Part 9
Pasaban largas temporadas en la estancia y era el bote su gran distracción. Lo conducía admirablemente. Tenía un par de remos finos y ligeros, y una velita blanca, que se tendía en una curva quebrada como el ala de una gaviota, y hacía volar el esquife con un apacible chapoteo del agua, rota por la quilla.
Cuando murió su padre, Gabriela hacía ya seis meses que estaba casada con Jarque, a quien el gobierno acababa de nombrar jefe de policía.
Sus ilusiones ajadas por las severas realidades de la vida, no le pedían nada ya. Sólo deseaba acompañar a su madre, doña Carmen Liendo de Borja, que se había establecido definitivamente en la Casa de los Cuervos, para cuidar de los intereses que dejara su marido al morir, bastante embrollados.
Jarque le permitió irse con ella, y se quedó solo. En su vida práctica, sin grandes pasiones, absorbido por las preocupaciones políticas, el amor no ocupaba ningún lugar. Se había casado fríamente, llegado a la mitad de la existencia, para no hacer solo la otra mitad, y de pronto se encontraba con que el matrimonio era una impedimenta para seguir las sutiles pesquisas antirevolucionarias en que estaba empeñado, las cuales con frecuencia le tenían noches enteras fuera de su casa.
De tarde en tarde, cuando sus tareas se lo permitían, hacía su viaje a la Casa de los Cuervos, yendo casi siempre en la lancha a vapor del gobierno. Visitaba a la familia, acompañado de Carmelo, su cuñado, a quien había hecho secretario de policía; examinaba la marcha de las cosas en la estancia, el estado del campo que era suyo, de las vacas, que algún día serían de su mujer, y se volvía a la ciudad, satisfecho de tener tan equilibradas todas sus pasiones.
Gabriela tornaba a sus paseos en bote. Él le había regalado una hermosa escopeta Lefaucheux, y de sus excursiones solía volver con el fondo de la embarcación lleno de patos, cazados en los esteros, o de gallinetas sorprendidas cuando se acercaban a la costa, que el bote rozaba al pasar sin ruido, como un copo de espuma.
Había en la estancia un muchachón de quince años, hijo adoptivo del capataz, diestro en los trabajos del campo, sobre todo en las cosas del río, pesca y manejo de embarcaciones. Él guiaba la canoa que tenían para las necesidades de la casa. Iba al sauzal a traer leña, y a veces hasta Santa Fe a buscar provisiones.
Gabriela solía invitarlo a acompañarla, y él, alto, flaco y flexible como una varilla, corría al bote, con una gran alegría, porque aquellos paseos, siguiendo el canal profundo del arroyo de Leyes, o internándose en los esteros, que desaguaban allí, eran su sueño dorado. La niña tiraba bien, al vuelo o en tierra, y cuando la pieza caía, él como un perro, iba en su busca, aun cuando tuviera que meterse en el agua hasta la cintura.
Cuando el tiempo era bueno, y soplaba viento favorable, se tendía la vela, que hacía crujir el palo, y se daba entera libertad al bote, para correr a sus anchas sobre el agua del riacho, turbia, con largas vetas amarillas, hasta la laguna, que era para Gabriela como un mar.
La joven se sentaba al timón, dejando que Jesús dormitara a proa o espiara la caza.
Parecía absorta en la maniobra, en el timón con que de trecho en trecho, de un golpe, enderezaba el esquife; o en la escota de la vela, tensa a veces, como una cuerda de guitarra, y otras floja e indecisa, castigando como un látigo los maderos. Gabriela atendía todo, pero su pensamiento vagaba en lejanas regiones, más allá del río, más allá de la laguna, más allá del mar desconocido, a donde marchaban inevitablemente, todas las gotas de todos los ríos, lo mismo de las olas que se rompían contra la barranca, que las que ella acariciaba con su mano pequeña, abandonada por encima de la borda.
¡Todo iba al mar! y su pensamiento se confundía como una gaviota perdida en el océano, persiguiendo la visión de aquellas cosas sin sentido, que la dejaban triste, como si su vida actual no correspondiera con sus ideales de antes.
Gabriela tenía veinte años. El aire y el sol del campo, habían dado un ligero color trigueño a su tez purísima, que irradiaba su juventud, como el cristal de un vaso de luz. Y esa luminosidad de su cutis, atenuaba el contraste que habrían producido en su tipo de morena, sus ojos garzos, como la flor del lino, y sus cabellos castaños, casi rubios, que al sol parecían vivientes culebras de oro. Esbelta y ágil, viéndola remar, con sus brazos firmes, diseñando en el ademán la curva llena del pecho, nadie la hubiera creído propicia para aquellas fantasías que la llenaban de ensueños.
Vestía de luto, por su padre, y en la barquilla blanca, que marchaba la vela sonora al viento, sentada a la popa, con la mirada abstraída, desinteresada de las cosas próximas, parecía la heroína de una romántica leyenda.
Su madre preguntábase a veces si aquel matrimonio repentino no había tronchado sus ilusiones de niña, y si no estaba allí la raíz de la indisimulable melancolía que envolvía como un velo aquella radiante juventud. Mas era el yerno tan afable y caballeresco, y estaba la madre tan lejos ya de la edad en que la fantasía es el motor del alma, que desechaba el importuno pensamiento, y se quedaba tranquila dejando a su hija entregada a sus excursiones, mientras ella cuidaba de la casa.
Era una dama de aspecto severo, en su riguroso luto de viuda, que enaltaba más su figura frágil, en apariencia, y austera como la de una abadesa.
Blanca, pálida, de ojos negros, perspicaces, que descifraban perfectamente las intenciones de los que la trataban por negocios; incansable para la menuda labor de ama de casa; madrugadora, siempre alerta, desde la muerte de su marido, había concentrado todas las potencias de su alma, en hacer progresar la fortuna que algún día sería de sus hijos.
Tenía por el varón, que era el mayor, una pasión que desbordaba en todas sus palabras.
Tres o cuatro días antes de esa tarde, había estado en la Casa de los Cuervos. Fué con Jarque, al cual la dama notó preocupado por causas que no decía. El joven, en cambio, entusiasmado por su nuevo galón que lucía en la bocamanga de su vistosa chaqueta azul, y en su kepí, la hacía parte de sus proyectos de grandeza y de sus ensueños de amor.
¡Oh, sus sueños de amor! Doña Carmen tenía en el alma impresa la imagen de Syra, a quien viera poco tiempo antes, cuando fué a la ciudad a pedir su mano.
Aquel compromiso que debía celebrarse con una gran fiesta, en casa de Montarón, alegrábala por él, pero, sin que hubiera podido explicar la íntima razón de sus recelos, tenía el corazón extrañamente oprimido y todo, en su casa, en el campo, en el río, en el cielo, le traía la evocación de los ojos de Syra, apasionados y tristes.
Esa tarde--la tarde del baile--Gabriela llegó en su bote hasta la barranca, poco antes de entrarse el sol.
Venía sola por lo que ella misma tuvo que hacer la maniobra de amarrar su embarcación al poste clavado en la costa con ese objeto. La barranca no era alta, un metro y medio de tierra amarilla, contra la cual el río golpeaba sus olas en los días de viento. El terreno subía aún más al alejarse de la orilla, de tal modo que las casas edificadas a cien pasos de distancia, estaban a una altura a donde no llegaban las crecientes.
El primitivo dueño de la Casa de los Cuervos, para sanear el ambiente, había formado al rededor de ella, un bosque de eucaliptus, prolijamente plantados en hileras.
Los árboles eran enormes ya, y sus copas se besaban con un melancólico rumor de hojas, en las noches serenas en que sólo soplaba la tenue brisa de la laguna.
Arrancaba desde el frente principal de las casas, una avenida de eucaliptus, los más gruesos, porque fueron los plantados primeros, que corrían paralelos al riacho. Aquella avenida, envuelta en los reflejos dorados del sol que se entraba, parecía una vieja pintura.
Al llegar a ella, Gabriela se detuvo amedrentada, arrimándose a uno de los troncos, mondados por el otoño, que les arrancaba la corteza en largos girones. En el fondo vió la alta figura enlutada de su madre, que se alejaba, a pasos medidos, achicándose su silueta. Luego la vió volver caminando suavemente, como si sus pies no tocaran la tierra, alfombrada de las hojas secas, desprendidas por las copas sombrías que se cruzaban en lo alto.
Veía, como si lo viera por primera vez, las dos prolongadas hileras, que se estrechaban a lo lejos, de los eucaliptus dormidos sobre el fondo claro del cielo. La luz del crepúsculo suavizaba sus perfiles, y ponía en sus troncos una pincelada de oro, que les comunicaba la penetrante tristeza de los bosques muertos.
Había en el ambiente una gran calma. Sólo se oía el grito de las vacas lecheras que salían del corral, con sus terneros, que a la noche serían recogidos en los chiqueros.
Gabriela bebía con los ojos la hermosura del paisaje otoñal. Su madre llegóse a ella, haciendo crujir levemente la alfombra de hojas secas. Llevaba las manos blancas, de gran señora, metidas en las mangas de su traje negro.
--Vamos a rezar--le dijo.
A la oración, en la Casa de los Cuervos, se rezaba el rosario, reunidos amos y peones.
Cada día la dama, que coreaba el rezo, decía al empezar por quién debía de rogarse.
--Por las almas del purgatorio.
--Por los caminantes y navegantes.
--Por los príncipes cristianos.
--Por los parientes difuntos.
Y esa vez, cuando todos estuvieron de rodillas, en la pieza que servía de oratorio, cuyo testero ocupaban una infinidad de cuadros de santos, presididos por un crucifijo de bronce y una gran estampa de la Virgen del Carmen, así que se hubieron persignado, se oyó en el devoto silencio, la voz de la dama que decía:
--Recemos por el alma de los que hoy han de morir.
Gabriela arrodillada al lado de su madre, sobre una alfombrita que acolchaba los rojos ladrillos del piso, sintió un escalofrío al oír aquello. Vió de nuevo el cuadro de los eucaliptus, tal como le había impresionado.
Ya la noche envolvía el campo, y en el silencio de los animales y las cosas que se dormían, empezaba a oírse el susurro de las hojas, estremecidas por la brisa que despertaba.
La majada estaba ya en el corral. En el patio graznó uno de los cuervos, señal de que volaban a pararse sobre el árbol seco en que pasaban la noche.
Don Goyo, el capataz, llegó en ese momento a rezar con todos el rosario.
Era un hombre entrado en años, a juzgar por las barbas encanecidas. Rezaba de pie, afirmado contra la pared, cerca de la puerta, por donde a cada ruido echaba una ojeada al patio. De día usaba botas, como un signo de la importancia de su cargo; y al anochecer, por economía, se quedaba descalzo, la bombacha arremangada, con lo que su figura corpulenta, no muy alta, perdía casi todo su prestigio.
Contestaba al rezo con voz sonora. A su lado su mujer, ña Floriana, pasado el primer misterio del rosario se sentaba a la turca, sobre el suelo acolchado con su pollera.
Más joven que el marido, más blanca también, tenía en sus facciones endurecidas por el trabajo, rastros de antigua belleza. Rezaba devotamente, y como la perseguían los bostezos, provocados según el ama por la cola del diablo que se le entraba en la boca, cada vez que bostezaba hacía sobre la boca abierta la señal de la cruz.
No tenían hijos; el único que tuvieron, y que murió casi al nacer, de haber vivido debía ser de la edad de Carmelo Borja, al cual ña Floriana sirvió de nodriza.
Por eso el joven teniente, secretario de Jarque, era para la mujer del capataz como un hijo, que ella idolatraba y colmaba de mimos.
Una chicuela excesivamente morocha, con el pelo encrespado, que se moría de sueño, estaba acurrucada en un rincón.
Tendría diez años, y servía a la mesa de los señores.
Era toda la gente de la casa, sin contar a Jesús, que no acudió al rosario, porque andaba afuera lidiando con los terneros.
En la Casa de los Cuervos se acostaban temprano para estar listos al alba.
Esa noche, pasado el primer sueño, Gabriela se despertó sobresaltada. Dormía en la misma pieza de su madre, por tenerle compañía, aunque muchas veces la dama, andariega y misteriosa, se levantaba a deshora a rezar, junto a la ventana, mirando al campo por los postigos abiertos, en las noches frías, o en el corredor de la casa, en el buen tiempo, mientras la niña temblaba de miedo sintiendo sus pasos y su voz que salmodiaba.
Al abrir los ojos vió, por la ancha ventana de cristales pequeños, el campo bañado por la luna, cuya luz plateada blanqueaba como un esqueleto, las ramas del árbol seco donde dormían los cuervos.
Una sombra que vió moverse contra los cristales, le hizo incorporarse en la cama.
--¡Jesús, mamá!--exclamó, conociendo que era ella.
Doña Carmen de Borja no le contestó; ni siquiera pareció haber oído. Gabriela saltó del lecho y corrió hacia ella que con la frente pegada a uno de los vidrios miraba al campo.
La tocó en el hombro; no se movió. Le habló de nuevo y entonces ella le dijo, señalando el árbol donde dormían los cuervos:
--¡Mirá, Gabriela!
La joven vió, con inmensa sorpresa, sobre la rama que se extendía horizontalmente, las figuras encapuchadas y siniestras de tres cuervos.
¿De dónde venía el tercero que jamás había rondado las casas?
Gabriela pegó también su frente sobre el frío vidrio para mirar mejor, ansiosa de que aquello que se le antojaba de mal augurio, fuese un error de sus ojos. Pero la luna, con una infinita serenidad, hacía la noche de una extraordinaria limpidez, y se veían hasta los más delicados perfiles de las cosas cercanas.
Había tres cuervos, y mientras los miraban, voló uno de ellos, que revoloteó desorientado un momento, y atropelló la casa, haciendo temblar con el áspero golpe de su ala los cristales de la ventana.
Gabriela dió un grito y corrió al fondo de la pieza.
Cuando volvió a mirar, el cuervo se había perdido ya detrás de la cortina de eucaliptus.
--Recemos, Gabriela--le dijo su madre.--Esta es la noche del baile en Santa Fe, y yo he tenido siempre miedo de lo que en ella puede ocurrir.
Y rezaron las dos, la madre con su voz profunda, que no temblaba, y la niña toda temerosa, sintiendo afuera el rumor de las copas de los eucaliptus que gemían al viento como almas en pena.
II
La mala nueva
Al otro día el viento soplaba del Norte, llenando el bosque de rumores de hojas caducas. La mañana era tibia y el cielo puro aún, por lo cual Gabriela se decidió a realizar una excursión, que hacía mucho ansiaba, llegar hasta la laguna.
Esa noche se durmió tarde, después de la medrosa visión de los cuervos, y cuando se despertó supo que su madre había salido a recorrer el campo, en su cochecito de dos ruedas que manejaba ella misma.
Llamó entonces a Jesús y lo mandó que preparara el bote, para ir lejos.
Se vistió a prisa; metió en una canasta algunas provisiones, agitado ya su espíritu por la perspectiva de la aventura que significaba para ella aquel paseo, y con su escopeta al hombro, corrió al bote, cuya blanca vela se agitaba alegremente a lo largo del mástil, acariciada por el viento.
En cuanto amarró la escota, y se hinchó el trapo, "La Espuma" partió como una gaviota, navegando de costado porque el viento la tomaba de babor.
El arroyo de Leyes cambiaba bruscamente de rumbo frente a la Casa de los Cuervos, de tal manera que corría durante un buen trecho de Oeste a Este, para rectificar más adelante la curva, y llegar hasta la laguna en un cajón derecho de Norte a Sur.
Gabriela conocía bien el curso del riacho, y sabía acortar su camino, atravesando las cañadas, y seguir por los ramblones con su bote ligero y dócil al timón o al remo.
Pero esa vez navegaba por el lecho del río, aprovechando todo el viento que arrugaba su lomo hinchado por la creciente, que inundaba las islas bajas y unía los esteros en un vasto mar de agua plomiza.
La cortina de sauces, de fronda espesa, salpicada por las flores blancas de las enredaderas que trepaban por sus largos troncos desnudos, impedía ver más allá de la costa.
Cuando alguna gallineta asomaba por encima de los camalotes o de las altas carrizas verdes, que acolchaban la barranca, Gabriela abandonaba el timón, se echaba la escopeta a la cara y hacía fuego, casi siempre con éxito, aunque hubiera tirado al vuelo.
Esa mañana, sin embargo, no le entusiasmaba la caza, que le hacía perder tiempo. Quería aprovechar todos sus minutos para llegar lo más lejos que pudiera. La boca de la laguna no estaba más que a tres leguas, y su bote si el viento no caía, ayudado por la corriente, podía hacerlas en dos horas. No pensaba en lo penoso que sería la vuelta río arriba, y viento en contra quizás.
Miraba pasar las costas verdes, animadas por la vida alegre de los pajaritos que en ruidosas bandadas perseguían los insectos en los carrizales, y aquella visión de alas llenábale el alma con la nebulosa impresión de un sueño.
En las curvas del río, contra la lengua de tierra que avanzaba, formábase una pequeña rompiente, donde la correntada arrojaba las ramillas y las hojas que traía de lejos, y las blondas de espumas que vestían sus aguas turbias, batidas contra la costa gredosa, se condensaban en copos espesos y amarillos, como la manteca, que el bote cortaba con su proa.
El viento no la acompañó hasta el fin. Cayó de golpe, y ella y Jesús tuvieron que empuñar los remos, para ayudar a la mano invisible de la corriente que llevaba el esquife a la deriva.
Ya se veía el vasto manto azul de la hermosa laguna. A lo lejos, hacia el poniente, albeaba al sol la cenefa de espuma de la costa, y se divisaba detrás la pincelada roja de la barranca.
Gabriela palmoteó de entusiasmo cuando el cajón del arroyo de Leyes se abrió, de golpe casi, y el bote se encontró como desorientado, lejos de los sauzales que guiaban su rumbo y sacudido por un oleaje más fuerte, que batía sonoramente sus costados.
--¡Niña Gabriela!--exclamó de pronto Jesús, que había parado de remar.--¡Mire allá!
--¿Qué hay?
--¡Allá, hacia el medio! ¡Mire! un caballo que va cruzando la laguna.
Gabriela soltó los remos y miró, haciendo pantalla de sus manos para defender los ojos de la áspera luz que se reflejaba en el agua.
Estaban como a trescientos metros del punto que llamaba la atención del muchacho. Era un caballo sin duda; chispeaban las gotas que arrojaba con sus resoplidos cada vez que una ola rompía sobre él.
--Es extraño--pensó la joven que conocía el instinto de los animales--¿cómo se ha atrevido a cruzar la laguna, habiendo paso por el río?
El bote corría hacia él, y como el caballo avanzaba, pronto se le pudo observar mejor; parecía cansado; la orilla, de donde partiera estaba lejos, apenas se veía, y ya no tenía más remedio que llegar hasta la otra costa.
De repente Jesús volvió a gritar:
--¡Hay un hombre! mire, niña, ¡agarrado a la clina!
Cuando el bote se acercó más, Gabriela con el corazón palpitante, gritó al dueño del caballo, ofreciéndole pasarlo, y como él no respondiera, pues parecía muerto o desmayado, aunque su mano crispada no soltaba la clina, de unos cuantos golpes de remo se puso al lado. El caballo, un momento pareció desorientarse; miró al bote blanco, sus dos tripulantes, los remos que batían el agua, y perdió de vista la costa. Volvió la cabeza, hacia el otro lado, y arrancó con más fuerza.
Fué entonces cuando Insúa, aletargado por la frialdad del agua soltó la crín y se hundió.
Pero Jesús que espiaba la escena con una profunda ansiedad, arrojóse del bote y nadando como un yacaré se zambulló en el mismo sitio en que acababa de desaparecer el desconocido, y lo alcanzó a sacar.
--¡Bravo, Jesús!--exclamó Gabriela estirándole un remo, de cuya punta se agarró el muchacho, que resoplaba entre alegre y asustado de su propia hazaña.
Ni él, ni ella se habían preocupado de saber si el hombre vivía para sacarle del agua, y cuando a costa de grandes esfuerzos, lograron izarlo a bordo y vieron que caía como una masa inerte, y que estaba frío, los dos se pusieron lívidos de espanto:
--¡Está muerto!
¡El horrible minuto que pasaron entonces al lado de aquel cadáver que habían rescatado, con riesgo de irse a pique!
Pero Jesús, que se había acercado a él, observó sus narices que temblaban como si respirara.
--¡Está vivo!--gritó--¡está desmayado! ¡mire, niña Gabriela, cómo respira!
Sacado del agua, que lo entumecía, renació la vida en aquel cuerpo joven y robusto.
Gabriela empuñó valientemente los remos.
--¡Pronto, Jesús! yo voy a remar; dale friegas, ¡lo que tiene es que se está muriendo de frío, y que ha perdido sangre!
El bote no era más que un punto sobre la extensa planicie de agua, agitada por el viento que empezaba ahora a soplar del Sureste, llenando de nieblas el día.
Gabriela quiso saber la hora, pero el sol se había nublado y el cielo ceniciento parecía pegado al agua obscura, con largas vetas amarillas, por la greda del fondo.
Pasaban algunos camalotes que servían a la niña como punto de mira para saber si avanzaban hacia la costa, que no se veía ya, borrada por la neblina.
Dejó los remos un momento y armó la vela, que podía ser útil. Jesús, en tanto, con alguna torpeza, pero con un incansable vigor, hacía reaccionar la sangre de los miembros ateridos de Insúa. Gabriela se acordó de sus provisiones; tenía pan, queso y carne fría, pero más que todo habría valido un trago de cognac o de vino; pero no había en su canasta.
Insúa permanecía sin sentido; respiraba bien, echado de espaldas sobre el fondo del bote. Para friccionarlo mejor Jesús le abrió la camisa, y su ancho, musculoso pecho, manchado de sangre, se alzaba a compás de la respiración.
La vela se hinchó, pero el viento era escaso, y la joven debió empuñar de nuevo los remos, alejándose imperceptiblemente del centro de la laguna. El caballo de Insúa había desaparecido entre la niebla.
Una hora larga tardó Gabriela en llegar a la desembocadura del arroyo de Leyes, remando contra la corriente. El sudor le pegaba rizos de cabello en la frente, enrojecida por la fatiga.
--¡Jesús, no puedo más!--dijo al fin, y entregó los remos al muchacho y ella se sentó, rendida, en el banco donde estaba apoyada la cabeza de Insúa, sobre el poncho mojado, una de cuyas puntas le cubría el pecho.
Gabriela conocía pocas personas en Santa Fe, pero aquellas facciones varoniles, aquella línea audaz, casi ofensiva del mentón, que la barba negra acentuaba con fuerza, no le eran totalmente desconocidas.
¿Quién era? ¿Quién podía ser?
De repente se acordó, como si un rayo hubiera hecho una repentina luz en su memoria.
--¡Insúa, Insúa!--pensó, asociando el recuerdo de algunas conversaciones oídas a su marido en la última visita. Y se le ocurrió que si aquel hombre estaba allí, herido, recogido en forma tan extraña, era porque en Santa Fe había estallado esa noche la revolución, que se temía, y lo habían vencido.
¡Oh, los muertos, las preces por los muertos, que esa noche rezaron en la estancia y aquella siniestra visión nocturna de los tres cuervos sobre el árbol seco, a la luz de la luna! ¿Fué un sueño? ¿Fué un augurio? ¿Fué un episodio sin sentido?
Una terrible congoja le llenó el alma. Desesperada miró la vela que el húmedo viento del Sureste apenas hinchaba. Debían marchar así, remontando la corriente del río a fuerza de remos. Tomó una larga percha que solía servirles en los bañados para impulsar el bote, cuando no podían remar por falta de agua, y trató de ayudar a Jesús, apoyándola en el fondo del río. Pero allí era profundo y el botador se hundió sin resultado. Se sentó de nuevo, resignada a esperar su turno, una vez que Jesús se rindiera de fatiga.
--¿Estás cansado, Jesús?
--¡No, niña!
Las márgenes verdes pasaban lentamente, pero como el agua corría con más fuerza, la ilusión era de que el bote no avanzaba.
--Dame los remos, Jesús.
--No, niña; no estoy cansado. Dentro de un rato.
Debían de ser las doce. Insúa, dormido o aletargado, continuaba inmóvil, envuelto siempre en sus ropas mojadas, y haciendo ver que estaba vivo por el rumor de su respiración. No estaban ni a la tercera parte de la distancia a la Casa de los Cuervos cuando Jesús soltó los remos.