Part 9
En los personajes que le acompañaban, y eran, según después supe, los ministros y el gobernador interino del Consejo, me fijé más que en la real persona, y después daré a conocer a alguno de aquellos esclarecidos varones. Cerraba, por último, la procesión el zaguanete de la guardia española, y nada más. Mientras pasó la comitiva, sepulcral silencio reinó en todo el tránsito, y tan solo se oyeron las pisadas que se perdían de cámara en cámara hasta llegar a las que formaban el cuarto de Su Alteza. Cuando entraron en este la cháchara comenzó de nuevo entre los circunstantes, y vi a Amaranta que, habiendo salido a buscarme, hablaba con un caballero vestido de uniforme.
--Creo que al declarar --dijo el caballero-- Su Alteza ha estado un poco irreverente con el Rey.
--¿De modo que está preso? --preguntó Amaranta con curiosidad.
--Sí, señora. Ahora quedará detenido en su cuarto con centinelas de vista. Vea usted, ya salen. Deben haberle recogido su espada.
La comitiva volvió a pasar sin el Príncipe, y precedida del gentilhombre con el candelabro que iba abriendo camino. Cuando el Rey y sus ministros se alejaron, los palaciegos que habían salido a las galerías fueron desapareciendo también en sus respectivas madrigueras, y por mucho tiempo no se oyó más que el violento cerrar de multitud de puertas. Se apagaron las pocas luces que alumbraban tan vastos recintos, y las hermosas figuras de los tapices se desvanecieron en la oscuridad, como fantasmas a quienes el canto del gallo llama a sus ignotas moradas.
Yo subí con mi ama a nuestro departamento, y me asomé por una de las ventanas que caían hacia el interior, para reconocer como de costumbre, el sitio en que estaba. Era oscurísima la noche y no vi más que una masa negra e informe de la cual se destacaban altos tejados, cúpulas, torres, chimeneas, paredones, aleros, arbotantes y veletas que desafiaban el firmamento como los topes de un gran navío. Tal imponente vista causaba cierto terror al espíritu, despertando meditaciones que se mezclaban a las sugeridas por lo que acababa de ver; mas no pude ocuparme mucho en trabajos del pensamiento, porque un sutilísimo ruido de faldas, y un ligero _ce ce_ con que se me llamaba me hizo volver la cabeza y apartarme de la ventana.
La transición fue extremadamente brusca, cuando distrayéndome de la sombría perspectiva exterior, apareció ante mis ojos la figura de Amaranta y su celestial sonrisa. Reinaba profundo silencio: el marqués diplomático y su hermana se habían retirado ya. Amaranta había cambiado su traje de camino por una vestidura blanca y suelta que aumentaba su hermosura, si su hermosura fuera susceptible de aumento. Cuando me llamó, aún no se había apartado su doncella; pero esta salió sin tardanza, y luego nuestra seductora dueña, cerrando por sí misma la puerta que daba a la galería, me hizo señas para que me acercase.
XIII
--No olvides lo que me has jurado --dijo sentándose--. Yo confío en tu fidelidad y en tu discreción. Ya te dije que me parecías un buen muchacho, y pronto llegará la ocasión de probármelo.
No recuerdo bien las vehementes expresiones con que juré mi fidelidad; mas debieron ser muy acaloradas y aun creo que las acompañé con dramáticos gestos, porque Amaranta se rio mucho y me recomendó que convenía fuera menos fogoso. Después continuó así:
--¿Y no deseas volver al lado de la González?
--Ni al lado de la González, ni al lado de todos los reyes de la tierra --contesté--, pues mientras viva no pienso apartarme del lado de mi ama querida, a quien adoro.
Si mal no recuerdo, me puse de rodillas ante el sillón en que Amaranta reposaba con seductora indolencia; pero ella me hizo levantar, diciéndome que debía pensar en volver a casa de mi antigua ama, aunque continuara sirviendo a la nueva con toda reserva. Esto me pareció algo misterioso e incomprensible, pero no insistí en que lo esclareciera por no parecer impertinente.
--Haciendo lo que te mando --continuó--, puedes estar seguro de que te irá bien en el mundo. ¡Y quién sabe, Gabriel, si llegarás a ser persona de condición y de fortuna! Otros con menos ingenio que tú se han convertido de la mañana a la noche en verdaderos personajes.
--Eso no tiene duda, señora. Pero yo he nacido en humilde cuna, yo no tengo padres, yo no he aprendido más que a leer, y eso muy mal, en libros que tengan letras como el puño, y apenas escribo más que mi firma y rúbrica, en la cual hago más rasgos que todos los escribanos del gremio.
--Pues es preciso pensar en tu educación: el hombre debe ilustrarse. Yo me encargo de eso. Pero será con la condición de que has de servirme fielmente: no me canso de repetírtelo.
--En cuanto a mi lealtad no hay más que hablar. Pero entéreme usía de cuáles son mis obligaciones en este nuevo servicio --dije, anhelando que satisfaciera mi curiosidad respecto a lo que tenía que hacer para hacerme acreedor a tantas bondades.
--Ya te lo iré diciendo. Es cosa difícil y delicada: pero confío en tu buen ingenio.
--Pues ya anhelo prestar a usía esos servicios tan difíciles y delicados --contesté con todo el énfasis de mi bullicioso carácter--. No seré un criado, seré un esclavo pronto a obedecer a usía, aunque pierda en ello la vida.
--No se necesita perder la vida --dijo sonriendo--. Basta con un poco de vigilancia; y sobre todo teniendo completa adhesión a mi persona, sacrificándolo todo a mi deseo, y no viendo más que la obligación de satisfacer mi voluntad, te será fácil cumplir.
--Pues estoy impaciente, deshecho por empezar de una vez.
--Ya te enterarás con más calma. Esta noche tengo que escribir muchas cartas... Y ahora que recuerdo; vas a empezar a cumplir lo que espero de ti, respondiéndome a varias preguntas cuya contestación necesito para escribir. Dime: ¿Lesbia solía ir a tu casa sin ser acompañada por mí?
Me quedé perplejo al oír una pregunta que me parecía tan lejos del objeto de mi servicio, como el cielo de la tierra. Pero recogí mis recuerdos y contesté:
--Algunas veces, aunque no muchas.
--¿Y la viste alguna vez en el vestuario del teatro del Príncipe?
--Eso sí que no lo recuerdo bien, y por tanto no puedo jurar que la vi, ni tampoco que no la vi.
--No tiene nada de particular que la hayas visto, porque Lesbia no se mira mucho para ir a semejantes sitios --dijo Amaranta con mucho desdén.
Después de una pausa en que me pareció muy preocupada, continuó así:
--Ella no guarda las conveniencias, y fiada en las simpatías que encuentra en todas partes por su gracia, por su dulzura y por su belleza... aunque la verdad es que su belleza no tiene nada de particular.
--Nada absolutamente de particular --añadí yo adulando la apasionada rivalidad de mi ama.
--Pues bien --dijo--, ya me enterarás despacio de esta y de otras cosas que necesito saber. Lo primero que te recomiendo es la más absoluta reserva, Gabriel. Espero que estarás contento de mí y yo de ti, ¿no es verdad?
--¿Cómo podré pagar a usía tantos beneficios? --exclamé con la mayor vehemencia--. Creo que voy a volverme loco, señora, y me volveré de seguro. Yo no puedo menos de desahogar mi corazón, mostrando los sentimientos que lo llenan desde el instante en que usía se dignó poner los ojos en mí. Y ahora cuando usía me ha dicho que va a hacer de mí un hombre de provecho, y a ponerme en disposición de ocupar puesto honroso en el mundo, estoy pensando que aunque viva mil años adorando a mi bienhechora, no le pagaré tantos favores. Yo tengo deseos muy fuertes de ser hombre como algunos que veo por ahí. ¿No es esto posible? ¿Usía cree que lo podré ser, instruyéndome con su ayuda? ¡Ay! Cuando uno ha nacido pobre, sin parientes ricos, cuando se ha criado en la miseria y en la triste condición de sirviente, no puede subir a otro puesto mejor sino por la protección de alguna persona caritativa como usía. Si yo llegara a conseguir lo que deseo, no sería el primer caso, ¿no es verdad, señora? porque gentes hay aquí muy poderosas y muy grandes que deben su fortuna y su carrera a alguna ilustrísima mujer que les dio la mano.
--¡Ah! --dijo Amaranta con bondad--. Veo que tú eres ambicioso, Gabrielillo. Lo que has dicho últimamente es cierto; hombres conocemos a quienes ha elevado a desmedida altura la protección de una señora. ¡Quién sabe si encontrarás tú igual proporción! Es muy posible. Para que no pierdas la esperanza, ahí va un ejemplo. En tiempos muy antiguos y en tierras muy remotas había un grande imperio, que era gobernado en completa paz por un soberano sin talento; pero tan bondadoso, que sus vasallos se creían felices con él y le amaban mucho. La sultana era mujer de naturaleza apasionada y viva imaginación; cualidades contrarias a las de su marido, merced a cuya diferencia aquel matrimonio no era completamente feliz. Cuando heredó a su padre, el sultán tenía cincuenta años y la sultana treinta y cuatro. Acertó entonces a entrar en la guardia jenízara un joven que se hallaba casi en el mismo caso que tú, pues aunque no era de nacimiento tan humilde, ni tampoco dejaba de tener alguna instrucción, era bastante pobre y no podía esperar gran carrera de sus propios recursos. Al punto se corrió en la Corte la voz de que el joven guardia había agradado a la esposa del sultán, y esta sospecha se confirmó al verle avanzar rápidamente en su carrera, hasta el punto de que a los veinticinco años de edad ya había alcanzado todos los honores que pueden ser concedidos a un simple súbdito. El sultán, lejos de poner reparos a tan rápido encumbramiento, había fijado todo su cariño en el favorecido joven, y no contento con darle las primeras dignidades, le entregó las riendas del Gobierno, le hizo gran Visir, Príncipe, y le dio por esposa a una dama de su propia familia. Con esto estaban los pueblos de aquella apartada y antigua comarca muy descontentos, y aborrecían al joven y a la sultana. En su Gobierno, el joven valido hizo algunas cosas buenas; mas el pueblo las olvidaba, para no ocuparse sino de las malas, que fueron muchas, y tales, que trajeron grandes calamidades a aquel pacífico imperio. El sultán, cada vez más ciego, no comprendía el malestar de sus pueblos, y la sultana, aunque lo comprendía no pudo en lo sucesivo remediarlo, porque las intrigas de su Corte se lo impedían. Todos odiaban al favorecido joven, y entre sus enemigos más encarnizados se distinguían los demás individuos de la regia familia. Pero lo más extraño es que el hombre, a quien una mano tan débil como generosa había elevado sin merecimientos, se mostró ingrato con su protectora, y lejos de amarla con constante fe, amó a otras mujeres y hasta llegó a maltratar a aquella desventurada, a quien todo lo debía. Las damas de la sultana contaban que algunas veces la vieron derramando acerbo llanto y con señales en su cuerpo de haber recibido violentos golpes de una mano sañuda.
--¡Qué infame ingratitud! --exclamé sin poder contener mi indignación--. ¿Y Dios no castigó a ese hombre, ni devolvió a aquellos inocentes pueblos su tranquilidad, ni abrió los ojos del excelente sultán?
--Eso no lo sé --contestó Amaranta, mordiendo las puntas blancas de la pluma con que se preparaba a escribir--, porque estoy leyendo la historia que te cuento en un libro muy viejo y no he llegado todavía al desenlace.
--¡Qué hombres tan malos hay en el mundo!
--Tú no serás así --dijo Amaranta sonriendo--; y si algún día te vieras elevado a tales alturas por las mismas causas, harías todo lo posible por que se olvidara con la grandeza de tus actos, el origen de tu encumbramiento.
--Si por artes del Demonio eso sucediera --respondí--, lo haré tal y como usía lo dice, o no soy quien soy, pues a mi me sobra alma y corazón para gobernar, sin dejar de ser un hombre bueno, decente y generoso.
Estas últimas palabras la hicieron reír, y ofreciéndome que al día siguiente me recomendaría a un padre jerónimo del monasterio para que me instruyese, me dijo que iba a escribir cartas muy urgentes y que la dejase sola. La doncella volvió para conducirme al cuarto donde debía recogerme, y una vez dentro de él me acosté; mas los pensamientos evocados en mi cabeza por la pasada conferencia me confundían de tal modo, que mi sueño fue agitado y doloroso, cual opresora pesadilla, y creí tener sobre el pecho todas las cúpulas, torres, tejados, aleros, arbotantes y hasta las piedras todas del inmenso Escorial.
XIV
Al día siguiente se reunieron a comer en casa de Amaranta, Lesbia, el diplomático y su digna hermana. He hablado poco de esta buena señora, que no figura gran cosa en los acontecimientos referidos, lo cual es sensible, porque por su carácter y excelentes prendas, merecería mención muy detallada. La marquesa era una dama ya de avanzada edad, mujer orgullosa, de modestas costumbres, española rancia por los cuatro costados, de carácter franco y sin artificios, muy natural, muy caritativa, enemiga de trapisondas y aventuras, muy cariñosa para todo el mundo; en fin, era la honra de su clase. Su lado flaco consistía en creer que su hermano tenía mucho talento. Aunque era modesta en su trato privado, gustaba de dar grandes fiestas, prefiriendo las representaciones dramáticas a que tenía mucha afición. Su teatro era el primero de la Corte, y para la representación de _Otello_ había gastado considerables sumas. Protegía y trataba a los cómicos; pero siempre a mucha distancia.
También estaba convidado a comer aquel día con mi ama el Sr. D. Juan de Mañara; pero cuando fui a llevarle la invitación, contestó excusándose, por tocarle entrar de guardia a la misma hora. Y a propósito del pisaverde, no debo pasar en silencio la circunstancia de que le vi por la mañana en compañía de Lesbia, ambos en traje que parecía indicar regresaban de uno de esos crepusculares y campestres paseos, siempre anhelados por los amantes. En la tarde de aquel mismo día le vi paseando muy cabizbajo por el patio grande, y la mañana siguiente me detuvo en el mismo paraje suplicándome que llevase una carta a la señora duquesa. Negueme a esto, y allí quedó. Indudablemente algo le pasaba al Sr. de Mañara.
Amaranta pareció muy contrariada de que no se sentase a la mesa el joven mencionado. Cuando volví con la respuesta estaba de visita en el cuarto de Amaranta un caballero de los que la noche anterior vi en la procesión descrita. Conferenciaron más de hora y media: cuando él se retiró le examiné bien, y por cierto que pocas veces he visto facha más desagradable. No le daría un puesto en la serie de mis recuerdos, si aquel no fuera uno de los personajes más célebres de su tiempo, razón por la cual me resuelvo, no solo a mencionarle, sino a describirle, para edificación de los tiempos presentes. Era el marqués Caballero, ministro de Gracia y Justicia.
No vi a semejante hombre más que una vez, y jamás lo he olvidado. Era de edad como de cincuenta años, pequeño y rechoncho el cuerpo, turbia y traidora la mirada de uno de sus ojos, pues el otro estaba cerrado a toda luz; con el semblante amoratado y granulento, como de persona a quien envilece y trastorna el vino; de andar y gestos sumamente ordinarios: en tanto grado repugnante y soez toda su persona, que era preciso suponerle dotado de extraordinarios talentos para comprender cómo se podía ser ministro con tan innoble estampa. Pero no, señores míos. El marqués Caballero era tan despreciable en lo moral como en lo físico, pudiendo decirse que jamás cuerpo alguno encarnó de un modo tan fiel los ruines sentimientos y bajas ideas de un alma. Hombre nulo, ignorante, sin más habilidad que la de la intriga, era el tipo del leguleyo chismoso y tramoyista que funda su ciencia en conocer, no los principios, sino los escondrijos, las tortuosidades y las fórmulas escurridizas del derecho, para enredar a su antojo las cosas más sencillas.
Nadie podía explicarse su encumbramiento, tanto más enigmático cuanto que el omnipotente Godoy no pasaba por amigo suyo, mas debió aquel consistir en que habiéndose introducido en Palacio y héchose valer, merced a viles intrigas de escaleras abajo, usó como instrumento de su ambición cerca del Rey, la defensa de los intereses de la Iglesia; y adulando la religiosidad del pobre Carlos, pintándole imaginarios peligros y haciendo depender la seguridad del Trono de la adopción de una política restrictiva en negocios eclesiásticos, logró hacerse necesario en la corte. El mismo Godoy no pudo apartarle del Gobierno ni poner coto a las medidas dictadas por el bestial fanatismo del ministro de Gracia y Justicia, quien después de haber perseguido a muchos ilustres hombres de su época, y encarcelado a Jovellanos, remató su gloriosa carrera contribuyendo a derribar al mismo Príncipe de la Paz en marzo de 1808.
Damos estas ligeras noticias respecto a un hombre que gozaba entonces de justa y general antipatía, para que se vea que la elevación de los tontos y ruines y ordinarios, no es, como algunos creen, desdicha peculiar de los modernos tiempos.
Después de la conferencia indicada principió la comida que yo serví.
--Ya sé --dijo Amaranta al sentarse y sin disimular su intención de mortificar a Lesbia--, ya sé lo que contenían esos papeles cogidos a S. A. Caballero me lo ha dicho, encargándome la reserva; pero puesto que pronto se ha de saber...
--Sí, dínoslo. No lo confiaremos más que a nuestras amigas --indicó la marquesa.
--Pues yo opino que no se diga --objetó el diplomático, que siempre se incomodaba cuando alguien revelaba secretos que él no conocía.
--Entre los papeles --dijo Amaranta-- hay una exposición al Rey que se supone hecha por D. Juan Escóiquiz, aunque la letra es de Fernando. Parece que en ella se pintan las malas costumbres del Príncipe de la Paz, con las frases más indecentes. Allí han salido a relucir sus dos mujeres y también lo que dicen de los destinos, pensiones y prebendas que concede a cambio de...
--¡Y tan cierto como es! --dijo la marquesa--. Yo sé de un señor a quien el Príncipe de la Paz ofreció...
La buena señora cayó en la cuenta de que estaba yo delante, y se contuvo. Pero a mí siempre me han bastado pocas palabras para entender las cosas, y supe pescar al vuelo lo que querían decir.
--En esa exposición --continuó la duquesa-- ponen a la pobre Tudó de vuelta y media, y aconsejan al Rey que la encierre en un castillo. Por último, se pretende que el de la Paz sea destituido, embargados todos sus bienes, y que desde el mismo momento no se separe el Príncipe heredero del lado de su padre.
--Todo eso está muy puesto en razón --dijo la marquesa asombrada de cómo concordaban las ideas de los conjurados con sus propias ideas--; aunque me guardaré muy bien de decirlo fuera de aquí.
--Pues aquí no temo decirlo --continuó Amaranta--. Caballero no guarda muy bien el secreto, sé que lo ha dicho ya a varias personas. Otro de los papeles es graciosísimo, y parece un sainete; pues todo él está en diálogo y se creería que lo habían escrito para representarlo en el teatro. Cada uno de los personajes que hablan tienen allí nombre supuesto, así es que el Príncipe se llama _Don Agustín_, la Reina _Doña Felipa_, el Rey _Don Diego_, Godoy _D. Nuño_, y la Princesa con quien dicen han tratado de casar al heredero es una tal _Doña Petra_.
--¿Y qué objeto tiene esa comedia?
--Es un proyecto de conversación con la Reina, y suponiendo las observaciones que esta ha de hacer, se le responde a todo según un plan combinado para convencerla de las picardías del Príncipe de la Paz. También aquí abundan las frases soeces, y por último, el _D. Agustín_ parece que se niega redondamente a casarse con _Doña Petra_, la cuñada del ministro y hermana del cardenal y de la de Chinchón.
--También eso está bien pensado --dijo la marquesa--; y si ese sainetillo se representara, yo lo aplaudiría. Pues ¿por qué han de querer casar al pobre muchacho con la cuñada del otro? ¿No es mejor que le busquen mujer en cualquiera de las familias reinantes, que a buen seguro todas ellas se darían con un canto en los pechos por entroncar con nuestros reyes, casando a cualquiera de sus mozuelas con semejante Príncipe?
--¿Cómo se atreven ustedes a juzgar cosas tan graves? --dijo con displicencia el diplomático--. Y en cuanto a los documentos citados, extraño que una persona tan discreta como mi sobrina les dé publicidad imprudentemente.
--Vamos, usted dudaba antes que existieran, y ahora, creyendo que no deben revelarse, los da como ciertos.
--Sí que los doy --repuso el diplomático--, y ya que otra persona ha descubierto hechos que yo me obstinaba en callar...
El diplomático, no pudiendo negar aquellos secretos, resolvió apropiárselos, fingiendo tener ya noticias de los papeles del proceso.
--¿De modo que ya tú lo sabías todo? --le preguntó su hermana--. Bien decía yo que tú no podías menos de estar al tanto de estas cosas. La verdad es que no se te escapa nada, y bien puedes afirmar que eres de los que ven los mosquitos en el horizonte.
--Desgraciadamente así es --contestó el diplomático con la mayor hinchazón--. Todo llega a mis oídos, a pesar de mis repetidos propósitos de no intervenir en nada y huir de los negocios. ¡Como ha de ser! Es preciso tener paciencia.
--Hermano, tú debes saber algo más y te lo callas --dijo la marquesa--. Vamos a ver. ¿Napoleón tiene alguna parte en este negocio?
--¿Ya comienzan las preguntitas? --repuso el viejo con retozona sonrisa--. Déjense ustedes de preguntas, porque les juro que no me han de sacar una sílaba. Ya conocen la rigidez de mi carácter en estas materias.
A todas estas, Lesbia no decía una palabra.
--Pues voy a acabar mi cuento --añadió mi ama--. Aún me falta decir cuál es el otro papel que se encontró al Príncipe.
--Más valdría que lo callaras, querida sobrina --dijo el diplomático.
--No; que lo diga, que lo diga.
--Pues se ha encontrado la cifra y clave de la correspondencia que el heredero sostiene con su maestro D. Juan Escóiquiz, y además... esto es lo más grave.
--Sí, lo más grave --indicó el diplomático--, y por eso debe callarse.
--Por lo mismo debe decirse.
--Pues se encontró una carta en forma de nota, sin sobrescrito, firma ni nombre, en que manifiesta estar dispuesto a elevar al Rey la exposición por medio de un religioso. Lo más notable de este papelito es que el Príncipe asegura que está decidido a tomar por modelo al Santo mártir Hermenegildo; que se dispone a pelear... óiganlo ustedes bien... a pelear por la justicia. Esto es hablar clarito de una revolución. Pide después a los conjurados que le sostengan con firmeza; que preparen las proclamas, y que...
--¡Ah, las mujeres, las mujeres! ¿No aprenderán nunca a tener discreción? --interrumpió el marqués--. Me admiro de ver con cuánta frivolidad te ocupas de asuntos tan peligrosos.
--En este papel --prosiguió la condesa sin atender a las fastidiosas amonestaciones del diplomático-- se indica a los Reyes y a Godoy con nombres godos. _Leovigildo_ es Carlos IV, la Reina es _Goswinda_ y el de la Paz _Sisberto_. Pues bien: el Príncipe, que se atribuye el papel de _San Hermenegildo_, dice a los conjurados que la tempestad debe caer sobre _Sisberto_ y _Goswinda_, y que traten de embobar a _Leovigildo_ con vítores y palmadas.
--¿Y eso es todo? --preguntó la marquesa--. Pues no hay cosa más inocente.
--Está bien claro --indicó Amaranta con ira--, que se trata de destronar a Carlos IV.
--No lo veo yo así.
--Pues yo sí --repuso la condesa--. La tempestad debe caer sobre _Sisberto_ y _Goswinda_. De modo que el heredero y sus amigos, no solo tratan de mandar a paseo al guardia, sino que también quieren hacer alguna picardía con la Reina, cuando menos llevarla a la guillotina como a la pobre María Antonieta. Todos saben cuánto ama el Rey a su esposa. Cualquier ofensa que a esta se le haga, la considera como hecha a su propia persona.
--Pues lo que digo es que si algo les pasa, bien merecido se lo tienen --fue la contestación de la marquesa.