La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
Part 12
¿Recordáis la balada? Dos granaderos, prisioneros en Rusia, volvían a Francia. Y al entrar en país alemán, inclinaron la frente. Allí escucharon ambos esta triste noticia, la Francia perdida, el gran ejército vencido y mutilado y el emperador, el emperador prisionero. Entonces, los dos granaderos se pusieron a llorar juntos, al saber tan tristes nuevas. El uno dijo: «¡Cuánto dolor siento! ¡Cómo me arde mi vieja herida!» El otro dijo: «La canción ha concluído; yo también quisiera morir; tengo, sin embargo, mujer e hijo en la casa que, sin mí, perecerían. Qué me importa mi mujer, qué me importa el hijo: tengo más alto un deseo mejor. Que mendiguen cuando tengan hambre. ¡Mi emperador, mi emperador prisionero!
»Hermano, concédeme lo que te ruego: si muriere ahora, lleva mi cadáver a Francia, entiérrame en la tierra de Francia. La cruz de honor con la cinta roja me la colocarás sobre el pecho; me pondrás el fusil en la mano y me ceñirás mi espada.
»Quedaré acostado así, el oído atento, como un centinela en la tumba, hasta que escuche al fin los aullidos del cañón y el sonar de cascos de los caballos relinchantes.
»Mi emperador entonces, tal vez pasará sobre mi tumba, mil espadas se chocarán y brillarán. Así, saldré todo armado de la tumba, para proteger al emperador, ¡al emperador!...»
Pocas liras francesas han celebrado con más bello sonar la grandeza del Cabito, del _Petit Caporal_.
M. George d'Esparbes debe hacerse presente en la fiesta de Heine, su antecesor, en el culto de la leyenda del Aguila.
Tanto peor para las patrias que desconocen a sus hijos ilustres; tanto peor para las patrias cuando los hijos gloriosos las dicen con justicia: «No tendrás mis huesos». Alemania hará construir cien monumentos más a sus mariscales, políticos y Césares.
Heine descansa contento en París.
* * * * *
Tiempo después de escritas las anteriores líneas he asistido a la inauguración del monumento, un modestísimo monumento. No hubo, pues, regalo de millonario. Tanto mejor.
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V
Dos artistas--uno argentino, el señor Irurtia, otro mejicano, el señor Ramos Martínez--, me habían invitado para ir con ellos esta mañana al campo, a respirar el fresco aire y ver los hermosos paisajes que ellos trasladan a la tela. Había que levantarse temprano. Yo fuí muy matinal y me dirigí a buscarlos a la rue Campagne Première. Nos encaminamos luego a la Avenue du Maine en donde debíamos sacar a otro compañero. Serían las seis, más o menos. El cielo estaba tranquilo y claro. Caminábamos conversando alegremente de proyectos, de luchas, de obras por hacer, de sueños por realizar. De repente, al llegar a la avenida, uno de mis amigos llama la atención:
--«Eh, miren allá, en el cielo. Santos Dumont, seguramente». Un globo, no lejos, estaba a nuestra vista. Se dirigía como hacia el lado de Mont Rouge.
Yo hice notar que Santos Dumont, según los diarios, había llegado hacía dos o tres días, de los Estados Unidos, bastante enfermo. Seguimos mirando el aerostato, que se acercaba más, cuando no pudimos menos de lanzar un grito: «¡Se quema!» Del globo salió una luz, una llama, y se produjo una detonación, un corto trueno, y luego un humo que nos llenó de espanto a todos, a nosotros y a unos cuantos transeuntes que se habían detenido a ver... No; es algo tan horrible que no encuentro cómo escribirlo. La impresión penosa me dura, y el recuerdo me durará por toda la vida. El globo reventado descendió en un momento, arrastrado por el pesado aparato que servía de barquilla. Fué tan rápido eso, que no nos dimos cuenta exacta del tiempo; unos pocos segundos. Oímos el ruido del choque, horroroso choque, como a unos doscientos metros... El espanto parecía que había paralizado a todo el mundo. Mis amigos y yo no nos hablábamos una sola palabra hasta momentos después, que pasaron varios automóviles que venían en socorro de los aeronautas. A lo largo de la avenida, cerca de la rue de la Gaîté, estaban los restos del globo, y bajo ellos, los despedazados restos de dos bravos hombres: el pobre señor Severo, diputado brasileño, émulo de Santos Dumont, y su mecánico, M. Sachet. A poco llegaban las camillas y se recogían los cuerpos... Yo no quise ver... sacos sangrientos de carne y huesos deshechos... Luego supimos que allá, en el parque de Vaugirard, la pobre mujer del aeronauta y su hijito mayor, habían presenciado, locos de terror, la caída...
Ya no pensamos más en paseo ni en paisajes... Nos volvimos, rudamente conmovidos, enfermos, a nuestras casas. No, no olvidaré esto nunca, nunca...
* * * * *
Este pobre señor Severo, brasileño como Santos Dumont, había venido a París con el objeto de encontrar gloria, gloria y provecho, superando a su ya famoso compatriota. Aún no vieron algunos con buenos ojos el aparecer de este competidor, en los días mismos en que aquel joven aeronauta lograba sus mejores triunfos. Se apartó toda idea de envidia y mala intención, cuando se supo que fué a iniciativa de Severo, que el Congreso del Brasil acordó un premio valioso a Santos Dumont. Pero es el caso que él también estaba poseído por el demonio del invento, y unía a su carácter tesonero un valor singular. Lo que le faltaba, según dicen los entendidos, eran conocimientos prácticos en la navegación aérea, pues no había subido en globo a pesar de sus estudios teóricos, sino dos o tres veces, lo cual hace más temeraria la tentativa que le ocasionó la muerte. Un hombre más en la larga lista de los devorados por la ciencia, de los rechazados y destruídos por la fuerza secreta de la naturaleza, que no quiere dejarse conocer y vencer. Muchos designios desconocidos se oponen a la conquista del universo, al _humani generis potentiam et imperium in rerum_, de Bacón. Después de que muchos han caído, después de que la muerte y la desgracia han deshecho mil constancias y paciencias, un día llega en que alguien logra dar un paso adelante, entrar un poco en el campo ambicionado. Enorme es el martirologio de la ciencia, y su número acrecerá hasta lo infinito. Es constante el que un abanderado caiga y otro recoja la bandera. Y el ejército silencioso sufre mermas y claros que se reponen luego. Caen las construcciones, explotan los laboratorios, muelen las máquinas, envenenan los gases, fulminan las fuerzas eléctricas, emponzoñan los microbios, y los consagrados a hacer adelantar la felicidad y el progreso humanos siguen en su labor ardua y paciente.
En la lucha con los elementos, el aire resiste, misterioso y traidor. Muchísimos son ya los que han corrido la suerte del antiguo Icaro; muchos los imprudentes y osados.
Recuerdo haber visto en el museo Borbónico un vaso pintado en que representa a Dédalo poniéndose las alas, ayudado por Minerva. Juzgo que esta pintura debía estar en el escudo de cada aeronauta, pues la cordura debe presidir a cada tentativa, so pena de exponerse a la irremediable catástrofe. Al echar a volar de la prisión cretense en que los tenía aprisionados el rey Minos, llevaban alas iguales Dédalo y su hijo Icaro; pero éste no escuchó los consejos prudentes de su padre y fué precipitado en el Egeo. Así, los Icaros modernos deben tener siempre fijo el significado del mito griego.
El desgraciado Severo, como el hijo de Dédalo, fué víctima del fuego; al uno los rayos del sol derritieron la cera de sus alas, y al otro el encendido motor hizo explotar el hidrógeno de su globo. La trágica prosa de estos infelices estrellados en pleno París, convertidos en una sangrienta masa, supera en su horror al poético descenso del personaje legendario a las aguas de un mar armonioso. Severo era fatalista. «Si he de morir hoy, dijo, moriré.» Y murió. Era también bastante meridional. Gustaba de las hermosas frases, y llevaba en su barquilla papeles impresos en que «El Brasil saludaba a Francia desde el Pax». Su entusiasmo era superior a su reflexión, cosa que no ocurre en los verdaderos sabios... Su ímpetu poético le fué fatal, y su noble impaciencia de victoria. Pensaba construir después de su primer triunfo un gran globo que se llamaría Jesús, y con el cual atravesaría el Océano. Soñaba en la paz humana, en la conquista de tranquilidad del mundo por la ciencia y por la virtud cristiana. La casualidad, que es misteriosa pariente de la ironía, hizo que el globo llamado Pax cayese con su creador Severo en la calle de la Gaîté, y que el globo Jesús quedase en proyecto en el despedazado cerebro del lamentable brasileño.
No se arredran los que tienen la fiebre del descubrimiento. No les atemoriza la terrible lección de un antecesor que fracasa en un drama espantoso. Todos saben que hay escollos y dificultades, y lo que es peor, la probable muerte. No importa. La fe va de guía; la fe, que es ciega. Así el desventurado Severo. Así tantos otros. Pilatre de Rieres no aleccionó a Zambeccari, ni Zambeccari a Giffard, ni Giffard, entre muchos, a Woelfert, ni Woelfert a Jagels, ni Jagels a los Tissanddier, a Renard y Krebs, a Santos Dumont y al soñador del Pax y del Jesús.
Los chinos y los japoneses tienen dioses horribles de los elementos. Los dioses del aire, de la tierra, del fuego, son seres a quienes hay que hacer sacrificios y no ofender en sus distintos reinos. La iglesia católica reconoce en cada elemento una potencia que obedece a sus conjuros, y a los cuales el sacerdote bendice en día señalado, conforme al ritual. Mas el esfuerzo humano va conquistando a cada paso el dominio del mundo, en continua lucha con lo desconocido. Y dioses nuevos se descubren: el dios de la electricidad, el dios del vapor asientan más y más su potencia sobre la faz de la tierra. Mas para alcanzar esas victorias, ¡cuántas víctimas, cuánta sangre, cuánta vida!
¡Pleno cielo! cantaba Hugo. Ninguna conquista más atrayente, más grande, más transcendental que la del espacio. La locomoción aérea dirigida y voluntaria, es el cambio de la existencia actual; el advenimiento de una nueva era, la revolución más decisiva en el estado actual de las sociedades humanas. La guerra no desaparecería de entre los hombres; pero sí mil leyes, convenciones y modos de ser. Hay en ello mucho en que soñar, y la sonrisa del lápiz ha trazado ya más de una graciosa imaginación con ese tema.
Se explica el entusiasmo de un inventor, al creer ya en su poder las riendas del huracán, el imperio del cielo azul. Ser como el águila o el cóndor, sobre la pequeñez de las fronteras y de las aduanas, y realizar una vez más la grandeza del mito, siendo sencillamente y con fuerza simplemente humanas, una voluntad casi divina. Es, en verdad, demasiado hermoso. Mas la esfinge, no se deja vencer fácilmente. La energía de lo oculto se manifiesta contra el hombre invasor que se atreve a rasgar el velo de lo misterioso.
Et les bûchers flambaient, multipliés, dans l'air Fétide, consumant la pensée et la chair De ceux qui, de l'antique Isis levant les voiles Emportaient l'âme humaine au delà des étoiles.
Así dice el poeta, y así se cumple. Y así se ha ido en el penoso y largo camino desde el hombre lacustre hasta los Pasteur y los Edisson, desde Tubalcaín hasta Eiffel, desde el fabuloso hasta los modernos Icaros.
--¿Qué hará usted ahora?--han preguntado a Santos Dumont después del trágico suceso de la Avenue du Maine.
--Recomenzar--contestó.
Y comenzará de nuevo. Y quizá él también vaya a aumentar la lista de los sacrificados, por la noble tenacidad que hace a los héroes y a los sabios. ¿Creerá él también en la fatalidad?
El elemento que pasa por la naturaleza entera y al cual llamamos vulgarmente fatalidad, toma un aspecto brutal y bárbaro, dice Emerson. Y Chaucer: El destino, ministro general que ejecuta todo aquí abajo--la cosa prevista por Dios--, es tan fuerte, que, así el mundo entero hubiese jurado lo contrario, por sí o por no, un acontecimiento que no llega en mil años, llegaría en un día dado; pues, ciertamente, nuestros deseos o apetitos, guerreros o pacíficos, de odio o de amor, están aquí gobernados por una presidencia superior.
Y si el luchador ha de triunfar, triunfará, pues la fatalidad del bien es igual a la fatalidad del mal, y en donde el acorazado que sabe adonde se dirige, se hunde, la carabela de Colón, pasa guiada por el destino hacia en donde ha de aparecer la deseada América.
Icaro ha de ser, por fin, dueño del elemento con que ha tanto tiempo brega. De las legendarias alas a la aviación actual, los trofeos ganados son muchos. La raza es generosa y potente. Eupalamo, que inventó los barcos, y cuyo laberinto, que se creía invención de la fantasía, acaban de encontrar felices arqueólogos fué un ser de carne y hueso y el maravilloso arquitecto fué el abuelo de Icaro. Hoy surge un hijo de la tierra americana, que representa la antigua estirpe y que quizá sea el señalado por la suerte para el logro definitivo.
Es de notarse que es el nuevo continente quien da hoy esos nombres a la gloria. Y Severo muerto, y Santos Dumont en la obra que le posee, son lustre y orgullo, no solamente del Brasil, sino también de la América toda. O para decir mejor, de la humanidad.
[Ilustración]
[Ilustración: LIBRO CUARTO]
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I
Una sensación de bosque. Los árboles llenos de hojas forman cúpulas de frescura de donde se escapa suave rumor y una incesante polémica de pájaros. La fuente de Médicis evoca la gracia italiana que trajo aquella magnífica María, flor florentina. Las estatuas se duplican en el agua especular. A lo largo de las alamedas juegan los niños de piernas desnudas. Más allá, frescas muchachas se divierten con el _lawntenis_. Bandadas de gorriones saltan familiares sobre el terreno cubierto de hierba menuda y fina. Vuelan palabras, gritos, risas. La fuente central, frente al palacio, lanza su chorro verticalmente, que el aire transforma en una larga pluma cristalina y espumosa. En los bancos, al amor del delicioso ambiente, las gentes leen sus periódicos o sus libros. Varias mujeres hacen su labor. Uno que otro pintor copia rincones pintorescos. Abro mi diario y recorro sus columnas: la nueva ley sobre el servicio militar; una endemoniada en un convento; detalles sobre la catástrofe de la Martinica; todavía los Humbert... Llegan a mis oídos los acentos de una música militar. Por una almeada un sacerdote despacioso se adelanta; frente a él vienen dos estudiantes que discuten. Oigo la palabra _laico_... He ahí las dos fuerzas que hoy en Francia luchan con encarnizamiento... Y recuerdo la pregunta de Zola: «¿Adónde váis, jóvenes; adónde váis, estudiantes, que recorréis las calles manifestando, arrojando en medio de nuestras discordias la bravura y la esperanza de vuestros veinte años?--Vamos a la humanidad, a la verdad, a la justicia.» La Francia de mañana, los hombres de lo porvenir, no todos siguen el mismo rumbo. Hay la juventud atada a las tradiciones y prejuicios, y la juventud violenta de deseo, llena de ansias de futuro, dispuesta a la conquista de la felicidad humana. Hay la juventud gárrula, los hijos de papá, los trasnochadores de la taberna del Pantheon y otros d'Harcourts, y los laboriosos que siguen una carrera y la coronan, y no cesan de estudiar y bregar noche y día, dando lecciones, viviendo del propio esfuerzo, en tarea y en dignidad. Hay los ciegos o vendados por la influencia de la educación sectaria, voluntariamente inútiles, o poseídos de su idea parcial, y los que con los ojos bien abiertos buscan la vía segura, confían en la fuerza del pensamiento y se abrevan de ciencia vestidos de constancia y acorazados de voluntad. No creo mucho en las exageraciones de cierta juventud laica, que confinan con la filosofía de la crueldad y del absoluto egoísmo so pretexto de librar el alma de todo yugo dogmático. Ser laico, dice Lavisse, no es limitar al horizonte visible el pensamiento humano, ni prohibir al hombre el ensueño, y la perpetua rebusca de Dios; es reinvindicar para la vida presente el esfuerzo del deber. No es querer violentar, no es despreciar las conciencias aún detenidas en el encanto de las viejas creencias; es rehusar a las religiones que pasan, el derecho de gobernar a la humanidad que dura. No es odiar tal o cual iglesia o todas las iglesias juntas; es combatir el espíritu de odio que sopla de las religiones, y que ha sido causa de tantas violencias, carnicerías y ruinas. Ser laico no es consentir en la sumisión de la razón al dogma inmutable, ni la abdicación del espíritu humano delante de lo incomprensible; es no afiliarse a ninguna ignorancia. Es creer que la vida vale la pena de ser vivida, rechazar la definición de la tierra «valle de lágrimas», no admitir que las lágrimas sean necesarias y bienhechoras, ni que el sufrimiento sea providencial; es no tomar partido por ninguna miseria. Es no esperar en un juez que está sentado más allá de la vida, que ha de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de reparar las injusticias y de consolar a los que lloran; es librar batalla contra el mal en nombre de la justicia. Ser laico es tener tres virtudes: la caridad, es decir, el amor a los hombres; la esperanza, es decir, el sentimiento bienhechor de que un día vendrá, en la posteridad lejana, en que se realizarán los ensueños de justicia, de paz y de felicidad que, mirando al cielo, acariciaban los lejanos antepasados; la fe, es decir, la voluntad de creer en la victoriosa utilidad del esfuerzo perpetuo. Estas palabras, escuchadas del labio del sabio maestro, me parecen simplemente una interpretación moderna de la antigua idea cristiana. Y no encuentro la razón de ser del anticristianismo que en estos momentos se manifiesta en una parte del joven pensamiento francés. Un ideal de verdad, de justicia y de paz universal no está en contradicción con la doctrina del Nazareno, como la fe, la esperanza y la caridad. El dañó está en el estrecho clericalismo. La juventud idealista francesa oye desde hace tiempo el anuncio de un alba nueva, de una aurora de redención, y lo que ve surgir de cuando en cuando, en una noche cada vez más obscura, son manifestaciones medioevales, apariciones de retroceso, odios sectarios, nacionalismo odioso, antisemitismo ferozmente arcaico, el elogio de las matanzas de religión, el despertamiento de las Dragonadas, la dormida Montagne Pelée de los ancestrales rencores que hace erupción cuando menos se piensa, poniendo en peligro la ciudad de libertad, de igualdad, de fraternidad que se va construyendo poco a poco. Una parte de la juventud se esfuerza en evitar el mal. Las otras partes la han amenazado, la han burlado, se le han opuesto. Los descendientes de la Revolución no han dejado, no dejan de proseguir su campaña, alentados por unos cuantos maestros. Ellos buscan que la educación política se emprenda sobre bases sólidas para que luego mantenga el edificio de la nación. Nuestro objeto, dicen, es hacer la educación republicana de las jóvenes generaciones de nuestro país. Su profesión de fe filosófica, política, social y artística, está concentrada en este verso de Fernand Gregh:
Aimer le vrai, rêver le beau, dire le juste.
Ponen frente al viejo ensueño semita del Evangelio, la «unión de la cordura antigua y de la ciencia moderna.» Luchan entre la anarquía moral por un ideal moderado, «en nombre de la Verdad contra los Dogmas, en nombre del Derecho contra la Fuerza, en nombre de la Justicia contra todas las iniquidades sociales.» Otros van más lejos y traspasan los muros de la ciudad utópica de la comunidad humana, mientras se mueren en su ingrato oficio los Trublions de Anatole France. El ejército se mira combatido por los que, como el marqués de Rochefort, abanderado del Estado Mayor, atacan de todas guisas la idea del militarismo. «Ah, voilà assez longtemps qu'on nous embête avec l'honneur militaire!» grita ese furioso viejo _gamin_. Drumont predica el patriotismo, al propio tiempo que llama al Ministerio de la Guerra «una caverna, un lugar de perpetuos escándalos, una cloaca que no podría compararse a los establos de Augías». El coronel Villebois-Mareuil, en una carta resonante, confiesa que «ciertamente, los galones no valen la pena.» El diputado nacionalista Alfonso Humbert, llama al pabellón símbolo de la patria, una «loque tricolore». El mismo Rochefort escribe que «nuestros vencedores no son más crueles respecto de nosotros que lo que nosotros hemos sido feroces con nuestros vencidos, y que «il faut absolument en finir avec le rêgne des soudards». Cassagnac deja constancia de que, bajo la república, se prefiere siempre a «un imbécil o a un canalla, y que el Estado Mayor está compuesto de imbéciles, de vanidosos y de ganapanes». Edmond Lepelletier demuestra que los jefes del ejército comienzan ya a ser escogidos entre los antiguos alumnos de las casas religiosas. Se citan versos de Coppée:
Vous portez, mon bel officier Avec une grâce parfaite, Votre sabre a garde d'acier; Mais je songe à notre défaite.
Cette pelisse de drap fin Dessine à ravir votre taille; Vous êtes charmant, mais enfin Nous avons perdu la bataille,
On lit votre intrépidité Dans vos yeux noirs aux sourcils minces Aucun mal d'être bien ganté! Mais on nous a pris deux provinces.
Vos soldats sont-ils vos enfants? Etes-vous leur chef et leur père? Je veux le croire et me défends D'un doute qui me désespère.
Lemaître declara que las promociones se hacen en el ejército entre los «flexibles, los intrigantes y los imprudentes», Charles de Freycinet, senador y tres veces ministro de la Guerra, afirma que hoy la vida del soldado más bien merma que aumenta su valor moral. M. Jules Delafosse, diputado conservador, asegura que con el servicio militar obligatorio y universal, no podrían rivalizar en obra de mal, «ni las epidemias mortíferas, como la peste o el cólera, ni las convulsiones del mundo físico, como los terremotos y los ciclones, ni las catástrofes devastadoras, como los incendios y las inundaciones». Y esto lo escuchan los jóvenes espíritus que han cantado la Marsellesa y que piensan en futuros ataques a la integridad de la patria. Otros piensan en otra patria mayor, en los intereses universales, en la solidaridad de los hombres. No admiten la divisa romana en el concepto romano de la patria: _Tu regere imperio populos, Romane, Memento_, y oyen palabras que, como la de Paul Bert, les dicen: «Queremos que se respete la patria, porque allí vemos una expresión, una de las manifestaciones más elevadas de la libertad humana.» La patria no se define por los límites naturales; no se define por la lengua, por la raza; no tiene que ver casi con la geografía, la lingüística, la etnografía. La patria se constituye por el libre y mutuo consentimiento de hombres que quieren vivir bajo un régimen político y social que han libremente creado o adoptado. Se cimenta por el recuerdo de las luchas sostenidas para conquistar ese estado social, por la fraternidad de los campos de batalla, de la sangre vertida y también por las aspiraciones comunes y por los intereses comunes. El peligro está, indudablemente, bien señalado, y contra él van los franceses de buena voluntad, jóvenes y viejos. Los sueños libertarios por bellos que sean, no dejan de estar muy lejanos. Los hombres de lo pasado, los representantes de las viejas ideas, se diría que son los únicos que tienen valor, energía, voluntad.
Ellos defienden bravamente su terreno conquistado desde tantos siglos, y no se dejarán destruir, armados como están de todas armas, y con un vigor que no demuestran los contrarios.