Part 10
--Y yo sostengo --añadió mi ama alterándose más-- que el Príncipe podía haber intentado cuantas conjuraciones quisiera para echar del ministerio a Godoy; pero escribir exposiciones al Rey, poniendo en duda el honor de su madre, y hablando de arrojar tempestades sobre _Sisberto_ y _Goswinda_, lo cual equivale a atentar contra la vida de la Reina, me parece conducta indigna de un Príncipe español y cristiano... Al fin es su madre: cualesquiera que hayan sido las faltas de esta (y yo estoy segura de que no son tantas ni tan grandes como las de quien las publica), no es propio de un hijo el reconocerlas o mencionarlas, ni menos fundarse en ellas para perseguir a un enemigo.
--Hija, no estás poco melindrosa --dijo con acrimonia la tía de Amaranta--. Yo creo que el Príncipe hace muy retebién, y si a alguien le pesa, más valiera no haber dado motivos con lo que todos sabemos, a lo que está pasando. Y si no, hermano, tú que lo sabes todo, dinos tu opinión.
--¡Mi opinión! ¿Creéis que es fácil dar opinión sobre asunto tan espinoso? Y lo que yo pueda pensar, conforme a mi experiencia y luces, ¿puedo acaso decirlo en conferencia de mujeres, que al punto van diciéndolo por cámaras y antecámaras a todo el que las quiera oír...?
--No hay quien te saque una palabra. Si yo supiera la mitad de lo que tú sabes, hermano, gustaría de instruir a los ignorantes.
--Para formar exacto juicio, vengan datos --dijo el marqués--. ¿Alguna de ustedes sabe la opinión de la Reina sobre estas cosas?
--Cuando se leyó en consejo el último de los papeles que he citado --respondió la condesa--, Caballero dijo que el Príncipe merecía la pena de muerte por siete capítulos. La Reina, indignada al oírle, respondió: «_¿Pero no reparas que es mi hijo? Yo destruiré las pruebas que le condenan; le han engañado, le han perdido_», y arrebatando el papel lo escondió en su seno, y se arrojó llorando en un sillón. ¡Vean ustedes qué generosidad! Francamente aunque nunca me ha sido simpática la causa del Príncipe, desde que sé sus proyectos contra los Reyes, me parece un joven digno de lástima, si no de otro sentimiento peor.
--¡Qué tontería! --exclamó la marquesa--. Ahora vienen los lloriqueos y los dengues después de haber sido causa de tantos males. ¿Pues qué, ocurrirían estas cosas, si no se hubieran cometido ciertas faltas...?
Lesbia, que hasta entonces había permanecido en silencio, con cierta confusión y amilanamiento, no quiso callar más y apoyó las últimas frases de la marquesa. Amaranta entonces se volvió a ella, y con acento tan amargo como desdeñoso le dijo:
--¡Cuánto hablar de faltas ajenas! Esa persona no esperaba ser injuriada públicamente, como lo ha sido, por quien tantos favores recibió de ella, por quien se ha sentado a su mesa y se ha honrado con su amistad.
--¡Ah! el sermoncito no está mal --dijo Lesbia con esa forzada jovialidad, que a veces es la más terrible expresión de la ira--. Ya lo esperaba: desde que me negué a ciertas condescendencias; desde que cansada de un papel, admitido con ligereza e impropio de mí, lo cedí a otras, que lo desempeñan con perfección, se me censura suponiéndome divulgadora de lo que todo el mundo sabe. Ciertas personas no pueden hacerse pasar por víctimas de la calumnia aunque lloren y giman, porque sus vicios, en fuerza de ser tantos y tan grandes, han llegado a vulgarizarse.
--Es verdad --repuso Amaranta con perversa intención--. No falta quien sea prueba viva de ello. Pero hija, el vicio más feo es el de la ingratitud.
--Sí, pero ese es el vicio en que menos fácilmente pueden sentenciar los hombres.
--¡Oh, no! También sentencian, y pronto lo veremos. Precisamente la causa del Príncipe es obra pura y simplemente consumada por la ingratitud. Ya verás cómo esta se castiga.
--Supongo --dijo Lesbia con malicia-- que no querrás poner en la cárcel a todos los que estamos aquí, por haber cometido el crimen de desear el triunfo del Príncipe.
--Yo no pongo a nadie en la cárcel; y los que aquí estamos, pueden vivir tranquilos; pero quizás no esté muy segura otra persona muy amada de alguien que me escucha.
--¡Ah! --dijo imprudentemente el diplomático--, me han dicho que también Mañara está complicado en la causa.
--Creo que sí --añadió Amaranta cruelmente--; pero él fía mucho en el arrimo de elevadas personas. Y como resulten complicadas las que se sospecha, es de esperar que no les valga ninguna clase de apoyo.
--Eso es --dijo la duquesa--. ¡Duro en ellos! Falta todavía conocer el giro que tomará este negocio; falta saber si algún suceso inesperado cambiará de improviso los términos, convirtiendo a los acusadores en acusados.
--¡Ya... confían en Bonaparte! --afirmó Amaranta con despecho.
--¡Alto, allá! --exclamó el diplomático--; entran ustedes, señoras mías, en un terreno peligroso.
--Se hará justicia --dijo mi ama--, aunque no como se desea; pues no será posible descubrirlo. Por ejemplo: hay gran empeño en averiguar quién se encargaba de trasmitir a los conjurados la correspondencia del Príncipe, y hasta ahora no se sabe nada. Hay sospechas de que sea alguna de las muchas damas intrigantes y coquetuelas que hay en palacio... hasta se han fijado en alguna; pero aún no hay suficientes pruebas.
Lesbia no dijo una palabra; pero la pícara se sonreía como quien está libre de todo temor. Después hasta se atrevió a mortificar a su enemiga de esta manera:
--Quizás por lo mismo que es intrigante y coquetuela, tenga los medios de burlar a sus perseguidores. Tal vez las circunstancias le hayan proporcionado medios de desafiar y provocar a sus enemigos... Tengo deseos de saber quién es esa buena pieza. ¿Nos lo podrías decir?
--Ahora no --repuso mi ama--, pero mañana, tal vez sí.
Lesbia rio a carcajadas. Amaranta mudó de conversación, la marquesa volvió a lamentar la suerte de Príncipe, y el diplomático aseguró que por nada del mundo descorrería el velo que ocultaba los designios del capitán del siglo, con lo cual dio fin la comida, y todos, menos mi ama, se retiraron a dormir la siesta.
XV
Al siguiente día, 30 de octubre, ocurrieron grandes y conmovedoras novedades, si algo podía ya ocurrir capaz de aumentar la turbación de los ánimos. Desde por la mañana me había despedido mi ama, diciéndome que fuera a dar un paseo por la octava maravilla del mundo, y al mismo tiempo me mandó visitase en su celda al padre jerónimo que había de instruirme en las letras sagradas y profanas. Ambas cosas me contentaron mucho, y más que nada el ocio de que disfrutaba para recorrer a mi antojo el edificio y sus alrededores. El primer espectáculo que se ofreció a mi curiosidad, fue la salida del Rey a caza, lo cual no dejó de causarme extrañeza, pues me parecía que atribulado y pesaroso S. M. por lo que estaba pasando, no tendría humor para aquel alegre ejercicio. Pero después supe que nuestro buen monarca le tenía tan viva afición, que ni en los días más terribles de su existencia dejó de satisfacer aquella su pasión dominante, mejor dicho, su única pasión.
Yo le vi salir por la puerta del Norte, acompañado de dos o tres personas, entrar en su coche, y partir hacia la sierra, con tanta tranquilidad como si en palacio dejase la paz más perfecta. Sin duda debía de ser en extremo apacible su carácter, y tener la conciencia más pura y limpia que los frescos manantiales de aquellas montañas. Sin embargo, aquel buen anciano, a pesar de su alta posición y de la paz que yo suponía en su interior, más me inspiraba lástima que envidia. Aquella se aumentó cuando vi que la gente del pueblo, reunida en torno al edificio, no mostraba a su Rey ningún afecto, y hasta me pareció oír en algunos grupos murmullos y frases mal sonantes, que hasta entonces creo no se habían aplicado a ningún soberano de esta honrada nación.
Recorriendo después las galerías bajas del palacio y las antecámaras altas, vi a otros individuos de la regia familia, y me maravilló observar en todos la misma forma de narices colgantes, que caracterizaba la casta de los Borbones. El primero que tuve ocasión de admirar fue el cardenal de la Escala, don Luis de Borbón, célebre después por haber recibido el juramento de los diputados en la isla de León, y por otros hechos menos honrosos que irán saliendo a medida que avancen estas historias. No era el señor cardenal hombre grave, cubierto de canas, prenda natural de la edad y del estudio, ni representaba su rostro aquella austeridad que parece ha de ser inherente a los que desempeñan cargos tan difíciles: antes bien era un jovenzuelo que no había llegado a los treinta años, edad en la cual Lorenzana, Albornoz, Mendoza, Silíceo y otras lumbreras de la Iglesia española no habían aún salido del seminario.
Verdad es que existía la costumbre de consagrar al cardenalato a los príncipes menores que no podían alcanzar ningún reino grande ni chico, y el señor D. Luis de Borbón, primo del Rey Carlos IV, fue en esto uno de los mortales más afortunados, porque con la leche en los labios empezó a disfrutar las rentas de la mitra de Sevilla, y no cumplidos aún los 23, y mal digeridas las _Sentencias_ de Pedro Lombardo, tomó posesión de la silla de Toledo, cuyas fabulosas rentas habría envidiado cualquier Príncipe de Alemania o de Italia.
Pero cada cosa en su tiempo y los nabos en adviento. Lo que hemos dicho era costumbre propia de la edad, y no es justo censurar al infante porque tomase lo que le daban. Su eminencia, tal y como le vi descender del coche en el vestíbulo de palacio, me pareció un mozo coloradillo, rubicundo, de mirada inexpresiva, de nariz abultada y colgante, parecida a las demás de la familia, por ser fruto del mismo árbol, y con tan insignificante aspecto, que nadie se fijara en él, si no fuera vestido con el traje cardenalicio. D. Luis de Borbón subió con gran priesa a las habitaciones regias, y no le vi más.
Pero mi buena estrella, que sin duda me tenía reservado el honor de conocer de una vez a toda la familia real, hizo que viera aquel mismo día al infante D. Carlos, segundo hijo de nuestro Rey. Este joven aún no aparentaba veinte años, y me pareció de más agradable presencia que su hermano el Príncipe heredero. Yo le observé atentamente, porque en aquella época me parecía que los individuos de sangre real habían de tener en sus semblantes algo que indicase la superioridad; pero nada de esto había en el del infante D. Carlos, que solo me llamó la atención por sus ojos vivarachos y su carita de Pascua. Este personaje varió mucho con la edad en fisonomía y carácter.
También vi aquella misma tarde en el jardín al infante D. Francisco de Paula, niño de pocos años que jugaba de aquí para allí, acompañado de mi Amaranta y de otras damas; y por cierto que el Infante, saltando y brincando con su traje de mameluco completamente encarnado, me hacía reír, faltando con esto a la gravedad que era indispensable cuando se ponía el pie en parajes hollados por la regia familia.
Antes de bajar al jardín habían llamado mi atención unos recios golpes de martillo que sentí en las habitaciones inferiores: después sucedieron a los golpes unos delicados sones de zampoña, con tal arte tañida, que parecían haberse trasladado al Real Sitio todos los pastores de la Arcadia. Habiendo preguntado, me contestaron que aquellos distintos ruidos salían del taller del infante don Antonio Pascual, quien acostumbraba matar los ocios de la vida regia alternando los entretenimientos del oficio de carpintero o de encuadernador con el cultivo del arte de la zampoña. Yo me admiré de que un Príncipe trabajase, y me dijeron que el D. Antonio Pascual, hermano menor de Carlos IV, era el más laborioso de los Infantes de España, después del difunto D. Gabriel, celebrado como humanista y muy devoto de las artes. Cuando el ilustre carpintero y zampoñista dejó el taller para dar su paseo ordinario por la huerta del Prior en compañía de los buenos Padres Jerónimos que iban a buscarle todas las tardes, pude contemplarle a mis anchas, y en verdad digo que jamás vi fisonomía tan bonachona. Tenía costumbre de saludar con tanta solemnidad como cortesanía a cuantas personas le salían al paso, y yo tuve la alta honra de merecerle una bondadosa mirada y un movimiento de cabeza que me llenaron de orgullo.
Todos saben que D. Antonio Pascual, que después se hizo célebre por su famosa despedida del valle de Josafat, parecía la bondad en persona. Confieso que entonces aquel príncipe, casi anciano, cuya fisonomía se habría confundido con la de cualquier sacristán de parroquia, era, entre los individuos de la regia familia, el que me parecía de mejor carácter. Más tarde conocí cuánto me había equivocado al juzgarle como el más benévolo de los hombres. María Luisa, que le tachó de cruel, en una de sus cartas profetizó lo que había de pasar a la vuelta de Valencey, cuando el Infante congregaba en su cuarto lo más florido del partido realista furibundo.
Este pobre hombre, lo mismo que su sobrino el Infante D. Carlos, eran partidarios del Príncipe Fernando, y aborrecían cordialmente al de la Paz; mas excusadas son estas advertencias, porque entonces ningún español amaba a Godoy; empezando por los individuos de la familia. Pero basta de digresiones, y sigamos contando. Quedó, si mal no recuerdo, en el anuncio de ciertas novedades que dieron inesperado giro a los sucesos; mas no dije cuáles fueran. Parece que a eso de la una el ilustre prisionero, luego que se enteró de que su padre había salido a caza, mandó a la Reina un recado, suplicándola que fuese a su cuarto, donde le revelaría cosas muy importantes. Negose la madre; pero envió al marqués Caballero, quien recogió de labios del Príncipe las declaraciones de que voy a hablar.
No crean ustedes que tan estupendas nuevas eran del dominio de todos los habitantes del Escorial. Yo las supe porque Amaranta las contó al diplomático y a su hermana, y como por mi poca edad y aspecto de mozuelo distraído y casquivano, creían que yo no había de prestar atención a sus palabras, no se cuidaban de guardar reserva delante de mí.
Conforme dijo Amaranta, todas las personas reales andaban azoradas y aturdidas, porque, según las últimas declaraciones del Príncipe, se sabía ya con certeza que los conjurados tenían de su parte a Napoleón en persona, cuyas tropas se acercaban cautelosamente a Madrid con objeto de apoyar el movimiento. También había denunciado Fernando a sus cómplices llamándoles _pérfidos_ y _malvados_; y según las indicaciones que hizo, los rumores tiempo ha propalados sobre proyecto de atentar a la vida de la Reina, no carecían de fundamento. En cuanto al Rey, los amigos del Príncipe no debían de tener muy buenas intenciones respecto a él, porque este había nombrado generalísimo de las tropas de mar y tierra al duque del Infantado en un decreto que empezaba así: «_Habiendo Dios tenido a bien llamar para sí el alma del Rey, nuestro Padre_, etc.»
No se fijaron bien en mi imaginación estos pormenores; pero habiendo leído más tarde los incidentes de aquel proceso célebre, puedo auxiliar mi memoria con tanta eficacia que resulte la narración de los hechos tan viva como hija del recuerdo. Lo que sí me acuerdo es que Amaranta, alarmada con lo de Bonaparte, tenía gran placer en hacer consideraciones sobre la bajeza del Príncipe al denunciar vilmente a sus amigos. La marquesa se resistía a creerlo, y los comentarios, que no copio, por no ser molesto, duraron mucho tiempo.
No había aún oscurecido cuando volvió el Rey de caza, y hora y media después un gran ruido en la parte baja del alcázar nos anunció la llegada de otro importante personaje. Corrí al patio grande y ya no pude verle, porque habiendo descendido rápidamente del coche, subió por la escalera con prisa de llegar pronto arriba. Únicamente se distinguía un bulto arrebujado en anchísima capa, como persona enferma que quiere reservarse del aire; mas no fue posible ver sus facciones.
--Es él --dijeron algunos criados que había junto a mí.
--¿Quién? --pregunté con mucha curiosidad.
Entonces un pinche de la cocina, con quien había yo trabado cierta amistad por ser el funcionario encargado de darme de comer, acercó su boca a mi oído, y me dijo muy quedamente:
--El _choricero_.
Más adelante tuve ocasión de hablar con este personaje; pero su pintura pertenece a otro libro.
XVI
Seguí hablando con el pinche, por no perder tan buena coyuntura de entablar relaciones con la gente de escalera abajo, y pregunté a mi abastecedor cuál era la opinión más extendida en las reales cocinas sobre los sucesos del día. Afortunadamente se aproximaba la hora de cenar; y llevándome mi amigo al aposento destinado al efecto, me hizo ver que el cuerpo de cocineros seguía a todo el país en la senda trazada por los directores del partido fernandista.
Nada más patriótico, nada más entusiasta que la actitud de aquel puñado de valientes en cuyas cacerolas estaba por decirlo así el paladar de los reyes de España, y que era árbitro hasta cierto punto de su bienestar, si no de su existencia. Aunque muchos de los hombres que allí vi eran antiguos y pacíficos servidores, que no participaban de la rebelde inquietud de la gente moza, la mayor parte habían sido deslumbrados por la perruna y grotesca elocuencia de Pedro Collado, el aguador de la fuente del Berro, ya empleado en la servidumbre de Fernando. Este hombre, que con las gracias de su burdo y ramplón ingenio se había conquistado preferente lugar en el corazón del heredero, desempeñaba al principio las funciones de espía en todas las regiones bajas de palacio, vigilaba la servidumbre, la cual a poco empezó por temerle y concluyó por someterse dócilmente a sus mandatos. De este modo llegó a ser Pedro Collado respecto a los cocineros, pinches y lacayos un verdadero cacique, al modo de los que hoy son alma y azote de las pequeñas localidades en nuestra península.
Cuando Pedro Collado bajaba contento, el regocijo se difundía como don celeste entre toda la servidumbre: cuando Pedro Collado bajaba taciturno y sombrío, melancólico silencio sustituía a la anterior algazara. Cuando alguno perdía la gracia del aguador, ya podía encomendarse a Dios, y los que tenían la suerte de merecer su benevolencia o de servir de objeto a sus bromas, ya podían considerarse con un pie puesto en la escala de la fortuna.
Aquella noche fue para mí muy interesante, porque presencié la prisión de Pedro Collado, contra quien habían resultado cargos muy graves en las primeras actuaciones de la causa. El favorito del Príncipe comunicaba a los más autorizados entre sus amigos las impresiones del día, cuando un alguacil, seguido de algunos soldados de la guardia española, entró a prenderle. No hizo resistencia el aguador, antes bien con la frente erguida y provocativo ademán, siguió a sus guardianes que le condujeron a la cárcel del Sitio, porque a causa de su baja condición no podía alternar con el duque de San Carlos, ni con el del Infantado, presos en las buhardillas de la parte del edificio llamado el Noviciado.
La prisión del aguador produjo en la cocina cierto terror y sepulcral silencio. Interrumpiéronlo después las voces de mando, que cual la de los generales en la guerra, sirven para dirigir la estrategia de las cocinas reales, no menos complicada que la de los campos de batalla. Una voz decía: «Cena del señor infante D. Antonio Pascual.» Y al punto la más rica menestra que ha incitado el humano apetito pasó a manos de los criados que servían en el cuarto del infante. Después se oyó la siguiente orden: «La sopa hervida y el huevo estrellado de la señora infanta doña María Josefa.» Luego, «El chocolate del señor infante D. Francisco de Paula», y nuevos movimientos seguían a estas palabras. Hubo un instante de sosiego, hasta que el cocinero mayor exclamó con voz solemne: «¿Está la polla asada de su eminencia el señor cardenal?» Al instante funcionaron las cacerolas, y la polla asada con otros sustanciosos acompañamientos fue trasmitida al cuarto del arzobispo. Por último, un señor muy obeso, y vestido de uniforme con galones, que era designado con el estrambótico nombre de _guardamangier_, se paró en la puerta y dirigiendo su mirada de águila hacia los cocineros, exclamó: «La cena de Su Majestad el Rey.» Era cosa de ver la multitud de platos que se destinaron a aliviar la debilidad estomacal, diariamente producida en la naturaleza de Carlos IV por el ejercicio de la caza. Como yo no podía apartar mis ojos de aquella rica colección de manjares, cuyo aromático vapor convidaba a comer, mi amigo el pinche me dijo:
--Descuida, Gabrielillo, que ya probaremos algo de aquellos platos. Al Rey le gusta ver muchos platos en su mesa; pero de cada uno no come más que un poquito. Algunos vuelven como han ido. Voy a preparar el agua helada.
--¿Qué es eso de agua helada? --pregunté--. ¿Y quién se alimenta con manjar de tan poca sustancia?
--El Rey --me contestó--, una vez que llena bien el buche, pide un vaso de agua helada como la misma nieve; coge un panecillo, le quita la corteza, empapa bien la miga en el agua, y se la come después. Jamás toma más postre que ese.
Un buen rato después de haberse pedido la cena del Rey, pidieron la de la Reina, y esta diferencia de tiempo llamó tanto mi atención, que pregunté a mi amigo la razón de que no comieran juntos los Reyes y sus hijos.
--Calla, tonto --me dijo--, eso no puede ser. En las casas de todo el mundo, comen padres e hijos en una misma mesa. Pero aquí no: ¿no ves que eso sería faltar a la etiqueta? Los Infantes comen cada uno en su cuarto, y S. M. el Rey solo en el suyo, servido por los guardias. La Reina es la única persona que podría comer con el Rey, pero ya sabes que acostumbra comer sola, por lo que callo.
--¿Por qué? dímelo a mí. Es que tendrá alguna persona que la acompañe _de ocultis_.
--¡Quiá! No come delante de alma viviente ni que la maten.
--¿Ni tampoco delante de sus damas?
--Solo la camarera que la sirve la ve comer. Te diré por qué --añadió en voz baja--. ¿Ves aquellos dientes tan bonitos que enseña la Reina cuando se ríe? Pues son postizos, y como tiene que quitárselos para comer, no quiere que la vean.
--Eso sí que está bueno.
En efecto, lo que me dijo el pinche era cierto, y en aquellos tiempos el arte odontológico no había adelantado lo suficiente para permitir las funciones de la masticación con las herramientas postizas.
--Ya ves tú --continuó el pinche-- si tienen razón los que critican a la Reina porque engaña al pueblo, haciendo creer lo que no es. ¿Y cómo ha de hacerse querer de sus vasallos una soberana que gasta dientes ajenos?
Como yo no creía que las funciones de los Reyes fueran semejantes a las de un perro de presa, no pensé lo mismo que mi amigo, aunque me callé sobre el particular.
Luego pidieron la cena de S. A. el Príncipe de la Paz, y la de los Consejeros de Estado, lo cual me decidió a subir, creyendo llegada la hora de servir también la de mi ama. Se acercaba para mí el dulce momento de verla, de hablarla, de escuchar sus mandatos, de pasar junto a ella rozando mi vestido con el suyo, de embelesarme con su sonrisa y con su mirada. Ausente de ella, mi imaginación no se apartaba de tan hermoso objeto, como mariposa que rodea sin cesar la luz que la fascina. Pero muy contra mi voluntad aquella noche Amaranta no se dignó ponerme al corriente de lo que deseaba saber respecto a mis servicios. Estaba escrito que fuera a la noche siguiente.