Part 12
—Sí; la guerra todo lo estropea y lo echa a perder, y para el que no es del país, andar en parajes extraños con guerra es mal negocio.
—¿Usted qué cree que debía hacer?
—Yo le voy a proponer a usted una cosa. Que venga usted conmigo a Almazán y de Almazán vaya usted a Cañete.
—¡Hombre!
—Si desconfía usted, no venga.
—No; ¿por qué voy a desconfiar? Pero me parece que se pierde mucho tiempo haciendo ese viaje por ahí.
—¡Ah! Si tiene usted prisa, no le digo nada.
—No, prisa no tengo.
—De aquí a Almazán tardaremos una semana. De Almazán a Cañete, por Teruel, puede usted ir en un par de días; pero quizá le pueda acompañar algún conocido de confianza. Yo le ofrezco a usted una mula que tengo libre, usted paga sus gastos y yo los míos. Usted se preguntará, pensando en mí: ¿Qué puede salir ganando este hombre con ir conmigo? Nada; tener un compañero de viaje amable.
—¡Muchas gracias!
—Ya se sabe lo que dice el refrán: «Compañía de dos, compañía de Dios». Conque piénselo usted. Yo mañana me voy.
—Le agradezco a usted mucho el ofrecimiento.
—Nada, nada. Usted esta noche me dice sí o no y tan amigos.
—El caso es que traigo equipaje bastante grande, una maleta y un maletín, que no creo que serán fáciles de llevar en un mulo.
—Pues si me quiere usted hacer caso a mí, no lleve usted más que el maletín. Una muda o dos y basta.
—¿Y qué hago con la maleta?
—La devuelve usted a su casa. Usted no sabe lo molesto que es llevar equipaje; que aquí la aduana, que allá los consumos... el policía que necesita ver si lleva usted papeles sospechosos. Es un martirio. En cambio, con el maletín va usted mejor, lo puede usted llevar en la mano. ¿Que se le estropea a usted una cosa? La compra usted en el camino y adelante.
—Sí, creo que tiene usted razón.
—En fin, usted piénselo.
II
EL SEÑOR BLAS, EL MANTERO
Alvarito pensó en el ofrecimiento del señor Blas y consultó su mapa. Era indispensable dar un rodeo bastante grande para seguir el itinerario del mantero; él no tenía prisa. El señor Blas parecía buena persona y hombre perfectamente enterado. Por otra parte, el viaje en diligencia se le antojaba incómodo y de una estupidez extraordinaria.
Alvarito se decidió por seguir el itinerario del señor Blas; envió su maleta grande a Bayona, se quedó con su maletín y por la mañana siguiente salía en su mula camino de Miranda de Ebro.
El señor Blas, gran compañero de viaje, servicial, amable y decidor, no se impacientaba. Conocía muy bien todos los pueblos del trayecto y de todos sabía un gran montón de historias y anécdotas.
Fuera de la carretera principal, por donde rodaban las diligencias, los demás caminos de herradura estaban imposibles, descuidados, deshechos, llenos de baches, con relejes profundos y en parte borrados por las matas y las hierbas parásitas.
En leguas enteras, sobre aquellos caminos formados por cantos de río, los caballos y los mulos apenas podían andar. En algunas partes, los arroyos cruzaban las carreteras. No se pisaba más que lodo o polvo, lodo donde se hundían los caballos hasta los corvejones y polvo que se levantaba en nubes espesas.
Alvarito se sorprendió de este abandono.
—Es la guerra —dijo el señor Blas—. Cuando vaya usted por el mediodía verá que allí los caminos son todavía peores. Toda la parte de Castilla que vamos a cruzar se puede recorrer con relativa seguridad, porque ya no hay carlistas, aunque quedan malhechores sueltos que pretenden dar a sus fechorías de bandidos un aire político. En todo queda el rastro de la guerra, miseria, hambre, desorden, peste; pero no hay gran peligro de ser acometido.
Alvarito vio que en casi todos los pueblos un poco granados por donde pasaron, el mantero visitaba a sus corresponsales para preguntarles si deseaban algo.
—Veo que cultiva usted su clientela —observó Alvarito.
—Amigo, ya se sabe —contestó el señor Blas sentenciosamente, y añadió—: En esta vida caduca, el que no trabaja no manduca.
El señor Blas se manifestaba como hombre alegre, expansivo y bien avenido con la vida.
En todas las posadas y paradores de los pueblos castellanos viejos donde se detuvieron, entre Miranda y Burgos, oyeron relatar hazañas del cura Merino, de Balmaseda y del Empecinado.
Fuera de los asuntos cotidianos de comprar y de vender, era lo único que interesaba.
Al principio, la incomodidad del alojamiento hizo quejarse a Alvarito a solas; pero se acostumbró, como se acostumbra uno a todo, al frío de las posadas y mesones y a dormir casi siempre vestido.
En los primeros días el viaje fue monótono. La llegada a Burgos por la mañana y la vista de la ciudad, con su aire severo, las agujas caladas y grises de su catedral y sus casuchas pequeñas alrededor, produjeron a Álvaro gran impresión. Creía asomarse a la Edad Media.
El Arlanzón lo encontró muy pequeño. Acostumbrado a Bayona, con sus dos ríos, y a Burdeos, que también había visto, con el magnífico Gironda, los pueblos de España, con sus riachuelos, le daban la impresión de secos. No se veía agua por ningún lado, montes secos, tierra seca, todo seco.
En Burgos, el señor Blas y Álvaro fueron a una posada de la calle de la Calera, y después Álvaro cruzó el puente y se acercó a la catedral.
Tenía idea vaga del arte gótico, cogida en el _Magasin Pittoresque_ y en _Nuestra Señora de París_, de Víctor Hugo, idea no solo vaga, sino también oscura.
Entró en la catedral y se quedó maravillado. No sabía gran cosa de aquello y se fue acercando a un sacristán o pertiguero con la idea de hacerle algunas preguntas.
El pertiguero peroraba comentando una corrida de toros, en el centro de un grupo de mendigos y de granujas.
El taurófilo sacaperros, no contento con las explicaciones verbales, se puso a marcar las suertes de Paquiro Montes, con la capa en una mano y la pértiga en la otra, y después de agitar la capa, dijo convencido:
—Ni Jesucristo lo hace mejor.
Esta invocación de Jesucristo en una cuestión de tauromaquia le dejó a Alvarito asombrado y le quitó el deseo de hacer ninguna pregunta al pertiguero.
Al oírlo, pensó en Chipiteguy y supuso que al viejo seguramente le hubiera parecido que la Dama Locura, con su gorro de cascabeles, no andaba muy lejos de por allá.
Al salir por una de las puertas, Alvarito se vio acosado por una nube de mendigos pedigüeños y escapó, después de luchar a brazo partido con ellos.
Eran tipos de mendigos extraordinarios. Un ciego arrodillado, inmóvil como una estatua, con la cabeza hacia arriba y un platillo en la mano, exclamaba con voz dramática: ¡No hay prenda como la vista! ¡Santa Lucía bendita les conserve este precioso don! Otro, vendado, con úlceras en las piernas, andando con dos muletas, gritaba: Tengan lástima y compasión de este pobre baldado. Un tercero, sin duda mudo, aullaba y agitaba una campanilla y mostraba un plato para que echaran en él la limosna.
Aquella nube de mendigos desarrapados producía verdadero terror.
Alvarito, volviendo a la posada, creía observar que la gente tomaba el sol y hablaba mucho en los corros y trabajaba poco.
—Veo que aquí hay mucho vago —dijo al señor Blas.
—Esa es una planta que abunda más cuando más al mediodía se va. Quizá sea cuestión de clima.
Permanecieron en Burgos dos días y por la tarde del segundo salieron camino de Lerma. El señor Blas contó a Alvarito su vida y sus trabajos con grandes pormenores.
En Lerma se hospedaron en el Parador de las Diligencias; y aunque el señor Blas tenía un amigo, no quiso ir a su casa.
—¿Por qué no va usted? Si es por mí, no tenga usted escrúpulo. Yo iré al parador solo —dijo Alvarito.
—No; ya he estado en casa de ese señor varias veces y hay que seguir el refrán: «Al amigo y al caballo no hay que cansallo».
Fueron los dos compañeros al parador y el señor Blas a visitar a sus clientes.
A medida que andaba y trajinaba, Alvarito notaba dos efectos, muy importantes para él: soñaba poco y pensaba menos en sus penas. No era, naturalmente, la curación, pero sí el apaciguamiento, especie de insensibilidad en su herida, que se le producía al perder el espíritu su concentración; al esparcirse en la naturaleza y al preocuparse por los mil detalles del camino.
III
RECUERDOS DE MERINO Y DE BALMASEDA
Durante el viaje, Alvarito fue reflexionando y comparando. En el camino de Lerma comenzó a llover. Álvaro pensó que la lluvia parecía más fea en Castilla que en Vasconia. Aquellos días lluviosos, suaves, de los alrededores de Bayona; aquella lluvia mansa sobre los prados verdes no era la de los campos castellanos. En cambio, en Castilla encontraba el sol más dorado, más hermoso.
Al llegar a Lerma, Álvaro, a quien no le molestaba, después del ajetreo de los días anteriores, pasar unas horas quieto, se sentó en la chimenea de la cocina de la posada a oír hablar a los arrieros y tratantes, que iban y venían de pueblos lejanos.
La gente, a pesar de que debía de estar ya cansada de hablar de la guerra, seguía ocupándose de ella con apasionamiento. Se debía haber discutido mil veces las aventuras y los hechos de Merino y de Balmaseda. Era el Romancero de la época, sobre todo de los campos. En las ciudades, la literatura corriente estaba más influida por la política.
Los viejos de los pueblos, como para demostrar la superioridad de su tiempo, hablaban de la guerra de la Independencia, de la Francesada, como decían ellos; pero la guerra civil apasionaba más.
Acabada la tarea de Lerma, Alvarito y el señor Blas tomaron el camino de Aranda, camino largo, pesado, que recorrieron, en parte, a fuerza de hablar, de discutir y de contarse todas las historias que sabían. No pudieron llegar hasta Aranda porque en algunas partes el camino estaba infranqueable, por lo fangoso, y se detuvieron cerca de Gumiel de Izán en el mesón del Galgo.
Mientras esperaban la cena siguió Alvarito contando al señor Blas la vida de alguno de sus conocidos en Bayona, y entre ellos citó varias veces a don Eugenio de Aviraneta.
—¡Caramba, don _Ugenio_! —dijo un hombre que estaba en la cocina—. Yo le conozco mucho.
—¿Usted le conoce?
—Sí; aquí en Aranda estuvo de regidor y de jefe de la _melicia_ nacional hace más de quince años. Yo he sido _meliciano_ con él.
—¡Hombre! ¡Qué extraño!
—Sí. Algunas barbaridades hicimos juntos; pero también nos las dieron buenas.
—Es raro que encuentre uno aquí gentes que conocen a los amigos de Bayona —exclamó Alvarito.
—Este mundo es un pañuelo —dijo sentenciosamente el señor Blas.
—¿Y qué hace ahora don _Ugenio_? —preguntó el ex miliciano.
—Está en Bayona.
—Aquel siempre andará con sus intrigas y sus maquinaciones. Es _atravesao_, de la piel del diablo.
El ex miliciano habló con cierta ironía de la milicia nacional de su tiempo, de la campaña de Cataluña en 1823, a las órdenes de Mina, y del antiguo entusiasmo por la Constitución, cuando Miniussir, un italiano, teniente coronel del regimiento de Barbastro, preguntaba a su tropa: «Barbastro, ¿cuál será tu suerte?». Y los soldados contestaban a coro: «Constitución o muerte».
El antiguo miliciano se reía al recordar tales cosas.
Al día siguiente, Alvarito y el señor Blas fueron a Aranda, pueblo convertido en barrizal con la lluvia del día anterior. En la posada, con pretensiones de fonda, les sirvieron café con leche y pan, y Alvarito, creyéndose en casa de Chipiteguy, dijo al mozo:
—Deme usted también un poco de manteca de vaca.
—Aquí no se gasta eso —contestó el mozo con rudeza.
Y una vieja añadió:
—Esa es comida de protestantes.
—¿De protestantes? —exclamó Alvarito asombrado—. No veía la relación entre el protestantismo y la mantequilla; pero pensando en ello comprendió que, así como el catolicismo es fundamentalmente aceitoso, el protestantismo está más bien impregnado de manteca.
Alvarito comentó con el señor Blas la molestia que produce en la gente el tener costumbres que no son las suyas.
—¿Qué quiere usted? —dijo el mantero—. Costumbre buena o mala, el villano quiere que vala o que valga, que es igual.
Realmente, la costumbre antigua y rutinaria tiene indudablemente grandes ventajas y comodidades.
Por la noche, el señor Blas llevó a Alvarito a un café, con honores de casino, de la plaza. Se reunían allí arrieros, capataces de fincas y aperadores, unos carlistas y otros liberales. Estaba también un relojero, el señor Schültze, suizo, que conoció a Aviraneta en su época de regidor constitucional, y un farmacéutico, el señor Castrillo.
Se habló de la guerra, y principalmente de Merino y de Balmaseda. De Merino, Álvaro había oído a su padre y a los carlistas de Bayona relatar varias anécdotas, pero no de Balmaseda, cuya existencia ignoraba.
Uno de los contertulios de café, un arriero, contó rasgos de la vida de este cabecilla.
—Balmaseda es de Fuentecén —dijo—, pueblo que está en el camino entre Aranda y Nava de Roa. Yo soy de un lugar de al lado y he oído contar muchas historias de su vida.
—¿Qué tipo es? —le preguntaron.
—Es un tipo extraordinario; tiene una estatura de gigante, unas fuerzas de toro y la piel atezada y negra.
—¿Usted le ha conocido?
—¡Sí, le he conocido! Ya lo creo. Juan Manuel, así se llama Balmaseda, es un frenético, un loco. Siempre ha querido ser el primero a toda costa; por eso se puso contra don Basilio en la expedición que mandaba este, y luego, contra Maroto. En sus proclamas hablaba siempre de exterminar a los traidores, de destruir la infame canalla y de acabar con la anarquía. Si entraba en un pueblo, Balmaseda fusilaba a todo el mundo, aunque hubiera dado palabra de respetar la vida de los prisioneros. Dejaba a los soldados que saquearan libremente. Se robaba, se violaba a las mujeres y se acababa incendiando todo.
—¿Tan bruto era? —preguntó Alvarito.
—Sí; desde mozo fue así —dijo el arriero—. Una vez, siendo Juan Manuel muchacho, riñó con un tío de su pueblo, el tío Freilón, y le pegó un puñetazo en la cara que le saltó tres dientes. Antes de comenzar la guerra andaba escapado por sospechoso; cuando volvió a su pueblo se metió en casa de don Diego Gibaja, su enemigo; le cogió el mejor caballo y se lo llevó. Luego, en la guerra, cuando entró en el pueblo, fusiló a muchos de sus amigos porque no eran carlistas; les mató las mulas, los caballos y hasta los gatos, y les quemó las casas.
—Pero eso no es un hombre, sino una fiera, un animal salvaje —dijo Alvarito.
—Pues así era él —replicó el arriero—. Cuando entró en Fuentecén vio impasible cómo fusilaban a un amigo con quien antes de echarse al monte jugaba al tresillo; cómo mataron a un mozo que había estado de criado suyo y cómo violaron a una muchacha, amiga de su familia, y luego la mataron de un culatazo en la cabeza.
—Allí ya se sabía cuál era la _consinia_ —dijo un aldeano—: _afusilar_ a todo Cristo.
—Era un tío muy bragado —añadió un viejo.
—Sí; pero a pesar de eso —dijo Castrillo, el farmacéutico—, cuando vino el manco, don Saturnino...
—Otro que tal baila, que ha sido traidor a todos —saltó uno con aire de labrador.
—Bien, eso no tiene nada que ver; pero don Saturnino el Manco le dio una paliza a Balmaseda en Campisábalos que lo dejó turulato y por poco no le coge, y eso que llevaba menos gente que el otro.
Los carlistas no hicieron mucho caso de las palabras del farmacéutico.
—Juan Manuel es un hombre que no puede resistir la contradicción —indicó un aperador carlista.
—Entonces, ¿cómo obedecía a Merino? —preguntó el relojero suizo.
—Merino le tenía miedo.
—Merino siempre ha sido un pastelero —dijo el farmacéutico liberal—; con toda su apariencia de hombre terrible e intransigente, se ha acomodado a todo.
—Con Balmaseda estaba de acuerdo por su crueldad —replicó el suizo.
—¿Y qué hace Balmaseda ahora? —preguntó uno.
—Pues dicen que se va a Rusia.
Alvarito, indignado, oyendo aquellas fechorías de Balmaseda, pensaba que no podía nadie enorgullecerse de ser carlista, de ser español, ni aun siquiera de ser hombre.
Sin embargo, era necesario reconocer que a la mayoría de las personas que iba viendo en España les parecía mal la crueldad de la guerra, la gente no tenía instintos tan fieros y todos se daban cuenta de la barbarie de los cabecillas.
¿Cómo, sin embargo, habían ocurrido crueldades de aquella clase hacía tan pocos años?
El tiempo transcurrido no era bastante para que los españoles cambiaran de sentimientos. ¿Es que la gente, en tiempo de guerra, es distinta a la que vive en tiempo de paz? —se preguntó Álvaro—. ¿Es que hay dos clases de gentes? Sería difícil averiguarlo. Todo país es indudablemente un enigma, porque cada hombre lo es también. Quizá la naturaleza hace emisiones de locos y emisiones de cuerdos, como el Estado fabrica billetes de Banco de distintas clases o monedas de distinto cuño, que luego se recogen o se pierden. Tales alternativas de brutalidad y de dulzura quizá sean de influencia cósmica, como los períodos glaciares en las épocas prehistóricas.
Al retirarse del café para ir a la posada, el señor Blas le dijo a Alvarito:
—Un consejo. Cuando llegue usted a un pueblo que no conozca, no haga comentarios. Oír, ver y callar. Aquí no importa que se haya corrido usted un tantico de la lengua, porque este pueblo es ya grande; hay gente de un partido y de otro, y además, a mí me conocen; pero en otro lado, chitón.
IV
PUEBLOS DE CASTILLA
De Aranda fueron a Sepúlveda, en compañía de un comerciante de paños, amigo del señor Blas, que se llamaba García de Dios.
El señor García de Dios, alto, de cara muy larga de caballo, la barba negra, huesudo, anguloso, con las manos cuadradas y los pies grandes, hubiera parecido enérgico sin la boca, con el labio belfo, de hombre débil.
—¡Anda, Dios! —le decían en broma.
Era el señor García de Dios perezoso y poco activo, un dios de Sábado bíblico.
A mitad de camino, el señor Blas, García de Dios y Alvarito se detuvieron a comer en la posada de un pueblo. Charlaron largo rato entre ellos y con la moza rubia, muy guapa, que por la expresión, el color del pelo y de los ojos se le hubiese tomado por alemana.
Dejaron la posada y al salir oyeron gritos. Volvieron la cabeza y vieron un chiquillo que corría hacia ellos con los pies desnudos y llevando algo bajo el brazo. Se detuvieron.
—Esta manta que se han dejado olvidada —gritó el chico, y se la entregó al señor Blas.
Alvarito fue a dar unos cuartos al chico, que, sin esperar, se volvió corriendo al pueblo.
—Y luego dirán que los españoles somos ladrones por naturaleza —exclamó Álvaro.
—Todas las gentes pobres que marchan mal tienen mala fama —contestó el señor Blas.
—Así que para tener buena fama no es lo principal obrar bien, sino tener fuerza —preguntó Alvarito.
—Por lo menos, en la práctica, así es —contestó el mantero, sin dar mucha importancia a la frase suya, que encerraba una profunda filosofía bastante inmoral del éxito.
Hablaron el mantero y el señor García de Dios de sus asuntos de comercio con gran discreción y hablaron también de cuestiones familiares. Al oírlos, se preguntaba Alvarito:
—¿De dónde brotan esos hombres feroces y violentos de la guerra? ¿Por qué si hay en España una mayoría de gente como el señor Blas y el señor García de Dios no pueden imponerse a los frenéticos y a los locos?
Se podía encontrar indudablemente en España pobreza, abandono en las cosas materiales, egoísmo e indiferencia; pero no parecía que el número de la gente feroz y salvaje fuera tan grande para poder dominar el país.
Al llegar a Sepúlveda, el señor Blas y su amigo García de Dios se quedaron en el mesón de la Gallarda, donde acostumbraba a ir el mantero de Almazán. No había sitio allí y Alvarito fue llevado a una casa de la plaza, cerca del arco, que era antigua entrada del pueblo, a una posada, frecuentada casi exclusivamente por el señorío. A Alvarito le dieron un cuarto desde el cual se veía la torre de la antigua muralla, con un reloj flamante que acababan de poner.
En el comedor Alvarito conoció a una señora joven, sevillana, muy remilgada y muy redicha acompañada de un niño. La señora se encontraba en Sepúlveda con su padre y su chico, y como estaba aburrida de la soledad y deseosa de hablar, entabló conversación con Álvaro.
Por lo que contó, su padre era un indiano vizcaíno que, de vuelta de América, se había establecido en Sevilla. Ella estaba casada con un rico propietario de Marchena.
Su padre, con la manía de los negocios, había ido a Sepúlveda para ver si compraba una finca. Siempre andaba en movimiento, era su pasión, a ella en cambio le gustaba la tranquilidad. Y si le acompañaba a su padre era porque estaba ya muy viejo y no quería dejarle solo. Ella no deseaba más que volver a Marchena. ¡Ay! su Marchena.
—Mi chico _etaba_ en un colegio del Puerto —le dijo a Álvaro con una volubilidad de canario—, pero no tiene _afisión a estudiá_. Muy bien, hijo mío, le he contestado yo, ¿para qué te _va a calentá la cabesa? Tenemo_ una hermosa posesión en Marchena y otra en el Arahal (_el Arahá_ pronunciaba ella) allí hay _pájaro y flore. Dejémono de cuidao y vamo_ a la posesión, pero mi padre no quiere.
—Se aburrirá.
—Eso _e_, se aburre.
Entró el padre de la andaluza, un tipo curioso, hombre pesado, asmático, sombrío, vestido de negro, con el pelo blanco, la cara triste y cetrina y las cejas enmarañadas, con aire de desolación profunda. El hombre hablaba con acento vizcaíno en el que se enredaban algunas palabras pronunciadas a la andaluza.
La señora le presentó a Alvarito. Este se mostró un poco seco con el viejo y el vizcaíno por eso quizá le apreció más. Para el viejo los _negosios_ era lo único importante en la vida, donde no había _comersio_ no se podía esperar nada. En su desdén por todo lo que no fuera dinero, no sabía ni los nombres de los pueblos donde estuvo en América, y dijo repetidas veces que había vivido largo tiempo en _Guandalajara_, de Méjico.
—Si la cuestión única en la vida es ganar dinero —pensó Alvarito—, la cosa tiene poco interés.
La norma de vivir para ganar dinero le parecía a Alvarito demasiado estúpida para tenerla en cuenta. Este absolutismo del dinero no podía ser buena tesis más que para judíos y para vizcaínos enriquecidos en América.
Álvaro pensó que parecía mentira que de aquel hombre rudo, torpe y pesado, como hecho con un tronco de árbol y vestido con la más dura de las telas, hubiera salido aquella mujer vaporosa, insustancial y ligera. Al verlos juntos y saber que eran padre e hija se hubiese pensado en una mariposa hija de un elefante o en un megaterio padre de un mosquito.
Comieron en la mesa redonda y en la comida apareció un procurador y anticuario de Atienza, llamado don Matías Raposo, que venía a tratar de negocios con el vizcaíno. Hablaron mucho pero al parecer no se pusieron de acuerdo. Cuando no tenía argumento que oponer el viejo vizcaíno decía:
—Sí, sí..., pero no.
El señor Raposo, hombre de unos cincuenta años, pequeño, gordito, ya cano, afeitado, con anteojos, un poco barrigudo y con la sonrisa maliciosa, hablaba con ingenio.
Al ver que no había posibilidad de llegar a un acuerdo con el vizcaíno en el negocio de la venta de las fincas, se puso a charlar con la andaluza y con Alvarito.
El señor Raposo, por lo que dijo, era soltero y tenía mucha afición a la lectura. Estaba formando una gran biblioteca en su casa, comprando libros de algunos conventos cerrados por la desamortización. En alguna época, según dijo, le llegaban los libros a carros, y él los examinaba, quedándose con los interesantes y vendiendo los demás.
El señor Raposo sabía mucho de cosas populares y para demostrar sus conocimientos recitó romances antiguos: el de Baldovinos, el del Marqués de Mantua, el de don Gaiferos y Gerineldo, el de Fontefrida y de la Bella malmaridada.
A Alvarito le produjo gran placer el oír aquellos romances que no conocía.
Después se habló de la guerra, del distinto carácter que había tomado esta en el norte, en el centro y en levante, y el procurador, hombre culto, hizo un paralelo entre Cabrera y Zumalacárregui, que a Alvarito le produjo cierta sorpresa.
—Cabrera, es, indudablemente —dijo el procurador—, un hombre de suerte y de genio.
—¿Cree usted?