Part 23
--Es verdad --dijo Inés entre broma y veras--; pero tú te entregaste a la desesperación, padre querido; tú no tuviste la fortaleza de ánimo de este opresor de los pueblos; tú no luchaste como él contra la adversidad, ni conquistaste escalón por escalón un puesto honroso en el mundo; tú te dejaste vencer por la desgracia, corriste a París, te uniste a los pícaros revolucionarios que entonces se divertían en matar gente. Agraviados ellos como tú y tú como ellos, todos creíais que cortando cabezas ajenas ganábais alguna cosa y valían más los que se quedaran con ella sobre los hombros... Viniste luego a España con el corazón lleno de venganza. Tú querías que nos divirtiéramos aquí con lo que se divertían allá: la gente no ha querido darte gusto, y te entretuviste con las mojigangas y gansadas de los masones, que según ellos dicen, hacen mucho, y según yo veo, no hacen nada.
--Sí --murmuró el anciano.
--Al mismo tiempo procurabas hacer daño a la persona que más debías amar... Yo sé que si ella no te hubiera despreciado como te despreciaba, tú habrías sido bueno, muy bueno, y te habrías desvivido por ella...
--Sí, sí --repitió él.
--Esto es claro: Dios consiente tales cosas. A veces dos personas buenas parece que se ponen de acuerdo para hacer maldades, sin caer en la cuenta de que, diciéndose cuatro palabras, concluirían por abrazarse y quererse mucho.
--Sí, sí.
--Y no me queda duda --continuó Inés derramando sin cesar aquel torrente de generosidad sobre el alma del pobre enfermo--, no queda duda de que te apoderaste de mí, porque me querías mucho y deseabas que te acompañara.
Santorcaz no afirmó ni negó nada.
--Lo cual me place mucho --prosiguió ella--. Has sido para mí un padre cariñoso. Declaro que eres el mejor de los hombres, que me has amado, que eres digno de ser respetado y querido, como te quiero y te respeto yo, dando el ejemplo a todos los que están presentes.
El revolucionario miro a su hija con inefable expresión de agradecimiento. La religión no hubiera ganado mejor un alma.
--Muero --dijo con voz conmovida D. Luis, alargando la mano derecha a Amaranta y la izquierda a su hija-- sin saber cómo me recibirá Dios. Me presentaré con mi carga de culpas y con mi carga de desgracias, tan grandes la una y la otra, que ignoro cuál será de más peso... Mi pecho ha respirado venganza y aborrecimiento por mucho tiempo... he creído demasiado en las justicias de la tierra; he desconfiado de la Providencia; he querido conquistar con el terror y la fuerza lo que a mi entender me pertenecía; he tenido más fe en la maldad que en la virtud de los hombres; he visto en Dios una superioridad irritada y tiránica, empeñada en proteger las desigualdades del mundo; he carecido por completo de humildad; he sido soberbio como Satán, y me he burlado del Paraíso a que no podía llegar; he hecho daño, conservando en el fondo de mi alma cierto interés inexplicable por la persona ofendida; he corrido tras el placer de la venganza, como corre en el desierto el sediento tras un agua imaginaria; he vivido en perpetua cólera, despedazándome el corazón con mis propias uñas. Mi espíritu no ha conocido el reposo hasta que traje a mi lado un ángel de paz que me consoló con su dulzura, cuando yo la mortificaba con mi cólera. Hasta entonces no supe que existían las dos virtudes consoladoras del corazón; la caridad y la paciencia. Que las dos llenen mi alma; que cierre mis ojos y me lleven delante de Dios.
Diciendo esto, se desvaneció poco a poco. Parecía dormido. Las dos mujeres, arrodilladas a un lado y otro, no se movían. Creí que había muerto; pero acercándome, observé su respiración tranquila. Retireme a la sala inmediata, e Inés me siguió poco después. Entre los dos convinimos en llamar al Prior de Agustinos, varón venerable, que había sido amigo muy querido del padre de Santorcaz. El buen fraile no tardó en venir.
* * * * *
Por la mañana, después de la piadosa ceremonia espiritual, Santorcaz nos rogó que le dejásemos solo con la condesa. Largo rato hablaron a solas los dos; mas como de pronto sintiéramos ruido, entramos y vimos a Amaranta de rodillas al pie del lecho, y a él incorporado, inquieto, con todos los síntomas de un delirio atormentador. Con sus extraviados ojos miraba a todos lados, sin vernos, atento solo a los objetos imaginados con que su espíritu poblaba la oscura estancia.
--Ya me voy --decía--, ya me voy... ¡adiós! es de día... No tiembles... esos pasos que se sienten son los de tu padre, que viene con un ejército de lacayos armados para matarme... No me encontrarán... Saldré por la ventana del torreón... ¡Cielo santo! han quitado la escala... me arrojaré aunque muera... Dices bien: mi cuerpo, encontrado al pie de estos muros, será tu vergüenza y la deshonra de esta casa... ¿Esperaré? ¿No quieres que aguarde?... Ya están ahí: tu padre golpea la puerta y te llama... Adiós: me arrojé al campo... También allá abajo hay criados con palos, escopetas. Dios nos abandona porque somos criminales. Me ocurre una idea feliz. Estás salvada... escóndete allí... pasa a tu alcoba. Déjame recoger estos vasos de valor, estos candelabros de plata. Los llevaré conmigo, y procuraré escurrirme con mi tesoro robado por la cornisa del torreón hasta llegar al techo de las cuadras. Adiós... saldré; abre la puerta y grita: _¡al ladrón, al ladrón!_ Conocerán tu deshonra Dios y tu padre si quieres revelársela; pero no esa turba soez. Vieron entrar un hombre; pero ignoran quién es y a lo que vino. Alma mía, ten valor; haz bien tu papel. Grita: _¡al ladrón, al ladrón!_... Adiós... Ya salgo, me escurro por estas piedras resbaladizas y verdosas... Aún no me han visto los de abajo. Es preciso que me vean. ¡Oh! Ya me ven los miserables con mi carga de preciosidades, y todos gritan: _¡al ladrón, al ladrón!_ ¡Qué inmensa alegría siento! Nadie sabrá nada, vida y corazón mío; nadie sabrá nada, nada...
Cayó hacia atrás, estremeciéndose ligeramente, y su alma hundiose en el piélago sin fondo y sin orillas. Inés y yo nos acercamos con religioso respeto al exánime cuerpo. En nuestro estupor y emoción creímos sentir el rumor de las negras aguas eternas, agitándose al impulso de aquel ser que en ellas había caído; pero lo que oíamos era la agitada respiración de la condesa, que lloraba con amargura, sin atreverse a alzar su frente pecadora.
XLIII
Los que quieran saber cómo y cuándo me casé, con otras particularidades tan preciosas como ignoradas acerca de mi casi inalterable tranquilidad durante tantos años, lean, si para ello tienen paciencia, lo que otras lenguas menos cansadas que la mía narrarán en lo sucesivo. Yo pongo aquí punto final, con no poco gusto de mis fatigados oyentes, y gran placer mío por haber llegado a la más alta ocasión de mi vida, cual fue el suceso de mis bodas, primer fundamento de los sesenta años de tranquilidad que he disfrutado, haciendo todo el bien posible, amado de los míos y bien quisto de los extraños. Dios me ha dado lo que da a todos cuando lo piden buscándolo, y lo buscan sin dejar de pedirlo. Soy hombre práctico en la vida y religioso en mi conciencia. La vida fue mi escuela, y la desgracia mi maestra. Todo lo aprendí y todo lo tuve.
Si queréis que os diga algo más (aunque otros se encargarán de sacarme nuevamente a plaza, a pesar de mi amor a la oscuridad), sabed que una serie de circunstancias, difíciles de enumerar por su muchedumbre y complicación, hicieron que no tomase parte en el resto de la guerra; pero lo más extraño es que desde mi alejamiento del servicio empecé a ascender de tal modo, que aquello era una bendición.
Habiendo recobrado el aprecio y la consideración de Lord Wellington, recibí de este hombre insigne pruebas de afecto cordial; y tanto me atendió y agasajó en Madrid que he vivido siempre profundamente agradecido a sus bondades. Uno de los días más felices de mi vida fue aquel en que supimos que el Duque de Ciudad-Rodrigo había ganado la batalla de Waterloo.
Obtuve poco después de los Arapiles el grado de teniente coronel. Pero mi suegra, con el talismán de su jamás interrumpida correspondencia, me hizo coronel, luego brigadier, y aún no me había repuesto del susto, cuando una mañana me encontré hecho general.
--Basta --exclamé con indignación, después de leer mi hoja de servicios--. Si no pongo remedio, serán capaces de hacerme capitán general sin mérito alguno.
Y pedí mi retiro.
Mi suegra seguía escribiendo para aumentar por diversos modos nuestro bienestar, y con esto y un trabajo incesante, y el orden admirable que mi mujer estableció en mi casa (porque mi mujer tenía la manía del orden, como mi suegra la de las cartas), adquirí lo que llamaban los antiguos _aurea mediocritas_; viví y vivo con holgura, casi fui y soy rico, tuve y tengo un ejército brillante de descendientes entre hijos, nietos y biznietos.
Adiós, mis queridos amigos. No me atrevo a deciros que me imitéis, pues sería inmodestia; pero si sois jóvenes; si os halláis postergados por la fortuna; si encontráis ante vuestros ojos montañas escarpadas, inaccesibles alturas, y no tenéis escalas ni cuerdas, pero sí manos vigorosas; si os halláis imposibilitados para realizar en el mundo los generosos impulsos del pensamiento y las leyes del corazón, acordaos de Gabriel Araceli, que nació sin nada y lo tuvo todo.
Febrero-marzo de 1875.
FIN DE «LA BATALLA DE LOS ARAPILES»