La batalla de los Arapiles

Part 22

Chapter 223,891 wordsPublic domain

--También llevará usted memoria de las tristes escenas de la guerra --dijo Amaranta con emoción.

--Los franceses nada respetan --indicó Miss Fly con la indiferencia que se emplea en las visitas para hablar del tiempo.

--En su retirada --afirmó Simpson-- han destruido todos los pueblos de la ribera del Tormes. No nos perdonan que les hayamos matado cinco mil hombres y cogido siete mil prisioneros con dos águilas, seis banderas y once cañones... ¡Grandiosa e importante batalla! No puedo menos de felicitar al Sr. de Araceli --añadió haciéndome el honor de dirigirse a mí-- por su buen comportamiento durante la acción. El brigadier Pack y el honorable general Leith han hecho delante de mí grandes elogios de usted. Me consta que su excelencia el gran Wellington no ignora nada de lo que tanto os favorece.

--En ese caso --dije--, tal vez se disipe la prevención que Su Excelencia tenía contra mí por motivos que nunca pude saber.

Athenais se puso pálida; mas dominándose al instante, no solo se atrevió a fijar en mí sus lindos ojos de cielo, sino que se rio y de muy buena gana, según parecía.

--Este caballero --contestó con jovialidad asombrosa por lo bien fingida-- ha tenido la desgracia y la fortuna de pasar por mi amante a los ojos de los ociosos del campamento. En España, el honor de las damas está a merced de cualquier malicioso.

--¡Pero cómo! ¿Es posible, señora? --exclamé fingiéndome sorprendido, y además de sorprendido, encolerizado--. ¿Es posible que por aquel felicísimo encuentro nuestro...? No sabía nada ciertamente. ¡Y se han atrevido a calumniar a usted!... ¡Qué horror!

--Y poco ha faltado para que me supusieran casada con vos --añadió apartando los ojos de mí, contra lo que las conveniencias del diálogo exigían--. Me ha servido de gran diversión, porque, a la verdad, aunque os tengo por persona estimable...

--No tanto que pudiera merecer el honor... --añadí completando la frase--. Eso es claro como el agua.

--Todo provino de que alguien nos vio juntos en la ciudad, cuando para salvaros de aquellos infames soldados, pasasteis por mi criado durante unas cuantas horas --dijo Athenais, coqueteando y haciendo monerías--. Ahora falta saber si por vanidad juvenil fuisteis vos mismo quien se atrevió a propalar rumores tan ridículos acerca de una noble dama inglesa, que jamás ha pensado enamorarse en España, y menos de un hombre como vos.

--¡Yo, señora! El coronel Simpson es testigo de lo que pensaba yo sobre el particular.

--Los rumores --dijo el simpático Abraham-- partieron de la oficialidad inglesa, y empezaron a circular cuando Araceli volvió de Salamanca y Athenais no.

--Y vos, mi querido Sir Abraham Simpson --dijo Miss Fly con cierto enojo--, disteis circulación a las groserías que corrían acerca de mí.

--Permitidme decir, mi querida Athenais --indicó Simpson en español--, que vuestra conducta ha sido algo extraña en este asunto. Sois orgullosa... lo sé... creíais rebajaros solo ocupándoos del asunto... Lo cierto es que oíais todo, y callábais. Vuestra tristeza, vuestro silencio hacían creer...

--Me parece que no conocéis bien los hechos --dijo Athenais empezando a ruborizarse.

--Todos hablaban del asunto; el mismo Wellington se ocupó de él. Os interrogaron con delicadeza, y contestasteis de un modo vago. Se dijo que pensábais pedir el cumplimiento de las leyes inglesas sobre el matrimonio. Calumnia, pura calumnia; pero ello es que lo decían y vos no lo negábais... yo mismo os llamé la atención sobre tan grave asunto, y callasteis...

--Conocéis mal los hechos --repitió Athenais más ruborizada--, y además sois muy indiscreto.

--Es que, según mi opinión --dijo Simpson--, llevasteis la delicadeza hasta un extremo lamentable, mi querida Athenais... Os sentíais ultrajada solo por la idea de que creyeran... pues... una mujer de vuestra clase... No quiero ofender al señor; pero... es absurdo, monstruoso. La Inglaterra, señora, se hubiera estremecido en sus cimientos de granito.

--¡Sí, en sus cimientos de granito! --repetí yo--. ¡Qué hubiera sido de la Gran Bretaña!... Es cosa que espanta.

Miss Fly me dirigió una mirada terrible.

--En fin --dijo la condesa--, los rumores circularon... yo misma los oí... Pero la cosa no vale nada, si la Gran Bretaña se mantiene sin mancilla...

Miss Fly se levantó.

--Señora --le dije con el mayor respeto--, sentiría que usted dejase a España sin que yo pudiese manifestarle la profundísima gratitud que siento...

--¿Por qué, caballero? --preguntó llevando el pañuelo a su agraciada boca.

--Por su bondad, por su caridad. Mientras viva, señora, bendeciré a la persona que me recogió del campo de batalla con otros infelices compañeros.

--Estáis en gran error --exclamó riendo--. Yo no he pensado en tal cosa. Vos, sin duda, lo deseábais. Recogí a varios, sí; pero no a vos. Os han engañado. Me visteis en la Merced recorriendo las salas y dormitorios... No quiero que me atribuyan el mérito de obras que no me pertenecen.

--Entonces, señora, permítame usted que le dé las gracias por... No, lo que quiero decir es que ruego a usted no me guarde rencor por haber sido causa, aunque inocente, de esos ridículos rumores...

--¡Oh, oh!... No hago caso de semejante necedad. Soy muy superior a tales miserias... ¡La calumnia! ¿Acaso me importa algo?... ¡Vuestra persona! ¿Significa algo para mí? Sois vanidoso y petulante.

Miss Fly hacía esfuerzos extraordinarios por conservar en su semblante aquella calma inglesa que sirve de modelo a la majestuosa impasibilidad de la escultura. Miraba a los cristales, a los viejos cuadros, al suelo, a Inés, a todos, a todos menos a mí.

--Entonces, señora --añadí--, puesto que ningún daño ha padecido usted por causa mía...

--Ninguno, absolutamente ninguno. Os hacéis demasiado honor, caballero Araceli, y solo con pedirme excusas por la vil calumnia, solo con asociar vuestra persona a la mía, estáis faltando al comedimiento, sí, faltando a la consideración que debe inspirar en todo lo habitado una hija de la Gran Bretaña.

--Perdón, señora, mil veces perdón. Solo me resta decir a usted que deseo ser su humildísimo servidor y criado, aquí y en todas partes y en todas las ocasiones de mi vida. ¿También así falto al comedimiento?

--También... pero, en fin, admito vuestros homenajes. Gracias, gracias --dijo con altivez--. Adiós.

Al fin de la visita, aunque repetidas veces se empeñó en reír, no pudo conseguirlo sino a medias. Sus manos temblaban, destrozando las puntas del chal amarillo. Despidiose cariñosamente de la condesa, y con mucha ceremonia de Inés y de mí.

--¿Y no será usted tan buena que nos escriba alguna vez para enterarnos de su salud? --le dije.

--¿Os importa algo?

--¡Mucho, muchísimo! --respondí con vehemencia y sinceridad profunda.

--¡Escribiros! Para eso necesitaría acordarme de vos. Soy muy desmemoriada, señor de Araceli.

--Yo, mientras viva, no olvidaré la generosidad de usted, Athenais. Me cuesta mucho trabajo olvidar.

--Pues a mí no --dijo mirándome por última vez.

Y en aquella mirada postrera que sus ojos me echaron, puso tanto orgullo, tanta soberbia, tanta irritación, que sentí verdadera pena. Al fin salió de la sala. La palidez de su rostro y la furia de su alma la hacían terrible y majestuosamente bella.

Pocos momentos después, aquel hermoso insecto de mil colores, que por unos días revoloteara en caprichosos círculos y juegos alrededor de mí, había desaparecido para siempre.

Muchas personas que anteriormente me han oído contar esto, sostienen que jamás ha existido Miss Fly; que toda esta parte de mi historia es una invención mía para recrearme a mí propio y entretener a los demás; pero ¿no debe creerse ciegamente la palabra de un hombre honrado?

Por ventura, quien de tanta rectitud dio pruebas, ¿será capaz ahora de oscurecer su reputación con ficciones absurdas, con fábricas de la imaginación que no tengan por base y fundamento a la misma verdad, hija de Dios?

Poco después de que los dos ingleses nos dejaron solos, la condesa dijo a Inés:

--Hija mía, ¿tienes inconveniente en casarte con Gabriel?

--No, ninguno --repuso ella con tanto aplomo, que me dejó sorprendido.

Con inefable afecto besé su hermosa mano, que tenía entre las mías.

--¿Está tranquila y satisfecha tu alma, hija mía?

--Tranquila y satisfecha --repuso--. ¡Pobrecita Miss Fly!

Ambos nos miramos. Un cielo lleno de luz divina y de inexplicable música de ángeles flotaba entre uno y otro semblante... Si es posible ver a Dios, yo le veía, yo.

--¡Qué hermoso es vivir! --exclamé--. ¡Qué bien hizo Dios en criarnos a los dos, a los tres! ¿Hay felicidad comparable a la mía? ¿Pero esto qué es, es vivir o es morir?

Al oír esto la condesa, que había corrido a abrazarnos, se apartó de nosotros. Fijó los ojos en el suelo con tristeza. Inés y yo pensamos al propio tiempo en lo mismo, y sentimos la misma pena, una lástima íntima y honda que turbaba nuestra dicha.

--¿Qué tal está hoy? --preguntó Amaranta.

--Muy mal --repuso Inés--. Solo vive su espíritu.

Amaranta dio un suspiro y nos abrazó de nuevo.

--Levántate --me dijo Inés--. Vamos los dos allá. Hace ya hora y media que no me ha visto, y estará muy taciturno.

Aunque extenuado y débil, me levanté y la seguí apoyado en su brazo.

--Haré la última tentativa, y venceré --dijo cerca ya de la guarida del masón--. Le he observado muy bien todo el día, y el pobrecito no desea ya sino rendirse.

XLII

Al entrar en la solitaria y triste estancia, vimos a Santorcaz apoltronado en el sillón y leyendo atentamente un libro. Alzó la vista para mirarnos. Inés, poniendo la mano en su hombro, le dijo con cariñoso gracejo:

--Padre, ¿sabes que me caso?

--¿Te casas? --dijo con asombro el anciano soltando el libro y devorándonos con los ojos--. ¡Tú!...

--Sí --continuó Inés en el mismo tono--. Me caso con este pícaro Gabriel, con un opresor del pueblo, con un verdugo de la humanidad, con un satélite del despotismo.

Santorcaz quiso hablar, pero la emoción entorpeció su lengua. Quiso reír; quiso después ponerse serio y aun colérico; mas su semblante no podía expresar más que turbación, vacilación y desasosiego.

--Y como mi marido tendrá que servir a los reyes, porque ese es su oficio --prosiguió Inés--, me veré obligada, querido padre, a reñir contigo. Ahora me ha dado por la nobleza; quiero ir a la corte, tener palacio, coches y muchos y muy lujosos criados... Yo soy así.

--Bromea usted, señora Doña Inesita --dijo Santorcaz en tono agridulce, recobrando al fin el uso de la palabra--. ¿No hay más que casarse con el primero que llega?

--Hace tiempo que le conozco, bien lo sabes --dijo ella riendo--. Muchas veces te lo he dicho... Ahora, padre, tú te quedarás aquí con Juan y Ramoncilla, y yo me voy a Madrid con mi marido. Te entretendrás en fundar una gran logia y en leer libros de revoluciones y guillotinas, para que acabes de volverte loco, como D. Quijote, con los de caballerías.

Diciendo esto, abrazó al anciano y se dejó besar por él.

--¡Adiós, adiós! --repitió ella--. Puesto que no nos hemos de ver más, despidámonos bien.

--Picarona --dijo él, estrechándola amorosamente contra su pecho y sentándola sobre sus rodillas--. ¿Piensas que te voy a dejar marchar?

--¿Y piensas que yo voy a esperar a que tú me dejes salir? Padre, ¿te has vuelto tonto? ¿Has olvidado a la persona que ha estado en casa y que tiene tanto poder?... ¿No sabes que estás preso?... ¿Crees que no hay justicia, ni leyes, ni corregidores? Atrévete a respirar...

El masón apartó de sí a la muchacha; trató de levantarse; mas impidiéronselo sus doloridas piernas, y golpeando los brazos del sillón, habló así:

--¡Pues no faltaba más... marcharte tú y dejarme!... Araceli --añadió dirigiéndose a mí con bondad--, ya que mi hija tiene la debilidad de quererte, te permito que seas su marido; pero tú y ella os quedaréis conmigo.

--¡A buena parte vas con súplicas! --dijo Inés riendo--. A fe que mi marido hace buenas migas con los masones. Él y yo detestamos el populacho y adoramos a reyes y frailes.

--Bueno, me quedaré --dijo Santorcaz con ligera inflexión de broma en su tono--. Me moriré aquí. Ya sabes cómo está mi salud, hija mía: vivo de milagro. En estos días que has estado enojada conmigo, yo sentía que la vida se me iba por momentos, como un vaso que se vacía. ¡Ay! queda tan poco, que ya veo, ya estoy viendo el fondo negro.

--Todo se arreglará --dije yo acercando mi asiento al del enfermo--. Nos llevaremos con nosotros al enemigo de los reyes.

--Eso es, eso... Gabriel ha hablado con tanto talento como Voltaire --dijo el masón con repentino brío--. Me llevaréis con vosotros... No tengo inconveniente, la verdad...

--Bueno, le llevaremos --dijo Inés abrazando a su padre--, le llevaremos a Madrid, donde tenemos una casa muy grande, grandísima, y en la cual estaremos muy anchos, porque mi madre se va con todos sus criados a vivir a Andalucía para no volver más.

--¡Para no volver más! --dijo el enfermo con turbación--. ¿Quién te lo ha dicho?

--Ella misma. Se separa de mí mientras tú vivas.

--¡Mientras yo viva!... Ya lo ves. Por eso conocerás la inmensidad de su aborrecimiento.

--Al contrario, padre --dijo Inés con dulzura--: se marcha porque tú no la puedes ver, y para dejarme en libertad de que te cuide y esté contigo en tu enfermedad. Lo que te decía hace poco de abandonarte y marcharme sola con mi marido, era una broma.

En los párpados del anciano asomaban algunas lágrimas que él hubiera deseado poder contener.

--Lo creo; pero eso de que tu madre se separe de ti por concederme el inestimable beneficio de tu compañía, me parece una farsa.

--¿No lo crees?

--No: ¿a que no se atreve a venir aquí y a decirlo delante de mí?

--Eso quisieras tú, padrito. ¿Cómo ha de venir a decirte eso, ni ninguna otra cosa, cuando se ha marchado?

--¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! --exclamó Santorcaz con un desconsuelo tan profundo, que por largo rato quedó estupefacto.

--¿Pues no lo sabes? ¿No sentiste la voz de unos señores ingleses? Esos la acompañan hasta Madrid, de donde partirá para Andalucía.

El dominio de aquella hermosa y excelente criatura sobre su padre, era tan grande, que Santorcaz pareció creerlo tal como ella lo decía. Clavaba los ojos en el suelo, y lentamente se acariciaba la barba.

--Búscala por toda la casa --prosiguió Inés--. A fe que tendría gusto la señora en vivir dentro de esta jaula de locos.

--¡Se ha marchado! --repitió sombríamente Santorcaz, hablando consigo mismo.

--Y no me costó poco quedarme --añadió ella, haciendo con manos y rostro encantadoras monerías--. Su deseo era llevarme consigo. Allá le dijo no sé quién... nada se puede tener oculto... que yo te había tomado gran cariño. Solo por esta razón venía dispuesta a perdonarte, a reconciliarse contigo... Esto era lo más natural, pues tú la habías amado mucho, y ella te había amado a ti... Pero tú estás loco... la recibiste como se recibe a un enemigo... te pusiste furioso... te negaste a ser bueno con ella. Me has hecho pasar unos ratos que no te perdono.

Las lágrimas corrieron hilo a hilo por la cara de Santorcaz.

--Mi deber era huir de esta casa aborrecida; huir con ella, abandonándote a las perversidades y rencores de tu corazón --dijo Inés, que reunía a la santidad de los ángeles cierta astucia de diplomático--. Pero me acordé de que estabas enfermo y postrado; se lo dije...

El masón miró a su hija, preguntándole con los ojos cuanto es posible preguntar.

--Se lo dije, sí --prosiguió ella--; y como esa señora tiene un corazón bueno, generoso y amante; como nunca, nunca ha deseado el mal ajeno, ni ha vivido del odio; como sabe perdonar las ofensas y hacer bien a los que la aborrecen... ¡ay! no lo creerás ni lo comprenderás, porque un corazón de hierro como el tuyo no puede comprender esto.

--Sí lo creo, lo comprendo --dijo Santorcaz secando sus lágrimas.

--Pues bien: ella misma convino en que no me separase de ti, para consolarte y fortalecerte en tus últimos días; y como ella y tú no podéis estar juntos en un mismo sitio, determinó retirarse. Acordamos que me case con el verdugo de la humanidad, y que Gabriel y yo te llevemos a vivir con nosotros...

--¿Y se marchó?... ¿pero se marchó? --preguntó Santorcaz con un resto de esperanza.

--Y se marchó, sí, señor. Venía dispuesta a reconciliarse contigo, a quererte como yo te quiero. Ha llorado mucho la pobrecita, al ver que después de tantos años, después de tantas desgracias como le han ocurrido por ti, después de tanto daño como le has hecho, aún te niegas a pronunciar una palabra cristiana, a borrar con un momento de generosidad todas las culpas de tu vida, a descargar tu conciencia y también la suya del peso de un resentimiento insoportable. Se ha marchado perdonándote. Dios se encargará de juzgarte a ti, cuando en el momento del Juicio le presentes, como únicos méritos de tu existencia, ese corazón insensible y perverso, o mejor dicho, ese nido de culebras, a las cuales has criado, a las cuales echas de comer todos los días, para que crezcan y vivan siempre, y te muerdan aquí y en la eternidad de la otra vida.

El anciano se revolvía con angustia en su sillón; el llanto había cesado de afluir de sus ojos; tenía el rostro encendido, las manos crispadas, echada la cabeza hacia atrás, y entrecortaba su aliento una sofocación fatigosa.

--Padre --exclamó Inés echándole los brazos al cuello--, sé bueno, sé generoso y te querré más todavía. Ya sabes mi deseo: prepárate a cumplirlo, y mi madre volverá. Yo la llamaré y volverá.

Los músculos de Santorcaz se tendieron, poniéndose rígidos; cerró los ojos, inclinó la cabeza, y su aspecto fue el de un cadáver. En aquel mismo instante abriose la puerta y penetró la condesa, pálida, llorosa. Andando lentamente, adelantó hasta llegar al lado del enfermo, que seguía inerte, mudo, y en apariencia sin vida. Alarmados todos, acudimos a él, y con ayuda de Juan y Ramoncilla le acostamos en su lecho; al instante hicimos venir al médico que ordinariamente le asistía.

Inés y la condesa le observaban atentamente, y fijaban sus ojos en el semblante demacrado, pero siempre hermoso, del desgraciado masón. Miraban con espanto aquella sima, aterradas de lo que en su profundidad había, sin comprenderlo bien.

El médico, luego que le examinara, anunció su próximo fin, añadiendo que se maravillaba de que alargase tanto su vida, pues el día anterior casi le diputó por muerto, aunque ocultó a Inés el fatal pronóstico. Cerca ya de la noche, un hondo suspiro nos anunció que recobraba de nuevo el conocimiento; abrió los ojos, y revolviéndolos con espanto por todo el recinto de la estancia, fijolos en la condesa, cuyo semblante iluminaba la triste luz.

--¡Otra vez estás aquí! --exclamó con voz torpe y expresión de hastío y cólera--. ¿Otra vez aquí? ¡Mujer, sabe que te aborrezco! ¡La cárcel, el destierro, el patíbulo... todo te ha parecido poco para perseguirme...! ¿Por qué vienes a turbar mi felicidad? Vete. ¿Por qué agarras a mi hija con esa mano amarilla como la de la muerte? ¿Por qué me miras con esos ojos plateados que parecen rayos de luna?

--Padre, no hables así, que me das miedo --gritó Inés abrazándole, llenos los ojos de lágrimas.

La condesa no decía nada, y lloraba también.

Santorcaz, después de aquella crisis de su espíritu, cayó en nuevo sopor profundísimo, y cerca de la madrugada recobró el conocimiento con un despertar sereno y sosegado. Su mirar era tranquilo, su voz clara y entera, cuando dijo:

--Inés, niña mía, ángel querido, ¿estás aquí?

--Aquí estoy, padre --respondió ella acudiendo cariñosamente a su lado--. ¿No me ves?

Inés tembló al observar que los ojos de su padre se fijaban en los de la condesa.

--¡Ah! --dijo Santorcaz sonriendo ligeramente--. Está ahí... la veo... viene hacia acá... ¿Pero por qué no habla?

La condesa había dado algunos pasos hacia el lecho; pero permanecía muda.

--¿Por qué no habla? --repitió el enfermo.

--Porque te tiene miedo --dijo Inés--, como te lo tengo yo, y no se atreve la pobrecita a decirte nada. Tú tampoco le dices nada.

--¿Que no? --indicó el masón con asombro--. Hace dos horas que estoy dirigiéndole la palabra... tengo la boca seca de tanto hablar, y no me contesta. ¡Ay! --añadió con dolor y volviendo el rostro--, es demasiado cruel con este infeliz.

--¿La quieres mucho, padre? --preguntó Inés tan conmovida, que apenas entendimos sus palabras.

--¡Oh, mucho, muchísimo! --exclamó el enfermo oprimiéndose el corazón.

--Por eso desde que la has visto --continuó la muchacha--, la has pedido perdón por los ligeros perjuicios que sin querer le has causado. Todos te hemos oído y hemos alabado a Dios por tu buen comportamiento.

--¿Me habéis oído?... --dijo él con asombro, mirándonos a todos--. ¿Me has oído tú... me ha oído ella... me ha oído también Araceli? Lo había dicho bajo, muy bajito, para que solo Dios me oyera, y lo ignorara todo ser nacido.

Amaranta, tomando la mano de Santorcaz dijo:

--Hace mucho, mucho tiempo que deseaba perdonarte: hubiéralo hecho en cualquiera ocasión, si, desde que Inés vino a mi poder, te hubieras presentado a mí como amigo... Yo también he tenido resentimientos; pero la desgracia me ha enseñado pronto a sofocarlos...

Lágrimas abundantes cortaron su voz.

--Y yo --dijo Santorcaz con voz apacible y ademán sereno--. Yo, que voy a morir, no sé lo que pasa en mi corazón. Él nació para amar. Él mismo no sabe si ha amado o aborrecido toda su vida.

Después de estas palabras, todos callaron por breve rato. Las almas de aquellos tres individuos tan unidos por la Naturaleza y tan separados por las tempestades del mundo, se sumergían, por decirlo así, en lo profundo de una meditación religiosa y solemne sobre su respectiva situación. Inés fue la primera que rompió el grave silencio, diciendo:

--Bien se conoce, querido padre, que eres un hombre bueno, honrado, generoso. Si has tenido fama de lo contrario, es porque te han calumniado. Pero nosotras, nosotras dos, y también Araceli, te conocemos bien. Por eso te amamos tanto.

--Sí --respondió el masón, como responde el moribundo a las preguntas del confesor.

--Si has hecho algunas cosas malas --continuó Inés--, es decir, que parecen malas, ha sido por broma... Esto lo comprendo perfectamente. Por ejemplo: cuando te perseguían... apuesto a que la persecución no era ni la mitad de lo que tú te figurabas... pero, en fin, sea lo que quiera. Lo cierto es que te enfadaste, y con muchísima razón, porque tú estabas enamorado, querías ser bueno... Pero hay familias orgullosas... Es preciso también considerar que una familia noble debe tener cierto punto... Dios primero y el mundo después no han querido que todos sean iguales.

--Pero se ven castigos, o si no castigos, justicias providenciales en la tierra --dijo Santorcaz bruscamente mirando a Amaranta--. Señora condesa, hoy mismo ha consentido usted que su hija única y noble heredera se case con un chico de las playas de la Caleta. ¡Bravo abolengo, por cierto!

--Mejor sería --repuso la condesa-- decir con un joven honrado, digno, generoso, de mérito verdadero y de porvenir.

--¡Oh! señora mía, eso mismo era yo hace veinte años --afirmó Santorcaz con tristeza.

Después cerró los ojos, como para apartar de sí imágenes dolorosas.