Part 21
--Sí --continuó después de tomar aliento, porque la fatiga de su oprimido pecho apenas le permitía hablar--: dijeron que ya tenían la licencia, y que iban a buscar una litera para trasladar a usted a un sitio que no nombraron... Pero lo más extraño es que al oír esto la señora inglesa, que no estaba menos absorta, ni menos suspendida, ni menos espantada que yo, debió de conocer que las tan aparatosas beldades eran obra de aquel que llevó a Jesús a la cima de la montaña y a la cúspide de la ciudad; y sobrecogida como yo, lanzó un grito agudísimo, precipitándose fuera de la habitación. Seguila y ambos corrimos largo trecho, hasta que ella puso fin a su atropellada carrera, y apoyando la cabeza contra una pared, allí fue el verter lágrimas, el exhalar hondos suspiros y el proferir palabras vehementes, con las cuales pedía a Dios misericordia. Una hora después volví, despertó usted y nada más. Solo falta que recemos, como antes dije, porque solo la oración y la vigilancia del espíritu ahuyentan al Malo, así como el pérfido sueño, las regaladas comidas y las conversaciones mundanas le llaman.
Juan de Dios no dijo más; trémulo y lívido, ponía su atención en extraños ruidos que sonaban fuera.
--¡Aquí, aquí estoy, Inesilla... señora condesa! --grité reconociendo las dulces voces que desde mi lecho oía--. Aquí estoy vivo y sano y contento, y queriéndolas a las dos más que a mi vida.
¡Ay! Entraron ambas y desoladas corrieron hacia mí. Una me abrazó por un costado y otra por otro. Casi me desvanecí de alegría cuando las dos adoradas cabezas oprimían mi pecho.
Juan de Dios huyó de un salto, de un vuelo, o no sé cómo.
Quise hablar, y la emoción me lo impedía. Ellas lloraban y no decían nada tampoco. Al fin, Inés levantó los ojos sobre mi frente y la observó con curiosidad y atención.
--¿Qué me miras? --le dije--. ¿Estoy tan desfigurado que no me conoces?
--No es eso.
La condesa miró también.
--Es que noto que te falta algo --dijo Inés sonriendo.
Me llevé la mano a la frente, y, en efecto, algo me faltaba.
--¿Dónde han ido a parar los dos largos mechones de pelo que tenías aquí?
Al decir esto, con sus deditos tocaba mi cabeza.
--Pues no sé... tal vez en la batalla...
Las dos se rieron.
--Queridas mías, recuerdo haber visto en sueños encima de mi cabeza un animalejo frío y negro, y ahora comprendo lo que era aquello: unas tijeras. Tengo aquí sobre la sien una rozadura... ¿la ven ustedes?... Esos pelos me molestaban, y aquí del cirujano. Es hombre entendido que no olvida el más mínimo detalle.
Tantas preguntas tenía que hacer, que no sabía por cuál empezar.
--¿Y en qué paró esa batalla? --dije--. ¿Dónde está Lord Wellington?
--La batalla paró en lo que paran todas: en que se acabó cuando se cansaron de matarse --me respondió una de ellas, no sé cuál.
--Pero los franceses se retiraban cuando yo caí.
--Tanto se retiraron --dijo la condesa-- que todavía están corriendo. Wellington les va a los alcances. No tengas cuidado por eso, que ya lo harán bien sin ti... Veremos si te dan algún grado por haber cogido el águila.
--¿Conque yo cogí un águila...?
--Un águila toda dorada, con las alas abiertas y el pico roto, puesta sobre un palo, y con rayos en las garras: la he visto --dijo Inés con satisfacción, extendiéndose en pomposas descripciones de la insignia imperial.
--Te encontraron --añadió la condesa-- entre muchos muertos y heridos, abrazado con el cadáver de un abanderado francés, el cual te mordía el brazo.
Era la parte de mi cuerpo que más me dolía.
--Te hemos buscado desde el 22 --dijo Inés--, y hasta anoche todo ha sido correr y más correr sin resultado alguno. Creímos que habías muerto. Fui a la zanja grande, donde están enterrados los pobres cuerpos. Había tantos, tantos, que no los pude ver todos... Aquello parecía una maldición de Dios. Si cuando tal vi hubiera tenido en mi mano el águila que cogiste, la habría echado también en la zanja, y luego tierra, mucha tierra encima.
--Bien, Inesilla: nadie mejor que tú dice las mayores verdades de un modo más sencillo. La gloria militar y los muertos de las batallas debieran enterrarse en una misma fosa... En fin, adoradas mías, vivo estoy para quererlas muchísimo, y para casarme con la una, previo el consentimiento de la otra.
La condesa frunció ligeramente el ceño, e Inés me miró el cabello. La felicidad que inundaba mi alma se desbordó en francas risas y expresiones gozosas, a que Inés habría contestado de algún modo, si la seriedad de su madre se lo hubiera permitido.
--Saquemos ahora de aquí a ese bergante --dijo la condesa--, y después se verá. Debemos dar gracias a esa señora inglesa que te recogió en el campo de batalla y que te ha cuidado tan bien, según nos han dicho. Sé quién es y la hemos visto. La conocí en el Puerto... Por cierto, caballerito, que tenemos que hablar tú y yo.
--¿No está por aquí? ¡Athenais, Athenais!... Se empeñará en no venir cuando la necesitamos. Me alegro infinito de que se conozcan ustedes. Creo que este conocimiento me ahorra un disgusto. Miss Fly es persona leal y generosa. ¡Sr. Juan de Dios!... Ese no vendrá aunque le ahorquen. Ha dado en decir que son ustedes el demonio.
--¿Ese bendito hospitalario? --indicó la condesa--. El médico nos dijo que se había ya escapado dos veces de la casa de locos... Vamos a ver cómo te arreglamos en la camilla. Llamaremos a otro enfermero.
Cuando salió la condesa, dije a Inés:
--No me has dicho nada de aquella persona...
--Ya lo sabrás todo --me contestó, sin oponerse a que la comiese a besos las manos--. Ven pronto a casa... prueba a levantarte.
--No puedo, hijita, estoy muy débil. Ese hospitalario de mil demonios se propuso hoy matarme de hambre. El agustino empeñado en que no había de comer, y Miss Fly volviéndome loco con sus habladurías...
--¡Oh! --dijo Inés con encantadora expresión de amenaza--. ¿Esa inglesa ha de estar contigo en todas partes?... Tengo una sospecha, una sospecha terrible, y si fuera cierto... ¿Seré yo demasiado buena, demasiado confiada e inocente, y tú un grandísimo tunante?
Miró de nuevo mi frente, no ya con inquietud, sino con verdadera alarma.
--¡Inesilla de mi corazón! --exclamé--. ¡Si tienes sospechas, yo las disiparé! ¿Dudas de mí? Eso no puede ser. No ha sucedido nunca, y no sucederá ahora. ¿Puedo yo dudar de ti? ¿Puede quebrantarse la fe de esta religión mutua en que ha mucho tiempo vivimos y entrañablemente nos adoramos?
--Así ha sido hasta aquí; pero ahora... tú me ocultas algo... mi madre ha pronunciado al descuido algunas palabras... No, Gabriel, no me engañes. Dímelo, dímelo pronto. Miss Fly te recogió del campo de batalla. Ella lo ha negado; pero es verdad. Nos lo han dicho.
--¡Engañarte yo!... Eso sí que es gracioso. Aunque fuese malo y quisiera engañarte, no podría... Pero te debo decir la verdad, toda la verdad, mujer mía, y empiezo desde este momento... ¿Por qué me miras la frente?
--Porque... porque... --dijo pálida, grave y amenazadora--, porque ese mechón de pela te lo ha quitado Miss Fly. Yo lo adivino.
--Pues sí, ella misma ha sido --contesté con serenidad imperturbable.
--¡Ella misma!... ¡Y lo confiesa! --exclama entre suspensa y aterrada.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo no sabía qué decirle. Pero la verdad salía en onda impetuosa de mi corazón a mis labios. Mentir, fingir, tergiversar, disimular, era indigno de mí y de ella. Incorporándome con dificultad, le dije:
--Yo te contaré muchas cosas que te sorprenderán, querida mía. Demos tú y yo las gracias a esa generosa mujer que me recogió de entre los muertos en el Arapil Grande, para que no te quedases viuda.
--En marcha, vamos --dijo la condesa, entrando de súbito e interrumpiéndome--. En esta litera irás bien.
XL
La casa de la calle del Cáliz, a donde por dos veces he transportado a mis oyentes, y a cuyo recinto de nuevo me han de seguir, si quieren saber el fin de esta puntual historia, era la habitación patrimonial de Santorcaz, que la había heredado de su padre un año antes, con algunas tierras productivas. Componíase el tal caserón de dos o tres edificios diversos en tamaño y estructura, que compró, unió y comunicó entre sí el Sr. Juan de Santorcaz, aldeano enriquecido a principios del siglo pasado. Faltaba a aquella vivienda elegancia y belleza, pero no solidez, ni magnitud, ni comodidades, aunque algunas piezas se hallaban demasiado distantes unas de otras, y era excesiva la longitud de los corredores, así como el número de escalones que al discurrir de una parte a otra se encontraban.
En los aposentos donde anteriormente les vimos, estaba Santorcaz con su hija el 22 de julio durante la batalla. Esta última circunstancia hará comprender a mis oyentes que no presencié lo que voy a contar; mas si lo cuento de referencia, si lo pongo en el lugar de los hechos presenciados por mí, es porque doy tanta fe a la palabra de quien me los contó, como a mis propios ojos y oídos; y así, téngase esto por verídico y real.
Estaban, pues, según he dicho, el infortunado D. Luis y su hija en la sala: lamentábase ella de que existieran guerras, y maldecía él su triste estado de salud, que no le permitía presenciar el espectáculo de aquel día, cuando sonó con terrible estruendo la famosa aldaba del culebrón, y al poco rato, el único criado que los servía y el militar que los guardaba, anunciaron a los solitarios dueños que una señora quería entrar. Como Miss Fly había estado allí algunos días antes ofreciendo al masón un salvoconducto para salir de Salamanca y de España, alegrósele a aquel el alma y dio orden de que al punto dejasen pasar e internarse hasta su presencia a la generosa visitante. Transcurridos algunos minutos, entró en la sala la condesa.
Santorcaz rugió como la fiera herida cuando no puede defenderse. Largo rato estuvieron abrazadas madre e hija, confundiendo sus lágrimas, y tan olvidadas del resto de la creación, cual si ellas solas existieran en el mundo. Vueltas al fin en su acuerdo, la madre, observando con terror a aquel hombre rabioso y sombrío, que clavaba los ojos en el suelo, como si quisiera con la sola fuerza de su mirada abrir un agujero en que meterse, quiso llevar a su hija consigo, y dijo palabras muy parecidas a las que yo pronuncié en circunstancias semejantes.
Los que vieron mi sorpresa, juzguen cuál sería la de Amaranta cuando Inés se separó de ella, y hecha un mar de lágrimas corrió con los brazos abiertos hacia el anciano, en ademán cariñoso. Absorta miró tan increíble movimiento la condesa. Santorcaz, cuando su hija estuvo próxima, volvió el rostro y alargó los brazos para rechazarla.
--Vete de aquí --dijo--, no quiero verte, no te conozco.
--¡Loco! --gritó la muchacha con dolor--. Si dices otra vez que me marche, me marcharé.
Revolvió Santorcaz los fieros ojos de un lado a otro de la estancia, miró con igual rencor a la condesa y a su hija, y temblando de cólera repitió:
--Vete, vete: te he dicho que te vayas. No quiero verte más. Sal de esta casa con esa mujer, y no vuelvas.
--Padre --dijo Inés sin dar gran importancia al frenesí del anciano--. ¿No me has dicho que esta casa es mía? ¿No me has entregado las llaves? Pues voy a acomodar esta señora en una habitación de las de la calle, porque hoy es imposible que encuentre posada, y mañana las dos nos iremos, dejándote tranquilo.
Tomando un manojo de llaves y repiqueteando con él, no sin cierta intención zumbona, Inés salió de la estancia seguida de Amaranta, que nada comprendía de aquella tragicomedia.
Luego que se quedó solo, Santorcaz dio algunos paseos por la habitación, recorriéndola en giros y vueltas sin fin, cual macho de noria. Su fisonomía expresaba todo cuanto puede expresar la fisonomía humana, desde la saña más terrible a la emoción más tierna. Tomó después un libro, pero lo arrojó en el suelo a los pocos minutos. Cogió luego una pluma, y después de rasguñar el papel breve rato, la destrozó y la pisoteó. Levantose, y con pasos vacilantes e inseguro ademán, dirigiose a la puerta vidriera; penetró en la estancia próxima, donde había un tocador de mujer y un lecho blanco. De rodillas en el suelo, hizo de cama reclinatorio, y apoyando el rostro sobre ella, estuvo llorando todo el día.
Si Santorcaz hubiera tenido un oído agudo y finísimo, como el de algunas especies ornitológicas, habría percibido el rumor de tenues pasos en el corredor cercano; si Santorcaz hubiera poseído la doble vista, que es un absurdo para la fisiología, pero que no lo parecería si se llegaran a conocer los misteriosos órganos del espíritu, habría visto que no estaba enteramente solo; que una figura celestial batía sus alas en las inmediaciones de la triste alcoba; que sin tocar el suelo con su ligero paso, venía y se acercaba, y aplicaba con gracioso gesto su linda cabeza a la puerta para escuchar, y luego introducía un rayo de sus ojos por un resquicio para observar lo que dentro pasaba; y como si lo que veía y oía la contentase, iluminaba aquellos sombríos espacios con una sonrisa, y se marchaba para volver al poco rato y atender lo mismo. Pero el pobre masón no veía nada de esto. Aquella tarde, un ordenanza inglés le trajo un salvoconducto para salir de Salamanca; pero el masón lo rompió. La condesa e Inés, excepto en los intervalos en que esta salía, hablaban por los codos en las habitaciones de la calle. Figuraos la tarea de dos lenguas de mujer, que quieren decir en un día todo lo que han callado en un año. Hablaban sin cesar, pasando de un asunto a otro, sin agotar ninguno, experimentando emociones diversas, siempre sorprendidas, siempre conmovidas, quitándose una a otra la palabra, refiriendo, ponderando, encareciendo, comentando, afirmando y negando.
Esto pasaba el 22 de julio. De vez en cuando las interrumpía zumbido lejano, estremecimiento sordo de la tierra y del aire. Era la voz de los cañones de Inglaterra y Francia, que estaban batiéndose donde todos sabemos. Las dos mujeres cruzaban las manos, elevando los ojos al cielo... Los cañonazos se repetían con más frecuencia. Por la tarde, era un mugido incesante como el del océano tempestuoso. En madre e hija pudo tanto el terror, que se callaron: es cuanto hay que decir. Pensaban en la cantidad de hombres que se tragaría en cada una de sus sacudidas el mar irritado, que bramaba a lo lejos.
Llegó la noche, y los cañonazos cesaron. Muy tarde entró Tribaldos en la casa. El pobre muchacho estaba consternado, y, aunque se la echaba de valiente, derramó algunas lágrimas.
--¿A dónde vas? --preguntó con inquietud la madre a la hija, viendo que esta se ponía el manto sin decir para qué.
--Al Arapil --contestó Inés, entregando otro manto a la condesa, que se lo puso también sin decir nada.
Visitó Inés por breves momentos al anciano, y salió de la casa y de la ciudad, acompañada de su madre y del fiel Tribaldos. Inmenso gentío de curiosos llenaba el camino. La batalla había sido horrenda, y querían ver las sobras todos los que no pudieron ver el festín. Anduvieron largo tiempo, toda la noche, hacia arriba y hacia abajo, y de acá para allá, sin encontrar lo que buscaban, ni quien razón les diera de ello. Cerca del día vieron a Miss Fly, que regresaba del campo de batalla delante de una camilla bien arreglada y cubierta, donde traían a un hombre, que fue encontrado en el Arapil Grande, lleno de heridas, sin conocimiento, y con una horrible mordida en el brazo.
Acercáronse Inés, la condesa y Tribaldos a Miss Fly para hacerle preguntas; pero esta, impaciente por seguir, les contestó:
--No sé una palabra. Dejadme continuar. Llevo en esta camilla al pobre Sir Thomas Parr, que está herido de gravedad.
Siguieron ellas y Tribaldos, y recorrieron el campo de batalla, que la luz del naciente día les permitió ver en todo su horror; vieron los cuerpos tendidos y revueltos, conservando en sus fisonomías la expresión de rabia y espanto con que los sorprendiera la muerte. Miles de ojos sin brillo y sin luz, como los ojos de las estatuas de mármol, miraban al cielo sin verlo. Las manos se agarrotaban en los fusiles y en las empuñaduras de los sables, como si fueran a alzarse para disparar y acuchillar de nuevo. Los caballos alzaban sus patas tiesas, y mostraban los blancos dientes con lúgubre sonrisa. Las dos desconsoladas mujeres vieron todo esto, y examinaron los cuerpos uno a uno; vieron los charcos, las zanjas, los surcos hechos por las ruedas, y los hoyos que tantos millares de pies abrieran en el bailoteo de la lucha; vieron las flores del campo machacadas, y las mariposas que alzaban el vuelo con sus alas, teñidas de sangre. Regresaron a Salamanca; volvieron por la noche al campo de batalla, no ya conmovidas, sino desesperadas; rezaban por el camino; preguntaban a todos los vivos, y también a los muertos.
Por último, después de repetidos viajes y exploraciones dentro y fuera de la ciudad, en los cuales emplearon tres días, con ligeros intervalos de residencia y descanso en la casa de la calle del Cáliz, encontraron lo que buscaban en el hospital de sangre, improvisado en la Merced. Lo hallaron separado de los demás, en una habitación solitaria y en poder de un pobre fraile demente. Hicieron diligencia cerca de la autoridad militar, y, por último, consiguieron poder llevarle, es decir, llevarme consigo.
XLI
Acomodáronme en una estancia clara y bonita y en un buen lecho, que atropelladamente dispusieron para mí. Me dieron de comer, lo cual agradecí con toda mi alma, y empecé a encontrarme muy bien. Lo que más contribuía a precipitar mi restablecimiento, era la alegría inexplicable que llenaba mi alma. Síntoma externo de este gozo era una jovialidad expansiva, que me impulsaba a reír por cualquier frívolo motivo.
La noche de mi entrada en la casa, mientras la condesa escribía cartas a todo ser viviente, en la sala inmediata Inés me daba de cenar.
Nos hallábamos solos, y le conté toda, absolutamente toda la casi increíble novela de Miss Fly, sin omitir nada que me perjudicase o me engrandeciese a los ojos de mi interlocutora. Oyome esta con atención profunda, mas no sin tristeza; y cuando concluí, diríase que mi constante amiga había perdido el uso de la palabra. No sé en qué vagas perplejidades se quedó suspenso y flotante su grande ánimo. En su fisonomía observé el enojo luchando con la compasión, el orgullo tal vez en pugna con la hilaridad. Pero no decía nada, y sus grandes ojos se cebaban en mí. Por mi parte, mientras más duraba su abstracción contemplativa, más inclinado me sentía yo a burlarme de las nubes que oscurecían mi cielo.
--¿Es posible que pienses todavía en eso? --le dije.
--Espero que me enseñes el mechón rubio con que te han pagado el negro... Buena pieza, ¿piensas que me casaré contigo, con un perdido, con un bribón?... Te cuidaremos, y luego que estés bueno, te marcharás con tu adorada inglesa. Ninguna falta me haces.
Quería ponerse seria, y casi casi lo lograba.
--No me marcharé, no --le dije--, porque te quiero más que a las niñas de mis ojos; me has enamorado, porque eres una criatura de otros tiempos, porque vuestra alma, señora (me gusta tratar de vos a las personas), da la mano a la mía y ambas suben a las alturas donde jamás llegan la vulgaridad y bajeza de los nacidos. Por vos, señora, seré Bernardo del Carpio, el Cid y Lanzarote del Lago; acometeré las empresas más absurdas; mataré a medio mundo, y me comeré al otro medio.
--Si piensas embobarme con tales tonterías... --dijo sin querer reírse, pero riendo.
--Señora --exclamé con dramático acento--, vos sois el imán de mi existencia, la única pareja digna de mi alma; adoro las águilas que vuelan mirando cara a cara al sol, y no las gallinas que solo saben poner huevos, criar pollos, cacarear en los corrales, y morir por el hombre. Llevadme, llevadme con vos, señora, a los espacios de las grandes emociones y a las excelsitudes del pensamiento. Si me abandonáis, yo os lloraré en las ruinas; si me amáis, seré vuestro esclavo, y conquistaré diez reinos para poneros uno en cada dedo de las manos.
--Calla, calla, tonto, farsante --dijo Inés, defendiéndose como podía contra la hilaridad que la ahogaba.
--¡Ah, señora y dueño mío! --proseguí yo reforzando mi entonación--. Me rechazáis. Vuestro corazón es indigno del mío. Yo lo creí templado en el fuego de la pasión, y es un pedazo de carne fofa y blanda. Os lo pedía yo para unirlo al mío, y vos le arrojáis a los soldados para que claven en él sus bayonetas. Sois indigna de mí, señora. Os digo estas sublimidades, y en vez de oírme, os estáis cosiendo todo el día; tembláis cuando voy a la guerra; no pensáis más que en vuestros chiquillos, en vez de pensar en mi gloria, y os ocupáis en hacer guisotes y platos diversos para darme de comer; yo no como, señora: en la región donde yo habito no se come... De veras sois tonta: os habéis empeñado en amarme con cariño dulce y tranquilo, propio de costureras, boticarios, sargentos, covachuelistas y sastres de portal. ¡Oh! amadme con exaltación, con frenesí, con delirio, como amaba Bernardo del Carpio a Doña Estela; cantad las hazañas de los héroes que son norte y faro de mi vida, y poneos delante de mí cual figura histórica, sin cuidaros de que mi ropa esté hecha pedazos, mi mesa sin comida y mis hijos desnudos. ¿Qué veo? ¿Os reís? ¡Miseria humana! ¡Yo me muero por vos, y os reís! ¡Yo peno, y vos os regocijáis! ¡Yo enflaquezco, y vos os presentáis a mí fresca, alegre y gordita!
Inés lloraba de risa, pero de una manera tan franca y natural, que todo el enojo se iba desvaneciendo en aquellas chispas de alegría. Mi corazón se entendió con el suyo, como los hermanos que por un momento riñen para quererse más.
--Os abandono, porque amáis a otro, a una criatura vulgar y antipoética, señora --continué mirando su frente y haciendo con mis dedos movimiento semejante al abrir y cerrar de unas tijeras--; pero quiero llevarme un recuerdo vuestro, y así os corto ese mechón que os cuelga sobra la frente.
Diciéndolo, cogí la preciosa cabeza y le di mil besos.
--Que me lastimas, bárbaro --gritó sin cesar de reír.
Acudió la condesa, que en la cercana habitación estaba, y al verla, Inés, más roja que una amapola, le dijo:
--Es Gabriel, que las echa de gracioso.
--No hagáis ruido, que estoy escribiendo. Todavía me faltan muchas cartas, pues tengo que escribir a Wellington, a Graham, a Castaños, a Cabarrús, a Azanza, a Soult, a O’Donnell y al Rey José.
Mi adorada suegra tenía la manía de las cartas. Escribía a todo el mundo, y de todos lograba respuesta. Su colección epistolar era un riquísimo archivo histórico, del cual sacaré algún día no pocas preciosidades.
Al día siguiente, mi suegra fue a visitar a Miss Fly, a quien, como he dicho, había tratado en el Puerto y reconocido últimamente en Salamanca. Athenais pagó la visita a la condesa en el mismo día. Vino elegantemente vestida, deslumbradora de hermosura y de gracia. Servíale de caballero el coronel Simpson, siempre encarnadito, vivaracho, acicalado y compuesto como un figurín, y siempre honrando todos los objetos y personas con la cuádruple mirada de dos ojos y dos vidrios que jamás descansaban en su investigadora observación. Yo me había levantado; en pie asistí sin moverme a la visita, que no fue larga, aunque sí digna de ocupar el penúltimo lugar en esta verídica historia.
--¿De modo que parte usted definitivamente para Inglaterra? --dijo la condesa.
--Sí, señora --repuso Athenais, que no se dignaba mirarme--: estoy cansada de la guerra y de España, y deseo abrazar a mi padre y hermanas. Si alguna vez vuelvo a España, tendré el gusto de visitaros.
--Antes quizás tenga yo el de escribir a usted --dijo mi suegra acordándose de que había papel y plumas en el mundo--. Por falta de tiempo no he escrito ya a Lord Byron, a quien conocí en Cádiz. No llevará usted malos recuerdos de España.
--Muy buenos. Me he divertido mucho en este extraño país; he estudiado las costumbres, he hecho muchos dibujos de los trajes y gran número de paisajes en lápiz y acuarela. Espero que mi álbum llame la atención.