La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 4
--Ves aquí, señora, el dios del amor e instrumento de nuestro placer, viene sin llamarlo, de su propia gana. Bebámoslo sin que gota quede, porque nos quite la vergüenza y nos incite la fuerza de nuestra alegría, que esta es la vitualla o provisión que ha menester el navío de Venus; conviene, a saber, que en la noche sin sueño abunde en el candil aceite y vino en la copa.
Después que hube comido, me fui otra vez al baño; ya la noche me recogí a casa, y convidome a cenar mi huésped.
Senteme a una pequeña mesilla, guardándome cuanto podía de la vista de Pánfila, su mujer, porque acordándome del aviso que me había dado mi tía, parecíame que veía el infierno cuando la miraba, y por eso empleaba los ojos en mi Andria.
En esto, como vino la noche y encendieron lumbre, la mujer de Milón, mirando el candil, dijo:
--Cuán grande agua hará mañana.
El marido le preguntó que cómo lo sabía.
Ella le respondió que la lumbre se lo decía.
Milón, riéndose, dijo:
--Por cierto la gran sibila profetisa mantenemos en este candil que todas las cosas que han de ser nos dice primero.
Yo entremetime a hablar en su plática, y dije:
--Pues sabe que este es el principal argumento de la adivinación, y no te maravilles, porque como esta sea lumbre encendida por manos de hombres, a semejanza de aquel fuego mayor que está en el cielo, y, por tanto, se puede adivinar todo. Yo vi ahora en Corinto, antes que de allí partiese, un sabio que allí es venido, que toda la ciudad se espanta de respuestas maravillosas que da a los que le preguntan sus venturas y caminos que han de hacer, y qué día es bueno para hacer casamientos, o para hacer viajes y otras cosas. A mí dijo cuando venía para esta ciudad, que me acaecerían grandes cosas y que de mí se haría un cuento fabuloso, y cosas variables, y que había de escribir libros.
A esto respondió Milón riéndose:
--¿Qué señas tiene ese hombre, cómo se llama?
Yo le dije que era un hombre de buena estatura, entre rojo y negrillo, que se llamaba Diófanes.
Entonces Milón dijo:
--Ese es el que aquí en esta ciudad hacía muchas cosas semejantes a las que dices, por donde ganó hartos dineros; y estando él un día cercado de muchas gentes que le preguntaban sus venturas y suertes, acaso llegó un mozo que le abrazó, y el sabio se holgó mucho de verlo, y preguntando el mancebo cómo le había ido en el viaje de la isla Rubea, él dijo que muy mal, porque la nave, con una grande tormenta, se abrió, y ellos en un pequeño barquillo habían salido con harto trabajo a tierra.
Oyendo esto los que presentes estaban, se rieron y mofaron del sabio, diciendo que cómo conocía el hado y suerte de los otros y era necio en lo que le importaba. Pero tú, Lucio, ¿crees que aquel sabio te dijo verdad? No lo creas, que son grandes charlatanes, y con sus mentiras roban al pueblo ignorante y rudo.
Mi amigo Milón se detenía tanto en contar estas patrañas, que yo entre mí me deshacía, porque quería ir a gozar de mi Andria.
Finalmente, que yo me despedí de él, diciendo que todo me dormía, porque aún estaba fatigado del camino. Y así me fui a mi aposento, a donde hallé muy ricamente de cenar y las copas llenas de vino. Como yo cené a mi placer, acosteme en la cama.
He aquí do viene mi Andria (que ya dejaba acostada a su señora) con una guirnalda de rosas, la cual, como llegó, me besó muy dulcemente, y tomando las rosas, las echó sobre la cama; después hinchó una taza de vino, templola con agua caliente, y me la dio a beber, y teniéndola medio bebida, me la tomó de las manos y bebiose lo que me quedaba, mirándome y saboreando los labios, y de esta manera bebimos otra vez, hasta la tercera.
Después que estaba ya harto de beber, y no solamente con el deseo, sino también con el cuerpo aparejado a la batalla, roguele que se apiadara de mí y se acostase, diciéndole:
--Ya ves cuánta pena me ha dado tu señora, porque estando yo con esperanza de lo que tú me habías prometido, después que la primera saeta de tu cruel amor me dio en el corazón, fue causa de que mi arco se extendiese tanto, que si no le aflojas, tengo miedo que con la mucha tensión la cuerda se rompa, y si del todo quieres satisfacer mi voluntad, suelta tus cabellos y así me abrazarás.
No tardó ella, que había alzado la mesa prestamente con todas aquellas cosas que en ella estaban, y desnudada de todas sus vestiduras, hasta la camisa, y sueltos los cabellos, que parecía la diosa Venus cuando sale de la mar, blanca y hermosa, poniéndose la mano delante de sus vergüenzas. Y acostándose en par de mí, dijo:
--Ahora haz de mí lo que quisieres, que yo no entiendo ser vencida ni te he de volver las espaldas.
Así que pasamos la noche recreando el cuerpo con el beber, y de esta manera entretuvimos algunas otras, aguardando lo que la fortuna quería hacer de mí.
III.
Cómo Birrena convidó a su sobrino Lucio Apuleyo, y de un cuento muy gracioso que uno contó.
Pasados algunos días en que me recreaba con mi Andria, mi tía me rogó que fuese una noche a cenar con ella, lo cual yo le concedí, más por su ruego que por voluntad que tenía, por no apartarme de mi Andria, a la cual primero pedí licencia, y ella me la dio diciendo que volviese temprano del convite, porque de noche andaban por las calles bandas de ladrones que cruelmente mataban a cualquier hombre; yo le prometí de volver lo más presto que pudiese, y dije que conmigo llevaba mi espada para guardarme y defenderme.
Con esto me despedí de ella y fui a la cena, donde hallé otros muchos convidados, que como mi tía era principal de la ciudad, así era el convite bien acompañado y suntuoso.
Allí había mesas ricas de cedro y marfil, cubiertas con paños de brocado; muchas copas y tazas de diversas maneras, y todas de muy gran precio; las unas eran de vidrio artificialmente labrado; otras de cristal pintado; otras de plata y oro resplandeciente, adornadas de piedras preciosas, que ponían gana de beber; finalmente, que todo el suntuoso aparejo que puede ser, allí lo había. Los pajes y servidores de la mesa eran muchos y bien ataviados; los manjares, en abundancia y muy bien guisados; los vinos, añejos, muy finos y de muchas maneras.
En comenzando a cenar, comenzaron a hablar los convidados, riéndose y burlando.
Mi tía dijo entonces:
--¿Cómo te va en esta nuestra tierra, que cierto es la principal del mundo en edificios, y de mucha mercadería, seguridad y franqueza para todos los extranjeros?
A esto yo respondí:
--Por cierto, señora, así me parece; mas he miedo de las tinieblas y maldades del arte mágica, que me dicen que es aquí muy usado, y que aun los muertos no están seguros en sus sepulturas, porque de allí los sacan y toman ciertas partes de sus cuerpos y cortaduras para hacer mal a los vivos, y que las viejas hechiceras, en el punto que alguno muere, en tanto que le aparejan las exequias, con gran cuidado procuran de tomarle alguna cosa de su cuerpo.
Diciendo yo esto, respondió uno que allí estaba:
--Antes digo que aquí tampoco perdonan a los vivos, y aún no sé quién padeció lo semejante, que tiene la cara cortada disforme y fea de toda parte.
Como aquel dijo estas palabras, comenzaron todos a dar grandes risas, volviendo las caras y mirando a uno que estaba sentado al canto de la mesa, el cual, confuso y turbado de la burla que los otros hacían de él, comenzó a reñir entre sí, y como se quiso levantar para irse, Birrena le dijo:
--Antes te ruego, mi Telefrón, que no te vayas; siéntate un poco, y por cortesía que nos cuentes aquella historia que te aconteció, porque mi hijo Lucio goce de oír tu graciosa fábula.
Él respondió:
--Señora, tú me ruegas como noble y virtuosa, pero no es de sufrir la soberbia y necedad en algunos hombres.
De esta manera Telefrón enojado, Birrena con mucha instancia le rogaba y juraba por su vida que, aunque fuese contra su voluntad, se lo recontase y dijese; así que él hizo lo que ella mandaba, y dijo de esta manera:
--Siendo yo huérfano de padre y de madre, partí de Mileto para ir a ver una fiesta Olimpia, y oyendo decir la gran fama de esta provincia, deseaba mucho verla. Así que, andando toda Tesalia, llegué a la ciudad de Larisa con mal agüero de aves negras. Y andando mirando por todas partes las cosas de allí, ya que se me enflaquecía la bolsa, comencé a buscar el remedio para mi pobreza, y andando así, veo en medio de la plaza un viejo que a voces altas decía:
--Si alguno quisiere guardar un muerto, avéngase conmigo en el precio.
Yo pregunté a uno de los que pasaban:
--¿Qué cosa es esta? ¿Suelen aquí guardar los muertos?
Respondiome aquel:
--Calla, hermano, que bien pareces extranjero, y por eso no sabes que estás en medio de Tesalia, donde las mujeres hechiceras les cortan narices y orejas, porque con esto hacen sus artes y encantamentos.
Yo entonces le dije:
--Dime, por tu vida, ¿y qué guarda es esta de los difuntos?
Él me respondió:
--Primeramente toda la noche ha de velar muy bien abiertos los ojos y siempre puestos en el cuerpo del difunto, sin jamás mirar en otra parte, ni solamente volverlos de él, porque estas malas mujeres, convertidas en cualquier animal que quieran, en volviendo la cara, luego se meten y esconden, una vez hechas aves, otra vez perros y ratones y también moscas. Y como están dentro, con sus malditos encantamentos oprimen y echan sueño a los que guardan; de manera que no hay quien pueda contar cuántas maldades estas malas mujeres hacen por su mal vicio; y por este tan grande trabajo no dan de salario más de cuatro ducados de oro, poco más o menos. Lo principal se me olvidaba por decirte: que si el guardador del muerto no lo restituye entero a la mañana, como se lo entregaron, todo lo que hallaren cortado y disminuido del muerto, han de cortar en su misma carne del vivo para rehacer al muerto lo que falta.
Oyendo esto, esforceme lo mejor que pude, y llegándome al que pregonaba, le dije:
--Deja de pregonar, que aquí está quien guardará al muerto. Dime, ¿qué salario me han de dar?
Él dijo:
--Darte han mil maravedís; pero, mira, mancebo, que este cuerpo es de un hombre principal de esta ciudad; por tanto, vélate bien por guardarlo de estas malas arpías.
Yo le dije entonces:
--¿Para qué me dices esto? ¿No ves que soy hombre de hierro, que nunca entró sueño en mí? Cierto, más veo que un lince; estoy más lleno de ojos que Argos.
No había dicho esto, cuando me llevó a una casa, la cual tenía cerradas las ventanas; metiome dentro por un pequeño postigo, y llevome a una cámara sin lumbre, donde estaba una dueña vestida de luto, y llegando a ella la dijo:
--Este es el hombre que ha de guardar a tu marido.
Ella me dijo:
--Mira bien, hermano, que guardes con vigilancia lo que tomas a cargo.
Yo la respondí:
--Señora, déjate de eso, y mándame dar de cenar.
Lo cual a ella le plugo, y metiome después en un aposento, donde estaba el difunto cubierto de sábanas blancas, y trajo allí siete testigos. Luego, levantando la sábana, descubrió el muerto llorando y enseñome todas las partes de su cuerpo, diciendo que fuesen de ello testigos, lo cual un escribano asentaba en su registro.
Ella decía:
--¿Ves aquí la nariz entera, los ojos sin lesión, las orejas sanas, los labios sin faltarle cosa y la barba maciza? Vosotros buenos testigos sois de todo.
Diciendo esto, me mandó proveer de un candil con aceite y un jarro de vino para acompañarme con pan y queso.
En fin, se fueron todos, y yo quedé solo y con harta tristeza; pero esforzándome lo más que pude, refregaba mis ojos, y a ratos cantaba, paseaba y hablaba en muchas cosas por no caer en sueño, por la pena que tenía si no lo guardaba bien.
Siendo ya gran parte de la noche, a mí me vino un miedo grande; en esto entró una comadreja, y púsoseme a mirar a la cara muy fuertemente. Yo, viendo un tan pequeño animal que me miraba con ahinco, indigneme contra él, y díjele:
--Oh bestia sucia y mala, ¿por qué no te vas de aquí, y te encierras con los ratoncillos tus iguales, antes que experimentes el daño que te puedo hacer?
En esto la comadreja se fue. Y no tardó mucho que me vino un sueño tan profundo, como que me echaban en el centro de los abismos; de tal manera que el dios Apolo no pudiera fácilmente discernir cuál de ambos los que estábamos en el aposento fuese más muerto. Estando así desarmado, y quien había menester otro que me guardase, casi que no estaba allí donde estaba. En fin, cantando el gallo, yo desperté con grande sobresalto y temor, y tomando el candil en la mano, fui a mirar con gran prisa el muerto, y con gran diligencia le caté todo el cuerpo, y hallé que todo estaba sano y entero.
En esto vino la mañana, y he aquí do entra la mujer llorando, y mostrando mucha pena entraron con ella los siete testigos que la noche antes había traído. Y echándose sobre el cuerpo, lo besaba muchas veces; y mirándolo todo y reconociéndolo, halló que estaba entero y sano. Entonces llamó a un su mayordomo que me pagase por la buena guarda que había hecho; luego me pagaron, y la dueña me dijo:
--Mira, mancebo, todo lo que te fuere menester de esta casa, mientras aquí estuvieres, pídelo; que por este buen servicio que me has hecho, se hará por ti.
Yo, como no esperaba tal ganancia, lleno de placer tomé mis ducados resplandecientes, y como pasmado los pasé de una mano a otra. Y dando las gracias a la señora de mi buena paga, me fui hacia la plaza, y entreme a comer en un bodegón; después me salí a pasear a la misma plaza, donde estaba pensando en la miseria de este mezquino y trabajoso mundo, y la ceguedad de las malas mujeres, que con sus encantamentos y hechizos quieren buscar deleites y torpezas para cumplir sus depravados y malos apetitos, no pensando que el soberbio Plutón las ha de castigar cruelmente.
Estando en esto, he aquí do asomó el cuerpo del difunto, llorado y plañido, el cual pasaba por la plaza con gran pompa, acompañado de mucha gente hasta su sepultura. Como allí llegaron, vino un viejo con mucha ansia llorando y mesándose sus canas honradas, y con ambas manos trabó de la tumba donde iba el muerto, diciendo:
--Por la fe que mantenéis, oh ciudadanos, y por la piedad de la República, que socorráis al triste muerto, y castiguéis con graveza la gran traición y maldad que esta nefanda y mala mujer hizo; porque esta mató con hierbas ponzoñosas a este malogrado hombre, hijo de mi hermana, por complacer a su enamorado y comerle su hacienda.
De tal manera decía y se quejaba el buen viejo, que oyendo aquellas palabras el pueblo, se indignó contra la mujer; unos dicen que traigan leña y que luego la quemen, y otros que apedreada muera.
Ella, con palabras bien compuestas y antes pensadas, se excusaba jurando por los dioses.
El viejo dijo entonces:
--Pues que así es, pongamos la cosa en las manos de la divina Providencia, que lo descubra. Y para esto aquí está presente Zacles, egipcio, sacerdote de Plutón y de Proserpina, el cual hace venir los muertos del infierno a dar sus razones a lo que les preguntan.
Como el viejo dijese esto, todo el pueblo fue contento; y llamando allí al sacerdote, le rogó ahincadamente que le diese remedio para descubrirse tan gran maldad.
El viejo se llegó al cuerpo muerto, y tomando una cierta hierba que consigo traía, se la puso en tres partes, en la boca, y en el pecho, y en la mano izquierda, y vuelto hacia el poniente del sol, comenzó a rezar entre sí mansamente.
Todo el pueblo estaba mirando tan grande milagro como allí se quería hacer. Yo, que deseaba mucho saber lo que pasaba acerca de mi muerto, llegueme cuanto pude a la tumba y aun hallé una piedra en que puse los pies, de manera que yo lo veía muy bien todo.
Comenzó el muerto a vivir poco a poco, hasta que se levantó, y empezó a hablar, diciendo:
--¿Por qué me haces tornar a este mundo, después de haber venido del río Leteo, y haber pasado por el lago Estigio? Déjame, déjame estar en mi reposo.
Como esto dijo el ánima del muerto, el sacerdote le dijo:
--¿Por qué no manifiestas al pueblo y declaras la causa de tu muerte? ¿No sabes tú que con mis encantamentos puedo llamar las furias infernales, que te atormenten los miembros?
Entonces el difunto se levantó en el lecho donde iba, y de allí empezó a hablar al pueblo de esta manera:
--Yo fui muerto por astucia y engaños de mi mujer, por complacer un adúltero que ensuciaba mi lecho.
Entonces la mujer le respondió con grande ánimo, y altercaba con el marido resistiendo a sus argumentos.
El pueblo, cuando esto oyó, alterose en diversas opiniones, unos decían que aquella pésima mujer la debían enterrar viva juntamente con el marido, y otros que no se había de dar crédito al cuerpo muerto. Pero estas alteraciones atajó el cuerpo del difunto, el cual, dando un gran gemido, dijo:
--Yo os daré muy clara señal de mi entera verdad, y manifestaré lo que no sabe otro ninguno.
Entonces, demostrándome con el dedo, prosiguió diciendo:
--Sabed que este muy sagaz y astuto guardador de mi cuerpo, que me velaba muy bien y con diligencia, las hechiceras que deseaban cortarme las narices y orejas, no pudiendo engañar su industria y buena guarda, le echaron un gran sueño, y estando él como muerto comenzaron a llamar mi nombre, y como mi cuerpo estaba finado, no pudo tan presto responder al servicio de la arte mágica; pero él, como estaba vivo, aunque sepultado en el sueño, y se llamaba como yo, levantose a su llamada sin saber quién lo llamaba, de manera que él, de su propia voluntad, andando como ánima de muerto por la casa, aunque las puertas estaban cerradas, por un agujero le cortaron las narices y las orejas, en fin, que recibió en sí la carnicería que se había de hacer en mí. Y porque el engaño no pareciese, pegáronle allí, con mucha sutileza, de cera, formada a manera de orejas, y la nariz semejante a la suya: y ahora está aquí el mezquino gozoso por la buena paga que le hicieron, no por su guarda y vigilancia, mas por la pérdida y lesión de sus narices y orejas.
Como esto dijo el muerto, yo, espantado luego, me eché mano a las narices y trájelas en la mano; trabé de las orejas y cayéronseme. Cuando esto vieron los que estaban alderredor, comenzaron todos a mirarme haciendo gestos con las cabezas. En tanto que ellos se reían, yo, bajando mi cabeza, como mejor pude me fui de allí, y desde entonces nunca más volví a mi tierra, por estar así lisiado. Así que con los cabellos largos encubro la falta de las orejas, y con este paño la fealdad de mis desventuradas narices.
Cuando Telefrón acabó de contar su historia, los que estaban a la mesa, ya alegres del vino, comenzaron otra vez a dar grandes risas y a beber largamente.
Mi tía me dijo:
--Mañana se hace la fiesta del dios de la risa, la cual nosotros los de esta ciudad festejamos con mucho placer; esta fiesta será más alegre y placentera con tu vista, por tanto, querría que nos ayudases con alguna invención a ella.
Yo le respondí:
--Señora, mucho holgaría de ser parte para hacerle algún regocijo.
Y con esto me despedí de mi tía y de los más convidados. En el medio de la plaza un aire grande apagó el hacha que llevaba mi criado, de manera que con la oscuridad, tropezando me fui a casa, y llegando junto a la puerta, vi tres hombres que hacían fuerza por entrar dentro, y aunque nos veían, ni por eso dejaban de encontrar la puerta.
Yo que esto vi, eché mano a mi espada, y dando en ellos con buen corazón, los derroqué en el suelo uno a uno. Al ruido que yo hice bajó Andria y abriome la puerta; yo me entré de prisa por sentir gente que por la calle venía, y como estaba cansado y bien cenado, luego me eché a dormir sin curar de más nada.
LIBRO III.
ARGUMENTO.
Luego que fue de día, la justicia con sus ministros fueron a la posada de Apuleyo, y como a hombre homicida lo llevaron ante los jueces. -- Y cuenta del gran pueblo y gente que se juntó a verlo. -- Y de cómo el promotor fiscal le acusó como a hombre matador, y cómo él defendía su parte por argumentos de grande orador, y cómo vino una vieja que parecía ser madre de aquellos muertos a los cuales descubrió Apuleyo por mandato de los jueces, y hallaron tres odres, de donde se levantó tan gran risa entre todos, que con esto fue celebrada la fiesta del dios de la risa. -- Cómo Andria, su amiga, le descubrió la causa de los odres. -- Y cómo le mostró a la mujer de Milón cuando se untaba para tornarse en ave, de lo cual le tomó gran deseo, y por yerro de la bujeta del ungüento, por tornarse ave se volvió en asno; en fin, cuenta cómo robaron a Milón, de donde hecho asno le llevaron cargado, con otras bestias, de las riquezas de Milón su huésped.
I.
Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado al teatro público, adonde fue acusado de la muerte de tres hombres.
Otro día de mañana yo desperté y comencé a pensar en lo que había hecho antenoche, y lloraba muy reciamente diciendo:
--¿Qué juez puedo yo hallar que me haya de dar por inocente siendo homicida de tantos hombres? Esta es aquella prosperidad de mi camino que el sabio Diófanes me decía.
Esto y otras cosas diciendo, lloraba mi ventura, cuando entraron los alcaldes y alguaciles en casa, pegaron en mí para llevarme por fuerza, a lo que yo no resistí.
Y yendo yo preso, toda la ciudad me salió a mirar, y volviendo a un lado vi una gran maravilla, y fue que entre tanto pueblo como allí estaba, ninguno había que no rompiese las entrañas de risa. Finalmente, habiéndome llevado por todas las calles públicas, de la manera que purgan la ciudad cuando hay algunas malas señales o agüeros, que traen la víctima o animal que han de sacrificar por las calles y rincones de la ciudad. Después de haberme traído por los rincones de ella, pusiéronme delante de la silla de los jueces, que era un cadalso muy alto donde estaban sentados.
Ya el pregonero de la ciudad pregonaba que todos callasen y tuviesen silencio, cuando todos a una voz dicen que por la muchedumbre de la gente que peligraba por la estrechura y apretamiento del lugar, que este juicio se fuese a juzgar al teatro. Y luego sin más tardanza, todo el pueblo fue corriendo al teatro, que en muy poco espacio fue lleno de gente, de manera que las entradas y tejados todo estaba lleno. Unos estaban abrazados con las columnas, otros colgados de las estatuas, y otros a las ventanas y azoteas medio asomados, tanto, que por la gana que tenían de ver se ponían a peligro de su salud. Entonces lleváronme por medio del teatro los ministros de la justicia como a un carnero que quieren sacrificar, y pusiéronme delante del asiento de los jueces. El pregonero, a grandes voces, comenzó a pregonar al acusador, y luego se levantó un viejo para acusarme, y para el término de la acusación pusiéronme allí un reloj de arena; en cuanto caía la arena por un sutil agujero, el viejo comenzó a hablar al pueblo de esta manera:
--Ciudadanos nobles y honrados, no penséis que se tratan aquí cosas de poca sustancia; mayormente, que toca a la paz y bien común de toda la ciudad y al buen ejemplo; yo soy capitán de la guarda que se hace en la noche, y creo que ninguno habrá que culpe mi diligencia. Andando yo anoche casi a las once horas, con mucha diligencia cercando y rondando la ciudad de puerta en puerta, vi este crudelísimo hombre con una espada en la mano, matando cuantos podía, y tenía a sus pies muertos tres, que aún estaban expirando, llenos de sangre, y él, como me sintió y vio el mal que tenía hecho, metiose en una casa con mucha prisa, y como hacía oscuro, fácilmente se me pudo esconder, mas la providencia de los dioses, que no permiten que los malhechores queden sin castigo, quiso que esta mañana lo hallase y lo prendiese, y lo presentase ante la majestad de vuestro juicio; de manera que aquí tenéis este culpado de tantas muertes, que fue tomado en el delito y es extranjero. Así que, con mucha constancia y severidad, pronunciad la sentencia contra este hombre extraño que mató a tres de vuestros ciudadanos.