Part 20
--Me adivinabais sin duda, me veíais desde lejos con los ojos del corazón. Yo os busqué durante muchos meses. Tanto tardasteis en parecer, que llegué a creeros desprovisto de existencia real. Yo leía romances, y todos a vos los aplicaba. Érais el Cid, Bernardo del Carpio, Zaide, Abenámar, Celindos, Lanzarote del Lago, Fernán González y Pedro Ansúrez... Tomábais cuerpo en mi fantasía, y yo cuidaba de haceros crecer en ella; pero mis ojos registraban la tierra y no podían encontraros. Cuando os encontré, me pareció que os achicabais; pero os vi subir de pronto y tocar el altísimo punto de talla con que yo os había medido. Hasta entonces, cuantos hombres traté, o se burlaban de mí o no me comprendían. Vos tan solo me mirasteis cara a cara y afrontasteis las excelsas temeridades de mi pensamiento sin asustaros. Os vi espontáneamente inclinado a la realización de acciones no comunes. Asocieme a ellas, quise llevaros más adelante todavía, y me seguisteis ciegamente. Vuestra alma y la mía se dieron la mano y tocaron su frente la una con la otra, para convencerse de que eran las dos de un mismo tamaño. La luz de entrambos se confundía en una sola.
Al oír esto, la madeja de mi conocimiento se revolvió de un modo extraordinario. Los hilos entraban y salían los unos por entre los otros, y culebreaban para separarse y ponerse en orden. Ya aparecían en grupos de distintos colores, y aunque harto enmarañados todavía, muchos de ellos, si no todos, parecían haber encontrado su puesto.
--Vos amábais a otra --prosiguió aquella, que empezaba ya a no serme desconocida--. La vi y la observé. Quise tratarla por algún tiempo, y la traté y la conocí; la hallé tan indigna de vos, que desde luego me consideré vencedora. Es imposible que me equivoque.
Al oír esto, el corazón mío, que hasta entonces había permanecido quieto y mudo, dormido como un niño en su cuna, empezó a dar unos saltitos tan vivarachos y a llamarme con una vocecita tan dulce, que realmente me hacía daño. Dentro de mí se fue levantando no sé si diré un vapor, una onda que fue primero tibia y después ardiente, la cual me subía desde el fondo a la superficie del ser, despertando a su paso todo lo que dormía; una oleada invasora, dominante, que poseía el don de la palabra, y al ascender por mí iba diciendo: «Arriba, arriba todo.»
--¿Qué tenéis? --continuó aquella mujer--. Estáis agitado. Vuestro rostro se enciende... ahora palidece... ¿Vais a llorar? Yo también lloro. La salud vuelve a vuestro cuerpo, como la sensibilidad a vuestra noble alma. ¿Será posible que os haya conmovido la revelación que he hecho? No juzguéis mi atrevimiento con criterio vulgar, creyendo que falto al decoro, a las conveniencias y al pudor diciendo a un hombre que le amo. Yo, al mismo tiempo, soy pura como los ángeles y libre como el aire. Los necios que me rodean podrán calumniarme y calumniaros; pero no mancharán mi honra, como no la mancha un amor ideal y celeste al pasar del pensamiento a la palabra. Si durante mucho tiempo he disimulado y aparentado huir de vos, no ha sido por temor a los tontos, sino por provecho de entrambos. Cuando os he visto casi muerto, cuando os he recogido en mis brazos del campo de batalla, cuando os traje aquí y os atendí y os cuidé, tratando de devolveros la vida, tenía gran pena de que murieseis ignorando mi secreto.
El estupor mío tocaba a su fin. Pensamiento y corazón recobraban su prístino ser; pero la palabra tardaba, ¡vaya si tardaba!...
--Dios me ha escuchado --añadió ella--. No solo podéis oírme, sino que vivís, y podréis hablarme y contestarme. Decidme que me amáis, y si morís después, siempre me quedará algo vuestro.
Una figura celestial, tan celestial que no parecía de este mundo, se entró dentro de mí, agasajándose y plegándose toda para que no hubiese en mi interior un solo hueco que no estuviese lleno con ella.
--No me contestáis una sola palabra --dijo la voz de mi enfermera--. Ni siquiera me miráis. ¿Por qué cerráis los ojos?... ¿Así se contesta, caballero?... Sabed que no solo tengo dudas, sino también celos. ¿Os habré desagradado en lo que últimamente he hecho? No os lo ocultaré, porque jamás he mentido. Mi lengua nació para la verdad... ¿Ignoráis tal vez que vuestra princesa encantada y el bribón de su padre estaban en Salamanca? Quién los trajo, es cosa que ignoro. El desgraciado masón anhelaba la libertad y se la he dado con el mayor gusto, consiguiendo del general un salvoconducto para que saliese de aquí y pudiese atravesar toda España sin ser molestado.
Al oír esto, razón, memoria, sentimientos, palabra, todo volvió súbito a mí con violencia, con ímpetu, con estrépito, como una catarata despeñándose de las alturas del cielo. Di un grito, me incorporé en el lecho, agité los brazos, arrojé lejos de mí con instintiva brutalidad la hermosa figura que tenía delante, y prorrumpí en exclamaciones de ira. Miré a la dama y la nombré, porque ya la había conocido.
XXXVIII
El hospitalario que antes vi, entró al oír mis gritos, y ambos procuraron calmarme.
--Otra vez le empieza el delirio --dijo Juan de Dios.
--Yo he sido causa de esta alteración --dijo Miss Fly muy afligida.
Mi propia debilidad me rindió, y caí en el lecho, sofocado por la indignación que sordamente se reconcentraba en mí, no encontrando ni voz suficiente ni fuerzas para expresarse fuera.
--El pobre Sr. Araceli --dijo Juan de Dios con sentimiento piadoso-- se volverá loco como yo. El demonio ha puesto su mano en él.
--Callad, hermano, y no digáis tonterías --dijo Miss Fly cubriendo mis brazos con la manta y limpiando el sudor de mi frente--. ¿Qué habláis ahí de demonios?
--Sé lo que me digo --añadió el agustino, mirándome con profunda lástima--. El pobre D. Gabriel está bajo una influencia maléfica... Lo he visto, lo he visto.
Diciendo esto, destacaba de su puño cerrado dos dedos flacos y puntiagudos, y con ellos se señalaba los ojos.
--Marchad fuera a cuidar de los otros enfermos --dijo Miss Fly jovialmente-- y no vengáis a fastidiarnos con vuestras necedades.
Fuese Juan de Dios y nos quedamos de nuevo solos Athenais y yo. Hallándome ya en posesión completa de mi pensamiento, le hablé así:
--Señora, repítame usted lo que hace poco ha dicho. No entendí bien. Creo que ni mis sentidos ni mi razón están serenos. Estoy delirando, como ha dicho aquel buen hombre.
--Os he hablado largo rato --dijo Miss Fly con cierta turbación.
--Señora, no puedo apreciar sino de un modo muy confuso lo que he visto y oído esta noche... Efectivamente, he visto delante de mí una figura hermosa y consoladora; he oído palabras... no sé qué palabras. En mi cerebro se confunden el eco de voces ajenas y el son misterioso de otras que yo mismo habré pronunciado... No distingo bien lo real de lo verdadero; durante algún tiempo he visto los objetos y los semblantes sin conocerlos.
--¡Sin conocerlos!
--He oído palabras. Algunas las recuerdo, otras no.
--Tratad de repetir lo substancial de lo mucho que os he dicho --murmuró Athenais, pálida y grave--. Y si no habéis entendido bien, os lo repetiré.
--En verdad no puedo repetir nada. Hay dentro de mí una confusión espantosa... He creído ver delante de mí a una persona cuya representación ideal no me abandona jamás en mis sueños; una figura que quiero y respeto, porque la creo lo más perfecto que ha puesto Dios sobre la tierra... He creído oír no sé qué palabras dulces y claras, mezcladas con otras que no comprendía... He creído escuchar, tan pronto una música del cielo, tan pronto el fragor de cien tempestades que bramaban dentro de mi corazón... Nada puedo precisar... al fin he visto claramente a usted, la he conocido...
--¿Y me habéis oído claramente también? --preguntó acercando su rostro al mío--. Ya sé que no debe darse conversación a los enfermos. Os habré molestado. Pero es lo cierto que yo esperaba con ansia que pudierais oírme. Si por desgracia muriérais...
--De lo que oí, señora, solo recuerdo claramente que había usted puesto en libertad a una persona a quien yo aprisioné.
--¿Y esto os disgusta? --preguntó la Mosquita con terror.
--No solo me disgusta, sino que me contraría mucho, pero mucho --afirmé con inquietud, sacudiendo las ropas del lecho para sacar los brazos.
Athenais gimió. Después de breve pausa, mirome con fijeza y orgullo, y dijo:
--Caballero Araceli, ¿tanto coraje, es porque se os ha escapado el ave encantada de la calle del Cáliz?
--Por eso, por eso es --repetí.
--¿Y seguramente la amáis?...
--La adoro, la he adorado toda mi vida. Ha tiempo que mi existencia y la suya están tan enlazadas como si fueran una sola. Mis alegrías son sus alegrías, y sus penas son mis penas. ¿En dónde está? Si ha desaparecido otra vez, señora Athenais de mi alma, juro a usted que todos los romances de Bernardo, del Cid, de Lanzarote y de Celindos, me parecerían pocos para buscarla.
Athenais estaba lastimosamente desfigurada. Diríase que era ella el enfermo y yo el enfermero. Largo rato la vi como sosteniendo no sé qué horrible lucha consigo misma. Volvía el rostro para que no viese yo su emoción; me miraba después con ira violentísima que se trocaba, sin quererlo ella misma, en inexplicable dulzura, hasta que, levantándose con ademán de majestuosa soberbia, me dijo:
--Caballero Araceli, adiós.
--¿Se va usted? --dije con tristeza y tomando su mano, que ella separó vivamente de la mía--. Me quedaré solo... Merezco que usted me desprecie, porque he vuelto a la vida, y mi primera palabra no ha sido para dar las gracias a esta amiga cariñosa, a esta alma caritativa que me recogió sin duda del campo de batalla, que me ha curado y asistido... ¡Señora, señora mía! La vida que usted ha ganado a la muerte, vería con gusto el momento en que tuviera que volverse a perder por usted.
--Palabras hermosas, caballero Araceli --me dijo con acento solemne, sin acercarse a mí, mirándome pálida y triste y seria desde lejos, como una sibila sentenciosa que pronunciase las revelaciones de mi destino--. Palabras hermosas; pero no tanto que encubran la vulgaridad de vuestra alma vacía. Yo aparto esa hojarasca y no encuentro nada. Estáis compuesto de grandeza y pequeñez.
--Como todo, como todo lo creado, señora.
--No, no --añadió con viveza--. Yo conozco algo que no es así; yo conozco algo donde todo es grande. Habéis hecho en vuestra vida y aun en estos mismos días cosas admirables. Pero el mismo pensamiento que concibió la muerte de Lord Gray, lo entregáis a una vulgar y prosaica ama de casa como un papel en blanco para que escriba las cuentas de la lavandera. Vuestro corazón, que tan bien sabe sentir en algunos momentos, no os sirve para nada y lo entregáis a las costureras para que hagan de él un cojincillo en que clavar sus alfileres. Caballero Araceli, me fastidio aquí.
--¡Señora, señora, por Dios, no me deje usted! Estoy muy enfermo todavía.
--¿Acaso no tengo yo rango más alto que el de enfermera? Soy muy orgullosa, caballero. El hermano hospitalario os cuidará.
--Usted bromea, apreciable amiga, encantadora Athenais; usted se burla del verdadero afecto, de la admiración que me ha inspirado. Siéntese usted a mi lado; hablaremos de cosas diversas: de la batalla; del pobre Sir Thomas Parr, a quien vi morir.
--Todavía creo que valgo para algo más que para dar conversación a los ociosos y a los aburridos --me contestó con desdén--. Caballero, me tratáis con una familiaridad que me causa sorpresa.
--¡Oh! Recordaremos las proezas inauditas que hemos realizado juntos. ¿Se acuerda usted de Jean-Jean?
--En verdad, sois impertinente. Bastante os he asistido; bastantes horas he pasado junto a vos. Mientras delirábais, me he reído, oyendo las necedades y graciosos absurdos que continuamente decíais; pero ya estáis en vuestro sano juicio, y de nuevo sois tonto.
--Pues bien, señora: deliraré, deliraré, y diré todas las majaderías que usted quiera, con tal que me acompañe --exclamé jovialmente--. No quiero que usted se marche enojada conmigo.
Miss Fly se apoyó en la pared para no caer. Advertí que la expresión de su rostro pasaba de una furia insensata a una emoción profunda. Sus ojos se inundaron de lágrimas, y como si no le pareciese que sus manos las ocultaban bien, corrió rápidamente hacia afuera. Su intención primera fue sin duda salir; mas se quedó junto a la puerta y en sitio donde difícilmente la veía. Con todo, bastaron a revelarme su presencia, ignoro si los suspiros que creí oír, o la sombra que se proyectaba en la pared y subía hasta el techo. Lo que sí no tiene duda alguna para mí, es que después de estar largo tiempo sumergido en tristes cavilaciones, me sentí con sueño, y lentamente caí en uno profundísimo que duró hasta por la mañana. ¿Debo decir que cuando me hallaba próximo a perder completamente el uso de los sentidos, se repitieron los fenómenos extraños que habían acompañado mi penoso regreso a la vida? ¿Debo decir que me pareció ver volar encima y alrededor de mi cabeza un insecto alado, que después vino a posar sobre mi frente sus dos alas blandas, pesadas y ardientes?
Esto no era más que repetición de lo que antes había soñado. El fenómeno más raro, entre todos los de aquella rarísima noche, vino después, poniendo digno remate a mis confusiones; y fue, señores míos, que no desvanecida aún mi confusión por aquello de la Pajarita, advertí que se cernía sobre mi frente una cosa negra, larga, no muy grande, aunque me era muy difícil precisar su tamaño, el cual objeto, o animalucho, tenía dos largas piernas y dos picudas alas, que abría y cerraba alternativamente; todo negro, áspero, rígido, y extremadamente feo. Aquel horrible crustáceo se replegaba, y entonces parecía un puñal negro; después abría sus patas y sus alas, y era como un escorpión. Lentamente bajaba acercándose a mí, y cuando tocó mi frente, sentí frío en todo mi cuerpo. Agitose mucho; meneó las horribles extremidades repetidas veces, emitiendo un chillido estridente, seco, áspero, que estremecía los nervios, y después huyó.
XXXIX
Tras un sueño tan largo como profundo, desperté en pleno día notablemente mejorado. La hermosa claridad del sol me produjo bienestar inmenso, y además del alivio corporal, experimentaba cierto apacible reposo del alma. Me recreaba en mi salud como un fatuo en su hermosura.
A mi lado estaban dos hombres, el hospitalario y un médico militar, que después de reconocerme, hizo alegres pronósticos acerca de mi enfermedad, y me mandó que comiese algo suculento si encontraba almas caritativas que me lo proporcionasen. Marchose a cortar no sé cuántas piernas, y el hermano, luego que nos quedamos solos, se sentó junto a mí, y compungidamente me dijo:
--Siga usted los consejos de un pobre penitente, Sr. D. Gabriel, y en vez de cuidarse del alimento del cuerpo, atienda al del alma, que harto lo ha menester.
--¿Pues qué, Sr. Juan de Dios, acaso voy a morir? --le dije, recelando que quisiera ensayar en mí el sistema de las silvestres yerbecillas.
--Para vivir como usted vive --afirmó el fraile con acento lúgubre--, vale más mil veces la muerte. Yo al menos la preferiría.
--No entiendo.
--Sr. Araceli, Sr. Araceli --exclamó, no ya inquieto, sino con verdadera alarma--, piense usted en Dios; llame usted a Dios en su ayuda; elimine usted de su pensamiento toda idea mundana; abstráigase usted... Para conseguirlo, recemos, amigo mío; recemos fervorosamente por espacio de cuatro, cinco o seis horas, sin distraernos un momento, y nos veremos libres del inmenso, del horrible peligro que nos amenaza.
--Pero este hombre me va a matar --dije con miedo--. Me manda el médico que coma, y ahora resulta que necesito una ración de seis horas de rezo. Hermanuco, por amor de Dios, tráigame una gallina, un pavo, un carnero, un buey.
--¡Perdido, irremisiblemente perdido...! --exclamó con aflicción suma, elevando los ojos al cielo y cruzando las manos--. ¡Comer, comer! Regalar el cuerpo con incitativos manjares cuando el alma está amenazada. Amenazada, Sr. Araceli... Vuelva usted en sí... Recemos juntos, nada más que seis horas, sin un instante de distracción... con el pensamiento clavado en lo alto... De esta manera, el pérfido se ahuyentará, vacilará al menos antes de poner su infernal mano en un alma inocente, la encontrará atada al cielo con las santas cadenas de la oración, y quizás renuncie a sus execrables propósitos.
--Hermano Juan de Dios, quíteseme de delante, o no sé lo que haré. Si usted es loco de atar, yo por fortuna no lo soy, y quiero alimentarme.
--Por piedad, por todos los santos, por la salvación de su alma, amado hermano mío, modérese usted, refrene esos livianos apetitos, ponga cien cadenas a la concupiscencia del mascar, pues por la puerta de la gastronomía entran todos los melindres pecaminosos.
Le miré entre colérico y risueño, porque su austeridad, que había empezado a ser grotesca, me enfadaba, y al mismo tiempo me divertía. No, no me es posible pintarle tal como era, tal como le vi en aquel momento. Para reproducir en el lienzo la extraña figura de aquel hombre, a quien los ayunos y la exaltación de la fantasía llevaran a estado tan lastimoso, no bastaría el pincel de Zurbarán, no: sería preciso revolver la paleta del gran Velázquez para buscar allí algo de lo que sirvió para la hechura de sus inmortales bobos.
Me reí de él, diciéndole:
--Tráigame usted de comer, y después rezaremos.
Por única contestación, el hospitalario se arrodilló, y sacando un libro de rezos, me dijo:
--Repita usted lo que yo vaya leyendo.
--¡Que me mata este hombre, que me mata! ¡Favor! --grité encolerizado.
Juan de Dios se levantó, y poniendo su mano sobre mi pecho, espantado y tembloroso, me habló así:
--¡Que viene! ¡que va a venir!
--¿Quién? --pregunté cansado de aquella farsa.
--¿Quién ha de ser, desgraciado, quién ha de ser? --dijo en voz baja y con abatimiento--. ¿Quién ha de ser sino el torpe enemigo del linaje humano, el negro rey que gobierna el imperio de las tinieblas como Dios el de la luz; aquel que odia la santidad y tiende mil lazos a la virtud para que se enrede? ¿Quién ha de ser sino la inmunda bestia que posee el arte de mudarse y embellecerse, tomando la figura y traje que más fácilmente seducen al descuidado pecador? ¿Quién ha de ser? ¡Extraña pregunta por cierto! ¡Me asombro de la inocente calma con que usted me habla, hallándose, como se halla, en el mismo estado que yo!
Mis carcajadas atronaban la estancia.
--Me alegraré en extremo de que venga --le dije--. ¿Cómo sabe usted que va a venir?
--Porque ya ha estado, pobrecito; porque ya ha puesto sus aleves manos sobre usted en señal de posesión y dominio, porque dijo que iba a volver.
--Eso me alegra sobremanera. ¿Y cuándo he tenido el honor de tal visita? No he visto nada.
--¡Cómo había usted de verlo si dormía, desgraciado! --exclamó con lástima--. ¡Dormir, dormir! he aquí el gran peligro. Él aprovecha las ocasiones en que el alma está suelta y haciendo travesuras, libre de la vigilancia de la oración. Por eso yo no duermo nunca; por eso velo constantemente.
--¿Vino mientras yo dormía?
--Sí: anoche... ¡horrible momento! La señora inglesa que tan bien ha cuidado a usted había salido. Yo estaba solo y me distraje un poco en mis rezos. Sin saber cómo, había dejado volar el pensamiento por espacios voluptuosos y sonrosados... ¡pecador indigno, mil veces indigno!... Yo había puesto el libro sobre mis rodillas, y cerrado los ojos, y dejádome aletargar en sabroso desvanecimiento, cuya vaporosa niebla y blando calor recreaban mi cuerpo y mi espíritu...
--Y entonces, cuando mi bendito hermanuco se regocijaba con tales liviandades, abriose la tierra, salió una llama de azufre...
--No se abrió la tierra, sino la puerta, y apareció... ¡Ay! apareció en aquella forma celestial, robada a las criaturas de la más alta esfera angélica; apareció cual siempre le ven mis pecadores ojos.
--Hermano, hermano, soy feliz y sentiría que estuviera usted cuerdo.
--Apareció, como he dicho, y su vista me convirtió en estatua. Otra de igual catadura le acompañaba, también en forma mujeril, representando más edad que la primera, la tan aborrecida como adorada, que es el terror de mis noches y el espanto de mis días, y el abismo que se traga mi alma.
--Pues le aseguro a usted que adoro a esos demonios, Sr. Juan de Dios, y ahora mismo voy a mandarles un recadito con usted.
--¿Conmigo? ¡Infeliz precito! Ya vendrán por usted, y se lo llevarán con sus satánicas artes.
--Quiero saber qué hicieron, qué dijeron.
--Dijeron: «Aquí nos han asegurado que está.» Y luego sus ojos, que todo lo ven en la lobreguez de la horrenda noche, vieron el miserable cuerpo, y se abalanzaron hacia él con aullidos que parecían sollozos tiernísimos, con lamentos que parecían la dulce armonía del amor materno, llorando junto a la cuna del niño moribundo.
--¡Y yo dormido como un poste! ¡Padre Juan, es usted un imbécil, un majadero! ¿Por qué no me despertó?
--Usted deliraba aún; las dos, ¡ay!, aquellas dos apariencias hermosísimas, y tan acabadas y perfectas que solo yo, con los perspicuos ojos del alma, podía adivinar bajo su deslumbradora estructura la mano del infernal artífice; las dos mujeres, digo, derramaron sobre el pecho y la frente de usted demoniacas chispas, con tan ingeniosa alquimia desfiguradas, que parecían lágrimas de ternura. Pusieron sus labios de fuego en las manos de usted como si las besaran, le arreglaron las ropas del lecho, y después...
--¿Y después?
--Y después, buscáronme con los ojos como para preguntarme algo; mas yo, más muerto que vivo, habíame escondido bajo aquella mesa y temblaba allí y me moría. Sr. D. Gabriel, me moría queriendo rezar y sin poder rezar, queriendo dejar de ver aquel espectáculo y viéndolo siempre... Por fin, resolvieron marcharse... ya eran dueños del alma de usted y no necesitaban más.
--Se fueron, pues.
--Se fueron diciendo que iban a pedir licencia a no sé quién para trasladar a usted a otro punto mejor... al Infierno cuando menos. De esta manera desapareció de entre los vivos un hermano hospitalario que era gran pecador: se lo llevaron una mañana enterito, y sin dejar una sola pieza de su corporal estructura.
--¿Y después?... Estoy muy alegre, hermano Juan.
--Después vino esa señora a quien llaman _Doña Flay_, la cual es una criatura angelical, que le quiere a usted mucho. Usted empezó a salir de aquel marasmo o trastorno en que le dejaron las embajadoras del negro averno: la señora inglesa habló largamente con usted, y yo, que me puse a escuchar tras la puerta, oí que le decía mil cositas tiernas, melosas y hechiceras.
--¿Y después?
--Y después usted se puso furioso y entré yo, y la inglesa me mandó salir, y a lo que entendí, mi D. Gabriel se durmió. La inglesa entraba y salía, sin cesar de llorar.
--¿Y nada más?
--Algo más hay, sí, sin duda lo más terrible y espantoso, porque el atormentador del linaje humano, aquel que, según un santo Padre, tiene por cómplice de su infame industria a la mujer, la cual es hornillo de sus alquimias, y fundamento de sus feas hechuras; aquel que me atormenta y quiere perderme, entró de nuevo en la misma duplicada forma de mujer linda...
--Y yo, ¿dormía también?
--Dormía usted con sueño tranquilo y reposado. La señora inglesa estaba junto a aquella mesa envolviendo no sé qué cosa en un papel. Entraron ellas... no expiré en aquel momento por milagro de Dios... se acercaron a usted, y vuelta a los aullidos que parecían llantos, y a los signos quirománticos semejantes a caricias blandas y amorosas.
--¿Y no dijeron nada? ¿No dijeron nada a Miss Fly ni a usted?