en casa del general Navarro, Alvarito conoció a un profesor del Instituto de Teruel. El profesor pasaba en Albarracín las vacaciones de Semana Santa. Era botánico, cazador, bibliófilo y principalmente hombre de gran curiosidad por todo cuanto fuese del dominio de las ciencias naturales.
El señor Golfín, hombre moreno, atezado, de barba negra y anteojos, se hallaba curtido por el sol y el aire. Conocía la flora y la fauna del país admirablemente, aunque según su opinión no la conocía bastante bien.
El señor Golfín le invitó a Alvarito a hacer excursiones en su compañía. Cuando finalizara la Semana Santa marcharían los dos a Teruel.
Con el profesor, Álvaro visitó los alrededores. Estos aledaños de Albarracín eran despoblados, desnudos, de una terrible soledad.
El profesor le mostró a Alvarito las murallas de la ciudad antigua y juntos recorrieron las colinas de peña caliza por donde pasa el Guadalaviar desde las sierras Idúbedas.
Todo aquel campo tenía un aire desolado como pocos, era una tierra de anarquismo cósmico, bronca y maravillosa; un paisaje para aventuras de caballeros andantes; despoblado, desierto, sin aldeas, con barrancos dramáticos llenos de árboles, con cuevas sugeridoras de monstruos y endriagos. La tierra de las proximidades de Albarracín, según dijo el profesor, se iba haciendo cada vez más fría, sin saber por qué, y la viña desaparecía paulatinamente de los contornos. Unos días después, el señor Golfín y Álvaro se alejaron de la ciudad, hacia el país de los madereros. Allí no se notaba la guerra, ni la guerra ni la paz, porque aquello parecía un lugar desierto y abandonado.
Alvarito vio cómo los madereros arreglaban los riachuelos para conducir la madera cortada y cómo los descargaban en carros especiales para llevar árboles enteros.
Pasados unos días de excursiones el profesor y Alvarito, en dos caballejos, se dirigieron camino de Teruel.
Charlaron de muchas cosas. El profesor no tenía la genialidad del Epístola ni su facundia, y lo que sabía, lo sabía a fuerza de estudio.
El señor Golfín le habló de su familia, procedente de Cáceres; de los Golfines, dueños, en la parte vieja de la ciudad extremeña, de un gran palacio. Según el profesor, el apellido Golfín procedía, probablemente, del alemán Wolf (lobo) o de Wölfin (loba).
El señor Golfín llevaba en el bolsillo un libro, sacado de alguna casa albarracinense, que se titulaba _Gobierno general, moral y político, hallado en las fieras y animales silvestres_, por el padre Fray Andrés Ferrer de Valdecebro, natural de Albarracín. El profesor leía, a veces, trozos de este libro, impreso en Barcelona, a final del siglo XVII, y le parecía tan disparatado, que se quedaba atónito.
El señor Golfín indicaba a Álvaro los árboles y las plantas con sus nombres científicos. Alvarito no tenía memoria para recordar tanto dato; quizá no sentía tampoco mucha afición por estos conocimientos.
En el campo veían las sabinas como árboles, el junípero, el boj, el cantueso, el romero, el tomillo. Nubes de cuervos y de chovas revoloteaban por el aire, y a veces pasaba el quebrantahuesos blanco, la abubilla y la oropéndola.
El señor Golfín daba grandes explicaciones a Alvarito sobre la geografía y la constitución de los terrenos.
Era el profesor un poco aficionado a las fantasías geográficas. Así, muchas veces, Alvarito le oía decir: «Si los Pirineos estuvieran de Norte a Sur, toda la vida española sería distinta».
Otra vez decía: «Si en España tuviéramos una región con lagos, nuestra psicología, probablemente, no sería la misma».
El profesor y Alvarito se hicieron muy amigos; durmieron en la paja de los desvanes y comieron en el campo, sentados sobre la manta, extendida, mientras tenían ante los ojos una de las decoraciones más extraordinarias de la vieja España.
Para comer al mediodía, como el sol apretaba ya mucho, solían buscar la barrancada de algún río, y allí, en el prado con yezgos y lechetreznas, o en el juncal, con matas redondas se detenían, contemplaban las rocas, altas, amarillas y rojas, algunas llenas de cuevas.
Veían las peñas con aire de murallas quebradas, con altísimos escarpes, llenos de pinos y de robles; las hoces, con recodos misteriosos, y los resaltos, en donde nacían confundidos el espliego, la jara, la retama y el tomillo. Después de comer, el señor Golfín se dedicaba a las explicaciones científicas.
A veces subían por una calzada de piedras, detrás de alguna recua de mulas con sus arrieros, y se oían las campanillas de las colleras y los cascos de las caballerías, que echaban chispas.
El ver los pueblos al amanecer y al anochecer, el salir de la aldea cuando los campesinos vuelven a sus hogares cantando, el entrar por la calle del pueblo cuando van los labriegos a sus faenas, todo ello es, sin duda, materia propicia para filosofar sobre la vida y sus horizontes.
Los campesinos, por lo que notó Alvarito, estaban ya hartos de no poder coger sus cosechas; muchos, al principio, quizá habían deseado la guerra, pero ya ansiaban la paz de cualquier manera que fuese.
Era difícil, sin verlo, suponer la miseria de aquellos pueblos, su vida estrecha y de tan poca sustancia.
El tiempo no le sobraba al profesor; aún estaban lejos, y tuvieron que apresurarse y marchar en línea recta a Teruel, montados en sus caballerías. Como en la célebre estampa del gran Durero, en donde va el caballero tranquilo, cercado por la muerte y el diablo, así marchaba Alvarito, pensando vagamente en la vida dejada atrás, en su familia y en su dama.
VII
LOS ORIGINALES DE TERUEL
—Como ve usted, Teruel —dijo el profesor Golfín— es una ciudad colocada en la meseta de una colina y casi rodeada de barrancos. La superficie de la muela en que se asienta la urbe es irregular y ofrece su punto más alto en la plaza de la Judería.
En tiempo de la guerra carlista tenía Teruel todavía murallas, con sus aspilleras correspondientes; explanadas y garitas en los ángulos; las puertas, en número de siete, estaban guardadas por la milicia nacional. El señor Golfín y Alvarito necesitaron dar explicaciones a los milicianos para entrar en la ciudad.
Alvarito fue a hospedarse a una fonda de la calle de los Ricos Hombres.
Teruel es una ciudad en donde la meseta hispánica se va asomando a Levante; es un punto en el cual la tierra, seca, áspera y ruda, se acerca a la huerta fértil y bien regada. El Turia pasa por cerca del cerro, en donde se encuentra la población.
Alvarito suponía que Teruel sería un poblacho sin carácter; pero se quedó un poco sorprendido al ver la plaza de la Catedral, las varias torres airosas y ornamentadas, la Plaza Mayor con sus tiendas y el Acueducto con los arcos, con cierta grandeza, como obra de romanos.
El señor Golfín le habló del arquitecto o maestro de obras francés que supo levantar la torre mudéjar de San Martín cuando se caía, porque se le desgastaban los cimientos, y apuntalarla con vigas y reparar su base.
El señor Golfín le invitó a comer, en su casa, a Álvaro, y conoció a su familia y a una muchacha turolense, amiga de la hija del profesor, rubia, pequeña, un poco desdeñosa, muy redicha y muy perfilada.
Con la hija del señor Golfín y con su amiga paseó Alvarito por los arcos de la Plaza Mayor, produciendo la curiosidad del público, formado por militares y por estudiantes.
El señor Golfín tenía amigos, compañeros del profesorado; pero no estaba muy satisfecho de ellos porque no consideraban la ciencia con la seriedad necesaria. Uno, profesor de Física, hombre de unos sesenta años, encorvado, con la cara arrugada, curtida, de mal color, los ojos pálidos y el bigote blanco, amarillento, caído, contaba este rasgo de humorismo suyo, que lo repetía a todos los conocidos, y que producía la estupefacción del señor Golfín.
—Antes —dijo el profesor de Física a Alvarito—, nuestra ciudad se estaba poniendo en ridículo. Llegaba el verano, venían las temperaturas máximas de toda España y se leía en el periódico: Máxima, en Teruel, cuarenta grados a la sombra. Entraba el invierno, se cogía el periódico y se leía: Mínima, en Teruel, doce grados bajo cero. Desde que yo estoy ocupado de las observaciones meteorológicas, ya no pasa esto; ni el termómetro sube ni baja tanto y Teruel no se pone en ridículo.
Otro de los amigos de Golfín era el señor González Carrascosa, el arqueólogo. El señor Carrascosa estudiaba los monumentos de la provincia de Teruel, pero solo los de la provincia; los demás no le interesaban nada. Alguna vez que había estado algún arqueólogo en Teruel, el señor Carrascosa, como hombre amable, le acompañaba por todas partes y le servía de cicerone, hasta dejarle, como decía él, en los límites de la provincia. Más allá de los límites de la provincia, el mundo no le interesaba.
Con el señor Carrascosa, Alvarito contempló la iglesia donde se encuentran el amante y la amanta, como se dice en el pueblo; la torre de San Martín, con sus mosaicos, sus arabescos y fayenzas, y el arco ojival, una de las entradas del pueblo; vio también el antiguo colegio de jesuitas, entonces convertido en cuartel, y su iglesia magnífica, de gusto barroco, con unos decorativos miradores y el cuadro de _Las once mil Vírgenes_, de Antonio Bisquert, en la catedral.
En una de aquellas visitas, el señor Carrascosa le presentó a un pintor bajo, moreno, de color bronceado, pelo y barba negrísimos y muy velludo. Este pintor, de origen valenciano, se llamaba Fuster. Fuster trabajaba en un desván grande del colegio de jesuitas, donde tenía su estudio. Vivía pintando algunos estandartes para las iglesias de los alrededores, quemadas durante la guerra. Al conocerle a Alvarito le invitó a ir a verlo.
Alvarito fue al estudio, y Fuster le enseñó sus estandartes y algunos retratos que pintaba, de colores muy violentos, que le sorprendieron.
Estando allí apareció un señor alto, al parecer extranjero, aunque conocía muy bien el castellano, que se puso a hablar con el pintor. Este señor era hombre de edad indefinible, muy esbelto, ojos claros y grises, la nariz bien hecha, la cara larga, la mandíbula grande, la mano fina y aristocrática. Habló con gran elegancia y Alvarito quedó muy sorprendido por las ideas, que a él le parecían nuevas, que tenía sobre la guerra y sobre el arte.
Cuando el señor se marchó, Alvarito le preguntó al pintor:
—¿Quién es este hombre?
—No sé; es un señor recién llegado, que quiere comprarme un cuadro.
Fuster tenía aire de salvaje, era hombre violento, expresivo y tan velludo, que, según él mismo contaba, una muchacha le había dicho una vez: «_Chiquío_, por poco no naces burro». Fuster sentía gran entusiasmo por su arte y momentos de desilusión y de tristeza.
Alvarito intimó rápidamente con él y le vio pintar sus santos y sus retratos.
Alvarito quedaba muy sorprendido al ver los colores que empleaba Fuster. Él no veía aquellos verdes ni aquellos amarillos que ponía el pintor velludo en las caras de las personas.
—Yo me figuro lo que es pintar —decía Fuster—; pero no pintaré nunca.
—¿No se empeñará usted en poner colores que no hay? Yo no veo ese verde en las caras —indicó Alvarito.
—Usted dice que no ve ese verde en la caras; pues lo hay. ¡Qué desesperación!; la gente no ve las cosas como uno las ve. A mí me gustaría buscar el carácter de las figuras; pero ahora no puede usted pintar a una mujer, ni siquiera a un hombre, tal como es, sin que crean que le han afeado y le han puesto más viejo. ¿Usted ha visto la familia de Carlos IV, pintada por Goya en Madrid?
—No; no he estado en Madrid.
—Pues allí están pintadas gentes de la familia real, con sus narices, con sus colores, con el parche en la sien de una vieja fea con aire de lechuza. Ahora, no; ahora no puede usted pintar así. La hija del zapatero tiene que ser una ninfa, el mondonguero debe aparecer como un prócer, el carnicero quiere que le retraten de levita.
El pintor le acompañó a Alvarito a ver la antigua techumbre de la catedral, con artesonados y pinturas ocultas desde hace tiempo por una bóveda moderna.
Fuster llevaba una vela, la encendió. Vieron las pinturas con su luz. Estaban representados todos los oficios, hasta la ramera y el verdugo.
Después de contemplar con atención aquellas tablas pintadas, el pintor y Alvarito salieron al tejado de la catedral. El pintor llevaba un poco de pan y queso y una botella de vino para merendar.
—Lo que me atormenta —dijo Fuster— es la idea de que la pintura no tiene objeto; nadie cree que haya en ella problemas. Yo viviría a gusto en un convento, estudiando a los maestros y viendo si podía añadir algo a su obra. ¿Pero para qué? Cabrera sí tiene objeto, y Mendizábal también; pero la vida de un pintor no se comprende, es una estupidez; lo mejor sería tirarse desde aquí a la calle y acabar de una vez.
Entre frase y frase desesperada, el pintor daba un tiento a la botella.
En España todo tenía que ser así, pensó Alvarito: todo roto, desgarrado y triste.
Mientras hablaba el pintor, Alvarito contemplaba los tejados del pueblo, y la luz del sol en las torres de ladrillo. Al mismo tiempo ponía en claro las sensaciones que se experimentan en el tejado de una catedral.
Quizá Alvarito había soñado alguna vez en sentarse sobre una roca negra en el Atlántico, junto al cabo Norte; en cruzar un canal de Venecia oyendo a un gondolero cantar una barcarola; en pasar en una gabarra por uno de los canales de Rotterdam o de Hamburgo; en mirar desde una villa napolitana los pinos que se destacan en el Mediterráneo azul. Quizá soñó en cruzar el mar de los Sargazos o el cabo de Hornos en un velero, o en ver bailar a las cortesanas de la reina Pomaré, púdicamente desnudas; lo que sin duda no había soñado nunca era en merendar en el tejado de la catedral de Teruel una tarde de primavera.
VIII
CAÑETE
Desde Teruel Alvarito escribió a su tío Jerónimo, preguntándole cuándo y cómo podría ir a Cañete.
El tío le contestó diciéndole que se acercase a Salvacañete, a donde él enviaría un amigo que le acompañaría a su casa.
Alvarito se concertó con un arriero para hacer el viaje. Desde aquella parte del Bajo Aragón, la meseta hispánica se lanza con avidez a buscar el mar y el clima del Mediterráneo. A las pocas horas de salir de Teruel se está en plena huerta de aire valenciano. Alvarito pasó por Villel, el pueblo ilustrado por el nacimiento de Calomarde; cruzó el rincón de Ademuz, y dejando las tierras fértiles y templadas, por Vallanca fue a Salvacañete.
Salvacañete se encuentra en un alto, en un terreno quebrado, poblado de pinos, robles y encinas. Salvacañete era por entonces la frontera del liberalismo en la provincia de Cuenca. Unos años antes, en marzo de 1836, se batieron allí los liberales con los carlistas al mando de Forcadell, quien, después de seis horas de acción, tuvo que retirarse. Unos y otros dejaron en el campo muchísimos muertos.
A pesar de su guarnición, la mayoría de la gente de Salvacañete era carlista; los movilizados liberales de las aldeas inmediatas, reunidos en el pueblo, hacían que las fuerzas cristinas tuviesen allí un núcleo considerable. El boticario, miliciano y geólogo, era de los jefes de los movilizados. Las patrullas liberales iban cogiendo por los campos a los carlistas y curas escapados y operaban en combinación con la partida móvil del marquesado de Moya. Entre ellas prendieron al cabecilla Potaje, uno de los últimos que campeaban por allí y lo metieron en la cárcel.
Alvarito fue a parar en Salvacañete a la posada de un tío Blas, hombre que en 1836 había estado a punto de ser fusilado, y a quien le quedó del miedo un tic nervioso.
Alvarito esperó la llegada del enviado de su tío, viejo grueso y alegre, llamado por mal nombre el Lechuzo o el Chuzo. En compañía del Lechuzo, y a caballo, tomó Álvaro el camino de Cañete, por sendas y vericuetos, y llegó dos días después.
Cañete, como muchos de los pueblos españoles, no tenía más que nombre. En gran parte de nuestras cosas hay esto solo: nombre, etiqueta, a veces muy sonora; debajo, nada o casi nada. Es un fenómeno característico de todos los pueblos viejos.
Alvarito creía que iba a encontrarse con una hermosa ciudad y se halló sorprendido al ver un pueblo mísero, con casas amarillentas, derruidas, con calles como barrancos, pedregosas y sin aceras. Álvaro en su casa había oído hablar a su madre de Cañete como de una Babilonia, llena de complicaciones y de atractivos. Alvarito sintió ganas de reír, pero al mismo tiempo le dio tristeza. Pensó en la extraña ilusión de su madre, en el espejismo raro de recordar como un pueblo espléndido aquel pueblo pobre, destartalado y derruido.
Cañete, lugar de señorío de don Álvaro de Luna, con su gran castillo antiguo, propiedad de los condes de Montijo, no era más que un montón de piedras y de casuchas miserables. Un año antes lo fortificaron los carlistas, considerándolo como una de sus principales fortalezas de la Mancha. Para ello, para restaurar la antigua muralla y construir baluartes nuevos, fueron más de dos mil soldados.
En Cañete se habían reunido muchas familias carlistas de los contornos, como en Moya se hallaban acogidas la mayoría de las familias liberales de la comarca.
Cañete se hallaba rodeado de una muralla de piedra muy sólida, de diez varas de altura y más de tres de grueso, con torreones de argamasa de trecho en trecho.
Había dos entradas principales en el pueblo: la puerta de la Virgen, próxima al camino de Boniches, y la de las Eras, que daba al camino de Ademuz y al de Tragacete.
Dominando el pueblo, se destacaba el fuerte de San Cristóbal, con unos cañones ya viejos.
Entraron en Cañete Alvarito y el Lechuzo, por el camino de Ademuz, y tuvieron que sufrir un interrogatorio muy minucioso en la puerta.
El Lechuzo, al llegar a Cañete, llevó a Alvarito a casa de su tío Jerónimo. El tío Jerónimo era un tipo raro, flaco, denegrido, de unos cincuenta a sesenta años, con los ojos claros y el bigote blanco, corto. Recibió a su sobrino con cierta suspicacia, y después de invitarle a lavarse y a desayunar, le sometió a un interrogatorio.
—¿Qué tal está tu madre? —le preguntó.
—Bien, muy bien.
—¿Y tu padre?
—Bien.
—¿Está empleado?
—No.
—¿Dónde vivís ahora?
—En Bayona.
—¿En Francia?
—Sí.
—Aquello es muy pobre, aunque la gente es muy trabajadora. ¡Si allí tuvieran este sol y esta tierra!
Alvarito pensó que cualquier barrio pobre de Bayona era más rico que todo Cañete y sus contornos; pero no dijo nada. La casa de don Jerónimo era fea, vieja, encalada, sin ninguna comodidad.