Part 12
Aquel descocado espectáculo era para Zarzoso como la chispa que hacía estallar la mina de su continencia. Los deseos, dormidos durante tanto tiempo dedicado a la ciencia y a un amor puro y espiritual, despertaban ahora hambrientos y poseídos de salvaje furia, reclamando su parte por el tiempo que habían permanecido inactivos y como muertos. Experimentaba el joven escalofríos extraños y oprimía convulsamente la cintura de Judith, crispando su mano sobre la tela, como si pretendiera rasgarla para llegar a la carne anhelada.
La rubia le miraba fijamente, sonriendo con malicia, y fingiendo cómica extrañeza exclamaba:
--Pero, ¿qué es eso, niño? ¿Qué atrevimientos son éstos? ¿No hemos quedado antes en que yo era la mamá?
--¡Vámonos! ¡Vámonos pronto de aquí!--contestaba Zarzoso con acento de ardiente súplica y con voz que apenas se le oía, pues tenía la boca seca y parecía que la lengua iba a pegársele al paladar.
Terminó el baile, y la gente comenzó a salir del salón. En el guardarropa, mientras Zarzoso se ponía su gabán y ayudaba a Judith a colocarse la capa de seda, apareció Agramunt, que se mostraba furioso por habérsele escapado una conquista que creía ya realizada.
Los tres salieron a la calle y allí no tarado en reunírseles _Nemo_, perro discreto y bien educado, que de antiguo tenía la costumbre de esperar a su ama a la puerta de Bullier en las noches de baile.
El fresco de la noche pareció disipar un tanto la embriaguez de los tres; pero esto no les impidió seguir haciendo locuras, pues la fiesta iniciada en Bullier continuaba sobre las aceras del bulevar. Los grupos de hombres y mujeres, cogidos del brazo y en fila, andaban a saltos cantando a grito pelado, a pasar de las reconvenciones de las parejas de Policía; y de una a otra acera cruzábase un tiroteo de chistes y de insultos, dichos sin dejar de reírse y con voz atronadora que despertaba a los vecinos pacíficos.
Judith estaba encantada por aquella noche que le resultaba muy divertida. Reía, cantaba cuplés y lanzaba el grito de moda en el barrio a los que iban por la acera opuesta; pero no soltaba el brazo de Zarzoso, al que dirigía voluptuosas miradas, y dos o tres veces que Agramunt se atrevió a pellizcarla con disimulo, le contestó con un latigazo.
Al llegar a la entrada de la calle de Soufflot reuniéronse los tres para celebrar consejo. Judith hablaba de irse sola a su casa a dormir, pero lo decía de un modo tan débil y vago, que daba a entender que en lo que menos pensaba era en esto.
Agramunt, que en tratándose de fiestas y de holgorio era un atroz e incansable apuracabos, habló de comprar una botella de un _Marssala_ notable que vendían en una taberna del barrio y algunos pasteles, para ir a acabar la jornada en el hotel de la plaza del Pantheón.
Judith, que hablaba de retirarse, aceptó inmediatamente.
--Bueno, hijos míos; iremos a vuestra casa; pero por una hora nada más. Así que toquen las dos me voy a mi casa; hay que tener buena conducta, pues esto da distinción... ¡Tú, descamisado!--continuó dirigiéndose a Agramunt--. No me pellizques las piernas, o de lo contrario te cruzo la cara con el látigo.
Agramunt se fué a comprar la botella y los pasteles, diciendo que ya los alcanzaría a los dos, y la pareja, precedida por el perro, comenzó a subir con lento paso la calle de Soufflot.
Zarzoso parecía un imbécil, pues demostraba no darse cuenta de lo que le sucedía. Caminaba al lado de Judith llevándola siempre agarrada por la cintura, y el perfume de la hermosa rubia y sus miradas de fuego parecían aumentar la ebullición del champaña que tenía en el estómago, y cuyo humo se le subía a la cabeza.
En aquella embriaguez de deseo, apenas si se había enterado del plan propuesto por Agramunt, y lo único que sabía es que iban al hotel. Esto le hacía reflexionar en su excepcional estado, mientras que Judith caminaba canturreando, apoyada la cabeza en su hombro y rozándole la nariz con las plumas de su sombrero.
¿Iban al hotel? No tenía inconveniente en ello; pero la fiesta no sería en su cuarto, sino en el de Agramunt. Sobrevivía en el joven, a pesar de su embriaguez, un resto de pudor, de consideración para sus antiguos amores, y no quería que sirviese para una escena de crápula aquel cuarto donde tan puramente había soñado y donde gozó inefable placer escribiendo a María y leyendo las cartas de ésta.
Pasaron la parte de la calle de Soufflot, ocupada por los ruidosos cafés estudiantiles, y al llegar a aquella donde gigantescos y cerrados edificios oficiales proyectaban densa sombra, Judith inclinóse con mayor desmayo sobre el hombro de su joven acompañante, esperando que la obscuridad alentara a éste para un atrevimiento cualquiera.
Zarzoso seguía caminando como un sonámbulo, y obsesionado por la misma idea fija, con la tenacidad de un beodo.
No; aquella fiesta de última hora no sería en su cuarto. Ya que Agramunt era quien la había propuesto, debían reunirse en su habitación, en aquella buhardilla donde no existían recuerdos sagrados y por donde había desfilado toda la carne femenil, gastada y en venta, que existía en el barrio.
Pero sintió en sus labios un suave roce que le hizo volver en sí, abandonando sus pensamientos. Era que Judith, cansada de esperar un beso que no llegaba, había tomado la ofensiva, y removía la sangre de aquel pazguato con sus caricias de fuego, que parecía imposible fuesen fingidas.
Zarzoso sintió como si en su interior se rompiera algo y un torrente de lava inundara sus venas; y trémulo por la pasión buscó entonces la boca de Judith.
Fué aquello como un tiroteo de besos. Se olvidaron de que estaban en la calle y que aún había en ella transeúntes, y con las bocas pegadas, como si no pudieran separarse, pasaron ante el cuartelillo de Policía, sin fijarse en las risas de los agentes, y cruzaron la plaza del Pantheón sin mirar la estatua de Juan Jacobo, el filósofo que en su juventud había tenido muchas escenas semejantes a aquélla.
En la puerta del hotel se les reunió Agramunt, que llegaba apresuradamente con la botella y los pasteles. Hubo discusión entre los dos amigos sobre el cuarto donde sería la fiesta, y Agramunt, apoyado por Judith, y fundándose en que la habitación de Zarzoso era más grande y confortable, decidió no pasar del segundo piso.
Subieron la escalera cautelosamente, con paso de ladrón, para no despertar a los vecinos, pues Zarzoso, en un resto de su austera dignidad, no quería que en el hotel se apercibiesen de que por la noche tenía mujeres en su cuarto.
Al entrar en éste, Judith arrojó su sombrero sobre la cama, y Nemo, con impasibilidad filosófica, se introdujo bajo de ella, como perro de pocos escrúpulos y acostumbrado a tales escenas.
Agramunt colocó sus provisiones sobre la mesa, y mientras tanto, la rubia curioseaba, mirándolo y tocándolo todo y buscando sorpresas hasta en el último de los rincones.
Después se sentó entre los dos amigos y atacó un pastel con la furia de una niña golosa, tomando cuantas copas le ofrecían sus compañeros. Zarzoso, por espíritu de imitación o instintivamente, buscaba también a cada momento la botella, y de esto resultaba que el más sereno de los tres era Agramunt, quien, por su parte, no se sentía muy seguro sobre los pies.
Judith sonreía con aire bondadoso y hablaba del amor y de la amistad, conmoviéndose a sí misma hasta el punto de que los ojos se le empañaban de lágrimas.
A cada instante decía que iba a irse, pero no se movía del asiento; antes bien, aseguraba que en aquel cuarto se estaba perfectamente, y avanzaba su cabeza hacia Zarzoso con aire de gata enamorada, para que continuase la interrumpida serie de besos.
De pronto se levantó de un salto y fué a colocarse ante la clara luna del armario-espejo, encendiendo las dos bujías de sus ángulos y acercando el quinqué para que su luz diese de lleno.
Parecía abstraída, ensimismada en su propia contemplación; no oía lo que le decían, y se fijaba en sus facciones con tenacidad, como si pretendiera encontrar en ella un nuevo encanto. Se arreglaba los rizos de su cabellera, cruzaba los brazos sobre su nuca desperezándose y tomando graciosas actitudes de estatua, e iba ensayando todos sus gestos de modelo, sonriendo unas veces maliciosamente, como un tipo de elegante acuarela, y mirando otras al cielo con la mística expresión de un personaje de pintura sangrada.
Agramunt reía por lo bajo, sabiendo por experiencia lo que inmediatamente iba a ocurrir, y tocando con su codo a Zarzoso, que estaba abstraído en la contemplación de aquel hermoso cuerpo, en tan diversas actitudes, le dijo por lo bajo:
--Pronto vendrá lo bueno. Esa chica, con su manía de contemplarse y adorarse a sí misma, no puede ver un espeja sin que se plante inmediatamente ante él. Ahora ensaya los gestos y las actitudes, pero antes de cinco minutos ya se habrá desnudado para contemplarse las carnes.
Y así ocurrió, efectivamente. Judith, sin dejar de mirar el espejo, como si estuviera hipnotizada por aquella luna brillante con el reflejo de tanta luz, comenzó a desabrochar su corpiño con cierta inconsciencia, cual si cediera a la fuerza de un deseo supremo.
La chaqueta y la chambra cayeron al suelo; desabrochó las hombreras de su camisa, aflojáronse las ataduras de su talle y, de repente, con un movimiento instintivo, como una náyade que al alcanzar la playa se sacude el manto de espumas y de algas, todas aquellas ropas se deslizaron a lo largo de sus piernas, deteniéndose en las rodillas, y salió a la luz aquella carne maciza, viciosa y que, sin embargo, suavizada por las líneas de correcta ondulación y por las tintas lechosas y sonrosadas, despertaba más la adoración artística que el vehemente deseo sexual.
Un bucle de cabellos, semejante a una serpiente de oro, saltaba sobre los hombros para descansar sobre aquellos pechos turgentes y reducidos que se erguían con cierta fiereza; la espalda sólo se veía a trechos, cubierta en parte por la revuelta madeja de cabellos, y el vientre, pequeño y deslumbrante por su blancura, lucía como una luna de hermosura, surgiendo sobre la mancha de sombra y las revueltas nubes de tela que envolvían las piernas de la modelo.
La luz, corriendo a torrentes sobre aquella piel de raso, daba al cuerpo de Judith todas las entonaciones del blanco; desde el blanco lechoso y sólido de la flor de almendro hasta el blanco dorado de la camelia.
Judith parecía embriagada en su contemplación, y por sus labios entreabiertos vagaba una sonrisa de triunfo, de orgullo y de majestad.
Se creía Venus surgiendo de las espumas del Océano, y el satén de su cutis erizábase con ligeros escalofríos, como si sintiera la fría caricia de las gotas del agua salada.
Era aquello una borrachera de orgullo al verse tan hermosa; una profunda satisfacción al pensar en las miradas ávidas que tenía a sus espaldas, contemplándola con apetito salvaje; y al mismo tiempo, como todo era extraño en aquella extravagante criatura, a su fatuidad de _cocotte_ uníase el entusiasmo artístico, el ansia vehemente de ser útil al genio; y contemplando con mirada amorosa sus pechos semejantes a cerradas magnolias, su vientre de suave curva y el hermoso rubio de su pelo, que brillaba con más intenso fulgor entre tanta blancura, murmuraba melancólicamente:
--¡Rubens! ¡Oh, Rubens!... ¡Si me hubieses conocido!
Pero la cruel realidad vino a sacarla muy pronto de su entusiasmo artístico.
Agramunt la pellizcó suavemente más abajo de la espalda, y ella se volvió sonriente, creyendo encontrarse con la mano de Zarzoso; pero al ver que era el periodista el autor de la broma, púsose furiosa y le dijo:
--¡Tu, pequeño Marat! Márchate a dormir a tu cuarto. Aquí estorbas. No permito bromas esta noche más que a ése, que es para quien me desnudo. ¡Largo! ¡A la calle en seguida!
Agramunt acogía con risotadas la indignación de aquella muchacha, que, desnuda, iba de un lado a otro buscando el látigo para despedirle a golpes; pero comprendiendo que era muy cierto aquello de que estorbaba, cogió su palmatoria, y después de dar una vuelta por el cuarto canturreando la marcha nupcial del tercer acto de _Lohengrin_ y de desear a los dos muy felices noches, salió al pasillo y emprendió su ascensión al último piso, mientras que Judith, abalanzándose a la puerta, corría el cerrojillo.
Zarzoso no se había movido de su asiento; estaba asombrado, con la mirada vaga, como si todo aquello fuese un sueño que se desvanecería apenas despertase.
VIII
Nuevas caídas.
Cuando los relojes de la quinta Alcaldía de París y de la iglesia de San Esteban del Monte lanzaron en el ancho espacio de la plaza del Pantheón las campanadas que anunciaban las ocho de la mañana, Zarzoso, que no estaba ni dormido ni despierto, pues se hallaba bajo la influencia de una pesada modorra, se incorporó con violento impulso, y una vez sentado en la cama, lanzó una mirada de asombro a su cuarto, que no le parecía ya el mismo.
Sentía un violento dolor de cabeza, como si sobre su cerebro gravitase la gigantesca masa del vecino Pantheón; notaba cierta torpeza en los ojos, viéndolo todo turbio, y su lengua, inflamada y pastosa, parecía estorbarle dentro de la boca, seca a consecuencia de lo mucho que había bebido la noche anterior.
Tardó bastante tiempo en darse cuenta del lugar donde estaba, pues su cerebro, entorpecido por los excesos, discurría con dificultad.
Parecíale al joven que acababa de despertar de un sueño cataléptico que había durado algunos meses, a juzgar por la dificultad que encontraba en ir recordando lo ocurrido antes de acostarse.
Un ruido que sonó dentro del cuarto le trajo a la realidad.
Junto a la ventana, por entre cuyas cortinas se filtraba el sol, trazando arabescos de oro sobre la charolada madera del pavimento, un perro feo y lanudo jugueteaba con un zapato. La vista de aquel animal trajo rápidamente a Zarzoso a la realidad. Entonces fué cuando se dió cuenta de que sus piernas, bajo las revueltas sábanas, rozaban algo que despedía suave calor, y volviéndose contempló la misma cabeza que creía haber visto en sueños, y que estaba allí, sobre la almohada, menos hermosa que la noche anterior, con el cabello en enmarañada madeja, las correctas facciones contraídas por el estertor de un brutal ronquido, los polvos de arroz apegotados en un extremo de sus mejillas y el bermellón de sus labios extendiéndose más allá de las comisuras de su boca.
Zarzoso experimentó una inmensa decepción. Parecíale que desde muy alto caía y caía hasta hundirse en el cieno de un charco sin fondo, y sintió tentaciones de llorar como una virgen deshonrada al ver que de un modo tan estúpido, en una noche de embriaguez, había perdido su prestigio de amante casto y de joven de costumbres austeras, encanallándose con aquel pingajo de carne hermosa que había rodado durante seis años por todas las camas del Barrio Latino.
Sintió rabia contra su propia debilidad, indignóse por lo fácilmente que había caído y murmuró, bajando su frente, en la que se extendía el rubor al pensar en Madrid y en aquella mujer sencilla y pura, a la que todavía amaba:
--¡Muy bien, señor Zarzoso! Puede usted estar satisfecho de su conducta. En vez de estar triste y desalentado por el silencio de María, pasa usted la noche emborrachándose como un pillete, y, por añadidura, se entrega en brazos de la primer perdida que le sale al encuentro.
Y como si le produjera inmenso asco el contacto de aquel cuerpo de raso que calentaba toda la cama, saltó inmediatamente de ésta y resumió el furor que sentía contra sí mismo con estas amargas palabras:
--Ya no eres el mismo de ayer. Ahora eres un canalla.
El despertar de aquella noche de amor fué terrible. Entre los dos amantes existía un visible despego, una falta de franqueza que hacía la situación pesadamente embarazosa.
Judith, después de saltar de la cama, iba de un punto a otro del cuarto, canturreando y afectando alegría, mientras hacía su _toilette_.
El joven, molestado por la presencia de aquella mujer, que evocaba en él impulsos brutales, y a la que hubiese dado golpes de muy buena gana, por vengarse de la caída que le había hecho sufrir, fumaba en un rincón del cuarto, acogiendo con sonrisas que daban miedo cada una de las caricias y los mimos que Judith pretendía hacerle.
Esta se vistió con gran prontitud, pues, según manifestaba, la estaría esperando un artista con el que se había comprometido a servirle de modelo en un cuadro que representaba a Clemencia Isaura en su poética corte de amor; pero no debía tener gran prisa en acudir a la cita, por cuanto rogó a Zarzoso que la convidase a almorzar.
El joven accedió de mala gana, pues le resultaba pesada en extremo aquella aventurera, y deseaba separarse de Judith cuanto antes.
Salieron del hotel cogidos del brazo, y las miradas de asombre de la dueña del establecimiento, que estaba en su despacho en la portería, atormentaron a Zarzoso, que veía en una noche destruída su fama de hombre serio y de costumbres arregladas.
Al atravesar la plaza del Pantheón, los carruajes engalanados de un cortejo nupcial deteníanse ante el palacio de la Alcaldía del quinto distrito.
Judith sonrió maliciosamente, y haciendo un gesto de asombro afectado exclamó:
--¿Y aún hay quien se casa?... ¡Qué asco!
Estas palabras aún la hicieron más antipática a los ojos de Zarzoso.
El almuerzo resultó muy violento para el joven. Entraron en el mejor restaurante del bulevard Saint-Michel, un establecimiento serio, en el que no dejó de causar cierto escándalo el subversivo aspecto de Judith, la cual, sin fijarse en el efecto que causaba, hizo toda clase de habilidades para llamar la atención de los parroquianos y de la servidumbre.
Zarzoso estaba avergonzado por una compañía tan ruidosa, así es que vió el cielo abierto cuando llegó la hora de pagar y de despedirse sobre la acera del bulevar.
Judith se alejó de él enviándole besos con sus dedos, lo que hacía detener a los transeúntes; y aún retrocedió varias veces para rogarle que no faltase aquella tarde, a las seis, en el café Vachette, donde volverían a reunirse para pasar una noche tan alegre como la anterior.
--Puedes esperarme sentada--decía Zarzoso al alejarse--. Una y no más. Bastante siento la infame caída de esta noche.
Zarzoso pasó todo el día melancólico, malhumorado y sin saber qué hacer, pues no se sentía con la suficiente fuerza para ir a la Clínica. Paseó en el Luxemburgo hasta las cinco, y como ya anocheciera, viendo que en el vecino bulevar los cafés comenzaban a poblarse de gente que tomaba la absenta, temió que Judith surgiera a su paso para atraparle, y se dirigió a casa de Alvarez, con el intento de pasar allí unas cuantas horas, proponiéndose después el ir a comer y acabar la noche al otro lado del río, donde tenía la certeza de no encontrar a aquella sirena del vicio.
Zarzoso, desde su caída, parecía que llevaba dentro de sí un principio fatal que envenenaba su existencia, le hacía estar violento en todas partes y no le permitía hablar con la misma franqueza e ingenuidad de antes.
Su visita a don Esteban resultó muy dolorosa para el joven.
Estremecíase de miedo y sentía inmensa vergüenza al pensar lo que diría aquel hombre envejecido si supiera que un joven que parecía tan enamorado de su hija María pasaba la noche como un libertino y metía en su mismo cuarto una mujer que escandalizaba el barrio.
Por una coincidencia, pero que hizo aumentar más aún la turbación de Zarzoso, Alvarez, que estaba apenado por el silencio de su hija, comenzó a hablar mal de ésta, al mismo tiempo que hacía la apología de su joven amigo.
--Sí, señor. Es una infamia eso de dejar sin respuesta las cartas de usted, rompiendo de un modo tan villano unas relaciones de amor que parecían tan fuertes. ¿Quién podía esperar tal cosa de mi hija? ¡Cuán pronto olvidan las mujeres sus juramentos de amor! Por eso exclama con razón Shakespeare: "¡Fragilidad, tú tienes nombre de mujer!" ¡Abandonarlo a usted de ese modo; a usted, que es un joven honrado, probo y de costumbres puras, condición que hoy es casi ya imposible de encontrar!
Zarzoso, alarmado por estas palabras, que resultaban un sarcasmo en tal situación, miraba fijamente al padre de María, sospechando si éste se burlaba de él. Pero no tardó en convencerse de que Alvarez hablaba con franqueza, pues siguió diciendo así, con acento de desesperación:
--Y lo más triste es que yo soy el autor de ese infortunio que usted sufre. ¡Qué mala idea tuve yo al rogarle que manifestase a María su origen y quién era su padre! De seguro que su silencio no reconoce otra causa que esta indiscreción. ¡Oh! Es muy amargo decirlo; pero para las jóvenes que al tener uso de razón se encuentran en alta esfera, resulta muy difícil el reconocer su verdadero origen y al que les dió el ser, si es que éstos son humildes. Tales descubrimientos, que hieren su amor propio, las sublevan, las indignan, y son más que suficientes para que el cariño se trueque en odio. Sí, vuelvo a repetirlo; María le ha abandonado a usted por haberla dicho que yo soy su padre y que usted es amigo mío. Hay para desesperarse al considerar que uno hace el mal sin saberlo y que, viejo ya, solo e inútil, todavía sirve para matar la felicidad de un joven como usted; para labrar su infortunio.
Alvarez demostraba tal sentimiento por la culpabilidad de que se hallaba convencido; era tan vehemente su desesperación, que, conmovido Zarzoso, estuvo varias veces próximo a interrumpirle para contarle todo lo que ocurría.
El autor del rompimiento amoroso era ahora él mismo. Ya no podía exigir explicaciones a María por su conducta, pues se sentía manchado y tenía, en su conciencia de hombre puro, un remordimiento que le hacía reconocerse como indigno para aspirar a la mano de una señorita honrada.
Pero Zarzoso no se sentía capaz de tan suprema franqueza, y calló, dejando que Alvarez se sumergiera en la desesperación que le causaba el haber intervenido indirectamente en los amoríos de los dos jóvenes.
Cada uno de los elogios que don Esteban hacía de su joven amigo era para éste como una puñalada en la conciencia, y por eso, no pudiendo sufrir tan incesantes tormentos, se apresuró a despedirse, y marchando a la casa editorial donde trabajaba Agramunt pasaron ambos amigos el río y fueron a terminar la noche en la Grande Opera.
El catalán se reía del temor que Zarzoso mostraba al pensar que podían encontrarse con Judith, y con su ductilidad de buen amigo se prestaba a encargarse de romper aquellas relaciones de una sola noche.
Transcurrieron cuatro días sin que el joven médico, que no salió del Barrio Latino, viera por parte alguna la rubia cabellera de Judith. Esta ausencia le tranquilizaba: Judith no era importuna, y, además, debía haber comprendido que no tenía en él un adorador loco, y tal vez por estas mismas consideraciones, por la seguridad que comenzaba a abrigar de que la rubia no iría en su persecución, pensaba en ella más de lo que le convenía, y, a pesar de todos sus esfuerzos mentales, no podía desechar de su memoria el recuerdo de aquella noche tormentosa, con sus placeres delirantes, que recordaba con la misma vaguedad que las escenas de un ensueño.
Aquel encuentro vicioso había dejado en él una levadura de brutalidad lasciva, y a esto atribuía Zarzoso el raro fenómeno que experimentaba, pues a pesar de odiar a la hermosa rubia y de estremecerse al pensar que ésta podía volver a su cuarto, complacíase, sin embargo, en ir recordando las escenas de tal noche, y su carne se estremecía de placer al pensar que podía repetirse la embriaguez amorosa.
Estaba Zarzoso ocupado en leer un libro nuevo que le había prestado un compañero, y distraído, pensaba al mismo tiempo, con una confusión de recuerdos que le avergonzaba, en su antigua novia, que no le escribía, y en Judith, cuyo recuerdo le obsesionaba, cuando sonaron algunos leves golpes en la entreabierta puerta de la habitación.
--Soy yo--dijo una voz que hizo estremecer a Zarzoso.