Part 2
La niña creció sola en el antiguo caserón de la escuela. Una mulata fiel, hija de una esclava de los Insúa, sirvióles allí hasta que murió, y enseñó a Rosarito a rezar y a ser dueña de casa, mientras su padre la atiborraba con su ciencia, y después de las lecciones, le llenaba la cabeza con los mismos cuentos de reyes y de sultanes y de pescadores, que le conquistaron el amor de la madre.
Cuando murió la criada, se resignaron a vivir solos, cargando Rosarito, que tenía quince años, con todo el quehacer de la casa.
El maestro daba sus clases en un largo salón, enladrillado, que tenía una puerta a la calle, y un techo de madera labrada, como si toda la riqueza de sus dueños, en los tiempos en que se construyó, hubiera querido hacerse ver en las gruesas y profusas vigas de cedro, con prodigiosos adornos a escoplo.
Ya en los años de don Serafín, aquella casa más que secular, se apreciaba como un tesoro, por los que a ojo calculaban el valor del cedro empleado en sus techos.
Y don Serafín en los días de hambre, llamaba a su hija y le mostraba aquello:
--¿Sabes? ¡si nosotros quisiéramos!
Cuando la niña era pequeña, asistía a las clases y aprendía a la par de los otros alumnos: cuando fué mayor, y quedaron solos, mientras su padre repetía las lecciones, ella adentro trabajaba como un ama y como una criada, en la cocina, en el lavadero, en el jardín.
El patio era grande y cuadrado. En dos de sus lados había corredores de teja, con pilares de algarrobo. En los otros dos, que daban al Sur y al Oeste, solamente la tapia cubierta de plantas de diamela, que se encaramaban hasta el borde, y en primavera se nevaban de flores capitosas.
En el centro del patio, crecían profusamente las plantas que entonces se estilaban, cuidadas todas por la mano experta de la niña.
Por una puertita falsa abierta en la tapia del Sur, pasábase a una huerta contigua, llena de naranjos, en la que había además una antiquísima higuera, maravillosa por su frondosidad, que había hecho alrededor de su tronco, a causa de sus ramas perezosas, caídas hasta el suelo y sostenidas por puntales, una enorme estancia, a donde sólo se podía entrar por algunos boquetes, abiertos disimuladamente en el ramaje.
En la huerta se criaban las gallinas, que completaban la fortuna del maestro.
Rosarito amaba su jardín y su huerta, donde estaban todas sus amistades. Las gentes parecían olvidadas de la novela del maestro, pero continuaba pesando sobre ellos un inexplicable ostracismo, del que por su parte no trató nunca de salir.
Orgullosa por instinto de raza, lastimábala el poco aprecio que hacían de su padre, cuyo apellido Aldabas, no tenía realmente la sonoridad aristocrática del de su madre.
Rara vez salía, como no fuera a la misa del alba, los domingos, y algunos días en que estaba triste, y anhelaba un consuelo más alto que el que podían darle las gentes, que apenas la conocían. Pasaba por la plaza, para llegar al colegio de los Jesuítas, y en su ignorancia de las modas, se vestía siempre como le enseñó la mulata que la criara, de blanco y con un manto celeste.
Algunas veces llevaba a la Virgen de los Milagros un ramo de flores de su jardín, y cuando cruzaba por la calle, las gentes se volvían a mirarla, porque era su figura como un sueño que pasa.
Por eso prefería las horas en que las calles estaban solitarias y cerradas las puertas.
En la humildad de su vida también ella, que había heredado la ternura de su madre, iba siguiendo la trama de un romance, desconocido de todos, y cuya intriga le ponía en los ojos azules una pincelada de ensueño, y en la frente pura una arruga leve, en que se adivinaba su voluntad, templada para todas las batallas que podía reservarle el destino.
La tía lejana, en cuya casa halló refugio su madre, muerta hacía tiempo, dejó un niño al cuidado del maestro.
Francisco Insúa entró así en la casa de Rosarito, mayor que ella bastantes años, de tal modo que cuando ella no era más que una chicuela, él era ya un precoz hombrecito que jugaba a las revoluciones.
Se criaron juntos en la escuela. Él la protegía como a una hermanita, y los otros alumnos, que alguna vez se hubieran vengado en ella de las penitencias del maestro, debieron respetarla porque Francisco Insúa estaba siempre pronto a repartir puñetazos entre los que hubieran osado tocar uno solo de los rebeldes cabellos castaños que llenaban de sombra sus ojos inocentes.
Pero Francisco debió abandonar la escuela de don Serafín, porque ni la estéril gramática ni la complicada aritmética, las dos materias fuertes de la institución, llegaron a interesarle nunca, y de la Historia Sagrada, que se les hacía leer en la obra de Mazo, no sacó en limpio más que una profunda admiración por los filisteos gigantes y por el incontrastable Sansón.
Lo hicieron ingresar entonces en el colegio de los Jesuítas, donde no pudo estar tres años; disgustóle la férrea disciplina y se hizo expulsar.
Turbulento y fuerte, acaudillaba a todos los muchachos de su edad, sometidos a él por la destreza insuperable con que boleaba patos y chorlitos en las orillas del Salado, y por su bravura en las peleas y aun por su descreimiento en las cosas que no se veían.
Una noche hizo una apuesta, saltó las tapias del cementerio de San Antonio y se fué a apedrear las lechuzas entre las cruces de los sepulcros; y para más estupor de sus camaradas, se quedó a dormir en la capilla, que habían dejado abierta.
A la mañana siguiente llegó a casa del maestro, pálido pero sonriendo, para disipar la angustia de Rosarito que había pasado la noche llorando por él.
Sólo a ella le confió la verdadera historia de aquella aventura, que le había ganado para siempre la admiración de cuantos llegaron a saberla, pero que dejó en su alma un germen de terror supersticioso.
--"Ya ves--le dijo--yo no creo en las ánimas, pero anoche tuve miedo, miedo de veras. La capilla estaba obscura, y para que entrara un poco de luz cuando saliera la luna, dejé entornada la puerta y me eché a dormir sobre la tarima del altar. Me despertó el ruido de la puerta que se cerró de golpe, como si alguien la hubiera atropellado; pensé que era el viento, pero cerca del techo había una claraboya y a la luz de la luna, alta ya, se veían las ramas de un ciprés inmóvil. No era el viento. Quise saber quién había entrado, pero no me animé; tuve miedo de moverme, sin saber por qué. Me quedé quieto, sin respirar, pareciéndome que algo andaba cerca de mí, no por el suelo como un hombre, sino por el aire como un ave, o como un alma en pena, y que era algo tan grande que llenaba la iglesia. Sentí un aletazo en la cara y me quedé helado, la cabeza pegada en la tarima, cerrando los ojos para no ver, pero conteniendo la respiración para oír mejor. Me pareció entonces que "aquello" estaba allí, a mi cabecera y que respiraba como un niño. No sé cuánto tiempo pasé de ese modo; oí las campanas de Santo Domingo que tocaban antes del alba y abrí los ojos. La iglesia negra y silenciosa, parecía atravesada por una espada de oro, y era un rayo de luna.
"Por la claraboya veíanse las ramas del ciprés, que empezaban a temblar al viento de la mañana. Sintiendo siempre cerca de mí aquello que había entrado a pasar la noche conmigo, me atreví a mirar y ví un cuervo inmóvil como un adorno del altar, posado en una esquina, negro, de cabeza pelada y de ojos brillantes que me miraban fijamente. Me paré de un salto, pero él no se movió, y entonces ví una mano blanca, larga como de una mujer, con un anillo en el dedo, que el cuervo tenía entre las garras. Tuve miedo, porque no miraba su comida, me miraba a mí, como si me hubiera penetrado el olor de cadáver que despedía la mano, y el cuervo creyera que yo era el muerto."
A los años, aquella aventura que él le confió, permanecía viva como un relato reciente, en la memoria de Rosarito.
Él le había dicho: ¿No contarás a nadie que tuve miedo? Y ella se lo prometió y había cumplido.
Francisco Insúa, heredero de una gran fortuna en campos y haciendas, desde que fué hombre pasaba lo más del tiempo en sus estancias, bajando rara vez a la ciudad, casi siempre con propósitos revolucionarios.
Un gobernador amigo, caso extraordinario, pues era enemigo por sistema de todos los gobiernos, agracióle con el cargo honorífico de capitán de guardias nacionales, y con esa designación llegó a los tiempos de Iriondo y de Bayo, que no conocieron adversario más perseverante y activo, por lo cual, cada vez que llegaba a la ciudad, la policía echaba detrás de él sus mejores pesquisantes, para seguirle los pasos.
Una tarde--aquella tarde en que don Serafín tuvo la buena fortuna de hallarse con el Gobernador y con Iriondo,--Rosarito, sola, en la gran casa que empezaba a anegarse dulcemente en la sombra de la noche, sentada sobre un poyo del jardín, en el centro del patio cuadrado, escuchaba la música de la retreta, que llegaba a oleadas, mezclada con el perfume otoñal de las magnolias, que se deshojaban a su vera.
Sentía el alma entristecida por la soledad en que les dejara el hombre que la quería como a una hermana y a quien ella amaba como a un novio.
El día anterior estuvo don Pedro Montarón a pedir noticias de él, y eso era señal para ella de que algo se tramaba. Llenábasele de angustia el corazón, adivinando los riesgos de aquellas aventuras, pero alegrábala el presentimiento de que él vendría.
"Una voce poco fa", tocaba en la plaza la banda de policía, y las frases vehementes de esa música, le daban la impresión de que si ella, alguna vez no se decidía a confesarle su amor, él pasaría a su lado sin sospecharlo.
Sintió que la puerta de calle se abría, arrastrando la piedra que la calzaba, y creyendo que fuera su padre, se quedó allí, persiguiendo su ensueño, entre las sombras de la noche que habían ganado el jardín.
Sólo vió que era Francisco Insúa, cuando él la apretó en sus brazos y la besó en la frente.
--¡Francisco!
Él la hizo callar.
--Que nadie sepa mi llegada. ¿Tu padre? ¿Está en la plaza? ¿Mi cuarto?
En el caserón de la escuela había siempre lista para él una pieza, que Rosarito cuidaba con incansable esperanza.
Pero esa vez tenía otros designios.
--Ahora no quiero dormir allí. Es necesario que si alguien viene y entra de improviso, no sospeche mi presencia. Debo esconderme; dos o tres días, nada más. Arriba, en la guardilla del techo, sobre las vigas del cielorraso, estaré seguro y cómodo.
Ella lo miraba hablar, penetrada de admiración y de ternura, y llena de recelos.
Cuando llegó don Serafín, ya el capitán Insúa tenía su escondrijo, difícil de encontrar, y podía aguardar, sin peligro, la visita de los que con él tramaban la revolución.
III
La conspiración
Al toque de ánimas esa noche, la ciudad parecía desierta.
En la calle de Comercio, que cruzaba los barrios más poblados, no se veía un solo farol encendido. Durante el día se había estado anunciando la tormenta, que a esa hora barría con impetuosas rachas de viento y de lluvia el polvo del arroyo, que pronto fué un lodazal.
Cuando el trueno callaba sentíase la voz lamentable de la campana de San Francisco, obstinada en anunciar a las gentes que habían dado las ocho y debían rezar por las almas de los muertos.
Don Patricio Cullen, el jefe de los adversarios del gobierno, tenía su casa en la calle principal, a poco más de dos cuadras de la plaza, y no lejos de una esquina, donde esa noche, a la luz de los relámpagos, podía advertirse la presencia de dos hombres, embozados en capas obscuras, que desde hacía más de una hora desafiaban allí el vendaval y la lluvia.
Uno de ellos era don Braulio Jarque, jefe de policía, a quien el gobernador Bayo encomendaba la seguridad de su gobierno; y el otro era su secretario y cuñado, el joven teniente de milicias nacionales Carmelo Borja.
Jarque era español, amigo, casi camarada de don Serafín Aldabas, aunque más joven y llegado al país muchos años después que él.
Ocupado en la policía como escribiente en los tiempos de Iriondo, eleváronle al rango de comisario, y de tal manera acreditó su sagacidad en descubrir los planes revolucionarios y hacerlos abortar, la más grave misión de la policía de aquel tiempo, que Bayo, en su gobierno, lo hizo jefe, y los revolucionarios tuvieron que reconocer en él un enemigo terrible, que por vías misteriosas se apoderaba de todos sus secretos.
Y así las revoluciones dejaron de ser calaveradas repentinas e improvisadas, hechas sin plan y sin más propósito que mantener la alarma entre los hombres de gobierno, y debieron transformarse, a lo menos mientras Jarque estuviera en la policía, en un arte de conspiración prolijo y difícil.
Era el jefe un hombre frío y perseverante, de físico mezquino, calvo a los cuarenta años, con una pierna más corta que le hacía rengar, defecto que él procuraba disimular, porque era vanidoso, y comprendía lo mal que sentaba a la majestad de su cargo.
Hacía dos años que se había casado con Gabriela Borja, casamiento inesperado, que no debía ser feliz, por cuanto él vivía en la ciudad, mientras ella se quedaba al lado de su madre, viuda, en la antigua estancia de los Borja, que llamaban "la casa de los cuervos", como a ocho leguas al Nordeste de Santa Fe, sobre el arroyo de Leyes.
Desde algunos meses atrás, Jarque, gracias a los espías que tenía diseminados en las estancias de los opositores mismos, Cullen, Montarón e Insúa, comprendía que se estaba urdiendo una revolución, cuyo desenlace no parecía lejano, a juzgar por lo frecuente de ciertas visitas sospechosas, y de algún movimiento de peonadas en las colonias del Norte, Helvecia y California, donde los revolucionarios tenían una gran popularidad entre los colonos extranjeros.
Lo que desorientaba todos los cálculos era la inacción, aparente a lo menos, del capitán Insúa, quien no se movía de su estancia, ni demostraba preocuparse por la "yerra" de su hacienda, que se anunciaba para dos o tres meses más tarde.
Cuando Insúa marcaba los terneros de sus vacadas, cosa que hacía en el otoño, era una fiesta de dos semanas para todos los criollos de aquellos lugares, que acudían a prestar su ayuda, con el propósito de participar en el interminable jolgorio de la faena; y había años que los "tarjadores", que llevaban la cuenta de los animales marcados, haciendo tarjas con el cuchillo en ramitas peladas, contaban al final de la "yerra", diez mil rayas, que significaban diez mil terneros puestos bajo la célebre marca de Insúa, un corazón partido por una flecha.
Aquellas fiestas en que llegaban a reunirse hasta doscientos peones, solían servir de preludio a la revolución. Las conversaciones, el relato de aventuras políticas, el licor repartido sin tasa, caña del Paraguay, apenas rebajada con agua, encendían el entusiasmo opositor, y sin más preparativos, se ponían en marcha a caballo, hacia la capital, a la que entraban de noche, rumbo a la policía, mal armados, disparando trabucazos al azar, siendo rechazados fácilmente y con escasas pérdidas.
Cuando Jarque se hizo cargo de la policía, hiciéronse más raras tales asonadas. Sabíase que el jefe no deseaba que se concluyeran los movimientos revolucionarios, sin que él tuviera ocasión de hacer un escarmiento. Creíasele capaz de fusilar sin proceso alguno a los cabecillas que cayeran en sus manos, aunque eso hubiera de costarle el cargo a él y el gobierno a los suyos; pero todos, hartos de la intranquilidad en que vivían, cerraban los ojos y le dejaban hacer.
Las revoluciones entraron así en un período de laboriosa preparación, pues los opositores habían comprendido el riesgo de toda aventura mientras aquel hombre estuviera contra ellos, y era preciso no jugar ningún lance, sino con las mayores probabilidades de éxito.
Hacían la revolución, como una función normal en su vida política, sin grandes odios personales, por el sólo deseo de tumbar un gobierno, que los mantenía a raya; y se resignaron a esperar hasta que se ofrecieran las circunstancias propicias, que un día Jarque tuvo la sospecha de que habían llegado.
Don Pedro Montarón iba a dar un gran baile, celebrando el compromiso de su hija Syra con el teniente Carmelo Borja, secretario de Jarque.
Montarón era el Creso de los opositores, la bolsa abierta siempre para costear las revoluciones.
El jefe de policía sospechó que aquel baile podía ser un pretexto para atraer a los hombres del gobierno, relacionados con él, y que no obstante la diversidad de opiniones políticas, no se negarían a asistir. Retenidos en la fiesta, podía el capitán Insúa con su gente caer sobre la ciudad desprevenida, y aun hacer prisioneros a los asistentes a ella.
Sus sospechas se confirmaron cuando le hicieron saber que Montarón había visitado al inofensivo don Serafín, y por el Gobernador supo el objeto de aquella visita, indicadora de que en la ciudad se esperaba la llegada de Insúa.
Pero el joven revolucionario astuto y acostumbrado a aquellos lances, logró entrar en Santa Fe, sin que lo advirtiera la policía de Jarque, de modo que esa noche, mientras el jefe con su secretario, se guarecían de la tormenta bajo el alero de aquella esquina que les permitía observar la casa de don Patricio Cullen, estaban lejos de sospechar que él ya estuviera en sitio seguro, aguardando precisamente a Cullen y a Montarón con quienes debía planear los detalles de la revolución para la noche del baile.
Hacia el extremo de la galería del naciente, había en la escuela una extensa pieza, cuyas puertas y ventanas daban al patio. Era el comedor, el punto de cita, por estar lejos de la calle y próximo a la huerta, para el caso de una sorpresa de la policía.
Al toque de ánimas, esa noche, había concluído la cena frugal, y don Serafín buscó su silla hamaca, en que solía dormitar después de comer, la acercó a la puerta entornada, para mirar el patio, inundado de lluvia, que chispeaba a la luz de los relámpagos, y se quedó allí distraído mientras llegaba el sueño, persiguiendo las siluetas esfumadas de sus antiguos recuerdos.
Junto a la mesa--una mesa de algarrobo lustrado, con aletas que se plegaban o se abrían para agrandarla--sentáronse Rosarito e Insúa, a relatar la historia de los días pasados sin verse.
Una lámpara con pantalla de cartón, fabricada por la niña, diseñaba un disco luminoso en el centro de la mesa, acusando con fuertes contrastes las facciones del joven, sus ojos grandes y obscuros, su tez pálida tostada por el sol, su barba negra recortada al uso de entonces, su pecho fuerte, sus manos poderosas, que de cuando en cuando se posaban sobre la tabla, donde ella, que lo miraba con los ojos iluminados por los pensamientos cariñosos, tenía puesta una de las suyas, que se abandonaba confiada en la de él.
Los ángulos de la pieza quedaban en la sombra. Dos escaños, arrimados a la pared, a uno y otro lado, recordaban el tiempo en que don Serafín tenía pupilos en su escuela, y mayor concurrencia a su mesa. Una alhacena, en el fondo, cubierta con una cortinilla rosada, y una rinconera con un vaso de flores, completaban el mueblaje de la pieza enorme y fría, con sus paredes pintadas a la cal, y su cielorraso de lienzo, que a cada racha de viento se alzaba como un pecho fatigado y crujía como si fuera a rasgarse.
A cada ruido Insúa intranquilo miraba a su alrededor, y Rosarito sonreía.
--Siempre es así--le decía.
Y él continuaba el relato de su vida, que ella atendía con ansiedad, buscando en los innumerables cuadros de aquel tiempo en que tanto pensara en él, la huella de algún pensamiento que él le hubiera dedicado enteramente.
Montarón fué el primero en llegar a la cita. Entró al lóbrego caserón de la escuela, no por la puerta de calle, sino por la huerta, cuyas tapias escaló, porque daban a los fondos de su casa.
Era un hombre de cincuenta años, bajito, regordete, pero ágil y movedizo. Todo rasurado y muy pulcro, con los tupidos cabellos grises cortados al rape, su fisonomía rubicunda, animada por una constante sonrisa, tenía algo de eclesiástico.
Era muy rico, y al revés de Insúa, no tenía una sola vaca, pero sí mucho dinero contante, ganado en empresas bancarias.
Uruguayo, radicado en Santa Fe desde largo tiempo atrás, se hallaba tan vinculado a su suelo por sus negocios y sus amistades, que allí pensaba morir.
Al ruido que hizo sacudiéndose las botas y la capa embarrada, despertó don Serafín, que se alzó de la silla alarmado, sacando su reloj.
--¡Señor don Pedro!--dijo con profunda reverencia.
--¡Señor don Serafín!--respondió estrechándole la mano, y entró al comedor, desvaneciendo con su llegada la tela de ensueño que envolvía, a los ojos cándidos de Rosarito, aquel cuadro familiar.
Abrazó fuertemente a Insúa, arrastró uno de los escaños hasta la mesa, negándose a aceptar ninguna de las sillas que le ofrecieron, y se sentó buscando la sombra de la pantalla, para observar mejor.
Su sonrisa maliciosa hizo ruborizar a Rosarito.
Antes de que hablara ninguno de ellos, cohibidos como estaban por diferentes sentimientos, un empujón dado a la puerta de la calle, cuya piedra se arrastró sobre las losas del zaguán, les anunció la llegada de un nuevo contertulio.
Debía de ser don Patricio Cullen, por lo cual Insúa salió a recibirlo y a trancar la puerta, que dejaron entornada, a fin de que el jefe de los revolucionarios entrara sin llamar.
Don Serafín, que no le esperaba, viéndole llegar sintió crecer su alarma y tornó a mirar el reloj, con aquel gesto a que recurría en los casos apurados.
Adivinó qué podía significar aquella reunión y cuchicheó al oído de Cullen:
--¿Así pues, señor don Patricio, se trata de una revolución?
Don Patricio le apretó la mano con una gran cordialidad y le respondió sonriendo:
--Si fuera así, mi amigo, ¿podríamos contar con usted?
--¿Conmigo?--exclamó el maestro, retirando su silla del hueco de la puerta, como si la palabra comprometedora de Cullen hubiera resonado en toda la ciudad y él temiera la repentina irrupción de la policía.
--Sí, don Serafín; necesitamos que usted nos dé la hora para que todos nuestros relojes estén de acuerdo. El secreto del éxito en las revoluciones está en que se produzcan en el momento preciso.
--¡Ah, señor don Patricio!--respondió súbitamente interesado el maestro--si ustedes tuvieran un "Losada"...
El ex gobernador de Santa Fe había tomado asiento ya en la silla que le ofreció Rosarito, junto a la de Insúa, la que ella ocupaba.
Don Serafín en pie, aguardando una explicación que no vino, miraba con nueva angustia el cuadro alarmante que alumbraba su pacífica lámpara.
Era amigo de aquellos tres hombres reunidos para conspirar, sin duda, y era como el padre de uno de ellos, y a pesar de eso y de su afición a las intriguillas políticas, la cosa parecía más seria que de costumbre, y la conspiración se realizaba allí, bajo el techo de su escuela, cuya existencia estaba en mano del gobierno, que la subvencionaba.
--¡Señores!--les dijo; pero la voz se le anudó en la garganta.
Los tres lo miraron.
--Usted nos dará la hora;--volvió a indicarle don Patricio, con amable sonrisa,--hasta entonces sea sordo, ciego y mudo.
--Mudo sobre todo, mi tío--añadió Insúa, haciendo luego una seña a Rosarito para que los dejasen solos.
El maestro salió suspirando y palpando su reloj, con una explicable angustia, desde que acababan de manifestarle que en su preciosa máquina estaba encerrado el minuto decisivo de la revolución.
--¡Mi reloj, mi reloj!--exclamaba, siguiendo dócilmente a su hija, que lo hizo acostarse.
--¿Es seguro ese hombre?--preguntó Cullen cuando quedaron solos.
La luz de la lámpara daba de lleno sobre la figura majestuosa de don Patricio, y su barba castaña, abierta sobre el pecho adquiría tonos dorados.
--Completamente seguro--respondió Insúa--y su casa debe ser hoy el punto de cita menos sospechoso.
Montarón arrugó la nariz, con gesto de duda.