La Casa de los Cuervos

Part 1

Chapter 13,969 wordsPublic domain

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LA CASA DE LOS CUERVOS

OBRAS DE HUGO WAST

NOVELAS

=Alegre.=--6.ª edición.--Librería Ollendorff, París (en prensa).

=Pequeñas Grandes Almas.=--Montaner y Simón, Barcelona.

=Flor de Durazno.=--5.ª edición.--Librería Ollendorff, París.

=Fuente Sellada.=--Librería Ollendorff, París.

=Golondrina de Presidio.=--(Cuentos).--Biblioteca Patria, Madrid.

=Fantasías y Leyendas.=--(Cuentos).--Agotada.

=La Casa de los Cuervos.=--Biblioteca del Ateneo Nacional. Buenos Aires.

POESÍAS

=Rimas de Amor.=--2.ª edición.--Fernando Fe, Madrid.--(Agotada).

VARIOS

=¿A dónde nos lleva nuestro panteísmo de Estado?=--3.ª edición.

=El Enigma de la Vida.=--(Estudio biológico).--Librería Alfa y Omega, Buenos Aires.

=Un País mal administrado.=--(Estudio económico). Arnoldo Moen y Hno., Bs. Aires.--(Agotada).

EN PREPARACIÓN

=Las bases de la sociología.=

=Un País mal administrado.=--2.ª edición.

HUGO WAST

LA CASA DE LOS CUERVOS

PRIMER PREMIO

EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL

NUEVA EDICIÓN

6.° MILLAR

BUENOS AIRES Agencia General de Librería y Publicaciones 1571--Rivadavia--1573

ÍNDICE

PRIMERA PARTE Pág.

I.--Don Serafín Aldabas 9

II.--¡Una voce poco fa! 22

III.--La conspiración 34

IV.--La levita de Cullen 49

V.--En la tarde del baile 58

VI.--Una sombra en el hueco de la puerta 65

VII.--El indio José 76

VIII.--El baile de Montarón 95

IX.--El pañuelo rojo 113

X.--La noche trágica de Syra 128

XI.--La derrota 139

SEGUNDA PARTE

I.--¡Por el alma de los muertos! 161

II.--La mala nueva 174

III.--La mano suave 184

IV.--La yerra 194

V.--El secreto 208

VI.--Sobre las huellas de Insúa 224

TERCERA PARTE

I.--En la casa de Bayo 245

II.--El aviso 259

III.--El incendio del garzal 267

IV.--Yo lo maté, pero voy a morir 293

V.--La batalla de los Cachos 304

PRIMERA PARTE

LA CASA DE LOS CUERVOS

I

Don Serafín Aldabas

En los días de sol, durante el húmedo invierno, aquellas casas viejas toman su expresión evocadora y triste.

Detrás de sus tapias roídas por el tiempo y coronadas a veces de enredaderas, asoman las copas redondas de los naranjos, con su espeso follaje y su fruta dorada.

En la parte que el sol no calienta, el musgo extiende su terciopelo verde, como un suave tapiz. Crecen los yuyos en las grietas de los oscuros adobes manchados por la cal del antiguo revoque; se ve en un muro el hueco de una alhacena con estantes de algarrobo, y sobre un tejado, que en las noches de luna ya no se anima con el paseo de los gatos, la ventana de una bohardilla y una chimenea, que ha tiempo no se envuelve en el humo azulado y tibio del hogar.

En los barrios centrales de Santa Fe, ese tipo de casa ha ido desapareciendo, mas quedan vestigios de ellas en los barrios del Sur y hasta hace poco manteníase intacta, en la calle que en los tiempos de este relato llamaban "de la Matriz derecha", la casa en que durante cuarenta años, don Serafín Aldabas enseñó a leer a los niños, que por alguna razón no hallaban sitio en el colegio de los Jesuítas.

Estaba en la acera del Sur, casi en la esquina de la plaza, vecindad que aprovechaba don Serafín para oír la banda, que tocaba, jueves y domingos, en invierno, a la hora precisa en que terminaba su clase.

Cubierto el cráneo puntiagudo, mondo ya, con un casquete negro de lustrina, enfundado en una estrecha levita, enjuto de carnes, los ojos azules, fugitivos, las piernas flojas, las manos largas e inhábiles, cuando no esgrimían el puntero o la palmeta, en la silueta obscura de don Serafín, no había más detalle interesante que la gruesa cadena de plata de su reloj, un hermoso reloj de oro, de una antigua marca inglesa, toda la fortuna que trajo de su patria.

Envolvíase severamente, aun en los días de calor, en una capa con forro de terciopelo carmesí, y como a todo propósito, para salir de una duda, para eludir una respuesta, para resolver un problema consultaba el reloj, un buen tercio de la vida del maestro se pausaba en desabotonar y abotonar su levita.

Era de la Coruña, y sus traviesos discípulos que habían sorprendido la imperceptible dificultad con que pronunciaba la o, llamábanle "Curuña", mote al cual, después de treinta años, se iba acostumbrando.

Llegado al país en los tiempos más sangrientos del gobierno de Rozas, tímido como una polla, conservaba, no obstante, una extraordinaria afición a la política que sólo concebía rodeada de misterios, de tal modo que su imaginación enviciada transformaba las cosas más simples en espeluznantes incidentes.

Y en la Santa Fe del año 77, no necesitaba forzar la fantasía para llenarse de sobresaltos, sin que, en verdad, como en los tiempos de Rozas, corrieran peligro los vecinos madrugadores de tropezar en la acera con el cuerpo de algún unitario degollado a cercén, mientras por otra calle los mazorqueros paseaban un carro cargado de cabezas, pregonando su siniestra mercancía como si fueran zapallos.

Pero, aun sin llegar a esos extremos, la vida era angustiada por las frecuentes revoluciones que se tramaban contra el Gobierno, para derrocar a don Servando Bayo, y destruir la influencia omnipotente del doctor Simón de Iriondo.

En Santa Fe no era posible desinteresarse de la política: o se era opositor, o se era gubernista.

Sólo el mísero don Serafín Aldabas, no tenía derecho a ser ni lo uno ni lo otro. Por su escuela habían pasado casi todos los jóvenes que militaban en el partido liberal, y esto lo vinculaba con hondos afectos a la causa de la revolución.

Mas no le era permitido dejar traslucir sus inclinaciones, sin riesgo para su escuela, que no vivía de las insignificantes cuotas, impagas con frecuencia, de sus alumnos, sino de una subvención de cuarenta pesos mensuales que le otorgaba el gobierno, y que algunas indiscreciones habían puesto ya en peligro.

Hacía un mes que funcionaban las clases, después de las vacaciones, mediaba Abril, y todavía el humilde "Curuña" no había percibido un solo peso del vencido semestre.

Don Pablo Ferrer, el catalán dueño del almacén de la esquina en que don Serafín se surtía, empezaba a torcerle el gesto, cuando concluida la clase el maestro, envuelto en su capa que le prestaba un poco de majestad, cruzaba la calle, hacia la plaza, persiguiendo la ocasión de encontrarse con el gobernador Bayo, que a esa hora abandonaba su despacho del Cabildo.

La plaza era entonces, como hoy, de una manzana entera, pero encuadrábanla construcciones más bajas, y eso parecía agrandarla.

Al naciente tenía el colegio de los Jesuítas ocupando las dos terceras partes de la cuadra, que completaban algunas casas de tejas. Al Sur, alzábase el Cabildo, con su mole blanca y pesada, sus dos pisos con recova de gruesos pilares y arco romano y su azotea resguardada por una sencilla baranda de hierro.

Todavía se ve en la esquina de San Gerónimo, una de las raras casas de alto que había entonces, y que parecían ser indicio de riqueza, no obstante sus paredones lisos, sin adornos ni pilastras, y el pobre hueco de sus ventanales y de sus puertas pequeñas y su baranda de hierro en el tejado.

De las casas que formaban el costado del poniente, quedan muchas, con algunos cambios que las modernizan sin embellecerlas, revoques de portland, balcones y adornos del más abominable Luis XV.

Ha desaparecido el local en que durante años funcionó el café del Plata, lugar de cita de los opositores; pero subsiste al lado de la construcción que hoy se levanta en lugar del célebre café, el vetusto caserón que ocupara el Club del Orden, centro de aristocracia y de conspiraciones.

La Iglesia Matriz en el lado Norte de la plaza permanece tal cual era, con sus dos torrecillas humildes y el enmohecido gallo de su veleta, pero el resto de la cuadra ha sufrido un cambio profundo a excepción de la casa que don Simón de Iriondo inauguró por aquellos años y que era con sus dos pisos de galería a la calle y lo estudiado de sus líneas, la más hermosa de la ciudad.

Invariablemente, al dar las cinco de la tarde don Serafín Aldabas suspendía la clase. Su magnífico reloj "Losada", según podía leerse en la esfera, abierto sobre el pupitre, le señalaba la hora sin discrepar un minuto en un año con el cuadrante solar del colegio de los Jesuítas.

En el preciso momento cortaba la lección, aún cuando fuera en mitad de una frase, poníase de pie, imitado por sus bulliciosos alumnos, que al levantarse tumbaban los escaños y coreaba un "Ave María".

Y después, mientras ellos se desparramaban por la plaza, espantando a las pacíficas gallinas del vecindario, atraídas por el trébol que crecía alrededor de la glorieta, don Serafín seguía el ancho camino enarenado, con la secreta esperanza de encontrar al Gobernador, al doctor Iriondo o a cualquiera de los hombres poderosos, para brindarles un saludo y una sonrisa que prolongara la existencia de la subvención.

Cuando veía acercarse a alguien, don Serafín procuraba imprimir a su persona un andar solemne; mas su casquete de lustrina, sus largas piernas deformadas por las rodilleras de sus pantalones, su capa en lo más recio del verano, y sus pies juanetudos, le quitaban toda solemnidad.

No obstante, la gente le apreciaba, y retribuía su saludo con afecto, aunque no tan ceremoniosamente como él habría querido; y era un triunfo para él, cuando alguno se acercaba a preguntarle la hora.

Su "Losada" era famoso en la ciudad, y aun el Gobernador solía rendirle ese homenaje consultándole.

Don Serafín, con el casquete en la mano, miraba el reloj y respondía:

--Son las cinco y siete minutos y medio, excelentísimo Señor.

Y luego agregaba, con la emoción de un desacato, a la suprema autoridad que a un paso de él, le atendía de igual a igual:

--¿Se podría saber qué hora es en el reloj de V. E.?

El Gobernador, con un leve gesto de impaciencia, sacaba una antigua saboneta de llave, y constataba alguna diferencia, que provocaba el invariable comentario de don Serafín.

--¡Si V. E. tuviera un "Losada"...!

Cuando finalizó el sexto mes impago, como coincidiera con el término de las vacaciones, durante las cuales don Serafín no había percibido un ochavo de sus alumnos, se encontró en apuro tan grave que resolvió confiar su cuita al Gobernador en la primera ocasión que tuviera el honor de ser consultado por la hora.

Pero fuese que el reloj de don Servando Bayo marchase mejor, o que su propietario hubiera perdido su afición a la exactitud, el hecho es que don Serafín irritaba sus juanetes dando vueltas innumerables a la plaza, sin que el Gobernador se dignara hacer más que contestar sus saludos.

Y aun esos encuentros se hicieron raros. El Gobernador salía tarde de su despacho, acompañado siempre por alguien, y sin detenerse llegaba hasta su casa, a la vuelta del Cabildo, y se encerraba como si tuviera un cúmulo de trabajo o la estadía en la calle se hubiera hecho peligrosa.

Solamente una vez, en aquellos primeros días de Abril se detuvo en la plaza, y fué porque se encontró con don Simón de Iriondo, que lo tomó del brazo y lo llevó por las callejas enarenadas del centro.

Era jueves y la banda de policía tocaba un trozo del "Barbero de Sevilla", música que en la vida sin pasiones de don Serafín, había llegado a ser una pasión.

Por eso, en cuanto sonaron los primeros compases de la sinfonía, se acercó hasta el kiosco del centro, rodeado de acacias, sentóse en un banco resecado por el sol, y se puso a escuchar, sin acordarse del mundo.

Las retretas en verano se hacían a la noche; pero ya en Abril, con el tiempo fresco, se adoptaba el horario de la tarde. La gente desacostumbrada, en los primeros días apenas concurría, por lo que en esa ocasión, aparte de don Serafín y de algunos niños que jugaban en el trebolar del centro, sólo se veía la pareja de personajes oficiales, el Gobernador y el doctor de Iriondo, conversando frente a la casa de éste.

La alta y elegante figura de Iriondo, contrastaba con la de Bayo, hombre grueso y bajo.

Don Simón vestía de levita, y en ese momento llevaba en la mano el sombrero de copa gris, lo que permitía apreciar la extraordinaria hermosura de aquella cabeza inteligente de caudillo, que tenía con el cabello profuso, peinado hacia atrás, la elegancia violenta y a la vez fácil de los gestos del león.

Los dos, solos, estaban de pie bajo una acacia. Iriondo hablaba con vehemencia pero en voz baja, y el Gobernador le escuchaba, rayando con la contera del bastón la arena del suelo.

En el aire tibio y como dorado de aquella tarde otoñal, se desparramaban las notas animadas y profundas de "Una voce poco fa".

Don Serafín bebía con fruición la música admirable, alejado mil leguas de su escuela arruinada, de su semestre impago, de sus botines que reclamaban la media suela, de sus pobres pantalones, cuyo decoro se salvaba aún, gracias a la amplitud de la capa.

Distraído así, no vió llegar hasta él a Bayo y a Iriondo, y sólo cuando éste apoyó su mano firme sobre su hombro, advirtió su presencia.

--¡Doctor Iriondo! ¡Excelentísimo señor Gobernador!--exclamó don Serafín, alzándose del banco, con una profunda reverencia y echando mano al reloj.

--¿Qué hora es, don Serafín?--le interrogó Iriondo, complaciente con la inofensiva manía del maestro.

--Las cinco y cincuenta y siete minutos y algunos...

--¡Don Serafín!--le interrumpió el Gobernador,--¿percibe siempre la subvención de la escuela?

--¡Ah, señor don Servando!--exclamó el mísero guardando su reloj con mano trémula--mi escuela se muere de hambre...

--¿Con maestro y todo?--insinuó risueñamente don Simón.

--Hace seis meses, Excelentísimo Señor...

Don Serafín vacilaba, porque era un cargo que iba a arrojar sobre el gobierno. Mas Iriondo, que conocía el estado precario de las finanzas no tuvo reparo en concluir la frase.

--¿Seis meses que no le pagan?

--Así es, doctor Iriondo; y cómo...

--Mañana cobrará--dijo el Gobernador--Vaya a verme al despacho a las ocho en punto.

--Ah, Señor...

Iba a explicar que a esa hora empezaba su clase, pero se calló. Daría vacación, inventando algún pretexto; los alumnos le agradecerían y él iría a cobrar.

Mientras hablaban desarrollábanse los últimos compases de la música de Rossini. Calló luego la banda y los músicos empezaron a enfundar sus instrumentos para marcharse.

Don Serafín reventaba de vanidad, viendo que todos miraban su compañía con los dos hombres poderosos de la provincia.

Iriondo saludaba a cada uno de los que pasaban frente a él, con un gesto amable. El Gobernador golpeaba el suelo con el bastón. Aquella nerviosidad, en él, hombre flemático, era señal de graves preocupaciones.

El director de la banda se acercó a saludarlos, pero Bayo no le dispensó una acogida muy afectuosa y el pobre músico se fué, consolado con el cordial apretón de manos de Iriondo. Don Serafín comenzaba a sentirse intranquilo, ignorando si debía irse o quedarse.

Anochecía rápidamente. Los niños que jugaban, habían desaparecido, con lo que la plaza quedó silenciosa y desierta.

Don Simón tomó del brazo al Gobernador, y dieron algunos pasos. Bayo se volvió a don Serafín, el cual echó mano al reloj.

--¿Hace mucho que no ve a Cullen?

El maestro pensó un momento sin comprender.

--A don Patricio Cullen--explicó Bayo.

--¡Ah! Dos meses a lo menos, señor don Servando.

--¿Y a Montarón?

--Don Pedro Montarón estuvo ayer en mi casa--respondió con cierta vanidad el maestro.

--¿Fué de visita?--¿No le preguntó por...?

Don Simón hizo un gesto que contuvo al Gobernador en mitad de la frase. Se mordió los labios, y entonces Iriondo, poniendo la mano sobre el hombro de don Serafín, le dijo con insinuante diplomacia:

--La subvención de su escuela es de cien pesos ¿no?

--¡Oh, qué esperanza! ¡Cuarenta pesos, no más!

--¿No más? ¡Señor Gobernador! Este meritorio servidor de la provincia no podrá vivir con eso...

--Vaya mañana a verme--dijo Bayo--a las ocho en punto.--Y luego agregó:--¿Tiene en su escuela algún niño pariente de Montarón?

--No, señor Gobernador. Don Pedro Montarón fué a pedirme nuevas de mi sobrino el capitán Insúa...

No bien don Serafín oyó el sonido de su propia voz, pronunciando aquel nombre, se le estrechó el corazón, porque recordó que Insúa y Montarón constituían con don Patricio Cullen el eje de las revoluciones contra el gobierno de Bayo y al revelarle a éste el objeto de la visita, quizás estaba comprometiendo algún plan.

No hablaron más y allí se separaron.

En el crepúsculo escaso ya, don Serafín vió a Iriondo entrar en su casa, llevando siempre del brazo al Gobernador.

El se quedó sólo un momento, en la plaza, perseguido por el rumor de su propia voz indiscreta.

La luz de la lámpara recién encendida en el boliche de don Pablo Ferrer, frente a la Matriz, hizo variar el rumbo de sus pensamientos.

Ahora podría pasar, sin avergonzarse, por aquella esquina, porque le iban a pagar la subvención y su desgraciada cuenta sería cancelada.

Se encaminó a su casa, cruzó la calle acercándose al almacén, para que Ferrer lo viera y si acaso, lo llamara. Mas cuando él pasó, el áspero catalán estaba arreglando el tubo de su humosa lámpara, pendiente de uno de los tirantes del techo, y no lo vió.

Cruzó de nuevo el arroyo y entró en su escuela, empujando la puerta de calle, asegurada por una gruesa piedra.

--¡Rosarito, Rosarito!--gritó.

Rosarito era su hija, toda la poesía de la vida del pobre hombre, y todo lo que le había hecho amar el trabajo y soportar la miseria.

Tenía diez y ocho años, y su sola presencia llenaba la casa.

A la voz de su padre corrió la niña hasta el zaguán obscuro, y antes de que él le hablara de su extraordinaria aventura, ella le dijo al oído con voz trémula:

--Está Francisco Insúa, papá, y no quiere que nadie lo sepa.

Los remordimientos de Don Serafín recrudecieron y empezó a sospechar que todo, desde las ausencias del Gobernador hasta la invitación a ir a su despacho, tenía relación con la repentina llegada del capitán Insúa.

II

Una voce poco fa!

La vida del maestro encerraba una novela que el mundo había olvidado.

Muchos años antes, tantos que él mismo ya no quería contarlos, porque su recuerdo se hacía más doloroso cuanto más lejano, él, joven, lleno aún de las ilusiones que le habían hecho cruzar el mar, recién llegado a Santa Fe, encontró un puesto de cajero y tenedor de libros en la casa de comercio de don Agustín Insúa, uno de los estancieros más fuertes del país.

Insúa tenía muchos hijos, pero sólo una hija, la menor, que en el tiempo en que don Serafín comenzó a hacer números en los grandes libros de su padre, era una deliciosa chicuela de siete años, rubia y de ojos azules, que más de una vez volcó el tintero sobre las páginas que el tenedor de libros iba llenando con signos misteriosos para ella. Él se encadenó a la casa obscura y triste en que su patrón vivía enriqueciéndose, por aquel rayo de sol que entraba casi a la misma hora, cuando su padre abandonaba el escritorio y quedaba el empleado solo.

Éste fingía no verla, para gozar mejor de la sorpresa que ella misma simulaba, cuando sintiéndola detrás se volvía de pronto y la alzaba en los brazos y la ponía encima del alto pupitre donde él trabajaba de pie.

Allí se quedaba Rosarito--era su nombre--muy seria, esperando que su amigo concluyera la tarea; y había que ver cómo volaba la pluma de ave sobre el áspero papel de hilo de los libros, trazando esos viriles y hermosos números españoles, hoy pasados de moda.

Cuando era invierno hacía un intenso frío en la pieza de techo de paja, paredes de adobe encalados y piso de ladrillos desnudos; mas el cajero sentía que los ojos de la niña, siguiendo los movimientos de su mano desde lo alto del pupitre, le caldeaban el corazón y le desentumecían los dedos.

Y cuando era verano, y la lóbrega estancia sofocaba como un horno, la sola idea de que ella estaba allí, mirándolo siempre, aunque él no la mirara, le refrescaba la frente y le aligeraba el monótono trabajo.

Ella aguardaba seriecita y silenciosa, a que el cajero espolvoreara de arenilla las páginas frescas, señal de que el trabajo había concluído, y cerrara con estrépito aquellos libros enormes, que le daban la ilusión de un saber inconmensurable en su gran amigo, y guardara su reloj de oro, su hermoso reloj más seguro que el sol, según decían.

Entonces él la bajaba del pupitre, la sentaba a su lado o en sus rodillas y le contaba cuentos de reyes y de sultanes y de moros; y acordándose de su pueblo, le hablaba de los pescadores que salen al alba en sus barcas de velas abigarradas y vuelven al entrar la noche, cuando alguna tormenta no los deja dormidos para siempre bajo las olas del mar.

Pasaron largos años, variando apenas los episodios de aquella amistad que iba trocándose en amor silencioso y apacible.

Don Agustín Insúa, viudo desde el nacimiento de su hija, absorto en sus complicados negocios, no sospechó nunca el idilio que se iba tejiendo en su propia casa, y cuando un día alguien le contó lo que pasaba, montó en cólera y cayó como un huracán sobre el cajero y sobre la niña, que era ya una linda joven de diez y ocho años.

Ambos confesaron la verdad; el empleado fué despedido, por haber alzado los ojos hasta la hija del patrón, y ella enviada a un colegio de Buenos Aires, para que olvidara su locura.

Ni él ni ella olvidaron, y cuando algunos años después volvió Rosarito, mayor de edad y libre para disponer de su corazón y de su persona, con una férrea voluntad que nadie habría sospechado bajo su grácil hermosura, huyó de su casa y fué a pedir asilo a una tía, y se casó con su fiel amigo, desafiando el rencor de toda la familia.

Durante muchos meses el episodio fué en Santa Fe el asunto palpitante, que se comentaba en todas las reuniones.

El padre se vengó de la hija, traspasando sus bienes cuantiosos en forma que a su muerte, que ocurrió poco después, los hijos lo tuvieran todo y ella nada.

Uno de sus hermanos, sin embargo, condolido de su situación, le donó la casa en que don Serafín instaló su escuela, único medio de vida que le quedó después de su aventura.

Pero eran felices en su humildad, rayana en la miseria, y cuando tres años después Rosarito murió al nacer su hija, el pobre maestro creyó que el mundo se iba a quebrar y que él se hundiría en el espacio como un pedazo de estrella.

No ocurrió la catástrofe. Las gentes continuaron haciendo su vida ordinaria; sus cuñados ni siquiera fueron al entierro, y él mismo siguió viviendo una vida más obscura, envuelto en inofensivas manías que amortiguaban su dolor, y odiando casi a la chicuela, que crecía ignorante del mal que había hecho; hasta que un día, como un volcán que renace, irrumpió en el corazón del maestro, que se hacía viejo, un amor inmenso hacia la niña, que llevaba el nombre de su madre.

No tenía de ella otro rasgo que los ojos azules, profundos como el cielo en las noches de luna, y aquella amable seriedad que la hacía estarse horas enteras mirando trabajar al maestro.