La metamorfosis, o, El asno de oro

Part 2

Chapter 24,161 wordsPublic domain

Tales eran los cuentos relativos a la cortesana Ródope, que, según unos, hizo elevar una de las pirámides de Egipto, invitando a cada uno de sus amantes a llevar una piedra, y al decir de otros, llegó a ser reina de Egipto gracias a haber perdido sus pantuflos. El nombre de Ródope es tan popular entre los novelistas griegos, como el de Helena entre los poetas. En _Teágenes y Cariclea_ las seducciones de otra Ródope casi triunfaron de la austeridad de un gran sacerdote de Menfis, y en _Leucipa y Clitofonte_ también hay otra Ródope, pero esta es virtuosa y pura, hasta el punto de provocar con sus desdenes la venganza de Venus.

Plutarco, en sus _Obras morales_, cita con la _Pantea_ de Jenofonte a la _Timoquea_ de Aristóbulo y a la _Tebea_ de Teopompo, nombres de algunas heroínas de los cuentos eróticos mezclados a la historia. Fácil sería aumentar esta lista con las narraciones de este género, extractadas de la historia por Conón, Partenio y Plutarco, y también se hubiera podido hacer con un libro, hoy perdido, que erróneamente se atribuyó al logógrafo Cadmo de Mileto, y cuyo título era igual al de la obra de Partenio, _Relatos de pasiones amorosas_.

De la historia pasaron los _Cuentos milesios_ a los escritos de los filósofos. Rastros de ellos se advierten en el _Banquete_ de Jenofonte, en el _Tratado del amor_ de Clearco de Solí, en algunas obras idénticas de Teofrastro, de Aristón de Iulis, de Esfodrio el cínico, de Favorino de Arlés, y hasta en algunos de los diálogos, mezclados con narraciones, que quedan de Plutarco, sobre todo en el que lleva por título _Del amor_.

Bastante tiempo después, y acaso poco antes de Petronio, los cuentos de amor, tan breves en las _Fábulas milesias_, tan rápidos cuando iban mezclados a la historia y a las novelas históricas y filosóficas, como las que hasta ahora hemos mencionado, tomaron grande extensión y considerable desarrollo. Las antiguas narraciones del género milesio consérvanse a veces en forma de episodios en largas novelas, que ven la luz en la época romana y en la bizantina, mas en general desaparecen al convertirse en narraciones mucho más amplias, que abarcan mucho más tiempo, y que complican la acción principal con gran número de episodios, y añaden a los principales personajes multitud de figuras secundarias.

La transición del cuento a la novela no se realizó sin trabajo, y basta comparar la _Luciada_ con _La metamorfosis_ o _El asno de oro_ de Apuleyo, para comprender cuán artificial era a veces el procedimiento de mezclar multitud de cuentos episódicos a la fábula principal, y cuán fácilmente se advierte la soldadura.

Pocos cuentos tuvieron en la antigüedad tanto éxito como el de Lucio metamorfoseado en asno gracias a un ungüento mágico, y vuelto a la humana forma al comer rosas. No era esta solamente una narración erótica, sino un cuento de género fantástico, género que también fue muy cultivado en la antigüedad.

Mientras los poetas alimentaban la imaginación popular con narraciones relativas a los dioses y las diosas del Olimpo, la superstición no dejó de multiplicar los cuentos referentes a seres sobrenaturales y a sucesos maravillosos. Para exhortar al bien a los niños, se les recitaban fábulas como las de Esopo; para apartarles del mal, cuentos terribles en que intervenían los ogros de ambos sexos de la antigüedad. Y como el imperio de la credulidad no se limita a la infancia, en todas las edades se amedrentaban con cuentos de malhechores y demonios que poblaban los espacios, de fantasmas y aparecidos.

Cuando en el primer siglo de la era cristiana el furor de la magia se apoderó de todo el mundo pagano, este aspecto de lo maravilloso abrió ilimitado campo a la fantasía de los narradores. Las novelas de amor tomaron de los cuentos fantásticos muchos de sus episodios, y no hay escritor alguno que desaproveche este recurso que aseguraba el éxito entre los lectores de su época. No es extraño que esto suceda cuando la misma historia también lo hacía; testigo, el genio que, según Plutarco, se aparece a Bruto antes de la batalla de Filipos.

Las compilaciones que han llegado a nosotros de Apolonio y de Flegón de Tralles, con título de _Historias maravillosas_, contienen muchos relatos de esta índole, mezclándose en algunos de ellos el artificio de una ingeniosa ficción. Luciano, en uno de sus diálogos titulado _El mentiroso_, incluye una serie de cuentos fantásticos que corrían en su época, uno de los cuales ha servido a Goethe para su cuento _El estudiante brujo_. El filósofo se burlaba de las creencias supersticiosas en su tiempo, pero el hombre de ingenio sabía aprovecharlas para asuntos de sus amenas obras. Se le cree autor de la _Luciada_, y muy bien pudo escribirla como entretenimiento burlesco, de igual modo que su contemporáneo el platónico Apuleyo se divirtió en hacer _El asno de oro_.

¿Es o no de Luciano la obra que ha llegado a nosotros con el título de _Luciada_? Lo que puede asegurarse es que el asunto produjo a lo menos dos obras distintas, atribuidas una a Lucio de Patras y otra a Luciano. ¿Fue este imitador de aquel, o la imitó de este algún falsificador, poniéndola bajo el nombre de Lucio de Patras? La crítica no ha podido aún resolver estas dudas. En opinión de Mr. Chassang, de cuya excelente obra sobre la novela en la antigüedad tomamos estos párrafos, es evidente que el cuento fue repetidas veces rehecho en griego, y debe ser más antiguo que la versión que ha llegado a nosotros, atribuida a Luciano.

Uno de los episodios más extraños de la novela, la monstruosa aventura del asno y de la dama de Patras, tenía precedentes en las narraciones de los poetas relativas a Pasífae y en lo que dicen los historiadores de la hija de Hipomeno.

Focio, que tuvo a la vista dos versiones en griego de esta novela, una con el nombre de Luciano y otra con el de Lucio, las aprecia y compara. Censura al supuesto Lucio de hablar de todos estos prestigios y encantos en el tono propio de quien cree lo que cuenta, y prefiere la narración de Luciano, que le parece una agradable burla de las supersticiones paganas.

De seguro el falso Lucio no creía más ni mejor que el autor de la _Luciada_ en su propia metamorfosis; pero entre esta obra y la de Luciano había la diferencia de referir con pesadez y sin ingenio anécdotas insípidas por sí mismas, mientras que Luciano dio atractivo y belleza a tales extravagancias con una narración ligera, ingeniosa y llena de gracejo. Creemos error de la crítica, sigue diciendo Mr. Chassang, el haber negado algunas veces esta obra a Luciano; la tradición se la conserva, y el buen gusto no la encuentra indigna de él. ¿Es acaso inverosímil que hiciera en cuanto a los cuentos mágicos lo que había hecho respecto a los viajes imaginarios en su _Historia verdadera_? Luciano era de los que tienen el don de transformar cuanto tocan.

Uno de los méritos de la _Luciada_ es la brevedad. La prolijidad difusa es, por lo contrario, el principal defecto de _El asno de oro_ de Apuleyo, y este defecto tiene especial importancia en obras de asuntos frívolos. Una broma prolongada fatiga, y así sucede a la novela latina de las aventuras de Lucio.

De las dos _Luciadas_, la atribuida a Lucio y la que se cree de Luciano, no se sabe cuál imitó Apuleyo; pero él mismo advierte que refiere una _fábula griega_, y aun añade que ha hilvanado diversos cuentos del género de las fábulas milesias. Así revela el secreto de la composición del libro, que consiste en repetir todos los cuentos de la _Luciada_, añadiéndoles gran número de circunstancias accesorias y de narraciones episódicas.

Una sola de estas narraciones vale más que todo el resto de la obra, la historia de Psique. Tampoco fue inventada por Apuleyo, pues evidentemente procede de origen griego y muy antiguo. Esta bella narración contrasta con los cuentos licenciosos, y a veces obscenos, que Apuleyo toma de la _Luciada_, o añade por su cuenta, con tantas pinturas inmorales, que ponen de manifiesto una época en que se representaban en el anfiteatro los amores de Pasífae y de Leda, cuyo realismo los recomendó a la imitación de un escritor famosísimo del siglo XVI, el autor de _El Príncipe_ y de _La mandrágora_[2].

III.

_Las floridas_ son una colección de extractos o de párrafos de diversas memorias y discursos.

El estilo de estos fragmentos es ampuloso, sin variedad y sin naturalidad. Imitando el ejemplo de sus maestros de Roma, hacía Apuleyo con frecuencia discursos pueriles, cuyo único objeto era su propio panegírico y el de sus oyentes. Por fortuna ponía en ellos algunas digresiones, y a estas se deben varios detalles curiosos, relativos a los usos de la época y a las costumbres religiosas del politeísmo.

Las obras religiosas comprenden: 1.º Un tratado del _Dogma de Platón_, que se divide en tres libros: la filosofía natural, la filosofía moral extractada de los libros _De Republica_ y de _Las leyes_, de Platón, y la lógica, que contiene los principios de Aristóteles y de los estoicos. 2.º El tratado de _El mundo_, que reproduce literalmente la doctrina cosmogónica de Aristóteles. 3.º El tratado de _El dios de Sócrates_, en el cual Apuleyo, admitiendo la realidad del genio de Sócrates, examina a qué clase de demonios pertenece.

Este libro ha sido ampliamente refutado por San Agustín. El gran doctor acusa a Apuleyo de comercio secreto con el demonio. San Jerónimo le considera como el Anticristo, y proscribe en los términos más enérgicos sus obras, como inspiradas en el espíritu del mal.

Apuleyo, sin embargo, no pasa de ser un sectario de la filosofía de Platón, y dentro y fuera del cristianismo tuvo numerosos cómplices, porque era entonces general la influencia del espiritualismo griego, no faltando entre los más doctos cristianos quien tratase de conciliar los mitos poéticos del discípulo de Sócrates, con la sublime moral de Jesucristo, uniendo de esta suerte el antiguo con el nuevo mundo.

No se empeñó en tan difícil trabajo Apuleyo, y acaso porque no tuvo ni el propósito, ni siquiera la idea, de demostrar que las doctrinas platónicas eran como el presentimiento de la gran reforma humana consumada por el cristianismo, incurrió en el anatema.

En los trabajos filosóficos que de él han llegado a nosotros, no es Apuleyo más que un traductor; no crea ningún nuevo sistema, limitándose a exponer el del maestro. Apenas se atreve a añadir algunos comentarios al texto que traduce, a la concreta exposición de las teorías del filósofo divino.

No fatiga su imaginación investigando nuevas verdades, ni examinando las reconocidas, ingeniándose en reproducir laboriosamente las mismas ideas con distintas formas. Socavando en los despojos de la antigua lengua latina, encuentra nuevas palabras para disfrazar ideas vulgares, siendo como escritor lo mismo que era como orador.

Este estilo bárbaro e insólito fue sin duda lo que engañó a sus piadosos adversarios, atribuyéndole lo que pertenecía a Platón. No conocieron al amable filósofo vestido con tan rústico traje, ni encontraron en el latín de África rastro alguno de aquella dicción griega tan pura y tan perfecta, de aquel estilo encantador, propio del amado discípulo de Sócrates.

EL ASNO DE ORO

INTRODUCCIÓN

En este libro podrás conocer y saber diversas historias y fábulas, con las cuales deleitarás tus oídos y sentidos: si quisieres leer y no menospreciares mi escritura, porque aquí verás las fortunas y figuras de hombres convertidas en otras imágenes y tornadas otra vez en su misma forma; de manera, que te maravillarás lo que digo. Y si quieres saber quién soy, en pocas palabras te lo diré:

Mi antiguo linaje es de Atenas y de Lacedemonia, que son ciudades muy fértiles y nobles, celebradas por muchos escritores. En esta ciudad de Atenas comencé a aprender siendo mozo; después vine a Roma, donde con mucho trabajo y fatiga, sin que maestro me enseñase, aprendí la lengua natural de los romanos. Así que pido perdón si en algo ofendiere, siendo yo rudo para hablar lengua extraña. Que aun la misma mudanza de mi hablar responde a la ciencia y estilo variable que comienzo a escribir.

La historia es griega; entiéndela bien y habrás placer.

EL ASNO DE ORO.

LIBRO PRIMERO.

ARGUMENTO.

Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, donde estas artes se usaban, y en el camino se juntó con otros dos compañeros: y en aquel camino iban contando cosas increíbles y de maravillar de un embaidor y de dos hechiceras. -- Y luego cómo llegó a la ciudad de Hipata, y de su huésped Milón, y lo que le aconteció en su casa la primera noche. -- Lee y verás cosas de mucho gusto, y toma lo mejor para ti.

I.

Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, y en el camino se juntó con dos compañeros, los cuales iban contando admirables acaecimientos de hechiceras.

Yendo yo a Tesalia (que de allí era mi linaje por parte de mi madre, de aquel noble Plutarco, y Sexto su sobrino), después de haber pasado por sierras y valles, deleitosos prados llenos de hierbas y campos arados, ya mi caballo iba rendido, y así por esto, como por ejercitar las piernas, que llevaba cansadas de venir caballero, salté de él en tierra y comencé a caminar muy poco a poco, llevándolo por delante. De esta manera alcancé dos compañeros que iban allí cerca, y escuché lo que hablaban.

El uno de ellos, con una risa, dijo:

--Calla ya; no digas esas palabras mentirosas.

Como esto le oí, deseando saber cosas nuevas, dije:

--Señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, porque huelgo mucho de oír cosas tales, y también porque subiendo esta tan áspera cuesta, el hablar nos alivie parte del trabajo.

Entonces, aquel que había comenzado la plática primera, nos dijo:

--Por cierto no es más verdad esta mentira, que si alguno dijese que con arte mágica se vuelven atrás los caudalosos ríos, que la mar se cuaja, que los aires no se mueven, que el sol está fijo en el cielo, que despuma en las hierbas la luna, que se arrancan del cielo las estrellas, que se quita el día y la noche se detiene.

Yo entonces, con un poco más de osadía, dije:

--Oyes, tú que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te pese ni te enojes de proseguir adelante.

Asimismo dije al otro:

--Paréceme que tú, con grueso entendimiento y rudo corazón, menosprecias lo que por ventura es verdad, y no sabes que muchas cosas juzgan los hombres por mentira, o porque nunca fueron vistas, o porque ellas parecen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si bien se mirasen y contemplasen, no solamente serían claras de hallar, pero aun fáciles de hacer. Porque yendo yo un día a Atenas, y llegando a la puerta grande que llamaban Decile, vi un hombre de estos que hacen juegos de manos, que tragó una espada bien aguda por la punta. Y luego, por un poco de dinero que le dieron, tomó una lanza por el hierro y metiósela por la barriga; de manera que el hierro que entró por la ingle le salió por la parte del colodrillo a la cabeza, y en la punta de él apareció un niño volteando y danzando, de lo cual nos maravillamos cuantos allí estábamos, que no dijeras sino que era el báculo del dios Esculapio, medio cortados los ramos y nudoso, con una serpiente volteando encima. Así que, tú que comenzaste a hablar, torna lo comenzado, que yo solo te creeré, y demás de esto te prometo que en el primer mesón en que entremos te convidaré a comer conmigo, y esta será la paga de tu trabajo.

Él respondió:

--Pláceme aceptar lo que dices, y luego proseguiré lo que antes había comenzado, y primero, te juro por el sol, te he de contar cosas que así han pasado, porque no dudes que cierto por mí pasaron, aunque me pesó, y en esta ciudad que aquí cerca está, es cosa muy sabida y manifiesta. Y porque sepáis quién soy, de qué tierra y qué es mi oficio, habéis de saber que yo soy de Egina y ando por estas provincias de Tesalia, Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel y semejantes cosas de taberneros, y como oyese decir que en la ciudad de Hipata (la cual es la más principal de Tesalia) hubiese buen queso, de buen sabor y provechoso para vender, corrí luego allá para comprar todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación, que no me sucedió como esperaba, porque otro día antes había venido otro negociador que se llamaba Lobo, y lo había comprado todo. Así que yo, fatigado del camino, fuime hacia el baño y de improviso hallé en la calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado en tierra medio vestido, con un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que parecía tal como aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las calles. Como yo lo vi, aunque era muy familiar mío y compañero, con todo esto dudé si le conocía, y llegándome a él, dije:

--¡Oh mi Sócrates! ¿Qué es esto? ¿Qué gesto es ese? ¿Qué desventura fue la tuya? En tu casa ya eres llorado; ya a tus hijos han dado tutores los alcaldes. Tu mujer, después de hechas tus exequias y haberte llorado, cargada de luto y tristeza, es importunada por sus parientes que se case, y tú estás aquí como estatua del diablo con nuestra injuria y deshonra.

Él entonces me respondió:

--¡Oh Aristómenes, no sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y sus instables movimientos!

Y diciendo esto, con su falda rota se cubrió la cara de manera que se descubrió desde el ombligo abajo.

Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo por la mano y trabajé con él porque se levantase, y él así con la cara cubierta, me dijo:

--Déjame use la fortuna conmigo de su triunfo y siga lo que comenzó.

Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente se la vestí, aunque mejor diría que lo cubrí, e hícelo ir a lavar al baño, y dile todo lo que fue menester para untarse y limpiar la mucha suciedad que tenía. Después de bien curado llevelo al mesón e hícelo asentar a la mesa y comer a su placer, amanselo con el comer, alegrelo con el beber, de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de juego y placer, para conversar como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón dio un mortal suspiro, y con la mano derecha se dio un gran golpe en la cara, diciendo:

--¡Oh mezquino de mí! que en tanto que anduve siguiendo el arte de la esgrima, que mucho me placía, caí en estas miserias, porque, como tú bien sabes, después de la mucha ganancia que hube en Macedonia, partiéndome de allí con mi dinero, un poco antes que llegase a la ciudad de Larisa, pasando por un valle muy grande lleno de espesa arboleda, hay unas grandes decendidas; allí me cercaron los ladrones y me robaron cuanto traía, y yo escapé medio muerto; víneme a la ciudad y posé en casa de una vieja tabernera llamada Meroes, mujer sabia y parlera, a la cual conté lo que me acaeció en el camino y la gana y ansia que tenía por volver a mi casa, contándole mis penas con mucha fatiga y miseria; ella me empezó a tratar humanamente y diome a cenar muy bien y de balde, y así que, movida o alterada de amor, metiome en su cámara y cama. Yo, mezquino luego, como llegué a ella una vez, se me pegó tanta enfermedad y vejez, que por huir su conversación todo cuanto tenía le di, hasta las vestiduras que los buenos ladrones me dejaron con que me cubriese, y aun algunas de las cosas que había ganado. Así que aquella buena mujer y mi mala fortuna me trajeron a este gesto que poco antes me viste.

Yo le respondí:

--Por cierto, tú eres merecedor de cualquier mal que te viniese, pues que una mala mujer, y un vicio carnal tan sucio, te hizo olvidar de tu casa, mujer e hijos.

Sócrates entonces, poniendo el dedo en la boca, mirando en derredor a ver si era lugar seguro para hablar, dijo:

--Calla, calla, no digas mal contra esta mujer que es maga, por ventura no recibas algún daño por tu lengua.

A lo cual yo le respondí:

--¿Cómo es eso de esa tabernera, y tanto puede? ¿Qué mujer es?

Él respondió:

--Es muy astuta hechicera, que puede más que los diablos, y los manda a zapatazos; hará temblar la tierra, y cuajar las aguas, deshacer los montes, oscurecer las estrellas, conjurar los muertos, resistir a los dioses.

Cuando le oí decir estas cosas, le dije:

--Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta, hablemos en cosas comunes.

Sócrates dijo:

--¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Pues has de saber que ella hace que dos enamorados se quieran bien y se amen muy fuertemente, no solamente aquí los naturales, pero aun los que están muy lejos, aunque sea en el cabo del mundo. Oye ahora lo que en presencia de muchos osó hacer a un enamorado suyo porque tuvo que hacer con otra mujer: con una sola palabra lo convirtió en un animal que llaman castor, el cual tiene esta propiedad, que temiendo de no ser tomado por los cazadores, córtase su natura porque lo dejen; y porque otro tanto le aconteciese a aquel su amigo, lo tornó en aquella bestia. Asimismo, a otro su vecino tabernero que le quería mal, convirtió en rana; y ahora el mezquino viejo andaba nadando en la tinaja del vino, y escondiéndose debajo las heces; canta cuando vienen a su casa los que continuaban a comprar de él. También a otro procurador de causas, porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero; y así en esta forma procura ahora los pleitos. Esta misma, porque la mujer de un su enamorado le dijo cierta injuria, le hizo tal hechizo, que quedó con la barriga muy grande, como preñada, y todos cuentan el tiempo de su preñez, que son ya ocho años que a la mezquina crece el vientre, como preñez de elefante. La cual, como a muchos dañase, fue tanta la ira que el pueblo tomó contra ella, que determinaron de apedrearla; pero con sus encantamentos, ella supo lo que estaba ordenado, y como aquella Medea, que con la tregua de un día que alcanzó del rey Creón, toda su casa, y su hija, y al mismo rey, quemó en vivas llamas, así esta, con sus imprecaciones infernales, que dentro de un sepulcro hizo (según que la beoda me contó), a todos los vecinos de la ciudad encerró en sus casas con la fuerza de sus encantamentos, que en dos días no pudieron romper las cerraduras ni abrir las puertas, hasta que unos a otros se amonestaron y juraron de no tocarle ni hacer mal alguno, antes de darle todo favor y ayuda. De esta manera amansada, desligó toda la ciudad; pero al autor de este escándalo, con su casa entera, y sus cimientos, a media noche la llevó a otra ciudad cien millas de allí; y porque en la ciudad no había lugar donde pudiese asentar la casa, por la mucha vecindad, la puso en el arrabal, y allí la dejó.

Cuando yo le oí esto, díjele:

--Por cierto, mi Sócrates, tú dices cosas muy espantables y crueles, y sin duda que en gran miedo me has puesto. Y porque esta vieja (usando de su encantamento) habrá entendido nuestra plática, vámonos a dormir, y muy de mañana huyamos de aquí lo más lejos que pudiéremos.

II.

Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba el compañero) su historia, contó a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia, degollaron aquella noche a Sócrates.

Aún yo no había bien acabado de decir esto, cuando Sócrates se adormeció, así por haber bebido de lo que no acostumbra, como también por la luenga fatiga que había padecido.

Yo entonces entré la puerta dentro de la cámara y echele la aldaba, y acosteme sobre una camilla que estaba cerca los quicios de la puerta. Así que del miedo que tenía velé un poco, y siendo casi media noche, comenzáronseme a cerrar los ojos; mi fe, si os place, ya dormía, y súpitamente las puertas se arrancaron de sus quicios, y se cayeron en tierra.

Mi camilla en que estaba, como era pequeña, y cojo el banco de un pie y los otros podridos, con la fuerza e ímpetu de la puerta, cayó en tierra, y yo caí debajo en el suelo, porque como la cama se volvió, tomome debajo de sí; entonces sentí un efecto natural en contrario, que así como en un gran placer suelen venir lágrimas, así a mí, que estaba lleno de miedo, me venía gran risa, porque estaba de hombre hecho tortuga.