La araña negra, t. 9/9

Part 12

Chapter 124,174 wordsPublic domain

--Sí, señora. Murió allí cansado de la vida, hastiado del mundo y abrumado por los desengaños y pesadumbres que habían llovido sobre él sin compasión alguna. Aquí en Madrid había desempeñado muy altos cargos cuando mandaba la República: en el Ministerio de la Guerra fué el dueño absoluto durante mucho tiempo, y, sin embargo, murió pobre: y él y yo, señora condesa, no siento rubor al confesarlo, hemos sufrido mucha hambre en París.

--¿No tenía familia ese señor?

--La tenía, pero nunca quiso ésta reconocerle. Yo fuí para él toda su familia y quien se encargó de cerrarle los ojos, después de ser su fiel compañero durante treinta años.

--¿Y cómo era que los suyos no le reconocían?

--¡Ah, señora condesa! Es una historia muy triste la de mi pobre amo: una relación que parece propiamente una novela. Ante todo, mi amo, siendo capitán, y poco después de llegar de Africa, cometió la tontería de enamorarse locamente de una mujer perteneciente a una clase muy superior a la suya.

--¿Era noble y rica?

--Era la hija de un conde millonario: una señorita muy hermosa que parecía corresponder al amor de mi amo; pero que al fin se portó con él con la mayor ingratitud.

--¿Le abandonó?

--Sí. Mi pobre amo, estando en la emigración por primera vez, triste y en la miseria, supo que la mujer amada, aquella en la que él tenía una absoluta confianza, había dado su mano a otro hombre que por sus antecedentes y por su carácter era indigno de merecer tal honor.

--¿Y qué hizo entonces el amo de usted?

--Mi señor debía haber olvidado a la mujer ingrata; pero no lo hizo así, porque la amaba mucho, y por algo dicen que el amor es ciego. Además aquellos amores sostenidos en secreto habían dado su fruto, y mi señor tenía una hija, una niña encantadora que constituyó en adelante su eterno pensamiento, su constante ilusión.

--¿Y qué fué de esa hermosa condesa? ¿Vive todavía?

--No, señora. Murió hace ya muchos años.

--¿Y la hija?

--La hija vive y es una de las más elevadas damas de Madrid.

--¿Y conoció a su padre?--preguntó la condesa, que se iba interesando rápidamente por aquella historia, en la que adivinaba algo muy importante.

--Señora condesa--contestó Pedro, que temía decir demasiado pronto la verdad--; mi amo no sólo fué desgraciado como amante, sino que como padre sufrió las mayores amarguras. Fué una historia muy triste la de sus relaciones con su hija, y francamente, como la señora condesa ha sido tan buena madre, y aún está conmovida por el recuerdo de su hijo, temo entristecerla con la relación de los sufrimientos de un padre infeliz.

--No, Pedro; hable usted sin cuidado. Me interesa mucho esa historia.

--Pues bien, señora condesa; mi amo ha muerto antes de conseguir que su hija le reconociera como a padre. Había nacido cuando su madre estaba unida a otro hombre y ella creía y sigue aún creyendo de buena fe, que éste último, de quien lleva el apellido, es su verdadero padre.

--¿Y no consiguió nunca ese pobre señor acercarse a su hija, revelándole de viva voz el secreto de su nacimiento?

--Sí que lo intentó, pero sus gestiones resultaron siempre infructuosas. Hay que advertir, señora condesa, que sobre la familia de aquella otra condesa parecía pesar una terrible fatalidad. Un jesuíta ambicioso dirigía los asuntos de la familia para llevar poco a poco a todos sus individuos a la perdición, y éste fué el que hizo una cruda guerra a mi amo, comprendiendo que podía estorbarle sus planes. Tenía ciertas miras sobre la niña, una de las cuales era, sin duda, el arrebatarle su colosal fortuna, y por esto le interesaba que la hija no llegase nunca a conocer a su padre y que siguiese sola y abandonada, sometida a las órdenes que él quisiera dar y a la vigilancia de parientes fanáticos.

María se estremeció mirando fijamente el respetuoso rostro de su criado, para ver si adivinaba en él alguna intención determinada al decir tales palabras. Llamábale la atención el sorprendente parecido que comenzaba a encontrar entre aquella historia y la suya propia.

--¿Y murió ese señor sin haber logrado que su hija le reconociera y sin que en el último instante de su vida recibiera de ella una frase de consuelo?

--Nada de esto. Mi infeliz amo murió en la más espantosa soledad, como antes he dicho, y puedo añadir que la ingratitud, que el desvío de su hija, fueron la principal causa de su muerte. Mi pobre viejo se imaginaba que el silencio de su hija obedecía al orgullo y al desprecio, y yo creo ahora que aquel silencio sólo era debido a que la hija desconocía la existencia de su verdadero padre. El comandante tenía, sobre todo, clavado en el alma un recuerdo cruel que acibaraba su existencia. Esa gente diabólica que por su interés tenía moralmente secuestrada a la pobre señorita, no se contentó con impedir que el padre llegase a ser reconocido por su hija, sino que hizo crecer a ésta que aquel hombre a quien debía la vida sin que ella lo supiera era un ser horrible, una especie de bandido monstruoso, que por un odio tradicional era el perseguidor de la familia, de generación en generación.

--¡Ah!--exclamó la condesa con asombro al encontrar una circunstancia que aún hacía mayor la identidad entre aquella historia y la suya propia.

--¿Y qué escena fué esa de que usted hablaba?--preguntó después la condesa con ansiedad que era ya visible.

El criado calló, mostrando una expresión indecisa, como si no se atreviera a decir a su señora las últimas palabras, que serían la solución decisiva del misterio, la revelación de toda la verdad; pero, al fin, se determinó a hablar con un violento esfuerzo de su voluntad.

--Señora, esa escena fué terrible, según la relataba mi pobre amo. Al caer la República no quiso marchar a la emigración sin antes ver a su hija, y se dirigió a Valencia para visitar a la niña, que estaba en un colegio dirigido por monjas. Aquel hombre, tan dulce como enérgico, después de algunos años de continua agitación, en que había expuesto cien veces su vida y derrochado la fuerza de su inteligencia, quería, antes de sumirse en la calma y la miseria de la emigración, dar un beso a su hija, oír de sus labios una palabra cariñosa, y con esto se conceptuaba ya con fuerzas suficientes para arrostrar todas las contrariedades y las tristezas del proscripto.

--¿Y qué colegio era ese adonde se dirigió su antiguo amo? ¿Cuál era su título?

--Creo que se llamaba de Nuestra Señora de la Saletta. El pobre comandante fué allá; preguntó por su hija y no quisieron reconocerle, y cuando, a fuerza de ruegos y amenazas, consiguió que se la mostraran, entonces no sé cómo su corazón no se rompió en pedazos. La niña no sólo no quiso reconocerle, sino que al oír su nombre se estremeció de horror, pues como antes he dicho, los enemigos que querían monopolizar su suerte le habían hecho creer que mi amo era un bandido, un perseguidor tenaz y sanguinario que acosaba a su familia. Yo creo que desde aquel día mi pobre señor adquirió la enfermedad que le llevó a la tumba.

La condesa, a pesar de que su rostro estaba siempre pálido por la enfermedad, aún perdió algo de color al oír estas palabras, y se agitó nerviosamente en su asiento. ¡Gran Dios! No cabía ya la duda: aquella historia era la suya propia.

--Pero..., ¿qué nombre era el de ese señor?--preguntó con ansiedad--. ¿Cuál era su nombre?

--Se llamaba don Esteban Alvarez.

María, a pesar de sus años y de su posición, sentía aún tan latentes los recuerdos de su niñez que no pudo menos de estremecerse de horror al oír el nombre que tanto miedo le había causado cuando niña.

Pedro la contemplaba con mirada fija, y al ver en su señora tan marcada expresión de terror, dijo con acento triste:

--Veo que aún duran en el ánimo de la señora condesa las huellas de las infames calumnias con que la engañaron cuando era niña. La señora puede odiar todo cuanto quiera el recuerdo de aquel pobre mártir, pero tenga la seguridad de que no ha existido en el mundo mujer alguna a quien haya amado su padre con más vehemente cariño.

La condesa estaba asombrada y aturdida ante el tono sincero con que el criado decía sus palabras.

Reinó un largo silencio, durante el cual la señora y el criado parecían reflexionar, y, por fin, Pedro continuó:

--¿Quiere la señora condesa que le diga cuáles fueron las últimas palabras que me dirigió al morir ese monstruo terrible, ese perseguidor horripilante? Pues bien, ese hombre, a pesar de la ingratitud y olvidando antiguos pesares, sólo tuvo fuerzas para recomendarme y hacerme jurar por mi honor que nunca abandonaría a su hija y que buscaría el medio de vivir junto a ella, velando por su vida, obedeciendo todos sus mandatos y haciendo por ella cuantos sacrificios fuesen necesarios. La señora condesa--añadió el criado con sencillez--puede decir si yo he cumplido mi juramento.

Por fin conocía María la verdadera causa del cariño que le demostraba su criado y de aquellas miradas de paternal afecto que había sorprendido muchas veces en sus ojos.

--¿De modo, que usted--preguntó María asombrada por tanta abnegación--ha entrado aquí con el único objeto?...

--Señora--le interrumpió el criado con sencillez, no exenta de noble altanería--. He servido durante treinta años a un hombre demasiado grande para que yo pudiera conformarme ahora a recibir las órdenes de ningún otro. Soy soldado y no criado, y si he llegado a vestir este traje, ha sido por cumplir el sagrado juramento que le hice a un pobre moribundo, a quien quería como a mi padre. Puede pensar la señora condesa lo que aquel hombre la amaría, cuando en la hora de la muerte, su último pensamiento era para ella, y me obligaba a dedicar toda la existencia al cuidado de su hija. Señora, tal vez resulte insolente y atrevido, pero en este momento, puesto ya a decirlo todo, creo que me ahogaría si llegase a callar alguna verdad. Mucho ha querido la señora condesa a su pobre hijo, pero su amor no puede ser comparado ni remotamente con el que el pobre don Esteban le profesaba a su hija, a pesar de que la creía ingrata y orgullosa.

La pobre enferma estaba aturdida y asombrada por aquella revelación que la sorprendía casi a las puertas de la muerte y que tan radicalmente venía a trastornar su pasado.

Parecíale extraña y novelesca la historia. Pero al mismo tiempo abonaba su veracidad el aspecto sencillo y franco del criado y aquel cariño inexplicable que le había demostrado en todas ocasiones.

Además, ¿qué interés podía tener aquel hombre en suponerla hija de un pobre señor que ya había muerto?

Aparte de esto, ella recordaba la escena ocurrida en su niñez allá en el colegio de Valencia y que siempre le había parecido muy extraña, recordando todavía que don Esteban Alvarez la había llamado "¡hija mía"! varias veces, con una expresión tan dulce y melancólica, que a ella le había impresionado a pesar de que le decían que aquel hombre era un monstruo.

Ahora comenzaba a comprender algo de aquella expresión misteriosa y solapada, que había creído adivinar en el padre Tomás, cuyos actos le inspiraban ya mucha desconfianza.

--¡Pero, Dios mío!--dijo al criado que la contemplaba atentamente para apreciar el efecto que la habían producido sus revelaciones--. ¡Yo pierdo la cabeza al pensar en estas cosas tan extrañas! ¿Qué misterios son estos? ¿Cómo puede usted explicarme que ese señor me creyera su hija, cuando mi padre fué don Joaquín Quirós, al que yo no conocí, pues murió siendo yo muy niña, pero de quien hablaba muchas veces mi tía?

El criado vió llegado el instante de relatar toda la verdad para acabar de conquistar la confianza de aquella mujer, y volviendo a sentarse respetuosamente, comenzó la relación de la vida de Alvarez, de sus amores con Enriqueta, de aquella fuga de la casa paterna que acabó en noche de bodas, de la emigración forzosa que sobrevino inmediatamente, y terminó haciendo una pintura exacta del carácter y la moral de Quirós.

El criado guardóse de decir quién era el que había disparado el tiro desde la barricada de la plaza de Antón Martín, pero tan hábilmente supo describir al hombre que en apariencia era el padre de María, que ésta se lo imaginó inmediatamente como un sujeto igual a su marido, y sintió una profunda compasión por su pobre madre, que había sido tan desgraciada como ella con Ordóñez.

Pedro contó a la condesa cuanto sabía del que era su verdadero padre y que tanto había sufrido por ella, y al hablar de su vida obscura y penosa en París, deslizó hábilmente en la conversación el nombre del doctor don Juan Zarzoso.

María se incorporó en su asiento con las mejillas coloreadas por un fugaz rubor.

--¡Ah!--exclamó sorprendida--. ¿También ha conocido usted a ese señor?

--Vivía con nosotros en París, y el pobre don Esteban le amaba como un hijo, al saber que era el hombre que poseía el cariño de su hija.

La condesa mostraba deseos de hacer nuevas preguntas sobre aquel hombre, cuyo recuerdo compartía en su memoria en lugar preferente con el del infeliz niño Paquito; pero el criado deseaba que toda la conversación versara sobre su amo, y por esto se apresuró a añadir.

--Ya hablaremos después del señor Zarzoso y se convencerá la señora de que no era tan malo como ella creía en cierta época. Pero ahora hablemos de mi pobre amo; hablemos del padre de la señora condesa.

Y Pedro continuó la apasionada y conmovedora descripción de los sufrimientos de aquel pobre padre, que sin más familia ni seres queridos que su hija, veíase desconocido por ella.

--Aquel hombre fué muy desgraciado. La señora condesa, que hoy se halla enferma y llora continuamente recordando a su hijo que murió, es un ser feliz, comparada con aquel desgraciado que no tenía ni aun un retrato de su hija para contemplarlo.

María hizo un movimiento de extrañeza y asombro al oír hablar de su felicidad.

--Sí, señora condesa; me afirmo en lo que digo. Si la señora llora hoy la muerte del señorito, al menos tuvo una época feliz en que se estremecía de placer al sentir su cabecita apoyada en sus rodillas, y en que gozaba una satisfacción sin límites convirtiéndose en su enfermera y pasando las noches en vela a la cabecera de su cama. Podía besar a su hijo, oír su encantador y balbuciente lenguaje, y esto es siempre una felicidad, un recuerdo que llena el alma de dulce melancolía, aunque después venga la muerte a amargar tanta dicha. ¿Pero y mi pobre amo? ¿Y aquel desgraciado don Esteban, que por ser hombre tenía que avergonzarse del llanto y muchas veces se tragaba las ardientes lágrimas que le quemaban los ojos? El estaba convencido de que tenía una hija, y sin embargo, murió abandonado de ella, soñando siempre en una felicidad que nunca llegaba, y que para él consistía en que una voz pura y argentina, que yo he oído mil veces, le llamase "¡padre mío"! Esa situación sí que es horrible; es, como él decía, el suplicio de Tántalo; ¡tener casi a la vista una hija querida, un ser que hasta en su rostro llevaba algo del que le dió la vida, y sin embargo no poder acercarse a ella, no poder abrazarla derramando sobre su frente lágrimas de dulce emoción!

La condesa se había cubierto el rostro con las manos y lloraba silenciosamente, sin que Pedro pudiese asegurarse de si aquellas lágrimas procedían del recuerdo de su hijo o de la emoción que le causaban las penalidades de aquel pobre padre, al que reconocía por fin.

El criado quiso excitar más aún aquella emoción.

--Hay para espantarse al considerar la desgracia de aquel padre, sostenida con heroico valor por espacio de más de veinte años. La señora condesa, que es madre, podrá apreciar mejor que yo hasta dónde llegó el infortunio del pobre don Esteban. ¿Qué hubiese hecho la señora, que tanto amaba a su hijo, si éste no la hubiese querido nunca reconocer como madre? ¡Cuán inmenso dolor hubiese experimentado, si cuando iba a verle al colegio de Valencia, el señorito, en vez de recibirla con los brazos abiertos, hubiese huído de su madre como si fuese un monstruo! ¿No es verdad que la señora hubiese muerto entonces de pena? ¿No se hubiera roto su corazón en mil pedazos? Pues bien; el pobre don Esteban sufrió todas esas pruebas terribles y sin embargo aun quedó en pie durante muchos años para vivir agonizando. Juzgue la señora condesa si la vida de su padre no fué un verdadero infierno.

María seguía llorando, pero sus suspiros eran ya cada vez más ruidosos, y con acento entrecortado murmuraba cariñosas exclamaciones.

--¡Oh, padre! ¡Padre mío!

El criado, apenas le pareció oír estas palabras, dichas con voz casi imperceptible, buscó apresuradamente algo en los bolsillos de su casaca.

Mientras tanto, María, convencida por sentimiento de que aquel Alvarez que tanto la había horrorizado era su padre, y recordando algunas palabras sin sentido que había sorprendido a su tía y al padre Tomás y que ahora se explicaba perfectamente, lloraba conmovida por el recuerdo de aquel pobre mártir que tanto la había adorado.

La voz de Pedro le hizo apartar las manos de los ojos y levantar su cabeza.

--¡Aquí está! ¡Contemple la señora condesa!

Era que el criado le mostraba un sencillo marquito de latón, a través de cuyo cristal se veía una fotografía iluminada, que representaba, de medio cuerpo, a don Esteban Alvarez cuando todavía era capitán y acababa de regresar de Africa.

El fiel asistente, como si aquel recuerdo de su amo fuese un poderoso talismán, lo llevaba siempre consigo.

María contempló con fruición aquella cabeza vigorosa, de enérgica hermosura, y en la que se veía retratada la fiera altivez y la mirada pensadora de un hombre nacido para la guerra al mismo tiempo que para el estudio. Sustituyendo el poncho del uniforme por una gola de hierro y un coleto de ante, aquella cabeza podía confundirse con la de los ínclitos soldados del siglo XVI, que sojuzgaban Flandes o conquistaban imperios como Méjico o el Perú.

La condesa, con el escuálido rostro animado por el rubor de la emoción, examinó atentamente aquel retrato, encontrando inmediatamente su parecido con ella, en la época que aun era hermosa y la enfermedad no había consumido su organismo.

Todavía en sus ojos quedaba algo de aquella mirada brillante y avasalladora que en los momentos de indignación llegaba a imponer.

María no dudó más sobre la verdad de cuanto la había dicho su criado. No raciocinó, pues en tales momentos de emoción, la razón se anula dejando su puesto al sentimiento.

La condesa se dejó llevar de su instinto; de un impulso vehementísimo e irresistible que la empujaba, y llevándose el retrato a sus labios, al mismo tiempo que volvía a derramar lágrimas, murmuró con un acento que equivalía a un reproche a sí misma por su indiferencia.

--¡Oh, padre! ¡Padre mío! Si me oyes perdóname.

II

La última advertencia

Cuatro días después de aquella tarde en que Pedro hizo su revelación a la condesa, en el momento en que los relojes del hotel daban las ocho de la noche, bajaban la pequeña escalinata del edificio el elegante Ordóñez y el padre Tomás, conversando amigablemente.

El jesuíta tenía el mismo aspecto de siempre, y en cuanto al marido de la condesa, un sombrero de "clac" y el gabán abrochado para ocultar el traje de etiqueta, daban a entender que pensaba pasar la noche en alguna fiesta del gran mundo.

Los dos hombres siguieron la ancha avenida que, partiendo el jardín del hotel, conducía a la verja, fuera de la cual esperaban dos carruajes, y al llegar a un espacio donde no alcanzaban las luces de las dos farolas que adornaban la puerta del edificio, el jesuíta se detuvo, cogiendo suavemente a su protegido por un brazo.

--Mira, Paco--le dijo con entonación de consejero bondadoso--; harías muy bien en no salir esta noche de casa o al menos en volver cuanto antes. No sé por qué, me parece que esta noche va a ocurrir lo que tanto tememos y que tu esposa no verá el sol de mañana. Ya ves que, al menos por el buen parecer y para que no murmure la gente, conviene que tú permanezcas esta noche al lado de María cumpliendo tu deber de buen esposo.

--Pero, padre, ¡si María no morirá esta noche! Hace usted mal en alarmarse tanto. Los enfermos de tisis son como esas luces que se apagan lentamente, y cuando uno cree que ya están extinguidas, vuelve a surgir la llama y aún alumbra trémula y vacilante por mucho rato.

--¿Qué ha dicho el médico esta tarde?

--La verdad es que la ha dado ya por muerta y ha dicho que de un momento a otro sobrevendrá el fin.

--¿Ves como debes quedarte?

--Sí, pero tengo la confianza de que María ha de llegar a mañana, aunque sólo sea para desmentir al médico. La tisis tiene sus bromas.

--Pues ten la seguridad de que esas bromas las reserva para ti, que tan convencido pareces de que tu esposa llegará a mañana. Créeme, Paco: quédate esta noche en casa, o si es que tienes verdadera precisión de salir, regresa pronto, para que la gente murmuradora no pueda decir nada contra ti.

--Volveré a las dos de la mañana; antes me es imposible. Tengo precisión de asistir esta noche al baile de la Embajada francesa.

--¡Desgraciado! ¿Teniendo a tu esposa tan grave te atreves a ir a un baile? ¿No comprendes que la sociedad murmurará con sobrada razón y que tú perderás con ello el escaso prestigio que te queda?

--¡Bah! La gente está ya acostumbrada a verme en todas partes teniendo a mi mujer enferma y no se fijará esta noche en mí, pues todos ignoran que María se halle tan grave. En las enfermedades lentas la gente se cansa de preguntar y acaba por olvidarse del paciente. Además, reverendo padre, es un compromiso de honor el que yo acuda esta noche a ese baile.

--Lo sé, desgraciado; lo sé todo. No creas que ignoro que en la actualidad haces el amor a la esposa de uno de los empleados de la Embajada; una francesa que te sorberá el poco seso que te queda.

Ordóñez, a pesar de su ligereza fría y aristocrática, que se cifraba especialmente en no asombrarse de nada, no pudo evitar un gesto de extrañeza al oír tales palabras.

--¿Cómo sabe usted eso, padre Tomás?

--¡Bah! No te creía capaz de asombrarte por tan poco. Yo sé todo lo que hacen mis amigos. Ya sabes que mi despacho es como un fonógrafo, que me repite todas las palabras y hasta los actos de cuantos amigos tengo esparcidos por el mundo. Hay pocas cosas que yo no sepa.

Los dos hombres quedaron silenciosos y avanzaron algunos pasos con dirección a la verja.

Ordóñez se detuvo al ver que el jesuíta se plantaba mirándole con sus ojos fríos e interrogadores que parecían llegar al alma.

--Mira, muchacho--dijo con severa superioridad--. No sólo conozco a fondo la vida de mis amigos, sino que leo en su pensamiento y adivino todo cuanto se proponen hacer en contra mía. Ha llegado el momento de que hablemos claro: ninguna ocasión mejor que esta.

--Diga usted, reverendo padre--murmuró Ordóñez, algo alarmado al notar el giro que tomaba la conversación.

--Pues bien, te hablaré claro. Tu esposa va a morir y ha llegado el momento de que se cumpla el pacto que hicimos antes de que te casases.

--¡El pacto!... ¿Qué pacto es ése, padre Tomás?--dijo Ordóñez con expresión distraída, como si fuese en busca de un recuerdo que se le escapaba.

--Eso es; hazte el olvidadizo. ¿No te acuerdas ya, angelito?--contestó el jesuíta con sarcástica ironía--. Veo que eres muy desmemoriado; pero, afortunadamente, yo, como te decía, leo en el pensamiento de los amigos y te ayudaré a recordar, diciéndote que a la hora en que me dé la gana, a pesar de tu lujo, de tus brillantes relaciones y de tu fama de hombre elegante y calavera, puedo enviarte a presidio. ¿Te acuerdas ahora?

--Vuestra paternidad tiene un modo terrible de recordar las cosas.

--Es porque tu memoria resulta como uno de esos caballos maliciosos que remolonamente se niegan a andar. Conviene darle algún latigazo para que se avive.

--Bien, padre Tomás; me acuerdo del pacto; ¿qué quiere usted de mí?

--Sabes que con arreglo al último Código civil, tus derechos de marido te hacen heredero en usufructo de la mitad de la fortuna de tu mujer.

--Ya sé, reverendo padre; ¿qué es lo que usted quiere advertirme?