Part 21
Alvarito había podido notar el contraste de la España humilde y de la España petulante; por una rara paradoja, la España humilde, olvidada, y a la que nadie elogiaba, le había parecido hermosa y llena de sabor; en cambio, aquella España, cantada antes y después por los Chateaubriand, los Washington Irving y los Gautier, se le antojó un poco lugar común, un tanto baratija teatral.
De Granada, al viajero se le ocurrió marchar a Málaga, y de allí, partir y dar la vuelta a España, embarcado.
Salía una diligencia de Granada a Motril; pero estaban todos los sitios ocupados, y Álvaro decidió alquilar un coche y marchar solo.
De Granada a Motril, el camino era muy malo y desierto. No se cruzó más que con recuas de burros, al salir de Granada, y después, de tarde en tarde, con algunas carretas. A un lado y a otro comenzaban a aparecer grandes piteras con sus paletas verdes, casas pequeñas y ventorros medio derruidos. En ciertos puntos de la carretera se pasaba entre nubes de polvo.
A trechos muy largos, entre montes secos, con peñas y matorrales, se veían algunos angostos valles fértiles.
Todo el campo le pareció trágico, abandonado, árido y solitario.
Ya muy entrada la noche llegó a Motril y durmió en la primera posada que le salió al paso.
Al día siguiente alquiló otro cochecillo y se dispuso a marchar a Málaga rápidamente. Cruzó por campos de caña de azúcar y por algunos pueblos próximos al mar.
Comió en uno de estos, y poco después de comer, a primera hora de la tarde, chocó el coche con una piedra, se torció una de las ruedas y tuvieron que parar para componerla.
—Si quiere usted esperar —le dijo el cochero—, voy a ver si encuentro al herrero del pueblo.
—Bueno. Esperaré.
Había cerca un pueblecillo; una aldea, respaldada sobre un cerro, con casas cuadradas, de un piso, como las de un nacimiento de chicos. Cerca del pueblo, a una distancia de un kilómetro próximamente, en la playa se veía un fuerte militar abandonado.
Alvarito estuvo sentado al borde de la carretera, mirando al mar, cuando se le acercó un campesino a ofrecérsele por si necesitaba algo.
El hombre le dijo:
—Si _uté_ quiere, yo _etaré_ aquí y _uté_ puede _asercarse_ a la playa. Ya le avisaré cuando tengan _arreglao_ el coche.
Alvarito se sentó en el campo.
Estando tendido en la hierba se le acercó un carabinero, con su fusil; un veterano, grueso, amable y sonriente, con un hablar de León o de Zamora.
—¡Buenas tardes!
—Buenas tardes.
—¿Qué le ha pasado a usted, caballero? ¿Se le ha estropeado el coche?
—Sí; ha chocado contra una piedra y ha saltado la rueda. El cochero ha ido al pueblo a ver si encuentra alguna herramienta y alguien que le ayude.
—No sé si encontrará a nadie. Es un pueblo chico.
—¿Cómo se llama?
—La Herradura.
—Así que hemos dado en la herradura y no en el clavo —dijo Alvarito filosóficamente.
—¿Usted no es de por aquí? —preguntó el carabinero.
—No.
—¿Dónde vive usted?, aunque sea mala pregunta.
—Vivo en Bayona, en Francia.
—¡Ah! Lo conozco. He estado de servicio en Irún. ¿Quiere usted venir a tomar algo? Ahí, en ese cuartel antiguo, tenemos una cantina. El coche tardará en arreglarse.
—Bueno; aquí en la carretera ha quedado un hombre y le voy a avisar.
—Dígale usted que, cuando tengan arreglado el coche, que le llamen.
Alvarito volvió a la carretera.
—¿No ha llegado aún el cochero? —preguntó al campesino.
—_No zeñó._
—Cuando venga, llame usted; yo estaré ahí abajo.
—_Zi zeñó._
—No se le olvide.
—_No tenga uté cuidao. Yo, cuando me pongo a zervir, me tiro de cabesa._
La frase hizo reír a Alvarito. Bajó con el carabinero a la cantina, estuvo charlando con él, hasta que le llamó el campesino. Habían arreglado el coche. Subió a la carretera con dos carabineros y tomó de nuevo el camino de Málaga.
—_Eso carabinero son muy tuno_ —le dijo el cochero riendo.
—Pues ¿por qué?
—Que _etaban hasiendo_ un alijo de tabaco de contrabando con el _vito_ bueno de _lo carabinero_ cuando usted se ha _plantao presisamente_ en el sitio desde donde se veía _to_. Han debido _etar_ al principio muy _amocaos_ al verle.
—Tiene gracia.
Con mucho retraso y ya entrada la noche pudo llegar Alvarito a Málaga.
Al día siguiente marchó al puerto a enterarse. No había ningún barco que fuese al Cantábrico o a Burdeos. Le dijeron que para hacer el viaje por mar sería mejor trasladarse a Cádiz y esperar allí a ver si encontraba algún vapor que saliera en la dirección deseada.
Como veía la cosa difícil y estaba cansado de tener iniciativa, se decidió ir a Madrid en diligencia.
En Madrid no le chocó nada, llegando de aldeas pobres y de campos desolados todo le pareció grande, cómodo y hasta magnífico.
En la fonda se encontró con gente muy divertida, entre ella un cómico que hacía los papeles de barba en el teatro del Príncipe, un barítono italiano de ópera y un torero.
Los tres tenían gran amistad y solían ir a verse trabajar y se juzgaban unos a otros severamente.
El cómico era el más vanidoso de todos; luego, el torero, y el barítono, cosa rara en un cantante, era el más modesto.
Alvarito vio, por primera vez, una corrida en la que toreaba el compañero de la fonda; pero el espectáculo no le produjo más que desagrado. Luego, en la mesa, oyó los comentarios del actor y del barítono juzgando la faena del torero.
El barítono tenía muy buena idea del cómico.
—Es un hombre genial —le dijo a Álvaro—, pero se va a malograr. Tiene inspiración, fuego; pero no basta la inspiración, hay que estudiar, hay que trabajar y él no estudia. Bebe mucho y la voz se le va a enronquecer en seguida. Es una lástima.
Álvaro fue al teatro del Príncipe a ver al cómico.
No representaba la compañía casi nunca obras españolas; la mayoría de las veces ponían en escena traducciones de comedias y melodramas franceses, de Dumas, Scribe y de Bouchardy, arreglados, mutilados, lo que les daba un aire híbrido y falso.
En algunos momentos felices, el cómico le pareció a Alvarito que estaba inspirado; pero en general, se le veía distraído y se comprendía que no se sabía el papel, por lo mucho que miraba al apuntador. Álvaro no podía compararle con otros actores, porque no había visto ninguno de importancia; pero encontró que sus buenos momentos no compensaban del todo el descuido que tenía en el resto de la obra.
El barítono Campana se hizo amigo de Alvarito. Campana era un cantante que cumplía siempre y que trabajaba a gusto.
—Es lo que nos pasa a los medianos —decía él—, tenemos en general la seriedad y la puntualidad que no tienen los ilustres.
Álvaro fue varias veces a la ópera a oírle.
El barítono Campana conocía al caballero Aquiles Ronchi, uno de los amigos y confidentes de la reina María Cristina. Campana le dijo a Alvarito que le llevaría a casa de Ronchi.
Efectivamente, fueron los dos a visitarle. Ronchi vivía en la plaza de Oriente. Estaba muy rico. La dirección de las Loterías y la protección decidida de María Cristina, le habían llevado a la opulencia.
Alvarito se quedó sorprendido con la exuberancia y la facundia del napolitano. Hablaba una mezcla de castellano, francés e italiano muy cómica. Estaba vestido de comendador de una Orden napolitana, parecía un cochero de casa grande. En aquel momento salía para Palacio.
Ronchi, le conocía mucho a Aviraneta.
Cuando le dijo Álvaro que veía a don Eugenio en Bayona todos los días, el italiano se alegró.
—_¿Que fa nosso amico Afiranetta?_ —le preguntó al joven.
—Está allí, en Bayona.
—_¿Sempre intrigando?_
—Siempre.
—_¡Oh, quel tipo! ¡Que imaginazione! ¡Que folontá! Ferdaderamente Afiranetta es un uomo extraordinario._
—Sí, es un tipo raro.
—_Oh, raro no... marafillosso, stupendo. ¡Que fitalidá! ¡Que enerchia! Yo le dico a la nossa Rechina fachiano algo por este uomo admirable y no quieren hacer niente, niente._
Ronchi dijo que presentaría a Álvaro a la reina Cristina; pero Álvaro se negó; dijo que él no tenía categoría para ser presentado en Palacio; que no era más que un empleado de una tienda.
—_Está bene. Está bene_ —dijo Ronchi dando palmadas en el hombro del muchacho.
Ronchi bajó las escaleras de su casa acompañado por Álvaro y Campana y al tomar el coche les dijo que fueran a almorzar al día siguiente con él.
—¿Vendremos? —preguntó Campana a Alvarito—. ¿Tiene usted algún compromiso?
—Yo, ninguno.
—Entonces _¡Addio! ¡Addio! ¡A rivederci!_ —gritó Ronchi al subir en el coche saludando con la mano. Al día siguiente en el almuerzo Ronchi contó una porción de anécdotas de su vida de cuando fue revolucionario. Había estado indicado para matar al Rey de Nápoles antes de la revolución de 1799.
Preso por regicida y condenado a muerte, se fugó de la prisión. Cuando relató su escapatoria, por el tejado de la cárcel, en calzoncillos, el día mismo de la ejecución, Alvarito y Campana se rieron a carcajadas. Desde aquella época, y viendo la traición de sus compañeros, el napolitano había dejado la política asqueado. Luego contó sus impresiones cuando en una ciudad de Argelia estuvo a punto de ser empalado, y él reclamaba la cuerda. Después sus aventuras en los bulevares de París en donde vendía chucherías a cincuenta céntimos.
Para Ronchi la vida no había sido más que un eterno Carnaval. Todo era locura en el mundo, de arriba a abajo. La lotería, que el mismo Ronchi dirigía en España... ¡Qué engaño! ¡Qué saca cuartos! El Palacio. ¡Qué Carnaval! La guerra. ¡Qué farsa!
¡Y qué decir de María Cristina, su _padrona_ enamorada como una loca del _signore_ Muñoz, el hijo del estanquero de Tarancón, echando todos los años un crío al mundo! Estaba loca. ¿No traía a la familia de su amante al _Palazzo_ para exhibirla ante el público? ¿No se hablaba de tú con los padres del _signore_ Muñoz? Era una _follia_, una _pazzia_.
Alvarito, en las palabras de Ronchi, encontró una nueva edición de la Nave de los Locos...
Al día siguiente, Alvarito tomó la diligencia para la frontera. Mientras iba en el coche, pensaba en ese gran misterio que somos unos para otros y a veces uno para sí mismo.
¿Quién sabe lo qué pensará ese hombre, lo que preocupará a esta mujer, lo que soñara esa jovencita, si es que sueña con algo? —se decía.
Al llegar a la frontera, al notar la tranquilidad y el orden que reinaba en Francia, llevó su imaginación inmediatamente, con melancolía, hacia las tierras de España, a aquella Nave de los Locos, desgarrada, sangrienta, zarrapastrosa y pobre que era su país.
Madrid, marzo de 1925.
FIN DE LA NAVE DE LOS LOCOS
ÍNDICE
Páginas.
PRÓLOGO 7
PRIMERA PARTE EN BUSCA DE CHIPITEGUY
I.—La Nave de los Locos 51 II.—Alvarito y Manón 54 III.—El sátiro de Sara 58 IV.—En Vera 64 V.—Ollarra 68 VI.—Las habilidades de Ollarra 74 VII.—Los Bertaches 80 VIII.—Frechón y Malhombre 87 IX.—Sueños 94
SEGUNDA PARTE MANIOBRAS DE AVIRANETA
I.—Noticias políticas 97 II.—La actitud de Gamboa 102 III.—A orillas del Bidasoa 107
TERCERA PARTE CALAMIDADES DE LA GUERRA
I.—El tío Tomás y el Esqueleto 117 II.—El valle de Araquil 126 III.—Papá Lacour 134 IV.—Los extranjeros 143 V.—Parejas de soldados 149 VI.—Belascoáin 157 VII.—Prisioneros 170 VIII.—La cárcel 177 IX.—Fantasías 183
CUARTA PARTE VUELTA A BAYONA
I.—Noticias 187 II.—Lo que hacía Aviraneta 193 III.—Rosa, Dolores y Manón 198 IV.—Las preocupaciones de Chipiteguy 203 V.—Proyecto de nuevo viaje 205
QUINTA PARTE RASTROS DE LA GUERRA
I.—Un domingo de Carnaval en Vitoria 209 II.—El señor Blas, el mantero 217 III.—Recuerdos de Merino y de Balmaseda 222 IV.—Pueblos de Castilla 229 V.—La monjita de Almazán 242 VI.—Pueblos y campos de Castilla 249 VII.—Feria en Sigüenza 255 VIII.—Reflexiones sobre las fondas modernas y asépticas 271 IX.—El cura admirador de Cabrera 277
SEXTA PARTE NOTICIAS DE FRANCIA
I.—González Moreno 287 II.—Las mujeres y Aviraneta 290 III.—Aviraneta y Merino 293
SÉPTIMA PARTE LOCOS Y CUERDOS
I.—El Peinado 301 II.—Los guerrilleros de Palillos 306 III.—El oficio de saludador 315 IV.—El tejedor de Albarracín 318 V.—La casa del general 326 VI.—El campo 332 VII.—Los originales de Teruel 337 VIII.—Cañete 343 IX.—Los jefes 354 X.—Escapatoria 363 XI.—La terraza de la catedral 369 XII.—Un hombre enigmático 373 XIII.—Vuelta 383
OBRAS COMPLETAS
DE AZORÍN
DON JUAN EL CHIRRIÓN DE LOS POLÍTICOS UNA HORA DE ESPAÑA (ENTRE 1560-90) I. EL ALMA CASTELLANA II. LA VOLUNTAD III. ANTONIO AZORÍN IV. LAS CONFESIONES DE UN PEQUEÑO FILÓSOFO (AUMENTADA) V. ESPAÑA VI. LOS PUEBLOS VII. FANTASÍAS Y DEVANEOS VIII. EL POLÍTICO IX. LA RUTA DE DON QUIJOTE X. LECTURAS ESPAÑOLAS XI. LOS VALORES LITERARIOS XII. CLÁSICOS Y MODERNOS XIII. CASTILLA XIV. UN DISCURSO DE LA CIERVA XV. AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS XVI. EL LICENCIADO VIDRIERA XVII. UN PUEBLECITO XVIII. RIVAS Y LARRA XIX. EL PAISAJE DE ESPAÑA VISTO POR LOS ESPAÑOLES XX. ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA XXI. PARLAMENTARISMO ESPAÑOL XXII. PARÍS, BOMBARDEADO, Y MADRID, SENTIMENTAL XXIII. LABERINTO XXIV. MI SENTIDO DE LA VIDA XXV. AUTORES ANTIGUOS (ESPAÑOLES Y FRANCESES) XXVI. LOS DOS LUISES Y OTROS ENSAYOS XXVII. DE GRANADA A CASTELAR