Part 5
--Dejemos a un lado por esta noche tan fastidiosa conversación --indicó Amaranta--. No creo que usted, querido tío, sea de la ridícula opinión que supone a Godoy intentando, con el auxilio de Bonaparte, mandar a América a la Real familia, quedándose él de Rey de España.
--Sobrina, por todos los santos, no me incites a hablar; no me hagas olvidar el gran principio de que la discreción es hermana gemela de la diplomacia.
--Es absurdo también --continuó la sobrina-- suponer que Napoleón haya mandado sus tropas a España para poner la corona al príncipe Fernando. El heredero de un trono no puede solicitar el favor de un soberano extranjero para ningún fin contrario a los de sus reales padres.
--Vamos, vamos, señoras, asuntos tan graves no pueden tratarse de ligero. Si yo me decidiera a hablar, se quedarían ustedes espantadas, y no podríamos cenar.
A esta sazón ya había venido la cena, y yo comenzaba a servirla. Isidoro y Lesbia, requeridos por mi ama para que se acercaran a la mesa, dieron tregua al arrobamiento y tomaron parte por un rato en la conversación general.
--¿Pero, qué hablan ustedes? --dijo Lesbia--. ¿Hemos venido aquí para ocuparnos de lo que no nos importa? ¡Bonito tema!
--¿Pues de qué quiere usted que se hable, desgraciada?
--De otras cosas... vamos; de bailes, de toros, de comedias, de versos, de vestidos...
--¡Qué sosada! --indicó mi ama con desdén--. Además, ustedes pueden tratar de lo que gusten, y nosotras hablaremos de lo que más nos convenga.
--Ya veo por qué anda Pepa tan distraída --dijo Máiquez burlándose de mi ama--. Se ha dedicado a estudiar la política y la diplomacia, carreras más propias de su ingenio que la del teatro.
Mi ama intentó contestar a esta mofa, pero las palabras expiraron en sus labios y se puso muy encendida.
--Aquí venimos a divertirnos --añadió Lesbia.
--¡Oh, frívola y vana juventud! --exclamó el marqués después de beberse un gran vaso de vino.--No piensa más que en divertirse, cuando la Europa entera...
--Dale con la Europa entera.
--Pepa es la única que comprende la gravedad de las circunstancias. Usted, encantadora actriz, será de las pocas que, como yo, no se sorprendan del cataclismo.
--¿Querrá usted explicarnos de una vez lo que va a pasar?
--¡Por Dios y todos los santos! --exclamó el diplomático, afectando cierta compunción suplicante--. Yo les ruego a ustedes que no me obliguen con sus apremiantes excitaciones a decir lo que no debe salir de mis labios. Aunque tengo confianza en mi propia prudencia, temo mucho que si ustedes siguen hostigándome, se me escape alguna frase, alguna palabra... Callen ustedes por Dios, que la amistad tiene en mí fuerza irresistible, y no quiero verme obligado por ella a olvidar mis honrosos antecedentes.
--Pues callaremos: no deseamos saber nada, señor marqués --dijo Máiquez, comprendiendo que el mejor medio para mortificar al buen viejo consistía en no preguntarle cosa alguna.
Hubo un momento de silencio. El marqués, contrariado en su locuacidad, no cesaba de engullir, entablando relaciones oficiosas con un capón, e impetrando para este fin los buenos oficios de una ensalada de escarola, que le ayudaba en sus negociaciones. Mientras tanto se deshacía en obsequios con mi ama, y sus turbios ojos, reanimados no sé si por el vino o por el amor, brillaban entre los arrugados párpados y bajo las espesas cenicientas cejas, que contraía siempre, en virtud de la costumbre de leer la vieja letra de los _memorandums_. La González no decía tampoco una palabra, y solo ponía su reconcentrada atención, aunque sin mirarlos, en los dos amantes, mientras que Amaranta, agitada sin duda por pensamientos muy diferentes, no miraba a Isidoro ni a Lesbia, ni a mi ama, ni a su tío, sino... ¿tendré valor para decirlo? me miraba a mí. Pero esto merece capítulo aparte, y pongo punto final en este para descansar un poco.
VII
Sí, ¿lo creerán ustedes? me miraba, ¡y de qué modo! Yo no podía explicarme la causa que motivaba aquella tenaz curiosidad, y si he de decir verdad como hombre honrado, aún hoy no he salido de dudas. Yo servía a la mesa, como es de suponer, y no pueden ustedes figurarse cuál fue mi turbación cuando advertí que aquella hermosa dama, objeto por parte mía de la más fervorosa admiración, fijaba en mí los ojos más perfectos, que, según creo, se han abierto a la luz desde que hay luz en el mundo. Un color se me iba y otro se me venía; a veces mi sangre toda corría precipitadamente hacia mi semblante poniéndome encendido y a veces se recogía por entero en mi palpitante corazón, dejándome más pálido que un difunto. Ignoro el número de fuentes que rompí aquella noche, pues las manos me temblaban, y creo que serví de un modo lamentable, trocando el orden de los platos, y dando sal cuando me pedían azúcar.
Yo decía para mí: ¿qué es esto? ¿Tendré algo en la cara? ¿Por qué me mirará tanto esa mujer?... Al salir fuera, iba a la cocina, me miraba a toda prisa en un espejillo roto que allí tenía; mas no encontraba en mi semblante nada que de notar fuese. Volvía a la sala, y otra vez Amaranta me clavaba los ojos. Por un instante llegué a creer... ¡pero quiá! me reía yo mismo de tan loca presunción. Cómo era posible que una dama tan hermosa y principal sintiera... ¡Ay! recuerdo haber dicho, aunque al revés, lo que después escribió en un célebre verso cierto poeta moderno. Pero todo debía ser un sueño de mi infantil soberbia. ¿Cómo podía la estrella del cielo mirar al gusano de la tierra, sino para recrearse, comparando, en su propia magnitud y belleza?
Pero debo añadir otra circunstancia, y es que cuando mi ama me reprendía por las muchas torpezas que cometí en el servicio de la mesa, Amaranta acompañaba sus miradas de una dulce sonrisa, que parecía implorar indulgencia por mis faltas. Yo estaba perplejo, y un violento fluido que parecía súbito acrecentamiento de vida, corría por mis nervios, produciéndome una actividad devoradora a la cual seguía un vago aturdimiento.
Después de largo rato la conversación, anudándose de nuevo, fue general. El marqués, viendo que no se le preguntaba nada, estaba en gran desasosiego, y a los rostros de todos dirigía con inquietud sus ojos buscando una víctima de su conversación; pero nadie parecía dispuesto a escucharle, con lo cual lleno de enojo, tomó la palabra para decir que si continuaban apremiándole para que hablara, se vería en el caso de no poner segunda vez a prueba su discreción concurriendo a tertulias donde no reinaba el más profundo respeto hacia los secretos de la diplomacia.
--Pero si no le hemos dicho a usted una palabra --indicó Lesbia riendo.
Isidoro, conociendo que el marqués era enemigo de Godoy, dijo con mucha sorna:
--No se puede negar que el Príncipe de la Paz, como hombre de gran talento, burlará las intrigas de sus enemigos. Napoleón le apoya, y no digo yo la coronita de los Algarbes, sino la de Portugal entero o quizás otra mejor recibirá de manos de Su Majestad Imperial. Conozco a Napoleón, le he tratado en París, y sé que gusta de los hombres arrojados como Godoy. Verá usted, verá usted, señor marqués, todavía le hemos de ver a usted llamado a los consejos del nuevo rey, y tal vez representándole como plenipotenciario en alguna de las cortes de Europa.
El marqués se limpió la boca con la servilleta, echose hacia atrás, sopló con fuerza, desahogando la satisfacción que le producía el verse interpelado de aquel modo, fijó la vista en un vaso, como buscando misterioso punto de apoyo para una sutil meditación, y dijo con mucha pausa:
--Mis enemigos, que son muchos, han hecho correr por toda Europa la especie de que yo llevaba correspondencia secreta con el Príncipe de Talleyrand, con el Príncipe Borghese, con el Príncipe Piombino, con el gran duque de Aremberg y con Luciano Bonaparte en connivencia con Godoy, para estipular las bases de un tratado en virtud del cual España cedería las provincias catalanas a Francia a cambio de Portugal y el reino de Nápoles... pasando Milán a la reina de Etruria, y el reino de Westfalia a un infante de España. Yo sé que esto se ha dicho --añadió alzando la voz y dando un fuerte puñetazo en la mesa--. ¡Yo sé que esto se ha dicho: ha llegado a mis oídos, sí, señor! Los calumniadores lo hicieron creer a los soberanos de Austria y Prusia; se me interpeló sobre el caso, Rusia no titubeó en hacerse eco de la calumnia, y fue preciso que yo empleara todo mi valimiento y tacto para disipar las densas nubes que se habían acumulado en el horizonte de mi reputación.
Al decir esto, el marqués empleaba el mismo tono que habría usado ante un Congreso de los principales políticos de Europa. Después de sonarse con estrépito, prosiguió de esta manera:
--Afortunadamente soy bien conocido, y al fin... tengo la satisfacción de haber sido objeto de las más satisfactorias frases por parte de los soberanos citados. ¡Ah!... ya sé yo el objeto que guió a los calumniadores y el sitio de donde partió la calumnia. En casa de Godoy se inventó esa trama abominable con objeto de ver si, autorizada con mi nombre, podía esa combinación correr con alguna fortuna por Europa. Pero tan inicuos planes quedaron sin éxito, como era de suponer, y la Europa entera convencida de que el Príncipe de la Paz y yo no podemos obrar de concierto en negocio alguno de interés general para las grandes potencias.
--¿De modo --dijo Isidoro-- que usted no es, como dicen, amigo secreto de Godoy?
El diplomático frunció el ceño, sonrió con desdén, llevó un polvo a la nariz y continuó así:
--¿Qué incongruentes especies no inventará la calumnia? ¿Qué torpes ardides no imaginarán la astucia y la doblez contra la prudencia y el saber? Mil veces me han hecho esos cargos, y mil veces los he rebatido. Pero es fuerza que repita ahora lo que en otras ocasiones he dicho. Había hecho propósito solemne de no ocuparme más de este asunto; pero la terquedad de mis amigos y la obcecación del público me obligan a ello. Hablaré claro: si en el calor de mi defensa hago revelaciones que puedan sonar mal en ciertos oídos, cúlpese a los que me han provocado, no a mí, que todo debo posponerlo al brillo de mi inmaculada reputación.
Lesbia, Isidoro y mi ama hacían esfuerzos para contener la risa, al ver el énfasis con que nuestro hombre defendía, contra imaginarias acusaciones, una personalidad de que nadie se ocupaba sino él. Amaranta parecía meditabunda, mas sus reflexiones no le impedían fijar alguna vez en mí sus incomparables ojos.
--En el año de 1792 --dijo el viejo--, cayó del ministerio el conde de Floridablanca, que se había propuesto poner coto a los estragos de la revolución francesa. ¡Ah! El vulgo no conoció la mano oculta que había arrojado de la Secretaría de Estado a aquel hombre insigne, envejecido en servicio del Rey. ¿Pero cómo podía ocultarse a los hombres perspicaces la máquina interior de aquel cambio de Ministerio? Un joven de veinticinco años a quien los Reyes miraban con particular afecto, y que tenía frecuente entrada en Palacio, y que hasta en los consejos influyó en el cambio de Ministerio, y en la elevación del señor conde de Aranda. ¿Tuve yo participación en aquel suceso? No, mil veces no: hallábame a la sazón agregado a la Embajada española, cerca del Emperador Leopoldo, y no pude de ningún modo influir para que desempeñara el Ministerio mi amigo el conde de Aranda. Pero ¡ay! este duró poco en el poder, porque nuevas maquinaciones le derribaron, y en noviembre del mismo año España y el mundo todo vieron con sorpresa que era elevado a la primera dignidad política aquel mismo joven de veinticinco años, ya colmado de honores inmerecidos, tales como el ducado de la Alcudia y la grandeza de España de primera clase, la gran cruz de Carlos III, la cruz de Santiago, los cargos de ayudante general del Cuerpo de Guardias, mariscal de campo de los reales ejércitos, gentilhombre de cámara de S. M. con ejercicio, sargento mayor del real cuerpo de Guardias de Corps, consejero de Estado, superintendente general de Correos y Caminos, etc., etc. Empuñó Godoy las riendas del Estado en tiempos muy críticos; todos los hombres de previsión comprendíamos la proximidad de grandes males, e hicimos lo posible por conjurarlos. El torpe duque de la Alcudia declaró la guerra a Francia, contra la opinión de Aranda y de todos cuantos teníamos alguna experiencia en los negocios. ¿Se nos hizo caso? No. ¿Se oyeron nuestros consejos? No. Pues veamos ahora lo que ocurría después de hecha la paz con Francia.
»El Rey continuaba acumulando en la persona de su favorito toda clase de honores y distinciones, y por fin le enlazó con una princesa de la familia real. Tanto favor dispensado a un hombre nulo y que en los más indignos hechos buscaba ocasión de medro, produjo la animadversión y el descontento de todos los españoles. La caida de un favorito que había desconcertado el Erario público y desmoralizado la justicia vendiendo los destinos, era segura. Y aquí debo decir, aunque por un momento falte a las leyes de mi sistemática reserva; que yo nada influí para que entraran en los ministerios de Hacienda y Gracia y Justicia Saavedra y Jovellanos. Ruego a ustedes que no revelen este secreto, que hoy por primera vez sale de mis labios.
--Seremos tan callados como guardacantones, señor marqués --dijo Isidoro.
--Pero la cosa no tenía remedio --continuó el diplomático dirigiendo sus ojos a todos los lados de la sala, como si le oyera gran número de personas--. Jovellanos y Saavedra no podían concertarse en el Gobierno con quien ha sido siempre la misma torpeza y la corrupción en persona. La república francesa trabajaba en contra del favorito. Jovellanos y Saavedra se empeñaron en desprenderse de tan peligroso compañero, y al fin el Rey, cediendo a tantas sugestiones y a la voz popular, dio a Godoy su retiro en marzo de 1798. Yo declaro aquí de una vez para siempre, que no tuve participación en su caida, como han dado en suponer. Y esta sería ocasión de decir algo que sé, y que siempre he callado; pero... no, no fío bastante en la prudencia de los que me escuchan, y prefiero guardar silencio sobre un punto delicado que nadie conoce. Conste tan solo que no contribuí a la caida de Godoy en 1798.
--Pero la desgracia del Sr. D. Manuel duró poco --dijo Isidoro--, porque el ministerio Jovellanos-Saavedra fue de poca duración, y el de Caballero y Urquijo, que le sucedió, tampoco tuvo larga vida.
--Efectivamente, a eso iba --continuó el marqués--. Los Reyes no podían pasarse sin su amigo. Ocupó este nuevamente la Secretaría de Estado, y queriendo acreditarse de guerrero, ideó la famosa expedición contra Portugal, para obligar a este pequeño reino a romper sus relaciones con Inglaterra. Ya desde entonces nuestro ministro no pensaba más que en secundar los planes de Bonaparte del modo menos ventajoso para España. Él mismo mandó aquel ejército, que se puso en planta a costa de grandes sacrificios; y cuando los pobres portugueses abandonaron Olivenza sin que pudiera entablarse una lucha formal, el favorito celebró sus soñadas victorias con un festejo teatral que dio a aquella guerra el nombre de _guerra de las naranjas_. Ustedes saben que los Reyes habían acudido a la frontera. El favorito mandó construir unas angarillas que adornó con flores y ramaje, y sobre esta máquina hizo poner a la Reina, que fue tan chabacanamente llevada en procesión ante las tropas, para recibir de manos del generalísimo un ramo de naranjas, cogido en Elvas por nuestros soldados. No añadiré una palabra más, ni recordaré los punzantes chistes que circularon en aquella ocasión de boca en boca. Que cada cual se entienda con su conciencia, y que todos tengan bastante energía para defender sus propios actos, como defiendo yo los míos en este momento. Ahora paso a otra cuestión.
»Y aunque necesite repetirlo mil veces, diré también que no tuve parte alguna en las negociaciones del tratado de San Ildefonso, ni en la alianza de nuestra marina con la francesa, origen del desastre de Trafalgar. Pero sobre este tratado sé cosas curiosísimas que me confió el general Duroc y que no puedo revelar a ustedes por más empeño que muestren en conocerlas. No... no me pidan ustedes que revele lo que sé; no pongan a prueba mi discreción: hay secretos que no pueden confiarse en el seno de la amistad más íntima. Yo debo callar y callaré. Si los dijese, cuán pronto confundiría al Príncipe de la Paz y a los que me suponen cómplice de sus infames tratos con Bonaparte. Mi único afán ha consistido en destruir sus combinaciones, y aquí en confianza puedo decir que repetidas veces lo he conseguido. Por eso se empeña en desacreditarme a los ojos de Europa, en malquistarme con los hombres de Estado, que han depositado en mí su confianza; por eso suena mi nombre unido a todas las combinaciones que fragua la izquierda en París. Pero ¡ah! gracias a mi destreza podré anonadar a los calumniadores, salvando mi buen nombre. Ojalá pudiera asimismo salvar a nuestros Reyes y a nuestro país del descrédito a que los conduce ciegamente un hombre abominable, que se ha elevado por las causas que todos sabemos, y sigue dirigiendo la nave del Estado, valido de su torpe arrogancia e insolente travesura.
Dijo, y llevándose a la nariz con diplomático aplomo el polvo de rapé se sonó con más estruendo que el de una batería, miró a todos por encima del pañuelo, y luego pronunció algunas frases vagas que anunciaban la agitación de su grande espíritu. Oyéndole y viéndole, parecía que sobre el mantel de la mesa que yo había servido iban a resolverse las más arduas cuestiones europeas, repartiendo pueblos y arreglando naciones como en el tapete de Campo-Formio, de Presburgo o de Luneville.
--Estamos ya convencidos, señor marqués --dijo Lesbia--, de que usted no ha tenido ni tiene parte alguna en los desastres ocasionados por el Príncipe de la Paz; pero no nos ha dicho cuáles son los grandes males que nos amenazan.
--Ni una palabra más, no diré ni una palabra más --dijo el marqués alzando la voz--. Cesen, pues, las preguntas. Todo es inútil, señoras mías. Soy inflexible e implacable: todos los esfuerzos, todas las astucias de la curiosidad no conseguirán arrancarme una revelación. He suplicado a ustedes que no me preguntasen nada, y ahora, no ruego sino mando que me dejen en paz, renunciando a corromper y sobornar mi experimentada prudencia con los halagos de la amistad.
Oyendo al diplomático, yo recordaba a cierto mentiroso que conocí en Cádiz, llamado D. José María Malespina. Ambos eran portentos de vanidad; pero el de Cádiz mentía desvergonzadamente y sin atadero, mientras que el de Madrid, sin alterar nunca los sucesos reales, se suponía hombre de importancia, y su prurito consistía en defenderse de ataques imaginarios y en negarse a revelar secretos que no sabía. Esto prueba la inmensa variedad que el Creador ha puesto en la fauna moral, así como en la física.
Isidoro y Lesbia, retirándose de la mesa, habían vuelto a formar la tela de araña de sus comunicaciones amorosas. Mi ama había variado en sus disposiciones favorables hacia el marqués. En vano le prometió franquearse con ella, revelándole lo que ningún ser humano había oído hasta entonces de sus labios; pero sin duda a la González no debió de halagar mucho la promesa de conocer los planes de todas las potencias europeas, porque no tuvo para su solícito cortejante palabra ni frase alguna que no fuese el mismo acíbar.
Amaranta, cuya reconcentración mental se desvanecía poco a poco, clavó en mí sus ojos de una manera que parecía indicar vivo deseo de entablar conversación conmigo. En efecto, contra todas las prescripciones del decoro, en cierta ocasión en que yo recogía los platos vacíos que tenía delante, se sonrió de un modo tan celestial, atravesándome el corazón con estas palabras:
--¿Estás contento con tu ama?
No puedo asegurarlo; pero creo que sin mirarla, contesté:
--Sí, señora.
--¿Y no desearías cambiar de ama? ¿No deseas encontrar colocación en otra parte?
Tampoco aseguro que sea cierto, pero me parece que respondí:
--Según con quién fuera.
--Tú pareces un chico de disposición --añadió con una sonrisa que parecía abrir el cielo ante mis ojos.
A esto sí que estoy seguro de no haber contestado una palabra. Después de una breve pausa, en que mi corazón parecía querer echárseme fuera del pecho, tuve un arranque de osadía, que hoy mismo me causa asombro, y dije:
--¿Es que quiere usía tomarme a su servicio?
Al oírme, Amaranta prorrumpió en graciosa carcajada, y yo me quedé perplejo, creyendo haber dicho alguna inconveniencia. Al punto salí de la sala con mi carga de platos: en la cocina procuré calmar mi turbación, tratando de explicarme los sentimientos de Amaranta respecto a mí, y después de mil dudas, dije:
--Mañana mismo le contaré todo a Inés, y veremos lo que ella piensa.
VIII
Cuando regresé a la sala, la escena continuaba la misma, pero la llegada de un nuevo personaje iba a variarla por completo. Oímos ruido de alegres voces y como preludios de guitarra en el portal, y después entró un joven a quien diferentes veces había yo visto en el teatro. Acompañábanle otros; pero se despidieron en la puerta, y él subió solo, mas haciendo tanto ruido, que no parecía sino que un ejército se nos metía en la casa. Me acuerdo de que aquel joven vestía el traje popular, esto es, un rico marsellés, gorra peluda de forma semejante a la de los sombreros trípicos, pero mucho más pequeña, y capa de grana con forros de felpa manchada. Al verlo con esta facha, no crean ustedes que era algún manolo de Lavapiés o chispero de Maravillas, pues los arreos con que lo he presentado cubrían la persona de uno de los principales caballeros de la corte; solo que este, como otros muchos de su época, gustaba de buscar pasatiempo entre la gente de baja estofa, y concurría a los salones de _Polonia la Aguardentera_, _Juliana la Naranjera_, y otras célebres majas de que se hablaba mucho entonces. En sus nocturnas correrías usaba siempre aquel traje que, en honor de la verdad, le caía a las mil maravillas.
Pertenecía aquel joven a la Guardia Real, y sus conocimientos no traspasaban más allá de la ciencia heráldica, en que era muy experto, del arte del toreo y la equitación. Su constante oficio era la galantería arriba y abajo, en los estrados y en los bailes de candil. Parecían escritos expresamente para él los famosos versos:
Ves, Arnesto, aquel majo en siete varas de pardomonte envuelto...
--¡Oh, D. Juan! --exclamó Amaranta, al verle entrar--. Bienvenido sea el Sr. de Mañara.
Animose la reunión como por encanto con la entrada de aquel joven, cuyo carácter jovial y bullanguero se manifestó desde el primer momento. Advertí que el rostro de Amaranta adquiría de súbito extraordinaria viveza y malicia.
--Sr. de Mañara --dijo con gran desenfado--, llega usted a tiempo. Lesbia le echaba a usted de menos.
Lesbia miró a su amiga de un modo terrible, mientras Isidoro parecía dominado por violenta cólera.
--Aquí, D. Juan, siéntese usted a mi lado --indicó mi ama con alegría, señalando a Mañara la silla que tenía a la izquierda.
--No creí encontrar a usted aquí, señora duquesa --dijo el petimetre dirigiéndose a Lesbia--. He venido, sin embargo, impulsado por la voz de mi corazón; ya veo que el corazón no se equivoca siempre.
Lesbia estaba bastante turbada, mas no era mujer a quien arredraban las situaciones críticas, así es que entre ella y Mañara hubo un verdadero tiroteo de dichos agudos, risas y epigramas. Máiquez estaba cada vez más intranquilo.
--Esta es noche de suerte para mí --dijo D. Juan sacando un bolsillo de seda--. He estado en casa de la Primorosa, y allí he ganado cerca de dos mil reales.
Diciendo esto, vació el oro sobre la mesa.
--¿Había allí mucha gente? --preguntó Amaranta.
--Mucha; mas la marquesita no pudo ir porque estaba con dolor de muelas. ¡Ah! nos hemos divertido.
--Para usted --dijo Amaranta con verdadero ensañamiento en su malicia-- no hay diversión allí donde no está Lesbia.
Esta volvió a dirigir a su amiga terrible mirada.
--Por eso he venido.