La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
Part 11
POLONIO.--Quiero decir ¿de qué asunto trata el libro que leéis?
HAMLET.--¡Calumnias! El perverso satírico afirma que los viejos tienen la barba gris, el rostro lleno de arrugas, que sus ojos vierten ámbar y goma, y que unen a la falta de entendimiento una gran debilidad de piernas; lo cual creo plenamente, y, sin embargo, no me parece honesto hallarlo consignado en tales términos, pues vos mismo, señor, seríais de mi misma edad, si os fuera posible andar hacia atrás como el cangrejo.
POLONIO, _in péctore_.--Aunque todo lo que habla son locuras, no deja de tener en el fondo cierto método.»
Esta cita de Shakespeare sirve de prólogo al primer libro de Coll, _Palabras_, unida a estas exclamaciones de _Hamlet_, en las maravillosas _Moralités Legendaires_: «¡Ah, qué solo estoy! Y en verdad, la época no es culpable de ello. Tengo cinco sentidos que me atan a la vida; pero, este sexto sentido este sentido de lo infinito... Soy joven todavía, y en tanto goce de mi excelente salud, todo irá bien. ¡Pero la Libertad! ¡La Libertad! Sí, me marcharé de aquí y viviré anónimo entre gentes honradas y me casaré para siempre, la cual será la más hamlética de mis ideas. Pero hoy es preciso obrar, es necesario objetivarse. ¡Adelante por sobre las tumbas, como la Naturaleza!»
Estas preferencias inducen al conocimiento de un temperamento. Como crítico, el señor Coll ha dado a conocer, siempre con amable optimismo, en sus revistas del _Mercure_, la producción intelectual de la América española en estos últimos años. Es una lástima que su partida a Venezuela haya puesto fin a tan plausible tarea.
Otro venezolano aún, Pedro César Dominici, una de las más activas y abiertas inteligencias de su país, publicó el año pasado una novela, _La tristeza voluptuosa_, de innegable valor psicológico, aunque torturada de descuidos de forma; que no tendrían en absoluto excusa por ser voluntarios.
Bolivia tiene un representante en el joven poeta Franz Tamayo, autor de un libro de _Odas_ muy meritorias que se dirían calcadas en Hugo. Este culto talento, cuyo solo contrapeso está en la difícil digestión de unas cuantas filosofías y variedad de erudiciones, honrará, si su voluntad persevera, al pensamiento de su patria, ya glorioso en el mundo de la nueva poesía, con el solo nombre de Ricardo Jaimes Freyre.
Argentino es el señor Soto y Calvo, autor de picantes páginas de viajes, y que por su mentado _Nastasio_ ha juntado a lo que la naturaleza le dió lo que Salamanca le presta. Los méritos poéticos del señor Soto y Calvo han sido revelados a nuestro público por el sabio rector de la Universidad salmantina, ¡mozo jinetazo ahijuna! que no halla inconveniente es estudiar a un tiempo la patrología griega y ser el escoliasta de Martín Fierro o Anastasio el Pollo.
Argentino asimismo es Manuel Ugarte, joven cuyo talento ponderado y buscador ha logrado la realización de más de una bella joya de arte. Su sobriedad le ha impedido los pasos en falso, las caídas icarias. No tiende sino hasta donde sus fuerzas le alcanzan y el pegaso, en los vuelos precisos, jamás se ha dislocado un solo hueso. Su vaso es pequeño; pero cuando lo necesita, se fabrica otro más grande, y bebe así en sus dos vasos. Sabe lo que se propone, y el cielo de París le ha alentado en sus deseos. Sus versos son siempre gratos; bellos algunas veces. Busca la originalidad y se aparta de la extravagancia. En prosa es claro y pictórico cuando describe. Es socialista, y aun creo que en el fondo de sus voliciones, anarquista:
Y argentino Angel Estrada, cuyo libro _El color y la piedra_ tanta agitación causó con su aparecimiento en Buenos Aires. Como el Dr. Cané, no pocos hemos sido los que hemos visto como un signo de vida nueva en la juventud argentina--yo digo en la juventud americana--el hermoso aparecer de este joven talento, cuyo libro primigenio tiene todo el color y la gracia del primer fruto de un árbol sano y gozoso de savia. Generoso temperamento ante la naturaleza, espíritu religioso y al propio tiempo dueño de la libertad del arte, ha viajado mucho, y en todos lugares, los paisajes de la tierra, las luces del cielo, las armonías de las cosas le han hecho vibrar como un instrumento acordado, y el don de Dios ha hecho fluir la digna idea en noble ritmo, en la música de la palabra. Ya conocido en nuestro mundo intelectual por su poema especular, en que el alma de Rodenbach se romantiza en la emoción lírica de una juventud coronada de sueños, su obra en prosa vino a asentar la fuerza de su pasión artística, la discreción aristocrática de su buen gusto. Nuevas poesías han brotado al influjo de climas diversos, y nuevas páginas de impresiones y de recuerdos, mentales y sentimentales.
Las prosas cantan en su música interna de ideas y evocaciones más sutilmente aún que en sus cuerdas de palabras; son las hermanas de los versos, educados ambos por la misma voluntad paternal, en un cuidado de armonía y en un anhelo de ascensión que se diría tienen las mismas voces y las mismas alas. Mayor sobriedad, el desdén de la preocupación puramente «artística», y que asoma con más frecuencia, apareciendo entre la riqueza del _décor_, el alma sincera y fresca del poeta, que sabe la inmensidad de su virtud íntima y tiene el orgullo de su tesoro--, orgullo que no se muestra más que benévolo en el don de su primavera.
Todos estos escritores y poetas que he rápidamente nombrado, y yo el último, vivimos en París; pero París no nos conoce en absoluto, como ya lo he dicho otras veces. Algunos tenemos amigos entre las gentes de letras; pero ninguno de estos señores entiende el español. El _Mercure_ abrió la _rubrique_ de letras hispanoamericanas, hoy desaparecida por un extremado cosmopolitismo, y M. Finot, director de la _Revue et Revue des Revues_, al encargarme un estudio sobre el movimiento intelectual argentino, fué franco en no ocultarme que tomaba el asunto casi como perteneciente al folk-lore. Así, de la literatura malaya se pasa a la literatura dominicana o a la poesía de las islas Fidji. Desgraciadamente todo es cuestión de moda. Hace algunos años todo lo ruso privaba y luego lo escandinavo. Se hizo una estación en Italia con D'Annunzio y la Serao, y hoy se grita _¡Vive la Pologne Monsieur!_ a causa del fatigante y asenderado _Quo Vadis_? A nosotros no nos ha tocado aún el momento; y mucho es que el poeta Díaz Romero encuentre su prosa traducida en revista como el _Mercure_, a propósito de Albert Samaín. Cuando uno piensa que hace más de dos meses que Bjorsterne Bjornson se encuentra en París y que si no fuera un grupo de naturistas y otros entusiastas que han pensado en hacer representar una obra suya, nadie sabría que el pobre grande hombre está en la enorme capital...
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III
El acontecimiento del día es la entrada a la Academia del marqués de Vogüé, su discurso y la respuesta de José María de Heredia. El «preux» y el conquistador. Se ha visto más que nunca que la Academia es, ante todo, un oficial salón aristocrático. La fiesta ha sido un triunfo del mundanismo y de la nobleza. Allí había Gotha, d'Hozier y el _Almanach des châteaux_. La pompa solemne era sacada de una página de historia. El académico entrante y el que le recibía tienen una buena parentela de armaduras. Heredia lleva en su blasón, si mal no recuerdo, una ciudad de plata bajo una palmera de oro, o viceversa; Vogüé, un gallo de oro sobre campo azul.
Como es natural, Vogüé hace el elogio de su antecesor, el duque de Broglie. Habla de su vivaz inteligencia, de su espíritu penetrante e incisivo y del fondo vigoroso de su alma. Y no calla sus lados opuestos y defectuosos, como su timidez. ¿Quién diría que el fuerte duque de Broglie fuera un tímido? «Este hombre, cuyo coraje cívico y valentía moral no se desmintieron nunca, era un tímido que el contacto de sus semejantes embarazaba, a quien un acto de autoridad costaba un penoso esfuerzo. Su naturaleza, un poco dura, sujeta a extrañas distracciones, no respondía siempre a los impulsos de su corazón o a las intenciones de su perfecta cortesía.» Cuestión de «raza». Tanto en un discurso como en otro, a cada momento se habla de raza. Largos párrafos van desenvolviéndose, evocando rasgos históricos, presentando tipos vigorosos de mariscales, de estadistas o de obispos. Aguarda uno el momento en que, por fin, llegue la parte de las letras, objeto principal, al parecer, de la Academia. Y llega sin gran brillo, aunque respetable, la cita de la obra intelectual del duque de Broglie. Algún sentimental lamentaría que no aparezca en todo el discurso una sola vez citado el nombre del pobre Doudan, el áulico preceptor, el filósofo doméstico, el fiel cronista de los Broglie. Cierto es que no era sino un criado para el cerebro.
El discurso de Vogüé es una obra maestra de ese estilo correcto, distinguido, eminente, que conviene a los escritores de su laya, temerosos o desdeñosos de la metáfora; literatura de buen tono. En un párrafo, creeríase oir una repetición de la escena de los retratos en _Hernani_... «Francisco María de Broglie, el primero que sirviera a Francia y que se hizo matar a los cincuenta y seis años por su patria adoptiva--Víctor Mauricio, que fué el primer mariscal de su nombre--; Francisco María, el lugarteniente preferido de Villars, que fué el último en dejar el campo de batalla de Malplaquet y entró el primero en la de Denain, y que a su vez mariscal de Francia, peleaba aún en Bohemia a los setenta años, Víctor Francisco, tercer mariscal, el vencedor de Bergen y de Sondershausen; su hermano, el discreto y valiente depositario del _secreto del rey_; su hijo Mauricio, obispo de Gante, quien resistió a Napoleón y preparó la emancipación de la Bélgica. Otros aún, cuyos servicios, no por ser menos brillantes fueron menos abnegados.» Los párrafos y las frases van en el discurso guardando su categoría; sin precipitaciones ni violencias. La admiración misma se manifiesta con pulcritud. Aun en los pasajes en que se trata de política, nada revela que se altere la noble limitación de la pieza académica. Apenas en un punto, a propósito de la actitud de Broglie con Chateaubriand, expresa: «Una voz solamente salió del círculo habitual de sus trabajos y de su moderación habitual, Las _Memorias de ultratumba_ acaban de aparecer; esta confesión póstuma del genio, que descubría sin prudencia las más secretas llagas de un alma desgarrada, y mostraba, sin velos, todo lo que la irremediable flaqueza humana puede mezclar de pequeñeces y de egoísmo a las sublimes aspiraciones del patriotismo. El joven crítico se indignó. Vertió su indignación en rasgos de un raro vigor y viril elocuencia en que flagelaba con mano implacable las tristes confidencias de un viejo lúgubre, las injustas recriminaciones del político desengañado, levantando la piedra de su tumba para verter la calumnia, en la seguridad y la irresponsabilidad de la muerte.» Confesaréis que, aun lo de «viejo lúgubre», aplicado nada menos que a Chateaubriand en tal recinto, guarda siempre ciertas conveniencias.
La producción intelectual de Broglie aparece, ya que no grandiosa, respetable. Como historiador, su _Historia de la Iglesia y del Imperio Romano en el siglo IV_, le da una buena base. Es una obra de estudio, de reflexión y de labor, pero hecha con un criterio parcial en cuanto a ideas religiosas, y muy lejos de un procedimiento estrictamente científico. En dos revistas, la _Revue des Deux Mondes_ y el _Correspondant_, dejó gran parte de sus lucubraciones el autor blasonado que, a los cuarenta años, era acogido por la Academia, bendecido por Pío IX y defendido por Lacordaire.
M. de Heredia, para responder a la aristocrática arenga, se puso todos sus hierros españoles; sacó la vieja espadona del abuelo de Cartagena, y tuvo gestos de adelantado que ni el mismo Pedrarias Dávila o Pedro de Mendoza. Sabido es que Heredia tiene la nobleza homérica de los fundadores de ciudades, y guarda en su salón, como una joya heráldica, una evocación de «L'Ancêtre» por Claudius Popelin.
Su discurso fué otro desfile de figuras nobiliarias y de hechos heroicos, iluminados esta vez por el resplandor meridional de su verbo de poeta, y en la música de un idioma sonoro y metálico. Hay allí una gran cantidad de sonetos perdidos.
El severo y magnífico D. José María ha demostrado una ocasión más que el _deus_ no abandona a los favorecidos de las Gracias en ninguna ocasión, así sea en la ardua de contestar el discurso académico de un Vogüé. Galeras conquistadoras, choques de armas, vuelos de gerifaltes, todos los trofeos aparecen en el animado fondo de esa prosa elegante y soberbia. No dejará él de dirigir sus párrafos genealógicos a propósito de los Vogüé, como al cubrirse por vez primera un grande de España. «En el año de 1084 Bertrand de Vogüé funda el monasterio de San Martín de Villadieu. Raymond de Vogüé estuvo en la tercera cruzada, si he de creer a una escritura fechada en 1191 en el campo cristiano, bajo los muros de Ptolemais sitiada, por la cual el buen caballero recibe prestados de algún judío o lombardo ochenta y cinco marcos de plata. Paso, en el curso de los siglos, más de un Raymond, Jorges, Pedros, Geoffroys y Audebertos. De todos esos barones, caballeros o donceles, los mayores guerreaban, se casaban con herederas y vivían noblemente, acreciendo su dominio y su descendencia. Grandes bailíos de espada del alto y bajo Vivarais, caballeros de la Orden, se asentaban en los estados de la nobleza de Languedoc. Los menores eran obispos o canónigos de Viviers y de Trois-Châteaux, o entraban en la Orden de San Juan de Jerusalén, mientras que las hijas no casadas se hacían religiosas o abadesas de Saint-Bernard d'Alais y de Saint-Benoît d'Aubenas.» Con toda la dignidad del caso, el hidalgo enumera todas las glorias familiares de ese antiguo y frondoso árbol de Vogüé, en que han florecido muchos reyes magos; conviene a saber, varios Gaspares, Baltasares y Melchores, uno de los cuales ocupaba ya un sillón de la Academia Francesa y es uno de los escritores más eruditos, discretos y sabrosos de estas letras contemporáneas. M. de Heredia quiere disculparse, en un pasaje de su persistencia, en tratar esos asuntos personales, y da por excusa que en la Academia, «l'homme, quel qu'il soit, n'est estimé qu'à sa valeur personnell». Haciendo el elogio de toda la ilustre parentela, halaga al recién venido y de paso a la Corporación que, como la otra que sabéis, pretende o aparenta fijar, limpiar y dar esplendor a la lengua de Flaubert y de Baudelaire--, dos que no pertenecieron al senado «inmortal».
La prosa de M. de Heredia tiene mucho de marcialidad; cosa no extraña en el traductor de _Bernal Díaz_, y compulsador de tanta crónica y página de viejos soldados escritores. El épico penacho de crin aparece de cuando en cuando. Y la gallardía, la _superbia_ lírica, no abandonará en todo el tiempo al adorador de Musagetes. Por esto no puedo menos que imaginarme una vaga sonrisa en ciertos colegas suyos que se sientan en el ilustre Instituto única y exclusivamente «por su valor personal». «¡Poeta, pensarán, poeta!» mientras los pensamientos heroicos y las cláusulas sonantes se van por el aire de la inmortalidad
Comme un vol de gerfaults hors de charniers nata.
Los méritos del marqués de Vogüé son, por otra parte, positivos, y su entrada a la Academia estaba prevista desde hacía tiempo. Además, era ya miembro del Instituto en su sección de Inscripciones y Bellas Letras. Los trabajos de ese noble son muchos y enormes. M de Heredia saluda admirado esas _Iglesias de la Tierra Santa_, _Templo de Jerusalén_, _Siria Central_, _Inscripciones semíticas_, que han colocado a su autor en un honorable puesto entre los modernos arqueólogos: «Vos habéis fijado las reglas sobre la paleografía fenicia y aramea, aclarado más de un punto de historia por las inscripciones y la numismática, establecido el carácter del arte fenicio, revelado el arte chipriota, explicado la representación religiosa y comercial de los hebreos y de los arameos en Siria, y arrojado una luz nueva sobre los palmirianos y los nabateos, esos dos pueblos que el comercio del Oriente hizo tan prósperos y que han desaparecido dejando dos maravillas: las ruinas de Thadmor y las de Petra. Cuando en 1868 fuiste elegido miembro libre de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, ya estábais considerado desde hacía largo tiempo como uno de los maestros de la arqueología oriental». Ya veis, pues, que en este caso las brillantes armas de Heredia rinden bien los honores, y esos honores son justos, puesto que se hacen a un aristócrata del estudio y de la sabiduría, antes, o al mismo tiempo que al descendiente de una docena de mariscales y una veintena de duros y «ferrados» barones, matizados de amatistas con varias abadesas y dignatarios episcopales.
La Academia une, después de todo, a los hombres de genio que alberga como a los mediocres de espíritu resplandecientes de apellidos, en una misma tarea, vaga y eterna: hacer el diccionario. Un diccionario que se está haciendo desde hace muchísimo tiempo y que, probablemente, no se acabará nunca. Sospecho que ese es el secreto de la «inmortalidad». Si algún poeta está en su puesto en tan misteriosa y dilatada tarea, es M. de Heredia, que tardó los años que se sabe en dar a luz sus famosos sonetos.
Ya hay, pues, dos de Vogüé en el ilustre recinto «bajo la Cúpula», como se dice por aquí. El vizconde Melchor guarda silencio desde hace algún tiempo. No hay que olvidar que se le deben libros resonantes y meritorios, y que es un gran admirador y celebrador del espíritu y de la solidaridad latinos. Él fué quien, oficialmente, digamos así, presentó la obra de Gabriel D'Annunzio a los franceses.
El marqués, una vez en posesión de su silla, podrá hacer notar a su pariente que falta otro Vogüé todavía en el Instituto, para que quede completo el número de los reyes magos tradicionales.
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IV
Por fin Enrique Heine tendrá su estatua en París, verdadera patria suya. Sabido es que su patria original, la tierra de su nacimiento, Alemania, no ha consentido en que se levante el menor monumento.
Razones ha tenido Alemania para no tratar con excesivo cariño al portalira de la sardónica musa, que le dijo y cantó tantas verdades. Amor con amor se paga. Mas lo cierto es que los profetas y las patrias no han hecho nunca buenas migas. Un profeta molesta mucho al vecindario, perturba al cura, inquieta al alcalde; vale más que vaya a otra parte a hacer sus profecías. Si no se va, se le crucifica, se le apalea o se le desdeña. Pero entonces, sí, inmediatamente que muere, se le dedica una calle o se le inaugura un simulacro de mármol o de bronce. Heine amó grandemente a Francia; amó, sobre todo, a París, respiró este ambiente, sufrió aquí la terrible enfermedad que tanto le hizo padecer, y reposa en un rincón del cementerio de Montmartre. Allí están los despojos de aquel que dijo: «Yo soy un ruiseñor alemán que vino a hacer su nido en la peluca de Voltaire.»
Un ruiseñor alemán... Cantó divinamente aquel ruiseñor. Cantó divina y dolorosamente; así Dios, según dicen, saca los ojos a sus pájaros de poesía para que canten mejor.
Muchas gracias. Valdrá más, entonces, no cantar ni bien ni mal. ¿Por qué la desventura ha de ser condición del genio, y, sobre todo, de los maestros de la armonía, desde Homero, rey de los ciegos y de los cisnes?
Heine, dulce y áspero, risueño y sollozante a veces, padeció muchísimo, espiritual y corporalmente. Por eso se construyó su fina armadura de ironía, su escudo de desdén, su espada de amargura. Y de esa manera, alejado de los olimpos de un Goethe, o de la serena meditación de un Novalis, rompe con todos los dioses y desconfía de todos los hombres. Apenas algo antecesor en esto de Nietzsche, dedica una parte de su admiración a los grandes conquistadores, a los acaparadores de la gloria que, como el emperador francés, dominan en los siglos. Francia le atrajo con el irresistible encanto de sus seducciones. Alemania, gran madre, sin embargo, _Germania mater_, no ha llenado los sueños y aspiraciones de más de uno de sus ilustres hijos. Fuera de sus cazadores de absoluto, Fichte, Schelling, Hegel, están los que protestan y se erizan. «Previendo mi muerte, dice Schopenhauer, declaro: que desprecio la patria alemana, a causa de su estupidez, y que me avergüenzo de pertenecer a ella.» Y Heine: «El pueblo prusiano, es siempre el mismo pueblo de muñecos pedantes; siempre el mismo ángulo recto a cada movimiento, y, en el rostro, la misma suficiencia helada e estereotipada. Se apretaban, siempre tan tiesos, tan estirados, tan estrechos como antes, y derechos como una I. Diríase que se han tragado la vara de cabo con que antes les zurraban». «Es el país chato de Europa», escribe de su Alemania el flagelante Nietzsche: _Das Flachlan Europas_.
Pero la verdad es que aquel judío melodioso ha entrado a la eterna Walhalla de la gloria, si no a la consideración oficial del imperio de Guillermo II. Si en su _Alemania_, si en su _Atta Troll_, si en muchas partes de su obra admirable, zahiere la patria que no le fué maternal ni simpática, extrajo de ella misma una inmensa riqueza poética. En la luz de sus claros de luna cristalizó más de un collar de perlas del más mágico oriente; hay versos suyos eternamente húmedos de rocío de sus florestas y campos; el ensueño alemán flota, con su legendaria bruma, en el canto musical y entristecido del prusiano rhenano.
De su permanencia en París, Gautier nos ha dejado algunas páginas muy bellas. Cuando sufría el ruiseñor alemán, ya herido por su dolencia, no en la peluca de M. de Voltaire, sino en la silla de enfermo de la que no podía levantarse, le pinta un escritor, habitando rue de la Chataigneraie en Montmorency: «Vivía solo, pobre, orgulloso, cuidado por su mujer, que era muy bella, un poco vulgar. La amaba mucho y le toleraba, sin embargo, un compañero bastante desagradable: un loro hablador. Era una gran condescendencia de su parte, pues el menor ruido le irritaba. No podía ni resistir el tic-tac de un reloj en el bolsillo de un visitante; su sensibilidad exacerbada transformó la mitad de su existencia en áspera agonía. Pasó sus días como un desollado vivo.»
Suplicio prometeano, suplicio dantesco. Hay en él entonces algo de un Job irónico. No cabe en su delicadeza de imaginativo y de sensitivo la dura blasfemia, el desahogo brutal. Las abejas de su jardín zumban, melancólicamente, y extraen su miel heráclea de los más amargos ajenjos y gencianas.
* * * * *
Es interesante, vivamente interesante el culto, el cariño admirativo de la pobre y trágica emperatriz de Austria, Isabel la mártir, por la memoria y la obra del lírico alemán.
La tontería ultrapatriótica rechazó a éste de Berlín; la torpeza antisemita le negó la ciudadanía de Viena. No quisieron en la capital austriaca su estatua porque era israelita. No querían el azor ni los ejemplos buenos, por nacer en «vil nio» y «por los decir judío» como reza el verso de Rabbi Sem Tob. La princesa atrida, entonces, en su villa de Corfú le levantó su monumento. Muerta la emperatriz y puesto a la venta el Achilleion, un millonario italiano ha querido ser generoso también con el poeta, y ha dado la estatua para que sea colocada en la tumba del cementerio de Montmartre. No ha de faltar el día de la inauguración el cumplido homenaje de París. El primero de los satíricos modernos, según el sentir de Menéndez Pelayo; pero sobre todo, el poeta, el melodioso y triste poeta, tendrá flores en su sepulcro y se celebrará su gloria como en lugar propio.
Sí; Heine el volteriano es ciudadano de París, Heine, el admirador de Napoleón, tiene ganada su carta de ciudadanía francesa.