Part 16
--Eso es... Ya conoces su carácter... Cuando te vio y conoció que ibas enviado por mi madre, cuando le injuriaste... Su ira era tan fuerte aquel día, que me causó miedo. «Ahí lo tienes --decía--: yo me dispongo a ser bueno con ella, y ella envía contra mí la policía francesa para mortificarme y un ladrón para privarme de tu compañía. Ya lo ves: es implacable... A Francia, nos iremos a Francia; vendrás conmigo. Esa mujer acabó para mí y yo para ella...» Lo demás lo sabes tú y no necesito decírtelo. ¡Esta mañana creímos morir aquí! ¡Cuánto he padecido en este horrible Babilafuente viéndole enfermo, tan enfermo, que no se restablecerá más; viéndonos amenazados por el populacho, que quería entrar para despedazarnos!... Y todo ¿por qué? Por la masonería, por esas simplezas y mojigangas que a nada conducen.
--A algo conducen, querida mía, y la semilla que tu padre y otros han sembrado, darán algún día su fruto. Sabe Dios cuál será.
--Pero él no es ateo, como otros, ni se burla de Dios. Verdad que suele nombrarle de un modo extraño, así como el _Ser Supremo_, o cosa parecida.
--Llámese Dios o Ser Supremo --exclamé volviendo a aprisionar entre mis manos las de mi adorada amiga--, ello es que ha hecho obras acabadas y perfectas, y una de ellas eres tú, que me confundes, que me empequeñeces y anonadas más cuanto más te trato y te hablo y te miro.
--Eres tonto de veras; pues ¿qué he hecho que no sea natural? --preguntome sonriendo.
--Para los ángeles es natural existir sin mancha, inspirar las buenas acciones, ensalzar a Dios, llevar al cielo las criaturas, difundir el bien por el mundo pecador. ¿Que qué has hecho? Has hecho lo que yo no esperaba ni adivinaba, aunque siempre te tuve por la misma bondad; has amado a ese infeliz, al más infeliz de los hombres, y este prodigio que ahora, después de hecho, me parece tan natural, antes me parecía una aberración y un imposible. Tú tienes el instinto de lo divino, y yo no; tú realizas con la sencillez propia de Dios las más grandes cosas, y a mí no me corresponde otro papel que el de admirarlas después de realizadas, asombrándome de mi estupidez por no haberlas comprendido... ¡Inesilla, tú no me quieres, tú no puedes quererme!
--¿Por qué dices eso? --preguntó con candor.
--Porque es imposible que me quieras, porque yo no te merezco.
Al decir esto, estaba tan convencido de mi inferioridad, que ni siquiera intenté abrazarla, cuando, cruzando ella las defensoras manos, parecía dejarme el campo libre para aquel exceso amoroso.
--De veras, parece que eres tonto.
--Pero, pues tu corazón no sabe sino amar, si no sabe otra cosa, aunque de mil modos le enseñe el mundo lo contrario, algo habrá para mí en un rinconcito.
--¿Un rinconcito...? ¿De qué tamaño?
--¡Qué feliz soy! Pero te digo la verdad, quisiera ser desgraciado.
No me contestó sino riéndose, burlándose de mí con un descaro...
--Quiero ser desgraciado para que me ames como has amado a tu padre, para que te desvivas por mí, para que te vuelvas loca por mí, para que... ¿Pero te ríes, todavía te ríes? ¿Acaso estoy diciendo tonterías?
--Más grandes que esta casa.
--Pero, hija, si estoy aturdido. Dime tú, que todo lo sabes, si hay alguna manera extraordinaria de querer, una manera nueva, inaudita...
--Así, así siempre, basta... Ni es preciso tampoco que seas desgraciado. No, dejémonos de desgracias, que bastantes hemos tenido. Pidamos a Dios que no haya más batallas en que puedas morir.
--¡Yo quiero morir! --exclamé sintiendo que el puro y extremado afecto llevaba mi mente a mil raras sutilezas y tiquismiquis, y mi corazón a incomprensibles y quizás ridículos antojos.
--¡Morir! --exclamó ella con tristeza--. ¿Y a qué viene ahora eso? ¿Se puede saber, señor mío querido?
--Morir quiero para verte llorar por mí... pero en verdad, esto es absurdo, porque si muriera, ¿cómo podría verte? Dime que me amas, dímelo.
--Esto sí que está bueno. Al cabo de la vejez...
--Si nunca me lo has dicho... Puede que quieras sostener que me lo has dicho.
--¿Que no? --dijo con jovialidad encantadora--. Pues no.
No sé qué más iba a decir ella; pero indudablemente pensó decir algo, más dulce para mí que las palabras de los ángeles, cuando sonó en la estancia una ronca voz.
--No, no te vas, paloma, sin abrazar a tu marido --exclamé estrujando aquel lindo cuerpo, que se escapó de mis brazos para volar al lado del enfermo.
XXX
Acerqueme a la puerta de la triste alcoba. Santorcaz no me veía, porque su atención estaba fatigada y torpe a causa del mal, y la estancia medio a oscuras.
--Alguien anda por ahí --dijo el masón, besando las manos de su hija--. Me pareció sentir la voz de ese tunante de Gabriel.
--Padre, no hables mal de los que nos han hecho un beneficio; no tientes a Dios, no le provoques.
--Yo también le he hecho beneficios, y ya ves cómo me paga: prendiéndome.
--Araceli es un buen muchacho.
--¡Sabe Dios lo que harán conmigo esos verdugos! --exclamó el infeliz dando un suspiro--. Esto se acabó, hija mía.
--Se acabaron, sí, las locuras, los viajes, las logias, que solo sirven para hacer daño --afirmó Inés abrazando a su padre--. Pero subsistirá el amor de tu hija, y la esperanza de que viviremos todos, todos felices y tranquilos.
--Tú vives de dulces esperanzas --dijo--; yo de tristes o funestos recuerdos. Para ti se abre la vida; para mí, lo contrario. Ha sido tan horrible, que ya deseo se cierre esa puerta negra y sombría, dejándome fuera de una vez... Hablas de esperanzas: ¿y si estos déspotas me sepultan en una cárcel, si me envían a morir a cualquiera de esos muladares del África...?
--No te llevarán; respondo de que no te llevarán, padrito.
--Pero cualquiera que sea mi suerte, será muy triste, niña de mi alma... Viviré encerrado; y tú... ¿tú qué vas a hacer? Te verás obligada a abandonarme... Pues qué, ¿vas a encerrarte en un calabozo?
--Sí: me encerraré contigo. Donde tú estés, allí estaré yo --replicó la muchacha con cariño--. No me separaré de ti; no te abandonaré jamás, ni iré... no: no iré a ninguna parte donde tú no puedas ir también.
No oí voz alguna, sino los sollozos del pobre enfermo.
--Pero, en cambio, padrito --continuó ella en tono de amonestación afectuosa--, es preciso que seas bueno, que no tengas malos pensamientos, que no odies a nadie, que no hables de matar gente, pues Dios tiene buena mano para hacerlo; que desistas de todas esas majaderías que te han trastornado la cabeza, y no pierdas la tranquilidad y la salud porque haya un rey de más o de menos en el mundo; ni hagas caso de los frailes ni de los nobles, los cuales, padre querido, no se van a suprimir y a aniquilarse porque tú lo desees, ni porque así lo quiera el mal humor del señor Canencia, del Sr. Monsalud y del Sr. Ciruelo... He aquí tres que hablan mal de los nobles, de los poderosos y de los reyes, porque, hasta ahora, ningún rey ni ningún señor han pensado en arrojarles un pedazo de pan para que callen, y otro para que griten en favor suyo... ¿Conque serás bueno? ¿Harás lo que te digo? ¿Olvidarás esas majaderías?... ¿Me querrás mucho a mí y a todos los que me aman?
Diciendo esto, arreglaba las ropas del lecho, acomodaba en las almohadas la venerable y hermosa cabeza de Santorcaz, destruía los dobleces y durezas que pudieran incomodarle, todo con tanto cariño, solicitud, bondad y dulzura, que yo estaba encantado de lo que veía. Santorcaz callaba y suspiraba, dejándose tratar como un chico. Allí la hija parecía, más que hija, una tierna madre, que se finge enojada con el precioso niño porque no quiere tomar las medicinas.
--Me convertirás en un chiquillo, querida --dijo el enfermo--. Estoy conmovido... quiero llorar. Pon tu mano sobre mi frente para que no se me escape esa luz divina que tengo dentro del cerebro... pon tu mano sobre mi corazón y aprieta. Me duele de tanto sentir. ¿Has dicho que no te separarás de mí?
--No: no me separaré.
--¿Y si me llevan a Ceuta?
--Iré contigo.
--¡Irás conmigo!
--Pero es preciso ser bueno y humilde.
--¿Bueno? ¿Tú lo dudas? Te adoro, hija mía. Dime que soy bueno; dime que no soy un malvado, y te lo agradeceré más que si me vinieras a llamar de parte del _Ser Sup_... de parte de Dios, decimos los cristianos. Si tú me dices que soy un hombre bueno, que no soy malo, tendré por embusteros a los que se empeñan en llamarme malvado.
--¿Quién duda que eres bueno? Para mí al menos.
--Pero a ti te he hecho algún daño.
--Te lo perdono, porque me amas, y sobre todo porque me sacrificas tus pasiones, porque consientes que sea yo la destinada a quitarte esas espinas que desde hace tanto tiempo tienes clavadas en el corazón.
--¡Y cómo punzan! --exclamó con profunda pena el infeliz masón--. Sí: quítamelas, quítamelas todas con tus manos de ángel; quítalas una a una, y esas llagas sangrientas se restañarán por sí... ¿De modo que yo soy bueno?
--Bueno, sí: yo lo diré así a quien crea lo contrario, y espero que se convencerán cuando yo lo diga. Pues no faltaba más... La verdad es lo primero. Ya verás cuánto te van a querer todos, y qué buenas cosas dirán de ti. Has padecido: yo les contaré todo lo que has padecido.
--Ven --murmuró Santorcaz con voz balbuciente, alargando los brazos para coger en sus manos trémulas la cabeza de su hija--. Trae acá esa preciosa cabeza que adoro. No es una cabeza de mujer, es de ángel. Por tus ojos mira Dios a la tierra y a los hombres, satisfecho de su obra.
El anciano cubrió de besos la hermosa frente, y yo por mi parte no ocultaré que deseaba hacer otro tanto. En aquel momento di algunos pasos y Santorcaz me vio. Advertí súbita mudanza en la expresión de su semblante, y me miró con disgusto.
--Es Gabriel, nuestro amigo, que nos defiende y nos protege --dijo Inés--. ¿Por qué te asustas?
--Mi carcelero... --murmuró Santorcaz con tristeza--. Me había olvidado de que estoy preso.
--No soy carcelero, sino amigo --afirmé adelantándome.
--Sr. Araceli --continuó él con voz grave--, ¿a dónde me llevan? ¡Oh, miserable de mí! Malo es caer en las garras de los satélites del despotismo... no, no, hija mía, no he dicho nada; quise decir que los soldados... no puedo negar que odio un poquillo a los soldados, porque sin ellos, ya ves, sin ellos no podrían los reyes... ¡malditos sean los reyes!... no, no, a mí no me importa que haya reyes, hija mía: allá se entiendan. Solo que... francamente, no puedo menos de aborrecer un poco a ese muchacho que quiso separarte de mí. Ya se ve, le mandaban sus amos... estos militares son gente servil que los grandes emplean para oprimir a los hijos del pueblo... No le puedo ver, ni tú tampoco, ¿es verdad?
--No solo le puedo ver, sino que le estimo mucho.
--Pues que entre... Araceli... también yo te estimé en otro tiempo. Inés dice que eres un buen muchacho... Será preciso creerlo... Puesto que ella te estima, ¿sabes lo que yo haría? Exceptuarte a ti solo, a ti solito; ponerte a un lado, y a todos los demás enviarlos a la guillot... no, no he dicho nada... Si otros la quieren levantar, háganlo en buen hora; yo no haré más que ver y aplaudir... no, no, no aplaudiré tampoco: váyanse al diablo las guillotinas.
--Padre --dijo Inés--, da la mano a Araceli, que se marchará a sus quehaceres, y ruégale que vuelva a vernos después. ¡Ay! dicen que va a darse una batalla: ¿no sientes que le suceda alguna desgracia?
--Sí, seguramente --dijo Santorcaz estrechándome la mano--. ¡Pobre joven! La batalla será muy sangrienta, y lo más probable es que muera en ella.
--¿Qué dices, padre? --preguntó Inés con terror.
--La mejor batalla del mundo, hija mía, será aquella en que perezcan todos, todos los soldados de los dos ejércitos contendientes.
--¡Pero él no, él no! Me estás asustando.
--Bueno, bueno, que viva él... que viva Araceli. Joven, mi hija te estima, y yo... yo también... también te estimo. Así es que Dios hará muy bien en conservar tu preciosa vida. Pero no servirás más a los verdugos del linaje humano, a los opresores del pueblo, a los que engordan con la sangre del pueblo, a los pícaros frailes y...
--¡Jesús! estás hablando como Canencia, ni más ni menos.
--No he dicho nada; pero este Araceli... a quien estimo... nos aborrece, querida mía; quiere separarnos: es agente y servidor de una persona...
--A quien estimas también, padre.
--De una persona... --continuó el masón, poniéndose tan pálido que parecía cadáver.
--A quien amas, padre --añadió la muchacha rodeando con sus brazos la cabeza del pobre enfermo--; a quien pedirás perdón... por...
El rostro de Santorcaz encendiose de repente con fuerte congestión; sus ojos despidieron rayo muy vivo, incorporose en el lecho y, estirando los brazos y cerrando los puños y frunciendo el terrible ceño, gritó:
--¡Yo!... pedirle perdón... pedirle perdón yo... ¡Jamás, jamás!
Diciendo esto, cayó en el lecho como cuerpo del que súbitamente y con espanto huye la vida.
Inés y yo acudimos a socorrerle. Balbucía frases ardorosas... llamaba a Inés creyéndola ausente; la miraba con extravío; me despedía con gritos y amenazas, y, finalmente, se tranquilizó cayendo en pesado sopor.
--Otra vez será --me dijo Inés con los ojos llenos de lágrimas--. No desconfío. Haz lo que dijimos. Escríbele esta tarde mismo.
--Le escribiré, y vendrá en seguida a Salamanca. Prepárate a marchar allá con tu enfermo.
XXXI
Haciendo mucho ruido, llamándome a voces y azotando con su látigo las puertas y los muebles, entró en la casa Miss Fly. Recibila en la sala, y al verme sonrió con gracia incomparable, no exenta en verdad de coquetería. Llamó mi atención ver que se había acicalado y compuesto, cosa verdaderamente extraña en aquel lugar y ocasión. Su rostro resplandecía de belleza y frescura. Habíase peinado cual si tuviese a mano los más delicados enseres de tocador, y el vestido, limpio ya de polvo y lodo, disimulaba sus desgarrones y arrugas no sé por qué arte singular, solo revelado a las mujeres. ¿Por qué no decirlo? Detesto las gazmoñerías y melindres. Sí, lo diré: Athenais estaba encantadora, hechicera, lindísima.
Como le manifestase mi sorpresa por aquella restauración de su interesante persona, me dijo:
--Caballero Araceli, después que vuestros soldados han apagado el incendio, quedó un poco de agua para mí. En casa de unos aldeanos me proporcionaron lo preciso para peinarme... Pero, señor comandante, ¿así cumplís con vuestros deberes? ¿No estaríais mejor al frente de vuestras tropas? Hace un rato que ha llegado Leith con su división, y pregunta por vos...
Al saber la noticia, no quise detenerme. Despedime de Inés, y después de asegurar bien la entrada de la casa y de encomendar a Tribaldos que cuidase a los dos prisioneros, bajé a la plaza, donde Miss Fly se separó de mí sin motivo aparente. Empezaban a llegar tropas inglesas. El general Leith, a quien indiqué que España me había mandado perseguir a los franceses, me ordenó que esperase hasta la noche.
--Es imposible perseguir a los franceses de cerca --dijo--. Van muy adelantados, y nos será difícil hacerles daño. Nuestras tropas están cansadas.
Quedeme allí, no sin gozo, y dispuse lo necesario para que Santorcaz y su hija fuesen trasladados a Salamanca. Felizmente regresaba aquella tarde, para quedar allí de guarnición, Buenaventura Figueroa, mi más íntimo y querido amigo, y le di instrucciones prolijas sobre lo que debía de hacer con mis prisioneros en la ciudad y durante el viaje. Verificose este por la noche en un convoy que se envió a _Roma la chica_: no sin trabajo logré un carromato de regular comodidad, en cuyo interior acomodé a padre e hija, acompañados de Tribaldos y de buen repuesto de víveres para el viaje. Quise darles también dinero; mas rehusolo Inés, y a la verdad no lo necesitaban, porque el Sr. Santorcaz (no sé si lo he dicho), que un año antes heredara íntegro su patrimonio, poseía regular hacienda, sobrada para su modesto traer.
Di también a Inés instrucciones para que contribuyese a impedir nuevas salidas de su infeliz padre al campo de Montiel de las masónicas aventuras, y ella prometiome con inequívoca seguridad que le encarcelaría convenientemente sin mortificarle; con lo cual, muy apenados, nos despedimos los dos: yo por aquella nueva separación, cuyos límites no sabía, y ella por presentimientos del peligro a que expuesto quedaba en la terrible campaña emprendida. En esto, y en escribir a la condesa lo que el lector supone, entretuve gran parte de las últimas horas del día.
Partimos al amanecer del siguiente, persiguiendo a los franceses, que no pararon hasta pasar el Duero por Tordesillas, extendiéndose hasta Simancas. Allí reforzó Marmont su ejército con la división de Bonnet, y nosotros le aguardamos en la orilla izquierda, vigilando sus movimientos. La cuestión era saber por qué sitio quería el francés pasar el río, para venir al encuentro del ejército aliado, cuyo cuartel general estaba en La Seca.
No quería Marmont, como es fácil suponer, darnos gusto, y sin avisarnos, cosa muy natural también, partió de improviso hacia Toro... ¡En marcha todo el mundo hacia la izquierda, ingleses, españoles, lusitanos; en marcha otra vez hacia el Guareña y hacia los perversos pueblos de Babilafuente y Villoria!
--¡Y a esto llaman hacer la guerra! --decía uno--. Por el mucho ejercicio que hacen, tienen tan buenas piernas los ingleses. Ahora resultará que Marmont no acepta tampoco la batalla en el Guareña, y le buscaremos en el Pisuerga, en el Adaja, o tal vez en el Manzanares, o en el Abroñigal a las puertas de Madrid.
Tan solo resultó que después de dos semanas de marchas y contramarchas, nos encontramos otra vez en las inmediaciones de Salamanca. Pero lo más gracioso fue cuando bailamos el minueto, como decíamos los españoles, pues aconteció que ambos ejércitos marcharon todo un día paralelamente, ellos sobre la izquierda, nosotros sobre la derecha, viéndonos muy bien a distancia de medio tiro de cañón y sin gastar un cartucho. Esto pasó no muy lejos de Salamanca; y cuando nos detuvimos en San Cristóbal, allí eran de ver las burlas motivadas por la tal maniobra y marcha estratégica, que los chuscos calificaban de contradanza.
Desde San Cristóbal quise ir a Salamanca; pero me fue imposible, porque no se concedían licencias largas ni cortas. Tuve, sin embargo, el gusto de saber que nada singular había ocurrido en la casa de la calle del Cáliz durante mi ausencia y las marchas y minuetos del ejército aliado... En cuanto a Miss Fly (me apresuro a nombrarla porque oigo una misma pregunta en los labios de cuantos me escuchan), me había honrado no pocas veces con su encantadora palabra durante los viajes a Tordesillas, a la Nava y al Guareña; pero siempre en cortas y muy disimuladas entrevistas, cual si existiese algún desconocido estorbo, algún impedimento misterioso de su antes ilimitada libertad. En estas breves entrevistas advertía siempre en ella sin igual dulzura y melancólico abandono, y además una admiración injustificada hacia mí y hacia todas mis acciones, aunque fuesen de las más comunes e insignificantes.
Por lo demás, si las entrevistas pecaban de cortas, eran frecuentísimas. No hacíamos alto en punto alguno, sin que se me presentase Athenais, cual mi propia sombra, y recatadamente me hablase, diciéndome por lo general cosas alambicadas y sutiles, cuando no melifluas y apasionadas. La más refinada cortesía y un excelente humor de bromas inspiraban mis contestaciones. Regalábame a cada momento mil monerías, golosinas o cachivaches de poco valor, que adquiría en los diversos pueblos de la carrera.
Entre tanto (suplico a mis oyentes se fijen bien en esto, porque sirve de lamentable antecedente a uno de los principales contratiempos de mi vida), yo notaba que no se había disipado entre mis compañeros ingleses y españoles la infundada sospecha que el viaje de Athenais a Salamanca despertara. En suma, la Pajarita había vuelto al cuartel general, y mi buena opinión y fama de caballerosidad continuaban tan problemáticas como el día que aparecí en Bernuy. En dos ocasiones en que tuve el alto honor de hablar con el señor duque, experimenté mortal pena, hallándole, no solo desdeñoso, sino en extremo austero y desapacible conmigo. Los espejuelos del coronel Simpson despedían rayos olímpicos contra mí, y en general cuantas personas conocía en las filas inglesas demostraban de diversos modos poca o ninguna afición a mi honrada persona.
--Sr. Araceli, Sr. Araceli --me dijo Athenais presentándose de improviso ante mí el 21 de julio, cuando acabábamos de ocupar el cerro comúnmente llamado Arapil Chico--, venid a mi lado. Simpson no ha salido aún de Salamanca. ¿Os ha pasado algo desde ayer que no nos hemos visto?
--Nada, señora, no me ha pasado nada. ¿Y a usted?
--A mí, sí; pero ya os lo contaré más adelante. ¿Por qué me miráis de ese modo?... Vos también dais en creer, como los demás, que estoy triste, que estoy pálida, que he cambiado mucho...
--En efecto, Miss Fly: se me figura que esa cara no es la misma.
--No me siento bien --dijo con sonrisa graciosa--. No sé lo que tengo... ¡Ah! ¿no sabéis? Dicen que va a darse una gran batalla.
--No lo dudo. Los franceses están hacia Cavarrasa. ¿Cuándo será?
--Mañana... Parece que os alegráis --dijo mostrando un temor femenino que me sorprendió, conociendo como conocía su varonil arrojo.
--Y usted también se alegrará, señora. Un alma como la de usted, para sostenerse a su propia altura, necesita estos espectáculos grandiosos, el inmenso peligro seguido de la colosal gloria. Nos batiremos, señora, nos batiremos con el Imperio, con el enemigo común, como dicen en Inglaterra, y le derrotaremos.
Athenais no me contestó, como esperaba, con ningún arrebato de entusiasmo, y la poesía de los romances parecía haberse replegado con timidez y vergüenza quizás en lo más escondido de su alma.
--Será una gran batalla y ganaremos --dijo con abatimiento--; pero... morirá mucha gente. ¿No os ocurre que podéis morir vos?
--¿Yo?... ¿y qué importa? ¿Qué importa la vida de un miserable soldado, con tal que quede triunfante la bandera?
--Es verdad; pero no debéis exponeros... --dijo con cierta emoción--. Dicen que la división española no se batirá.
--Señora, no conozco a usted; no es usted Miss Fly.
--Voy creyendo lo que decís --afirmó clavando en mí los dulces ojos azules--; voy creyendo que no soy yo Miss Fly... Oíd bien, Araceli, lo que voy a deciros. Si no entráis en fuego mañana, como espero, avisádmelo... Adiós, adiós.
--Pero aguarde usted un momento, Miss Fly --dije procurando detenerla.
--No, no puedo. Sois muy indiscreto... Si supiérais lo que dicen... Adiós, adiós.
Dando algunos pasos hacia ella, la llamé repetidas veces; mas en el mismo instante vi un coche o silla de postas que se paraba delante de mí en mitad del camino; vi que por la portezuela aparecía una cara, una mano, un brazo... ¡Si era la condesa!... ¡Dios poderoso, qué inmensa alegría! Era la condesa que detenía su coche delante de mí, que me buscaba con la vista, que me llamaba con un lindo gesto, que iba a decir sin duda dulcísimas cosas. Corrí hacia ella loco de alegría.
XXXII
Antes de referir lo que hablamos, conviene que diga algo del lugar y momento en que tales hechos pasaban, porque una cosa y otra interesan igualmente a la historia y a la relación de los sucesos de mi vida que voy refiriendo. El 21 por la tarde pasamos el Tormes, los unos por el puente de Salamanca, los otros por los vados inmediatos. Los franceses, según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea, cuya izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el Arapil Chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo, punto el más avanzado de la línea anglo hispano-portuguesa.