Part 3
Nuestras conversaciones eran siempre entretenidas y amenas. Yo les contaba mi breve historia, y les hacía reír dándoles a conocer los locos proyectos que imaginaba para lo porvenir. Nos reíamos discretamente y sin saña de la buena fe de D. Celestino, y este después de salir a informarse de su asunto, volvía lleno de júbilo, dejaba sobre una silla el sombrero de teja y el manteo, y restregándose las manos, decía al sentarse junto a nosotros:
--Ahora sí que va de veras. La semana que entra, sin falta. Me han dicho que ocurrieron ciertas dilacioncillas; pero ya están vencidas, a Dios gracias. La semana que entra, sin falta.
Cierto día le dije:
--Usted, D. Celestino, no ha conseguido ya lo que desea, porque es hombre encogido y no se lanza... pues... no se lanza.
--¿Qué es eso de lanzarse, chiquillo? --me preguntó.
--Pues... a mí me han dicho que hoy conviene pedir veinte para que den cinco. Además, váyase el mérito con mil demonios: lo que conviene es tener desvergüenza para meterse en todas partes, buscar la amistad de personas poderosas; en fin, hacer lo que los demás han hecho para subir a esos puestos en que son la admiración del mundo.
--¡Ah, Gabriel! --dijo doña Juana--. Tú eres un ambiciosillo a quien alguien ha trastornado el juicio. Lo que menos crees tú es que te has de ver por ensalmo en la corte, cubierto de galones y mandando y disponiendo desde la Secretaría del Despacho.
--Justo y cabal, señora mía --dije yo riendo y atento a lo que expresaba el semblante de Inés, con quien repetidas veces había hablado del mismo asunto--. Aunque estoy en el mundo sin padre ni madre, ni perro que me ladre, yo creo que bien puedo esperar lo que otros han tenido sin ser más sabios que yo. De menos hizo Dios a Cañete a quien hizo de un puñete.
--Tú tienes disposición, Gabriel --dijo gravemente D. Celestino--; y mucho será que de un día para otro no te veamos convertido en personaje. Entonces no te dignarás hablarnos, ni vendrás a casa; pero hijo, es preciso que aprendas los clásicos latinos, sin lo cual no hallarás abierta ninguna de las puertas de la fortuna; y además te aconsejo que aprendas a tañer la flauta, porque la música es suavizadora de las costumbres, endulza los ánimos más agrios, y predispone a la benevolencia para con los que la manejan bien. Y si no, ahí me tienes a mí, que de seguro nada habría conseguido si de antiguo no cultivara mi entendimiento en aquellas dos divinísimas artes.
--No echaré en saco roto la advertencia --repuse--, pues todos sabemos a qué debe su encumbramiento el hombre más poderoso que hay hoy en España después del Rey.
--¡Calumnias! --exclamó irritado el sacerdote--. Mi paisano, amigo y mecenas, el señor Príncipe de la Paz, debe su elevación a su gran mérito, a su sabiduría y tacto político, y no a supuestas habilidades en la guitarra y en las castañuelas, como dice el estólido vulgo.
--Sea lo que quiera --añadí yo--, lo cierto es que ese hombre, de humildísimo guardia ha subido a cuanto hay que subir. Bien claro está.
--Pues no dudes que tú harás otro tanto --dijo con ironía doña Juana--. De hombres se hacen los obispos, como dijo el otro.
--Verdad es --repuse siguiendo la broma--, y juro que he de hacer a D. Celestino arzobispo de Toledo.
--Alto allá --dijo el clérigo seriamente--. No acepto yo un cargo para el que me reconozco sin méritos. Bastante tendré yo con una capellanía de Reyes Nuevos o el arcedianato de Talavera.
Así siguió entre veras y burlas la conversación, hasta que saliendo de la salita doña Juana y el buen presbítero, nos dejaron solos a Inés y a mí.
--Cómo se ríen de mis proyectos, niñita mía --le dije--. Pero tú comprenderás que un muchacho como yo no debe contentarse con servir a cómicos por toda su vida. A ver: de todo lo que yo puedo ser, Dios mediante, ¿qué te gusta más? Escoge: ¿te gustaría que fuese capitán general, príncipe coronado, con vasallos y ejército, señor de muchas tierras, primer ministro que quite y ponga los empleados a su antojo, obispo?... No, obispo no, porque entonces no podría casarme contigo, para hacerte llevar en carroza de doce caballos...
Inés se puso a reír, como quien oye un cuento de esos cuyo chiste consiste en la magnitud de lo absurdo.
--Ríete de mí, pero contesta: ¿qué quieres más?
--Lo que quiero --dijo con dulce voz y suspendiendo la costura--, es verte general, primer ministro, gran duque, emperador o arzobispo; pero de tal modo que cuando te acuestes por la noche en tu colchoncito de plumas puedas decir: hoy no he hecho mal a nadie ni nadie ha muerto por mi causa.
--Pero, reinita --dije yo interesándome más cada vez en aquel coloquio--, si llego a ser eso que dices (pues bien podría suceder), ¿qué importa que mueran por mí o por el bien del Estado tres o cuatro prójimos que nada significan en el mundo?
--Bueno --repuso ella--, pero que los maten otros. Si tú llegas a ser eso que has dicho, y para mantenerte en un puesto que no mereces, necesitas sacrificar a muchos desgraciados, buen provecho te haga.
--¡Qué escrupulosa eres, Inesilla! --dije--. Si te hiciera caso, mi vida se encerraría entre cuatro paredes. ¿Qué es eso de sacrificar desgraciados? Yo voy a mi negocio, y los demás... como yo no he de matar a nadie. Y sobre todo, si hago daño a alguno serán tantos los que reciban beneficios de mi mano, que todo quedará compensado, y mi conciencia en santa paz. Veo que tú no te entusiasmas como yo, ni piensas lo que yo pienso. ¿Quieres que te sea franco? Pues oye. A mí se me ha metido en la cabeza que cuando tenga más años, he de ocupar una posición... qué sé yo... me mareo pensando en esto. No te puedo decir ni cómo he de llegar a ella, ni quién me dará la mano para subir de un salto tantos escalones; pero ello es que yo cavilo en esto, y me figuro que ya me estoy viendo elevado a la más alta dignidad por una dama poderosa que me haga su secretario, o por un joven que me crea listo para ayudarle en sus asuntos...; no te enfades, chiquilla, que cuando tales cosas se ocurren y uno tiene la cabeza llena a todas horas de los mismos pensamientos, al fin tiene que salir cierto, como este es día.
Inés no se enfadaba, sino que reía. Después, marcando con su aguja el compás gramatical de su discurso, me dijo:
--Pues mira: si tú hubieras nacido en cuna de príncipes, no te digo que no. Pero has de saber que si tú, que eres un pobrecillo hijo de pescadores y no tienes más ciencia que leer mal y escribir peor, llegas a ser hombre ilustre y poderoso, no porque saques talento y sabiduría, sino porque a una señora caprichosa o a un vejete rico se le ocurra protegerte, como otros muchos de quienes cuentan maravillas; has de saber, digo, que tan fácilmente como subas volverás a caer, y hasta los sapos se reirán de ti.
--Eso será lo que Dios quiera --respondí--. Caeremos o no, pues aunque ignorantes, no nos faltará nuestra gramática parda.
--¡Qué necio eres! Mira: a mí me han dicho... no, nadie me lo ha dicho: pero lo sé... que en el mundo al fin y al cabo, pasa siempre lo que debe pasar.
--Reinita --dije--, en eso te equivocas, porque nosotros deberíamos ser ricos, y no lo somos.
--Todos creerán lo mismo, hijito, y es preciso que alguno esté equivocado. Pues bien: todas las cosas del mundo concluyen siempre como deben concluir. No sé si me explico.
--Sí, te entiendo.
--A mí me han dicho... no, no me lo han dicho: lo sé desde hace mil años...: yo sé que en el mundo todo lo que pasa es según la ley..., porque chiquillo, las cosas no pasan porque a ellas les da la gana, sino porque así está dispuesto. Las aves vuelan y los gusanos se arrastran, y las piedras se están quietas, y el sol alumbra, y las flores huelen, y los ríos corren hacia abajo y el humo hacia arriba, porque así es su regla... ¿me entiendes?
--Lo que es eso todos lo sabemos --respondí menospreciando la ciencia de Inesilla.
--Bien, muchacho --continuó la profesora--: ¿crees tú que una tortuga puede volar, aunque esté meneando toda la vida sus torpes patas?
--No, seguramente.
--Pues tú pensando en ser hombre ilustre y poderoso, sin ser noble, ni rico, ni sabio, eres como una tortuga que se empeñara en subir volando al pico más alto de Guadarrama.
--Pero, reinita y emperatriz --dije yo--, si no pienso subir solo, sino que pienso encontrar, como otros que yo me sé, una personita que me suba en un periquete. Hazme el favor de decirme cuál era la sabiduría y la riqueza _del otro_, cuando le hicieron duque y generalísimo.
--Pero, señor duquillo --contestó ella jovialmente--, si esa personita le sube a usted, será como si un águila o buitre cogiera por su concha a la tortuga para llevársela por los aires. Sí, te levantará; pero cuando estés arriba, el pájaro no va a estarse toda la vida con tanto peso en las alas, te dirá: «Ahora, niño mío, mantente solo.» Tú moverás las patucas; pero como no tienes alas, ¡pataplús! caerás en el suelo haciéndote mil pedazos.
--¡Qué tonta eres! --dije con petulancia--. Eso pasa en las cosas que se ven y se tocan; pero chica, lo que se piensa y lo que se siente es otro mundo aparte. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra?
--Estás lucido, sí --repuso Inés--. Todo debe ser así mismamente. Cuando tú quieres a una persona o cuando la aborreces, no es porque se te antoje. ¡Ah! chico: el corazón tiene también... pues... su ley, y todo lo que pensamos con nuestra cabecita, va según lo que debe ser y está mandado.
--Pero di, chiquilla, ¿de dónde sabes tú todo eso? --le pregunté.
--¿Pero esto es saber? --respondió con naturalidad--. Pues esto lo sabes tú y todos. De veras te digo que se me ocurrió cuando estabas hablando, y que jamás había pensado en tales cosas.
--¡Picarona! Cuando menos, tienes escondido un rimero de libros, con los cuales te vas a hacer doctora por Salamanca.
--No, hijito, no he leído más libros, fuera de los de devoción, que _Don Quijote de la Mancha_. ¿Ves? A ti te va a pasar algo de lo de aquel buen señor: solo que aquel tenía alas para volar, ¡pobrecillo! lo que le faltaba era aire en que moverlas.
Inesilla no dijo más. Yo callé también, porque a pesar de mi petulancia, no pude menos de comprender que las palabras de mi amiga encerraban profundo sentido. ¡Y la que así hablaba era una modista, una modistilla! _Ridete cives._
--Lo que yo sé --dije al fin sintiendo en mí un vivo arrebato de afecto--, es que te quiero, que te amo, que te adoro, que me subyugas y me dominas como a un papanatas, que eres una divinidad, y que juro no hacer cosa alguna sin consultarte. Adiós, reinita: mañana te diré lo que se me ocurra esta noche. Quién sabe, quién sabe si llegaremos a ser... ¿Por qué no? Es preciso estar dispuesto, porque la escalera de los honores es penosa, y si uno se rompe la crisma, como dices...
--Siempre quedará la del cielo --dijo inclinando otra vez la cabeza sobre la costura.
--Tienes cosas que me hacen estremecer. Adiós, Inesilla, luz y pensamiento mío.
Dicho esto, me despedí de ella y salí. Al abandonar la casa la sentí cantar, y su armoniosa voz se mezclaba en extraña disonancia con los ecos de la flauta que tañía en lo interior de la morada D. Celestino. Siempre que salía de allí, mi espíritu experimentaba un reposo, una estabilidad, no sé cómo expresarlo, una frescura, que luego destruía el trato con personas de diversa condición. De esto hablaré enseguida; mas ante todo me cumple manifestar que Inesilla tenía razón al burlarse de mis locos proyectos. Es el caso que como a todas horas oía hablar de personajes nulos, a quienes el cortesano favor elevó a honrosas alturas sin mérito alguno, se me antojó que la Providencia me reservaba, como en compensación de mi orfandad y pobreza, una de aquellas repentinas y escandalosas mudanzas que por entonces ocurrían en nuestra España; y de tal modo se encajó en mi cerebro semejante idea, que llegó a ser artículo de fe. Me hallaba, por más señas, en la edad en que somos tontos. No todos poseen el don de saber las cosas _desde hace mil años_, como Inesilla.
Ahora verán ustedes la serie de circunstancias que llevaron mi necia credulidad al último extremo. Para esto tengo que dar a conocer a otras personas, a quienes espero recibirá el lector con gusto. Hablemos, pues, de teatros.
IV
El del Príncipe estaba ya reconstruido en 1807 por Villanueva, y la compañía de Máiquez trabajaba en él, alternando con la de la ópera dirigida por el célebre Manuel García; mi ama y la Prado eran las dos damas principales de la compañía de Máiquez. Los galanes secundarios valían poco, porque el gran Isidoro, en quien el orgullo era igual al talento, no consentía que nadie despuntara en la escena, donde tenía el pedestal de su inmensa gloria, y no se tomó el trabajo de instruir a los demás en los secretos de su arte, temiendo que pudieran llegar a aventajarle. Así es que alrededor del célebre histrión todo era mediano. La Prado, mujer de Máiquez, y mi ama alternaban en los papeles de primera dama, desempeñando aquella el de Clitemnestra en el _Orestes_, el de Estrella en _Sancho Ortiz de las Roelas_ y otros. La segunda se distinguía en el de doña Blanca de _García del Castañar_, y en el de Edelmira (Desdémona) del _Otello_.
La compañía de ópera era muy buena. Además de Manuel García, que era un gran maestro, cantaban su mujer Manuela Morales, un italiano llamado Cristiani, y la Briones. De esta mujer, que era concubina de Manuel García, nació el año siguiente el portento de las virtuosas, la reina de las cantantes de ópera, Mariquita Felicidad García, conocida en su tiempo por la _Malibrán_.
Figúrense ustedes, señores míos, si estaría yo divertido con representación o música por tarde y noche, asistiendo gratis, aunque por dentro y en sitios donde se pierde parte de la ilusión, a las funciones más bonitas y más aplaudidas que se celebraban en Madrid; rozándome con guapísimas actrices, y familiarizado con los hombres que hacían reír o llorar a la corte entera.
Y no piensen ustedes que solo alternaba con los cómicos, gente que entonces no era considerada como la nata de la sociedad; también me veía frecuentemente en medio de personajes muy ilustres, de los que menudeaban en los vestuarios; no faltando en tales sitios alguna dama tan hermosa como linajuda de las que no desdeñaban de ensuciar su guardapiés con el polvo de los escenarios.
Precisamente voy a contar ahora cómo mi ama tenía relaciones de íntima amistad con dos señoras de la corte, cuyos títulos nobiliarios, de los más ilustres y sonoros que desde remoto tiempo han exornado nuestra historia, me propongo callar por temor a que pudieran enojarse las familias que todavía los llevan. Estos títulos, que recuerdo muy bien, no serán escritos en este papel; y para designar a las dos hermosas mujeres emplearé nombres convencionales.
Recuerdo haber visto por aquel tiempo en la fábrica de Santa Bárbara un hermoso tapiz en que estaban representadas dos lindas pastoras. Habiendo preguntado quiénes eran aquellas simpáticas chicas, me dijeron:
--Estas son las dos hijas de Artemidoro, a saber: Lesbia y Amaranta.
He aquí dos nombres que vienen de molde para mi objeto, amado lector. Haz cuenta que siempre que diga _Lesbia_, quiero significar a la duquesa de X, y cuando ponga _Amaranta_, a la condesa de X. Con este sistema quedan a salvo todos los títulos nobiliarios de aquellas dos diosas de mi tiempo.
En cuanto a su hermosura, todo lo que mi descolorida pluma puede expresar será poco para describirlas, porque eran encantadoras, especialmente la condesa de... digo, Amaranta. Ambas tenían gusto muy refinado por las artes, protegían a los pintores, aplaudían y obsequiaban a los cómicos, ponían bajo su patrocinio las primeras representaciones de la obra de algún poeta desvalido, coleccionaban tapices, vasos y cajas de tabaco, introducían y propagaban las más vistosas modas de la despótica París, se hacían llevar en litera a la Florida, merendaban con Goya en el Canal, y recordaban con tristeza la trágica muerte de Pepe Hillo, acontecida en 1803.
Nada tiene de extraño, pues, que su misma vida, la tumultuosa ansiedad de novedades y fuertes impresiones que las dominaba, fuesen parte a lanzarlas en un dédalo de aventuras, tales como la que voy a contar. Las pobrecillas no sabían otra cosa, y puesto que habían perdido cuanto la rancia educación española pudo haberlas dado, sin adquirir nada que llenase este vacío, no debemos culparlas acerbamente. Alguno quizás las culpe, y con razón aunque por otras cosas; pero ¡ay! eran... lindísimas.
Una tarde mi ama salió con muy mal humor del teatro. Isidoro la había reprendido no sé por qué, y aquí debo advertir que el sublime actor trataba a sus subalternos como si fueran chiquillos de escuela. Al llegar Pepita a su casa me dijo:
--Prepara todo, que vendrán a cenar las señoras Lesbia y Amaranta.
El preparar todo, consistía en azotar un poco los muebles de la sala para que el polvo variara de sitio; en echar aceite en los velones; en comprar la prima para la guitarra, si le faltaba; en llamar a D. Higinio para que afinase el clave; limpiar las cornucopias; ir por nueva remesa de pomada _a la Marechala_, etcétera, etc. En cuanto a la cena, venía hecha de una repostería. Di cumplimiento a estos encargos, y pedí nuevas órdenes; pero mi ama estaba de mal humor, y sin hacer caso de lo que le decía, me preguntó:
--¿No te dijo si venía esta noche?
--¿Quién?
--Isidoro.
--No, señora, no me ha dicho nada.
--Como hablaba contigo al concluir la representación...
--Fue para decirme que si volvía a enredar entre bastidores mientras él representaba, me mandaría desollar vivo.
--¡Qué genio! Le convidé para venir y no me contestó.
Después de esto no dijo más, y con ademán triste y sombrío se encerró en su cuarto con la criada para cambiar de vestido. Seguí preparando todo, y al poco rato reapareció mi ama.
--¿Qué hora es? --preguntó.
--Las nueve acaban de dar en el reloj de la Trinidad.
--Me parece que siento ruido en el portal --dijo con mucha ansiedad.
--La señora se equivoca.
--De modo que él no te dijo terminantemente si venía o no venía.
--¿Quién, Isidoro? No, señora.
--Como tiene ese genio tan... ya ves qué incomodado estaba esta tarde. Sin embargo, yo creo que vendrá. Le convidé ayer, y aunque no me dijo una palabra... él es así.
Al decir esto, mostraba en su semblante una inquietud, una agitación, una zozobra, que eran señales de las vivas emociones de su alma. ¿A qué tanto interés por la asistencia de Isidoro, persona a quien diariamente veía en el teatro?
Después examinó la sala, por ver si faltaba algo, y se sentó aguardando la llegada de sus convidados. Al fin sentimos abrir la puerta de la calle, y pasos de hombre sonaron en la escalera.
--Es él --dijo mi ama levantándose de un salto y andando con cierto atolondramiento por la habitación.
Yo corrí a abrir, y un instante después el gran actor entró en la sala.
Isidoro era un hombre de treinta y ocho años, de alta estatura, actitud indolente, semblante pálido, y con tal expresión en este y en la mirada, que observado una vez, su imagen no se borraba nunca de la memoria. Aquella noche traía un traje verde oscuro, con pantalón de ante y botas polonesas, prendas todas de irreprensible elegancia que usaba con más propiedad que ninguno. Su vestir era un modo de ser propio y personal; él constituía por sí una especie de moda, y no se podía decir que se sometiera, cual dócil lechuguino, al uso común. En otros infringir las reglas habría sido ridículo; pero en él infringirlas era lo mismo que modificarlas o crearlas de nuevo.
Ya os lo daré a conocer más adelanto como actor. Por ahora podréis conocer algunos rasgos de su carácter como hombre. Al entrar se arrojó sobre un sillón sin saludar a mi ama más que con una de esas fórmulas familiares e indiferentes que se emplean entre personas acostumbradas a verse con frecuencia. Por un buen rato permaneció sin decir nada, tarareando un aria, con la vista fija en las paredes y el techo, y sin dejar de golpearse la bota con el bastón.
Salí de la sala a traer no sé qué cosa, y al volver oí a Isidoro que decía:
--¡Qué mal has representado esta tarde, Pepilla!
Observó que mi ama, turbada como una chicuela ante el fiero maestro de escuela, no supo contestar más que con trémulas frases a aquella brusca reprensión.
--Sí --continuó Isidoro--, de algún tiempo a esta parte estás desconocida. Esta tarde todos los amigos se han quejado de ti y te han llamado fría, torpe... Te equivocabas a cada instante, y parecías tan distraída, que era preciso que yo te llamara la atención para que salieras de tu embobamiento.
Efectivamente, según oí entre bastidores aquella tarde, mi ama había estado muy infeliz en su papel de Blanca en _García del Castañar_. Todos los amigos estaban admirados, considerando la perfección con que la actriz había desempeñado en otras ocasiones papel tan difícil.
--Pues no sé --respondió mi ama con voz conmovida--. Yo creo que he representado esta tarde lo mismo que las demás.
--En algunas escenas sí; pero en las que dijiste conmigo estuviste deplorable. Parece que habías olvidado el papel, o que trabajabas de mala gana. En la escena de nuestra salida recitaste tu soneto como una cómica de la legua que representa en Barajas o en Cacabelos. Al decirme
No quieren más las flores al rocío que en los fragantes vasos el sol bebe...
tu voz temblaba, como la de quien sale por primera vez a las tablas... me diste la mano y la tenías ardiendo, como si estuvieras con calentura... te equivocabas a cada momento, y parecías no hacer maldito caso de que yo estaba en la escena.
--¡Oh, no... pero te diré! El mismo miedo de hacerlo mal. Temía que te enfadaras, y como nos reprendes con tanta violencia cuando nos equivocamos...
--Pues es preciso que te enmiendes si quieres seguir en mi compañía. ¿Estás enferma?
--No.
--¿Estás enamorada?
--¡Oh, no, tampoco! --contestó la actriz con turbación.
--Apuesto a que por atender demasiado a alguna persona de las lunetas, no acertabas con los versos de la comedia.
--No, Isidoro, te equivocas --dijo mi ama afectando buen humor.
--Lo raro es que en las escenas que siguieron, sobre todo en la de D. Mendo, hiciste perfectamente tu papel; pero luego en el tercer acto, cuando te tocó otra vez declamar conmigo, vuelta a las andadas.
--¿Dije mal el parlamento del bosque?
--No, al contrario, recitaste con buena entonación los versos
¿Dónde voy sin aliento, cansada, sin amparo, sin intento, entre aquesta espesura? Llorad, ojos, llorad mi desventura.
En la escena con la reina también estuviste muy feliz, lo mismo que en el diálogo con D. Mendo. Con qué elocuente tono exclamaste «¡tengo esposo!» y después aquello de
Sí harán, porque bien o mal nacido, el más indigno marido excede al mejor galán;
pero desde que salí yo y me viste...
--Es lo que digo. El temor de hacerlo mal y disgustarte...
--Pues me has disgustado de veras. Cuando decías: «Esposo mío, García», te hubiera dado un pescozón en medio de la escena y delante del público. Marmota, ¿no te he dicho mil veces cómo deben pronunciarse esas palabras? ¿No has comprendido todavía la situación? Blanca teme que su marido sospecha una falta. El contento que experimenta al verle, y el temor de que García dude de su inocencia, deben mezclarse en aquella frase. Tú, en vez de expresar estos sentimientos, te dirigiste a mí como una modistilla enamorada, que se encuentra de manos a boca con su querido hortera. Luego cuando me suplicabas que te matara, lo hiciste sin lo que llamamos nosotros decoro trágico. Parecía que realmente deseas recibir la muerte de mi mano, y hasta te pusiste de hinojos ante mí, cuando te tengo dicho terminantemente que no hagas tal cosa, sino en los pasajes en que te lo ordene. En las décimas
García, guárdete el cielo,
te equivocaste más de veinte veces, y cuando yo dije
¡ay, querida esposa mía, qué dos contrarios extremos!