La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 3
Estando así en el suelo cubierto con mi camilla, vi dos mujeres viejas; la una traía un candil ardiendo, la otra un puñal y una esponja, y pusiéronse cerca de Sócrates, que dormía muy bien. La que traía el puñal dijo a la otra:
--Hermana Pancia, este es el gran enamorado Endimión, otro Ganímedes, que días y noches burló de mi juventud. Este es el que no solamente contando mis amores me difama y deshonra, mas aun ahora se quería huir, y que yo quede sola y con pena, como Calipso cuando Ulises la dejó y se fue.
Diciendo esto me señaló con la mano, y dijo a Pancia:
--Y también este buen consejero Aristómenes, que es el autor de esta huida, cercano está de la muerte, echado yace en tierra debajo de la cama; todo esto bien lo ha mirado, mas no crea que ha de pasar sin pena por lo que contra mí dijo, yo le haré que luego, y aun ahora, se arrepienta de lo que malamente ha hablado y del consejo de la huida que quiere hacer.
Yo, mezquino, como entendí estas palabras, cubrime de un sudor frío y comenzome a temblar todo el cuerpo, en tanta manera, que mi camilla saltaba temblando en mis espaldas.
Pancia dijo entonces:
--Pues, hermana, ¿por qué a este no despedazamos primero o le cortamos su natura?
Respondiole Meroes (que era la tabernera, la cual conocí más por su gesto de vino que por otra cosa):
--Antes me parece que debe de vivir este, para que entierre a este otro cuitado.
Y tomando la cabeza de Sócrates por la parte siniestra de la garganta, le metió el puñal hasta los cabos, y tomó la sangre en un barquino, de manera que gota no pareció, y metiendo la mano por la llaga hasta las entrañas, sacó el corazón de mi triste compañero, el cual, como tenía cortado el gaznate, no pudo dar ni un solo gemido.
Pancia tomó la esponja que traía, y metióla en la boca de la llaga, diciendo:
--Tú, esponja, nacida en la mar, guarda que no pases por ningún río.
Diciendo esto, ambas se vinieron a mí y quitáronme la cama de encima, y puestas en cuclillas meáronme la cara, tanto, que me remojaron muy bien, y entonces se fueron, y luego las puertas se tornaron a su lugar como de antes estaban.
Yo, como estaba echado en tierra, desnudo y frío y remojado de orines, como si entonces hubiera salido del vientre de mi madre, dije entre mí:
«¿Qué será de mí cuando se hallare este a la mañana degollado? ¿Quién me podrá creer, aunque dé mil razones? Porque luego me dirán: Si tú, hombre tan grande, no podías resistir a una mujer, a lo menos dieras voces y llamaras socorro. ¿Cómo en tu presencia degollaban un hombre? ¿Por qué, si eran ladrones, no mataban a ti como a él? Así que, pues escapaste de la muerte, torna a ella.»
Considerando yo estas cosas muchas veces, íbase la noche, y venía el día; pareciome buen consejo salirme antes de él, y tomar mis alforjas y mi capa.
Comencé de abrir las puertas de la cámara con la llave, y aquellas, que esa noche de su voluntad se abrieron, a mala vez y con mucho trabajo pude abrir, dando veinte vueltas a la llave.
Después que salí de la cámara, fuime a la puerta del mesón, y dije al portero:
--Oyes, tú, ábreme la puerta, que quiero caminar de mañana.
El que cerca de la puerta estaba echado, me respondió:
--¿Cómo te quieres partir ahora, que aún es de noche? ¿No sabes que andan ladrones por los caminos? Si tú eres tan simple que deseas morir, nosotros no tenemos cabezas de calabaza que queramos morir por ti.
Yo dije:
--No hay mucho de aquí al día, cuanto más, que a hombre pobre, ¿qué pueden robarle los ladrones? ¿No sabes tú, hermano, que a hombre desnudo, diez valientes no le pueden despojar?
A esto el embeleñado villano, medio dormido, dio una vuelta sobre el otro lado, diciendo:
--¿Y qué sé yo ahora si dejas degollado aquel tu compañero con quien cenabas anoche, y te vas huyendo?
Cuando yo le oí aquello, en aquel punto me pareció abrirse la tierra, y que vide el maldito profundo del infierno, y el traidor del Cancerbero hambriento por tragarme. Acordóseme que aquella buena de Meroes no me había dejado de matar por misericordia, mas por crueldad, por guardarme para la horca. Así que torneme a la cámara, y pensaba entre mí qué linaje de muerte me habían de dar al otro día; con esta cuita determiné de matarme, y como en la cámara no hubiese armas, volvime a mi camilla, y díjele:
--¡Oh mi lecho amado, que has padecido conmigo tanta fatiga esta noche, tú eres sabedor de lo que aquí se hizo; a ti solo puedo tomar por testigo de mi inocencia; ruégote que si tengo que morir, me des algún socorro!
Y diciendo esto, desaté una soguilla con que estaba tejido, y echéla de un madero, e hice un lazo en la cuerda, y subido encima de la cama, me lo puse atado al pescuezo, y dando con los pies en la cama por apartarla, para que el cuerpo quedase en el aire, y me ahogase, la cuerda, súpitamente, con el peso del cuerpo se hizo pedazos de vieja y podrida; yo, como caí de lo alto, di sobre Sócrates, que estaba allí echado cerca de mí. Y luego en ese momento entró el portero dando voces:
--¿Dónde estás tú que a media noche con gran prisa te querías partir, y ahora te estás en la cama?
A esto, no sé si o con la caída que yo di, o por las voces y baraúnda del portero, Sócrates se levantó primero que yo, diciendo:
--No sin causa los huéspedes aborrecen y dicen mal de estos mesoneros; ved ahora este necio importuno cómo entró de rondón en la cámara, creo que por hurtar algo. Con sus voces me despertó.
Cuando yo vi a mi compañero hablar, fuime a él y abracele y besele muchas veces; él me dijo:
--Quítate allá, que hiedes malamente.
Entonces yo le mudé el propósito, y lo hice levantar, y luego nos partimos. Empezamos a caminar ya cuando el sol alumbraba toda la tierra: yo iba muy curiosamente mirando a mi compañero la garganta por aquella parte que le había visto meter el puñal, y decía entre mí.
Cierto, anoche yo estaba tan lleno de vino, que soñé cosas del diablo: he aquí Sócrates vivo y sano. ¿Dónde está la herida? ¿Dónde esta la esponja?
Entonces dije a mi compañero:
--No sin causa dicen los médicos que los que mucho cenan y beben, sueñan pesados sueños, así me aconteció a mí, que anoche, como me desordené en el beber, soñé crueles y espantables cosas, que aun me parecía que estaba rociado con sangre de hombre.
A esto respondió él riéndose:
--Antes me parece que estás rociado con meados. Pero también soñaba yo que me degollaban, y me dolió la garganta, y que me arrancaban el corazón: y aun ahora no puedo resollar; por tanto, quería comer alguna cosa para esforzar.
Yo entonces le dije:
--He aquí el almuerzo.
Luego saqué pan y queso, y sentámonos a almorzar. Yo lo estaba mirando cómo tragaba los bocados con una flaqueza intrínseca y un color amarillo, que parecía de muerto: yo, pensando en aquellas brujas, estaba tan medroso, que el bocado de pan que había mordido se me atravesó en el galillo, de manera que no podía pasar abajo, ni tornar arriba, y también tenía temor por no ver pasar a nadie por el camino.
Sócrates, desde que hubo bien comido del pan y queso, tenía gran sed, y cerca de allí do estábamos asentados, corría un hermoso y claro río, adonde mi compañero fue a matar su sed; y echándose de bruces en el agua, empezando a meter los labios, se le abrió súpitamente la degolladura, y de dentro salió la esponja con una poca de sangre.
Yo, cuando esto vi, asile por los pies y tirelo a tierra, que de otra manera, el cuerpo sin alma cayera en el río. Después (según el tiempo y lugar) lloré a mi compañero, y le di en la arena sepultura para siempre. Y con mucha ansia me fui por esos caminos; y dejando mi tierra y casa, tomando voluntario destierro me fui a Etolia, y allí me casé, donde ahora soy morador.
De esta manera nos contó Aristómenes su historia: y el otro su compañero, medio riendo, dijo:
--No hay mentira tan fabulosa en el mundo como esta.
Y mirando hacia mí, dijo:
--Tú, hombre de bien (según tu presencia y hábito muestran), ¿crees esta conseja?
Yo le respondí:
--Cierto: no pienso que hay cosa imposible, porque muchas veces acaecen a mí y a ti, y a todos los hombres, cosas maravillosas que nunca acontecieron, que si se cuentan a persona rústica, no son creídas.
Y volviéndome a Aristómenes, le dije:
--Mucho holgué de oír tu historia, y de mi parte lo agradezco mucho, porque con tu cuento me hiciste olvidar el camino y pasarlo sin fatiga; del cual beneficio también mi caballo lleva su parte, porque sin trabajo suyo he venido hasta la puerta de esta ciudad, no encima de él, mas de mis orejas.
Aquí nos apartamos; yo entré en la ciudad, y mis compañeros pasaron adelante.
III.
Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata y fue a posar en casa de Milón, y lo que con Pitias le aconteció.
Llegando al primer mesón que hallé, pregunté a una vieja tabernera si conocía uno de los principales de aquel pueblo que se llamaba Milón.
La vieja respondió:
--Por cierto así es, que este Milón es el más honrado de su casa.
Yo le dije:
--Madre mía, dejemos burlas y dime en qué casa mora.
Ella respondió:
--¿Ves aquellas ventanas del cabo que están fuera de la ciudad, de frente una calleja sin salida? pues allí mora Milón, harto rico, y mayor avariento, y de baja condición, hombre infame y sucio, que no tiene otro oficio sino continuo dar dinero a usura, sobre buenas prendas de plata y oro; metido en una casilla pequeña, está siempre pensando en su dinero, con su mujer, compañera de tristeza y avaricia, y no tiene en su casa persona, sino una mozuela, y tanto es avariento, que anda vestido como un pobre hombre.
Cuando yo oí esto, reíme entre mí, diciendo:
--Por cierto, bien encaminado vengo de mi amigo Demeas, pues a tal hombre me envía para que me dé posada, en cuya casa ni habrá miedo del humo ni del olor de la cocina.
Y diciendo esto llegué a la puerta de Milón, a la cual, como estaba muy bien cerrada, empecé a llamar.
En esto salió una mozuela de dentro, que me dijo:
--Oyes tú, que tan reciamente llamas a la puerta, ¿qué prenda traes para que te preste sobre ella dineros?
Yo le respondí:
--Mejor lo haga Dios conmigo; respóndeme si está en casa tu señor.
Ella dijo:
--Sí está; mas dime: ¿qué es lo que quieres?
Yo respondí:
--Tráigole cartas de Corinto, de su amigo Demeas.
Ella me dijo:
--Espera en cuanto se lo digo.
Y cerrando muy bien la puerta, se entró para dentro.
De allí a poco tornó a salir, y abriéndola, me dijo que entrase.
Yo entré y hallé a Milón sentado a una mesilla pequeña, que entonces empezaba a cenar. Y la mujer estaba sentada a los pies, y en la mesa había poco o casi nada que comer.
Él me dijo:
--Esta es tu posada.
Yo le di muchas gracias, y luego le di las cartas de Demeas, las cuales por él leídas, dijo:
--Yo soy muy contento de tener tan honrado huésped como mi amigo Demeas me envía.
Y diciendo esto, hizo levantar a su mujer, y a mí, tomándome por la halda, me hizo sentar en su lugar, diciendo que por miedo de ladrones no tenía otra silla ni otras cosas que convenían.
Después que yo fui sentado, me dijo.
--Huésped honrado, ruégote que no menosprecies la angostura de mi casa, que está aparejada para lo que mandares, y ves allí a aquella cámara, que es razonable, donde puedes estar a tu placer. Porque cierto, tu persona hará mayor la casa; demás de esto, imitarás a tu padre Teseo, que nunca se menospreció de posar en casa de aquella buena vieja Hecales.
Entonces llamó a la moza, y díjole:
--Andria, toma esta ropa del huésped y ponla a buen recaudo, y saca aceite para untarse y un paño para limpiarle, y llévalo al baño más cercano, porque vendrá fatigado del largo camino.
Cuando yo le oí esto, dije:
--No he menester nada de esto, que yo iré y preguntaré por el baño. Lo que ahora querría es que para mi caballo me compres tú, Andria, heno y cebada, ves aquí los dineros.
Entonces puse mi ropa en aquella cámara, y yendo al baño, acordé de proveer primero algo para cenar, y fuime a la plaza de Cupido a donde había gran abundancia, y compré pescado.
Al tiempo que me venía topé con Pitias, que fue mi compañero cuando estudiábamos en Atenas, el cual, como me vio, se vino a mi y abrazome y diome paz amorosamente, y dijo:
--¡Oh, mi Lucio! mucho tiempo ha que no nos vimos; ¿qué es ahora la causa de tu venida?
Yo dije:
--Mañana nos veremos más despacio, y entonces te lo diré. Mas ¿qué es esto? Yo he gran placer en verte con vara de justicia; según tu hábito, debes tener oficio en la ciudad.
Él me respondió:
--Soy almotacén, tengo cargo de las cosas de comer; por eso, si quieres comprar algo, bien te podré aprovechar.
Yo no quise, porque ya tenía comprado lo necesario para cenar. Pero él, como vio la espuerta del pescado, tomola, y mirando los peces que en ella había, dijo:
--¿Cuánto te costó este rehús?
Yo le dije que veinte maravedís. Lo cual como él oyó, tomome por la halda y llevome a la plaza de Cupido y preguntome:
--¿De cuál de estos lo compraste?
Yo le mostré un vejezuelo que estaba sentado en un rincón. Al cual, con voces ásperas (como a su oficio convenía), empezó a maltratar diciendo:
--Vosotros ni perdonáis a nuestros amigos ni a los forasteros que aquí vienen, porque vendéis el pescado podrido por tan gran precio, y hacéis con vuestra carestía que una ciudad como esta, que es la flor de Tesalia, se torne en un desierto. Pero no lo haréis sin pena, a lo menos en tanto que yo tuviere este cargo.
Y tomando la espuerta del pescado la derramó por el suelo e hizo a uno de sus oficiales que lo rehollasen con los pies. Así que mi amigo Pitias contestó con este castigo, me dijo:
--Lucio, bien basta lo que hice a este vejezuelo; vete con Dios.
Yo quedé mal contento de esto, y me fui al baño sin cena y sin dineros, por el buen consejo de aquel mi amigo Pitias. Así que, después de lavado, torneme a la posada de Milón y entreme en la cámara.
Luego vino Andria, la moza de casa, a llamarme diciendo:
--Ruégate mi señor que vayas allá.
Yo, sabiendo la miseria de Milón, excuseme diciendo que quien venía fatigado del camino, más había menester reposar en la cama que otra cosa.
Mas Milón se vino a mí, y tomome por la mano y llevome a aquella su pequeña y pobre mesilla, donde me hizo sentar. Y luego me preguntó:
--¿Cómo está mi amigo Demeas? ¿cómo está su mujer e hijos?
Yo le di cuenta de todo muy cumplidamente. Así mismo me preguntó ahincadamente la causa de mi venida, la cual después que muy bien le relaté, me preguntó de la tierra y del estado de la ciudad, y quién la regía y gobernaba, y otras cosas.
Plugo a Dios que acabó de parlar el viejo rancioso, más hambriento del sueño que harto de la cena, y dándome licencia me fui a dormir.
LIBRO II.
ARGUMENTO.
Andando Lucio Apuleyo mirando la ciudad de Hipata, se conoció con una tía suya; era dueña muy rica; y cómo fue avisado de ella que se guardase de la mujer de Milón, porque era grande hechicera. -- Y cómo se enamoró de la moza de casa. -- Y de un convite que le hizo su tía, donde infiere cosas graciosas y de placer. -- Y cómo guardando uno a un muerto, le cortaron las narices y orejas. -- Después, cómo Lucio Apuleyo tornó de noche a su posada cansado de haber muerto, no a tres hombres, mas a tres odres.
I.
Cómo andando Lucio Apuleyo por la ciudad se conoció con una su tía, que le dio algunos avisos.
Viniendo la mañana, yo me levanté con ansia y deseo de saber aquellas cosas que son raras y maravillosas, pensando entre mí que estaba en aquella ciudad tan populosa, y que era nombrada por todo el mundo de haber en ella muchos encantamentos de arte mágica.
También consideraba en aquella fábula de Aristómenes mi compañero, la cual había acontecido en aquella ciudad. Y así andaba escudriñando todas las cosas que veía. Y no había cosa que, mirándola yo, creyese ser lo que veía; mas parecíame que todas con encantamento estaban tornadas en otra figura. Andando así, atónito, no hallando principio a lo que deseaba, halleme en la plaza de Cupido, a donde vi venir una dueña con una buena compañía de servidores, vestida de oro y seda y piedras preciosas. Venía a su lado un viejo honrado, el cual, como me vio, dijo:
--En verdad, este es Lucio.
Y diome paz; y llegándose a la oreja de la dueña, no sé qué le habló, que, volviéndose a mí, dijo:
--¿Por qué no te llegas a tu madre y le hablas?
Yo le respondí:
--He vergüenza, porque no la conozco.
Y diciendo esto me detuve.
Ella puso los ojos en mí, diciendo:
--¡Oh bondad generosa de aquella muy noble Salvia, tu madre, prima mía, que en todo le pareces! Llégate a mí, que yo soy aquella Birrena, tu tía, cuyo nombre bien has oído muchas veces a tus padres. Ruégote que vengas a mi posada, aunque mejor diré a la tuya.
A esto respondí con mucha mesura y cortesía:
--Señora, yo poso en casa de Milón, y no me será bien contado mudar de posada; lo que haré será que te visitaré muchas veces.
Hablando estas y otras cosas llegamos a su casa, la cual era muy hermosa y bien labrada. Había en ella cuatro órdenes de columnas de mármol, y sobre cada columna de las esquinas estaba una estatua de la diosa de la Victoria, tan artificiosamente labradas, con sus rostros, alas y plumas, que parecía que querían volar. De la otra parte estaba la estatua de la diosa Diana, hecha de mármol muy blanco, enfrente de la entrada de la puerta. Estaba esta diosa tan pulidamente labrada, que parecía que el aire llevaba su vestidura y que se movía y andaba, y en su presencia mostraba gran majestad. Alderredor de ella estaban sus lebreles, hechos del mismo mármol, que parecía que amenazaban con los ojos, las orejas alzadas, las narices y las bocas abiertas. A las espaldas de esta diosa estaba una piedra muy grande, cavada en manera de cueva, en la cual había esculpidas hierbas de muchas maneras, con sus troncos y hojas, pámpanos y parras, y otras flores que resplandecían dentro de la cueva con la claridad de la estatua Diana, que era de mármol muy claro, y resplandeciente. Pensaras que viniendo el tiempo de las uvas, cuando ellas maduran, que podrás coger de ellas para comer. Y si miraras las fuentes que a los pies de la diosa corrían como un arroyo, creyeras que los racimos que cuelgan de las parras eran verdaderos, que aun no carecen de movimiento dentro en el agua. En medio de estos árboles y flores estaba la imagen del rey Acteón; estaba mirando cómo ella se lavaba en la fuente y cómo él se tornaba ciervo montés.
Andando yo mirando esto con mucho placer, dijo aquella Birrena, mi tía:
--Tuyo es todo lo que aquí ves.
Y diciendo esto mandó a los que allí estaban que se apartasen, que quería hablar un poco secreto; los cuales apartados, me dijo:
--Lucio, hijo muy amado, por esta diosa que delante de nos está, que tengo mucha compasión y ansia de ti, deseando cómo proveerte y remediarte, porque no te querría ver en esta tierra, ni en otra, en peligros y trabajos que ligeramente vienen a las personas. Guárdate fuertemente de las malas artes y peores halagos de aquella Pánfila, mujer de tu huésped Milón, porque es gran mágica y maestra de cuantas hechicerías se pueden pensar; que con cogollos de árboles y pedrezuelas y semejantes cosas, con ciertas palabras hace que la luz del día se torne tinieblas, y que la mar se levante y la tierra tiemble. Y si ve algún gentilhombre que tenga buena disposición, luego se enamora de él, y le hace tales encantamentos, que le ata el cuerpo y el alma, y después que se harta de él, conviértelo en piedra o en bestia, o en otra forma que ella quiere, y a otros mata. Esto te digo temblando, porque te guardes, que es muy enamorada, y tú, como eres mozo y gentilhombre, agradarle has.
Esto me decía mi tía con harta congoja y pena que de mí tenía. Mas yo holgué mucho de saber que mi huéspeda era mágica, porque pretendía alcanzar algo de ella. Y disimulando con mi tía lo mejor que pude, me despedí, pidiéndome que la visitase muchas veces, ya que no quería aceptar su posada. De esta manera salí de manos de mi tía, que ya no veía la hora de verme en casa de Milón, mi huésped.
II.
Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la moza de su huésped Milón, y lo que pasó con ella.
Después que me aparté de mi tía me iba para casa de mi huésped; en el camino decía entre mí:
--Ea, Lucio, vélate bien, que ahora tienes entre las manos lo que tanto deseabas. Desecha de ti todo miedo, porque puedas presto alcanzar lo que deseas; pero mira bien que te apartes de no hacer vileza ni ensuciar la cama y honra de tu huésped Milón. Con todo eso bien puedes requerir de amores a Andria su criada, que parece agudilla, bonica y alegre. Aun bien te debes recordar cuando anoche te ibas a dormir, cómo ella te acompañó mostrándote la cámara, y cubriéndote con la ropa después de acostado, y te besó en la cabeza, partiéndose de allí contra su voluntad.
Yendo yo disputando entre mí estas cosas, llegué a la casa de Milón, y, como dicen, yo por mis pies confirmé la sentencia de lo que había pensado.
Entrando en casa, ni hallé a Milón ni tampoco a su mujer, que eran idos fuera, sino a sola mi Andria, que aparejaba de comer para sus amos. Estaba vestida de blanco, su camisa limpia, y ceñida una faja blanca por debajo de la tetas; y con sus manos blancas y lindas estaba haciendo unos pasteles; y como traía alderredor la masa, ella también se movía tan apaciblemente, que yo, con lo que veía, estaba enamorado de ella; y lo más cortésmente que pude, dije:
--Señora Andria, con tanta gracia y donaire aparejas este manjar, que yo creo ser más dulce y sabroso que otro alguno. Cierto, será dichoso aquel que dejares tocar a tus vestidos.
Ella, como era viva y decidora, me dijo:
--Anda, mezquino, quítate de aquí, vete de la cocina, no te llegues al fuego, porque si un poco del mío te tocare, arderás de dentro, que nadie podrá apagarlo sino yo, que sé muy bien merecer la olla y cama.
Diciendo esto mirome y riose; pero yo no me partí de allí hasta que le toqué con mis manos por su cuerpo, y dejadas las particularidades de su persona, porque todas eran cabales, yo me enamoré tanto de sus cabellos, que en público nunca partía los ojos de ellos, tanto les era su aficionado. Entonces tuve por cierta razón y conocí que la cabeza y cabellos es la parte principal de la hermosura en las mujeres, por dos razones, o porque es la primera cosa que nos ocurre a los ojos, o porque adorna la cabeza de la manera que los vestidos adornan las otras partes del cuerpo. Si trasquilasen la más hermosa mujer que hubiese en el mundo, aunque fuese la diosa Venus, acompañada de sus ninfas graciosas, con su Cupido y toda la más compañía que le sigue, con su arreo de cinta de oro y hermosas cadenas al cuello, y olores de cinamomo y bálsamo, si viniere sin cabellos, no aplacerá ni aun a su marido Vulcano. ¿Qué color puede más agradar que el natural de sus cabellos? Tanta es la gracia de ellos, que, aunque una mujer esté vestida de seda y oro y piedras preciosas, si no mostrase sus cabellos, no podrá estar perfectamente ornada ni ataviada.
Pero en Andria, mi señora, no el atavío de su persona, mas estando revuelta como estaba, le daba más gracia. Ella los tenía espesos y largos que le llegaban abajo de la cintura, y con una redecilla de oro ligados con un nudo muy artificialmente dado, que le daba mucha gracia. De manera que yo no me pude sufrir, y tomándola por el trenzado, la empecé a besar.
Ella me dijo:
--Oyes tú, escolar, dulce y amargo gusto tomas, pues mira que te aviso que, a trueque de comer de la miel, no gustes después la hiel.
Yo le respondí:
--Mi señora, por solo darte un beso a mi contento, sufriré veinte mil penas.
Y sintiendo yo que ella estaba ya encendida en mi amor, la abracé y besé muy a mi placer, y prometiome que esa noche se acostaría conmigo. Así que con esta promesa nos partimos por entonces.
Después, ya que era mediodía, mi tía Birrena me envió un presente de media docena de gallinas, un lechón y un barril de vino añejo. Yo lo entregué a Andria, como despensera de la miserable casa de Milón, y díjele: