La nave de los locos

Part 13

Chapter 134,127 wordsPublic domain

—Sí, él es el hombre del Mediterráneo, como Zumalacárregui lo era del Cantábrico.

—¿Quién de los dos sería más valiente?

—Tenían un valor distinto. El valor de Cabrera es frenético, el de Zumalacárregui era sereno.

—¿Y de talento, quién cree usted que tuviera más?

—También son dos clases de talento distinto. El ingenio de Cabrera es agudo y brillante, el de Zumalacárregui profundo y tranquilo. Cabrera se confiaba en la intuición; Zumalacárregui, en la intuición y en la reflexión. Cabrera veía como fin el hacer un efecto; Zumalacárregui, el conseguir un resultado.

—Cabrera era indudablemente más cómico —dijo Alvarito.

—Sí, un hombre para seducir a la multitud —repuso el señor Raposo—, un improvisador. Zumalacárregui era un organizador y un técnico.

—¿A quién compararía usted a Cabrera? —le preguntó Álvaro.

—Lo compararía con un artista como Ribera o como Salvator Rosa.

—¿Y a Zumalacárregui?

—A Zumalacárregui con un matemático y también con San Ignacio de Loyola.

A la andaluza a quien aburría esta conversación, quiso convencer a Alvarito que debía ir a Marchena y dejarse de cuidados, pero Álvaro no se convenció de que Marchena fuera la panacea universal.

Al día siguiente vio Alvarito con gusto que al señor Blas y a él se les unían García de Dios y el señor Raposo.

En el camino el procurador recitó nuevos romances a cual más expresivos y pintorescos.

Llegaron a Riaza, pueblo limpio, frío, con mucha agua por las calles, una plaza bonita y un paseo agradable, el paseo del Rasero.

Comieron en la fonda de la plaza todos, menos el procurador. Este se presentó después y dijo que iba a llamar al dueño, ex soldado de la facción.

Efectivamente, se presentó el dueño y el procurador con mucha habilidad le hizo hablar de su campaña con Merino y de la expedición de don Basilio durante la cual Balmaseda al pasar por allí pretendió avanzar hasta La Granja y apoderarse de la reina Cristina, y quizá fusilarla; pero don Basilio no quiso y riñeron y se insultaron, llamándose el uno al otro: bandido, ladrón, timador y estafador.

El señor Raposo celebró mucho y con gran malicia su manera de sonsacar al fondista.

En la fonda de Riaza comía en la misma mesa un señor flaco y bastante raído, con aire de militar retirado. Al principio dio la impresión de hombre muy veraz y muy severo, pues lo contado por el fondista le pareció sospechoso de falsedad.

De Riaza los cuatro compañeros se dispusieron a tomar el camino de Ayllón y el militar retirado fue también con ellos. Llovía, el camino se hallaba lleno de lodo y las mulas a veces metían las patas en los charcos hasta el vientre.

Poco a poco, el militar retirado, tan severo con las narraciones del fondista, se reveló como charlatán frenético y, sobre todo, como mentiroso de marca mayor. Conocía, según dijo, a todo el mundo; había visitado todos los pueblos.

—¿En Bayona? ¿Si conozco Bayona? —preguntó a Alvarito—. No conozco otra cosa. He vivido allí muchos años.

A pesar de sus conocimientos no recordaba a ninguna persona ni ningún detalle del pueblo.

Las naciones de Europa, el militar, las tenía al dedillo; las de América, lo mismo; allí había peleado él contra los insurrectos; de África conocía las costas y el interior; de Asia, la India, la China y la Siberia; de Oceanía, Borneo y las Filipinas.

Alvarito notó que, al tratar de los distintos países, no decía más que frases vagas y lugares comunes.

El señor Raposo que lo había calado, se divertía preguntándole por los pueblos más lejanos.

—¿Conoce usted la Cochinchina?

—¡Uf!... si la conozco... es admirable, magnífica, maravillosa... aquellos ríos tan anchos, aquellas montañas...

Al llegar a Ayllón el señor Blas tuvo marcado interés en separarse del militar retirado y no entrar en su compañía en la fonda.

—Es un hombre muy mentiroso —dijo a Alvarito— y no puede ser más que un petardista.

—¿Usted cree que miente?

—La cuestión sería saber si ha dicho alguna vez algo que sea verdad —contestó el mantero.

El señor Blas calculó que si se sumaban los años que aquel señor permaneció en distintas ciudades del mundo, llegarían a más de doscientos y él no parecía pasar de cuarenta a cincuenta.

El señor Raposo dijo que iba a comer en casa de un amigo del pueblo. El señor Raposo se escabullía siempre a las horas de comer.

En Ayllón quedaban algunos recuerdos de la guerra carlista, hacía poco tiempo aún que al entrar Balmaseda se llevó todo el dinero del pueblo.

El señor Raposo se reunió con Alvarito, el mantero y García de Dios después de comer.

—¿Saben ustedes? —les preguntó.

—¿Qué pasa?

—El militar retirado que se me ha acercado a pedirme tres duros.

—Y usted ¿qué ha hecho?

—Pues nada. Me he reído un poco de él y no se los he dado.

Por su vitola el procurador no parecía hombre a quien se le pudiera sacar dinero.

Pasearon por Ayllón, pero como llovía se guarecieron en un cafetucho de la plaza.

—En este pueblo —dijo el señor Raposo— vivió el condestable don Álvaro de Luna y aquí predicó también San Vicente Ferrer un sermón célebre, mandando que los cristianos no se mezclasen con judíos ni con moros, que los unos llevasen tabardos con una señal roja, la rodela bermeja, y los otros, capuces verdes con medias lunas claras, para ser conocidos desde lejos.

Se discutió con motivo de esto acerca de los judíos y de los moros. El procurador simpatizaba con los judíos, le parecían muy justas y naturales las ideas de esto sobre la prepotencia del dinero. Verdad es que por su tipo un naturalista hubiera clasificado al señor Raposo como un _pajarracus semiticoide_.

El señor Blas también había oído decir que la expulsión de los judíos y de los moros fue perjudicial para la industria y la agricultura de España, García de Dios no tenía opinión formada, Alvarito tampoco; pero se inclinaba a creer que la expulsión era defendible en parte y que la permanencia de los judíos y de los moros hubiera africanizado más el país.

El señor Raposo creía que los judíos habían influido en España en la aristocracia y en parte del pueblo, dándoles algunas de sus condiciones.

Al día siguiente, domingo, fueron los cuatro a Atienza y comenzaron a ver al mediodía la silueta grave de aquella ciudad, asentada sobre un cerro, bajo una aguda peña coronada por el castillo. El día estaba frío, el sol pálido iluminaba los tejados grises del pueblo.

Al llegar, el señor Raposo se marchó a su casa, García de Dios se despidió y el mantero y Alvarito fueron a hospedarse a la posada llamada del Cordón, por ostentar en su portada un gran cordón de relieve tallado en la piedra sillar y varias inscripciones góticas. Esta casa fue, según se decía, antigua lonja de los judíos.

El mantero preguntó maliciosamente al dueño de la posada por el señor Raposo y el dueño les dijo que el procurador era de una roña y de una avaricia increíble.

—¿De verdad?

—Usted no sabe. En su casa no se come ni se enciende el fuego.

—Pues él dice que compra antigüedades y libros...

—Sí, para venderlos.

—¿Pero tan avaro es?

—No tienen ustedes idea.

Al parecer, el señor Raposo resultaba hermano espiritual del licenciado Cabra y el posadero contó detalles de la sordidez del procurador que más de avaro parecían de loco.

Después de comer, el señor Raposo se presentó en la posada, para ofrecerse a acompañar a Alvarito por si quería ver el pueblo y el castillo. Sin duda el procurador deseaba lucir sus conocimientos arqueológicos.

Salieron de la posada. La tarde estaba desapacible, fría; corría un viento helado. Cruzaron varias calles y al subir hacia el castillo, en la cuesta, vieron a un cura sentado en el repecho con un bastón en la mano, en actitud pensativa. Era un hombre de cara sombría y desesperada.

—¿Qué hace este cura aquí? —preguntó Alvarito.

—Es un cura loco —dijo el procurador—. Se suele sentar en las piedras del camino y pasa así el tiempo hablando solo tristemente.

Alvarito le contempló con curiosidad y con pena.

Subieron al antiguo castillo, levantado en el cerro, sobre una gran roca caliza y Álvaro escuchó las disertaciones del procurador. Le mostró los muros, las puertas, la plaza de armas, los arcos y los torreones.

Desde lo alto del castillo explicó el señor Raposo la extensión antigua del pueblo, hasta donde llegaban los distintos barrios y dónde caía la judería.

Como hacía frío allá arriba, Alvarito no preguntó nada y, a la menor insinuación del señor Raposo de bajar al pueblo, aceptó y fueron los dos a refugiarse en el casino de la plaza.

Más de lo que contó el procurador, le impresionó a Álvaro aquella figura trágica del cura, sentado sobre una peña en la tarde helada. ¡Qué estampa para La Nave de los Locos!

Entraron en el casino del pueblo, que ocupaba el piso principal de un viejo caserón de la plaza.

Para el señor Raposo regía la costumbre inveterada por principios de no tomar nada más que cuando le convidaban y Alvarito le convidó.

Como día de fiesta, la sala del casino estaba llena de gente, y llena también de humo.

El señor Raposo calificó a los reunidos allí de gente vulgar, inculta, sin ningún carácter. Había algún tipo curioso, como un liberal, alto, de grandes barbas, anticlerical frenético. Este hombre se echaba al campo a caballo, con su carabina y sus pistolas y desafiaba a todo el que no profesara sus ideas, como si estuviese en tiempo de la caballería andante.

Aquel hombre exaltado luchaba rabioso con la indiferencia del ambiente. Cuando no tenía con quien reñir, se lanzaba en su caballo, a galope, a rienda suelta, por cualquier barranco o pedregal, a riesgo de romperse la crisma.

Otro tipo, de bufón y de jugador de ventaja, el señor Raposo indicó a Alvarito. Se llamaba Sarmiento de apellido y por apodo el Capitán.

El Capitán era un viejo alto, con la nariz gruesa y roja, bigote rubio, cano, y ojos tiernos. Andaba siempre metido en chanchullos de casas de juego y de casas de citas. No era mala persona, pero sí muy cínico, parecía el hazmerreír de todo el mundo.

Alvarito preguntó qué decía y el señor Raposo le explicó que el Capitán trabucaba a propósito todas las frases hechas para hacerlas más cómicas. Así decía, por ejemplo: Yo me lavo las manos como Mahoma. Se marcha usted por los _forros_ de Úbeda. Es un país donde se _asan_ los perros con longaniza.

Alvarito escuchaba a los unos y a los otros. Tenía ya idea de la pobreza del país, pero esto no le chocaba tanto como la sequedad espiritual y la agresividad de la gente, el poco afecto que se mostraban los unos a los otros y la malevolencia con que se atacaban.

Cuando Álvaro volvió a la fonda y contó al señor Blas cómo había pasado la tarde, el mantero dijo:

—Si desea usted quedarse aquí, por mí, no le importe. Yo seguiré solo.

—No, no, yo voy con usted. Por ahora me ha ido muy bien en su compañía y quiero seguir.

La perspectiva de nuevas conversaciones eruditas con el señor Raposo ya no le seducían.

V

LA MONJITA DE ALMAZÁN

A pesar de la lluvia, al día siguiente, día de mercado, salieron el señor Blas y Alvarito de Atienza; caminaron durante algún tiempo con campesinos de clásica silueta, sombreros redondos y capas pardas, y mujeres con el refajo en la cabeza, jinetes en mulos y borriquillos.

Comieron en el camino, sobre un ribazo, y al comenzar la tarde se les echó encima una niebla espesa y fría. El sol comenzó a languidecer rápidamente y fue quedando como un disco de color naranja y luego blanco, como una luna pálida, en el horizonte gris amarillento, hasta que al fin desapareció. La niebla fría picaba en la cara.

Se encontraron en el camino con unos arrieros que iban de Madrid a Navarra y, unidos a ellos, siguieron marchando en medio del mar de niebla, en el cual no se veía a tres metros de distancia.

—Estamos cruzando, en este momento, el Campo de las Brujas, de Barahona —dijo el señor Blas.

—Siento no verlo —exclamó Alvarito—; debe ser curioso.

—No; no es más que una gran llanura, pedregosa y desierta —replicó el mantero—. Antes se conservaban por aquí las ruinas de un pueblo llamado Hoyos, con su picota y su horca.

—¿Y por qué se llama esto el Campo de las Brujas? —preguntó Alvarito.

—Pues no lo sé —contestó el señor Blas—. A muchos se lo he preguntado, pero nadie me lo ha sabido decir.

—Demonio, hace frío por aquí —murmuró Alvarito.

—Ya se sabe; ya lo dice el refrán —replicó el mantero—: «En el campo de Barahona, vale más mala capa que buena azcona».

—Lo cual quiere decir que en estos campos hace frío, pero no hay peligro.

—Eso mismo que usted dice.

—Entre la niebla y el viento, aquí se hiela uno.

—Hay que seguir otro refrán, que sirve para todos los tiempos —añadió el señor Blas.

—¿Y cuál es?

—Es este: «Si quieres vivir bueno y sano, la ropa del invierno llévala en verano».

La niebla seguía espesándose; no se veía a dos pasos de distancia. Había que ir despacio. Al llegar, horas más tarde, a una casa del camino, el señor Blas dijo:

—Yo, por mi gusto, seguiría adelante hasta Almazán; pero todavía nos faltan tres leguas largas, y cuando oscurezca, con esta niebla y con el camino perro, lo vamos a pasar muy mal. Así que, si usted no tiene prisa, nos quedaremos por esta noche en la venta.

—A mí me parece muy bien.

—Bueno, pues vamos a la casa del Duende.

—¿Así se llama?

—Así se llamaba por lo menos antes.

—¡Demonio!

—¿Le da a usted miedo?

—No mucho; ¿y a usted?

—A mí, tampoco gran cosa.

—¿Es que había duendes en esta posada?

—Allá donde vive alguna viudita alegre y guapa, o alguna muchacha ligera de cascos, siempre se dice que aparecen duendes; pero en estos campos, desde que la gente usa escopetas, ya no hay duendes.

Entraron en la venta, llevaron las caballerías a la cuadra y fueron a la cocina, donde lucía gran fuego, y sobre una pala de hierro, teas de resina para alumbrar, que echaban humo irrespirable. Cenaron, se tendieron a dormir en el pajar y se despertaron muy de mañana con las voces de uno que gritaba:

—¡Eh!, arrieros, a levantarse, que está amaneciendo.

Se presentó un día hermoso de sol; montaron en sus mulas y, sin darse prisa y descansadamente, llegaron a Almazán para la hora de comer.

El señor Blas quiso hospedar a Alvarito en su casa; pero el muchacho se negó a ello. La familia del mantero no parecía tan abierta y tan expansiva como él; sin duda este era hombre de mejor pasta y, además, los viajes le habían dado un carácter de libertad y benevolencia. Alvarito fue a la fonda.

Comió y después marchó a dar un vistazo por la ciudad.

Almazán, con sus murallas, al lado del Duero, con su hermosa plaza con soportales, sus puertas, sus cubos y torreones, presentaba agradable aspecto. Vio las iglesias, el palacio de la plaza, de sillería roja; anduvo por la parte alta del pueblo, metiéndose por las callejuelas. Contempló las casas de adobes, torcidas y derrengadas, de color arcilloso las tapias de los corrales, con bardas de ramas revocadas con manteo de barro y paja.

Luego salió por una puerta al puente, cruzó el río y se alejó un poco para contemplar la ciudad en conjunto.

Enfrente aparecía el pueblo con varios campanarios puntiagudos, la parte de atrás de un gran palacio de piedra amarilla y la muralla dorada. Desde el muro bajaba un talud verde hasta el río y se veía una alameda, de follaje nuevo, brillando al sol. Por el puente pasaban algunos carromatos y recuas de mulas y de caballos que llevaban los chicos a beber al río.

Un viejo de anguarina parda le pidió limosna. Alvarito le dio una moneda de cobre y le hizo algunas preguntas. El viejo, idiota o escamón, no quiso contestar, y Alvarito volvió al pueblo y entró en casa del señor Blas.

El mantero no sabía nada de la ciudad. No le interesaban, ni las iglesias, ni lo arqueológico.

—Y en ese hermoso palacio de la plaza, ¿quién vive? —preguntó Álvaro.

—Ahora, no vive nadie —le contestó el mantero.

—Pero, ¿de quién es?

—No sé; aquí le llaman únicamente el palacio.

En la calle preguntó a dos o tres, y nadie lo sabía ni tenía la menor curiosidad por ello.

Alvarito sacó en consecuencia que en la mayoría de los pueblos de España no quedaba aristocracia, o que, si quedaba, nadie se cuidaba de ella. Realmente los pueblos vivían como si la aristocracia no existiera.

Notó el señor Blas, el mantero, que Alvarito no era recibido en su casa amablemente, y le dijo, sin duda como compensación, que le llevaría al convento de Santa Clara para presentarle a su sobrina.

—Le gustará a usted —añadió.

—¿Pero, cómo, es una monja?

—Sí.

—¿Y quiere usted que me guste?

—Hay que entender; no digo que le guste para que le haga usted el amor, sino para hablar con ella.

El convento de religiosas de Santa Clara, en Almazán, no muy grande, estaba muy bien situado y tenía una hermosa huerta y balcones y galerías que daban al río.

El señor Blas y Alvarito entraron en el convento, pasaron a un patio empedrado con losas y un corredor blanco.

Al entrar en el locutorio, sonó la esquila y cuatro o cinco religiosas salieron escapadas por una puerta, con un ruido de faldas que daba la impresión de una fuga de fantasmas.

—¡Qué brujas! —dijo el señor Blas, y murmuró después:

Aleluya, aleluya, padre vicario, que se suben las monjas al campanario.

Luego, sentándose en un sillón antiguo e indicándole otro a Alvarito, añadió:

—Siéntese usted; las monjas se escapan, pero están deseando que se venga a visitarlas. Algunas son muy alegres.

A Alvarito no le dieron semejante impresión. Las caras que vislumbró tenían un aire de estupor petrificado, duro e inexpresivo; como si la vida, retirándose de aquellos rostros, solo dejara una máscara helada. No había en conjunto en la casa más que siete u ocho monjas.

En el locutorio, grande y blanqueado, con tres ventanas altas y enrejadas, colgaban en las paredes cuadros negros y, en medio de un testero, un crucifijo. Alrededor había varios sillones fraileros y sillas de cuerda de esparto; en el suelo, ruedos blancos. Olía allí a húmedo, a cerrado.

De pronto se abrió la puerta y apareció la superiora, Sor María de los Ángeles, con la sobrina del señor Blas, la hermana Visitación, todavía novicia.

La superiora vestía hábito gris oscuro, toca blanca, un cordón también blanco en la cintura, velo negro en la cabeza, sandalias y un escudo de la Concepción en el pecho. Era gruesa, de cara que parecía de cera, los ojos negros y una sombra de bigote sobre el labio.

La sobrina del señor Blas, la hermana Visitación, llevaba velo blanco alrededor de la cabeza, sin duda distintivo de su noviciado. La hermana Visitación era agraciada y gentil. Se adivinaba tras de su hábito un cuerpecito esbelto y bien formado.

El señor Blas contó a su sobrina las peripecias de su viaje con Alvarito y le instó a este para que explicara sus impresiones de la guerra.

Alvarito relató sus aventuras con sencillez, narró lo visto por él, recalcando los detalles crudos. La novicia hizo reflexiones acerca de la barbarie, de la sensualidad y de las pasiones de la gente, entregada al mundo, al demonio y a la carne. Se oía con gusto su voz dulce, suave, y si a veces se le podía reprochar cierta tendencia a la petulancia y a la pedantería, quedaba como velada por su gracia natural.

Luego, incitada por la madre superiora, mujer un poco absurda, que deseaba se luciese su novicia, la chica recitó de memoria capítulos enteros de _Los Desengaños Místicos_, del padre Arbiol.

Toda aquella sabiduría amanerada, de confesor, en estilo académico y florido, en boca de una muchachita aldeana, en aquel convento triste, tenía aire tan absurdo y antinatural, que Alvarito contempló a la vieja superiora y a la novicia, pensando si a alguna de las dos, o a las dos, se les aparecerían de repente los cascabeles de la Dama Locura de La Nave de los Locos. Se despidieron de las monjas.

El señor Blas condujo a Álvaro a casa de un arriero para que le llevara a Medinaceli y le recomendó a un comerciante de este pueblo.

Al día siguiente, por la mañana, el joven Sánchez de Mendoza paseó, contemplando el mirador del convento y pensando en la gentil novicia y en su mística sabiduría. Fue luego a despedir al señor Blas, quien le apretó efusivamente la mano y emprendió su camino.

VI

PUEBLOS Y CAMPOS DE CASTILLA

Hay en España tierras sin más variedad que la variedad de color de las estaciones y de la luz del cielo; no hay en ellas dibujo, no hay accidentes; son como el mar, como el desierto; sugieren ideas de misticismo, de unidad, de monoteísmo. En primavera verde claras, en el verano verde más oscuras, son en el otoño doradas y en la época del barbecho negruzcas o rojas.

Sobre su extensión monótona vierte el cielo unas veces la luz de un azul uniforme, otras el resplandor de sus nubes blancas y la claridad cernida del horizonte encapotado. Toda su variedad proviene del contraste entre el color del suelo y el color del aire.

La tierra recorrida por Alvarito no era igual, ni monótona ni uniforme; no semejaba a un mar de distintas entonaciones, según la luz; era una región convulsa, violenta, con dibujo caprichoso y siempre distinto; un terreno vario de forma y de color, verde y gris y con las entrañas teñidas de ocre.

El fondo del horizonte lo cerraba con frecuencia una línea de montes bajos, largos, grises; una ola de piedra en la juventud del planeta, que limitó después seguramente la hondonada de algún gran lago.

Al marchar en su camino, el viajero veía sucederse valles de tierra fértil, montes con matorrales y con encinas, cerros grises, áridos, plomizos, con vetas amarillas y bermejas y laderas blancas y yesosas.

Tras de la aridez, tras de los terrenos con aire estéril, como sembrados de sal por alguna maldición bíblica, tras de las ramblas con juncales y los descampados llenos de piedras y de espejuelos, con algunos pobres cardos secos, venía la tierra cultivada y el olivar triste y dramático; tras de los montes erosionados en cárcavas profundas, las huertas a orillas de un arroyo; tras de los cerros secos e infecundos, los campos cuadriculados, los rectángulos, de un verde luminoso, del trigo y de la cebada.

Alvarito recogía con cariño las impresiones de aquella tierra áspera, violenta y cambiante.

Por la mañana, al levantarse y al prepararse para salir de la aldea, cantaban los gallos en los corrales, sonaba la campana de la primera misa, corría vientecillo frío y sutil y el sol doraba las piedras del cerro próximo, como si las pusiera candentes.

Los labradores salían con arados y yuntas; algunos burros, con sus serones, atados a las rejas, miraban con ojo observador; recuas de mulas aguardaban a la puerta del mesón, y la diligencia, desmantelada y polvorienta, esperaba en la plazoleta o en la rinconada a que un mozo le quitara el barro, echándola cubos de agua.

En las calles del pueblo sorprendía el aroma de la retama y de la jara, salido de los hornos de cocer el pan, y el olor de orujo de las alquitaras.

Luego, al comenzar a marchar por la carretera, si se quería echar una última mirada al pueblo, se le veía dorado al sol, con la torre de la iglesia triunfadora; los tejados, las azoteas y las guardillas, brillantes e incendiadas...

Avanzaba la mañana; se cruzaba con galeras y con recuas por el camino polvoriento; rebaños de ovejas blancas y negras se esparcían por el campo.

Al mediodía, el sol, en el cénit, brillaba con todo su esplendor. Era difícil encontrar una sombra para descansar. Se comía, se tendía un momento a mirar al cielo y se experimentaba como la embriaguez del abismo azul. Se sentía sed de beber el espacio, envidia de las águilas, viajeras solemnes de las alturas.

Cuando el calor apretaba, el aire parecía vibrar en los contornos de los montes y de los árboles. Los cuervos pasaban graznando y las urracas volaban y saltaban, agitando su larga cola.