La corte de Carlos IV

Part 4

Chapter 44,034 wordsPublic domain

te arrojaste en mis brazos, cuando aún no era llegada la ocasión, y yo, preocupado con el agravio recibido, no podía entregarme a halagos amorosos. Echaste a perder el final, Pepilla, desluciste la comedia, y me desluciste a mí.

--Yo no puedo deslucirte nunca.

--Pues ya ves cómo no fui aplaudido esta tarde como las anteriores; y de esto tienes tú la culpa, sí, tú misma, por tus torpezas y tus tonterías. No haces caso de mis lecciones, no te esfuerzas por complacerme, y por último me pondrás en el caso de quitarte el partido en mi compañía, poniéndote de parte de por medio o racionera, si no me obligas con tus descuidos a echarte del teatro.

--¡Ay Isidoro! --dijo mi ama--. Yo procuro siempre hacerlo lo mejor posible para que no te enfades ni me riñas; pero tanto miedo tengo a que me reprendas que en la escena tiemblo desde que te veo aparecer. ¿Querrás creer una cosa? Pues cuando estamos representando juntos, hasta temo hacerlo demasiado bien, porque si me aplauden mucho, me parece que tomo para mí una parte del triunfo que a ti solo corresponde, y creo que has de enfadarte si no te aplauden a ti solo. Este temor, unido al que me causas cuando me amenazas por señas o me corriges con enojo, me hace temblar y balbucir, y a veces no sé lo que me digo. Pero descuida que ya me enmendaré: no tendrás que echarme de tu teatro.

No oí lo que siguió a estas palabras, porque salí con un velón que exhalaba mal olor; al volver noté que la conversación había variado. Isidoro permanecía en el sillón con indolencia y mostrando un gran aburrimiento.

--¿Pero no vienen tus convidados? --preguntó.

--Es temprano. Veo que te fastidias en mi compañía --contestó mi ama.

--No; pero la reunión hasta ahora no tiene nada de divertida.

Isidoro sacó un cigarro y fumó. Debo advertir que el ilustre actor no gastaba tabaco por las narices, como casi todos los grandes hombres de su tiempo, Talleyrand, Metternich, Rossini, Moratín y el mismo Napoleón, que, si no miente la historia, por abreviar la operación de sacar y destapar la tabaquera, llevaba derramado el aromático polvo en el bolsillo del chaleco, forrado interiormente de hule; y mientras disponía los escuadrones de Jena, o durante las conferencias de Tilsitt, no cesaba de meter en el susodicho bolsillo los dedos pulgar e índice para llevarlos a la nariz cada minuto. Por esta singular costumbre dicen que el chaleco amarillo y las solapas que cubrían el primer corazón del siglo, eran una de las cosas más sucias que se han señoreado de la Europa entera.

Farinelli también se atarugaba las narices entre un aria y un oratorio, y de ciertos papeles viejos que hemos visto se desprende, que el mejor regalo que podía hacer una dama enamorada, o un noble entusiasta, a cualquier músico, pintor o _virtuoso_ italiano, era un par de arrobas de tabaco.

El abate Pico della Mirandola, Rafael Mengs, el tenor Montagnana, la soprano Pariggi, el violinista Alaí y otras notabilidades del teatro del Buen Retiro, consumieron lo mejor que venía de América en los regios galeones.

Perdóneseme la digresión, y conste que Isidoro no usaba tabaco en polvo.

V

Las diez serían cuando solemnemente entraron las dos damas de que antes he hecho honorífica mención. ¡Lesbia, Amaranta! ¿Quién podrá olvidaros si alguna vez os vio? Excusado es decir que iban de incógnito, y en coche, no en litera donde fácil hubiera sido conocerlas al indiscreto vulgo. Las pobrecillas gustaban mucho de aquellas reuniones de confianza, donde hallaban desahogo sus almas comprimidas por la etiqueta.

Ha de saberse que en las reuniones clásicas de familia o de palacio, en las reuniones donde reinaba con despótico imperio la ley castiza, no ocurría cosa alguna que no fuese encaminada a producir entre los asistentes un decoroso aburrimiento. No se hablaba, ni mucho menos se reía. Las damas ocupaban el estrado, los caballeros el resto de la sala, y las conversaciones eran tan sosas como los refrescos. Si alguien tocaba el clave o la guitarra, la tertulia se animaba un poco; pero pronto volvía a reinar el más soporífero decoro. Se bailaba un minueto: entonces los amantes podían saborear las platónicas e ideales delicias que resultaban de tocarse las yemas de los dedos, y después de muchas cortesías hechas con música, volvía a reinar el decoro, que era una deidad parecida al silencio.

Nada tiene de particular que algunas damas de imaginación buscaran en reuniones menos austeras, pasatiempos más acordes con su naturaleza, y aquí traigo a la memoria _El sí de las niñas_, que censurando la hipocresía en la educación, es una general censura de la hipocresía en todas las fases de nuestras antiguas costumbres. Todo anunciaba en aquellos días una fuerte tendencia a adoptar usos un poco más libres, relaciones más francas entre ambos sexos, sin dejar de ser honradas, vida en fin, que se fundara antes en la confianza del bien, que en el recelo del mal, y que no pusiera por fundamentos de la sociedad la suspicacia y la probabilidad del pecado. La verdad es que había mucha hipocresía entonces: porque las cosas no se hicieran en público, no dejaban de hacerse, y siendo menos libres las costumbres, no por eso eran mejores.

Lesbia y Amaranta entraron haciendo cortesías y gestos encantadores, que revelaban la alegría de sus corazones. Las acompañaba el tío de Amaranta, viejo marqués diplomático; pero antes de decir quién era este, voy a referiros cómo eran ellas.

La duquesa de X (Lesbia), era una hermosura delicada y casi infantil, de esas que, semejantes a ciertas flores con que poéticamente son comparadas, parece que han de ajarse al impulso del viento, al influjo de un fuerte sol, o perecer desechas si una débil tempestad las agita. Las que se desataron en el corazón de Lesbia no hicieron estrago alguno, al menos hasta entonces, en su belleza.

Parecía haber salido el día antes del poder de las buenas madres de Chamartín de la Rosa, y que aún no sabía hablar sino de los bollos del convento, de las hormigas de la huerta, de la regla de San Benito y de los cariños de la madre Circuncisión. ¡Pero cómo desmentía esta creencia en cuanto comenzaba a hablar la picarona! En su lenguaje tomaba mucha parte la risa, con tanta franqueza y tan discreta desenvoltura, que nadie estaba triste en su presencia. Era rubia y no muy alta, aunque sí esbelta y ligera como un pajarito. Todo en ella respiraba felicidad y satisfacción de sí misma; era una naturaleza tan voluntariosa como alegre, a quien ningún extraño albedrío podía sujetar. Los que tal intentaran principiarían por enojarla, y enojarla era echarla a perder, destruyendo la mitad de sus encantos.

Entre las cualidades que hacían agradable el trato de Lesbia, descollaba su habilidad en el arte de la declamación. Era una cómica consumada, y según conocí después, su talento sin igual para la escena no se reducía a los estrechos lienzos pintados de los teatros caseros, sino que tomaba más ancho vuelo, desplegándose en todos los actos de la vida. Siempre que se daba alguna función extraordinaria en cualquiera de las principales casas de la corte, ella hacía la mejor parte, y a la sazón Máiquez le enseñaba el papel de Edelmira en la tragedia de _Otello_, que debía ponerse en escena en el teatro doméstico de cierta marquesa. Isidoro y mi ama estaban también designados para cooperar en aquella representación, anunciada como muy espléndida.

Lesbia era casada. Tres años antes, y cuando apenas tenía diez y nueve, contrajo matrimonio con un señor duque que se pasaba el tiempo cazando como un Nemrod en sus vastas dehesas: venía alguna vez a Madrid hecho un zafiote para pedir perdón a su mujer por las largas ausencias, y jurarle que tenía el propósito de no disgustarla más, viviendo lejos de ella. Sin que nadie me lo diga, afirmo que Lesbia se quejaría con su dulce vocecita; pero cuidando de no esforzar su queja en términos que pudieran decidir al duque a cambiar de vida.

Amaranta era un tipo enteramente contrario al de Lesbia. Esta agradaba; pero Amaranta entusiasmaba. La apacible y graciosa hermosura de la primera hacía pasajeramente felices a cuantos la miraban. La belleza ideal y grandiosa de la segunda, causaba un sentimiento extraño, parecido a la tristeza. Pensando en esto después, he creído que la singular estupefacción que experimentamos ante uno de estos raros portentos de la hermosura humana, consiste o en la creencia de nuestra inferioridad o en la poca esperanza de poseer el afecto de una persona, que a causa de sus muchas perfecciones, será solicitada por sin número de golosos.

Entre las mujeres que he visto en mi vida, no recuerdo otra que poseyera atracción tan seductora en su semblante, así es que no he podido olvidarla nunca, y siempre que pienso en las cosas acabadas y superiores, cuya existencia depende exclusivamente de la Naturaleza, veo su cara y su actitud como intachables prototipos que me sirven para mis comparaciones. Amaranta parecía tener treinta años. La gloria de haber producido a aquella mujer te pertenece en primer término a ti, Andalucía, y después a ti, Tarifa, fin de España, rincón de Europa donde se han refugiado todas las gracias del tipo español, huyendo de extranjera invasión.

Con lo dicho, podrán ustedes formar idea de cómo era la incomparable condesa de X, _alias_ Amaranta, y excuso descender a pormenores que ustedes podrán representarse fácilmente, tales como su arrogante estatura, la blancura de su tez, el fino corte de todas las líneas de su cara, la expresión de sus dulces y patéticos ojos, la negrura de sus cabellos y otras muchas indefinidas perfecciones que no escribo, porque no sé cómo expresarlas; calidades que se comprenden, se sienten y se admiran por el inteligente lector, pero cuyo análisis no debe este exigirnos, si no quiere que el encanto de esas mil sutiles maravillas se disipe entre los dedos de esta alquimia del estilo, que a veces afea cuanto toca.

No conservo cabal memoria de sus vestidos. Al acordarme de Amaranta, me parece que los encajes negros de una voluminosa mantilla, prendida entre los dientes de la más fastuosa peineta, dejan ver por entre sus mil recortes e intersticios el brillo de un raso carmesí, que en los hombros y en las bocamangas vuelve a perderse entre la negra espuma de otros encajes, bolillos y alamares. La basquiña del mismo raso carmesí, y tan estrecha y ceñida como el uso del tiempo exigía, permite adivinar la hermosa estatua que cubre; y de las rodillas abajo el mismo follaje negro, y la cuajada y espesa pasamanería terminan el traje, dejando ver los zapatos, cuyas respingadas puntas aparecen o se ocultan como encantadores animalitos que juegan bajo la falda. Este accidente hasta llega a ser un lenguaje cuando Amaranta, atenta a la conversación, aumenta con el encanto de su palabra los demás encantos, y añade a todas las elocuencias de su persona, la elocuencia de su abanico.

Esto en cuanto a la condesa. Refiriéndome a Lesbia, si quiero acordarme de su vestido, todo me parece azul. Figúrensela ustedes con mantilla blanca y guardapiés azul orlado de encajes negros; y si no es cierto que estuviera así, tampoco es inverosímil que pudiera estarlo.

Antes de la noche a que me refiero, había visto hasta tres veces a las dos lindas mujeres en casa de mi ama. Desde luego comprendí que una y otra eran personas muy metidas en los enredos de la corte, aunque en las clandestinas tertulias de mi casa poco dejaban traslucir. Algunas veces, sin embargo, disputaban las dos en tales términos y con tan mal disimulado ensañamiento, que me pareció no existía entre ellas la mejor armonía. También mentaban de vez en cuando los negocios públicos, y a tal o cual persona de la real familia; pero en tales casos siempre daba el tema el señor marqués y tío de Amaranta, personaje que no podía estar en sosiego si no realzaba a todas horas su personalidad, sacando a relucir a tontas y a locas los negocios diplomáticos en que se creía muy experto.

La noche a que corresponde mi narración, había asistido también el celebérrimo tío, de quien ante todo diré que parecía cosido a las faldas de su sobrina, pues la acompañaba a todas partes, sirviéndole de rodrigón en la iglesia, de caballero en el paseo y de pareja en los bailes. No sé si he dicho que Amaranta era viuda. Si antes lo dije, dese por repetido.

El marqués (callemos el título por las mismas razones que nos movieron a disfrazar el de las damas) era un viejo de más de setenta años, que había ejercido varios cargos diplomáticos. Elevado por Floridablanca, sostenido por Aranda, y derribado al fin por Godoy, conservó rencorosa pasión contra este Ministro, y por esta causa todas sus disertaciones, que eran interminables, giraban sobre el capitalísimo tema de la caida del favorito. Su carácter era vano, aparatoso y hueco, como de hombre que habiéndose formado de sí mismo elevado concepto, se cree destinado a desempeñar los más altos papeles. Por su grandilocuencia, que no era inferior a la flojedad efectiva de su ánimo, servía como objeto de agudísimas burlas entre sus amigos, y en todos los círculos que frecuentaba se divertían oyéndole decir: _¿Qué hará la Rusia...? ¿Secundará el Austria tan atroz proyecto? ¡Un gran desastre nos amaga...! ¡Ay de las potencias del Mediodía...!_ y otras igualmente misteriosas, con que se proponía darse importancia, cuidando siempre en su estudiada reserva de decir las cosas a medias y de no dar noticias claras de nada, para que los oyentes, llenos de dudas y oscuridades, le rogasen con insistencia que fuera más explícito.

He dado estos detalles para que se comprenda qué clase de espantajos había entonces para regocijo de aquella generación. En cuanto a mí, siempre me han hecho gracia estos tipos de la vanidad humana, que son sin disputa los que más divierten y los que más enseñan.

Como hombre poco dispuesto a transigir con las _novedades peligrosas_, y enemigo del jacobinismo, el marqués se esforzaba en conseguir que su persona fuese espejo fiel de sus elevados pensamientos; así es que miraba con desdén los trajes de moda, y tenía gusto en sorprender al público elegante de la corte y villa con vestidos anticuados de aquellos que solo se veían ya en la veneranda persona de algún consejero de Indias. Así es que si usó hasta 1798 la casaca de tontillo y la chupa de mandil, en 1807 todavía no se había decidido a adoptar el frac solapado y el chaleco ombliguero, que los poetas satíricos de entonces calificaban de moda _anglo-gala_.

Me falta añadir que el marqués, con su antijacobinismo y su peluca empolvada, digna de figurar en las juntas de Coblenza, había sido hombre de costumbres bastante disipadas. En la época de mi relación la edad le había corregido un poco, y todas sus calaveradas no pasaban de una benévola complicidad en todos los caprichos de su sobrina. No vacilaba en acompañarla a sus excursiones y meriendas en la pradera del Canal o en la Florida, con gente de categoría muy inferior a la suya. Tampoco ponía reparos en ser su pareja en las orgías celebradas en casa de la González o la Prado; pues tío y sobrina gustaban mucho de aquella familiaridad con cómicos y otra gente de parecida laya. Excusado es decir que tales excursiones eran secretas, y tenían por único objeto esparcir y alegrar el espíritu abatido por la etiqueta. ¡Pobre gente! Aquellos nobles que buscaban la compañía del pueblo, para disfrutar pasajeramente de alguna libertad en las costumbres, estaban consumando, sin saberlo, la revolución que tanto temían, pues antes de que vinieran los franceses y los volterianos y los doceañistas, ya ellos estaban echando las bases de la futura igualdad.

VI

Lesbia, dando golpecitos con su abanico en el hombro de Isidoro, decía:

--Estoy muy enfadada con usted, señor Máiquez, sí señor, muy enfadada.

--¿Porque he representado mal esta tarde? --contestó el actor--. Pepilla tiene la culpa.

--No es eso --continuó la dama--, y me las pagará usted todas juntas.

Al oír esto, Isidoro inclinó la cabeza. Lesbia acercó su rostro y habló tan bajo, que ni yo ni los demás entendimos una palabra; pero por la sonrisa de Máiquez se adivinaba que la dama le decía cosas muy dulces. Después continuaron hablando en voz baja, y el uno atendía a las palabras del otro con tal interés, daban tanta fuerza y energía al lenguaje de los ojos, se ponían serios o joviales, tristes o alborozados con transición tan ansiosa y brusca, que al menos listo se le alcanzaba la injerencia del travieso amor en las relaciones de aquellos dos personajes.

Para que todo se sepa de una vez, diré que el diplomático no miraba con malos ojos a la González; esta no podía contestar a sus tiernas insinuaciones, porque harto tenía que hacer atendiendo al íntimo diálogo que sostenían Lesbia e Isidoro. A mi ama un color se le iba y otro se le venía de pura zozobra; a veces parecía encendida en violenta ira; a veces, dominada por punzante dolor, pugnaba por distraerlos, ingiriendo en su conversación conceptos extraños, y al fin, no pudiendo contenerse, dijo con muy mal humor:

--¿No concluirá tan larga confesión? Si siguen ustedes así, entonaremos todos el _yo pecador_.

--¿Y a ti qué te importa? --dijo Máiquez con semblante sañudo y con aquel despótico tono que usaba con los desdichados subalternos de su compañía.

Mi ama se quedó perpleja, y en un buen rato no dijo palabra.

--Tienen que contarse muchas cosas --dijo Amaranta con malicia--. Lo mismo sucedió el otro día en casa. Pero estas cosas pasan, señor Máiquez. El placer es breve y fugaz. Conviene aprovechar las dulzuras de la vida, hasta que el horrible hastío las amargue.

Lesbia miró a su amiga... Mejor dicho, ambas se miraron de un modo que no indicaba la existencia de una apacible concordia entre una y otra.

El secreteo entre Isidoro y la dama continuaba cada vez más íntimo, más ardoroso, más impaciente. Parecía que el tiempo se les abreviaba entre palabra y palabra, no permitiéndoles decirlo todo. Amaranta se aburría, el marqués dirigía con ojos y boca inútiles flechas al enajenado corazón de mi ama, y esta cada vez más inquieta, mostrando en su semblante ya la interna rabia de los celos, ya la dolorosa conformidad del martirio, no procuraba entablar conversación, ni parecía cuidarse de sus convidados. Pero al fin el marqués, comprendiendo que aquella era ocasión propicia para hablar, aunque fuera ante mujeres, de su tema favorito, que eran los asuntos públicos, rompió el grave silencio y dijo:

--La verdad es que estamos aquí divirtiéndonos, y a estas horas tal vez se preparan cosas que mañana nos dejarán a todos asombrados y lelos.

Hallándose mi ama, como he dicho, absorta entre el despecho y la resignación, se dejó dominar del primero, que la inducía a trabar otro diálogo íntimo con el diplomático, y dijo con viveza:

--¿Pues qué pasa?

--Ahí es nada... Parece mentira que estén ustedes con tanta calma --contestó el marqués, retardando el dar las noticias.

--Dejemos esas cuestiones que no son de este lugar --dijo la sobrina con hastío.

--¡Oh, oh, oh! --exclamó con grandes aspavientos el diplomático--. ¡Por qué no han de serlo! Yo sé que Pepa desea vivamente saber lo que pasa, y saberlo de mis autorizados labios: ¿no?

--Sí, muchísimo: quiero que usted me cuente todo --dijo mi ama--. Esas cosas me encantan. Estoy de un humor... divertidísimo: hablemos, hablemos, señor marqués.

--Pepa, usted me electriza --dijo el marqués clavando en ella con amor sus turbios y amortiguados ojos--. Tanto es así, que yo, a pesar de haberme distinguido siempre, durante mi carrera diplomática, por mi gran reserva, seré con usted franco, revelándole hasta los más profundos secretos de que depende la suerte de las naciones.

--¡Oh! me encantan los diplomáticos --dijo mi ama con cierta agitación febril--. Hábleme usted, cuénteme todo lo que sepa. Quiero estar hablando con usted toda la noche. Es usted, señor marqués, la persona de conversación más dulce, más amena, más divertida que he tratado en mi vida.

--Nada te dirá, Pepa, sino lo que todo el mundo sabe --indicó Amaranta--, y es que a estas horas las tropas de Napoleón deben de estar entrando en España.

--¡Oh, qué cosa más linda! --dijo mi ama--. Hable usted, señor marqués.

--Sobrina, ¿acabarás de apurarme la paciencia? --exclamó el marqués, dando importancia extraordinaria al asunto--. No se trata de que entren o no entren esas tropas, se trata de que van a Portugal a apoderarse de aquel reino para repartirlo...

--¿Para repartirlo? --dijo la González con su calenturienta jovialidad--. Bien: me alegro. Que se lo repartan.

--Lindísima Pepa, esas cosas no pueden decidirse tan de ligero --dijo el marqués gravemente--. ¡Oh, usted aprenderá conmigo a tener juicio!

--Es cierto --añadió Amaranta-- que se ha acordado dividir a Portugal en tres pedazos: el del Norte se dará a los reyes de Etruria; el centro quedará para Francia y la provincia de Algarbes y Alentejo servirá para hacer un pequeño reino, cuya corona se pondrá el Sr. Godoy en la cabeza.

--¡Patrañas, sobrina, patrañas! --dijo el marqués--. Eso es lo que dio tanto que hablar el año pasado; pero ¿quién se acuerda ya de semejante combinación? Tú no estás al tanto de lo que pasa... Por supuesto, no necesito repetir que es preciso guardar absoluto secreto sobre lo que voy a decir.

--¡Ah! descuide usted --repuso mi ama--. En cuanto a mí, estoy encantada de esta conversación.

--El año pasado Godoy trató de ese asunto, por medio de Izquierdo, su representante reservado, con Napoleón. Parece que la cosa estaba arreglada. Pero de repente el emperador pareció desistir, y entonces D. Manuel, ofendido en su amor propio y viendo defraudadas sus esperanzas, quiso mostrarse fuerte contra Napoleón, publicó la famosa proclama de octubre del año pasado, y envió un mensajero secreto a Inglaterra, para tratar de adherirse a la coalición de las potencias del Norte contra Francia. Esto lo tengo yo muy sabido... porque ¿qué secreto puede escaparse a mi penetración y consumada experiencia de estos arduos negocios? Bien... así las cosas, venció Napoleón a los prusianos en Jena, y ya tenemos a nuestro D. Manuel asustadizo y hecho un lego motilón, temiendo la venganza del que había sido gravemente ofendido con la publicación de la proclama, considerada aquí y en Francia como una declaración de guerra. Envió a Izquierdo a Alemania, para implorar perdón, y al fin le fue concedido; pero no se volvió a hablar más del reparto de Portugal, ni de la soberanía de los Algarbes. He aquí, señoras, la pura verdad. Yo, por mis antecedentes y mis conocimientos, estoy al tanto de todos estos asuntos, pues al paso que los atisbo y escudriño aquí, no falta algún diplomático extranjero que me los comunique con toda reserva. Hoy no se habla ya del reparto de Portugal, señora sobrinita. Lo que ocurre es mucho más grave, y... pero no, no somos dueños de comunicar a nadie ciertas cosas. Callaré hasta que el gran cataclismo se haga público... ¿Aprueba usted mi discreción, querida Pepa? ¿Conviene usted conmigo en que la reserva es hermana gemela de la diplomacia?

--¡Oh, la diplomacia! --exclamó mi ama con afectación--. Es cosa que me tiene enamorada. ¡La pérfida Albión! ¡Los tratados! ¡Bonaparte! ¡La coalición! ¡Oh, qué asuntos tan divinos! Confieso que hasta aquí me han aburrido mucho; pero ahora... esta noche, rabio por conocerlos, y esta conversación, señor marqués, me tiene embelesada.

--Es verdad --dijo el diplomático relamiéndose de satisfacción--, que pocas personas tratan de estas materias con tanta delicadeza, con tanta prudencia, digámoslo de una vez, con tanta gracia como yo. Cuando estaba en Viena por el año 84 todas las damas de la corte me rodeaban, y si vieran ustedes cómo pasaban el rato oyéndome...

--Lo comprendo: lo mismo me pasa a mí esta noche --dijo mi ama sin cesar en extraña exaltación--. Por piedad, hábleme usted del Austria, de la Turquía, de la China, del protocolo y de la guerra; sobre todo de la guerra.