La batalla de los Arapiles

Part 15

Chapter 154,146 wordsPublic domain

--Si usted varía de conducta, podrá tal vez vivir cerca, cuando no al lado de su hija, y verla y tratarla.

--¡Variar de conducta!... ¿Y quién eres tú, mancebo ignorante, para decirme que varíe de conducta, y dónde has aprendido a juzgar mis acciones? Estás lleno de soberbia porque el despotismo te ha enmascarado con esa librea, y puesto esas charreteras que no sirven sino para marcar la jerarquía de los distintos opresores del pueblo... ¡Qué sabes tú lo que es conducta, necio! Has oído hablar a los frailes y a D. Carlos España, y crees poseer toda la ciencia del mundo.

--Yo no poseo ciencia alguna --respondí exasperado--; ¿pero se puede consentir que criaturas inocentes, honradas, dignas por todos conceptos de mejor suerte, vivan con tales padres?

--Y a ti, extraño a ella, extraño a mí, ¿qué te importa ni qué te va en esto? --exclamó agitando sus brazos y golpeando con ellos las ropas del desordenado lecho.

--Sr. Santorcaz, acabemos. Dejo a usted en libertad para ir a donde mejor le plazca. Me comprometo a garantizarle la mayor seguridad hasta que se halle fuera del país que ocupa el ejército aliado. Pero esta joven es mi prisionera, y no irá sino a Madrid al lado de su madre. Si han nacido por fortuna en usted sentimientos tiernos que antes no conocía, yo aseguro que podrá ver a su hija en Madrid siempre que lo solicite.

Al decir esto miré a Inés, que con extraordinario estupor dirigía los ojos a mí y a su padre alternativamente.

--Eres un loco --dijo D. Luis--. Mi hija y yo no nos separaremos. Háblale a ella de este asunto, y verás cómo se pone... En fin, Araceli, ¿nos dejas escapar, sí o no?

--No puedo detenerme en discusiones. Ya he dicho cuanto tenía que decir. Entre tanto, quedarán en la casa, y nadie se atreverá a hacerles daño.

--¡Preso, cogido, Dios mío! --clamó Santorcaz antes afligido que colérico, y llorando de desesperación--. ¡Preso, cogido por esta soldadesca asalariada a quien detesto; preso antes de poder hacer nada de provecho, antes de descargar un par de buenos y seguros golpes!... ¡Esto es espantoso! Soy un miserable... no sirvo para nada... lo he dejado todo para lo último... me he ocupado en tonterías... Lo grave, lo formal es destruir todo lo que se pueda, ya que seguramente nada existe aquí digno de conservarse.

--Tenga usted calma, que el estado de ese cuerpo no es a propósito para reformar el linaje humano.

--¿Crees que estoy débil, que no puedo levantarme? --gritó intentando incorporarse con esfuerzos dolorosos--. Todavía puedo hacer algo... esto pasará... no es nada... aún tengo pulso... ¡Ay! en lo sucesivo no perdonaré a nadie. Todo aquel que caiga bajo mi mano, perecerá sin remedio.

Inés le ponía las manos en los hombros para obligarle a estarse quieto, y recogía la ropa de abrigo, que los movimientos del enfermo arrojaban a un lado y otro.

--¡Preso, cogido como un ratón! --prosiguió este--. Es para volverse loco... ¡Cuando había fundado treinta y cuatro logias, en que se afiliaba lo más selecto, lo más atrevido y lo más revoltoso, es decir, lo mejor y lo más malo de todo el país!... ¡Oh! ¡esos indignos franceses me han hecho traición! Les he servido, y este es el pago... Araceli, ¿dices que estoy preso, que me llevarán a la cárcel de Madrid, a Ceuta tal vez?... ¡Maldigo la infame librea del despotismo que vistes! ¡Ceuta!... Bueno: me escaparé como la otra vez... mi hija y yo nos escaparemos. Aún tengo agilidad, aliento, brío; todavía soy joven... ¡Caer en poder de estos verdugos con charreteras, cuando me creía libre para siempre y tocaba los resaltados de mi obra de tantos años!... Porque sí, no sois más que verdugos con charreteras, grados y falsos y postizos honores. ¡Mujeres de la tierra, parid hijos para que los nobles les azoten, para que los frailes les excomulguen, y para que estos sayones los maten!... ¡Bien lo he dicho siempre! La masonería no debe tener entrañas; debe ser cruel, fría, pesada, abrumadora, como el hacha del verdugo... ¿Quién dice que yo estoy enfermo, que yo soy débil, que me voy a morir, que no puedo levantarme más?... Es mentira, cien veces mentira... Me levantaré, y ¡ay del que se me ponga delante! Araceli, cuidado, cuidado, aprendiz de verdugo... Todavía...

Siguió hablando algún tiempo más; pero le faltaba gradualmente el aliento, y las palabras se confundían y desfiguraban en sus labios. Al fin no oíamos sino mugidos entrecortados y guturales, que nada expresaban. Su respiración era fatigosa; había cerrado los ojos; pero los abría de cuando en cuando con la súbita agitación de la fiebre. Toqué sus manos y despedían fuego.

--Este hombre está muy malo --dije a Inés, que me miraba con perplejidad.

--Lo sé; pero en esta casa no hay nada, ni tenemos remedios, ni comida; en una palabra, nada.

Llamando a mi asistente, que estaba en la calle, le di orden de que proporcionase a Inés cuanto fuese preciso y existiera en el lugar.

--Mi asistente no se separará de aquí mientras lo necesites --dije a mi amiga--. La puerta se cerrará. Puedes estar tranquila. En todo el día no saldremos de aquí. Adiós: me voy a la plaza; pero volveré pronto, porque tenemos que hablar, mucho que hablar.

XXIX

Al volver, la encontré sentada junto al lecho del enfermo, a quien fijamente miraba. Volviendo la cabeza, indicome con un signo que no debía hacer ruido. Levantose luego, acercó su rostro al de Santorcaz, y cerciorada de que permanecía en completo y bienhechor reposo, se dispuso a salir del cuarto. Juntos fuimos al inmediato, no cerrando sino a medias la puerta, para poder vigilar al desgraciado durmiente, y nos sentamos el uno frente al otro. Estábamos solos, casi solos.

--¿Has tenido nuevas noticias de mi madre? --me preguntó muy conmovida.

--No; pero pronto la veremos...

--¡Aquí, Dios mío! Tanta felicidad no es para mí.

--Le escribiré hoy diciendo que te he encontrado y que no te me escaparás. Le diré que venga al instante a Salamanca.

--¡Oh! Gabriel... haces precisamente lo mismo que yo deseaba, lo que deseaba hace tanto tiempo... Si hubieras sido prudente en Salamanca, y me hubieras oído antes de...

--Querida mía, tienes que explicarme muchas cosas que no he entendido --le dije con amor.

--¿Y tú a mí? Tú sí que tienes necesidad de explicarte bien. Mientras no lo hagas, no esperes de mí una palabra, ni una sola.

--Hace seis meses que te busco, alma mía; seis meses de fatigas, de penas, de ansiedad, de desesperación... ¡Cuánto me hace trabajar Dios antes de concederme lo que me tiene destinado! ¡Cuánto he padecido por ti, cuánto he llorado por ti! Dios sabe que te he ganado bien.

--Y durante ese tiempo --preguntó con graciosa malicia--, ¿te ha acompañado esa señora inglesa, que te llama su caballero y que me ha vuelto loca a preguntas?

--¿A preguntas?

--Sí: quiere saberlo todo, y para cerrarle el pico he necesitado decirle cómo y cuándo nos conocimos. Lo que se refiere a mí le importa poco; tu vida es lo que le interesa: me ha mareado tanto deseando saber las locuras y sublimidades que has hecho por esta infeliz, que no he podido menos de divertirme a costa suya...

--Bien hecho, amada mía.

--¡Qué orgullosa es!... Se ríe de cuanto hablo, y, según ella, no abro la boca más que para decir vulgaridades. Pero la he castigado... Como insistiese en conocer tus empresas amorosas, le he dicho que después de Bailén quisieron robarme veinticinco hombres armados, y que tú solo les matastes a todos.

Inés sonreía tristemente, y yo sofocaba la risa.

--También le dije que en El Pardo, para poder hablarme, te disfrazaste de duque, siendo tal el poder de la falsa vestimenta, que engañaste a toda la Corte y te presentaron al Emperador Napoleón, el cual se encerró contigo en su gabinete y te confió el plan de su campaña contra el Austria.

--Así te vengas tú --dije encantado de la malicia de mi pobre amiga--. Dame un abrazo, chiquilla, un abrazo o me muero.

--Así me vengo yo. También le dije que estando en Aranjuez pasabas el Tajo a nado todas las noches para verme; que en Córdoba entraste en el convento y maniataste a todas las monjas para robarme; que otra vez anduviste ochenta leguas a caballo para traerme una flor; que te batiste con seis generales franceses porque me habían mirado, con otras mil heroicidades, acometimientos y amorosas proezas que se me vinieron a la memoria a medida que ella me hacía preguntas. Eh, caballerito, no dirá usted que no cuido de su reputación... Te he puesto en los cuernos de la luna... Puedes creer que la inglesa estaba asombrada. Me oía con toda su hermosa boca abierta... ¿Qué crees? Te tiene por un Cid, y ella cuando menos se figura ser la misma Doña Jimena.

--¡Cómo te has burlado de ella! --exclamé acercando mi silla a la de Inés--. ¿Pero has tenido celos?... Dime si has tenido celos para estarme riendo tres días...

--Caballero Araceli --dijo arrugando graciosamente el ceño--, sí, los he tenido y los tengo...

--¡Celos de esa loca! --contesté riendo y el alma inundada de regocijo--. Inés de mi vida, dame un abrazo.

Las lindas manecitas de la muchacha se sacudían delante de mí, y me azotaban el rostro al acercarme. Yo, pillándolas al vuelo, se las besaba.

--Inesilla, querida mía, dame un abrazo... o te como.

--Hambriento estás.

--Hambriento de quererte, esposa mía. ¿Te parece...? Seis meses amando a una sombra. ¿Y tú?...

Yo no sabía qué decir. Estaba hondamente conmovido. Mi desgraciada amiga quiso disimular su emoción; pero no pudo atajar el torrente de lágrimas que pugnaba por salir de sus ojos.

--No te acuerdes de esa mujer, si no quieres que me enfade. ¿Es posible que tú, con la elevación de tu alma, con tu penetración admirable, hayas podido...?

--No, no lloro por eso, querido amigo mío --me dijo mirándome con profundo afecto--. Lloro... no sé por qué. Creo que de alegría.

--¡Oh! Si Miss Fly estuviera aquí, si nos viera juntos, si viera cómo nos amamos por bendición especial de Dios, si viera este cariño, superior a las contrariedades del mundo, comprendería cuánta diferencia hay de sus chispazos poéticos a esta fuente inagotable del corazón, a esta luz divina en que se gozan nuestras almas, y se gozarán por los siglos de los siglos.

--No me nombres a Miss Fly... Si en un momento me afligió el conocerla, ya no hago caso de ella... --dijo secando sus lágrimas--. Al principio, francamente... tuve dudas, más que dudas, celos; pero al tratarla de cerca se disiparon. Sin embargo, es muy hermosa, más hermosa que yo.

--Ya quisiera parecerse a ti. Es un marimacho.

--Es además muy rica, según ella misma dice. Es noble... Pero a pesar de todos sus méritos, Miss Fly me causaba risa, no sé por qué. Yo reflexionaba y decía: «Es imposible, Dios mío. No puede ser... Caerán sobre mí todas las desgracias menos esta...» ¡Oh! esta sí que no la hubiera soportado.

--¡Qué bien pensaste! Te reconozco, Inés. Reconozco tu grande alma. Duda de todo el mundo, duda de lo que ven tus ojos; pero no dudes de mí, que te adoro.

--Mi corazón se desborda... --exclamó oprimiéndose el seno con una mano que se escapó de entre las mías--. Hace tiempo que deseaba llorar así... delante de ti... ¡Bendito sea Dios que empieza a hacer caso de lo que le he dicho!

--Inés, yo también he tenido celos, queridita; celos de otra clase, pero más terribles que los tuyos.

--¿Por qué? --dijo mirándome con severidad.

--¡Pobre de mí!... Yo me acordaba de tu buena madre y decía mirándote: «Esta pícara ya no nos quiere.»

--¿Que no os quiero?

--Alma mía, ahora te pregunto como a los niños. ¿A quién quieres tú?

--A todos --contestó con resolución.

Esta respuesta, tan concisa como elocuente, me dejó confuso.

--A todos --repitió--. Si no te creyera capaz de comprenderlo así, ¡cuán poco valdrías a mis ojos!

--Inés, tú eres una criatura superior --afirmé con verdadero entusiasmo--. Tú tienes en tu alma mayor porción de aliento divino que los demás. Amas a tus enemigos, a tus más crueles enemigos.

--Amo a mi padre --dijo con entereza.

--Sí; pero tu padre...

--Vas a decir que es un malvado, y no es verdad. Tú no le conoces.

--Bien, amiga mía, creo lo que me dices; pero las circunstancias en que has ido a poder de ese hombre no son las más a propósito para que le tomaras gran cariño...

--Hablas de lo que no entiendes. Si yo te dijera una cosa...

--Espera... déjame acabar... Yo sé lo que vas a decir. Es que has encontrado en él, cuando menos lo esperabas, un noble y profundo cariño paternal.

--Sí; pero he encontrado algo más.

--¿Qué?

--La desgracia. Es el hombre más desdichado, más sin ventura que existe en el mundo.

--Es verdad: la nobleza de tu alma no tiene fin... pero dime: seguramente no hallarán eco en ella los sentimientos de odio ni el frenesí de este desgraciado.

--Yo espero reconciliarle --dijo sencillamente-- con los que odia, o aparenta odiar, pues su cólera ante ciertas personas no brota del corazón.

--¡Reconciliarle! --repetí con verdadero asombro--. ¡Oh! Inés: si tal hicieras; si tan grande objeto lograras tú con la sola fuerza de tu dulzura y de tu amor, te tendría por la más admirable persona de todo el mundo... Pero debe haber ocurrido entre ti y él mucho que ignoro, querida mía. Cuando te viste arrebatada por ese hombre de los brazos de tu madre enferma, ¿no sentiste...?

--Un horror, un espanto... no me recuerdes eso, amiguito, porque me estremezco toda... ¡Qué noche, qué agonía! Yo creí morir, y en verdad pedía la muerte... Aquellos hombres... todos me parecían negros, con el pelo erizado y las manos como garfios... aquellos hombres me encerraron en un coche. Encarecerte mi miedo, mis súplicas, aquel continuo llorar mío durante no sé cuántos días, sería imposible. Unas veces, desesperada y loca, les decía mil injurias; otras pedíales de rodillas mi libertad. Durante mucho tiempo me resistí a tomar alimento, y también traté de escaparme... Imposible, porque me guardaban muy bien... Después de algunos días de marcha, fuéronse todos, y él quedó solo conmigo en un lugar que llaman Cuéllar.

--¿Y te maltrató?

--Jamás: al principio me trataba con aspereza; pero luego, mientras más me ensoberbecía yo, mayor era su dulzura. En Cuéllar me dijo que nunca volvería a ver a mi madre, lo cual me causó tal desesperación y angustia, que aquella noche intenté arrojarme por la ventana al campo. El suicidio, que es tan gran pecado, no me aterraba... Trájome en seguida a Salamanca, y allí le oí repetir que jamás vería a mi madre. Entonces advertí que mis lágrimas le conmovían mucho... Un día, después que largo rato disputamos y vociferamos los dos, púsose de rodillas delante de mí, y besándome las manos me dijo que él no era un hombre malo.

--¿Y tú sospechabas algo de tu parentesco con él?

--Verás... Yo le respondí que le tenía por el más malo, el más abominable ser de toda la tierra, y entonces fue cuando me dijo que era mi padre... Esta revelación me dejó tan suspensa, tan asombrada, que por un instante perdí el sentido... Tomome en sus brazos, y durante largo rato me prodigó mil caricias... Yo no lo quería creer... En lo íntimo de mi alma acusé a Dios por haberme hecho nacer de aquel monstruo... Después, como advirtiese mi duda, mostrome un retrato de mi madre y algunas cartas que escogió entre muchas que tenía... Yo estaba medio muerta... aquello me parecía un sueño. En la angustia y turbación de tan dolorosa escena, fijé la vista en su rostro y un grito se escapó de mis labios.

--¿No le habías observado bien?

--Sí: yo había notado cierto incomprensible misterio en su fisonomía; pero hasta entonces no vi... no vi que su frente era mi frente, que sus ojos eran mis ojos. Aquella noche me fue imposible dormir: entrome una fiebre terrible, y me revolvía en el lecho, creyéndome rodeada de sombras o demonios que me atormentaban. Cuando abría los ojos, le hallaba sentado a mis pies, sin apartar de mí su mirada penetrante que me hacía temblar. Me incorporé y le dije: «¿Por qué aborrece usted a mi querida madre?» Besándome las manos me contestó: «Yo no la aborrezco; ella es la que me aborrece a mí. Por haberla amado, soy el más infeliz de los hombres; por haberla amado, soy este oscuro y despreciado satélite de los franceses que en mí ves; por haberla adorado, te causo espanto hoy en vez de amor.» Entonces yo le dije: «Grandes maldades habrá hecho usted con mi madre, para que ella le aborrezca.» No me contestó... Se esforzaba en calmar mi agitación, y desde aquella noche hasta el fin de la enfermedad que padecí, no se apartó de mi lado ni un momento. Cuanto puede inventarse para distraer a una criatura triste y enferma, él lo inventó: contábame historias, unas alegres, otras terribles, todas de su propia vida, y finalmente refiriome lo que más deseaba conocer de esta... Yo temblaba a cada palabra. Había empezado a inspirarme tanta compasión, que a ratos le suplicaba que callase y no dijese más. Poco a poco fui perdiéndole el miedo: me causaba cierto respeto; pero amarle... ¡eso imposible!... Yo no cesaba de afirmar que no podía vivir lejos de mi madre, y esto, si le enfurecía de pronto, era motivo después para que redoblase sus cariños y consideraciones conmigo. Su empeño era siempre convencerme de que nadie en el mundo me quería como él. Un día, impaciente y acongojada por el largo encierro, le hablé con mucha dureza; él se arrojó a mis pies, pidiome perdón del gran daño que me había causado, y lloró tanto, tanto...

--¿Ese hombre ha derramado una lágrima? --dije con sorpresa--. ¿Estás segura? Jamás lo hubiera creído.

--Tantas y tan amargas derramó, que me sentí, no ya compasiva, sino también enternecida. Mi corazón no nació para el odio: nació para responder a todos los sentimientos generosos, para perdonar y reconciliar. Tenía delante de mí a un hombre desgraciado, a mi propio padre, solo, desvalido, olvidado; recordaba algunas palabras oscuras y vagas de mi madre acerca de él, que me parecían un poco injustas. Lástima profunda oprimía mi pecho: la adoración, la loca idolatría que aquel infeliz sentía por mí, no podían serme indiferentes, no, de ningún modo, a pesar del daño recibido. Le dije entonces cuantas palabras de consuelo se me ocurrieron, y el pobrecito me las agradeció tanto, ¡tantísimo...! Por la primera vez en su vida era feliz.

--¡Ángel del cielo --exclamé con viva emoción--, no digas más! Te comprendo y te admiro.

--Suplicome entonces que le tratase con la mayor confianza; que le dijese _padre_ y _tú_ al uso de Francia, con lo cual experimentaría gran consuelo, y así lo hice. Ese hombre terrible que espanta a cuantos le oyen y no habla más que de exterminar y de destruir, temblaba como un niño al escuchar mi voz; y olvidado de la guillotina, de los nobles, y de lo que él llamaba el _estado llano_, estaba horas enteras en éxtasis delante de mí. Entonces formé mi proyecto, aunque no le dije nada, esperando que el dominio que ejercía sobre él llegase al último grado.

--¿Qué proyecto?

--Volver aquel cadáver a la vida; volverle al mundo, a la familia; desatar aquel corazón de la rueda en que sufría tormento; sacar del infierno aquel infeliz réprobo, y extirpar en su alma el odio que le consumía. Durante algún tiempo, no hablé de volver al lado de mi madre, ni me quejé de la larga y triste soledad, antes bien aparecía sumisa y aun contenta. Entonces emprendimos esos horribles viajes para fundar logias; empezó la compañía de esos hombres aborrecidos, y no pude disimular mi disgusto. Cuando hablábamos los dos a solas, él se reía de las prácticas masónicas, diciendo que eran simples y tontas, aunque necesarias para subyugar a los pueblos. Su odio a los nobles, a los frailes y a los reyes continuaba siempre muy vivo; pero al hablar de mi madre, la nombraba siempre con reserva y también con emoción. Esto era señal lisonjera, y un principio de conformidad con mi ardiente deseo. Yo se lo agradecí, y se lo pagué mostrándome más cariñosa con él; pero siempre reservada. Los repetidos viajes, las logias y los compañeros de masonería, me inspiraban repugnancia, hastío y miedo. No se lo oculté, y él me decía: «Esto acabará pronto. No conquistaré a los necios sino con esta farsa; y como los franceses se establezcan en España, verás la que armo...» «Padre --le decía yo--, no quiero que armes cosas malas ni que mates a nadie, ni que te vengues. La venganza y la crueldad son propias de almas bajas.» Él me ponderaba las injusticias y picardías que rigen a la sociedad de hoy, asegurando que es preciso volver todo del revés, para lo cual conviene empezar por destruirlo todo. ¡Cuánto hemos hablado de esto! Por último, tales horrores han dejado de asustarme. Tengo la convicción de que mi pobre padre no es cruel ni sanguinario como parece...

--Así será, pues tú lo dices.

--Estábamos en Valladolid, cuando cayó enfermo, muy enfermo. Un afamado médico de aquella ciudad me dijo que no viviría mucho tiempo. Él, sin embargo, siempre que experimentaba algún alivio, se creía restablecido por completo. En uno de sus más graves ataques, hallándonos en Salamanca, me dijo: «Te robé, hija mía, para hacerte instrumento de la horrible cólera que me enardece. Pero Dios, que no consiente sin duda la perdición de mi alma, me ha llenado de un profundo y celeste amor que antes no conocía. Has sido para mí el ángel de la guarda, la imagen viva de la bondad divina, y no solo me has consolado, sino que me has convertido. Bendita seas mil veces por esta savia nueva que has dado a mi triste vida. Pero he cometido un crimen: tú no me perteneces; entré como un ladrón en el huerto ajeno, y robé esta flor... No, no puedo retenerte ni un momento más al lado mío contra tu gusto.» El infeliz me decía esto con tanta sinceridad, que me sentí inclinada a amarle más. Luego siguió diciéndome: «Si tienes compasión de mí; si tu alma generosa se resiste a dejarme en esta soledad, enfermo y aborrecido, acompáñame y asísteme; pero que sea por voluntad tuya y no por violencia mía. Déjame que te bese mil veces, y márchate después si no quieres estar a mi lado.» No le contesté de otro modo que abrazándole con todas mis fuerzas y llorando con él. ¿Qué podía, qué debía hacer?

--Quedarte.

--Aquella era la ocasión más propia para confiarle mis deseos. Después de repetir que no le abandonaría, díjele que debía reconciliarse con mi madre. Recibió al principio muy mal la advertencia; mas tanto rogué y supliqué, que al fin consintió en escribir una carta. Empecela yo, y como en ella pusiera no recuerdo qué palabras pidiendo perdón, enfureciose mucho, y dijo: «¿Pedir perdón, pedirle perdón? Antes morir.» Por último, quitando y poniendo frases, di fin a la epístola; mas al día siguiente le vi bastante cambiado en sus disposiciones conciliadoras; y ¿qué creerás, amigo mío?... Pues rompió la carta, diciéndome: «Más adelante la escribiremos, más adelante. Aguardemos un poco.» Esperé con santa resignación; y hallándonos en Plasencia, hice una nueva tentativa. Él mismo escribió la carta, empleando en ella no menos de cuatro horas; y ya la íbamos a enviar a su destino, cuando uno de esos aborrecidos hombres que le acompañan entró diciéndole que la policía francesa le buscaba y le perseguía por gestiones de una alta señora de Madrid. ¡Ay, Gabriel! Cuando tal supo, renovose en él la cólera y amenazó a todo el género humano. No necesito decirte que ni enviamos la carta, ni habló más del asunto en algunos días. Pero yo insistía en mi propósito. Al volver a Salamanca le manifesté la necesidad de la reconciliación: enfadose conmigo; díjele que me marcharía a Madrid: abrazome, lloró, gimió, arrojose a mis pies como un insensato, y al fin, hijo, al fin escribimos la tercera carta: la escribí yo misma. Por último, mi adorada madre iba a saber noticias de su pobre hija. ¡Ay! aquella noche mi padre y yo charlamos alegremente; hicimos dulces proyectos; maldijimos juntos a todos los masones de la tierra, a las revoluciones y a las guillotinas habidas y por haber; nos regocijamos con supuestas felicidades que habían de venir; nos contamos el uno al otro todas las penas de nuestra pasada vida... pero al siguiente día...

--Me presenté yo... ¿no es eso?