Part 8
--Has pensado bien --dijo Amaranta sonriendo--. Tu adhesión a mi persona y tu obediencia a mis órdenes te harán merecedor de lo que deseas. Ahora escucha. Mañana voy al Escorial, y es preciso que vengas conmigo. Nada digas a tu ama: yo me encargo de arreglarlo todo, de manera que consienta en el cambio de servidumbre. No digas tampoco a nadie que me has hablado, ¿entiendes? Pasado mañana irás a mi casa, desde donde puedes hacer el viaje en los coches que saldrán al medio día. Estaremos en el Escorial pocos días, porque regresaremos para ver la representación que ha de darse en esta casa, y entonces, quizás vuelvas por unos días al servicio de Pepa.
--¡Otra vez allá! --dije admirado.
--Sí; ya sabrás más adelante todo lo que tienes que hacer. Conque retírate ya: no faltes mañana.
Prometí ser puntual y me despedí de ella. Diome a besar su mano con tan dulce complacencia que me sentí electrizado al poner mis labios en su blanca y fina piel. Ni sus modales, ni sus miradas, ni ninguno de los accidentes de su comportamiento para conmigo eran los de una ama para con su criado. Más bien parecía tratarme como de igual a igual, y en cambio yo, ciego ya para todo lo que no fuera la protección de Amaranta, me lancé en la esfera de la atracción de aquel astro que inundaba mi alma de luz y calor.
Salí a la calle... ¿a quién comunicar mi alegría? Al punto me acordé de Inés, y subí la escalerilla que conducía a su sotabanco, pues no sé si he dicho que la habitación de mis amigos estaba en la misma casa. Encontré a Inés muy triste, y habiendo preguntado la causa, supe que doña Juana, cuya naturaleza se desmejoraba con el continuo trabajar, había caído enferma.
--¡Inés, Inesilla! --exclamé encontrándome solo en la sala con la muchacha--. Quiero hablarte. ¿Sabes que me voy?
--¿A dónde? --me preguntó con viveza.
--A Palacio, a la corte, a correr fortuna. ¡Ah, picarona; ahora no te reirás de mí; ahora va de veras!
--¿Qué va de veras?
--Que se me ha entrado por las puertas la fortuna, chiquilla. ¿Te acuerdas de lo que hablamos el otro día? Bien te lo decía yo, y tú no me hacías caso. ¿Pero no ves, reinita, que eso se cae de su peso?
--¿Qué se cae de su peso?
--Que así como otros han llegado a la mayor altura sin mérito propio, y solo porque a alguna gran persona se le antojó protegerles, nada tendría de extraño que a mí me aconteciera dos cuartos de lo mismo, sí, señorita.
--Eso es muy claro: avisa cuando llegues arriba. De modo que mañana te tendremos de general o ministro cuando menos.
--No te burles, ¿estamos? Tanto como mañana, no; pero ¿quién sabe?
Inés empezó a reír, dejándome bastante confuso.
--Pero, ven acá, tonta --dije con una seriedad, cuyo recuerdo me hace morir de risa--; tú no estás oyendo hablar todos los días de un hombre que no era nada, y hoy lo es todo; de un hombre que entró a servir en la Guardia española, y de la noche a la mañana...
--¡Hola, hola! --dijo Inés burlándose de mí con más crueldad--. Esas tenemos, Sr. D. Gabriel. ¡Qué callado lo tenía usted! ¿Se puede saber quién es la dama que se ha enamorado de usted?
--Tanto como enamorarse, no, tonta --respondí cortado--; pero... ya ves. Como uno no es saco de paja... qué quieres. Todo el mundo, aunque no valga nada, encuentra una persona a quien le gusta...
Inés continuó riendo; pero yo conocí que después de mis últimas palabras, la pobre necesitaba muchos esfuerzos para aparentar alegría. Como su carácter no era apto para el disimulo, luego cesó de reír y se puso muy seria.
--Bien, excelentísimo señor --dijo haciéndome una grave cortesía--; ya sabemos a qué atenernos.
--La cosa no es para enfadarse --dije yo sintiéndome repuesto de mi turbación--; lo que hay es, que si una persona me quiere proteger, no he de hacerle ascos. ¡Y si tú la conocieras, Inesilla; si tú vieras qué mujer, qué señora!... Todo lo que te diga es poco; así es que no te digo nada.
--¿Y esa señora se ha enamorado de ti?
--Dale con el enamoramiento; no es eso, mujer. Es que entro a servirla; aunque quién sabe lo que podrá pasar... Si vieras cómo me trata... Como de igual a igual, y se interesa mucho por mí... y es muy rica... y vive en un palacio muy grande cerca de aquí... y tiene muchos criados... y lleva en el cuello un medallón con un diamante como un huevo... y cuando le mira a uno, se queda uno atortolado... y es muy guapa... y en Palacio puede tanto como el Rey... y se llama...
Recordé de pronto que Amaranta me había prohibido revelar su entrevista con ella, y callé.
--Bueno --dijo Inés--. Ya veo que dentro de poco le tendremos a usía hecho un archipámpano, con muchos galones y cintajos, dando que hablar a la gente, y teniendo el gusto de oírse llamar ladrón, enredador, tramposo y cuanto malo hay.
--Mira tú lo que es no entender las cosas --dije algo incomodado--. ¿De dónde sacas tú que todos los hombres célebres y poderosos, sean ladrones y pícaros? No, señor, también pueden ser buenos; y lo que es yo... supón, chiquilla, que por arte del demonio llegara yo a ser... no te rías, que de menos hizo Dios a Cañete; y todos somos hijos de Adán; y tan de carne y hueso es Napoleón Bonaparte como yo. Pues suponte que llego a ser... no te rías. Si te ríes me callo.
--Si no me río --dijo Inés, conteniendo la hilaridad que de nuevo la acometía--. Lo que dices está muy en razón, chiquillo. Si no hay más que ponerse a ello. ¿Qué cuesta ser generalísimo, ministro, príncipe o duque? Nada. Ni a qué viene el romperse los ojos estudiando por aprender todas las cosas que se deben saber para gobernar? Si los aguadores y los mozos de cuerda, y los horteras, y los monaguillos, son unos tontos de camisón, cuando no se van todos a Palacio, sabiendo que tienen seguro el sueldo de consejeros con solo guiñarle el ojo a una dama. Y si todas no son tiernas de corazón, con tocarle el codo a alguna de las cocineras de Palacio, está hecho todo.
--No es eso: veo que tú no entiendes --dije, no sabiendo cómo hacerme comprender de Inés--. Eso que dices de aprender y saber gobernar, y lo demás, no viene al caso. Verdad es, que antes se necesitaba ser hombre de ciencia para medrar; pero hoy, chiquilla, ya ves lo que pasa. No es solo Godoy, son cientos de miles los que ocupan altos puestos sin valer maldita de Dios la cosa. Con un poco de despejo basta. Si sabré yo lo que me digo.
--Ven acá, Gabriel --me dijo Inés, dejando su costura--. Las cosas del mundo pasan siempre como deben pasar. Esto lo sé yo sin que nadie me lo haya dicho. Los hombres que mandan a los demás, están en aquel puesto por su nacimiento, pues... porque así está arreglado, de modo que los reyes nacen de los reyes... Cuando algún hombre que no ha nacido en cuna real, llega a gobernar el mundo, debe de ser porque Dios le ha dado un talento, una cosa celestial que no tienen los demás. Y si no, ahí me tienes a Napoleón, que es emperador de todo el mundo, y manda no sé cuantos miles de millones de soldados; pero es porque él se lo ha ganado, y porque desde chiquito aprendía cuanto hay que saber, y los maestros se quedaban lelos, viendo que sabía más que ellos... El que sube tanto sin tener mérito, es por casualidad, o por mil picardías, o porque los reyes lo quieren así; ¿y qué hacen para tenerse arriba? Engañan a la gente, oprimen al pobre, se enriquecen, venden los destinos y hacen mil trampas. Pero buen pago les dan, porque todo el mundo les aborrece, y lo que desean es verles por los suelos. ¡Ah, chiquillo! Yo no sé cómo no entiendes esto, esto que es tan claro como el agua...
A pesar de ser tan claro como el agua, yo no lo comprendía. Muy lejos de eso, estaba tan obcecado, tan dominado por la vanidad, que no vi sino impertinencias y majaderías en las juiciosas razones de la modistilla. Aún fue más lejos mi soberbia, porque mi amor propio se resintió; me sentí pavo real, erguí mi cuello, levanté la cola tornasolada, y con mis feas patas de pájaro vanidoso pisoteé la discreta paloma, diciéndole estas palabras:
--Inés, hablemos claro. Veo que tú no comprendes ciertas cosas... Tú eres muy buena, y por eso te quiero y te estimo. No dudes, por lo tanto, que de aquí en adelante haré en bien tuyo cuanto me sea posible. Tú eres muy buena; pero es preciso confesar que tienes pocos alcances. Al fin eres mujer, y las mujeres... como no sea de hacer calceta y de poner el puchero a la lumbre, de nada entienden una higa. Este negocio que tratamos no es para tu pobre cabecita. Los hombres son los que los entendemos bien, porque tenemos un modo de ver las cosas más por lo alto, porque en fin, tenemos más talento. No extraño lo que me has dicho porque... ¿tú qué puedes entender?... Pero eres una chica muy buena: te quiero, te quiero mucho, no te enfades. Puedes estar segura de que jamás me olvidaré de ti.
Lector: cuando leas esto te suplico que te despojes de toda benevolencia para conmigo. Sé justiciero e implacable, y ya que no me tienes, por ventaja mía, al alcance de tus honradas manos, descarga en el libro tu ira, arrójalo lejos de ti, pisotéalo, escúpelo... ¡ay! pero no: él es inocente, déjalo, no lo maltrates, él no tiene culpa de nada; su único crimen es haber recibido en sus irresponsables hojas lo que yo he querido poner en él, lo bueno y lo malo, lo plausible y lo irrisorio, lo patético y lo tonto que al escribir esta historia he ido sacando, escarbador infatigable, de los escombros de mi vida. Si algo encuentras que me desfavorezca, tan mío es como lo que te parezca laudable. Ya habrás conocido que no quiero ser héroe de novela: si hubiera querido idealizarme, fácil me habría sido conseguirlo, cuidando de encerrar con cien llaves todas mis flaquezas y necedades, para que solo quedasen a la vista del público los hechos lisonjeros, adicionados con lindísimas invenciones, que en caso de apuro no me habrían de faltar. Pero repito que no quiero idealizarme: bien sé que a los ojos de muchos, mi personalidad estaría cien codos más alta, si yo representase en mí a un mozuelo desvergonzado, pendenciero y atrevido, que en los diez y seis años de su edad hubiese tenido tiempo y fortuna para matar en duelo a dos docenas de semejantes, y quitar la honra a igual número de doncellas, casadas o viudas, esquivando la persecución de la justicia y la venganza de celosos padres o maridos. Todo esto sería muy bonito; pero diré con el latino: _sed nunc non erat his locus_.
Como prueba de mi modestia, no he vacilado en copiar el diálogo con Inés que me favorece tan poco, atreviéndome a esperar que, si el lector no me adorase romántico, podrá apreciarme sincero. Hagamos, pues, las paces y continuaré la narración en el mismo punto en que la dejé; y es que, habiendo espetado las palabras referidas y aun algunas más, hijas de mi estólida vanidad, dejé a Inés, creyendo que debía buscar interlocutor más conforme a la alteza y sublimidad de mis pensamientos. Inés no me dijo una palabra más, y yo, atraído por los alegres sones de la flauta tocada por D. Celestino, fui a buscarle a su cuarto, y con las manos juntas atrás, y el aire de persona protectora, le hablé así:
--¿Cómo van esos asuntos, señor mío?
--¡Oh, divinamente! --contestó con su optimismo de siempre--. Al fin se me hará justicia, y según me ha dicho esta mañana el oficial de la secretaría, no puede pasar de la semana que viene.
--Me parece que a usted no le vendría mal un arciprestazgo de buena renta o cosa así... Dígolo, porque aunque a usted le sorprenda, tal vez exista alguna persona que se lo pueda conseguir.
--¿Quién, hijo mío, quién, a no ser mi paisano y amigo el Serenísimo Príncipe de la Paz?
--En donde menos se piensa salta una liebre... Ya veremos, ya veremos --dije yo haciendo todo lo posible para que la expresión de mi semblante fuera la más misteriosa y grave.
Quedose aturdido con mis palabras, y volví al lado de Inés, de quien no quería despedirme dejándola enojada. Con gran sorpresa mía, la muchacha no conservaba enfado alguno, y me habló con aquella incomparable ecuanimidad, que siempre fue su principal atractivo. Despedime prometiendo que la recordaría siempre, y ella se mostró tan afable, tan cariñosa como si nada hubiera pasado. Su espíritu, cuya elevación y superioridad desconocía yo entonces, confiaba firmemente sin duda en mi pronta vuelta.
A los dos días mi ama me dijo que había convenido con Amaranta en que yo pasara a servir a esta. Arreglé mi pequeño ajuar, y fui a la casa de mi nueva ama. Allí me pusieron una librea, y subiendo al coche de la servidumbre, el cual seguía a otro ocupado por la marquesa y su hermano el diplomático, emprendí el camino del Escorial, a donde llegamos por la noche.
XII
Como al llegar al Escorial nos encontramos sorprendidos por la noticia de gravísimos acontecimientos, no estará de más que mencione lo que por el camino me contó el mayordomo de la marquesa, pues a sus palabras dio profético sentido lo que ocurrió después.
--Me parece que en el Real Sitio pasa algo que va a ser sonado --me dijo--. Esta mañana se decía en Madrid... Pero lo que haya lo hemos de saber pronto, pues dentro de tres horas y media, si Dios quiere, daremos fondo en la lonja.
--¿Y qué se decía en Madrid?
--Allí todos quieren al Príncipe y aborrecen a los Reyes Padres, y como parece que sus majestades se han propuesto mortificar al muchacho, apretándole de su lado... Eso, yo lo he visto, y el Príncipe tiene una cara que da compasión... Se dice que sus padres no le quieren, lo cual está muy mal hecho: a mí me consta que ni una sola vez le lleva el Rey a las cacerías, ni le sienta a la mesa, ni le muestra aquel cariño que parece natural en un buen padre.
--¿Será que el Príncipe anda metido en conspiraciones y enredos? --dije.
--Ello bien pudiera ser. Según oí la semana pasada en el Real Sitio, el Príncipe se da unas encerronas, que ya, ya... no habla con nadie, está como quien ve visiones, y se pasa las noches en vela. Con esto la Corte anda muy alarmada, y parece que acordaron vigilarle hasta averiguar lo que traía entre manos.
--Pues ahora caigo en que me dijeron que el Príncipe era algo literato, y se pasaba las noches traduciendo del francés o del latín, que esto no lo recuerdo bien.
--Sí, en el Escorial se cree eso; pero sabe Dios... Hay quien asegura que lo que el Príncipe trae entre manos es cosa gorda; que las tropas de Napoleón que han entrado en España lo que menos piensan es guerrear con Portugal, y parece que vienen a apoyar a los partidarios del Príncipe.
--Esas son patrañas; quizás el pobre Fernandito no piense más que en traducir sus libros...
--Parece que el que tradujo hace poco no gustó a los papás, porque hablaba de no sé qué revoluciones, y ahora está con otro: como no sea alguna endiablada tramoya para pescar el trono...
Así continuó poco más o menos nuestra conversación hasta que llegamos al Real Sitio. El diplomático y su hermana se apearon de su coche y nosotros del nuestro. Como los dos viajeros debían aposentarse en Palacio y en las habitaciones de Amaranta, que ya había llegado el día anterior, desde luego el mayordomo nos encaminó allá, haciéndonos recorrer medio mundo en escaleras, galerías, patios y pasillos. Todo indicaba que ocurría algo extraordinario en la regia morada, porque se veía por los pasillos y salas de tránsito más gente que la que acostumbraba estar en pie a aquella hora, que era la de las diez. Preguntó la marquesa, mas le contestaron de un modo tan vago, que nada pudo sacar en claro.
Instalados en las habitaciones de mi ama, donde me ocupé en acomodar los equipajes, según las órdenes que se me daban, al poco rato entró Amaranta tan inmutada, que fue preciso aguardar un poco para que, repuesta de su zozobra, pudiese explicar lo que pasaba.
--¡Ay! --exclamó cediendo a las reiteradas preguntas de sus tíos--; lo que pasa es terrible. ¡Una conjuración, una revolución! ¿En Madrid no ocurría nada cuando ustedes salieron?
--Nada; todo estaba tranquilo.
--Pues aquí... es una cosa tremenda, y quién sabe si estaremos vivos mañana.
--Pero hija, dínoslo claramente.
--Parece que se ha descubierto que querían asesinar a los Reyes; todo estaba preparado para un movimiento en Palacio.
--¡Qué horror! --exclamó el diplomático--. decía yo que bajo la capita de servidores del Rey se escondían aquí muchos jacobinos.
--No es nada de jacobinos --continuó mi ama--. Lo más extraño es que el alma de la conjuración es el Príncipe de Asturias.
--No puede ser --dijo la marquesa, que era muy afecta a S. A.--. El Príncipe es incapaz de tales infamias. Justo y cabal lo que yo decía. Sus enemigos han ideado perderle por la calumnia, ya que no lo han conseguido por otros medios.
--Pues la revolución preparada, que por lo que dicen, iba a ser peor que la francesa --prosiguió Amaranta--, se ha fraguado en el cuarto del Príncipe, a quien se han encontrado unos papelitos que ya... Dícese que están complicados el canónigo D. Juan de Escóiquiz, el duque del Infantado, el conde de Orgaz y Pedro Collado, el aguador de la fuente del Berro, hoy criado del Príncipe.
--Creo que tú, sobrina --dijo el marqués, ofendido de que mi ama contase cosas que él no sabía--, te dejas arrastrar por tu impresionable imaginación. Tal vez lo que ocurre no tenga importancia alguna, y pueda yo esclarecerlo con datos y noticias de índole muy reservada, que se me han trasmitido de cierta parte que debo callar.
--Yo contaré lo que me han dicho. Desde algún tiempo llamaba la atención que el Príncipe pasase las noches encerrado en su cuarto sin compañía, aunque los Reyes creían que se ocupaba en traducir un libro francés. Pero ayer se encontró S. M. en su cuarto una carta cerrada, cuyo sobre no tenía más que estas palabras: _luego, luego, luego_. Abriola el Rey y leyó un aviso sin firma, en que le decían:
«Cuidado, que se prepara una revolución en Palacio. Peligra el Trono y la Reina María Luisa va a ser envenenada.»
--¡Jesús, María y José! --exclamó la marquesa, que como mujer nerviosa estuvo a punto de desmayarse--. Pero, ¿qué demonio del infierno se ha metido en el Escorial?
--Figúrense ustedes cómo se quedaría el pobre Rey. Al punto sospecharon del Príncipe y decidieron ocuparle sus papeles. Dudaron mucho tiempo sobre el modo de hacerlo; pero al fin el Rey se decidió a reconocer él mismo en persona el cuarto de su hijo. Fue allá con pretexto de regalarle un tomo de poesías, y según dicen, Fernando se turbó de tal modo al verle entrar, que descubrió con su mirar medroso y azorado el sitio en que estaban los papeles. El Rey los cogió todos, y parece que padre e hijo se dijeron algunas cosas un poco fuertes; después de lo cual, Carlos salió indignado, ordenándole que permaneciese en su cuarto sin recibir a persona alguna... Esto fue ayer; enseguida vino el ministro Caballero, y entre él y los Reyes examinaron los papeles. No sabemos lo que pasó en esta conferencia, pero debió de ser cosa fuerte, porque la Reina se retiró a su cuarto llorando. Después se dijo que los papeles encontrados en poder del Príncipe contenían la clave de terribles proyectos, y según afirmó Caballero después de hablar con los Reyes, el Príncipe Fernando debía ser condenado a muerte.
--¡A muerte! --exclamó la marquesa--. ¡Pero esa gente está loca! ¡Condenar a muerte a todo un Príncipe de Asturias!
--No hay que apurarse todavía --dijo el diplomático con su acostumbrada suficiencia--. Tal vez se nos muestren esos papeles para saber nuestro dictamen, y haremos luminoso examen de todos ellos para resolver lo que convenga.
--Pero ¿no se sabe lo que contenían esos papeles? --preguntó la marquesa.
--Se cuentan tantas cosas en Palacio, que no se puede saber la verdad. La Reina no nos ha dicho nada, y ha pasado toda la noche llorando a lágrima viva, lamentándose de la ingratitud de su hijo. También dice que no permitirá que se le persiga, porque él no tiene la culpa de lo que ha hecho, sino esos dos o tres pícaros ambiciosos que le rodean.
--Dejémonos de anticipar juicios sobre estos sucesos --dijo el marqués--. Ya lo averiguaré yo todo, y sabré si es un complot de los enemigos del Príncipe o simplemente una verdadera y efectiva conjuración; mas cuando yo lo sepa, guárdense ustedes de preguntarme, pues ya conocen mis ideas...
--Parece que han decidido formar causa para averiguar quiénes son los delincuentes --continuó Amaranta--, y esta noche va el Príncipe a declarar a la Cámara regia.
A este punto llegaban de tan interesante conversación, cuando sentimos cierto rumor como de gente que se agolpaba en sitio cercano a la habitación en que estábamos. Como no tenía gran cosa que hacer cerca de mi ama, y además la curiosidad me llamaba fuera, salí, bajé una escalera y halleme en una anchurosa pieza tapizada, que correspondía por ambos lados a otras de igual tamaño y parecidos adornos. Recorrí dos o tres siguiendo la dirección de las personas que se encaminaban a un lugar determinado, y no vi nada digno de llamar la atención más que algunos grupos de palaciegos que cuchicheaban por lo bajo con mucho calor.
Yo me enorgullecía de encontrarme en Palacio, creyendo que solo por el contacto del suelo que pisaban mis pies, tenía nuevos títulos a la consideración del género humano; y como cuantos llevamos la generosa sangre española en nuestras venas, somos propensos a la fatuidad, no pude menos de creerme un verdadero y genuino personaje, y hubiera deseado encontrar al paso a alguno de mis antiguos conocimientos de Madrid o Cádiz para mostrarle en gestos y palabras el convencimiento de mi respetabilidad. Felizmente no conocí alma de Dios entre tanta gente, y me libré de ponerme en ridículo.
Encontrábame en aquella larga serie de habitaciones tapizadas que, recorriendo toda la extensión del Palacio por la parte interior, sirve de lazo de unión a las moradas regias, cuyas luces se abren en la fachada oriental del inmenso edificio. Seguí la dirección de los demás sin reparar si debía aventurar mis pasos por aquellos sitios; mas como nadie me dijo nada, continué muy impávido. Las salas estaban muy débilmente alumbradas, y en la dulce penumbra las figuras de los tapices parecían sombras detenidas en las paredes, o débiles reflejos luminosos enviados por escondido foco sobre el oscuro fondo de las cámaras. Paseé mi vista por aquella multitud de figuras mitológicas, con cuya desnudez provocativa se habían adornado las negras murallas construidas por Felipe, y ya consagraba mi atención a contemplarlas, cuando pasó la extraña procesión de que voy a dar cuenta.
El Príncipe de Asturias, a quien se había comenzado a instruir sumaria por el delito de conspiración, volvía de la Cámara real, donde acababa de prestar declaración. No olvidaré jamás ninguna de las particularidades de aquella triste comitiva, cuyo desfile ante mis asombrados ojos, me impresionó vivísimamente aquella noche, quitándome el sueño. Iba delante un señor con un gran candelero en la mano, como alumbrando a todos, y para esto lo llevaba en alto, aunque tan poca luz servía solo para hacer brillar los bordados de su casacón de gentilhombre. Luego seguían algunos guardias españoles; tras ellos un joven en quien al instante reconocí no sé por qué al Príncipe heredero. Era un mozo robusto y de temperamento sanguíneo, de rostro poco agradable, pues la espesura de sus negras cejas y la expresión singular de su boca hendida y de su excelente nariz le hacían bastante antipático, por lo menos a mis ojos. Iba con la vista fija en el suelo, y su semblante alterado y hosco indicaba el rencor de su alma. A su lado iba un anciano como de sesenta años, y al principio no comprendí que pudiera ser el rey Carlos IV, pues yo me había figurado a este personaje como un hombrecito enano y enteco, siendo lo cierto que tal como le vi aquella noche era un señor de mediana estatura, grueso, de rostro pequeño y encendido, y sin rasgo alguno en su semblante que mostrase las diferencias fisonómicas establecidas por la Naturaleza entre un rey de pura sangre y un buen almacenista de ultramarinos.