La nave de los locos

Part 17

Chapter 174,158 wordsPublic domain

—Todos íbamos igual. Se llevaba calañés alto, de pana o de terciopelo negro, adornado con algunas carreras de botones; medallas, cintas rizadas y un plumerito negro. La mayor parte usaba patillas. Se vestía marsellés corto, guarnecido de cinco botonaduras de monedas de plata, pesetas o reales columnarios. Algunos jefes lucían doblillas de oro y, en vez del calañés, boina blanca o sombrero redondo con funda de hule. Se gastaba calzón corto, de pana o de terciopelo negro; ancha faja para el puñal y los cachorrillos; polainas de cuero y zapatos de una pieza. En el arzón del caballo se ponían las pistolas y el trabuco.

El saludador explicó a Alvarito las acciones en que tomó parte, casi todas ellas en la Mancha. Ninguna pasaba de ser una requisa como de carabineros. Si encontraban un enemigo fuerte para medirse con ellos, huían rápidamente.

—Cuando Palillos se proponía sacar contribuciones en una comarca, dividía su caballería en partidas de treinta a cuarenta hombres —siguió diciendo el ciego—; ocupaban todos los lugares en un espacio de seis a ocho leguas cuadradas. Cada paisano debía suministrar todo lo necesario para un jinete y un caballo. Los pueblos se veían obligados a entregar a Palillos la misma contribución que pagaban al gobierno de la Reina. Entrábamos nosotros en un lugar, y lo primero, para que nadie tocase a rebato y diera señal de alarma, nos apoderábamos de la torre de la iglesia y poníamos en el campanario un centinela. El centinela observaba cuanto pasaba a larga distancia y si veía algo tocaba la campana, y según las campanadas nos entendíamos. Era como la línea de telégrafo de señales del Gobierno. Así, don Vicente Rugero sabía con rapidez si aparecía el enemigo y por dónde. La mayoría de las partidas tenían jefes propios, que no se ponían de acuerdo más que para cobrar las contribuciones.

—¿Y eran famosos estos jefes?

—Entre nosotros, sí; a todos ellos los conocíamos por sus apodos. Teníamos a Palillos, Orejita, Parra, La Diosa, Chaleco, El Rubio, El Presentado, Cipriano, El Veneno, El Arcipreste, Matalauva, Escarpizo, Peco, El Perfecto, Manolo el Pare Pare, El Apañado, El Feo de Buendía, Perdiz, Cuentacuentos, El Curita de Bujalance, El Mantequilla, El Barba, Cuatrocuartos, Calero, El Bombi, Sin Penas y otros. Se vivía sobre el país, y cuando una comarca no podía dar lo suficiente para alimentarnos, íbamos a otra.

—¿Y estaban ustedes bien avenidos unos con otros?

—No. Yo solo tenía un poco de confianza en el Manquillo, que estaba conmigo a las órdenes del capitán Calero, porque el Manquillo era un hombre que, como yo, hacía su agosto por si venían los tiempos malos.

—¿Así que no había muchas amistades entre los guerrilleros?

—Pocas. Abundaban los granujas y los perdularios, que hacían daño sin aprovecharse nada. El Manquillo, no.

—¿Ese, era algún manco?

—Sí. Al Manquillo le faltaba la mano derecha y tenía para sustituirla un gancho de acero en la muñeca cortada, que parecía un colmillo de jabalí y que lo manejaba con gran habilidad. El Manquillo era capaz de saquear una casa en cinco minutos.

—¿Y qué le pasó a usted para quedarse como está? ¿Fue en alguna batalla?

—No; la cosa es un poco larga de contar.

—Si no tiene usted nada que hacer, cuéntela usted. Mi compañero de viaje no viene y nuestra comida no debe estar arreglada.

—Bueno; entonces que me traigan otro poco de queso y de pan y un vaso de vino.

El saludador comenzó a comer despacio y a beber el vino a sorbos, y luego empezó así su narración:

—Como le he dicho a usted, he sido yo siempre muy arreglado y amigo del ahorro, y como comprendía que la guerra no había de durar siempre, guardaba mis dineros para la vejez. Tenía una casa en Pinarejo, en la Mancha, que me costaba muy poco, y había llevado allí a mi madre, a mi mujer y a una sobrina suya, moza muy guapa, la Teodora. Mi mujer estaba muy enferma, tísica, desde hacía algunos años, y el cirujano decía que no tenía cura. Los vecinos contaban que yo me entendía con la Teodora, mi sobrina; pero no era verdad. Ahora, si mi mujer se hubiera muerto, yo me hubiera casado con ella. ¿Usted no tendrá un cigarro?

Alvarito le dio un cigarro al ex guerrillero, quien lo encendió despacio, y, después de unas chupadas, siguió así:

—Yo no hablaba a nadie de la partida de mi casa de Pinarejo, ni de la gente de mi familia. No sé cómo, pero el Papaceite, Perdiz y el Cuentacuentos averiguaron dónde yo tenía la casa y hasta que guardaba dinero. Aquellos hombres me tenían a mí rencor porque veían que no gastaba locamente como ellos.

Estos contaron al capitán Calero, a quien llamábamos Calerito, lo que ocurría.

Calero empieza a rondar mi casa, habla con la Teodora, se entiende con ella y un día se lleva el saquito de monedas de oro, que yo había guardado a costa de tanto esfuerzo, y a la chica.

—¿Y se casó con ella? —preguntó Álvaro.

—No; el capitán Calero estaba casado; pero era hombre joven, buen mozo y la engañó y trastornó a la sobrina de mi mujer. Le dijo que yo era un avaro, un roñoso, que mientras los demás gastaban con los compañeros, yo ahorraba como un miserable, y la convenció para que entre los dos cogieran mis ahorros y se los gastaran alegremente.

Supe que hubo francachelas en que tiraron el dinero y después la Teodora y el capitán fueron a vivir a una casa de Santa María de los Llanos.

La primera vez que me encontré a solas con Calero, le dije:

—Devuelva usted ese dinero.

—Es tan tuyo como mío —me contestó él—; además, que ya nos lo hemos gastado alegremente.

—Devuélvame usted lo que queda, porque si no, lo vamos a pasar mal.

—Lo pasarás mal tú —contestó él.

Entonces yo le agarré del brazo y él se separó y me dio un golpe con el mango de la pistola en la cabeza. No le maté porque había gente delante.

Fui a mi casa de Pinarejo y le dije a mi mujer lo que pasaba. Ella, celosa, replicó que yo quería vengarme porque estaba enamorado de la Teodora. Le contesté que no. Ella me replicó que pasara la noche con ella.

Todas las horas de aquella noche las pasé desvelado y pensando.

Por la mañana, al despertar, miré a mi mujer; había tenido un vómito de sangre y estaba muerta.

Me levanté, cogí el trabuco y lo cargué con balas cortadas y con bolas de cera.

—¿Y con bolas de cera para qué? —preguntó Alvarito.

—Dicen que al que se le tira así, arde. Después arreglé mi caballo y salí camino de Santa María de los Llanos.

Busqué la casa del capitán Calero, llamé en ella y encontré a mi sobrina; la dije lo que tenía que decir y pregunté por el capitán.

—No está —me contestó ella.

—¡Bah!, me han dicho que sí. Dime dónde está, porque tengo que hablar con él.

—Registre usted la casa, si quiere, y verá usted cómo no está —replicó ella.

Recorrí toda la casa, con mi trabuco en la mano, hasta llegar a una alcoba, cerrada con una puerta ligera.

—¿No hay nadie aquí? —pregunté.

—No.

—¿Lo juras?

—Sí.

Cogí mi trabuco y disparé sobre la puerta. La puerta se abrió y apareció el capitán, malherido, echando sangre.

—Me has matado —dijo—; ¡toma! —y me disparó a boca de jarro su trabuco. Me llevaron al hospital de Quintanar de la Orden y allí pasé más de dos meses.

—¿Y Calero? —preguntó Alvarito.

—Se murió.

—¿Y de la sobrina, qué fue?

—No sé; escapó, anda haciendo mala vida por ahí. Ya ve usted; yo, que tenía la vejez asegurada. Es el sino de las personas.

No había en el ex guerrillero ni asomo de remordimiento ni idea de que podía haber obrado mal.

III

EL OFICIO DE SALUDADOR

El guerrillero, con un sentido práctico de manchego cuco, al salir del hospital, casi ciego, y no pudiendo practicar ningún oficio, se echó al camino a tocar la guitarra y luego se hizo saludador. Tenía varios ensalmos para sanar las vacas y el ganado. A las personas las curaba con agua; pero él no daba ni el agua siquiera, porque sabía que dando el agua los médicos podían denunciarle.

El saludador no creía absolutamente en nada de sus prácticas misteriosas; pero consideraba que, así como de guerrillero robó lo posible, como saludador debía engañar a toda persona cándida para creer en sus embustes.

Aquel hombre no sentía la tendencia natural y espontánea del campesino, de dar a las cosas una explicación sobrenatural y mística. El ex guerrillero consideraba todo en la vida natural justificado y determinado, y si engañaba a los demás, lo hacía a sabiendas.

—¿Pero usted cree que puede curar con sus oraciones? —le preguntó Alvarito.

—La fe es lo que salva —contestó aquel hombre que no creía en nada.

—¿Y cómo ha comprendido usted su virtud de saludador? —le volvió a preguntar Alvarito.

—Porque me lo han dicho.

—¿Y en qué lo han conocido?

—Me han asegurado que yo soy de los pocos que tienen la rueda de Santa Catalina en el paladar.

—¿Y qué es la rueda de Santa Catalina?

El ex guerrillero no contestó a este punto; luego dijo:

—Algunas gentes comprenden quienes son saludadores y quienes no.

—¿Cómo?

—No sé. Yo dicen que sirvo para saludador. Mi abuelo fue zahorí, y con la vara de avellano, terminada en una horquilla, indicaba dónde se debía cavar para encontrar agua, o minerales ricos, debajo de la tierra.

—¿Y cómo sabía eso?

—Porque las dos ramas de la horquilla se torcían cuando la vara se encontraba cerca del agua o del mineral.

—¿Y usted lo vio?

—Yo, no señor.

—¿Y usted no sirve para zahorí?

—Yo, no.

—¿Y, en cambio, sirve usted para saludador?

—Eso dicen: que tengo mucha virtud.

—¿Y qué hace usted? ¿Cómo cura usted el ganado?

—Unas veces, soplando; otras, recitando oraciones en latín.

—¿Usted las entiende?

—No; pero dicen que por eso no dejan de tener eficacia.

—¿Y usted cree que cura de verdad?

—Eso aseguran. ¿Usted dónde vive?

—Yo vivo en Francia, en Bayona.

—¡Hombre! ¡En Bayona! Yo he oído decir a uno de la partida que en Bayona se venden demonios familiares, metidos dentro de una caña, con los que se consigue lo que se quiere. ¿Será verdad?

—Yo no he oído nunca eso —contestó Alvarito.

—Yo lo he oído, pero no comprendo lo que pueda ser.

La madre del saludador se acercó a su hijo a decirle que le llamaban. La mujer no parecía mucho más vieja que él; era harapienta, escuálida, siniestra, de color amarillo oscuro. Sin duda colaboraba en los engaños de su hijo. ¡Qué par de figuras de cera y qué par de personajes para una Nave de los Locos!

Llegó el Peinado; Alvarito se separó del saludador y fue a comer al piso principal, en compañía del arriero, a un cuarto grande, blanqueado, con un friso de añil y vigas azules en el techo.

IV

EL TEJEDOR DE ALBARRACÍN

A la vuelta de un camino, Alvarito divisó Albarracín a lo lejos, sobre cerros blancos y amarillentos, en un cielo azul, tachonado de nubes como bloques de mármol.

Cuando Álvaro vio Albarracín desde larga distancia, le dio la impresión de que debía de ser ciudad importante y grande.

Pararon en una posada de las afueras, y Álvaro se lanzó a subir por la principal calle de Albarracín, y se encontró, con sorpresa, con un pueblo vacío. Era día de fiesta, Jueves Santo; no se veía un alma por ninguna parte.

Pensó si la gente se hallaría en la iglesia; pero, no; en la ancha nave habría quince o veinte personas en conjunto; entre ellas un vendedor de carracas, con una especie de percha en la mano izquierda y en la derecha una carraca grande.

Llegó a la parte alta de la ciudad, donde se terminaban las casas. Aquel pueblo trágico, fantasmático, erguido en un cerro con aire de ciudad importante, con catedral y sin gente ni en las calles, ni en las ventanas, ni en las puertas, le produjo enorme sorpresa.

Bajó de nuevo por la misma cuesta, contemplando algunos miradores en las aristas de los edificios y las rejas con sus adornos y sus clavos. Dos o tres mujeres, vestidas de fiesta, con pañoletas de color, y tres o cuatro hombres, formaban en conjunto toda la población vista por él en Albarracín.

Marchó a la posada, comió y, en compañía del Peinado, fue después a un café pequeño, en donde se reunían docena y media de personas.

Estaban el boticario, hombre ya viejo, de aire cansado y burlón, con un gorro griego en la cabeza, y el maestro de escuela, tipo famélico y mal vestido, que parecía representar el pedagogo descrito por Villegas burlonamente en un epigrama:

Aquel que con tanta gloria anda enseñando el Francés, la Gramática y la Historia, y los dedos de los pies.

El Peinado conocía a todos y presentó a Álvaro en la reunión.

Entre ellos charlaba un hombrecillo flaco, chato, tostado por el sol, con calañés en la cabeza, de mal aspecto, con los ojos torcidos, que parecía un chino. Este hombrecillo sorbía de cuando en cuando un poco de aguardiente de una copa.

El hombre aquel hablaba muy bien. El Peinado dijo que era de oficio tejedor. Le llamaban el Epístola. Había vagabundeado por España y vivido y trabajado en Lyon.

Quizá por cierto aristocratismo estético, después de todo natural, Alvarito se figuraba que un tipo pequeño, feo y negro no podía ser tan inteligente como el bien hecho, guapo y rubio.

Cometía el Epístola, al hablar, faltas no raras en hombre sin cultura. Decía, como el Peinado, _diferiencia_ y _ojecto_, y pronunciaba muy a menudo _Ingalaterra_.

En la conversación, el tejedor se confesó sansimoniano, cosa para Alvarito poco recomendable. Álvaro concebía todos los sansimonianos como Palassou, el zapatero melenudo, vecino suyo, de la calle de los Vascos; es decir, como un tipo ridículo y extraño.

El Epístola explicó cómo las desigualdades humanas venían de la desigualdad económica, y cómo el ideal de la justicia distributiva sería la realización del programa sansimoniano, encerrado en esta frase: «A cada uno, según su capacidad; a cada capacidad, según sus obras».

—Todos creemos —le replicó Alvarito un poco rudamente— que la fortuna no nos da lo que merecemos; ¿quién va a calcular nuestros merecimientos y nuestras obras?

—Tiene usted razón, caballero —dijo el Epístola—; pero es el ideal.

Aquel hombre, aquel obrero, era un metafísico amigo de divagar, de disertar sobre las cosas de la vida. A pesar de que en ciertas cuestiones no estaba bien enterado, se veía que discurría como persona muy inteligente y que valía la pena de oírle.

Según el Epístola, uno debía vivir para todos y todos para uno. El individualismo constituía la muerte de la sociedad. La sociedad, cuanto más viva, era más colectiva y sentía más su cuerpo como algo único.

Alvarito se quedó asombrado al oír a aquel hombre explicarse tan bien.

El tejedor indicó cómo creía él iba a transformarse la agricultura y la industria en España.

El boticario del pueblo dijo repetidas veces al Epístola:

—Aquí todos somos perezosos, descendientes de los moros, y tú no nos convencerás de que debemos trabajar ni pensar.

Según el tejedor, la guerra carlista era en el fondo la lucha del campo contra la ciudad.

—La ciudad quiere cambiar, agitarse y hacer ensayos —dijo—; el campo es siempre partidario de la inmovilidad, y lo viejo, por ser viejo, le parece respetable y adorable.

—¿Y no es así? —preguntó socarronamente el boticario.

—Para mí, no; lo nuevo, solo por ser nuevo, es siempre mejor.

La guerra había venido muy bien, según el Epístola a los locos impulsivos, aventureros y sanguinarios, que no tenían ya Américas que explotar. Todos estos tipos de españoles a la antigua seguían una línea de ambición individual. Espartero, Zurbano, Narváez, León, los carlistas convenidos en Vergara, y aun los no convenidos, como Cabrera, en seis o siete años lograban convertirse en personajes.

La guerra carlista había sido una sangría; todo el elemento activo de España se lanzó al campo, a prosperar ellos y a destruir el país.

—Se ha matado lo que se ha podido —siguió diciendo el Epístola—; se ha quemado igualmente con profusión; ahora España no tiene ganas de trabajar, ni ideal ninguno; ¿qué quiere usted que hagan estos guerrilleros?; si pudieran, inventarían otra guerra por un quítame allá esas pajas, y el hijo del carlista aparecería como republicano o como cualquier cosa; la cuestión, naturalmente, sería pelear, no quedarse en un sitio, andar de una parte a otra y probar la suerte.

—¿Usted no cree mucho en las ideas? —preguntó Alvarito.

—Las ideas han sido un pretexto: la legitimidad, la religión, cierta tendencia de separación en las pequeñas naciones abortadas, como Vasconia y Cataluña; pero en el fondo, barbarie. Después de estos fulgores de locura y de fanatismo, como un cuerpo enfermo después de la fiebre, España ha quedado casi muerta, y el individualismo se ha ensanchado de tal manera que no se nota la sociedad. Desde que la Iglesia ha perdido su asentimiento universal todo el mundo tira a Robinsón en esta tierra. El pobre se muere en un rincón sin ayuda ninguna, el rico se encierra en su propiedad a tragarse lo que tiene sin ser visto, el obispo ahorra su sueldo para la familia y el cura recoge las migajas del suelo. De tragadores ahítos y de lameplatos hambrientos sin placer y sin gusto, de esta clase de gente se compone hoy España. Nuestra tierra es un organismo desangrado y anémico, no por esta guerra, sino por trescientos años de aventuras y de empresas políticas. Es, además, país pobre, sin ríos navegables, sin lluvia suficiente. Es lo primero que debía reconocer España ante el mundo, que es un pueblo pobre, zarrapastroso, que se zafa de todos los compromisos y que quiere vivir para él solo. Nuestra casa es una casa mísera que ha gastado mucho y tiene que vivir ahora en la máxima estrechez. Además, no conocemos nuestra tierra. Ahora vamos sabiendo un poco de Geografía de la nación.

El Epístola bebió un sorbo de aguardiente y siguió diciendo:

—¿Qué ha pasado para que haya este vacío en la aldea y en la pequeña ciudad española? En estos pueblos, si se ha fijado usted, no hay sociedad, no hay jardines, no hay libros, no hay religión, no hay amores, no hay complicaciones, no se come ni se bebe bien. España no tiene cabeza. Madrid no se nota apenas en las provincias y las provincias no notan Madrid más que cuando hay asonadas o pronunciamientos. Se ve que nuestro país es un cuerpo débil, con la cabeza débil.

—Es la guerra.

—Claro, es la guerra. Todo el elemento vivo y enérgico se ha empleado en estos últimos años en la guerra. No se sabía lo que iba a pasar; pero había ilusiones que se han desvanecido. Los compradores de bienes nacionales, aunque por un lado desean que no haya frailes, por otro los quieren, y esto va a terminar por favorecer nuevas comunidades, probablemente a los jesuitas, que por otra parte no tienen derecho a recuperar nada. Hoy, los conventos están vacíos; los exclaustrados piden limosna y nadie los atiende; si va usted por los pueblos de España verá usted que todos los conventos están convertidos en cárceles y cuarteles. Aquí, a este pueblo, corresponden un obispo, ocho canónigos y quince beneficiados. Casi todas las plazas están vacantes. ¿Esto quiere decir que no hay religión? Yo creo que estamos como los enfermos débiles, que han perdido mucha sangre. No tenemos idea clara de lo que queremos.

—Indudablemente, la despoblación de España influye mucho en este marasmo —dijo Alvarito.

—¿Pero esto es un efecto o es una causa? —preguntó el boticario.

—No lo sabemos —contestó el Epístola—. Dos pueblos, a tres o cuatro leguas, están tan aislados el uno del otro, que no tienen apenas relaciones. Únicamente los carreteros y los guerrilleros conocen un poco el país; los que vivimos en los pueblos, a más de tres leguas a la redonda, ya no sabemos cómo es nuestra tierra. Con esta escasez de asuntos en la vida, el español actual está irritado. Las enemistades de los pueblos tienen los motivos más nimios. Un chico que haya tirado una piedra a un perro, un hombre que no haya saludado a otro, una mujer que haya cedido en la iglesia la silla a una vecina y no a otra, es motivo suficiente para enemistades que duran años. El que lee un periódico ya es un hombre ocupado.

—Es lo que me parece terrible de las aldeas españolas —dijo Alvarito—. No hay nada que hacer; es el vacío.

—Hay gente que vive una vida tan pobre, tan mísera, que no tiene huerta, ni libros; se pasa la vida haciendo solitarios o matando moscas. Ni comer ni beber —agregó el Epístola.

—¿Aquí se come poco también?

—Poco y se guisa menos. Alguien ha dicho que el hombre es el animal que guisa. Nosotros, los de estas regiones, debemos ser poco hombres porque guisamos poco.

—Pero yo creo que aquí no faltarán cocinas.

—No, claro es, pero guisoteamos poco; se hacen cosas fritas en una sartén, se comen verduras y ensaladas y se acabó. El único placer es el de la fruta, cuando la hay. Para gente que vive así, naturalmente, una ocasión de guerra es algo admirable.

El Epístola siguió hablando, divagando, siempre con originalidad. Alvarito le miraba a veces asombrado: que aquel hambre chato, feo, moreno, con aire de chino, sin cultura, que no había leído más que unos cuantos periódicos en toda su vida, se explicara de una manera original, le parecía un fenómeno maravilloso, algo como un milagro.

V

LA CASA DEL GENERAL

Al día siguiente de llegar a Albarracín, el boticario invitó a Alvarito a ir a la casa mejor del pueblo, la del general Navarro. Era una visita casi oficial para los forasteros distinguidos. La casa de Navarro, en la calle mayor, daba por la parte de atrás a la muralla y dominaba las rocas del río sobre el barranco del Guadalaviar.

Era una casona grande, con habitaciones inmensas, blanqueadas, con zócalos azules y vigas del mismo color en el techo, con los suelos de ladrillo rojo y algunos de tierra mezclada con cal. Tenía patios, corrales, escaleras estrechas, un pozo y una porción de rincones y de cobertizos. La cocina de la casa, inmensa, con el suelo de tierra apisonada y una chimenea enorme, estaba cimentada sobre una piedra de la antigua muralla del pueblo.

Ocupaban el primer piso varias salas, y entre ellas una grande, medio biblioteca, con huecos de balcones a una galería. En la barandilla de hierro de esta, el padre de Navarro había hecho muescas con números y letreros para indicar hasta donde llegaba el sol en diferentes épocas del año y a distintas horas.

En este salón biblioteca, el general Navarro tenía algunos libros de Geografía y de Historia de América, varias obras que trataban de la guerra de la Independencia española y distintos mapas en las paredes con cruces pintadas, rojas y azules, indicadoras de la marcha de los ejércitos y de las batallas.

El general pretendía haber sido hombre importante y guardaba todos los documentos de bandos y órdenes firmados por él en su vida pública en varias carpetas.

El salón tenía un aire oficinesco y burocrático; los sillones, las sillas, el sofá, las mesas y dos armarios, todo era negro.

Desde la galería de esta sala se veía muy abajo el álveo del Guadalaviar, como un barranco con calizas de ocre amarillento; el río, verde en el fondo, con un color gelatinoso, y las orillas con muchas huertas.

Don Joaquín Navarro, hombre viejo, derecho, estirado, con peluca, con el bigote y la perilla teñidos, vestido de negro, había llegado a mariscal de campo. Militó en la guerra de la Independencia a las órdenes del conde de España, y después, en América, con Canterac.

El general estuvo largo tiempo separado de su mujer y después reñido con su hija, por haberse casado esta con un pobre hombre sin recursos.

Don Joaquín Navarro se sintió artista al volver a su casa, retirado, y pintó en las paredes muchos frescos sin maestría, pero con cierta gracia.

Representó varios paisajes con molinos y puertos y una batalla naval entre ingleses y españoles. Se retrató también él mismo en uno de sus frescos en actitud amanerada, como la mayoría de los héroes de la guerra de la Independencia, jinete en un caballo encabritado al lado del puente levadizo de una fortaleza española en América. Todas aquellas pinturas produjeron gran admiración en el pueblo.

Otras originalidades caracterizaban al general. Arregló en la casa un teatro y una capilla.