Part 10
Había, sin duda, en su canción, desprecio y burla. Como los antiguos cántabros en la cruz, el muchacho desafiaba la muerte con su actitud orgullosa. Alvarito sintió frío en todo el cuerpo.
—¡Es un valiente! —dijo uno de los soldados, riendo.
—¡Lástima! Guapo mozo —murmuró otro.
El pelotón se colocó a cinco o seis pasos.
—Apunten —gritó el teniente.
Luego levantó la espada y al bajarla disparó todo el pelotón. Ollarra cayó como herido por un rayo. Alvarito dio un salto; le pareció que estallaba una mina a sus pies.
El carlista, que se había acercado a la tapia, quedó un momento de pie y un sargento le remató de un tiro en la sien.
Manón sollozó y bajó el rostro, rendido por el dolor, y lo levantó bañado en lágrimas.
Luego desfiló la media compañía, tocando el tambor por delante de los tres cadáveres.
—Le recogeremos para enterrarlo —dijo Manón.
Cuando quisieron acercarse al lugar del fusilamiento, unos cuantos merodeadores se habían echado sobre los muertos a quitarles la ropa y alguien ordenó llevar los cadáveres lejos y enterrarlos.
El perro de Ollarra, Chorua, no aparecía; probablemente lo habrían matado también.
VIII
LA CÁRCEL
Al llegar a Pamplona, Alvarito y Manón marcharon cada uno por su lado y se separaron con lágrimas en los ojos. Desde el fusilamiento de Ollarra, Manón estaba quebrantada y tenía tendencia a llorar. Manón se hospedó en una fonda de la plaza del Castillo.
A Alvarito, por primera providencia, lo metieron en una cuadra o calabozo inmundo de la Ciudadela. Tenía como compañeros varios carlistas aldeanos, y entre ellos un hombre sombrío, torvo, que parecía vivir en un sueño triste, hipocondriaco y amargo. Su risa sardónica cuadraba bien con su figura de cuervo, melancólica y siniestra.
Otro de los prisioneros, loco, pasaba el tiempo bailando, riendo y cantando.
—¿No hace daño este hombre? —preguntó Alvarito.
—A veces se echa sobre alguno de nosotros y hay que separarle a puntapiés —contestó el misántropo.
La especialidad del loco consistía en cantar la letra que los soldados habían puesto a los toques de corneta, parecida a los monstruos que los libretistas ponen a la música de las canciones antes de las palabras definitivas.
Sonaba un toque y en seguida el loco gritaba:
Para ti, para ti las patatas.
Cuando pasaba la guardia, el loco, llevando con el cuerpo el compás, solía cantar:
Rancho patancho de la catedral el señor obispo no nos quiere dar.
Al cabo de algún tiempo se oía otro son y el loco entonaba:
No comerás cordero; no, no, no, no. No comerás cordero; no, no, no, no.
El repertorio no era bastante divertido para amenizar las horas de la prisión. Aquel calabozo oscuro y siniestro de la Ciudadela, con el demente, era también un buen escenario para otra estampa de La Nave de los Locos.
A primera hora de la noche llevaron a la cuadra el rancho y tuvieron que prepararse para dormir. A Alvarito le entregaron un colchón viejo y se tendió en él en un rincón.
Al despertarse sintió que le picaba todo el cuerpo.
—¿Qué demonio tiene uno aquí? No hace uno más que rascarse —se preguntó en voz alta.
—Son los piojos —dijo el misántropo—. A eso también se acostumbra uno —añadió con terrible filosofía.
Aquello achicó la moral de Alvarito y pensó en la vida horrible que le esperaba en la mazmorra. Por fortuna para él, el encierro no fue muy largo.
Al mediodía, a Alvarito le sacaron de la cuadra y le llevaron a declarar. Le acusaban de ser confidente de los carlistas.
Un comandante comenzó a interrogar al muchacho; cuando Álvaro respondía, el oficial hablaba con un sargento de asuntos del servicio y no se enteraba de cuanto decía Alvarito.
Álvaro explicó por qué había entrado en España desde Bayona. Pudo comprobar, con cierta sorpresa, que su padre era desconocido como carlista, pues si no, su apellido hubiera bastado de indicio a su filiación política. Después de declarar le metieron en la cuadra otra vez. Alvarito, horrorizado, pensaba en la noche que le esperaba, cuando le sacaron de nuevo del calabozo, y se encontró con Manón, una señora y el teniente Robles, uno de los oficiales de Belascoáin.
Manón había conseguido que a Álvaro le llevaran a un pabellón, donde viviría con la familia del sargento guardaalmacén.
Le traía ropa nueva para mudarse y agua de colonia; lo mejor que le podía traer después de aquella noche horrible en el calabozo.
Al despedirse, Manón, triste y pensativa, dijo afectuosamente:
—Adiós, hasta mañana; mañana vendré sin falta.
Alvarito fue a la fuente a lavarse, y después a mudarse; la sospecha de mantener en el cuerpo aquella población parásita, cogida en la cuadra, le duró mucho tiempo.
El segundo día de arresto y los siguientes fueron muy agradables para Alvarito. Le permitían pasear por la Ciudadela, y, sobre todo, esperaba y pensaba en Manón. Llegaba ella y hablaban largo tiempo. Su melancolía hacía a la muchacha más amable y encantadora. Manón había mandado un propio a Bayona y aguardaba la contestación.
Una semana después, Manón se presentó en la Ciudadela con la andre Mari. Traían buenas noticias de Chipiteguy; Gabriela la Roncalesa lo había encontrado en Urdax y en un mulo le condujo al Roncal, porque la frontera estaba, por el lado de Urdax, muy vigilada. Chipiteguy volvería pronto a su casa.
—Ahora irás a Bayona —preguntó Álvaro a Manón.
—Sí; tú también saldrás pronto de aquí —dijo ella.
—Sí; creo que sí.
—Ya es hora de que todos volvamos a nuestra vida normal —añadió la andre Mari.
Alvarito se despidió de la andre Mari y de Manón. Ella le ofreció la mejilla y él la besó muy conmovido. Alvarito quedó triste, esperando con ansia la primera carta. Paseaba melancólico por la plaza de la Ciudadela, se acercaba a los baluartes y miraba al cielo con angustia creciente.
Cuando pasó una semana y no recibió carta, Alvarito se desesperó.
Mientras vivía inquieto y desesperado, alguien le miraba con placer, alguien que se consideraba gravemente ofendido por él.
Había un muchacho joven en la Ciudadela, hijo del carcelero, con muy mala sangre, que siempre buscaba la manera de molestar a los prisioneros carlistas. Le llamaban Visera o Viserita.
Viserita era hijo de un sargento que hizo la campaña de Alaix contra Gómez. Alaix, años antes, había sido capitán general en Pamplona. Como al general Alaix los soldados le apodaban Visera, al sargento, que constantemente hablaba de él, le llamaron también así, y lo mismo a su hijo, aunque a este más frecuentemente le decían Viserita.
Una de las vejaciones habituales de Viserita consistía en entrar en los calabozos de los carlistas entonando el Himno de Riego o algún otro cántico odiado por ellos. Viserita tuteaba a los oficiales carlistas, aunque fueran viejos, y si alguno se molestaba, le amenazaba con denunciarle.
Según decían, Viserita guardaba las cartas de los presos de la Ciudadela; las leía y se divertía después dando bromas a los interesados sobre lo que les escribían sus mujeres o sus madres.
Alvarito había provocado la envidia del hijo del carcelero hablando en francés con Manón y después no haciéndole suficiente caso, y Viserita se vengó.
Las cartas que vinieron de Francia para Alvarito no llegaron a su poder. Ponían el nombre y debajo Ciudadela, Pamplona. Viserita, con malicia, borraba Pamplona y ponía Menorca, y la carta marchaba hacia el Mediterráneo.
El no recibir cartas de Manón puso a Alvarito en un estado de inquietud tal, que cayó enfermo.
Los dos oficiales conocidos en Belascoáin estuvieron a verle.
Poco después, el juez militar ordenó su libertad y el capitán Centurión y el teniente Robles se lo llevaron a su casa de huéspedes.
Alvarito hizo un esfuerzo y escribió una carta a su hermana, pidiéndole noticias de Manón y diciéndola fuera a verla.
Luego cayó en cama, febril, y su conciencia se perdió en el delirio.
IX
FANTASÍAS
Una enfermedad es como el viaje hecho por un mar de dolor, de angustia y de melancolía, con islas extrañas, canales misteriosos y acantilados cortados a pico. Un dolor se parece a veces a la nube ensombrecedora del horizonte; otro, al escollo peligroso por delante del cual se ha de pasar.
La enfermedad es también Nave de los Locos, con tripulaciones de sombras gesticulantes y disparatadas; es un carnaval del cerebro con bacanales furiosas y fantásticas zarabandas.
Cuando el espíritu pierde sus frenos, los colores, los sonidos y los dolores se convierten unos en otros, una punzada se transforma en imagen luminosa y desagradable, la pulsación de una arteria en rumor de catarata o en molino donde se muelen piedras sin ningún objeto.
¡Cuántas veces, al cerrar los ojos, a Alvarito se le convertía la retina en extraño caleidoscopio! ¡Cuántas veces le vino a la imaginación el río oscuro de Bayona y se sintió arrastrado por la corriente y envuelto en sus aguas negras y sombrías!
En ocasiones pensaba encontrarse en estado de lucidez extraordinaria, consecuencia única de la fiebre, y creía resolver y comprender muchas cosas hasta entonces para él completamente oscuras.
Una porción de sueños sombríos y espantosos le sobrecogieron en aquella temporada. Algunos de estos sueños se confundieron, se esfumaron y llegaron a borrarse; otros, no; quedaron grabados fuertemente en su espíritu, como la huella de un buril en el metal.
Uno de los sueños, sobre todo, tardó mucho tiempo en olvidar. En este sueño se encontraba preso en un calabozo inmundo, con hombres horribles y famélicos, astrosos, tristes y amarillos, como figuras de cera.
De pronto comprendía la posibilidad de escapar, y por una aspillera estrecha, metiendo el cuerpo con grandes dificultades y apuros, salía al glacis de la muralla y echaba a correr por un foso lleno de agua negra y fangosa.
Atravesaba arcos, galerías, corredores; miraba desde el parapeto de una torre parecida a la de la iglesia de Belascoáin y salía por una poterna estrecha a un pueblo misterioso, de calles angostas, análogas a las del barrio viejo de Bayona.
Marchaba por una calle igual a la de los Vascos, pero muy distinta en detalles, cuando de pronto veía a un hombre dentro de una tienda, un hombre gris, con gabán gris y anteojos.
¿Era el voceador del crimen de las figuras de cera o el señor Silhouette? No lo sabía y se empeñaba en averiguarlo. Debía de ser el señor Silhouette, porque en la tienda, y siguiendo las prácticas de su oficio de empresario de pompas fúnebres, tomaba las medidas de unos muertos colocados simétricamente sobre una mesa y veía si coincidían con las de unos ataúdes.
El hombre de pelo gris, gabán gris y anteojos, salía a la calle, y al ver a Alvarito manifestaba una gran repulsión e intentaba alejarse, escabullirse de su lado. Álvaro marchaba detrás de él con una rabia de sabueso de policía, irritado por producir tanto desprecio.
El hombre del gabán gris corría mucho, y cuando llevaba gran delantera, se paraba y espiaba desde una esquina. Álvaro iba decidido con cólera hacia él, y el hombre, entonces, le volvía la espalda y marchaba de prisa con un movimiento burlón e insultante.
Por fin, aquella figura gris entraba sin ruido en una casa negra.
Esta casa Alvarito la conocía muy bien, aunque no recordaba su nombre. Parecía la casa del Reducto; pero se diferenciaba de ella en ser más alta, más sombría y tener muchas más ventanas.
El hombre misterioso comenzaba a subir una escalera. Alvarito iba detrás. Eran unas escaleras interminables. Alvarito conocía muchísimo estas escaleras. No había visto otra cosa. Estaban llenas de puertas y se abrían en lucernas pálidas que parecían ojos. Se llegaba a un rellano y venía otro, y después otro...
De pronto, el hombre gris se detenía en un descansillo, abría una mampara verde con un óvalo de cristal, que daba a una sala con unas cortinas, unos espejos y una alfombra. En la sala misteriosa, un señor melancólico, de negro, con una carta en la mano, la metía rápidamente en una carpeta.
El hombre gris abría otra puerta; Álvaro le seguía y se encontraba con otro señor que repetía la misma operación: cogía una carta de encima de la mesa y la guardaba con cuidado.
Por último, el hombre gris abría una tercera puerta y por ella se veía un campo con un río y luego al joven Ollarra que caía desde lo alto de una tapia y se rompía en pedazos en el suelo.
La indignación de Alvarito, al ver estas fantasías, iba en aumento. Dispuesto a aplastar al hombre gris, se lanzaba sobre él y le cogía, y al agarrarle se encontraba con sorpresa que no tenía más que ropa.
Desesperado, le entraban ganas de llorar, y entonces veía al voceador con su traje gris, parecido al señor Silhouette, y a todas las figuras de cera alineadas en el almacén de Chipiteguy.
Alvarito sintió intenso deseo de tirarlas al suelo y de patearlas; pero notó que alguien le sujetaba los brazos y se despertó bañado en sudor.
CUARTA PARTE
VUELTA A BAYONA
I
NOTICIAS
Cuando Alvarito se encontró mejor, lo bastante bien para salir a la calle, se sintió muy melancólico.
Todas las ideas y preocupaciones tristes se agolparon en su imaginación. Lo visto y lo imaginado, la realidad y el sueño, le parecieron igualmente horribles pesadillas.
Alvarito recordó también las estampas de la Nave de los Locos, de casa de Chipiteguy, y pensó que considerar el mundo como absurdo y zarrapastroso carnaval no es una locura, pues lo visto por él en el viaje más parecía una serie de extravagancias carnavalescas que otra cosa.
La Dama Locura se paseaba por los rincones de España, asolados y destrozados por la guerra; pero la Dama Locura de los campos españoles no era mujer fina y sonriente, graciosa y amable, como la de las estampas de Holbein, sino una mujerona bestial, que negra de humo y de pólvora, borracha de maldad y de lujuria, iba quemando casas, fusilando gente, violando y matando.
Ya comenzaba Alvarito a encontrarse bien cuando recibió carta de su hermana Dolores y de su padre.
Su hermana le contaba las últimas noticias de Bayona. Manón le había escrito varias veces a la Ciudadela, sin recibir respuesta. Manón preguntó después en Pamplona por Álvaro y le contestaron que se encontraba bien. Manón, probablemente ofendida con Alvarito por su silencio, aceptando la proposición de su abuelo, se había marchado a un colegio a París.
Alvarito se desesperó. ¿Por qué causa no recibió las cartas? Pensó en averiguarlo; pero ya, ¿para qué? El mal estaba hecho. Alvarito se sentía fatalista y deprimido.
—Es el Destino —se dijo a sí mismo.
Al recuperar las fuerzas volvió a Bayona. En casa le encontraron muy flaco y muy triste.
Su hermana Dolores le contó cómo Manón, preocupada con su silencio, había llegado a creer, sin duda, que él tenía algún motivo contra ella y que por eso no la quería escribir.
Alvarito se desesperó.
—¡Qué se va a hacer! —se dijo—. Es el Destino adverso.
Días después, Álvaro recibió una de las cartas de Manón, que venía devuelta, y en cuyo sobre estaba borrado Pamplona y puesto Menorca. ¿Quién podía ser el autor de esta mala obra? ¿Qué causa podía tener de enemistad contra él? No lo comprendía.
Al día siguiente, Alvarito fue a la casa del Reducto y Chipiteguy le recibió conmovido y le abrazó llorando. El viejo parecía más débil, más impresionable y más sentimental que antes.
Se contaron sus respectivas aventuras.
Chipiteguy había andado tres meses en España de un lado para otro, maltratado por sus carceleros.
En Almandoz, el sacristán, que le vigilaba, le reprochaba a cada paso el sacrilegio de haber robado las cruces de las iglesias y le hablaba constantemente del infierno, que le esperaba muy próximo, porque le quedaba poco tiempo de vida. El se justificaba diciendo que le habían encargado de llevar las custodias a Francia, y aseguraba que sus enemigos no querían más que sacarle dinero. Cuando llegaba Malhombre, le amenazaba.
De Almandoz, Chipiteguy fue llevado a Zugarramurdi, y allí le tuvieron una semana metido en la cueva de las Lamias, en compañía de unos prisioneros liberales, la mayoría muchachos jóvenes.
De Zugarramurdi, trasladado a Urdax, vivió varias semanas, enfermo y muy miserablemente, en un granero, hasta que Gabriela la Roncalesa le montó en un mulo y lo llevó en distintas etapas hasta un pueblo del Roncal y desde allá pudo entrar en Francia.
Chipiteguy quiso que Alvarito volviera a su casa.
—Pero si ha cerrado usted la tienda y no hay nada que hacer —dijo Alvarito—. ¿Para qué quiere usted que esté aquí?
—No importa, ven; todavía tenemos que hacer. Además vivirás conmigo.
El viejo mandó a la andre Mari que pusiera el cuarto de Alvarito en el segundo piso, y como si estuviera más contento que de ordinario, entonó su canción de bravura, Atera, atera; pero la voz, cascada, temblaba al cantar.
Desde que el viejo Chipiteguy volvió de su cautiverio de Urdax se encontraba enfermo y malhumorado. La gota exacerbada le producía grandes y agudos dolores; sufría con los cálculos, le ahogaba la tos y se quejaba de todo.
Su suspicacia había aumentado de tal manera, que la menor cosa le producía desconfianza.
Chipiteguy adquirió carácter de viejo maniático.
A la andre Mari y a la Baschili las reñía a cada paso; únicamente trataba bien a Alvarito.
De Manón hablaba poco, y si algún extraño comenzaba a referirse a ella, cortaba en seguida la conversación. Unas veces daba a entender que la muchacha se hallaba en París en un colegio, otras que estaba en casa de unos parientes.
Alvarito se enteró entonces por primera vez de que una hermana de Chipiteguy, bastante más joven que él, servía desde hacía muchos años de ama de llaves en una familia aristocrática parisiense. Al parecer, la señorita Dollfus tenía gran ascendiente en la casa. Alvarito no sabía sus señas. De saberlo hubiera escrito a Manón, por si acaso vivía allí.
Chipiteguy pasaba horas y horas en sus almacenes, en donde aún quedaba mucho género. A veces, aunque pocas, pedía a Alvarito que le ayudase.
Mientras el viejo revolvía todas sus antiguallas, se dedicaba al soliloquio. Alvarito le escuchaba con gran interés. Muchas veces el viejo le daba la impresión de un sonámbulo o de un loco.
Un día le encontró sentado registrando unos cajones y con un gran cesto delante.
—Haremos liquidación de todo —mascullaba el viejo—: cruces..., insignias de estos miserables, Orleans y Borbones que son capaces de vender a su pueblo y a su madre... al cesto... ¡Hem! ¡Hem! paparruchas teatrales de Bonaparte y compañía... al cesto... Uniformes, espadines, tricornios y bonetes de cura..., al cesto. Es lo que debía hacer la sociedad, coger los trastos de la religión y de la Monarquía y echarlos a la basura. ¡Hem! ¡Hem! Es donde debían de estar... pero esto haría la sociedad si tuviera sentido común... ¿y cuándo la sociedad y el hombre han tenido sentido común? Nunca, ¿y cuándo la tendrán? En el mismo tiempo. Es decir, nunca jamás. Es como yo. Igual que yo. ¡Hem! ¡Hem! ¿Quién anda ahí? ¿Anda ahí alguien?
El viejo se levantó, miró por los rincones del almacén, se asomó a la puerta y volvió a sentarse.
—Parece que no hay nadie —murmuró medio gruñendo—. Sí, la sociedad es como yo. Yo le he dicho a mi nieta: Manón, no me escribas, no te ocupes de mí. Tienes que vivir en una sociedad estúpida, que si sabe que eres la nieta de un trapero, te lo echará en cara y te despreciará. Pues bien, que no lo sepan esos miserables. No te ocupes de mí, olvídame. ¡Hem! ¡Hem! ¿Y ella que ha hecho? Ella ha tomado al pie de la letra la recomendación y no se acuerda de mí que la quiero con toda mi alma y no me escribe. Ah, ¡viejo imbécil! ¿De qué te ha servido la experiencia? ¡Hem! ¡Hem! ¿No sabías que las mujeres son así, crueles, indiferentes, duras para los débiles y humildes para los fuertes? ¿Es que creías que tu nieta iba a ser una excepción a la regla? Lo que te pasa es justo castigo a tu imbecilidad. ¡Hem! ¡Hem! Podías haber pensado en ti antes que en ella y entonces ella te hubiera contemplado, te hubiese mirado como a un viejo amable, con quien hay que ser cariñoso. Se hubiera casado con algún buen muchacho, como Alvarito y hubiéramos sido todos felices. Pero las ambiciones nos han perdido. Yo las tenía por ella y para ella. Me he permitido la estupidez de ser generoso, de no pensar más que en ella. ¡Hem! ¡Hem! Ahora sí creo que anda alguien. ¿Qué diablos me quieren? ¿Quién me busca? No, pues no hay nadie, será alguno en la calle que grita o algún carro que pasa.
El viejo escuchó atentamente. No se oía nada.
—Tengo alucinaciones —exclamó con tristeza—. ¡Qué le vamos a hacer!, ya no me queda más que un resto de vida, que es como un harapo sucio y roto. ¡Hem! ¡Hem! Si aún tuviera fuerza, saldría, con el saco al hombro, a gritar: ¡Atera! ¡Atera! por las calles, y alguno al verme diría: Ese trapero tiene una nieta que es una princesa; pero no tengo fuerza, soy tan viejo y tan estropeado como estas antiguallas que me rodean y a mí me tendrán que echar el primero al cesto de la basura. ¡Hem! ¡Hem!
En todos sus soliloquios que repetía con frecuencia, el viejo Chipiteguy, se mostraba siempre así, misántropo, hipocondriaco, más anticlerical y más antimonárquico que nunca.
II
LO QUE HACÍA AVIRANETA
Alvarito fue a visitar a don Eugenio al Hotel de Francia con la esperanza de que el conspirador supiese algo de Manón, pero Aviraneta se encontraba preocupado con los acontecimientos políticos y no se enteró de lo que le contó Álvaro de Chipiteguy y de Manón.
—Vivimos en plena intriga —le dijo don Eugenio—. Hace unos días ha venido a visitarme Valdés el de los gatos en compañía de Pedro Martínez López el del folleto contra María Cristina. ¿Sabe usted lo que me proponían?
—¿Qué?
—Trabajar en favor del infante don Francisco, para hacerle a este señor, regente. Me negué a ello. Valdés en la conversación quería convencerme de que los dos éramos compadres y de la misma escuela, pero yo puse los puntos sobre las íes. Valdés me oyó con una sonrisa amable, Martínez López estaba malhumorado porque yo no le hacía caso. Valdés quiso demostrarme que había sido liberal toda su vida. «Habrá sido en secreto», le dije yo. «¿Así que no puede usted trabajar por el Infante don Francisco?», me preguntó. «No». «¿No quiere usted tampoco trabajar con el marqués de Miraflores en la Embajada de París?». «¿Va a la Embajada Manuel Salvador?». «Sí». «Pues donde vaya él no iré yo, porque es el hombre que más odio». Y ahí tiene usted al marqués de Miraflores, nuestro Embajador en París, llenando la Embajada de antiliberales y de carlistas, de gentes como Valdés que trabajan por el Infante don Francisco y de otros como Salvador que siguen siendo carlistas y que será muy difícil saber a quién sirven y a quién traicionan.
Alvarito escuchó a Aviraneta un poco cariacontecido. ¡Estaba tan lejos el mundo del enamorado del mundo del político!
—¿Qué le importará que sea regente el uno o el otro? —pensó Alvarito— probablemente todo ha de seguir igual. ¡Cuánto más importante sería que me diera noticias de Manón!
Álvaro se despidió de don Eugenio, desilusionado.
En aquellos días se encontraba Aviraneta en plena actividad, en el dominio de todos los hechos necesarios y de todas sus facultades; las disposiciones que daba a sus agentes eran claras y precisas, sin vaguedades ni confusiones.
Conocía el tablero en que tenía que jugar la partida, conocía a los enemigos y a los suyos; sabía sus cualidades y defectos, sabía excitar su vanidad e insinuar sus propias ideas a los demás.
Pocos días después de la marcha de Roquet, cuando Aviraneta suponía ya inoculado el virus de la rebelión entre los carlistas y marotistas en Navarra a consecuencia del Simancas, don Eugenio comunicó sus instrucciones a los comisionados de la línea de Andoáin para que allí se hiciera campaña a favor de Maroto, desacreditando a don Carlos y ganando el espíritu de los sargentos a favor de la paz.
Por entonces se volvió a presentar de nuevo Gabriela la Roncalesa en Bayona y fue a casa de don Eugenio a darle noticias y a pedirle instrucciones.