La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas y se han modernizado las transcripciones de los nombres propios de origen griego.
* En la página 212, se ha añadido el texto en castellano, tomado de la traducción original, de dos párrafos que aparecen impresos en latín.
* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del libro.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
LA METAMORFOSIS o EL ASNO DE ORO
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA», Paseo de San Vicente, 20.
BIBLIOTECA CLÁSICA TOMO CXLIII
LA METAMORFOSIS o EL ASNO DE ORO
POR LUCIO APULEYO
Versión castellana hecha a fines del siglo XV POR DIEGO LÓPEZ DE CORTEGANA Arcediano de Sevilla.
MADRID LIBRERÍA DE LA VIUDA DE HERNANDO Y C.ª CALLE DEL ARENAL, NÚM. 11 -- 1890
PRÓLOGO.
I.
El arcediano de Sevilla Diego López de Cortegana, escribía a fines del siglo XV, al frente de su traducción de _El asno de oro_, las siguientes noticias biográficas del autor de esta novela latina:
«Lucio Apuleyo, de noble linaje y en su secta platónica, fue natural de la ciudad de Orán, en África, que en aquel tiempo era colonia y población de los romanos, la cual está asentada en los fines de Numidia y Getulia, de donde el mismo Apuleyo confiesa ser; y asimismo Platónico le llama Sidonio de Orán.
»Su padre se llamaba Teseo, de los principales de la ciudad, y la madre había nombre Salvia, dueña de mucha virtud; su linaje es muy noble, pues desciende de aquel Plutarco Queronense, y de Sexto, filósofo.
»La mujer de Apuleyo se llamaba Pudentila, adornada de todas las virtudes y hermosura.
ȃl era de buena estatura, los ojos verdes y el cabello rubio.
»Floreció en la ciudad de Cartago, teniendo por cónsules Juliano Abito y Claudio Máximo, adonde él, en su mocedad, se empleó en todas las artes liberales, y se aprovechó de la doctrina de los maestros cartagineses, de donde, no sin causa, él se alaba de ser criado en la ciudad insigne de Cartago, a la cual llama venerable maestra de África.
»Y también estuvo en la ciudad de Atenas, de donde en aquel tiempo se sacaban los ríos de todas las ciencias, de donde él bebió gran parte; conviene a saber: la afición de la poesía y la política, geometría, y la dulce música, la austeridad de la dialéctica y el manjar real de la filosofía, en tal manera, que con su continuo estudio alcanzó las nueve ciencias liberales.
»Después vino a Roma, adonde fue tan dado a la ciencia de la lengua latina, que llegó a la cumbre de la facundia romana, en tal manera, que él fue habido por muy elocuente. Aquí fue ordenado y juntado en el número de los sacerdotes principales de Osiris, el cual se llama el Colegio Sacrosanto, adonde por mandado de aquel ídolo, que por Dios adoraban, él tomó cargo de abogar por los pobres.
»Escribió algunos tratados y libros, no menos doctos que elocuentes, de los cuales, los que han parecido, son cuatro libros que se llamaban floridos, en los cuales su florida facundia y olorosa doctrina bien se mostró. Asimismo la oración copiosísima por la cual se defiende contra sus enemigos que le imponían que era mágico, con tanta fuerza y vehemencia de doctrina y elocuencia, que parece que a sí mismo se vence.
»Escribió también un libro del Demonio de Sócrates, cuya autoridad alega el bienaventurado San Agustín, en la definición de los demonios y en la descripción de los hombres.
»Asimismo escribió dos libros de la enseñanza de Platón, donde recoligió breve y doctamente lo que Platón escribió en diversos libros.
»Escribió un libro de cosmografía, adonde no poco se contiene de los meteoros de Aristóteles, y el diálogo de Trismegisto y estos once libros de _El asno de oro_, con tanta hermosura y elegancia y diversidad de materias, que no hay cosa que se pueda decir más hermosa y elegante, ni más florida, en tal manera, que con mucha razón se puede llamar _Asno de oro_, por el estilo, cubierto de oro, y la hermosura de su decir.
»Y porque en semejantes libros se acostumbra querer saber la intención del que los escribió, y por qué les puso tal nombre, para esto es de saber que Apuleyo imitó en el argumento de esta su obra a Luciano, filósofo griego; pero en este envolvimiento y oscuridad de transformación, parece que quiso notar la natura de los hombres y sus costumbres malas, porque entendamos que nos tornamos de hombres en asnos cuando, como brutos animales, seguimos tras los deleites y vicios carnales con una asnal torpeza, y que no reluce en nosotros una centella de razón y virtud. Y en esta manera el hombre, según que enseña Orígenes en sus libros, es hecho como caballo y mulo; y así se transmuda el cuerpo humano en cuerpo de bestia. Demás de esto, la reformación de asno en hombre significa que, vencidos los vicios y quitados los deleites corporales, resucita la razón, y el hombre de dentro, que es verdadero hombre, salido de aquella cárcel y cieno del pecado, mediante la virtud y religión, torna a la clara y luciente vida, en tal manera, que podemos decir que los mancebos poseídos de los deleites se tornan en asnos, y después, cuando son más ancianos, mirando con claros ojos la virtud, la abrazan, y entonces, apartando de si la figura de bestia, tornan a recibir la de hombre.
»Porque (según dice Platón) entonces ven los hombres las cosas perfectamente, cuando los dejan sus concupiscencias. Y Próculo dice que en esta vida hay muchos lobos, puercos, y otras muchas formas de bestias. De lo cual no nos maravillemos, pues que en esta ínsula vive aquella falsa Circe, que transforma los hombres en puercos. Y esto es, cuando nuestro entendimiento es tan terreno que tiene la voluntad embriagada en los vicios del mundo; entonces nos tornamos bestias, hasta que gustamos las rosas, esto es, la ciencia, que alumbra la razón, cuyo olor suavísimo gustado, se torna en humana forma y razonable entendimiento, apartada de sí la gruesa cobertura de las cosas terrenales. Y cierto que muy pocos hombres se hallan que, estando revueltos en los vicios corporales, vivan templadamente y sin perturbación alguna.
»También se puede referir esta materia de transmutación a los muchos trabajos y muchas variedades de la vida humana, en los cuales el hombre casi cada día se transmuta. Y porque estas prefaciones nos enseñan el argumento de la materia propuesta, dejaré de más alargarme en esto y en la vida de Lucio Apuleyo.
»Suplico a los lectores, que de estas historias se avisen para bien vivir.»
Hasta aquí lo que Cortegana escribió de Apuleyo, y pocos detalles pueden añadirse a esta biografía, por no citarle los autores contemporáneos, y sí solo los Padres de la Iglesia para combatir sus doctrinas filosóficas.
Se sabe que nació en el año 114 de J. C., cuando ocupaba el trono imperial Trajano; que su padre era duunviro en la pequeña población de Mandaura (hoy Orán), es decir, el primer magistrado de la ciudad, y su madre sobrina de Plutarco.
De sus primeros años ninguna noticia ha llegado a nosotros, si no es la de que profesaba grandísima afición a las letras y a las bellas artes, afición que aumentó con la edad; que joven abandonó su patria, recorrió Egipto y Grecia y se detuvo en Italia; que estudió las doctrinas de los neoplatónicos y asistió a las escuelas de los sofistas de Atenas, como también a las de los retóricos de Roma, enamorándose de la elocuencia declamatoria tan en boga en su época, elocuencia que se aplicaba a todos los asuntos y a la exposición de todas las ciencias; que agotado su patrimonio, no por ello se desalentó, llegando a vender hasta sus propios vestidos; que aprendió solo la lengua latina y estudió el derecho y la retórica.
Estos datos y los demás que hay de la vida de este escritor, en su mayor número están tomados de la defensa que de él hizo cuando los parientes de su mujer, Pudentila, le acusaron de practicar la magia.
Apuleyo volvió a África en el año 148, cuando ya gozaba de gran reputación, y los cartagineses le acogieron con entusiasmo. Fijó su residencia en Cartago, y al poco tiempo le hicieron célebre sus discursos.
En su _Apología_, que es la antes citada defensa contra la acusación de los parientes de su esposa, habla del entusiasmo que inspiraba, de las estatuas que le dedicaron y de la influencia que gozaba en el Senado y entre los magnates. Recuerda con énfasis la variedad de sus aptitudes y su admirable facilidad de palabra, que le proporcionaron tantos rivales y acaso tantos enemigos.
Estos aprovecharon el casamiento de Apuleyo con una viuda rica, Pudentila, acusándole de haber empleado artes de magia para hacerse amar de una mujer que era de bastante más edad que él, y Pontiano, hijo de Pudentila, le citó ante el tribunal del procónsul Claudio Máximo, donde Apuleyo pronunció su _Apología_, inspirándole la defensa de su honor y acaso de su vida, rasgos de grande elocuencia.
Fue absuelto, pero le quedó el apodo de mágico.
No se conocen más detalles de la vida de Apuleyo. Sábese únicamente que murió en el reinado de Antonino, el año 184 de J. C.
Deseoso Apuleyo de que sus obras llegaran a la posteridad, dejó coleccionadas las flores de su elocuencia, panegíricos en verso y prosa, novelas, himnos en honor de los héroes y diversos tratados de filosofía; pero perdidas muchas de estas obras, y entre ellas todas las poéticas, solo han llegado a nosotros su _Metamorfosis_, o como vulgarmente se la llama, _El asno de oro_, los fragmentos de sus discursos y arengas, llamados _Las floridas_, su _Apología_ y dos tratados sobre las opiniones del Pórtico y de la Academia, la filosofía de Sócrates y la de Platón.
Durante largo tiempo solo fue conocido de Apuleyo _El asno de oro_, y aun hoy día es esta obra la que mantiene su fama.
«_El asno de oro_, dice Schœll en su historia de la literatura latina, es una novela satírica en la cual se burla Apuleyo con mucho ingenio y originalidad de las ridiculeces y vicios que dominaban en su siglo, de la general superstición, de la inclinación a lo maravilloso y a la magia, de la trapacería de los sacerdotes del paganismo y de la mala policía en el Imperio romano, que permitía a los ladrones ejecutar impunemente toda clase de fechorías.
»El héroe de la novela, cuya curiosidad y lubricidad son castigadas al ser convertido en asno, corre aventuras que le ponen en relación con diversas clases de individuos, y le dan a conocer lo que pasa en el interior de las casas y en las sociedades más secretas. Las abominaciones cubiertas con el velo de sagrados misterios, están pintadas con vivos colores. Termina la novela con una bella descripción de los misterios de Isis, en los cuales es iniciado el héroe, depurando con ellos sus debilidades y regenerándose.»
II.
El origen de este género de novelas de amor y de aventuras es preciso buscarlo en la primitiva literatura de Grecia y Roma. Adviértense los lejanos principios de esta literatura en la época ática, y puede seguirse su oscuro desarrollo en la alejandrina, pero no se le ve florecer hasta la romana[1].
La diferencia de costumbres y de sociedades explica el tardío favor de la novela entre los antiguos, género literario tan popular en nuestros días, distinto de la historia por la mezcla de la ficción y la escasa importancia de los acontecimientos, distinto de la poesía por el empleo de la prosa y por la pintura de la vida familiar.
En los modernos pueblos, los progresos de las ciencias y los estudios abstractos han agotado no poco las fuentes de las fábulas poéticas; y la constitución política de los grandes Estados de Europa, aun de aquellos en que los ciudadanos no tienen directa intervención en el gobierno, no permite que la vida pública absorba por completo la privada.
En Grecia y Roma, al contrario, solo muy tarde llegó a hastiarse la imaginación de lo maravilloso de las fábulas épicas, cuadro casi siempre ideal de la vida, y mientras la turbulenta libertad de las pequeñas repúblicas griegas y de la ciudad de Roma consumía en el Ágora y el Foro la existencia de casi todos los ciudadanos, el cuadro de las circunstancias ordinarias de la vida privada fue impotente para seducir los ánimos.
Eran entonces preferidos los espectáculos heroicos de la tragedia, y aun la misma comedia, para inspirar interés, tenía que acudir a la pintura de las pasiones políticas. Solo en tiempo de Menandro, es decir, en la época de la conquista macedónica, pacificada la sociedad griega, pudo ser la comedia espejo de las costumbres privadas, y entonces también apareció la novela.
Las _Fábulas milesias_ son sin duda de mayor antigüedad, pero en un principio eran recitaciones orales como las _Fábulas frigias_ o el apólogo esópico, y nacieron en una sociedad muy distinta de las demás poblaciones griegas, en una sociedad donde los goces de la vida privada hacían olvidar los de la vida pública.
En la sociedad griega, antes de la conquista macedónica, y en la romana, antes del Imperio, todo concurría a retardar la pintura de los cuadros de la vida familiar. Cuando florecían sus repúblicas, griegos y romanos carecían de tiempo para dedicarse a lecturas de mera distracción del espíritu. Los asuntos públicos y privados ocupaban su vida entera, y su misma literatura era una literatura activa, una literatura viva, que se dirigía más a los oyentes que a los lectores, y que se escuchaba en templos, teatros, juegos, festines, tribunas y escuelas.
Conforme se fue extinguiendo en Grecia y Roma la actividad de la vida pública, debió extenderse la afición a la pintura de las costumbres. En las obras de Eurípides se advierte ya la tendencia de la tragedia a apartarse de las tradiciones heroicas y a acercarse a los cuadros familiares y novelescos. En la _Flor_ de Agatón, la tragedia es una novela.
La comedia nueva aparece bajo la dominación de los sucesores de Alejandro, y en las de Menandro, de Alexis y de Filemón, aún permanece cerrado el santuario de la familia, limitándose estos poetas a retratar cortesanas, jóvenes, padres y esclavos.
Puede creerse que en la misma época se propagaron de Jonia en Grecia las _Fábulas milesias_, cuyos autores, más atrevidos, dirigían mirada indiscreta al interior de la familia. Pero estas fábulas eran breves cuentos, muy distintos de las extensas narraciones que empezaron en la época romana. Entonces es cuando aparecen Petronio, Apuleyo, Jámblico, Heliodoro, Aquiles Tacio, porque también empezaba nueva era para el mundo antiguo. Con el Imperio acabaron las costumbres republicanas y la vida pública; los excesos de la libertad habían muerto la libertad; no había ya ciudadanos; los particulares gozan de largos ocios que pueden dedicar a las lecturas frívolas, y los retóricos aprovechan esta holganza de la clase opulenta para entretenerla con interminables novelas de amor y de aventuras.
La verdadera patria de esta clase de narraciones es el Oriente porque siempre fue la tierra de la servidumbre política, y de la vida privada. En Oriente es donde se encuentran los ejemplos más antiguos de este género de composiciones, y en las posesiones griegas más en contacto con la vida oriental, es decir, en el Asia Menor, aparecen los primeros ensayos de la literatura novelesca de los griegos. Allí también fue donde más tarde tomó gran desarrollo.
En Jonia aparecieron las _Fábulas milesias_; Jámblico, autor de las _Babilónicas_, nació en Siria, como Luciano, que lo fue de la _Luciada_ y de la _Historia verdadera_; Heliodoro era de Emesa, en Fenicia, y Aquiles Tacio de Alejandría. En Chipre, Antioquía y Éfeso vieron también la luz tres novelistas que llevan por nombre Jenofonte.
No puede, pues, negarse que la influencia del gusto oriental indujo a algunas imaginaciones hacia lo maravilloso y extraordinario y favoreció en Grecia el desarrollo de las composiciones novelescas; pero no por ello debe afirmarse que la novela griega procede de los cuentos orientales, porque el carácter de estos cuentos y de aquellas novelas es, por regla general, distinto. Aunque las pinturas en las novelas sean poco naturales y verosímiles, todo en ellas es griego, hasta los cuadros del mundo oriental. El elemento maravilloso que ocupa algún espacio en varias de estas narraciones fabulosas, no tiene jamás la amplitud y franqueza con que domina en los cuentos de Oriente. El gusto de la novela pasa de Oriente a Grecia; pero la novela se transforma en manos de los griegos, pues sabido es con cuánta facilidad la raza griega se asimila e imprime el sello de su genio a cuanto coge de las civilizaciones extranjeras.
Eran los griegos, naturalmente, aficionados a cuentos. Antes que las narraciones fabulosas llegaran a ser en manos de los retóricos un género literario, se habían hecho multitud de cuentos orales, en los que se había desvanecido, hasta desaparecer, la influencia oriental. Unas veces eran cuentos de madres y nodrizas a los niños; otras de ociosos y desocupados en las barberías; hasta en las encrucijadas de las calles de Atenas había charlatanes, cuyo oficio consistía en entretener a los transeúntes con sus cuentos, como el _Filepsio_ de Aristófanes.
Estos cuentos orales eran de muchas clases. Los había morales en el género de las fábulas de Esopo y de la fábula _Líbica_; los había satíricos y agradables, que dieron origen a las _Fábulas sibaríticas_. En su origen, estas fábulas, que algunas veces llamaban _Apotegmas sibaríticos_, eran, más que una narración, la expresión de un chiste, y tal es el carácter de muchos de los cuentecillos que el autor de las Avispas pone en boca de Filocleón. Pero es dudoso que las _Fábulas sibaríticas_ hayan tenido siempre su primitiva sencillez, y la estrecha alianza de Síbaris y de Mileto parece que, a la larga, confundió estas narraciones con las _Fábulas milesias_.
Hemos mencionado los cuentos que en la antigüedad tuvieron mayor boga, lo mismo cuando eran transmitidos de boca en boca, que cuando más tarde fueron recogidos, reformados o imitados por los escritores. Pero de estas cortas y fugitivas narraciones, a las novelas compuestas después por los retóricos, hay gran distancia.
Antes de llegar al examen de estas novelas, conviene echar rápida ojeada a las narraciones que les sirvieron de origen.
Natural era que la elegante y voluptuosa Jonia fuese la cuna de los cuentos eróticos. El nombre solo de Jonios recuerda al pueblo más felizmente dotado de los Helenos, el pueblo en cuyo seno se desarrolla más pronto la poesía, la filosofía, la música, la arquitectura, todas las elegancias y todas las delicadezas de la civilización; pero también el pueblo más dado a los refinamientos de la voluptuosidad. Sucesivamente sometido a la dominación de los Lidios y de los Persas, se cuidó siempre más de su bienestar que de la libertad, y acaso la libertad consistía para ellos en la ausencia de toda clase de cortapisa a sus placeres.
«En todos mis viajes solo he encontrado una ciudad libre, decía un sibarita, y es Mileto.» Mileto, la patria de Aspasia y de otras cortesanas tan famosas como las de Corinto, era, en efecto, modelo de este género de independencia, que le valió la admiración de los habitantes de Síbaris, y que estableció entre ambas ciudades relaciones de íntima amistad. De Mileto, como de Síbaris, salieron multitud de cuentos agradables y con sobrada frecuencia licenciosos, que esparcieron por toda Grecia la fama de ambas ciudades y la afición a las costumbres voluptuosas.
En vano fue asolada Mileto en la guerra de los Medos; en vano Síbaris fue destruida; los _Cuentos milesios_ y _sibaríticos_ sobrevivieron a la prosperidad de ambos pueblos y llegaron a ser la delicia de la Roma degenerada. Cuando la derrota de Craso se encontró en el bagaje de un oficial romano una colección de esta clase de cuentos, y el _surena_ leyó el libro ante el Senado de Seleucia, para que se formara juicio de las costumbres de aquel pueblo arrogante que pretendía dominar a los Partos.
El rival de Septimio Severo, Albino, que fue algún tiempo emperador, ocupaba los ratos de ocio que su ambición le permitía, en leer a Apuleyo y en escribir _Cuentos milesios_, que sus cortesanos encontraban excelentes, pero no tanto su historiador Capitolino.
La colección más famosa de _Cuentos milesios_, es la que compuso, no se sabe en qué época, un tal Arístides de Mileto, y que tradujo en latín L. Cornelio Sisenna, dos veces citados por Ovidio, quien parece decir que la obra de Arístides había sido presentada como histórica. Probablemente era un libro en el cual, después de una breve historia de Mileto, refería numerosas anécdotas de la vida milesia; anécdotas que no eran otra cosa sino _Cuentos milesios_.
Hegesipo y algunos otros escritores a quienes alude Partenio de Nicea, sin nombrarlos, escribieron obras de igual índole. En la colección de cuentos amatorios que nos ha dejado este gramático, hay muchos _Cuentos milesios_; pues como tales deben ser considerados, no solo los que Partenio copia de Hegesipo o de cualquiera otro autor de las _Historias milesias_, sino todos aquellos que tienen a Mileto por lugar de la escena, y por asunto la incontinencia de las mujeres de aquella ciudad.
El recuerdo de estos cuentos se halla en todas las narraciones eróticas de la antigüedad, especialmente en las más antiguas. Uno de los interlocutores del diálogo de Luciano, titulado _Los amores_, hablando de tales narraciones, que acaba de oír, las llama _Cuentos milesios_.
Apuleyo no hizo otra cosa que reunir muchos de estos _Cuentos milesios_, entre los cuales está la historia de una madrastra enamorada, como _Fedra_, y un _Cuento del cubero_, que ha aprovechado Lafontaine.
No creemos que tenga el mismo origen la fábula de _Psique_, aunque algunas ficciones de pura fantasía desfiguran un poco el primitivo carácter alegórico. Los _Cuentos milesios_ dirigíanse más a los sentidos que al sentimiento, y a lo más había en ellos alguna lección moral, como en una de las narraciones de Partenio, o alguna intención satírica, como en la _Matrona de Éfeso_. Este último cuento, uno de los episodios de _El Satiricón_ de Petronio, también procedía, sin duda, de la Jonia.
Éfeso tuvo también, quizá como Mileto, su literatura erótica, y en Jenofonte de Éfeso su Arístides de Mileto. Al menos era célebre, como Mileto, por su vida voluptuosa; y ordinariamente, en cualquiera de ambas ciudades colocaban los novelistas griegos la acción de sus novelas.
Los _Cuentos milesios_ son imagen de la primera forma de las narraciones eróticas en la antigüedad. Eran ligeros y rápidos bosquejos en el género de las trovas de la Edad Media, sin la versificación, y de los cuentos que forman el _Decamerón_ de Boccacio y el _Heptamerón_ de Margarita de Navarra. Destinados únicamente a entretener y excitar las imaginaciones sensuales, no tuvieron al principio ninguna pretensión literaria, y eran más agradables cuanto más naturales. Es probable que no tuvieran, por lo general, más extensión que las narraciones del mismo género que Partenio de Nicea extractó de diversas historias para que sirvieran de asuntos de elegía a su amigo Cornelio Galo.
Se ve por la obra de Partenio, por una colección idéntica de Plutarco, por algunas de las _Narraciones_ de Conón, y por las _Historias variadas_ de Eliano, que la influencia de los _Cuentos milesios_ se hizo sentir hasta en la historia, introduciendo en ella algunos episodios eróticos, en su mayor número imaginarios.