Part 7
--Luego ese Sr. Godoy, ¿no solo es un bribón y un acá y un allá, sino que también es enemigo de la religión y los religiosos? --pregunté, asombrado de ver cómo aumentaba el capítulo de las culpas del favorito.
--Sin duda --dijo el fraile--. Y si no, ¿qué nombre tiene el proyecto de reformar las órdenes mendicantes, quitándoles la vida conventual y obligando a esos buenos religiosos a servir en los Hospitales generales? También agita en su diabólica mente el proyecto de sacar de las granjas que nos pertenecen lo necesario para fundar unas a modo de escuelas de agricultura; que sabe Dios lo que serán las tales escuelitas. ¡Oh! Y si fuera cierto lo que se dice --añadió alargando la mano para hacer segunda exploración en mi cesto--, si fuera cierto lo que se dice respecto a la enajenación de parte de los bienes que ellos llaman de manos muertas... Pero no nos ocupemos de esto, que más bien causa risa que indignación, y fijemos la vista en el astro de las Galias que, cual divino campeón, viene a libertarnos de la tiranía de un necio valido, poniendo en el Trono al augusto Príncipe en cuya sabiduría y prudencia fiamos.
Al concluir esto había trasportado desde el cesto a las mangas de su hábito otra pera y hasta media docena de ciruelas, dando después rienda suelta a los encomios de mi destreza en el comprar. Yo me apresuré a separarme de un interlocutor que me salía tan caro, y le di los buenos días, renunciando a las lecciones de su sabiduría.
No había sacado en limpio gran cosa, ni disipado mis dudas, sobre lo que hoy llamaríamos la situación política, y lo único que vi con alguna claridad fue la general animadversión de que era objeto el Príncipe de la Paz, a quien se acusaba de corrompido, dilapidador, inmoral, traficante de destinos, polígamo, enemigo de la Iglesia, y, por añadidura, de querer sentarse en el Trono de nuestros Reyes, lo cual me parecía el colmo de la atrocidad. También vi de un modo clarísimo que todas las clases sociales amaban al príncipe de Asturias, siendo de notar, que cuantos anhelaban su próxima elevación al Trono, fiaban tal empresa a la amistad de Bonaparte, cuyos ejércitos estaban entrando ya en España, para dirigirse a Portugal.
Volví a la plazuela para reponer las bajas hechas en el cesto por su paternidad, y allí encontré... ¿no adivinan ustedes a quién? El infeliz, acompañado de su hija Joaquinita, a quien Natura había hecho _poetisa entre dos platos_, se ocupaba en comprar al fiado no sé qué piltrafas y miserables restos, que eran su ordinario alimento. El pedía las cosas, la jorobadilla las regateaba, y entre los dos cargaban la ración, cuyo peso no hubiera fatigado a un niño de cinco años. La miseria había pintado sus más feos rasgos en el semblante de la hija y del padre, el cual era tan flaco y amarillo, que se dudaba cómo podía existir y moverse cuerpo tan endeble, no siendo galvanizado por el misterioso fluido del numen poético. ¿Necesito nombrarle? Era Comella.
--¡Sr. D. Luciano, usted por aquí! --dije saludándole con mucho afecto, porque aquel hombre me inspiraba la más viva compasión.
--¡Ah, Gabriel! --contestó--, ¿y Pepita, y doña Dominga? Tiempo hace que no las veo. Pero ya saben que aunque no las visito, porque el trabajo me lo impide, les estoy muy agradecido.
--Hoy espero ir por allá a llevarles a ustedes algún recadito --dije respondiendo verbalmente a las tristes suplicantes miradas de la hija del poeta, cuyos ojos me hablaban el lenguaje del hambre.
--Es preciso que vayas por casa --continuó el poeta tomándome el brazo, e indicando en su gravedad que lo que iba a confiarme era importantísimo--. Como me has dicho que presenciaste lo de Trafalgar, quiero consultarte sobre ciertos detalles... pues...
--Ya. Escribe usted la historia de aquella batalla.
--No: historia no; un dramita que va a dejar bizcos a los señores. Verás qué pieza. Se titula _El tercer Gran Federico y combate del 21_.
--Buen título --respondí--; pero no entiendo qué es eso del _tercer Federico_.
--¡Qué tonto eres! El _tercer Gran Federico_ es Gravina, y como ya hubo en Prusia un Gran Federico que era Segundo, ¿no comprendes que es ingenioso y llamativo y tónico poner a nuestro almirante en la lista de los Grandes Federicos que ha habido en el mundo?
--Ciertamente. Es una idea que solo a usted se le hubiera ocurrido.
--Ya Joaquina ha escrito las primeras escenas, que son preciosísimas. En primer término aparece la cubierta del _Santísima Trinidad_, a la derecha el navío de Nelson, y a lo lejos Cádiz con sus castillos y torreones. Debo advertirte que figuro a Nelson enamorado de la hija de Gravina, el cual se niega a dársela en matrimonio. La escena empieza con una sublevación de los marineros españoles que piden pan, porque en todo el barco no hay una miga. El almirante se enfurece y les dice que son unos cobardes, porque no tienen alma para resistir tres días sin comer, y les da el ejemplo de la más plausible sobriedad mandándose servir un pedacito de maroma asada. Nelson se presenta a decir que todo se acabará al fin si le dan la niña para llevársela a Inglaterra: la muchacha sale de la cámara bordando un pañuelo, y...
No dijo más, porque la violenta risa en que prorrumpí, sin poderme contener, le desconcertó un poco, aunque yo para que no se enojara le aseguré que me reía por cierto recuerdo despertado en mi memoria.
--La escena del hambre está escrita, y si he de decirte la verdad, no tiene pero.
--No dudo que esa escena puede ser admirable --dije con malicia--, sobre todo si ha puesto la mano en ella la señorita Joaquina.
--Ya hemos escrito a todos los teatros de Italia, que se disputarán como siempre el derecho de traducirla --dijo Joaquinita.
--¡Ah! Aquí no se recompensa el verdadero mérito. Bien dicen, que nadie es profeta en su patria: verdad es que la posteridad hace justicia; pero entre tanto que esa justicia llega, los hombres superiores arrastramos miserable existencia y nos morimos como cualquier pelafustán, sin que nadie se acuerde de nosotros. Vamos a ver: ¿de qué me valen ahora a mí los mausoleos, las inscripciones, las estatuas con que han de honrarme en tiempos futuros, cuando la envidia calle y a nadie quede duda del mérito de mis obras? Y si no, ahí tienes a Cervantes, que es otro ejemplo como este mío. ¿No vivió en la miseria? ¿No murió abandonado? ¿Acaso tocó las ventajas positivas de ser el primer escritor de su siglo? Pues a mí me pasa dos cuartos de lo mismo: por supuesto, que si algo me consuela, es considerar cuánto se avergonzará la España futura al saber que el autor de _Catalina en Cromstadt_, de _Federico II en Glatz_, de _El negro sensible_, de _La enferma fingida por amor_, de _Cadma y Sinoris_, de _La escocesa de Lambrun_ y de otras muchas obras, ha vivido algún tiempo almorzando dos cuartos de sangre frita y otras cosas que no nombro por respeto al arte de la poesía, pues no lo quiero denigrar, denigrándome a mí mismo... Pero no hablemos de estas cosas, que dan tristeza, y obligan a renegar de una patria que no sabe premiar el mérito, y de unos tiempos en que los magnates protegen la envidia y persiguen la inspiración.
--Calma, calma, Sr. D. Luciano --dije yo mostrándome interesado por el triunfo de la inspiración sobre la envidia--; tras esos tiempos vendrán otros. ¡Quién sabe lo que pasará mañana!
--Eso me han dicho, sí --repuso Comella bajando la voz y con sonrisa de satisfacción--. ¿Será cierto que Napoleón es del partido del Príncipe de Asturias? ¿Caerá Godoy?
--Eso no tiene duda. ¿Pues qué quiere Napoleón más que el bien de los españoles?
--Justo; y aunque él y Godoy han sido muy amigotes, ya parece que el otro ha conocido sus malas mañas, y sabe que todos queremos al heredero, con lo cual dicho se está que nos hará el gusto. En cuanto a Godoy, yo estoy en que no existe hombre peor en toda la redondez de la tierra. Pueden perdonársele los medios de su elevación; puede perdonársele que sea polígamo, ateo, verdugo, venal, y otras faltas por el estilo; pero lo que no tiene nombre y prueba mejor que nada la corrupción de las costumbres, es que proteja a los malos poetas, dando cordelejo a los que son buenos y además nacionales, españoles como yo, y no admitimos ese fárrago de reglas ridículas y extranjeras con que Moratín y otros poetastros de polaina embaucan a los tontos. ¿No piensas como yo?
--Lo mismito que usted --respondí--. Y ahora verá el Sr. D. Luciano cómo los franceses, cuando hayan arreglado lo de Portugal, arreglarán a España y se acabará la protección a los malos poetas.
--Dios lo quiera así... Pero nos vamos, que antes de almorzar hemos de concluir la escena entre Nelson y la hija de Gravina.
--¿Tanta prisa corre?
--Para fin de mes ha de estar en la Cruz. Tendrá un éxito atroz. Ya verás, Gabrielillo. Es preciso que vayas a aplaudir, porque me temo mucho que los de Estala, Melón y Moratinillo han de querer silbarla. Hay que estar con cuidado, y si ellos tienen la protección del Gobierno, no hay que asustarse por eso, la posteridad juzgará. Conque adiós.
Se marcharon a prisa, y yo me quedé pensando en la serie de maldades que habría cometido el Príncipe de la Paz, para tener también en contra suya a los malos poetas. Hasta mucho tiempo después no conocí que entre los infinitos actos reprensibles de aquel monstruo de la fortuna había algunos que la posteridad, por el contrario, debía recordar siempre con agradecimiento...
X
Aún me faltaba oír, antes de volver a casa, otra opinión muy distinta de las anteriores, y era la para mí respetabilísima de Pacorro Chinitas, el amolador, personaje que tenía establecida su portátil industria en la esquina de nuestra calle. Me parece que aún estoy viendo la piedra de afilar, que en sus rápidas evoluciones despedía por la tangente, al contacto del acero, una corriente de veloces chispas, semejantes a la cola de un pequeño cometa; y como era mi costumbre no apartar la vista de la máquina mientras hablaba con el Júpiter de aquellos rayos, el fenómeno ha quedado vivamente impreso en mi imaginación.
Era Pacorro Chinitas un hombre que aparentaba más edad de la que realmente tenía, merced a los disgustos domésticos de que era autora su mujer, célebre buñolera del Rastro, a quien llamaban la _Primorosa_. No puedo menos de dar algunas noticias sobre este ejemplar matrimonio, porque los dos seres que lo formaban figuran algo en acontecimientos posteriores, y que he de contar, si para entonces tengo vida y el lector paciencia, como espero.
Es, pues, el caso que Pacorro Chinitas, varón manso y discreto, no podía hacer buenas migas con la _Primorosa_, cuya fama, extendida de polo a polo, es decir, desde la calle de la Pasión hasta el pórtico de San Bernardino, la acusaba de mujer pendenciera, batalladora y que partía de un bofetón un par de quijadas, sin que estas y otras hazañas la hicieran nunca caer en manos de la justicia. Chinitas se vio obligado a pedir una separación, resignándose a no tener más compañera que la rueda coronada de chispas, y en esta situación le conocí. Luego que nos hicimos amigos contome las picardías de su antigua mitad, y así como en otros temas era discretísimo, en este era muy pesado, pues no pasaba día sin que me regalara un nuevo capítulo de la larga historia de sus cuitas matrimoniales. Como yo encontrara en aquel hombre cierta madurez de juicio, cierto sentido práctico que en los demás no hallaba, resultó que me aficioné a su conversación, y cuanto él decía me parecía entonces de perlas, sin que pudiera explicarme la razón de esta preferencia por los juicios de un hombre ignorado y rudo. Después he meditado bastante sobre las cosas de aquel tiempo, y sobre la opinión general, y puedo deciros sin miedo de equivocarme, que el hombre de más talento que conocí en aquellos días fue el amolador de la calle del Baño.
Para muestra referiré mi conversación con él.
--¡Hola, Chinitas! ¿cómo va? ¿Qué es eso que cuentan por ahí? ¿Conque tenemos a los franceses en España?
--Eso dicen --contestó--. Y la gente está contenta.
--Y parece que van a cogerse a Portugal.
--Pues ello... así dicen.
--Eso me parece muy bien. ¿Para qué sirve Portugal?
--Mira, Gabrielillo --dijo incorporándose, y apartando de la rueda las tijeras, con lo cual cesaron por un momento las chispas--; tú y yo somos unos brutos que no entendemos palotada de cosas mayores. Pero ven acá: yo estoy en que esos señores que se alegran porque han entrado los franceses, no saben lo que se pescan, y pronto vas a ver cómo les sale la criada respondona. ¿No piensas tú lo mismo?
--¿Qué he de pensar? Como Godoy es tan malo de por sí, cátate ahí que Napoleón viene a quitarle de en medio, y a poner en el trono al Príncipe de Asturias, que dicen es un gerifalte para el gobierno.
Chinitas volvió a aplicar el acero a la piedra, dando movimiento con el pie, y después de contestar a mis observaciones con un mohín muy expresivo, añadió:
--Yo digo y repito que todos estos señores parece que están bobos. Nosotros los que no sabemos leer ni escribir, acertamos a veces mejor que ellos; y lo que ellos no pueden ver, porque les encandila el sol de un poder que tienen tan cerca, lo vemos nosotros desde abajo; y si no, di tú: ¿No es preciso estar ciego para comprender que Napoleón no dice lo que tiene pensado? ¿Ese hombre no ha revuelto todas las partes del mundo, no ha quitado de los tronos los reyes que ha querido para poner a los mocosos de sus hermanos? Dicen que viene a poner al Príncipe de Asturias y a quitar al _choricero_. De eso me río yo. Sí, porque Godoy y él no están de compinche para hacer cualquier picardía... A mí con esas. Lo que menos le importa a Napoleón es que reine Fernando o prive D. Manuel; lo que él quiere es cogerse a Portugal para darle un pedazo a Godoy, y otro pedazo a la infanta que han puesto de reina allá en _Trucha_ o _Truria_...
--Pues que lo cojan y lo repartan --dije yo con gran crueldad para nuestros vecinos--, ¿qué nos importa? Con tal que quiten a ese hombre tan malo...
--Si cogen a Portugal, porque es un reino chiquito, mañana cogerán a España, porque es grande. Yo me enfado cuando veo a esos bobalicones que andan por ahí, petimetres, abates, frailes, covachuelistas, y hasta usías muy estirados, que se ríen y se alegran cuando oyen decir que Napoleón se va a embolsar a Portugal, y con tal de ver por tierra al guardia, no les importa que el francés eche el ojo a un bocadito de España, que no le vendrá mal para acabar de llenar el buche.
--Pero como dicen que no hay pecado que el _choricero_ no haya cometido...
--Mira, chiquillo --contestó con aplomo probando con el dedo el filo de las tijeras--; yo me río de todas las cosas que cuentan por ahí. Es verdad que ese hombre es un ambicioso que no va más que a enriquecerse; pero si ha llegado a ser duque, y general y príncipe y ministro, ¿de quién es la culpa sino de quien le ha dado todo eso sin merecerlo? Si vienen y te dicen a ti: «Gabriel, mañana vas a ser esto y lo otro, porque me da la gana, y sin que necesites para ello quemarte las cejas estudiando latín», ¿qué dirás tú? Dirías, «pues venga.»
--Eso no tiene duda.
--Y aunque ese hombre es una buena pieza, y ha hecho muchas maldades, la mitad de lo que dicen es mentira. También habrás visto que hoy le escupen muchos que antes le adulaban; es que saben que va a caer, y la sombra del árbol carcomido no le gusta a la gente. ¡Ah! me parece que aquí vamos a ver grandes cosas, sí, señor, grandes cosas. Digo y repito, que de esto va a resultar lo que nadie piensa, y muchos que hoy se restregan las manos de contento, llorarán mañana a moco y baba; y si no, acuérdate de lo que te digo.
Aquellas razones, que me parecían encerrar profunda verdad, me hicieron pensar; y como persona que ya se preciaba de saber escoger los hombres, pensé que aquel sabio amolador era digno de ocupar un puesto de consideración a mi lado, cuando yo fuera generalísimo, primer secretario de Estado, archipámpano, y tuviera todas las jerarquías que esperaba de la protección y ayuda de mi divina Amaranta.
--Pues yo lo que deseo --dije-- es que venga de una vez ese príncipe tan bueno, que todo lo ha de arreglar a pedir de boca. ¿No cree usted lo mismo?
--Mira, chiquillo --repuso Chinitas con sibilítico tono--, yo me tengo tragado que el heredero no vale para maldita la cosa, y esto no se puede decir sino acá para entre los dos, porque si algunos nos oyeran, lloverían almendradas. Cuando vivía la señora princesa de Asturias, que en gloria esté, todos decían que Fernandito era enemigo de los franceses y de Napoleón, porque este ayudaba a Godoy, y ahora resulta que los franceses son la mejor gente del mundo y Napoleón tan bueno como pan bendito, solo porque parece arrimarse al partido del Príncipe de Asturias. Esa no es gente formal, Gabrielillo; y yo lo que veo es que el heredero tiene muchas ganas de serlo, antes de que muera su padre, aunque es de creer que el canónigo de Toledo y otros personajes le tienen sorbidos los sesos, y serían capaces de obligarle a ser mal hijo, con tal que ellos pudieran después echarse al cuerpo los mejores destinos. Esa gente de arriba es muy ambiciosa, y hablando mucho del bien del reino, lo que quiere es mandar; tenlo presente. Yo, aunque no me han enseñado a leer ni a escribir tengo mi gramática parda; sé conocer a los hombres, y aunque parece que somos bobos y nos tragamos todo lo que nos dicen, ello es que a veces columbramos la verdad mejor que otros muy sabihondos, y vemos clarito lo que va a venir. Por eso te digo que veremos cosas gordas, muy gordas; y si no, acuérdate de lo que te digo.
Así habló Chinitas. Cuando me separé de él para entrar en casa, recuerdo que iba resumiendo las distintas conferencias de aquella mañana, y lo mucho y vario que sobre un mismo asunto había oído en anteriores días. Cada cual juzgaba los sucesos según sus pasiones, y como yo no podía formarme idea exacta de la importancia de aquellos hechos, en mi juvenil ignorancia y equivocado patriotismo, creía muy justo que el conquistador del siglo se apoderara de un pequeño reino, que a mi juicio no servía más que de estorbo. En cuanto a Godoy, no había duda de que los comerciantes, los nobles, los petimetres, el pueblo, los frailes y hasta los malos poetas anhelaban su caida, unos con razón, otros sin ella; unos por convicción de la ineptitud del valido; bastantes por la envidia, y muchos porque creían a pie juntillas que habíamos de estar mejor cuando nos gobernara el heredero de la Corona. Fue singular cosa que todos se equivocaran respecto a la marcha de los futuros sucesos, esperando el próximo arreglo de todos los trastornos; fue singular cosa que el optimismo ciego de la mayoría no alcanzase a comprender lo que penetró con su ruda desconfianza el buen juicio del amolador. Cada vez estoy más convencido de que Pacorro Chinitas fue una de las más grandes notabilidades de su época.
XI
Ignoro si fueron las conversaciones de aquel día u otras causas las que enfriaron el entusiasmo de que yo estaba poseído por la mañana. ¡Cuánto he desvariado! --decía para mí--, y lo más seguro es que Amaranta habrá visto solamente en mí un chico dispuesto a servirla mejor que otro.
Sin embargo, mi curiosidad era tan viva, que no podía ocuparme en cosa alguna ni estar con calma en ninguna parte. Aquel día ni aun pude visitar a Inés; y cuando cumplí las obligaciones de la casa, me dispuse a acudir a la cita. Vestime con el mayor esmero, dedicando el conjunto de las fuerzas de mi inteligencia a conseguir que la persona de un servidor de ustedes fuese el dechado de todas las gracias, y el resumen de cuantas perfecciones concedió Naturaleza a la juventud. El pedazo de espejo que limpié desde por la mañana aduló mi amor propio, confirmando ante mí la enfática presunción de que no escaseaban en el semblante del criado de la González ciertos agradables rasgos, dignos de hacer fijar la atención. Fue aquella la primera vez que me sentí presumido: después, recordándolo, he sentido ganas de abofetearme.
Yo habría deseado tener entonces el vestido más rico, más lujoso, más elegante, más luciente que pudieran hacer los sastres del planeta que habitamos; pero tuve que contentarme con el mío humildísimo, sin más adorno que el del aseo, la pulcritud y esmero de mi peinado. Mi traje era modesto; pero a pesar de ello, yo conocía que estaba bien, y que mi persona y aire predisponían en favor mío. Con esto y con pensar durante un breve rato frases delicadas y elegantes que me parecían muy propias para contestar a los obsequios de la diosa, di por terminados los preparativos, y salí de la casa, sin dar cuenta a nadie de mi expedición.
Llegué a la casa de la calle de Cañizares, residencia de la señora marquesa, de quien era hermano el diplomático; pregunté por doña Dolores, apareció esta, y sin decirme nada, me condujo por largos y oscuros pasadizos, hasta que al fin dio conmigo en un camarín muy lujoso, donde me ordenó que esperase. Mientras así lo hacía, creí sentir en la pieza inmediata algunas voces de señoras que hablaban y reían, y también creí escuchar la voz desentonada del diplomático. Amaranta no me hizo aguardar mucho tiempo. Cuando sentí el ruido de la puerta, cuando vi entrar a la hermosa dama, cuando se adelantó hacia mí sonriendo con bondad, pareciome que un ente sobrenatural se me acercaba, y temblé de emoción.
--Has sido puntual --me dijo--. ¿Estás dispuesto a entrar en mi servicio?
--Señora --contesté sin poder recordar ninguna de las frases que traía preparadas--; estoy con mucho gusto a las órdenes de usía para cuanto se digne mandarme.
--O yo me engaño mucho --dijo la dama sentándose junto a mí--, o tú eres un chico bien nacido, hijo de alguna noble familia, y te hallas hoy en posición más baja de lo que te corresponde.
--Mi padre era pescador en Cádiz --respondí, sintiendo por primera vez en mi vida no ser noble.
--¡Qué lástima! --exclamó Amaranta--; sin embargo, no importa. Pepa me ha dicho que cumples lo que se te encarga con mucha puntualidad, y sobre todo con gran reserva; que eres formal a toda prueba; me ha dicho también que tienes imaginación, y que podrías ser en otra esfera un hombre de provecho.
--Mi ama --dije disimulando mi orgullo-- me hace demasiado favor.
--Bueno --continuó la diosa--. Ya comprendes que entrar en mi servicio sin más recomendación que el propio mérito, es más de lo que pudieras desear. Pero me parece que tú tienes disposición para más altos empleos, y... creo que no serás desfavorecido por la fortuna. ¿Quién sabe lo que llegarás a ser?
--¡Oh, sí señora, quién sabe! --dije sin contener el entusiasmo que en mí producían aquellas palabras.
Amaranta estaba sentada frente a mí, como he dicho: su mano derecha jugaba con un grueso medallón pendiente del cuello, y cuyos diamantes, despidiendo mil luces, deslumbraban mis ojos. Tanta era mi gratitud y admiración hacia aquella mujer, que no sé cómo no caí de rodillas a sus plantas.
--Por de pronto no te exijo sino una grande fidelidad en mi servicio. Yo acostumbro recompensar bien a los que bien me sirven, y a ti más que a nadie, porque me han cautivado tu orfandad, tu abandono y la modestia y circunspección que hallo en tu persona.
--Señora --exclamé en la efusión de mi gratitud--, ¿cómo pagaré tantos sacrificios?
--Siéndome fiel y haciendo puntualmente lo que te mande.
--Seré fiel hasta la muerte, señora.
--Ya ves que exijo poco. En cambio, Gabriel, yo puedo hacer por ti lo que no has soñado ni podrías soñar. Otros con menos mérito que tú, se han elevado a alturas inconcebibles. ¿No te ha ocurrido que podrías tú subir lo mismo, encontrando una mano que te impulsara?
--¡Sí, señora! Sí me ha ocurrido, y ese pensamiento me ha vuelto loco --contesté--. Viendo que usía se dignaba fijar en mí sus ojos, llegué a creer que Dios había tocado su buen corazón, y que todo lo que hasta ahora me ha faltado en el mundo, iba a recibirlo de una sola vez.