Part 2
Abajo también había compartimiento, y consistía en una fuerte viga, llamada _degolladero_, que separaba las lunetas del patio propiamente dicho. Los palcos o aposentos eran unos cuchitriles estrechos y oscuros donde se acomodaban como podían las personas de pro; y como era costumbre que las damas colgasen en los antepechos sus chales y abrigos, el conjunto de las galerías tenía un aspecto tal, que parecía decoración hecha exprofeso para representar las calles de Postas o de Mesón de Paños.
El reglamento de teatros, publicado en 1803, tendía a corregir muchos de estos abusos; pero como nadie se cuidaba de hacerlo cumplir, solo la costumbre y el progreso de la cultura reformó hábitos tan feos. Recuerdo que hasta mucho después de la época a que me refiero, las gentes conservaban el sombrero puesto, aunque el reglamento decía terminantemente en uno de sus artículos:
«En los aposentos de todos los pisos, y sin excepción de alguno, no se permitirá sombrero puesto, gorro, ni red al pelo, pero sí capa o capote para su comodidad.»
Mientras aguardábamos a que se alzase el telón, el poeta me hacía minucioso relato del infinito número de obras que había compuesto, entre dramáticas, cómicas, elegiacas, epigramáticas, venatorias, bucólicas y del género sentimental y mixto. Me contó el argumento de tres o cuatro tragedias que no esperaban más que la protección de un mecenas para pasar de las musas al teatro, y como si mis culpas no estuvieran aún bastantes purgadas con oír los argumentos, me espetó algunos sonetos, que si no eran exactamente iguales a aquel famosísimo
Reverberante numen que del Istro al Marañón sublimas con tu zurda,
le eran tan semejantes como una calabaza a otra.
Cuando la representación iba a empezar, el poeta dirigió su mirada de gerifalte a los abismos del patio para ver si habían puntualmente acudido otros no menos importantes caudillos de la manifestación fraguada contra _El sí de las niñas_. Todos estaban en sus puestos, con puntual celo por la causa nacional. No faltaba ninguno: allí estaba el vidriero de la calle de la Sartén, uno de los más ilustres capitanes de la mosquetería; allí el vendedor de libros de la Costanilla de los Ángeles, hombre perito en las letras humanas; allí _Cuarta y Media_, cuyo fuerte pulmón hizo acallar él solo a todos los admiradores de _La mojigata_; allí el hojalatero de las Tres Cruces, esforzado adalid, que traía bajo la ancha capa algún reluciente y ruidoso caldero para sorprender al auditorio con sinfonías no anunciadas en el programa; allí el incomparable Roque Pamplinas, barbero, veterinario y sangrador, que con los dedos en la boca, desafiaba a todos los flautistas de Grecia y Roma; allí, en fin, lo más granado y florido que jamás midió sus armas en palenques literarios. Mi poeta quedó satisfecho después de pasar revista a su ejército, y luego todos dirigimos nuestra atención al escenario, porque la comedia había empezado.
--¡Qué principio! --dijo oyendo el primer diálogo entre D. Diego y Simón--. ¡Bonito modo de empezar una comedia! La escena es una posada. ¿Qué puede pasar de interés en una posada? En todas mis comedias, que son muchas, aunque ninguna se ha representado, se abre la acción con un _jardín corintiano, fuentes monumentales a derecha e izquierda, templo de Juno en el fondo_, o con _gran plaza donde están formados tres regimientos; en el fondo la ciudad de Varsovia, a la cual se va por un puente..._ etc... Y oiga usted las simplezas que dice ese vejete. Que se va a casar con una niña que han educado las monjas de Guadalajara. ¿Esto tiene algo de particular? ¿No es acaso lo mismo que estamos viendo todos los días?
Con estas observaciones, el endiablado poeta no me dejaba oír la función, y yo, aunque a todas sus censuras contestaba con monosílabos de la más humilde aquiescencia, hubiera deseado que callara con mil demonios. Pero era preciso oírle; y cuando aparecieron doña Irene y doña Paquita, mi amigo y jefe no pudo contener su enfado, viendo que atraían la atención dos personas, de las cuales una era exactamente igual a su patrona, y la otra no era ninguna princesa, ni senescala, ni canonesa, ni landgraviata, ni archidapífera de país ruso o mongol.
--¡Qué asuntos tan comunes! ¡Qué bajeza de ideas! --exclamaba de modo que le pudieran oír todos los circunstantes--. ¿Y para esto se escriben comedias? ¿Pero no oye usted que esa señora está diciendo las mismas necedades que diría doña Mariquita o doña Gumersinda, o la tía Candungas? Que si tuvo un pariente obispo; que si las monjas educaron a la niña sin artificios ni embelecos; que la muy piojosa se casó a los diez y nueve con D. Epifanio; que parió veintidós hijos... así reventara la maldita vieja.
--Pero oigamos --dije yo, sin poder aguantar las importunidades del caudillo--, y luego nos burlaremos de Moratín.
--Es que no puedo sufrir tales despropósitos --continuó--. No se viene al teatro para ver lo que a todas horas se ve en las calles y en casa de cada _quisque_. Si esa señora en vez de hablar de sus partos, entrase echando pestes contra un general enemigo porque le mató en la guerra sus veintiún hijos, dejándole solo el veintidós, que está aún en la mamada, y lo trae para que no se lo coman los sitiados, que se mueren de hambre, la acción tendría interés, y ya estaría el público con las manos desolladas de tanto palmoteo... Amigo Gabriel, es preciso protestar con gran fuerza. Golpeemos el suelo con los pies y los bastones, demostrando nuestro cansancio e impaciencia. Ahora bostecemos abriendo la boca hasta que se disloquen las quijadas, y volvamos la cara hacia atrás, para que todos los circunstantes que ya nos tienen por literatos, vean que nos aburrimos de tan sandia y fastidiosa obra.
Dicho y hecho; comenzamos a golpear el suelo, y luego bostezamos en coro, diciéndonos unos a otros: _¡qué fastidio!... ¡qué cosa tan pesada!... ¡mal empleado dinero!..._ y otras frases por el mismo estilo, que no dejaban de hacer su efecto: los del patio imitaron puntualísimamente nuestra patriótica actitud. Bien pronto un general murmullo de impaciencia resonó en el ámbito del teatro. Pero si había enemigos, no faltaban amigos, desparramados por lunetas y aposentos, y aquellos no tardaron en protestar contra nuestra manifestación, ya aplaudiendo, ya mandándonos callar con amenazas y juramentos, hasta que una voz fuertísima, gritando desde el fondo del patio: _¡afuera los chorizos!_ provocó ruidosa salva de aplausos, y nos impuso silencio.
El poetastro no cabía en su pellejo de indignación. Siguió haciendo observaciones, conforme avanzaba la pieza, y decía:
--Ya, ya sé lo que va a resultar aquí. Ahora resulta que doña Paquita no quiere al viejo, sino a un militarito, que aún no ha salido, y que es sobrino del cabronazo de don Diego. Bonito enredo... Parece mentira que esto se aplauda en una nación culta. Yo condenaba a Moratín a galeras, obligándolo a no escribir más vulgaridades en toda su vida. ¿Te parece, Gabrielillo, que esto es comedia? Si no hay enredo, ni trama, ni sorpresa, ni confusiones, ni engaños, ni _quid pro quo_, ni aquello de disfrazarse un personaje para hacer creer que es otro, ni tampoco aquello de que salen dos insultándose como enemigos, para después percatarse de que son padre e hijo... Si ese D. Diego cogiera a su sobrino y matándolo bonitamente en la cueva, preparara un festín e hiciera servir a su novia un plato de carne de la víctima, bien condimentado con especias y hoja de laurel, entonces la cosa tendría alguna malicia... ¿Y la niña por qué disimula? ¿No sería más dramático, que se negase a casarse con el viejo, que le insultara llamándolo tirano, o le amenazara con arrojarse al Danubio o al Don, si osaba tocar su virginidad...? Estos poetas nuevos no saben inventar argumentos bonitos, sino estas majaderías con que engañan a los bobos, diciéndoles que son conformes a las reglas. Ánimo, compañeros, prepararse todo el mundo. Pronunciemos frases coléricas y finjamos disputar en corro, diciendo unos que esta obra es peor que _La mojigata_, y otros que aquella era peor que esta. El que sepa silbar con los dedos, hágalo _ad libitum_, y patadas a discreción. Apostrofar a doña Irene cuando se retire de la escena, llamándola cada cual como le ocurra.
Dicho y hecho: conforme a las terminantes órdenes de nuestro jefe, armamos una espantosa grita al finalizar el acto primero. Como los amigos del autor protestaran contra nosotros, exclamamos _¡afuera la polaquería!_ y enardecidos los dos bandos por el calor de la porfía, se cruzaron los más duros apóstrofes, entre el discorde gritar de la cazuela y el patio. El acto segundo no pasó más felizmente que el primero; y por mi parte ponía gran atención al diálogo, porque la verdad era, con perdón sea dicho del poeta mi amigo, que la comedia me parecía muy buena, sin que yo acertara a explicarme entonces en qué consistían sus bellezas.
La obstinación de aquella doña Irene empeñada en que su hija debía casarse con D. Diego porque así cuadraba a su interés, y la torpeza con que cerraba los ojos a la evidencia, creyendo que el consentimiento de su hija era sincero, sin más garantía que la educación de las monjas; el buen sentido del D. Diego, que no las tenía todas consigo respecto a la muchacha, y desconfiaba de su remilgada sumisión; la apasionada cortesanía de D. Carlos, la travesura de Calamocha, todos los incidentes de la obra, lo mismo los fundamentales que los accesorios, me cautivaban, y al mismo tiempo descubría vagamente en el centro de aquella trama un pensamiento, una intención moral, a cuyo desarrollo estaban sujetos todos los movimientos pasionales de los personajes. Sin embargo, me cuidaba mucho de guardar para mí estos raciocinios que hubieran significado alevosa traición a la ilustre hueste de silbantes, y fiel a mis banderas no cesaba de repetir con grandes aspavientos: «¡Qué cosa tan mala!... ¡Parece mentira que esto se escriba!... Ahí sale otra vez la viejecilla... Bien por el viejo ñoño... ¡Qué aburrimiento! ¡Miren la gracia!», etc., etc.
El segundo acto pasó, como el primero, entre las manifestaciones de uno y otro lado; pero me parece que los amigos del poeta llevaban ventaja sobre nosotros. Fácil era comprender que la comedia gustaba al público imparcial, y que su buen éxito era seguro, a pesar de las indignas cábalas, en las cuales tenía yo tanta parte. El tercer acto fue sin disputa el mejor de los tres: yo le oí con religioso respeto, y luchando con las impertinencias de mi amigo el poeta, que en lo mejor de la pieza creyó oportuno desembuchar lo más escogido de sus disparates.
Hay en el dicho acto, tres escenas de una belleza incomparable. Una es aquella en que doña Paquita descubre ante el buen D. Diego las luchas entre su corazón y el deber impuesto por una indiscreta hipócrita conformidad con superiores voluntades: otra es aquella en que intervienen D. Carlos y don Diego, y se desata, merced a nobles explicaciones, el nudo de la fábula; y la tercera es la que sostienen del modo más gracioso don Diego y doña Irene, aquel deseando dar por terminado el asunto del matrimonio, y esta interrumpiéndola a cada paso con sus importunas observaciones.
No pude disimular el gusto que me causó esta escena, que me parecía el colmo de la naturalidad, de la gracia y del interés cómico; pero el poeta me llamó al orden injuriándome por mi deserción del campo _chorizo_.
--Perdone usted --le dije--, me he equivocado. Pero ¿no cree usted que esa escena no está del todo mal?
--¡Cómo se conoce que eres novato, y en la vida has compuesto un verso! ¿Qué tiene esa escena de extraordinario, ni de patético, ni de historiográfico...?
--Es que la naturalidad... Parece que ha visto uno en el mundo lo que el poeta pone en escena.
--Cascaciruelas: pues por eso mismo es tan malo. ¿Has visto que en _Federico II_, en _Catalina de Rusia_, en _La esclava de Negroponto_ y otras obras admirables, pase jamás nada que remotamente se parezca a las cosas de la vida? ¿Allí no es todo extraño, singular, excepcional, maravilloso y sorprendente? Pues por eso es tan bueno. Los poetas de hoy no aciertan a imitar a los de mi tiempo, y así está el arte por los mismos suelos.
--Pues yo, con perdón de usted --dije--, creo que... la obra es malísima, convengo; y cuando usted lo dice, bien sabido se tendrá por qué. Pero me parece laudable la intención del autor que se ha propuesto aquí, según creo, censurar los vicios de la educación que dan a las niñas del día, encerrándolas en los conventos, y enseñándolas a disimular y a mentir... Ya lo ha dicho D. Diego: las juzgan honestas, cuando les han enseñado el arte de callar, sofocando sus inclinaciones, y las madres se quedan muy contentas cuando las pobrecillas se prestan a pronunciar un sí perjuro, que después las hace desgraciadas.
--¿Y quién le mete al autor en esas filosofías? --dijo el pedante--. ¿Qué tiene que ver la moral con el teatro? En _El mágico de Astracán_, en _A España dieron blasón las Asturias y León y Triunfos de D. Pelayo_, comedias que admira el mundo, ¿has visto acaso algún pasaje en que se hable del modo de educar a las niñas?
--Yo he oído o leído en alguna parte que el teatro sirve de entretenimiento y de enseñanza.
--¡Patarata! Además el Sr. Moratín se va a encontrar con la horma de su zapato, por meterse a criticar la educación que dan las señoras monjas. Ya tendrá que habérselas con los reverendos obispos y la santa Inquisición, ante cuyo tribunal se ha pensado delatar _El sí_, y se le delatará, sí señor.
--Vea usted el final --dije atendiendo a la tierna escena en que D. Diego casa a los dos amantes, bendiciéndoles con el cariño de un padre.
--¡Qué desenlace tan desabrido! Al menos lerdo se le ocurre que D. Diego debe casarse con doña Irene.
--¡Hombre! ¿D. Diego con doña Irene? Si él es una persona discreta y seria, ¿cómo va a casarse con esa impertinente vieja?
--¿Qué entiendes tú de eso, chiquillo? --exclamó amostazado el pedantón--. Digo que lo natural es que D. Diego se case con doña Irene, D. Carlos con Paquita y Rita con Simón. Así quedaría regular el fin, y mucho mejor si resultara que la niña era hija natural de D. Diego, y D. Carlos hijo espúreo de doña Irene, que le tuvo de algún Rey disfrazado, comandante del Cáucaso, o bailío condenado a muerte. De este modo, tendría mucho interés el final, mayormente si uno salía diciendo: _¡padre mío!_ y otro, _¡madre mía!_ con lo cual después de abrazarse, se casaban para dar al mundo numerosa y masculina sucesión.
--Vamos, que ya se acaba. Parece que el público está satisfecho --dije yo.
--Pues apretar ahora, muchachos. Manos a la boca. La comedia es pésima, inaguantable.
La consigna fue prontamente obedecida. Yo mismo, obligado por la disciplina, me introduje los dedos en la boca y... ¡Sombra de Moratín! ¡Perdón mil veces...! No lo quiero decir; que comprenda el lector mi ignominia y me juzgue.
Pero nuestra mala estrella quiso que la mayor parte del público estuviese bien dispuesta en favor de la comedia. Los silbidos provocaron una tempestad de aplausos, no solo entre la gente de los aposentos y lunetas, sino entre los de la cazuela y tertulia.
El justiciero pueblo que nos rodeaba, y que en su buen instinto artístico comprendía el mérito de la obra, protestó contra nuestra indigna cruzada, y algunos de los más ardientes de la falange se vieron aporreados de improviso. Lo que tengo más presente es la mala aventura que ocurrió al alumno de Apolo en aquella breve batalla por él provocada. Usaba un sombrero trípico de dimensiones harto mayores que las proporcionadas a su cabeza, y en el momento en que se volvía para contestar a las injurias de cierto individuo, una mano vigorosa, cayendo a plomo sobre aquella prenda hiperbólica, se la hundió hasta que las puntas descansaron sobre los hombros. En esta actitud estuvo el infeliz manoteando un rato sin ton ni son, incapaz para sacar a luz su cabeza del tenebroso recinto en que había quedado sepultada.
Por fin, los amigos le sacamos con gran esfuerzo el sombrero, y él echando espumarajos por la boca, juró tomar venganza tan sangrienta como pronta; pero no pasó de aquí su furor, porque todos los circunstantes se reían de él, y a ninguno se dirigió para vengarse. Le sacamos a la calle, donde se serenó algún tanto, y nos separamos, prometiendo juntarnos otra vez al día siguiente en el mismo sitio.
Tal fue el estreno de _El sí de las niñas_. Aunque la primera tarde fuimos derrotados, aún había esperanza de hundir la obra en la segunda o la tercera representación. Se sabía que el ministro Caballero la desaprobaba, jurando castigar a su autor, y esto daba esperanza al partido de los silbantes, que ya veían a Moratín en poder del Santo Oficio, con coroza de sapos, sambenito y soga al cuello. Pero la segunda tarde vinieron de un golpe a tierra las ilusiones de los más ardientes anti-Moratinistas, porque la presencia del Príncipe de la Paz impuso silencio a las chicharras, y nadie osó formular demostraciones de desagrado. Desde entonces el autor de _El sí_, a quien se dijo que la conspiración había sido fraguada en el cuarto de mi ama, interrumpió la tibia amistad que con esta le unía. La González pagó este desvío con un cordial aborrecimiento.
III
Contado este suceso, muy anterior a los que son objeto del presente libro, empezaré mi narración, la cual irá al compás de ciertos hechos ocurridos en el otoño de 1807, año que en la mente de los madrileños quedó marcado con el recuerdo de la famosa conspiración y causa del Escorial.
No quiero escribir una palabra más, sin daros a conocer a una persona que desde aquellos días ocupó lugar privilegiado en mi corazón, siendo a la vez, como se verá por este relato, lección viva de mi existencia, pues la enseñanza que de su conocimiento me provino contribuyó de un modo poderoso a formar mi carácter.
Todas las ropas de teatro y de calle que usaba mi ama, eran confeccionadas por una costurera de la calle de Cañizares, excelente y honradísima mujer, joven aún, aunque desmejorada por el trabajo, discreta y afable, en tales términos que por entre la corteza de su malestar presente parecían distinguirse nacimiento y condición muy superiores. Esto no era más que apariencia, pero a la citada persona le pasaba lo contrario de lo que a otros pasa, y es que son nobles sin parecerlo. Doña Juana, que este era el nombre de aquella santa mujer, tenía una hija llamada Inés, de quince años de edad, la cual le ayudaba en sus tareas, con más solicitud de la que podía esperarse de su delicado organismo y edad temprana.
Enaltecía a esta muchacha, además de las gracias de su persona, un buen sentido, cual no he visto jamás en criaturas de su mismo sexo ni aun del nuestro, amaestrado ya por los años. Inés tenía el don especialísimo de poner todas las cosas en su verdadero lugar, viéndolas con luz singular y muy clara, concedida a su privilegiado entendimiento, sin duda para suplir con ella la inferioridad que le negó la fortuna. No he visto en mi larga vida otra muchacha que a aquella se asemejase, y estoy seguro de que a muchos parecerá este tipo invención mía, pues no comprenderán que haya existido, entre las infinitas hijas de Eva, una tan diferente de las demás. Pero créanlo bajo mi palabra honrada.
Si ustedes hubieran conocido a Inés, y notado la imperturbable serenidad de su semblante, imagen del espíritu más tranquilo, más equilibrado, más claro, más dueño de sí mismo que ha animado el corporal barro, no pondrían en duda lo que digo. Todo en ella era sencillez, hasta su hermosura, no a propósito para despertar mundano entusiasmo amoroso, sino semejante a una de esas figuras simbólicas, que no están materialmente representadas en ninguna parte; pero que vemos con los ojos del alma, cuando las ideas agitándose en nuestra mente, pugnan por vestirse de formas visibles en la oscura región del cerebro.
Su lenguaje era también la misma sencillez; jamás decía cosa alguna que no me sorprendiese como la más clara y expresiva verdad. Sus razones, trayéndome al sentido equitativo y templado de todas las cosas daban a mi entendimiento un descanso, un aplomo, de que carecía obrando por sí mismo. Puedo decir, comparando mi espíritu con el de Inés, y escudriñando la radical diferencia entre uno y otro, que el de ella tenía un centro y el mío no. El mío divagaba llevado y traído por impresiones diversas, por sentimientos contradictorios y repentinos: mis facultades eran como meteoros errantes que tan pronto brillan como se oscurecen, tan pronto marchan como chocan, según la influencia recibida de superiores cuerpos; mientras las suyas eran un completo y armónico sistema planetario, atraído, puesto en movimiento y calentado por el gran sol de su pura conciencia.
Alguien se burlará de estas indicaciones psicológicas que yo quisiera fuesen tan exactas como las concibe mi oscura inteligencia; alguien encontrará digna de risa la presentación de semejante heroína, y harán mil aspavientos al ver que he querido hacer una irrisoria _Beatrice_ con los materiales de una modistilla; pero estas burlas no me importan y sigo.
Desde que conocí a Inés, la amé del modo más extraño que pueden ustedes imaginar: una viva inclinación arrastraba mi corazón hacia ella: pero esta inclinación era como el culto que tributamos a una superioridad indiscutible, como la fe que nos ocupa sublimando lo más noble de nuestro ser; pero dejando siempre libre una parte de él para las pasiones del mundo. Así es que, sin dejar de ser Inés para mí la primera de todas las mujeres, yo creía poder amar a otras con amor apropiado a las circunstancias de cada momento de la vida. Yo he observado que los que se consagran a un ideal, casi nunca lo hacen por entero, dejan una parte de sí mismos para el mundo, a que están unidos aunque solo sea por el suelo que pisan. Hago esta observación fastidiosa por si contribuye a esclarecer el peculiar estado de mi alma ante tan noble criatura. ¡Y era una modista, una modistilla! Reíd si os place.
El tercer individuo de aquella honesta familia era el padre Celestino Santos del Malvar, hermano del difunto esposo de doña Juana, tío por lo tanto de Inés, clérigo desde su mocedad, varón simplísimo y benévolo, pero el más desgraciado de su clase, pues no tenía rentas, ni capellanía, ni beneficio alguno. Su modestia, su buena fe y su candor inagotable fueron sin duda parte a tenerle en la miseria por tanto tiempo; y él, aunque era un gran latino, jamás pudo conseguir colocación alguna. Pasaba la vida escribiendo memoriales al Príncipe de la Paz, de quien era paisano y fue allá en la niñez amigo; mas ni el Príncipe ni nadie le hacía caso.
Cuando Godoy subió al ministerio prometiole una canonjía o ración, y en la época de este relato hacía catorce años que D. Celestino del Malvar estaba esperando lo prometido: mas sin que la tardanza del favor hiciese desmayar su ingenua confianza. Siempre que se le preguntaba, respondía:
--La semana que viene recibiré el nombramiento: así me lo ha dicho el oficial de la secretaría.
De este modo pasaron catorce años, y la _semana que viene_ no venía nunca.
Siempre que yo iba a aquella casa con recados de mi ama, me detenía todo el tiempo posible, y a ella acudía también en mis ratos de ocio, gozando mucho en contemplar la apacible existencia de una familia, cuyos tres individuos tan honda simpatía habían despertado en mi corazón. Doña Juana y su hija siempre cosiendo, cosiendo con eterna aguja una tela sin fin. De esto vivían los tres, pues el padre Celestino, tocando la flauta, haciendo versos latinos, o consumiendo tinta y papel en larguísimos memoriales, no ganaba más caudal que el de sus esperanzas, siempre colocadas a interés compuesto.