La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I

Part 13

Chapter 133,721 wordsPublic domain

A un paso se alza la cúpula del Pantheon. A un paso está el Museo. Reinan un ambiente de gloria y un soplo de arte. El arte, la ciencia, la investigación del misterio humano, la liberación de todos los espíritus por medio de la Verdad y de la Belleza, he ahí la verdadera salvación de la Francia, de la tierra, de la humanidad entera. Los grandes creadores de luz son los verdaderos bienhechores, son los únicos que se opondrán al torrente de odios, de injusticias y de iniquidades. He ahí la gran aristocracia de las ideas, la sola, la verdadera que desciende al pueblo la impregna de su aliento, le comunica su potencia y su virtud, le transfigura y le enseña la bondad de la vida. Y es el camino hacia lo desconocido, en busca del secreto de nuestro ser. Mientras en la calle se entrechocan las antipatías y las hostilidades, mientras los portavoces de las pasiones violentas y malignas agotan sus terribles diccionarios, mientras se gastan en campañas miserables, i en trabajos de destrucción y de rencor fuerzas que podrían ser empleadas en bien de la comunidad, en provecho de la república, unos cuantos sabios prosiguen en sus laboratorios sus investigaciones; unos cuantos pensadores se afanan en la solución de más de un problema benéfico; unos cuantos artistas se aislan en su obra diaria, en la metódica labor que crea poco a poco la obra durable. Y hay por eso que confiar, que no desesperar. A la consecución de altos fines tiende el impulso vehemente de las almas nuevas. No sabemos si ese pálido joven de larga cabellera que acaba de pasar con un libro debajo del brazo es uno de los salvadores de mañana. Lo que sí sabemos es que los salvadores de mañana no están entre los danzantes de Bullier y donjuanes de la terraza. Felizmente, la juventud estudiosa americana que viene a París, buena parte encara los grandes problemas y consagra a la observación y a los libros sus mejores horas. No toda viene a bailar y beber.

He de ocuparme en los estudiantes americanos. He de escribir de su vida y de sus esfuerzos. He de visitarlos en los hospitales, en los laboratorios, en los talleres. Y he de contar la existencia del artista, pensionado o no, que pasa sus horas en la esperanza de su visión, en la fe en su arte, en el amor de su propósito. Estos no van a gritar a los monomios, ni buscan recomendaciones. Aprenden las maneras de la juventud libre y sana. No desdeñan reir, a pesar de la arruga que el pensamiento les cincela en la frente. Piensan en engrandecer la patria lejana, con todo y la indiferencia de los gobiernos y las sociales miserias, cegueras e injusticias. Miran, observan las agitaciones de las naciones europeas, los progresos, las tentativas, los fracasos y las victorias. Meditan en sus pensiones, en sus cuartos, en sus estudios más o menos pobres. Sonríen a uno que otro amor pasajero. Y, a la hora de los poetas, suelen venir a respirar olor de bosque bajo los árboles del jardín próximo, como estos verdes y frescos del Luxemburgo.

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II

M. Jean Finot, al hablar de la Inglaterra enferma, no deja de hacer notar la vitalidad creciente de los Estados Unidos. No poco le ha servido para sus estudios y comparaciones la obra de M. Stead sobre la americanización del mundo, la cual tiene como epígrafe una frase de Cobden, en 1835: «We fervently believe that our only chance of national prosperity lies in the timely remodelling of our system, so as to put it as nearly as possible upon an equality with the improved management of the Americans.» M. Stead considera con razón como el más grande fenómeno político, social y comercial, la ascensión de la gran república al primer puesto entre las potencias del mundo.

El valiente periodista ha dicho claramente a sus connacionales: Si no renunciamos a un ficticio orgullo y no imitamos los procedimientos de los americanos, y no trabajamos para la concordia y unión del _english-speaking world_, vamos a quedar reducidos a la posición mediocre de Holanda o de Bélgica.

«Los norteamericanos se esfuerzan con inaudito despliegue de energía en rehacer el mundo a su imagen y semejanza. Y la americanización universal ha comenzado. Inglaterra está invadida. Irlanda es más americana que inglesa. Un irlandés preferirá siempre, y estará orgulloso de ser ciudadano americano, a ser súbdito de la Gran Bretaña. La mayoría de los irlandeses miran con hostilidad al imperio británico. El partido revolucionario irlandés es en América donde tiene su base, sus banqueros, sus comités. Cada día Irlanda está más americanizada, más y más asimilada a las ideas de la democracia del Oeste.

»Lo que América ha dado a los irlandeses es mucho más valioso que dollars. Es únicamente en las ciudades de la Unión Americana donde los irlandeses han tenido oportunidad de desplegar aquellas facultades políticas, cuyo ejercicio se les niega en su tierra natal.» M. Stead es un escritor franco, que no disfraza nunca su pensamiento y que habla claro.

Las Antillas están llamadas a la anexión a los Estados Unidos; y es muy significativa una caricatura yanqui en que van, en forma de pollitos, a caer bajo el sombrero-trampa del Tío Sam. En cuanto al Canadá, juzga M. Stead que será la primera entre todas las antiguas colonias inglesas que se separe del Imperio para echarse en brazos de la forma republicana, aunque no para una anexión a los Estados Unidos.

Sin embargo, hay muchos partidarios de ella, sobre todo entre los canadienses de origen francés.

Australia está influenciada por los principios de la república americana. En la organización del Australian Commonwealth se ha tenido la mira puesta en los Estados Unidos. «El nuevo parlamento no tiene un año, pero ya ha formulado una petición de grandes alcances para la adopción de una doctrina de Monroe para el Pacífico.» Por lo que toca a la vida y costumbres, los australianos son mucho más americanos que ingleses, como lo han hecho notar algunos escritores y viajeros, entre ellos Henry George.

De paso, notemos una de las principales bases de la fuerza norteamericana en la inmigración. Son enormes aumentos de aspiraciones y energías las que han ido a acrecer la potencia propia. «La emigración, que a menudo es mirada por los americanos como un elemento de peligro, ha probablemente contribuído más que nada, excepto el puritanismo en la educación de la Nueva Inglaterra, a la formación de la república.» El profesor Starr ha asombrado recientemente con su afirmación de que, si no fuese el continuo influjo de la emigración extranjera con sus prolíficas familias, el tipo genuíno americano se aproximaría al piel roja, y, como el piel roja, estaría llamado a desaparecer. El país ha sido «un crisol de naciones».

La americanización de Europa va en una rápida progresión, aunque a ella se opongan unos cuantos espíritus defensores y previsores, cuyo principal representante y director es el emperador de Alemania. M. Stead tiene una frase muy feliz a su respecto: es Canuto, dice, enfrente del mar. La ola no deja de avanzar poco a poco a pesar de todas las protestas y de todos los esfuerzos. Y el viaje reciente del príncipe Enrique ha podido convencer al magnate viajero de la verdadera fuerza yanqui en su centro y origen, y el kaiser, una vez más, habrá sido bien informado. A esta oposición del kaiser obedecen las nuevas disposiciones y las nuevas tendencias de encauce de la emigración de que he hablado en una de mis correspondencias anteriores. Pero oigamos: «No hay ciudades más americanizadas en Europa que Hamburgo y Berlín. Son americanas en la rapidez de su progreso, americanas en su nerviosa energía, americanas en su pronta apropiación de las facilidades para el rápido transporte. El americano se encuentra mucho más en su casa, a pesar de la diferencia de idioma, en la concentrada y febril energía de la vida de Hamburgo y de Berlín, que en las más estacionarias y conservadoras ciudades de Liverpool y Londres. El manufacturero alemán, el armador alemán, el ingeniero alemán, están prontos a emplear las más recientes máquinas americanas. La máquina de escribir americana impera tanto en Alemania como en la Gran Bretaña; y, lo que es mucho más importante, el estanciero americano continúa proveyendo de pan y tocino, en cantidades cada vez mayores, la mesa alemana». Hay además la transfusión de ideas políticas, que ha preocupado mucho al emperador, con justo motivo.

La influencia norteamericana en el imperio otomano se ha entrevisto recientemente, a propósito de la captura de miss Stone. El misionero yanqui ha fundado colegios y centros que, al propio tiempo, son de propaganda evangélica y de provecho para los Estados Unidos. En Bulgaria, la mujer mas influyente era una discípula de la famosa miss Stone; la señora W. B. Kossuroth. Si el gobierno americano hubiese querido tomar la cosa a pechos, cuando el secuestro sonoro, «las Estrellas y Listas hubieran flameado pronto sobre las aguas del mar de Mármara, y el trueno de los cañones americanos hubiera sonado la agonía de la dinastía otomana. Ningún poder sobre la tierra hubiera podido detener el avance de los barcos americanos, y ninguna potencia de Europa, por supuesto, se habría atrevido a intentarlo.»

En el resto de Europa la americanización ha tomado otras vías. La invasión es sentida por todos y en la conciencia de todos parece incontenible.

En Asia, los Estados Unidos, después de la guerra con España, han llegado a ser un poder activo con la toma de las islas Filipinas. El influjo del capital americano en China y en el Japón ha ido en aumento desde hace tiempo.

Por lo que entrañan y lo que dejan gráficamente significado, las caricaturas son muy valiosas lecciones, y en este caso hay innumerables obras de dibujantes ingleses y americanos.

En una está el «Colonel Jonathan J. Bull», o lo que llegará a ser John Bull. En un fondo londinense, pero lleno de casas a lo yanqui, está plantado John Bull, la personificación simbólica de Inglaterra. Pero viste un traje que participa del traje propio conocido y del del tío Sam. A su lado está el águila americana, pero con cabeza de león, del león británico. Esa híbrida mezcla quiere decir demasiado para detenerse a explicarla. El dibujo es del _Punck_.

Ya he hecho referencia al sombrero-trampa que coge los pollitos de las Antillas. En otra caricatura, a propósito de la tarifa Wal, se alude a la anexión de Cuba. La única salvación está, ante el muro levantado, en un santos-dumont que se llama _Annexation_ y que va montado por un cubano. Ambas caricaturas son de origen yanqui.

Hay otra del _Punck_ de Nueva York, en que, ante las naciones de Europa, gallos enjaulados en la jaula de la doctrina de Monroe, se pasea, gallo enorme entre los pollos de las naciones latinas de América, el Uncle Sam. En otra el mapa de la América del Sur forma una cabeza cuyo sombrero es el del mismo Tío. En otra, con motivo de la terminación del tratado Clayton Bulwer, John Bull se inclina descubierto al abrir una puerta por la que entra orgulloso, armado de pico y pala, a abrir el canal de Nicaragua, el Tío consabido. En otra, un monstruo, una extraordinaria serpiente marina formada de arados, locomotoras, vagones, bolsas de trigo, máquinas agrícolas, barricas y algodón, avanza hacia el continente europeo, y a su vista salen corriendo, espantados, los tipos representativos de las naciones de Europa, John Bull el primero. Y en otras, ya es John Bull que sale a pasear por su propio país, y se encuentra con que todas las propiedades que ve están compradas por capitalistas norteamericanos; ya es el mismo John Bull que trabaja en una oficina en donde todo es «made in U. S.», o en una calle no encuentra tranvía en que subir que no sea de Compañía americana. Aquí va Jonathan llevándose un talego que representa el comercio del mundo, y a su paso atropella a las naciones del viejo mundo; más allá se demuestran las victorias seguidas de los Estados Unidos en materia de sport. O se ve a John Bull víctima de una pesadilla, viendo por todas partes tíos Samueles que le estorban el paso, que le prenden, que le juzgan, que le pegan en el box, que le dejan sentarse, que le vencen a la carrera o que se ganan todos los aplausos en los teatros. Por un lado, un retrato _charge_ de Pierpont Morgan, cubierto con un sombrero que simboliza los _truts_ y vestido de un chaleco de dollars. En otra parte, él mismo, como Atlas, lleva el mundo al hombro; y en otras tiene los tentáculos de un pulpo, o va en una bicicleta cuyas dos ruedas son los dos hemisferios del planeta.

¿Cuáles son los medios con que la dominadora América americaniza? Tiene la religión, por medio de sus innumerables ejércitos de misioneros y asociaciones de todos los cultos e iglesias americanas.

Hasta el espiritismo ha sido un útil medio en sus manos. Luego, la obra del Christian Endeavour movement, se ha extendido en toda tierra de habla inglesa.

Su influencia en el mundo intelectual y en el periodístico es grande. Desde el almanaque del Poor Richard hasta los ensayos de Emerson y la obra sociológica de Henry George. En el siglo pasado ha dado dos poetas de una originalidad y vuelo que se han impuesto al Universo: Poe y Whitman. Sus humoristas han contagiado a todas las literaturas de la tierra, a punto de hacer pesado en más de un autor «gai» francés el tradicional y ligero espíritu de la risa gala. Novelistas como Bellamy han logrado fama en un momento. Sus diarios son los colosos del diarismo mundial, y sus «magazines» son insuperables. En arte tienen un movimiento enorme que comienza a conocer el mundo; y la pintura saluda a Vhistler como la escultura a St. Gaudens, entre los grandes maestros. Su ciencia ha conseguido varias victorias. Su teatro ha invadido plenamente a Inglaterra. Su sociedad se ha ennoblecido por alianzas, gracias a su riqueza. Yanquis son la virreina de la India, lady Curzon, como la duquesa de Marlborough, y como muchas tituladas de todas las cortes de Europa. En el mundo del sport son reyes los yanquis. Y el _Truts_ tiene carta de ciudadanía americana. Son los directores actuales de la Fuerza en la Humanidad.

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II

La vieja cuestión del canal interoceánico se renueva de tiempo en tiempo. En estos momentos, se agita en los Estados Unidos y tiene naturalmente gran repercusión en Francia. ¿Se realizará el canal por fin? ¿Cuál de los canales? ¿El de Nicaragua? ¿El de Panamá? ¿Los dos? Colombia, Nicaragua, Costa Rica están a la espera de las resoluciones definitivas. El proyecto de Nicaragua parece ganar terreno; el cadáver de Panamá se diría conmovido eléctricamente como la rana de Galvani. M. Buno-Barilla lanzó aquí hace algunos meses un llamamiento a los panamistas, en el buen sentido de la palabra, para interesarlos en favor de una empresa que podría resarcir las antiguas pérdidas; nadie hizo caso. M. Hutin hizo un viaje a los Estados Unidos para tratar de ofrecer al yanqui los restos de Panamá, a un buen precio. Las influencias y los ofrecimientos usuales en los medios políticos americanos, no han escaseado. Nada se ha resuelto todavía. Entretanto, los norteamericanos se posesionan poco a poco de Nicaragua, en donde el gobierno ha comenzado por hacer concesiones que han sido aminoradas por declaración del presidente Zelaya, pero que, por parte de los Estados Unidos, han sido mantenidas, según las primeros versiones que la Prensa hizo conocer; es decir, cesiones territoriales a un lado y otro del futuro canal, con derecho de establecer guarniciones militares y tribunales de justicia. No se podrá alegar, pues, en tal caso, la «soberanía» de la república centroamericana, aunque hay que confiar en el reconocido patriotismo y tacto político del general Zelaya.

El señor Crisanto Medina, antiguo ministro de varias repúblicas de Centro América en Europa, persona de consejo y habilidad, que conoce perfectamente la cuestión del canal, como que ha sido actor en muchos preliminares de ella, ha ido recientemente a Nicaragua, y no es de dudar que sus indicaciones hayan sido escuchadas en el gobierno. Ha escrito con oportunidad una interesante historia del canal interoceánico, que reviste la mayor actualidad. No es el señor Medina de los dudosos, él cree probable que llegará, tarde o temprano, la necesidad, para el comercio del mundo, de los dos canales, el de Panamá y el de Nicaragua. Por de pronto, y por más que se asegure que los entusiasmos norteamericanos por el istmo nicaragüense son aparentes y tan sólo manifestados para encontrar más fáciles las ofertas del Panamá, abandonado por la mano francesa, parece extraordinario que se pueda suponer interés en continuar la ruta fracasada de Lesseps. Me ha tocado visitar en compañía de ingenieros desolados ante el espectáculo ciertamente conmovedor, aquel inmenso cementerio de construcciones, aquel colosal osario de máquinas, entre las ruinas, en el lugar fatídico en que la imprudencia por un lado y el delito por otro, enterraron un sinnúmero de vidas y un sinnúmero de ahorros de pobres gentes... Proseguir, animar de nuevo las viejas dragas llenas de herrumbre, volver a turbar con nuevos ruidos el silencio que dejó allí la más formidable de las «débacles», una especie de Sedán económico de Francia, sería una locura que no cabe, sobre todo, en cerebros yanquis. Pero, todo puede ser.

Los días pasados, en casa del señor Medina, recorría yo las líneas que ha dedicado a la obra ístmica. Él hace primero, y antes de entrar en recuerdos y apreciaciones personales, una reseña ligera de las tentativas que, a través de los siglos, se han iniciado para unir los dos océanos. Tiene el buen gusto de no citar la previsión de Séneca: «aquí está la vasta puerta de dos mares» demasiado mellada por el uso que de ella han hecho cuantos han tenido que ocuparse en el asunto. Habla de los ingenieros del Renacimiento, que fueron a buscar oro de Cipango, y que señalaron varias rutas factibles. Refiriéndose a ellos, cuenta que M. de Lesseps le dijo un día: _Ils n'étaient pas fixés!_ Él tampoco, el pobre grande hombre _n'était pas fixé!_...

--Vea V., me dice el señor Medina--mientras la madera crepita en la chimenea de su «bureau» de diplomático, en la rue Boccador--; vea V. lo curioso que es ese proyecto de un antiguo español, Diego de Mercado, cuya relación se ha encontrado hace poco en los archivos de Sevilla: «Diego de Mercado no era un ingeniero; tampoco era un geógrafo. Él mismo dice modestamente a su soberano, Felipe III, que es «fabricante de pólvora, y antiguo soldado, a la sazón vecino desta ciudad de Santiago, de la provincia de Goathemala.» No obstante, sus descripciones son de una precisión admirable, y sus proyectos no carecen de buen sentido práctico. Principia Diego de Mercado por diseñar un cuadro muy completo de los puertos de San Juan al Norte y San Juan al Sur de Nicaragua; y explica en seguida la conformación del río San Juan y las muchas, pero no insuperables, dificultades que ofrece para la navegación a causa de sus arenas, sobre todo de sus raudales. Luego indica el trabajo que sería necesario hacer en él. Hace en seguida comparaciones entre los puertos de Panamá, Colón, San Juan del Norte y San Juan del Sur, y después de algunas descripciones prolijas y entusiastas, en las cuales el buen Diego de Mercado revela su alma de flamenco, hablando con más entusiasmo de los cereales que de las selvas vírgenes; después de un largo examen de las riquezas conocidas del suelo costarricense y de las riquezas y misterios y de la costa de Mosquitia, cuyo nombre primitivo de _Sierra del Oro_ (Saguzgalpa), hace germinar en su imaginación ensueños de fortuna y de conquista, llega a su proyecto de canal y lo expone con sencillez y claridad en páginas que muestran su gran deseo de ser útil a la humanidad y al rey. Diego de Mercado fué un hombre estudioso y perspicaz, de buena voluntad y de fe entera, que comprendió desde luego las grandes ventajas que la canalización de Nicaragua ofrecía a la navegación universal en cambio de un ligero sacrificio. El rey Don Felipe III, no obstante, debe de haber dado muy poco crédito a sus palabras, puesto que aun teniendo seguridad de que, según sus propias palabras, «los trabajadores llevarían la obra a cabo sin necesidad de pagarles salario alguno», dejó sin respuesta definitiva la proposición de su leal vasallo.

Antes habían ya hecho propuestas semejantes al emperador Carlos V, Hernán Cortés y Angel de Saavedra; el primero señalaba como utilizable el curso del Darien y creía hacedero el canal por Panamá, basado en los estudios hechos por Vasco Núñez de Balboa en 1513; Cortés optaba por Tehuantepec, y encargó de hacer los estudios a Gonzalo de Sandoval. Carlos V se encogió de hombros. Tenía otras cosas que intentar. Luego, un aventurero portugués, llamado Antonio Galvao, encontró hacedero el canal por cuatro vías diferentes: Nicaragua, el istmo de Méjico, Panamá, entre el golfo de Uraba y el golfo de San Miguel. Felipe II recibió los pedidos de López de Gomara para que llevase a la práctica la obra del canal. Mucho tiempo pasó sin que ningún paso importante se diese. El fundador del Banco de Inglaterra, William Patterson, hizo que su rey aprobase un plan de colonización del Darien y de un canal por ese punto; aunque la expedición se organizó, no pudo efectuarse. Después tenemos la iniciativa de Bolívar, que, naturalmente, encontraba muy factible la obra por el istmo panameño; el Libertador se ocupó en el asunto antes y después de la realización de sus sueños políticos.

La primera expedición científica fué en tiempo y por orden de Carlos III. «Dos ingenieros eminentes, dice el señor Medina, uno francés y otro español, Martín de la Bastide y Manuel Galistro, fueron a Panamá y a Nicaragua; examinaron el terreno, hicieron minuciosos sondajes y volvieron a Europa con un proyecto favorable a Nicaragua (y no a Panamá, como dicen algunos historiadores), según consta del _Abanico Geográfico_ que Martín de la Bastide depositó en la Biblioteca Nacional de París en 1805, es decir, en el mismo año del nacimiento de Ferdinand de Lesseps.»