Part 11
Según el testimonio del encargado de la enfermería, que entró varias veces a verle, el niño deliraba llamando a su madre y pidiéndola con voz quejumbrosa que lo sacara de allí.
Así transcurrieron más de tres horas y, por fin, cedió un tanto el delirio y se abrieron los ojos del enfermito, justamente en el instante en que sonaba un tropel de pasos en el inmediato corredor.
Abrióse la entornada puerta, y lo primero que vió el pobre niño fué al administrador del establecimiento y a un sacerdote viejo, de elevada estatura, cuyo rostro impasible y austero creyó reconocer, aunque no pudo darse exacta cuenta de quién era. Tras de ellos entraban el encargado de la enfermería, con su azul delantal, y otro criado que le servía de ayudante; y en el centro del grupo marchaba una mujer, de la cual, por su baja estatura, sólo se veía el plumaje de la capota.
El anciano jesuíta, extendiendo su brazo hacia atrás, parecía contener a aquella señora.
--Calma, condesa, mucha calma--decía con su fría voz--: una impresión demasiado fuerte podría hacerle daño.
Pero la mujer, con un violento empujón, salió del grupo y se abalanzó a la cama, arrojando atrás el velillo de su sombrero.
El pobre niño exhaló un grito ante tan súbita aparición. ¡Ya se había realizado el milagro! ¡Ya estaba allí su buena hada, con el rostro dulce, lloroso y conmovido de virgen dolorosa!
--¡Mamá! ¡Mamá mía!--gritó el pobre enfermito, con su voz débil, pero de expresión indefinible.
Y no pudo decir más, pues ahogó su pobre voz aquel rostro que, derramando lágrimas, se pegó a sus demacradas facciones, cubriéndolas de besos.
La madre y el hijo parecieron formar una sola masa que exhalaba tristes gemidos, mientras que el grupo de hombres que estaba en la puerta permanecía impasible, como gente que al entrar en la asociación jesuítica había renunciado a los afectos de la familia y no podía conmoverse ante tales escenas. El padre Tomás miraba con sus ojos fríos de acero a la madre y al hijo, y mientras pensaba, sin duda, en que pronto iba a verse libre de aquellos dos estorbos, cruzaba las manos sobre su vientre y hacía juguetear distraídamente a sus pulgares.
Aquella emoción producida por la llegada de la madre, aceleró el triste desenlace que el médico del colegio había anunciado ocurriría fatalmente en aquella misma mañana.
Sólo dos horas vivió el infeliz niño.
Su agonía fué terrible, y el padre Tomás, ayudado por otros jesuítas, tuvo que arrancar a viva fuerza a la enloquecida madre, que, con la cabeza de su hijo entre sus manos y su boca pegada a la del enfermo, parecía aspirar con delicia el hálito de la agonía.
La condesa, dando alaridos de dolor, fué conducida a las habitaciones de la dirección, cuando ya el niño se agitaba en las últimas convulsiones, buscando un aire vivificante que se negaba a entrar en su pecho.
El padre Tomás conservó su presencia de ánimo, y cuando el cuerpo de Paquito era ya un cadáver, comenzó a dictar todas las disposiciones propias del caso, y ordenó el entierro, que había de ser digno, por su aparato, de la familia a que pertenecía el finado y del establecimiento en que había muerto.
No se separó un sólo instante de la cama en que tan larga agonía había sufrido el infeliz niño, y hubo un momento en que quedó completamente sólo en la vasta habitación. Dos criados habían salido buscando el uniforme de Paquito para amortajarle.
El terrible jesuíta, puesto en pie junto al lecho mortuorio, estuvo contemplando fijamente la deforme cabeza de aquel niño, que aún parecía más horrible con el tinte violáceo de la muerte.
--Dios te tenga en su santa gloria--murmuró el padre Tomás--. La verdad es que para ser hijo de un padre tan corrompido, has sabido resistir bravamente a la muerte. Te ha costado el caer.
Después se separó del lecho, comenzando a pasearse por la enfermería, con cierto aire de satisfacción.
Llegaban hasta allí, amortiguados por la distancia, estridentes alaridos de dolor que no parecían salir de una garganta humana.
Era la infeliz madre, que abajo, en el despacho del director, entregábase a transportes de pena, rodeada de casi toda la servidumbre del colegio, que la sujetaba temiendo que se causase algún daño en una de aquellas convulsiones de loco dolor.
El padre Tomás escuchó durante algunos instantes, sin que en su impasible rostro se notara la menor emoción, y lentamente se dirigió a la puerta. Pero antes de salir, lanzó una postrera mirada al cadáver y murmuró con voz casi imperceptible:
--¡Adiós, heredero!... Ya hemos enmendado el único error que tenía mi plan.
PARTE TERCERA
DONDE ACABA DE CUMPLIRSE EL PLAN DEL PADRE TOMAS
I
Señora y criado.
Reinaba una calma dulce e inalterable en aquel lujoso y elegante gabinete, de alfombras mullidas y paredes acolchadas de raso azul, adornado con todos los objetos supérfluos y hermosos que produce la moda.
Sillones de curvo perfil que parecían convidar al sueño, sillas doradas con bordados asientos, taburetes de rameado terciopelo con rapacejos que arrastraban por la alfombra, y almohadones de deslumbrantes colores, estaban esparcidos con aparente y artístico desorden, por aquella aristocrática habitación, cuyos ángulos estaban ocupados por vistosas plantas artificiales en macetas gigantescas de chinesca porcelana, y aparadores de ébano poblados de todo un mundo de "bibelots", estatuillas de "biscuit" en las más graciosas posiciones y jarrones vetustos que demostraban la superioridad de la antigua cerámica.
En un extremo, ocupando uno de los ángulos del gabinete, había un lecho sencillo, que entre aquellos esplendores de un lujo soberbio parecía simbolizar la imagen de la modestia.
Tan elegante estancia producía en los ojos como una embriaguez de colores escalonados armoniosamente; pero existía algo en la atmósfera que destruía inmediatamente el efecto del brillante golpe de vista. Entre tanto esplendor, algo había que olía a enfermo.
No era olor puramente de medicinas lo que allí se notaba, sino ese ambiente indefinible que parece existir doquiera se encuentra una persona debilitada por esas enfermedades terribles que son lentas y mortales.
La tenue claridad de la tarde se filtraba a través de las cortinas de blonda que dejaban en parte al descubierto los abullonados cortinajes de terciopelo, conservando la habitación en una agradable penumbra, propia de una persona que, hallándose enferma, temía la caricia demasiado fuerte del sol de la tarde.
Sentada en un gran sillón de forma antigua y elevado respaldo, estaba junto a una de las semiveladas ventanas la dueña de aquel elegante gabinete, la enferma que parecía empapar el ambiente de la habitación con el hálito de su dolor.
Vuelta de espaldas a la puerta de entrada, el respaldo del alto sillón sólo dejaba al descubierto el remate de una linda cofia de encajes que se agitaba de vez en cuando movida por una tosecilla seca y significativa que hubiera hecho fruncir el ceño al médico menos experto.
Era María, la condesa de Baselga, que pasaba casi todo el día sentada en aquel sillón, dominada por una inercia que se iba apoderando rápidamente de su organismo, y sin otra diversión que contemplar con ojos distraídos, a través de los resquicios que dejaban las corridas cortinas, los vistosos trenes de lujo y los grupos elegantes que pasaban ante su hotel por el espacioso paseo de la Castellana.
Desde que murió su hijo, cinco meses antes, que la salud de la condesa había empeorado visiblemente, tomando un carácter más alarmante aquella tosecilla seca, cuyos progresos seguía con mirada atenta el padre Tomás.
El médico de la casa y la misma baronesa de Carrillo, manifestaban gran confianza acerca de la suerte de la joven. Doña Fernanda se mostraba optimista en extremo. Ya desaparecería aquel malestar que, en su concepto, sólo era el resultado del disgusto terrible que había producido en su sobrina la muerte del niño.
Ordóñez también se mostraba igualmente confiado, y mientras tanto la enfermedad hacía rápidos progresos, y como si dentro del delicado cuerpo de la condesa existiese una voraz hoguera que consumía sus músculos y tejidos, iba demacrándose rápidamente todo su organismo, hasta el punto de que su rostro, antes tan hermoso, presentase ahora el aspecto de un cráneo pelado, cubierto por una piel terrosa que se pegaba a todas sus sinuosidades; y de que por entre las mangas de su peinador de blonda, asomasen unas manos enjutas y afiladas, que parecían un manojo de látigos al extremo de un brazo blanco y descarnado como un hueso.
La pobre enferma vivía en el mayor abandono, pues su tía y su esposo, amparándose siempre en la consabida frase de que aquello no era nada, seguían entregados a sus gustos y aficiones, sin preocuparse de la infeliz María ni atender a su curación. La baronesa seguía dedicada a sus asuntos devotos, que ocupaban todo su tiempo, y en cuanto a Ordóñez, éste continuaba su vida elegante, con el mismo abandono que si fuese un soltero, y cuando le preguntaban en los salones por su esposa, entonces se acordaba de que era casado, y solía responder con expresión indolente:
--No es cosa grave lo que tiene María: la emoción que le ha producido a la pobre la muerte de nuestro hijo. Así que olvide un poco el triste suceso, de seguro que se pondra tan sana y robusta como antes.
Y así seguía viviendo la infeliz María, en medio del mayor abandono y siempre con el pensamiento en su hijo.
La persona que más la visitaba era el padre Tomás, que intentaba animarla con frases hechas sobre la bondad de Dios y la posibilidad de que cuanto antes recobrase su salud, si es que el Altísimo así lo disponía; pero a la enferma gustábanle poco estas visitas, pues con ese instinto especial de las mujeres, adivinaba algo funesto y terrible en aquel poderoso jesuíta que tanto había intervenido en su vida.
La fría mirada del padre Tomás tropezaba siempre, al entrar allí, con los grandes ojos de María, que la enfermedad había hecho más vivos y brillantes, y que mirándole fijamente parecían interrogarle, buscando una coyuntura para penetrar en lo más hondo de aquel tétrico personaje, cuyas intenciones eran un misterio.
De todas cuantas personas rodeaban a María, sólo una le inspiraba simpatía y confianza, por el franco cariño y los cuidados que la prodigaba, sin afectación ni deseo de hacerse agradable. Era el criado Pedro, aquel doméstico callado, atento e inteligente, que parecía adivinar sus deseos y que acudía inmediatamente a todos sus llamamientos, sin demostrar la menor contrariedad ante los caprichos y las nerviosidades propias de una enferma.
Desde que María quedó como abandonada en el fondo de su lujoso hotel, sin recibir otras visitas que las del padre Tomás por la mañana y las de Ordóñez y la baronesa antes de acostarse, el fiel criado se había constituído en su perfecto auxilio, y cuando no estaba dentro de aquel gabinete-dormitorio, rondaba por cerca de la puerta, para acudir al primer llamamiento.
Parecía adivinar los menores deseos de su señora, y ésta muchas veces, al volver rápidamente la cabeza, sorprendía en él una mirada de intensa ternura.
Era que el antiguo asistente de Alvarez se reprochaba el haber creído un monstruo de orgullo y altivez a aquella infeliz joven, víctima de oculta fatalidad, que abandonada villanamente por los suyos, sabía sostener su desgracia con tanta mansedumbre y dulzura.
Por las tardes nadie visitaba a María, pues ésta, reconociéndose sin fuerzas para recibir a las numerosas personas de la alta sociedad, que por pura cortesía y sin afecto alguno entraban en el hotel a preguntar por su salud, había dado orden de que no estaba visible para nadie, y las gentes aristocráticas, muy satisfechas de esta disposición, que las libraba de ver a un enfermo, retirábanse después de dejar sus tarjetas al conserje.
Las horas de la tarde eran, pues, las que pasaba María en la más absoluta soledad y toda su ocupación consistía en contemplar un gran retrato de su hijo muerto, que tenía en lugar preferente del gabinete, o en besar, llorando, un medallón que contenía los cabellos de Paquito.
Estos desahogos de fúnebre cariño, que le costaban raudales de lágrimas, agravaban terriblemente su enfermedad, y aun después de haberse serenado, su tos era más seca y dolorosa, como si a cada uno de sus accesos se desgarraran sus pulmones.
Algunas veces, cuando mirando el retrato de su hijo asaltábanle aquellos pensamientos que la enloquecían, temía entregarse a su fúnebre dolor, y entonces era cuando llamaba a su criado Pedro, haciéndole sentar en su presencia y entablando conversación con él, pues parecía que la presencia y las palabras de aquel hombre a quien la domesticidad no había quitado cierta altivez franca y simpática, disipaban momentáneamente su dolor y la hacían olvidar su triste situación.
Esto mismo ocurría en la tarde en que María, sentada cerca de una ventana, miraba por entre las cortinas la gente que paseaba ante su hotel.
La vista de algunos niños que sus madres, con expresión de gozo, llevaban cogidos de la mano, evocó en la condesa el recuerdo de su hijo, y tan triste se sintió, que hubo de acudir inmediatamente a su recurso extremo, cual era buscar compañía que la distrajese.
Tocó un timbre que estaba en una mesilla inmediata, y aun sonaban en el espacio las últimas vibraciones cuando se presentó en la puerta el criado Pedro, vistiendo el uniforme flamante y de vivos colores que Ordóñez había puesto a toda su servidumbre masculina.
--¿Manda algo la señora?--dijo el criado cuadrándose con su antiguo aire de militar.
--Entre usted, Pedro. Me siento muy triste y le ruego que haga el favor de acompañarme por algún rato. Me distrae mucho su conversación y le pido por favor que me dispense las molestias que le causo.
Cada vez que la aristocrática señora le hablaba con tanta dulzura y sencillez, el criado enrojecía de satisfacción y no sabía cómo contestar a tanta amabilidad.
Avanzó tímidamente entre aquellos muebles esparcidos por el gabinete y, al fin, se detuvo indeciso ante una silla, colocada a pocos pasos de la condesa.
--Siéntese usted, Pedro--insistió María--. Deseche usted esa cortedad: estoy tan sola y me manifiesta usted tanto cariño y respetuosa solicitud, que no es posible que yo le trate como a un criado cualquiera. Hablemos como amigos.
Pedro se sentó ruborizado por la satisfacción que le causaba el oír que la condesa le llamaba amigo, y descansando en el borde de la silla en actitud respetuosa y pronto a ponerse en pie a la menor orden, esperó que hablase su señora.
--Vamos a ver, Pedro. Cuénteme usted algo que me distraiga; es una obra de caridad entretener a los pobres enfermos, para que olviden sus dolores. Usted debe saber cosas muy interesantes, porque ha corrido algo el mundo y ha vivido mucho tiempo en Francia. Además, el otro día creo que usted me dijo que había sido soldado. ¿No es eso?
--Sí, señora condesa--dijo el criado con cierta satisfacción--. He sido soldado y me he batido en la campaña de Africa.
--¿Y qué motivo le llevó a usted a París, donde vivió tantos años? Varias veces he pensado en esto, y como no puedo evitar el ser curiosa con las personas que me interesan, tenía grandes deseos de preguntárselo.
--Señora, he estado emigrado por cuestiones políticas.
--¡Ah!--exclamó María con extrañeza--. ¡Se ha mezclado usted en política! ¿Es que era usted carlista?
--No, señora; estuve emigrado por republicano.
La condesa hizo un mohín de disgusto, por lo que el criado se apresuró a añadir:
--Yo, señora, aunque odio la tiranía, realmente no me he metido por mi voluntad en los asuntos políticos. Como hombre de pocos alcances, no entiendo mucho de estas cosas; pero servía a un comandante del que había sido asistente, y como éste era un temible revolucionario, le acompañé a la emigración y a su lado estuve hasta que murió. Le quería como si fuese mi padre, y no me remuerde la conciencia el haberle sido infiel en ninguna ocasión.
--¿Y no ha servido usted a otras personas?
--No, señora condesa--dijo Pedro con intencionada expresión--. En toda mi vida sólo he tenido un amo, y muerto él sólo podía servir a usted.
--¿A mí?--exclamó con extrañeza la condesa no comprendiendo aquellas palabras--. ¿Y por qué no a otras personas?
--Es verdad, señora; no he sabido explicarme bien--contestó el criado comprendiendo que había estado próximo a descubrirse y queriendo enmendar su descuido--. Quería decir que después de estar acostumbrado a un amo, a quien servía más por cariño que por obligación, sólo podía prestar mis servicios a una persona tan digna de ser amada como la señora condesa.
Por el pálido y enjuto rostro de aquella infeliz enferma vagó una triste sonrisa al escuchar el alarde de cortesía del criado.
Durante algunos minutos el silencio fué absoluto, hasta que María, deseosa de reanudar la conversación, preguntó:
--¿Y era buena persona ese comandante?
--Un ángel, señora condesa. Muchos hombres he tratado en esta vida y, sin embargo, no he encontrado uno sólo que pudiera ser comparado con él. Era muy bueno, noble y valiente, al mismo tiempo que sencillo y crédulo, y por esto fué muy infeliz en esta vida y murió, sin duda, abrumado por antiguos disgustos.
Calló Pedro y en su frente contraída adivinábase el esfuerzo mental que estaba haciendo para encontrar palabras y comparaciones, que retratasen fielmente lo que en la vida había sido su antiguo amo.
--¿La señora condesa ha leído "Los Tres Mosqueteros"?
Hay que advertir que la célebre novela de Dumas era para el antiguo asistente la mejor de las obras conocidas, la producción maestra de la inteligencia humana, pues experimentaba goces infinitos enterándose de las intrigas y contando las estocadas y estupendas pendencias de que se componía el libro.
Por esto, cuando la condesa contestó afirmativamente a su pregunta, se apresuró a añadir con satisfacción:
--Pues bien, señora condesa; mi amo era una exacta copia de aquel caballero Athos que aparece en dicho libro. Era valiente, noble y sabio como él y quería a su asistente con delirio; pues yo, más que un criado era un respetuoso amigo, un fiel acompañante en toda clase de aventuras. Nos queríamos mucho, señora condesa; como tal vez nunca en la vida se hayan querido dos hombres.
Detúvose Pedro, y después de lanzar una rápida mirada a su señora, añadió bajando los ojos:
--Tengo la seguridad de que si la señora condesa hubiese llegado a conocerlo también le hubiese concedido su amistad. ¡Qué hombre aquél!--continuó el criado en un rapto de entusiasmo y animándose su voz y sus gestos--. ¡Cómo exponía su vida para salvar a un amigo!... ¡Aún recuerdo como si acabase de suceder, lo que nos ocurrió en Africa!
--¿Y qué fué ello?--preguntó María, que, ansiosa por distraerse, deseaba que su criado le contase algo que despertara su curiosidad.
--No fué ningún asunto de verdadero interés que pueda entretener agradablemente a la señora condesa. Nada..., un lance de los muchos que tiene la guerra. ¿Se empeña la señora condesa en que lo cuente?... Pues fué que yendo con mi amo, en la compañía de guías que se había formado por orden del general Prim, una mañana marchamos a la descubierta, delante de la vanguardia del ejército. Componíase la compañía de gente muy distinguida: licenciados de presidio, aventureros de mala especie, gente, en fin, de pelo en pecho, de cuyo mando se había encargado mi amo, ganoso siempre de estar en el puesto de mayor peligro, donde se conquistara la gloria a fuerza de balazos y cuchilladas. Como gente valiente, y por tanto confiada, nos adelantamos demasiado a la vanguardia, el ejército nos perdió de vista, y en esta disposición, abandonados de todos, sin más auxilio que el de Dios, cincuenta hombres que éramos, caímos en una emboscada, y de repente resonó una infernal gritería y nos vimos rodeados por un centenar de moros harapientos, feos como demonios. No había salvación para nosotros.
La pobre enferma atendía con una expresión propia del interés poderosamente excitado, y al ver que el criado se detenía como para coordinar mejor sus recuerdos, preguntó con impaciencia:
--¿Y qué ocurrió después?
--A la primera descarga que hicieron los moros yo caí al suelo. Una bala perdida, después de chocar contra una piedra, vino a darme aquí, en la sien, donde todavía tengo una cicatriz, y me derribó, aunque sin hacerme perder el sentido. Al ver que tenía la cabeza manchada de sangre, creyéronme muerto, además de que la situación no era la más propia para atender a los que caían. La compañía, formando un apretado pelotón, comenzó a retirarse, haciendo un fuego horroroso, que no lograba tener a raya a aquel enjambre de moros. Yo, como ya he dicho, no había perdido el conocimiento y me daba cuenta exacta de mi situación. Tendido en el suelo, y con todo el aspecto de un muerto, pues aquella bala parecía haberme anonadado con su golpe, vi cómo retrocedían mis compañeros, y al mismo tiempo, cómo algunos moros al avanzar iban rematando con sus gumías a los que habíamos caído. ¡Aún me horrorizo cuando recuerdo aquello! Un negrote que parecía un gigante se acercó a mí con su yatagán desenvainado, para cortarme a cabeza, como ya lo había hecho con otros, pero en el mismo instante que su cuchilla brillaba sobre mis ojos, le vi caer exhalando un rugido de muerte, e inmediatamente me sentí cogido por los sobacos y levantado en alto. Era mi amo, que al verme próximo a perecer, había abandonado el pelotón que mandaba, y despreciando las balas y riñendo cuerpo a cuerpo con los más audaces enemigos, había llegado donde yo estaba, matando al negrazo de un tiro de revolver. Sosteniéndome con uno de sus hercúleos brazos, mientras con el otro se defendía jugando magistralmente su sable, intentó llegar donde estaban nuestros compañeros, cada vez más abrumados por la superioridad del número; pero le fué imposible, pues un grupo de moros nos cerró el paso. Mi amo apoyó sus espaldas en una roca, y esperó valientemente, con la desesperación del que va a morir.
--¿Y cómo se salvaron los dos?--interrumpió la interesada condesa.
--Yo no sé cómo fué aquello; pero apenas mi amo, echando mano al revolver, disparó contra los que nos cercaban sus dos últimos tiros y cuando sus espingardas y sus yataganes se dirigían a nuestros pechos, les vimos huir perseguidos por un tropel de jinetes que pasaron a galope tendido, con las lanzas en ristre y gritando ¡viva España! Eran dos escuadrones de lanceros que Prim había enviado para salvarnos.
--¡Ah!... ¡Por fin!--exclamó María con la expresión del que se libra de un pensamiento angustioso.
--Sí, no salvamos en tan difícil situación; pero yo, antes de que llegase nuestra Caballería a sacarnos de tan apurado trance, cuando la muerte nos acechaba a pocos pasos, pronta a caer sobre nosotros, experimenté la más grata satisfacción que he sentido en mi vida. Miraba aquellas armas enemigas prontas a destrozarnos, y, sin embargo, me sentía feliz.
--¿Cómo pudo ser eso?
--Cuando mi amo se consideró perdido, viendo el círculo de enemigos que nos estrechaba, dispúsose a morir, pero antes..., ¡ah, señora condesa!, ¡todavía me conmuevo al recordar tal escena! El capitán me sostenía con su brazo izquierdo, y antes de defenderse a sablazos de los ataques de la morisma, me miró con unos ojos que aún parece estoy viendo; me contemplaba como mi pobre padre, cuando yo era niño, y él, que era todo un caballero, un grande hombre, un portento de valor y de sabiduría, me dió un beso en la ensangrentada frente, diciéndome con un acento que me llegó al alma: "¡Adiós, Perico! ¡Hermano mío! ¡Hasta que nos veamos en la Eternidad!" Yo no contesté, pues el golpe de la bala me había privado de mis facultades; pero aquella voz aún parece que la tengo en los oídos.
El criado quedó silencioso y meditabundo un buen rato, abismado en sus conmovedores recuerdos.
--Ya ve usted, señora condesa--continuó--que actos como los de mí pobre amo no se olvidan con facilidad.
--Sí que era un hombre notable el señor a quien usted servía. ¿Y murió en París?