Part 11
Aviraneta preguntó dónde estaba Bertache. Ella le dijo que en aquel momento debía encontrarse en Elizondo.
—Entonces lo mejor sería que fueras a verle.
—¿Qué le digo?
—Dile que siga haciendo propaganda en contra de Maroto y de los demás generales castellanos y que cuando el coronel Aguirre, que está en San Juan de Pie del Puerto, dé el aviso, intente arrastrar a todos los sargentos y soldados de influencia del 5.º de Navarra para que se subleven. Iturri el posadero será el encargado de enviar a Bertache el dinero que se necesite.
—Bueno —dijo Gabriela—. Pasado mañana estoy aquí.
Al mismo tiempo que a Bertache se envió dinero a García Orejón, a Zabala y a otros para que provocaran la insubordinación de los batallones navarros.
A los tres días Gabriela volvió. Se había visto con Bertache en Elizondo y este necesitaba instrucciones, porque según él los acontecimientos se precipitaban.
Gabriela dio nuevos informes a don Eugenio. Bertache y la mayoría de los oficiales y sargentos del 5.º de Navarra estaban repuestos del espanto producido por las primeras medidas de Maroto. Se hallaban dispuestos a entablar la lucha contra el general francamente.
Respecto a García Orejón, perseguido por Maroto, se había refugiado en el pueblo de Gabriela en el Roncal.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó don Eugenio a la Roncalesa.
—Voy a volver.
—Bueno, pues diles a Bertache y a los demás que se sabe positivamente que Maroto está ya en tratos con los cristinos.
—¿Sí?
—Sí, su plan consiste en entregar a don Carlos y a la familia real al general Espartero que fue compañero suyo.
—Mejor sería que escribiese usted todo eso.
Aviraneta lo escribió. Les inducía a los oficiales a desacreditar a Maroto por todos los medios y a trabajar en ganar los sargentos y en ponerse a la defensiva. Aviraneta explicaba lo ocurrido y lo que iba a ocurrir y como los antiguos avisos suyos se cumplieron, los nuevos se consideraron como indudables. Al parecer, los oficiales y sargentos, al saber las noticias, manifestaron gran indignación contra Maroto y se prepararon a defenderse.
Gabriela volvió del campo carlista rápidamente con recado verbal de Bertache. El oficial del 5.º de Navarra pensaba que don Eugenio había adivinado desde hacía tiempo los planes ocultos de Maroto: todos los jefes y oficiales de los batallones navarros ya alarmados por los fusilamientos de Estella y la expulsión de los personajes del Cuartel Real, se veían amenazados por un desastre y estaban dispuestos a intentar algo contra Maroto, más les faltaba dirección y jefe.
Bertache esperaba que Aviraneta le indicase inmediatamente qué debían hacer. Unos días después Aviraneta tuvo una conferencia en Bayona con Duffeau, el secretario de Maroto, y por él supo que Espartero y Maroto estaban en negociaciones para hacer la paz.
¿En qué condiciones? ¿Sobre qué bases? Eso es lo que no pudo adivinar.
Duffeau era un jefe de batallón francés. En otoño de 1838 se presentó en el cuartel general de Maroto, a donde llegó sin recomendaciones y sin dinero.
Maroto, brusco con los extranjeros, se negó varias veces a verle; pero al fin le vio, conferenció con él y le hizo su secretario particular.
Duffeau se puso en relación con el intendente Arizaga, hombre listo, corrido y cínico y entre los dos empujaron a Maroto hacia el convenio.
III
ROSA, DOLORES Y MANÓN
Alvarito fue a visitar a Rosa y a Madama Lissagaray, y les preguntó por Manón. Le contestaron ellas con indiferencia. Estaba en París, escribía muy poco a su abuelo, y, por lo que se decía, frecuentaba la alta sociedad. ¿Sus señas? No las sabían o no las querían decir.
Si refiriéndose a Manón se mostraron madre e hija indiferentes, en cambio con Álvaro estuvieron muy amables. Todos los arrumacos, todas las amabilidades de Rosa y de su madre no podían conseguir que Alvarito olvidase a la nieta de Chipiteguy.
Rosa se ruborizó con mucha frecuencia al hablar con el muchacho. No parecía sino que había pasado algo entre los dos desde que no se veían.
Dolores llamó la atención a su hermano sobre ello.
—Rosa está muy interesada por ti —le dijo.
Alvarito oyó la observación con indiferencia.
Otros días fue Álvaro a visitar a Rosa y a Madama Lissagaray con la esperanza de encontrar noticias de la parisiense.
Dolores intervenía con habilidad impidiendo que se mentara a Manón y al mismo tiempo intentaba que su hermano tomara actitud más apasionada con Rosa.
Unos días después, Dolores dijo que entre Madama Lissagaray y ella habían pensado si Alvarito podría ir de dependiente o de encargado al bazar El Paraíso Terrenal. Álvaro no tenía ocupación en casa de Chipiteguy.
Álvaro contestó que lo consultaría con el trapero. Al viejo le pareció la idea muy bien.
—Trabaja si quieres en el bazar —le dijo—, pero ven a comer y a cenar conmigo. El cuarto seguirá también siendo tuyo en esta casa.
Alvarito estaba encariñado con la casa del Reducto. Le parecía suya, por guardar para él los más bellos recuerdos de su vida.
El despacho de El Paraíso Terrenal, a donde fue a trabajar días después, era mucho más limpio y arreglado que el de Chipiteguy.
Alvarito desconocía la teneduría de libros, pero según Madama de Lissagaray esto no importaba gran cosa. Ellas necesitaban principalmente un hombre de confianza.
Mientras trabajaba llevando las cuentas en El Paraíso Terrenal, Álvaro soñaba con Manón, su compañera de aventuras. El viaje hecho a través de Navarra, tomaba en su imaginación proporciones de algo lejano admirable y maravilloso. Aquella estancia en Abárzuza, papá Lacour con su mujer, la Prudenschi, Ollarra, el Ratón. ¡Qué tipos!
Muchas veces Rosa le estudiaba con mirada fija y al verle absorto, dedicado al trabajo maquinal y con el alma ausente, hacía una mueca de tristeza.
Por entonces Dolores recibió dinero de París. Se lo enviaba, según decía en la carta, una señora española para que pusiera un taller por su cuenta. Alvarito pensó si sería Manón.
Dolores alquiló una tienda pequeña en la calle Mayou y para adornarla Alvarito pidió a Chipiteguy dos bustos de cera, el de la Española y el de la Dama Bonita, que colocaron cubiertos de bordados, en el escaparate.
Algún tiempo después, Alvarito, con el corazón destrozado, supo que Manón se iba a casar en París con el vizconde de Saint Paul.
La andre Mari le dijo que debía olvidar a su sobrina.
—Manón se casa por ser vizcondesa y por figurar. Olvídala.
—No es eso siempre fácil.
—Pues haz un esfuerzo. Manón es una mujer sin sentimientos. Tú debías casarte con Rosa.
El viejo Chipiteguy decía lo mismo.
—Tú debías de casarte con Rosita.
Álvaro le oía siempre con tristeza.
En su pequeño círculo todo el mundo iba viviendo bien y mejorando un poco, menos Chipiteguy y Alvarito, los dos unidos por su entusiasmo por Manón.
El viejo a fuerza de cariño por su nieta no había querido que viniera a Bayona antes de su boda y pensaba satisfecho que brillaba en París, aunque el tenerla lejos le entristecía.
Alvarito se encontraba siempre mal.
Algunas veces que el viejo habló de Manón él le preguntó:
—¿Dónde está ahora?
—¿Para qué quieres saberlo? Nos ha olvidado, olvidémosle nosotros a ella.
—¿Por qué se queja usted? —le preguntó una vez con rudeza Alvarito—. ¿No ha sido usted mismo el que la ha mandado que no se acuerde de usted y que no le escriba?
—Yo le he recomendado eso, es verdad, porque era su conveniencia —contestó humildemente Chipiteguy—. ¿Pero tú hubieras hecho eso aunque te lo recomendaran? No; yo por su bien he cortado nuestras relaciones para que no le reprochen sus nuevos amigos que es la nieta de un trapero. En ella estaba no seguir el consejo tan al pie de la letra. ¡Qué se va hacer! Es ingrata. Es dura de corazón.
—Pero, usted, la llamará alguna vez.
—No, no la llamaré, aunque me esté muriendo en mi rincón. No la llamaré. Le he dado todo, pero no quiero nada de ella. Todas son así, Alvarito, igualmente egoístas, vanidosas y volubles. No tienen corazón. Frialdad, orgullo, coquetería, deseo de lucir y triunfar. Nada más. Ha sido para ti una suerte no casarte con ella. Te hubiera hecho desgraciado.
—Triste suerte —pensaba Alvarito.
Una noche soñó que se hallaba en el entresuelo de El Paraíso Terrenal, en la parte del bazar llena de juguetes. Estaba arreglando las muñecas con sus ojos azules, metidas muy alegres en sus ataúdes de cartón; los polichinelas, con sus trajes multicolores y sus platillos; los conejos blancos, que tocan el tambor; los caballos fogosos, con sus crines de estopa y sus ojos brillantes; los soldados de plomo y las arcas de Noé, cuando de pronto un barco de marfil que colgaba del techo se movió y comenzó a navegar por el aire. En el barco iban unas muñequitas de porcelana, muy bonitas y adornadas. Manón, Rosa, Morguy y su hermana. Todas, al pasar, le saludaban amablemente; pero en una de las vueltas, al deslizarse el barco por delante de su ojos, Manón había desaparecido. ¿Dónde estaba? ¿Dónde se había ocultado? Entonces a él no se le ocurría más que recitar el romance del marqués de Mantua:
¿Dónde estás, señora mía, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señora, o eres falsa o desleal.
IV
LAS PREOCUPACIONES DE CHIPITEGUY
El viejo Chipiteguy iba sintiendo remordimientos de no haber tenido en cuenta el entusiasmo de Alvarito por su nieta y quería sincerarse con él, repetirle que con Manón hubiera sido desgraciado, porque era ingrata, voluble y olvidadiza.
Álvaro la mayoría de las veces no contestaba pensando en sí mismo y en su vida aniquilada. Comprendía que no había esperanza para él. Quizá hombres de naturaleza más exuberante podían poseer almas más propicias para el entusiasmo amoroso y después de uno, vivir con otro; pero él comprendía que toda su fuerza espiritual, toda su capacidad de ilusión, la había puesto en la nieta de Chipiteguy y que ya no volvería a sentir otro entusiasmo parecido.
¿Qué iba hacer él ya, en la vida? No tenía esperanza alguna. Ya no podía aspirar más que a la tranquilidad, al reposo, a vivir sin angustia.
La melancolía ahogaba el resentimiento en Alvarito, la tristeza le impedía tener rencor, no así en el viejo que uniendo odio y cariño por Manón, insistentemente se mortificaba y ensanchaba su herida; deseaba hablar de su nieta, tan pronto bien y tan pronto mal.
Cuando Chipiteguy no hablaba de Manón, volvía a sus manías que por momentos iban aumentando.
Decía a cada paso que la gente sospechosa rondaba la casa del Reducto.
Una noche, Alvarito creyó ver a Frechón muy tapado, con gabán y bufanda en el puente de barcas del Adour y luego en la plaza del Reducto mirando la casa de Chipiteguy como si la estudiara.
—¿Estás seguro de que era él? —preguntó el viejo, cuando contó Álvaro lo que había visto.
—No del todo seguro, porque era de noche. Si otra vez le veo, ¿qué hago? ¿Le denuncio?
—No, aumentaremos la vigilancia.
Chipiteguy mandó poner barras de hierro en puertas y ventanas y dio nuevas instrucciones a Quintín y a Castegnaux.
Unos días después les despertó, por la mañana, un gran alboroto.
—¿Qué hay, qué pasa? —gritó Chipiteguy espantado.
No pasaba nada. Era Abadejo, el loco de la vecindad, que, después de reunir todas las latas y botes de conservas encontrados en la calle y de atarlos con cuerdas, corría gritando furiosamente, haciéndose la ilusión de que llevaba un tropel de caballos.
Otra vez el susto se lo dieron a Chipiteguy varios chiquillos de la vecindad, que pasaron al anochecer dando aldabonazos en las casas.
V
PROYECTO DE NUEVO VIAJE
Alvarito pasó así, triste, ensimismado y deprimido, varios meses. Su malhumor habitual, su aburrimiento le impedían el gusto por todo.
A medida que se mostraba menos amable, los demás le trataban mejor. Tenía una tristeza melancólica, inquieta y sin calma. Lo único agradable para él era leer. Pedro D’Arthez le prestaba libros y él se los tragaba. La literatura, y sobre todo la historia, le entretenían mucho.
Sus ideas iban cambiando y comprendía que las absolutas verdades de antes podían muy bien no ser ciertas o llegar a lo más a verdades pasajeras. El carlismo suyo, herencia de su padre, descompuesto y evaporado, le parecía una de tantas cosas con mucha fachada y por dentro vacías.
Al comienzo de la primavera, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza recibió una carta de España. Acababa de morir el padre de su mujer, abuelo materno de Alvarito, en Cañete. Debía haber dejado alguna herencia. ¿Cuánto? No se sabía.
—¿No te parece que sería conveniente que Álvaro fuese allá? —preguntó don Francisco a su mujer.
—Sí, sí; pero aquello debe estar muy mal y no creo que tenga que cobrarse gran cosa.
—Tú has dicho muchas veces que tu hermano Jerónimo estaba rico y hasta que había encontrado un tesoro.
—Sí, eso se contaba en el pueblo; pero yo no sé la verdad que hay en ello.
—Decías también que había alquilado un castillo.
—Sí, sí, todo eso es cierto; pero yo no sé si esa fortuna de Jerónimo es de verdad o es pura fantasía.
—Algo habrá, cuando se habla de ello.
—Es posible; pero yo no quiero que Alvarito se exponga inútilmente y pierda el empleo que tiene en casa de Madama Lissagaray. Todo aquel país debe de estar muy mal con la guerra.
—¡Bah, por allí no ocurre nada! Cree que más peligros que los que ha pasado en Navarra no se le presentarán.
—Sí, es cierto; pero no siempre se sale bien de los peligros.
Sánchez de Mendoza preguntó a su hijo qué le parecía el proyecto de ir a Cañete.
—Bien, muy bien —contestó con indiferencia Álvaro.
Al muchacho no le disgustaba la perspectiva de otro viaje aventurero. Sin datos fehacientes no creía gran cosa en la fortuna de su tío Jerónimo. Le había nacido cierta desconfianza por las grandezas de la familia.
Don Francisco Xavier habló a Madama Lissagaray y ella dijo que esperaría a Álvaro el tiempo necesario y le reservaría el empleo.
Madama Lissagaray notaba que su hija, muy interesada con Alvarito, no era correspondida; que este seguía pensando constantemente en Manón. Un viaje largo, y hasta un tanto peligroso, convenía a Alvarito y también a su hija.
Que el muchacho volvía con la misma pasión, o que no volvía, ella haría lo posible para que Rosa olvidara sus amores con la ausencia. Si volvía curado, la cuestión se hallaba resuelta.
Chipiteguy dijo a don Francisco Xavier que a Alvarito le convendría un viaje largo, pues le creía enamorado como un loco de su nieta Manón, que los había trastornado a todos.
Chipiteguy dio a Alvarito mil pesetas para el viaje; Álvaro comenzó sus preparativos; su madre le hizo grandes recomendaciones para que no se expusiera y para cuando viera en Cañete a su hermano Jerónimo. Su padre le dijo que debía acercarse a su casa de Iniesta, cerca de Minglanilla.
—No es una gran casa —advirtió el hidalgo—, quizá a ti no te guste, pero yo tengo la idea de que no está mal. Es una casa de pueblo, naturalmente.
El buen hidalgo, ensalzador de los esplendores de su casa solariega, cuando nadie podía verla, en el momento que su hijo pensaba visitarla, iba quitando hierro y encontrándola sin grandes méritos.
Alvarito compró el mapa de España en una librería y días después se dispuso a salir.
Comprendió por instinto que el andar, el deambular, el dejar de ver el sitio de sus amores, le curaría seguramente de sus penas. ¡Adelante y con valor!, se dijo a sí mismo.
¡Vengan lluvias, nieves, tormentas y temporales! ¡Venga un buen catarro o una buena fiebre! ¡Venga el peligro de una emboscada! Eso me curará definitivamente de mis melancolías.
¡A digerir la tristeza, a seguir el camino más largo!
Esta idea no le impacientaba, sino que le agradaba.
QUINTA PARTE
RASTROS DE LA GUERRA
I
UN DOMINGO DE CARNAVAL EN VITORIA
El mayoral iba gritando:
—¡Coronela! ¡Coronela!... ¡Ya, ya!...
La diligencia, con su cochero y sus zagales, marchaba por las llanuras de Álava, arrastrada por siete mulas, con sus cascabeles correspondientes. Alvarito contemplaba desde la ventanilla la tierra alavesa, con sus montañas grises y redondas y sus valles anchos, con su aire hidalguesco y guerrero. Aquellas explanadas le parecían un escenario natural para batallas. Al contemplar el país pensaba si en esta cañada o en aquel barranco habría tropas en acecho.
Así como Álava es tierra clásica para la guerra de batallas campales, la Navarra de la montaña es más para la guerrilla, para el corso, y Guipúzcoa para la partida.
La diligencia marchaba llena de bote en bote.
Aquello podía considerarse como la Caja de Pandora o el Arca de Noé. Había una mujer con un gato en una cesta, un cazador con dos perros, una niña con un canario, un aldeano con hortalizas, una señora con un tiesto, dos frailes que, según dijeron, vivían en comunidad privada, a pesar de que legalmente no existían ya en España conventos; un cura y otras varias gentes de tipo y de carácter mal definidos. Los hombres, como si se hubieran puesto de acuerdo, tosían, fumaban y escupían.
Alvarito estaba cansado, rendido ya del viaje.
—En Vitoria voy a bajar —pensó.
No tenía mucho interés por Vitoria. Ya conocía en parte el país vasco. Ansiaba conocer Castilla, la tierra suya y la tierra de sus ascendientes.
Su billete servía hasta Vitoria y decidió quedarse allí.
Por consejo del empleado de la diligencia, no sacó de la estación de parada todo su equipaje, sino un maletín pequeño.
Le chocó la serie de dificultades que le puso la policía para entrar en la ciudad; pero con paciencia y algunas pequeñas propinas salió del paso.
Fue a hospedarse a la fonda Nueva. Se lavó, se arregló un poco y después salió a la calle.
Era domingo de Carnaval. Hacía un tiempo espléndido y había máscaras. La gente, después de los años tristes de la guerra, sentía sin duda ganas de divertirse.
En el paseo de la Florida, después de misa mayor, paseaban muchas chicas bonitas, de aire vivo y decidido, tocadas con mantillas negras; había máscaras elegantes y zarrapastrosas, jóvenes peripuestos y oficiales muy petulantes.
Por la tarde el paseo estuvo más animado y Alvarito se divirtió de lo lindo, cruzando las miradas con las chicas guapas, viendo a la cocinera disfrazada de hombre con sus poderosas caderas, contemplando las zanganadas del oso que se tiraba al suelo o del hombre del _alhiguí_.
Al anochecer, antes de sonar el Ángelus, en esa hora dionisiaca del crepúsculo de Carnaval, Alvarito marchaba trastornado detrás de una modista vitoriana que le magnetizaba con sus miradas.
Hubiese podido, si hubiera sabido alemán, recordar las estrofas que el poeta revolucionario Julius Petrus Gunzenhausen de Aschaffenburg escribió en un ejemplar de La Nave de los Locos, que guardaba Chipiteguy y que decían así:
«¡Carnaval! ¡Carnaval! Eres de las pocas cosas transcendentales legadas por el pasado. Junto a ti las fiestas religiosas, las académicas y las patrióticas no son más que pobres farsas insustanciales. El sacerdote revestido con sus hábitos, el académico con su frac, el militar con su uniforme, el diplomático con su espadín, parecen más serios que las máscaras con su careta, y no lo son, no lo han sido nunca.
»¡Carnaval! ¡Carnaval! Eres antiguo como el hombre. Tus raíces se hunden en la animalidad del troglodita ardiente y fiero, llegan al rojo gorila o al moreno chimpancé. Cuando el simiandro vivía en la selva había ya organizado tu culto: se disfrazaba unas veces de animal y otras de hombre. Lo tienes todo: la risa, el arte, el disimulo, el miedo, lo inseguro, la inquietud, la perfidia humana, los sentimientos ancestrales...
»¡Carnaval! ¡Carnaval! Los imbéciles, cada vez en mayor número, te odian; los pedantes abominan de tus fiestas. Creen que en ellas hay un bajo histrionismo, cuando en ti es todo naturaleza.
»¡Carnaval! ¡Carnaval! Los pintados y los teñidos y los encorsetados, los graves puritanos y los sesudos moralistas temen tus gritos y tus actitudes pánicas. Tus farsas desenmascaran las farsas solemnes que ellos quieren conservar; tus risas descomponen la seriedad estólida del funcionario lógico y petulante.
»¡Carnaval! ¡Carnaval! A tu lado, las religiones y sus templos son de ayer, las academias son de ayer, los títulos son de ayer, la ciencia y el arte son de ayer, y en cambio tú, en una forma o en otra, eres eterno».
En el momento de más entusiasmo y de más excitación en que Alvarito comenzaba a sentirse dionisíaco y elocuente, casi tanto como Julius Petrus Gunzenhausen de Aschaffenburg, sonaron las campanas de la queda, los alguaciles obligaron a quitar la careta a todos y la fiesta se acabó tristemente.
Alvarito se fue a la fonda, cenó, y como no tenía ganas de acostarse, decidió ir al teatro. Representaban _Treinta años, o la vida de un jugador_, melodrama truculento y lacrimoso, traducido del francés, no muy propio de un Domingo de Carnaval. La sala estaba elegante y vistosa, muy bien iluminada con candilejas y quinqués de petróleo.
En los palcos y plateas se lucía la aristocracia del pueblo: chicas bonitas, mamás gruesas llenas de joyas, señores viejos y jóvenes civiles y militares.
Tocó la orquesta y comenzó la función.
Al melodrama, terrible y de sentimentalismo absurdo y enfático, la manera de representarlo le hacía más grotesco. El jugador, héroe del melodrama, hombre bajito, disimulaba la pequeñez de su estatura con zapatos de tacón muy alto; estaba pintarrajeado como una careta, llevaba barba rubia postiza que le temblaba al hablar con su voz de falsete y miraba con una insistencia cómica al apuntador. La mujer del primer galán, legítima al parecer en la realidad y en el drama, embarazada de ocho meses, declamaba lloriqueando con hipo angustioso. El padre del jugador parecía un energúmeno, daba miedo y hacía reír al mismo tiempo, y únicamente el traidor era gracioso y resultaba simpático, a pesar de su maldad melodramática.
Alvarito ya comprendía que el melodrama era malo y que no lo representaban bien; pero le hacía efecto y muchas veces le daba ganas de llorar. En los palcos veía algunas mujeres que se secaban disimuladamente los ojos con el pañuelo.
En la butaca, al lado de Alvarito, un hombre con aire mixto de ciudadano y de lugareño hizo algunas observaciones muy atinadas y muy sensatas acerca de la comedia y de los cómicos, y Alvarito le dio la razón.
Salió el muchacho del teatro y al entrar en la fonda se encontró con el vecino de la butaca.
—¿Se aloja usted aquí? —le preguntó.
—Sí, señor.
—¿Parece que somos vecinos en el teatro y en la fonda?
—Así parece —contestó Alvarito.
—Bueno, pues adiós. Buenas noches, que duerma usted bien.
—Adiós.
Al día siguiente, al levantarse de la cama y al ir a desayunar, se encontró Alvarito de nuevo con el vecino de la butaca. Era hombre ancho, de cara redonda, picada de viruelas, con ojos claros y expresión un poco ruda de ingenuidad y de franqueza.
Le parecía a Alvarito que aquel tipo mixto de ciudadano y lugareño respiraba lealtad y buena fe.
Charlaron los dos largamente. El vecino dijo que era comerciante en Almazán. Le llamaban el señor Blas el mantero. En los últimos años realizó un buen negocio de mantas con el ejército y comerciaba también en lanas. Probablemente aquel sería su último viaje, porque pensaba retirarse.
A la hora de comer se encontraron de nuevo en la mesa Alvarito y el señor Blas. El mantero produjo al joven Sánchez de Mendoza bastante confianza para contarle su vida, sus amores y sus proyectos.
Al oírle el señor Blas, dijo a Alvarito:
—Perdone usted, joven, que le haga una observación.
—Usted dirá.
—Creo que lo que piensa usted hacer es algo peligroso. Usted piensa ir a Madrid, de Madrid a Cuenca y de Cuenca a Cañete, ¿no es eso?
—Sí.
—Pues no creo que sea prudente. Hasta Madrid, y quizá hasta Cuenca, no le pasará a usted nada; pero de Cuenca a Cañete puede ser otra cosa. Por la parte de Castilla la Nueva y de la Mancha, por tierras donde ande todavía la guerra, no vaya usted, a no ser que tenga usted algún conocido, y si lo tiene, avísele usted con anticipación.
—¿Cree usted que sea peligroso?