La Casa de los Cuervos

Part 10

Chapter 104,256 wordsPublic domain

--¡No puedo más, niña!--dijo con tristeza. Y Gabriela de nuevo comenzó a remar.--La terrible incertidumbre de lo que en Santa Fe podía haber pasado, aquellos sucesos desconocidos de que aquel hombre desmayado en el fondo de "La Espuma" podía tener la clave, le daban una desesperación que se transmitía a sus remos.

--Se va a cansar--le decía suavemente el muchacho, cuya frente morena brillaba sudorosa.

Y así hicieron toda la jornada.

Había cerrado ya la noche cuando llegaron a la vuelta del río, donde estaba la Casa de los Cuervos. Un farol sobre la barranca les indicó el sitio donde debían atracar. La negrita Encarnación tenía la luz y dijo a Gabriela cuando la proa del bote tocó el fondeadero:

--Don Goyo y los peones salieron a buscarla, niña. La señora está llorando.

Gabriela saltó a tierra.

--¡Qué hay!--preguntó a Floriana, que al rumor de las voces salió de las casas.

--¡Ah, niña Gabriela! ¿No sabe lo que ha sucedido?--y se echó en tierra gimiendo como un perro castigado.

--¡Qué hay, Floriana! ¿qué hay, Dios mío?--y como aquella masa humana, tendida en el suelo no tenía voz, sino llantos y gritos, corrió hacia las casas, sintiendo crecer la angustia que la había atormentado y a la vez sostenido en su ruda jornada.

Y fué su madre a la que halló en el dormitorio, sentada junto a la ventana donde esa noche rezaron por el alma de los muertos, la que le dió la noticia que dos mensajeros del gobernador Bayo acababan de traerle.

Su madre refería aquellas cosas horribles, sin el más leve temblor en la voz. La pieza estaba obscura, pero Gabriela veía lucir sus ojos en la profunda sombra.

Cuando lo supo todo, habló ella entre sollozos, y contó su aventura, y aún tuvo fuerzas para decir que el hombre que había salvado era el jefe de esa revolución que enlutaba la casa.

--¿Y ese hombre?--preguntó lentamente doña Carmen cuando Gabriela terminó su relato--¿está en el bote?

--Sí.

Y se abatió en su silla, con la frente pegada en los vidrios de la ventana que daba al campo, donde la niebla, como un tul, esfumaba los contornos de las cosas.

III

La mano suave

La arboleda tenebrosa que rodeaba la Casa de los Cuervos parecía en la noche un inmenso crespón.

Doña Carmen de Borja llegaba de la ciudad a donde había dado el último adiós a los restos de su hijo, y donde le contaron lo que se sabía de su muerte.

Habían pasado tres días ya, y sus labios permanecían plegados; ni una queja le arrancaba el dolor, ni una imprecación contra los que troncharon aquella vida que era el sol de su vejez.

Al llegar a las casas ladráronla los perros, sin conocerla. Bajóse del caballo que montaba, con gran maestría, y entró al comedor, pieza vasta, desnuda y sonora bajo los pasos. Allí estaba su hija que la esperaba con la ansiedad de conocer detalles de la inmensa desgracia caída sobre ellas. Pero la madre no habló, y la hija se encerró a llorar en la nueva alcoba que ocupaba, por haber cedido al inesperado huésped la mejor de la casa.

En la cena, que fué silenciosa y lúgubre, oyéndose afuera el medroso rumor del monte y del río, y en la cocina el llanto inacabable de Floriana, doña Carmen interrogó a Gabriela por el herido.

--Tuvo mucha fiebre, y pasó sin conocimiento el primer día. Le lavé la herida con agua de cepacaballo, y Jesús lo veló por la noche. Ayer de mañana ya conoció y el día fué bueno. A la tarde le volvió la fiebre que no lo ha abandonado en todo el día de hoy.

--Es un hombre fuerte--murmuró la dama--y es joven. Yo lo conocí niño--y después de una pausa:--hay que seguir lavándolo con lo mismo. ¿Cómo es la herida?

Gabriela describió el balazo de Insúa, a la altura del hombro izquierdo.

--¿Tiene adentro la bala?

--Son cosas que no sé--respondió Gabriela pensativa.

Doña Carmen mandó llamar al capataz y le dijo:

--Mañana de madrugada, irás a llamar al cura de San Pedro; sabe de heridas, y creo que ha sido médico en su tierra.

Había impuesto desde el primer momento la orden más severa de guardar el secreto del herido que ocultaban en la casa, porque sin duda la policía podía enterarse y perseguirlo, y todos desde el capataz a la negrita Encarnación, estaban mudos respecto de aquella aventura.

Don Julián del Monte, el cura de San Pedro, un malagueño alto, fornido, atezado como un visir, de ojos negros y fogosos, que contrastaban con la suavidad de sus palabras y las huellas visibles de una edad que podía estar entre los cincuenta y los sesenta años, llegó a eso de las ocho de la siguiente mañana.

Montaba bien, la sotana arremangada, y se cubría la cabeza, que blanqueaba ya, con un chambergo negro.

Nadie conocía la historia de aquel andaluz, que sin desmentir su raza, era reconcentrado y suave, por temperamento o por voluntad, como si temiera el exceso de las palabras.

Sabían de él que ejercía con celo de apóstol su ministerio de párroco, en una zona extensísima; que amaba los niños, que montaba bien y cazaba mejor, y eso bastaba para que viviera respetado.

A la hora en que él llegó, Insúa estaba despierto, y había saludado con una sonrisa dolorosa a Jesús, que a la cabecera de su cama cuidaba su sueño, mandado por Gabriela.

Dos días antes, un momento vió el enfermo a la joven, y le quedó una dudosa impresión de vergüenza y de dulzura por estar en manos de ella. Después, la fiebre que era altísima le privó del conocimiento, pero esa mañana sintiéndose mejor preguntó por ella a tiempo que ella misma entraba con el cura.

Insúa quiso incorporarse, mas al esforzar el brazo izquierdo lanzó un grito, se recostó de nuevo, cerrando los ojos.

--El dolor es más fuerte que yo--murmuró sonriendo.

El cura se le acercó y le estrechó la mano:

--Yo lo conozco de nombre y de fama, señor capitán, y vengo a ver su arañazo.

Y con mano experta desató las vendas puestas por Gabriela, que observaba silenciosa, desde los pies de la cama.

La herida era grande, a la altura del hombro izquierdo; la bala había roto la primera costilla y perforado el omóplato, pero sin fuerzas para salir, estaba perdida entre la carne y el hueso, a la espalda.

El brazo estaba sano, pero falto de apoyo oscilaba como si hubiera sido lesionado también, y a cada movimiento que se le imprimía, la cara del enfermo se crispaba de dolor, mientras sus ojos imploraban disculpas a Gabriela, que iba alcanzando al cura las cosas que le pedía.

De un tajo rápido con una navaja de barba, abrió la carne y extrajo la bala.

--Ahora se curará, señor capitán--dijo después de lavarle prolijamente con infusiones de hierbas y vendarle bien.

Insúa no respondió; la fiebre volvía a apoderarse de él y lo hacía delirar. Durante varios días la temperatura, indicio de una grave infección, fué muy alta, y lo tuvo amodorrado.

El cura venía de mañana, quitaba las vendas, lavaba la herida, ayudado siempre por Gabriela, y luego se marchaba, a caballo, hasta la orilla del río, buscando el vado, que no era frente a las casas, sino más lejos, en los sauzales. Allí Jesús lo esperaba con la canoa, porque el río estaba crecido y no daba paso a pie; desensillaban el caballo, que cruzaba a nado, llevado de la rienda, por don Julián desde la embarcación, hasta la orilla opuesta donde él mismo ensillaba, y tomaba al galope el camino de San Pedro.

Doña Carmen nunca entraba al cuarto del enfermo.

Enlutada como antes, pero con un pliegue más hondo de dolor, en la comisura de los labios, atendía prolijamente todas las cosas que con él se relacionaban, y sin nombrarlo jamás, parecía tenerle a toda hora presente.

Al caer la tarde reuníanse en el oratorio y rezaban el rosario.

La dama hacía coro, y aplicaba siempre las preces por el alma de los muertos en la revolución. No nombraba a su hijo, como si hubiera temido que le faltara la voz.

Floriana rezaba plañendo, hasta que una noche doña Carmen le dijo:

--Yo soy su madre, y no me lamento así.

La mujer guardó silencio desde entonces, pero rezaba arrebozada en su manto, y su cabeza temblaba con los sollozos incontenibles.

Un día Gabriela dijo en la mesa:

--Hoy ha amanecido sin fiebre.

La madre la miró; pareció que iba a hablar, pero no dijo nada.

--Sin fiebre y con hambre--agregó sonriendo un poco Gabriela, íntimamente halagada de aquella curación que en parte se debía a sus cuidados.

Y esa tarde, Insúa que dormía tranquilamente por primera vez, quizás, desde que estaba enfermo, abrió los ojos sin sueño ya, y vió a corta distancia de su cama, sentada en una mecedora, a Gabriela que leía, velándole.

No hizo ningún movimiento para que ella no alzara los ojos del libro, y se puso a examinarla despacio, saboreando su hermosura, más conmovedora en su luto y en la tristeza que envolvía la casa. Entregado a esa contemplación lo sorprendió la mirada de ella, que al volver una página, quiso espiar a su enfermo. Se puso encendida viendo que él la observaba, quizás hacía un largo rato.

--Hoy no ha venido don Julián;--le dijo, cerrando el libro--ayer lo encontró ya bastante bien...

--¿Don Julián? ¿Quién es don Julián, señorita?--dijo él avergonzado de que siempre se le hablara de sus dolencias; y luego recordando:--¡ah, el cura! lo he visto en medio de la fiebre, y no me acordaba.

--Ha sido médico en su tierra y por eso lo llamamos.

--Tiene buena mano, pero no es a él, sin duda, al que más debo...

--¿A quién entonces?--interrogó ella involuntariamente.

--A usted, señorita...

--Señora,--corrigió ella suavemente.

--¡Ah!--dijo él recordando lo que el primer día que se vió en la Casa de los Cuervos, le refirió el capataz.

Y se quedó callado, evocando los recuerdos de la noche de la revolución, que no había tenido tiempo de ordenar en su cerebro fatigado, y que ya le parecían lejanos como un sueño.

Un pesado silencio se hizo entre los dos. Afuera balaban los terneros, porque era la hora en que Floriana ordeñaba las lecheras.

Gabriela para escapar de aquella situación, que sin saber por qué recónditos motivos la hacía callar a ella al mismo tiempo que a él, se acercó a la ventana, y luego dijo:

--No sé si un vaso de leche al pie de la vaca, le sentaría bien. Voy a preguntarle a mama--y salió.

El rumor de sus faldas se había apagado, y él, no obstante lo sentía aún, como un apacible zumbido de dulces abejas.

Tenía vergüenza, una profunda vergüenza de que una mujer tan hermosa hubiera sido su enfermera en los largos días de fiebre, en que no era dueño de sí mismo.

¿Se habría quejado? A cada gesto que hacía para cambiar de posición un dolor intenso en el hombro le obligaba a apretar los labios para no gritar, y de todas sus miserias, aquella le parecía la más vergonzosa.

¿Qué idea habían de formarse de él, los que le oyeran quejarse como una mujer o un niño?

Un rato después vino Jesús, con un tibio y espumoso vaso de leche, que el enfermo bebió con desgano, y sólo porque el muchacho le dijo:

--Que lo tome todo, me encargó la niña Gabriela.

Insúa se quedó solo, mirando declinar el día, y con el oído atento a los rumores de afuera, en que a veces venía mezclada la voz de ella. Cuando la sombra invadió la arboleda, y en la estancia del enfermo se hizo la noche, vino Gabriela con una lámpara, que le hacía resplandecer el rostro y lucir los ojos garzos.

--Usted me mima--le dijo él, y ella contestó cualquier cosa y se fué dejándolo con la esperanza de que volvería a sentarse a su lado.

Mas no volvió: dos o tres veces la sintió hablar en la galería contigua, o en la pieza de al lado, y fué todo.

Jesús le trajo una taza de caldo que bebió a disgusto por complacerla secretamente. Volvióle la fiebre y pensaba que en aquella casa era un estorbo su presencia, por lo cual debía partir al alba. Se lo dijo así al muchacho, que lo miró extrañado y llevó la nueva a su ama.

Cuando ésta vino, después de cenar, Insúa tenía la mirada febriciente y estaba intranquilo, deseoso de quejarse no de dolor, sino de su mala suerte, que lo tenía allí, clavado en el lecho, molestando a personas a quien no conocía. Algo dijo al ver a Gabriela y ella dulcemente le replicó:

--No se preocupe de ello, lo cuidamos con gusto y no es molestia.

Y con su mano pequeña y suave le tomó el pulso, y le palpó la frente, con lo que él se aquietó.

--Tiene fiebre; le voy a lavar la herida; como me ha enseñado don Julián.

Aquietado súbitamente por el halago de aquella mano, Insúa se resignó a que ella misma hiciese de enfermera, tratándolo como a un niño que no puede valerse, y conociendo de cerca su miseria.

Y mientras ella le aseaba la herida, que iba cerrando aunque lentamente, él que apelaba a todo su vigor para no exhalar un quejido, volvió a sentir la vergüenza de que delante de la joven en las otras curaciones que no recordaba, pudiera haberse mostrado flojo.

Pareció comprenderlo Gabriela, sin que él hablara, y al terminar le dijo:

--Es usted un hombre fuerte, señor capitán. Dice don Julián que su herida es terriblemente dolorosa, y usted no se queja.

Insúa saboreó sin contestar la dulzura de aquella palabra, y esa noche se durmió tranquilo, como si ella velara a su lado, olvidado de todas las cosas que hacían singularmente penosa su presencia en la Casa de los Cuervos.

IV

La yerra

¿Era eso el amor?

Su corazón había dormido tantos años, que ella pudo creer que el letargo sería eterno, y he aquí, que en las más inverosímiles circunstancias, como en un cuento de niños se prendaba de un hombre.

Había mandado ensillar temprano su caballo, para salir al campo a vigilar ella misma el trabajo de la peonada que recogía la majada, porque se iba a parar rodeo. Su madre, amaneció con una fuerte jaqueca, y ella debía sustituirla.

Sobre el caballo era ágil y su talle fino adquiría una suprema elegancia, hija de una larga costumbre.

Había tomado la rienda y estaba a punto de saltar, ayudada por Jesús, cuando Insúa apareció en la galería. Se levantaba hacía una semana y aunque conservaba el brazo encabestrillado, no parecía un convaleciente.

Se le acercó y le dijo:

--¿Por qué quiere seguir tratándome como enfermo? Si manda que me ensillen un caballo, puedo serle útil en el campo. ¿No sabe que es mi oficio?

Gabriela, sin pensar más, deseosa de complacerle, mandó ensillarle un caballo, y algunos minutos después, partían los dos, al galope, hacia el campo.

No vió la joven aparecer en el cuadro de la puerta que daba al camino, la sombría figura de doña Carmen de Borja, que al verlos salir juntos, sintió una llamarada de indignación subirle al rostro.

--¡Oh, Dios mío!--clamó llevándose las manos a la cabeza. Reprimió, sin embargo, su disgusto, y volvió a sus quehaceres, como si para ella fuera Insúa el mismo hombre que era para todos, en la Casa de los Cuervos, donde se había ganado las voluntades.

El galope de los caballos sonaba acompasado. Gabriela cerraba los ojos, dejándose llevar, y sentía llenársele el corazón de una gran dulzura.

¿Era eso el amor? Insúa le había dicho al salir:

--Ya no es prudente que siga en su casa. Hace tres semanas que soy su huésped, y por mucho misterio que se quiera guardar, no tardará el gobierno en saber dónde estoy. Dicen que me hace buscar.

--En nuestra casa, señor capitán, no pensará nunca.

--Pero lo harán pensar. Yo debo irme ya. He mandado un chasque a Alarcón. No crea, Gabriela, que es mi gusto... ¿sabe? siento alejarme de esta casa, que ha sido un puerto para mí.

--Habíamos quedado--murmuró Gabriela--en que no se acordaría más de eso.

--No lo digo porque a usted le deba la vida. No le gusta que lo recuerde, y cumplo mi palabra. Pero es que le debo más que la vida...

--¿Qué es?--preguntó involuntariamente la joven, notando que él se había callado.

--Le debo la primera ilusión, que me ha hecho comprender realmente el valor de la vida, que también le debo...

El corazón de ella latió con fuerza, agitado sin duda por la carrera desenfrenada de los dos caballos, que sintiendo suave la brida, volaban sobre el campo verde.

Se quedaron en silencio. Cruzaban el monte, chafando la hierba quebradiza por la helada de esa noche, que había quemado la punta de los pastos y llenado de escarcha como azúcar en polvo, las ramas escuetas de los algarrobos y ñandubays, que despertaban al sol de la hermosa mañana.

De la última lluvia, había aún charcos en las hondonadas del terreno, y estaban cubiertos de un frágil cristal de hielo, que saltaba en agujas lucientes, bajo el casco de los corceles. Insúa contuvo al suyo.

--¿Le hace mal galopar?--preguntó Gabriela, siendo esa su primera palabra, después de lo que él le dijera.

--No, Gabriela; pero quisiera alargar estos minutos que estoy con usted; y me parece que el galope los acorta.

Hablaba lentamente, repitiendo las palabras cuando no se oían bien, y había una vaga tristeza en el timbre de su voz.

Por primera vez en su vida apasionada, sentía la nostalgia de la paz. Era una sensación penetrante y desconocida para él, que le hacía desear que el tiempo no corriera, como si las cosas que habían de venir hubieran de ser fatalmente tristes.

Su espíritu positivo se había dejado envolver en la niebla de misterio que flotaba sobre la Casa de los Cuervos, y su voluntad parecía enervada. A media noche solía despertarse, y por la ventana, veía en la misma rama seca a los dos cuervos dormidos, y sentía el rumor inacabable de los eucaliptus, desvelados con el viento de la noche.

Y pensaba en Gabriela, cuya hermosura era la única nota luminosa del cuadro. ¿Pero cómo podía amarla él, que tenía sus manos bañadas en la sangre de aquellos dos hombres que cayeron los primeros en la noche de la revolución?

Cuando le asaltaba el horroroso recuerdo, quería huir de la casa, y siempre era ella en una forma o en otra, con su halago o con sus razones, la que lo disuadía de un propósito que, en verdad, debía rechazar.

El gobierno le perseguía. Al principio se le dió por muerto, y días enteros recorrieron la laguna y el puerto algunas lanchas, buscando su cadáver. Después nació la sospecha de que vivía, oculto en los sauzales con los paisanos matreros. Algunas patrullas merodeaban por las islas, y aun llegaron a la Casa de los Cuervos. Insúa oyó una tarde el ruido de los sables en la galería, y la voz tranquila de doña Carmen de Borja que respondía a los hombres, quitándoles toda sospecha de que allí pudiera estar el que buscaban.

Desde ese día llamóle más la atención la actitud de la dama para con él. Ni una sola vez había entrado en su cuarto durante la gravedad.

Y después, cuando él se levantó, y salió afuera y pudo asistir a la mesa y a la oración, y se multiplicaron las ocasiones de encontrarse, parecióle observar en ella un especial empeño en esquivarle.

Insúa se estremecía pensando que pudiera haber penetrado el horrible secreto que de noche le desvelaba y le sugería la fuga. Pero si la madre sabía, ¿por qué ignoraba la hija?

--He mandado un chasque a Alarcón--volvió a decirle Insúa, mientras cruzaban al tranco un alto pajal, que escondía el cuerpo entero de sus caballos;--es necesario que me vaya, para no comprometerles. Mi gente, además...

Gabriela lo miró; a su corazón que bebía la dulzura de aquellas palabras, en que a través de las ideas indiferentes se traslucía el amor, llegó la onda amarga de una sospecha que a menudo le asaltaba: Insúa preparaba una nueva revolución.

Las miradas de ambos se encontraron: él vió en sus ojos una llama leal como un rayo de sol, y se dejó vencer por la confianza.

--Mi gente me espera, porque quiere vengar la derrota. ¿Será discreta? Me dicen que en Santa Fe nuestros amigos están libres, porque no ha habido pruebas contra ellos, y aunque se les vigila no tardarán en alzarse de nuevo contra el gobierno. Y yo, usted lo comprende, tengo que acompañarles...

Dejó de hablar porque en el rostro de ella, animado un momento por aquella confidencia, que era una prueba de amor, se pintó una gran tristeza.

--¿Qué le pasa, Gabriela?

Habían llegado a la orilla del pajonal, y ella castigó su caballo que partió al galope, seguido por el de Insúa.

--¡Nada! no me pasa nada--respondió sin mirarlo.--Usted no tiene otro pensamiento que la revolución. ¿No sabe el daño que me hace? ¿Piensa alguna vez en los muertos?

Como una puñalada sintió Insúa aquella respuesta.

¿Así, pues, ella sabía lo que sabría la madre? Y aquel secreto que le roía el alma, prohibiéndole dejarse mecer por las ilusiones que nacían, ¿no era ya un secreto?

¿Qué iba a hacer? ¿Por qué ella lo había dejado acercarse, envolviéndole en su gracia que lo embriagó como un vino jamás gustado?

Galopaban los dos por la orilla del monte. De cada uno de los charcos en que se deshacía la escarcha, irradiaba el deslumbrante reflejo del sol, que se quebraba en los cristales de hielo. El cielo, puro y desteñido, sólo hacia el horizonte mostraba un grupo de nubecillas apelotonadas como un montón de caracoles rosados.

Gabriela, impresionada por la hermosura de la mañana, sentía su corazón pronto a fundirse como aquellas agujas de escarcha.

Insúa marchaba detrás de ella, y como los pájaros enmudecidos por el frío, callaban ocultos en las isletas abrigadas del monte, cuando se apagaba el ruido de los cascos de los caballos, por cruzar algún terreno arenoso, se oía el apacible gemido de la brisa que oreaba las pajas brillantes de rocío.

Gabriela refrenó un tanto su aparente fuga, y se dejó alcanzar por Insúa, que galopó un largo rato a su lado sin decirle palabra. Ella temblaba porque parecía pesarle ahora lo que había dicho.

Intrigada por el silencio de él, volvió la cara y lo miró, y casi dió un grito, porque fué un rayo de luz, y ante sus facciones descompuestas, tuvo la evidencia de lo que hacía tiempo flotaba en su alma como una sospecha.

No necesitó que él le dijera nada para comprenderlo todo. Lo hubiera leído en un libro, y no lo habría visto tan claro como en cada uno de los gestos que recordaba de él, y que ahora se aclaraban para ella, su reserva, su miedo al delirio de la fiebre, que podía comprometerle, su disgusto cada vez que se aludía a la noche de la revolución en que murieron su marido y su hermano, a quienes él nunca nombraba, como si tuviera horror a su memoria.

Tenía la clave de todo, y quizá también de aquella inexplicable esquivez de su madre, que huía de encontrarse con él.

¡Ay, Dios! y ella lo había dejado entrar en su alma.

Todos los cuadros del campo, los rincones del monte, donde la arboleda era más tupida, las cañadas llenas de varillas, las azules lagunas en que bebía la hacienda, las barrancas del río, vestidas de carrizas, los sauzales de la margen, todo tenía para ella una sugestión poderosa, porque durante años había vivido en su amistad sembrando en cada uno de los pliegues de la naturaleza, un poco de sus sueños de niña.

Había pasado aquella época, y la cruda realidad de su matrimonio sin poesía y sin amor, había ajado aquellas impalpables ilusiones que la envolvieran como un velo de luz. Sin saber cómo, de pronto, por un golpe teatral, su destino cambiaba, y volvía a agitarse en ella la misma esperanza, a cuyo calor nacieran las ilusiones de antaño. Y su sueño se rompía cruelmente. ¿Cómo podía amar ella a aquel hombre que tenía sus manos teñidas en una sangre que le pedía venganza?...

Al volver una isleta del bosque, donde el camino doblaba bruscamente, los dos, que seguían marchando juntos, sin cambiar una palabra, entregados a sus pensamientos, halláronse con la punta de la hacienda que venían arreando los peones.

Ese día estaba señalado para la yerra. Doña Carmen de Borja marcaba todas las crías del año, para que no se confundieran con las de las estancias vecinas, en muchas de las cuales no se usaba marca ninguna.

La hacienda de doña Carmen no era muy numerosa. No obstante, un año con otro pasaban bajo el hierro enrojecido al fuego, cuatrocientos o quinientos terneros, que servían para reponer los animales vendidos o carneados en el año y para aumentar el capital primitivo. La operación era una fiesta, en la que se daban cita desde meses atrás, los peones del contorno para prestar su ayuda y comer y beber con la abundancia que caracterizaba esas ruidosas jornadas.