Part 17
En la falda del Arapil Chico, y al borde del camino, fue donde se me apareció Athenais, que volvía a caballo de Cavarrasa, y pocos instantes después la señora condesa, mi adorada protectora y amiga. Corrí hacia ella, como he dicho, y con la más viva emoción besé sus hermosas manos, que aún asomaban por la portezuela. El inmenso gozo que experimenté apenas me dejó articular otras voces que las de «Madre y señora mía», voces en que mi alma, con espontaneidad y confianza sumas, esperaba iguales manifestaciones cariñosas de parte de ella. Mas, con amargura y asombro, advertí en los ojos de la condesa desdén, enojo, ira, ¡qué sé yo!... una severidad inexplicable que me dejó absorto y helado.
--¿Y mi hija? --preguntó con sequedad.
--En Salamanca, señora --repuse--. No podría usted llegar más a tiempo. Tribaldos, mi asistente, acompañará a usted. Ha sido casualidad que nos hayamos encontrado aquí.
--Ya sabía que estabas en este sitio que llaman el Arapil Chico --me dijo con el mismo tono severo, sin una sonrisa, sin una mirada cariñosa, sin un apretón de manos--. En Cavarrasa de Abajo, donde me detuve un instante, encontré a Sir Thomas Parr, el cual me dijo dónde estabas, con otras cosas acerca de tu conducta, que me han causado tanto asombro como indignación.
--¡Acerca de mi conducta, señora! --exclamé con dolor tan vivo como si una hoja de acero penetrara en mi corazón--. Yo creía que en mi conducta no había nada que pudiera desagradar a usted.
--Conocí en Cádiz a Sir Thomas Parr, y es un caballero incapaz de mentir --añadió ella con indecible resplandor de ira en los ojos, que tanta ternura habían tenido en otro tiempo para mí--. Has seducido a una joven inglesa; has cometido una iniquidad, una violencia, una acción villana.
--¡Yo, señora, yo!... ¿Este hombre honrado que ha dado tantas pruebas de su lealtad?... ¿Este hombre ha hecho tales maldades?
--Todos lo dicen... No me lo ha dicho solo Sir Thomas Parr, sino otros muchos: me lo dirá también Wellesley.
--Pues si Wellesley lo afirmara --repliqué con desesperación--; si Wellesley lo afirmara, yo le diría...
--Que miente...
--No: el primer caballero de Inglaterra, el primer general de Europa, no puede mentir; es imposible que el Duque diga semejante cosa.
--Hay hechos que no pueden disimularse --añadió con pena--, que no pueden desfigurarse. Dicen que la persona agraviada se dispone a pedir que se te obligue al cumplimiento de las leyes inglesas sobre el matrimonio.
Al oír esto, una hilaridad expansiva y una terrible indignación cruzaron sus diversos efectos en mi alma, como dos rayos que se encuentran al caer sobre un mismo objeto, y por un instante se lo disputan. Me reí y estuve a punto de llorar de rabia.
--Señora, me han calumniado. Es falso, es mentira que yo... --grité introduciendo por la portezuela del coche, primero la cabeza y después medio cuerpo--. Me volveré loco si usted, si esta persona a quien respeto y adoro, a quien no podré jamás engañar, da valor a tan infame calumnia.
--¿Conque es calumnia?... --dijo con verdadero dolor--. Jamás lo hubiera creído en ti... Vivimos para ver cosas horribles... Pero dime, ¿veré a mi hija en seguida?
--Repito que es falso. Señora, me está usted matando; me impulsará usted a extremos de locura, de desesperación.
--¿Nadie me estorbará que la recoja, que la lleve conmigo? --preguntó con afán y sin hacer caso del frenesí que me dominaba--. Que venga tu asistente. No puedo detenerme. ¿No decías en tu carta que todo estaba arreglado? ¿Ha muerto ese verdugo? ¿Está mi hija sola?... ¿Me espera?... ¿Puedo llevármela?... Responde.
--No sé, señora; no sé nada; no me pregunte usted nada --dije confundido y absorto--. Desde el momento en que usted duda de mí...
--Y mucho... ¿En quién puede tenerse confianza?... Déjame seguir... Tú ya no eres el mismo para mí.
--¡Señora, señora, no me diga usted eso, porque me muero! --exclamé con inmensa aflicción.
--Bueno: si eres inocente, tiempo tienes de probármelo.
--No... no... Mañana se da una gran batalla. Puedo morir. Moriré irritado y me condenaré... ¡Mañana! ¡Sabe Dios dónde estaré mañana! Usted va a Salamanca, verá y hablará a su hija; entre las dos fraguarán una red de sospechas y falsos supuestos, donde se enmarañe para siempre la memoria del infeliz soldado, que agonizará quizás dentro de algunas horas en este mismo sitio donde nos encontramos. Es posible que no nos veamos más... Estamos en un campo de batalla. ¿Distingue usted aquellos encinares que hay hacia abajo? Pues allí detrás están los franceses. ¡Cuarenta y siete mil hombres, señora! Mañana este sitio estará cubierto de cadáveres. Dirija usted la vista por estos contornos. ¿Ve usted esa juventud de tres naciones? ¿Cuántos de estos tendrán vida mañana? Me creo destinado a perecer, a perecer rabiando, porque precipitará y amargará mi muerte la idea de haber perdido el amor da las dos personas a quienes he consagrado mi vida.
Mis palabras, ardientes como la voz de la verdad, hicieron algún efecto en la condesa, y la observé suspensa y conmovida. Tendió la vista por el campo, ocupado por tanta tropa, y luego cubriose el rostro con las manos, dejándose caer en el fondo del coche.
--¡Qué horror! --dijo--. ¡Una batalla! ¿No tienes miedo?
--Más miedo tengo a la calumnia.
--Si pruebas tu inocencia, creeré que he recobrado un hijo perdido.
--Sí, sí, lo recobrará usted --afirmé--. ¿Pero no basta que yo lo diga, no basta mi palabra?... ¿Nos conocemos de ayer? ¡Oh! Si a Inés se le dijera lo que a usted han dicho, no lo creería. Su alma generosa me habría absuelto sin oírme.
Una voz gritó:
--¡Ese coche, adelante o atrás!
--Adiós --dijo la condesa--, me echan de aquí.
--Adiós, señora --respondí con profunda tristeza--. Por si no nos vemos más, nunca más, sepa usted que en el último día de mi vida conservo, como un tesoro, los sentimientos de que he hecho gala en todos los instantes de mi vida ante usted y ante otra persona que a entrambos nos es muy cara. Agradezco a usted, hoy como ayer, el amor que me ha mostrado, la confianza que ha puesto en mí, la dignidad que me ha infundido, la elevación que ha dado a mi conciencia... No quiero dejar deudas... Si no nos vemos más...
El coche partió, obligado a ello por una batería, a la cual era forzoso ceder el paso. Cuando dejé de ver a la condesa, llevaba ella el pañuelo a los ojos para ocultar sus lágrimas.
Sofocado y aturdido por la pena angustiosa que llenaba mi alma, no reparé que el cuartel general venía por el camino adelante en dirección al Arapil Chico. El Duque y los de su comitiva echaron pie a tierra en la falda del cerro, dirigiendo sus miradas hacia Cavarrasa de Arriba. Llamó el Lord a los oficiales del regimiento de Ibernia, uno de los establecidos allí, y habiéndome presentado yo el primero, me dijo:
--¡Ah! Es usted el caballero Araceli...
--El mismo, mi general --contesté--, y si Vuecencia me permite en esta ocasión hablar de un asunto particular, le suplicaré que haga luz sin pérdida de tiempo sobre las calumnias que pesan sobre mí después de mi viaje a Salamanca. No puedo soportar que se me juzgue con ligereza, por las hablillas de gente malévola.
Lord Wellington, ocupado sin duda con asunto más grave, apenas me hizo caso. Después de registrar rápidamente todo el horizonte con su anteojo, me dijo casi sin mirarme:
--Sr. Araceli, solo puedo contestar a usted que estoy decidido a que la Gran Bretaña sea respetada.
Como yo no había dejado nunca de respetar a la Gran Bretaña, ni a las demás potencias europeas, aquel concepto, que encerraba sin duda una amenaza, me desconcertó un poco. Los oficiales generales que rodeaban al Duque, trabaron con él coloquio muy importante sobre el plan de batalla. Pareciéronme entonces inoportunas y aun ridículas mis reclamaciones, por lo cual, un poco turbado, contesté de este modo:
--¡La Gran Bretaña! No deseo otra cosa que morir por ella.
--Brigadier Pack --dijo vivamente Wellington a uno de los que le acompañaban--, en la ayudantía del 23 de línea, que está vacante, ponga usted a este joven español, que desea morir por la Gran Bretaña.
--Por la gloria y honor de la Gran Bretaña --repetí.
El brigadier Pack me honró con una mirada de protectora simpatía.
--La desesperación --me dijo luego Wellington--, no es la principal fuente del valor; pero me alegraré de ver mañana al Sr. de Araceli en la cumbre del Arapil Grande. Señor D. José Olawlor --añadió dirigiéndose a su íntimo amigo, que le acompañaba--, creo que los franceses se están disponiendo para adelantársenos mañana a ocupar el Arapil Grande.
El Duque manifestó cierta inquietud, y por largo tiempo su anteojo exploró los lejanos encinares y cerros hacia Levante. Poco se veía ya, porque vino la noche. Los cuerpos de ejército seguían moviéndose para ocupar las posiciones dispuestas por el general en jefe, y me separé de mis compañeros de Ibernia y de la división española.
--Nosotros --me dijo España--, vamos al lugar de Torres, en la extrema derecha de la línea, más bien para observar al enemigo que para atacarle. ¡Plan admirable! El general Picton y el portugués d’Urban parece que están encargados de guardar el paso del Tormes, de modo que la situación de los franceses no puede ser más desventajosa. No falta más que ocupar el Arapil Grande.
--De eso se trata, mi general. La brigada Pack, a la cual desde hace un momento pertenezco, amanecerá mañana con la ayuda de Dios en la ermita de Santa María de la Peña, y después... Así lo exige el honor de la Gran Bretaña.
--Adiós, mi querido Araceli; pórtate bien.
--Adiós, mi querido general. Saludo a mis compañeros desde la cumbre del Arapil Grande.
XXXIII
¡El Arapil Grande! Era la mayor de aquellas dos esfinges de tierra, levantadas la una frente a la otra, mirándose y mirándonos. Entre las dos debía desarrollarse al día siguiente uno de los más sangrientos dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron por última vez las trompas épicas del Imperio. A un lado y otro del lugar llamado de Arapiles se elevaban los dos célebres cerros, pequeño el uno, grande el otro. El primero nos pertenecía; el segundo no pertenecía a nadie en la noche del 21. No pertenecía a nadie por lo mismo que era la presa más codiciada; y el leopardo de un lado y el águila del otro le miraban con anhelo, deseando tomarlo y temiendo tomarlo. Cada cual temía encontrarse allí al contrario en el momento de poner la planta sobre la preciosa altura.
A la derecha del Arapil Grande, y más cerca de nuestra línea, estaba Huerta, y a la izquierda, en punto avanzado, formando el vértice de la cuña, Cavarrasa de Arriba. El de Abajo, mucho más distante, y a espaldas del Gran Arapil, estaba en poder de los franceses.
La noche era como de julio, serena y clara. Acampó la brigada Pack en un llano, para aguardar el día. Como no se permitía encender lumbre, los pobrecitos ingleses tuvieron que comer carne fría; pero las mujeres, que en esto eran auxiliares poderosos de la milicia británica, traían de Aldea-Tejada y aun de Salamanca fiambres muy bien aderezados, que con el ron abundante devolvieron el alma a aquellos desmadejados cuerpos. Las mujeres (y no bajaban de veinte las que vi en la brigada) departían con sus esposos cariñosamente, y según pude entender, rezaban o se fortalecían el espíritu con recuerdos de la Verde Erin y de la bella Escocia. Gran martirio era para los _highlanders_ que no se les consintiera en aquel sitio tocar la gaita entonando las melancólicas canciones de su país; y formaban animados corrillos, en los cuales me metí bonitamente, para tener el extraño placer de oírles sin entenderles. Érame en extremo agradable ver la conformidad y alegría de aquella gente, transportada tan lejos de su patria, sostenida en su deber y conducida al sacrificio por la fe de la patria misma... Yo escuchaba con delicia sus palabras, y aun entendiendo muy poco de ellas, creí comprender el espíritu de las ardientes conversaciones. Un escocés fornido, alto, hermoso, de cabellos rubios como el oro y de mejillas sonrosadas como una doncella, levantose al ver que me acercaba al corrillo, y en chapurrado lenguaje, mitad español, mitad portugués, me dijo:
--Señor oficial español, dignaos honrarnos aceptando este pedazo de carne y este vaso de ron, y brindemos a la salud de España y de la vieja Escocia.
--¡A la salud del Rey Jorge III! --exclamé aceptando sin vacilar el obsequio de aquellos valientes.
Sonoros _hurras_ me contestaron.
--El hombre muere y las naciones viven --dijo dirigiéndose a mí otro escocés que llevaba bajo el brazo el enorme pellejo henchido de una zampoña--. ¡_Hurra_ por Inglaterra! ¡Qué importa morir! Un grano de arena que el viento lleva de aquí para allá, no significa nada en la superficie del mundo. Dios nos está mirando, amigos, por los bellos ojos de la madre Inglaterra.
No pude menos de abrazar al generoso escocés, que me estrechó contra su pecho, diciendo:
--¡Viva España!
--¡Viva Lord Wellington! --grité yo.
Las mujeres lloraban, charlando por lo bajo. Su lenguaje, incomprensible para mí, me pareció un coro de pájaros picoteando alrededor del nido.
Los escoceses se distinguían por el pintoresco traje de cuadros rojos y negros, la pierna desnuda, las hermosas cabezas ossiánicas cubiertas con el sombrero de piel, y el cinto adornado con la guedeja que parecía cabellera, arrancada del cráneo del vencedor en las salvajes guerras septentrionales. Mezclábanse con ellos los ingleses, cuyas casacas rojas les hacían muy visibles a pesar de la oscuridad. Los oficiales, envueltos en capas blancas y cubiertos con los sombreritos picudos y emplumados, nada airosos por cierto, semejaban pájaros zancudos de anchas alas y movible cresta.
Con las primeras luces del día, la brigada se puso en marcha hacia el Arapil Grande. A medida que nos acercábamos, más nos convencíamos de que los franceses se nos habían anticipado, por hallarse en mejores condiciones para el movimiento, a causa de la proximidad de su línea. El brigadier distribuyó sus fuerzas, y las guerrillas se desplegaron. Los ojos de todos fijábanse en la ermita situada como a la mitad del cerro, y en las pocas casas dispersas, únicos edificios que interrumpían a larguísimos trechos la soledad y desnudez del paisaje.
Subieron algunas columnas sin tropiezo alguno, y llegábamos como a 100 varas de Santa María de la Peña, cuando la ondulación del terreno, descendiendo a nuestros ojos a medida que adelantábamos, nos dejó ver, primero una línea de cabezas, luego una línea de bustos, después los cuerpos enteros. Eran los franceses. El sol naciente, que aparecía a espaldas de nuestros enemigos, nos deslumbraba, siendo causa de que los viésemos imperfectamente. Un murmullo lejano llegó a nuestros oídos, y del lado acá también los escoceses profirieron algunas palabras: no fue preciso más para que brotase la chispa eléctrica. Rompiose el fuego. Las guerrillas lo sostenían, mientras algunos corrieron a ocupar la ermita.
Precedía a esta un patio, semejante a un cementerio. Entraron en él los ingleses; pero los imperiales, que se habían colado por el ábside, dominaron pronto lo principal del edificio con los anexos posteriores; así es que aún no habían forzado la puerta los nuestros, cuando ya les hacían fuego desde la espadaña de las campanas y desde la claraboya abierta sobre el pórtico.
El brigadier Pack, uno de los hombres más valientes, más serenos y más caballerosos que he conocido, arengó a los _highlanders_. El coronel que mandaba el 3.º de cazadores, arengó a los suyos, y todos arengaron, en suma, incluso yo, que les hablé en español el lenguaje más apropiado a las circunstancias. Tengo la seguridad de que me entendieron.
El 23 de línea no había entrado en el patio, sino que flanqueaba la ermita por su izquierda, observando si venían más fuerzas francesas. En caso contrario, la partida era nuestra, por la sencilla razón de que éramos más hasta entonces. Pero no tardó en aparecer otra columna enemiga. Esperarla, darle respiro, es decir, aparentar, siquiera fuese por un momento, que se la temía, habría sido renunciar de antemano a toda ventaja.
--¡A ellos! --grité a mi coronel.
--_¡All right!_ --exclamó este.
Y el 23 de línea cayó como una avalancha sobre la columna francesa. Trabose un vivo combate cuerpo a cuerpo; vacilaron un poco nuestros ingleses, porque el empuje de los enemigos era terrible en el primer momento; pero tornando a cargar con aquella constancia imperturbable que, si no es el heroísmo mismo, es lo que más se le parece, toda la ventaja estuvo pronto de nuestra parte. Retiráronse en desorden los imperiales, o mejor dicho, variaron de táctica, dispersándose en pequeños grupos, mientras les venían refuerzos. Habíamos tenido pérdidas casi iguales en uno y otro lado, y bastantes cuerpos yacían en el suelo; pero aquello no era nada todavía: un juego de chicos, un prefacio inocente que casi hacía reír.
Nuestra desventaja real consistía en que ignorábamos la fuerza que podían enviar los franceses contra nosotros. Veíamos enfrente el espeso bosque de Cavarrasa, y nadie sabía lo que se ocultaba bajo aquel manto de verdura. ¿Serán muchos, serán pocos? Cuando la intuición, la inspiración o el genio zahorí de los grandes capitanes no sabe contestar a estas preguntas, la ciencia militar está muy expuesta a resultar vana y estéril como jerga de pedantes. Mirábamos al bosque, y el oscuro ramaje de las encinas no nos decía nada. No sabíamos leer en aquella verdinegra superficie, que ofrecía misteriosos cambiantes de color y de luz, fajas movibles y oscilantes signos en su vasta extensión. Era una masa enorme de verdura, un monstruo chato y horrible que se aplanaba en la tierra con la cabeza gacha y las alas extendidas, empollando quizás bajo ellas innumerables guerreros.
Al ver en retirada la segunda columna francesa, mandó Pack redoblar la tentativa contra la ermita, y los _highlanders_ intentaron asaltarla por distintos puntos, lo cual hubiera sido fácil si al sonar los primeros tiros no ocurriese del lado del bosque algo de particular. Creeríase que el monstruo se movía; que alzaba una de las alas; que echaba de sí un enjambre de homúnculos, los cuales distinguíanse allá lejos al costado de la madre, pequeños como hormigas. Luego iban creciendo, íbanse acercando... de pigmeos tornábanse en gigantes; lucían sus cascos; sus espadas semejaban rayos flamígeros; subían en ademán amenazador columna tras columna, hombre tras hombre.
El coronel me miró y nos miramos los jefes todos sin decirnos nada. Con la presteza del buen táctico, Pack, sin abandonar el asedio de la ermita, nos mandó más gente y esperamos tranquilos. El bosque seguía vomitando gente.
--Es preciso combatir a la defensiva --dijo el coronel.
--A la defensiva, sí. ¡Viva Inglaterra!
--¡Viva el Emperador! --repitieron los ecos allá lejos.
--¡Ingleses, la Inglaterra os mira!
El clamor que antes nos contestara de lejos diciendo: ¡viva el Emperador! resonó con más fuerza. El animal se acercaba y su feroz bramido infundía zozobra.
XXXIV
Ocupáronse al instante unas casas viejas y unos tejares que había como a sesenta varas a un lado y otro de la ermita, estableciéndose imaginaria línea defensiva, cuyo único apoyo material era una depresión del terreno, una especie de zanja sin profundidad que parecía marcar el linde entre dos heredades. Si yo hubiera mandado toda la fuerza del brigadier Pack, habría intentado jugar el todo por el todo y desconcertar al enemigo antes que embistiera; pero los ingleses no hacían nunca estas locuras, que salen bien una vez y veinte se malogran. Por el contrario, Pack dispuso sus fuerzas a la defensiva; con ojo admirable y rápido se hizo cargo de todos los accidentes del terreno, de las suaves ondulaciones del cerro por aquella parte, del peñón aislado, del árbol solitario, de la tapia ruinosa, y todo lo aprovechó.
Llegaron los franceses. Nos miraban desde lejos con recelo, nos olían, nos escuchaban.
¿Habéis visto a la cigüeña alargar el cuello a un lado y otro, de tal modo que no se sabe si mira o si oye, sostenerse en un pie, alzando el otro con intento de no fijarlo en tierra hasta no hallar suelo seguro? Pues así se acercaban los franceses. Entre nosotros, algunos reían.
No puedo dar idea del silencio que reinaba en las filas en aquel momento. ¿Eran soldados en acecho o monjes en oración?... Pero instantáneamente la cigüeña puso los dos pies en tierra. Estaba en terreno firme. Sonaron mil tiros a la vez, y se nos vino encima una oleada humana compuesta de bayonetas, de gritos, de patadas, de ferocidades sin nombre.
--¡Fuego! ¡muerte! ¡sangre! ¡canallas! --tales son las palabras con que puedo indicar, por lo poco que entendía, aquella algazara de la indignación inglesa, que mugía en torno mío; un concierto de articulaciones guturales, un graznido al mismo tiempo discorde y sublime como de mil celestiales loros y cotorras charlando a la vez.
Yo había visto cosas admirables en soldados españoles y franceses, tratándose de atacar; pero no había visto nada comparable a los ingleses tratando de resistir. Yo no había visto que las columnas se dejaran acuchillar. El viejo tronco inerte no recibe con tanta paciencia el golpe de la segur que lo corta, como aquellos hombres la bayoneta que los destrozaba. Repetidas veces rechazaron a los franceses, haciéndoles correr mucho más allá de la ermita. Había gente para todo: para morir resistiendo, y para matar empujando. Por momentos parecía que les rechazábamos definitivamente; pero el bosque, sacando de debajo de su plumaje nuevas empolladuras de gente, nos ponía en desventaja numérica, pues si bien del Arapil Chico venían a ayudarnos algunas compañías, no eran en número suficiente.
La mortandad era grande por un lado y por otro, más por el nuestro, y a tanto llegó, que nos vimos en gran apuro para retirar los muchos muertos y heridos que imposibilitaban los movimientos. El combate se suspendía y se trababa en cortos intervalos. No retrocedíamos ni una línea; pero tampoco avanzábamos, y habíamos abandonado el patio de la ermita por ser imposible sostenerse allí. Las casas de labor y tejares sí eran nuestros, y no parecían los _highlanders_ dispuestos a dejárselos quitar; pero esta serie de ventajas y desventajas que equilibraba las dos potencias enemigas; este contrapeso sostenido a fuerza de arrojo, no podía durar mucho. Que los franceses enviasen gente; que, por el contrario, las enviase Lord Wellington, y la cuestión había de decidirse pronto; que la enviasen los dos al mismo tiempo, y entonces... solo Dios sabía el resultado.
El brigadier Pack me llamó, diciéndome:
--Corred al cuartel general y decid al Lord lo que pasa.
Monté a caballo, y a todo escape me dirigí al cuartel general. Cuando bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército aliado, distinguí muy bien las masas del ejército francés moviéndose sin cesar; pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba aún ni un solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada escena del Arapil Grande; en aquello que parecía un detalle insignificante, un capricho del genio militar que a la sazón meditaba la gran batalla.
Cuando pasé junto a los diversos cuerpos de la línea aliada, llamó mi atención verles quietos y tranquilos esperando órdenes mano sobre mano. No había batalla; es más, no parecía que iba a haber batalla, sino simulacro. Pero los jefes, todos en pie sobre las elevaciones del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas, observaban, ayudados de sus anteojos, la peripecia del Arapil Grande, junto a la ermita.
--¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? --me preguntaba yo lleno de confusiones.