La araña negra, t. 8/9

Part 13

Chapter 134,056 wordsPublic domain

E inmediatamente entró en la habitación, sonriendo y con paso ligero, la rubia Judith, que no conservaba de su aspecto de algunas noches antes más que el látigo de cuero y _Nemo_, que marchaba siempre pegado a sus faldas, como si fuese un adorno de éstas.

Llevaba un traje de la misma pana con que los artistas se hacían sus chaquetones para trabajar en el taller e ir por el barrio, y la rubia cabellera, arreglada ahora en forma de peinado griego, cubríala con una gorrita cosaca de velludo astracán, de la que caía un blanco velillo sobre el rostro.

El joven médico, a pesar de que momentos antes pensaba involuntariamente en ella, al verla no pudo reprimir un movimiento de contrariedad.

Judith, afectando no ver aquel gesto, tomó asiento y comenzó a hablar con tranquilidad.

No había venido a estorbarle. La visita era casual: pasaba por allí de vuelta de un taller, donde había estado todo el día sirviendo de modelo, y se decidió a subir en confianza, sin ir antes a su casita de la calle Monge, a quitarse aquel traje que era el del trabajo.

Judith hablaba con naturalidad, sin afectación alguna, como si estuviera en presencia de una amiga de confianza, y sin hacer la menor alusión a aquella cita en el café Vachette, a la que había faltado Zarzoso.

Este, en vista de la tranquilidad y prudencia que demostraba la joven, había vuelto a recobrar su confianza, y alegremente se afirmaba en su idea de que todo había terminado entre los dos, y que las escenas de aquella noche eran locuras sin consecuencias que ya no volverían a repetirse.

Judith había tomado un cigarrillo de encima de la mesa, y con una pierna montada en el brazo del sillón, hablaba calmosamente, mirando las aéreas espirales de humo que bogaban tranquilamente hacia la abierta ventana donde el viento iba arremolinándolas.

Zarzoso, ante la cordura de la joven, se espontaneaba como con un compañero, y hablaba con el mismo abandono que si su interlocutor fuese Agramunt.

¿Cómo fué aquella segunda caída? Zarzoso no pudo darse cuenta de ella; obró más instintiva y ciegamente que la primera vez, con la agravante de que en esta ocasión, la caída fué fría, sin arrebatos de pasión, como si se sintiera empujado por una ruda e irresistible fatalidad.

A las siete, hora de la comida, salieron los dos del hotel cogidos del brazo. Zarzoso demostraba la mayor indiferencia. ¿Qué le importaba ya que le vieran en tal compañía? ¿A qué fingir hipócritamente una virtud que estaba lejos de tener? Era un miserable, un cobarde sin energía ni dignidad, que se sentía enloquecido ante una corrupción porque era hermosa, y que no tenía voluntad para resistir la más leve de las pérfidas insinuaciones de aquella mujer que llevaba al lado.

Judith le había aprisionado, le había convertido en un esclavo de su lascivia, y él se resignaba al considerar que eran de rosas las cadenas que le aprisionaban.

Agramunt quedó asombrado al ver de qué modo se había apoderado Judith del ánimo de Zarzoso, el cual, después de su segunda caída, estaba desalentado y se mostraba impotente para luchar.

El escritor había tenido siempre a Judith en concepto de mujer terrible, pero no creía a Zarzoso capaz de rendirse con tanta facilidad: su asombro se trocó en temor cuando aquella noche les oyó hablar a los dos amantes de su futura vida arreglando la existencia que llevarían desde aquella noche.

Ella se mostraría seria, evitaría el trato con sus antiguos amigos del barrio y vivirían con la tranquilidad de burgueses unidos por el lazo matrimonial. Judith miraba con ojos de ternura a Zarzoso y aseguraba a Agramunt, único espectador de la escena, que jamás había amado a ningún hombre como a aquel pequeño doctor.

Ella no abandonaría su linda habitación de la calle Monge, que jamás había dejado a pesar de todos sus galanteos y en la que nunca permitió la entrada a sus amigos. Allí tendría su vestuario, sus secretos, los objetos de su intimidad, pero, aparte de esto, dormiría en el hotel de la plaza del Pantheón, comería con Zarzoso, pasearía con él, y mientras éste estuviera en las clínicas, ella se ocuparía en sus visitas y quehaceres.

Habló de seguir sirviendo de modelo para ayudar a los gastos de la nueva existencia, pero Zarzoso protestó con una energía tan rotunda, que en ella se notaba un principio de celos.

Agramunt estaba admirado. ¿Qué le había dado la gran perdida a aquel muchacho tan sensato para volverle de tal modo el juicio y convertirlo en un estúpido?

A media noche, mientras Judith, con aire de señora absoluta, se acostaba en la cama de Zarzoso, éste y Agramunt tuvieron una explicación en los pasillos del hotel.

--Pero, hombre--decía el periodista--. ¿Te parece sensato eso que haces? Yo quería que te divirtieras, que no vivieras como un topo melancólico metido entre estas paredes; pero de eso a que te líes seriamente con una mujerzuela como Judith hay una distancia inmensa. Esto que haces me repugna; no puedo ver con calma que estés tan encaprichado por una perdida que es popular en todo el barrio. ¿Has pensado bien el papel ridículo que vas a hacer? Y lo que más me indigna es que parece que estás enamorado de ese harapo. Antes, en el café, me daban ganas de reír, y al mismo tiempo sentía deseos de llorar de rabia al ver con qué energía de hombre celoso te oponías a que Judith siguiera visitando los estudios como modelo. ¡Celoso tú! ¿Celoso de una mujer que hasta ha dormido con los garzones de los hoteles?

Zarzoso parecía muy contrariado por la justa reprimenda de su amigo, pero aún tuvo energía para contestar:

--Su pasado nada importa para el presente. El que antes haya sido de todos no impedirá que ahora sea únicamente mía. Ya que estoy loco, ya que por ella me encanallo y me pierdo, quiero ser el único dueño de su cuerpo.

--¡Pero si es un pingajo que se ha tendido sobre todas las camas del barrio!

--Sí, pero es muy hermosa--contestó Zarzoso con acento que demostraba una estúpida testarudez--. Una copa de oro cincelada por Benvenuto Cellini, aunque en ella hayan puesto los labios un sinnúmero de generaciones, no por esto resulta menos hermosa.

Agramunt lanzó una sonora carcajada, y tan grande fué su acceso de risa, que sofocado y jadeante se hundía los puños en el vientre, haciendo ridículas contorsiones.

--¡Oh!... ¡famoso! ¡divino!--balbuceaba entre carcajadas--. Ya se te ha pegado algo de ella. Ya la imitas en lo de sus sentencias artísticas, y sabes de memoria sus frasecillas aprendidas en el taller.

Zarzoso mostrábase hosco y malhumorado con su amigo, y afortunadamente hizo terminar la conferencia la voz de Judith que le llamaba impaciente desde su cuarto.

Así comenzó la falsa vida marital; aquel amancebamiento repugnante y penoso que fué una mancha en la existencia del joven médico.

Este parecía más absorbido cada vez por el carácter dominador, caprichoso y fantástico de Judith.

Faltaba Zarzoso muchos días a la clínica, por estar hasta muy tarde en la cama fumando cigarrillos y disputando con Judith sobre cuestiones sin importancia; hacía una vida imbécil, que transcurría por las tardes en el Luxemburgo y por las noches en los cafés y en los bailes, y tan grande era el aislamiento a que le sometía tal amor, que muchos días sólo veía a Agramunt durante algunos minutos, cambiando con él insignificantes palabras. Parecía estorbarle la presencia del joven escritor, como si éste, mudamente, le echase en cara su envilecimiento, y en cuanto a don Esteban Alvarez, hacía ya más de dos semanas que no le había visto, tanto porque las exigencias de Judith no le dejaban un momento libre, como porque temía hallarse en presencia de aquel infeliz señor que le abrumaba con los elogios a su virtud.

Todo lo que le recordaba su pasado le avergonzaba, y cuando surgía en su memoria algún recuerdo de sus amores con María, el joven estremecíase con instintivo terror y se ruborizaba intensamente.

Judith, para atraer mejor a su nuevo amante y demostrar las ventajas del amancebamiento, dábase aires de mujer hacendosa, y al mismo tiempo que reñía al garçon del hotel porque, según ella, no hacía dignamente el arreglo del cuarto, andaba siempre a vueltas con la ropa blanca de Zarzoso, y, armada de dedal y aguja, pretendía hacer zurcidos con puntarracos disformes, que demostraban que nunca habían sido su fuerte las labores femeniles.

Justamente en el armario-espejo, que era donde estaba la ropa blanca, tenía oculta Zarzoso una cajita de laca que contenía las cartas escritas por María, y un sinnúmero de objetos insignificantes, pero queridos, que le recordaban aquella pasión terminada de tan inexplicable modo.

La cajita estaba oculta bajo un montón de ropa blanca que no parecía haber sido tocado por Judith, pero, a pesar de esto, el joven temblaba cada vez que la rubia metía sus manos revolvedoras en el armario.

Una tarde en que Zarzoso estaba solo, se resolvió a sacar de allí la cajita para ponerla en punto más seguro, como era el cajón de la mesa de escribir cuya, llave llevaba siempre consigo.

Sería para él un tormento horrible que Judith, con sus manos pecadoras, cogiera tales recuerdos de su amor y que les dirigiera alguno de aquellos chistes cínicos que constituía su repertorio gracioso, burlándose de María, de la mujer dulce y virtuosa, cuya imagen, a pesar de todos los encanallamientos, estaba en pie en lo más íntimo de su ser, como la imagen en el fondo del sagrado santuario.

El quería evitar tan terrible escena, porque si Judith, al descubrir algún día sus antiguos amores, era capaz de burlarse de la mujer amada como si se tratase de una compañera, sería posible que él, cegado por la rabia, estrangulase a su querida.

Sacó la cajita del armario, y, con temblorosa emoción, como si llevase en sus manos un objeto sagrado, la dejó sobre la mesa y permaneció mucho tiempo con los ojos fijos en la charolada tapa. ¡Qué recuerdos acudían a su memoria!

Un deseo vehemente se apoderó de él. Parecíale que dentro de aquella caja se agitaba comprimida una atmósfera de casta pasión, un ambiente de virtud; y el desgraciado sentía deseos de abrirla, como si de ella fuese a surgir un purificante Jordán en el que podría lavar las suciedades de su degradación y su encanallamiento.

Con mano trémula, e instintivamente, abrió la caja y lo primero con que tropezaron sus ojos fué con el rostro hermoso, tranquilo y feliz de María, que sonreía desde el fondo de la caja, sobre un lecho formado por el paquete de antiguas cartas.

Aquella aparición pareció romper el encanto fatal y corruptor a que estaba sometido Zarzoso desde que conoció a Judith. Esta le parecía ahora un monstruo repugnante, un amasijo de corrupción y de vicios modelado artísticamente por la experta mano del diablo, y contemplando el sereno rostro de María, dábase cuenta exacta de su situación y lloraba desconsolado como pudiera hacerlo el doctor Fausto cuando, después de dormir con Elena, la prostituta de los siglos, pensara en la dulce y sencilla Margarita.

Permaneció mucho tiempo el joven inclinado sobre aquella caja de la que parecían salir efluvios consoladores que refrescaban su espíritu angustiado. Las campanadas de los relojes de la vecina plaza le volvieron a la realidad. No tardaría en llegar Judith, y el joven se apresuró a esconder la cajita en su mesa con la misma zozobra del ladrón que teme ser sorprendido en su infame tarea.

Pero antes de ocultarla quiso apreciar por última vez, en todos sus detalles, aquel tesoro amoroso, y hundió sus dedos en la cajita.

Allí estaban sus cartas, tal como él las había atado, con una cinta de color rosa; allí el retrato de María y debajo un pañuelo de mano, que cariñosamente la había arrebatado una mañana que paseaban por el Retiro... Pero ¡Dios mío! ¡Algo faltaba allí!... ¿Qué era? ¿Qué era?... Y el pensamiento del joven, con la velocidad de un relámpago, recordó cuanto le había entregado María como prueba de amor.

¡Ah! Ya sabía lo que faltaba allí. El recuerdo de María más íntimo y más personal: un rizo de sus cabellos que le había entregado en presencia de doña Esperanza la víspera de su partida a París.

El joven lo había sacado de su cajita muchas veces en aquellas noches de insomnio y de desesperación, que le causaba el silencio de María, y recordaba cómo aquel rizo estaba envuelto en un papel finísimo, sobre el cual, la adorable mano de la joven había escrito con su correcta letra inglesa y algunas adorables faltas de ortografía: _A mi Juan: en prueba del eterno amor de su María._

Aquella falta, tan repentinamente notada, aturdió al joven, sumiéndole en una confusión enloquecedora.

Con mano ansiosa revolvió la cajita, buscó hasta en el interior del paquete de cartas, y... nada; el rizo con el papel que le envolvía no aparecía en parte alguna.

Aquel recuerdo resultaba el más querido para Zarzoso, pues era la primera y única concesión que María había hecho a su ya que a fuerza de ruegos había conseguido que la joven le diese un rizo de su cabellera. Además, ¡qué de recuerdos tenía para él esta prenda de amor!, ¡cuántas noches se había pasado besando y suspirando con aquel recuerdo de la mujer amada junto a sus labios!

En el aturdido cerebro de Zarzoso surgía un mundo de atropellados y contradictorios pensamientos.

La posibilidad de que en una de aquellas noches de desesperación amorosa hubiese dejado olvidado sobre la mesa el recuerdo de María, y a la mañana siguiente el criado del hotel lo hubiese hecho desaparecer en su indiferente limpieza, le desesperada; pero esta explicación no le parecía conveniente, y acariciaba con mayor predilección una sospecha, que poco a poco iba agrandándose en su pensamiento.

¿Si sería Judith quien, aprovechando una de sus ausencias, le arrebató aquella prenda de amor, por lo que de íntima tenía, para hacer burla después con sus amigas de aquella pura pasión? No resultaba muy verosímil esta sospecha, pues parecía que Judith no se había apercibido de la existencia de la cajita: paro por otra parte el joven desconfiaba de su querida, cuyo carácter astuto y maligno le era bien conocido.

Sí; ella debía de ser la autora de la sustracción, y Zarzoso, enfurecido por el fatal descubrimiento, se proponía interrogarla apenas se presentase, y se sentía capaz de todas las brutalidades, si es que llegaba a convencerse de la culpabilidad de su querida.

Acababa de ocultar la cajita en el cajón de su mesa, cuando entró Judith, vestida con un traje de colores llamativos y demostrando mayor descoco que de costumbre. Ya no era la muchacha hábil que sabía fingir ternura y apasionamiento; era algo más que la _cocotte_ cínica y descocada; era la loca del barrio, la muchacha excéntrica y depravada, que no tenía noción alguna de la moral, que pisoteaba las más rudimentarias conveniencias sociales, y que creía que la virtud, el amor y la decencia eran defectos que afeaban a las personas honradas y tranquilas, que ella desdeñosamente llamaba burgueses.

Zarzoso quedó frío ante aquella ruidosa entrada. Entre la Judith que él momentos antes, allá en su imaginación, se proponía interrogar y la Judith que ahora tenía delante existía una inmensa diferencia.

¿Cómo iba a hablar a aquella perdida de su antigua pasión y de unos recuerdos de amor tan sagrados? ¿Y si ella no era la autora de la sustracción, ni se había apercibido de nada, y resultaba que él la abría los ojos, facilitándole el que se burlara de su antiguo amor?

Zarzoso decidióse repentinamente a no decir nada, proponiéndose obrar con cautela, y espiaría a su querida, para de este modo convencerse de si era cierta su culpabilidad.

Además Judith le aturdió con sus palabras, pues riendo ruidosamente, comenzó a relatarle una aventura muy chistosa que le había ocurrido a una de sus amigas.

El único rastro aparente que dejó tras sí el penoso descubrimiento hecho por el joven fué la melancolía y la irascibilidad que parecían dominar a Zarzoso.

Así vivieron tres semanas más, completamente aislados hasta de Agramunt, que, según él manifestaba, no quería entrar en el cuarto de los amantes, pues al verlos le daban tentaciones de empezar a bofetadas con los dos; a él, por bruto, y a ella, por... (y aquí el republicano encajaba un calificativo tan franco como genuinamente español).

Algunas veces Agramunt, al encontrar a Zarzoso en la escalera del hotel o en el restaurante, le detenía para decirle con hostil seriedad:

--El pobre don Esteban está muy desmejorado; me pregunta por ti siempre que le veo, y yo le digo que no vas a visitarlo porque estás muy ocupado en tus clínicas. Esta mentira es lo mejor que puedo decirle al pobre señor.

Zarzoso experimentaba honda pena cada vez que le recordaban de este modo al infeliz Alvarez. ¡Pobre señor! Grande sería su decepción si llegaba a enterarse del género de vida que hacía el joven amigo, al que consideraba como un modelo de constancia amorosa y de buenas costumbres.

Conforme transcurría el tiempo, Zarzoso encontraba que iban haciéndose pesadas sus relaciones con Judith.

Había pasado ya el primer arrebato de pasión; estaba desvanecida la embriaguez artística que causaba en Zarzoso la contemplación de aquel lindo cuerpo de estatua; y en cambio la intimidad, el trato continuo y franco, ponían al descubierto la mala educación de Judith, sus groserías aprendidas en el taller y sus costumbres incoherentes y extrañas de muchacha aventurera, que con la misma indiferencia había dormido en un gabinete lujoso que en una zahurda.

La mala educación de la rubia, sus groserías a todo pasto y sus respuestas insolentes, eran motivos de continua querella entre los dos amantes, y Zarzoso sentía tal aburrimiento cuando pasaba solo con Judith algunas horas, se hartaba de tal modo de aquella atmósfera canallesca que parecía flotar en torno de ella, que acogía hasta con gusto las visitas que venían a turbar una conversación monótona, que siempre versaba sobre el mismo tema: los vestidos con _chic_ artístico, los pintores, sus bromas pesadas y toda la chismografía que se aprende en los talleres.

Como Judith, con su carácter imperioso, dominaba a su amante, y en el hotel, como en todas partes, dábase aires de señora absoluta, sus amistades femeninas iban a visitarla; y por las tardes, en aquella habitación antes tan tranquila, reuníase una alborotada tertulia de muchachuelas insignificantes, viciosas, que giraban atraídas en torno de Judith como astros menores de la sensualidad y que adoraban a ésta cual una mujer superior.

Zarzoso, el sabio, la esperanza legítima de la ciencia médica, se agarraba a aquellas chicuelas como a una tabla de salvación contra el fastidio, y conversaba con ellas horas enteras, sin notar que poco a poco se hundía en una intimidad viciosa. Aquel trato con Judith y su corte le hizo adivinar terribles monstruosidades. Sospechó de la intimidad de la rubia y sus amigas, de sus explosiones de celo y del afán con que se disputaban la predilección de la diosa adivinó cosas ocultas y asquerosas, locuras de organismos gastados y ahitos de vicio; pero cerró los ojos voluntariamente y prefirió no ver para evitarse la náusea de lo repugnante.

El joven, dominado por Judith, se agitaba como un sonámbulo en aquella atmósfera fétida; había perdido por completo su voluntad y obedecía en todo a los caprichos de su querida, sin permitirse la menor observación.

El, que al principio de su nueva vida tenía reparo y cierto rubor en acompañar a Judith por la calle, salía ahora con la mayor impasibilidad al lado de su querida y de dos o tres de aquellas amigas a las que conocía el barrio entero, y algunas de las cuales, por sus embriagueces y sus escándalos en la vía pública, habían visitado más de una vez al comisario de Policía del barrio.

Zarzoso, con su aspecto de hombre de ciencia, con aquellas gafas que le daban un aire de profesor de la Sorborna, marchaba erguido e impávido en el centro del revoltoso grupo formado por tales mujerzuelas, que dejaban tras sí una atmósfera de escándalo y de indignados comentarios.

El infeliz Zarzoso nunca llegó a apercibirse del concepto en que le tenían en el barrio y de las apreciaciones que sobre él hacían cuando en tal compañía pasaba ante alguno de los cafés del bulevar Saint-Michel.

Había quien, a pesar de su aspecto honrado, le creía un ser envilecido, que comía de las más inmundas mujeres a cambio de servirles de caballero acompañante. Agramunt, que sabía toda la verdad y conocía los comentarios del barrio, estaba furioso contra su amigo por su estúpida pasibilidad y llegaba hasta evitar su saludo.

Fué una tarde, a las siete, cuando ocurrió el encuentro que tanto temía Zarzoso.

El joven había ido a la otra orilla del Sena acompañando a Judith y a dos amigas para hacer unas compras en los almacenes del Louvre, y después habían entrado en la cervecería de La Paleta de Oro, en la calle de Rívoli, pues la rubia era muy pródiga con sus amigas, y siempre que salía las convidaba con el dinero de su amante.

Al regreso, cuando ya los reverberos de las calles estaban encendidos, subía el alegre grupo por el bulevar Saint-Michel, demostrando con sus carcajadas, sus saltos y las insolentes palabras que dirigían a los transeúntes, la fuerza alcohólica de la buena cerveza negra de Estrasburgo.

Fué cerca de la esquina del café de Cluny donde Judith, con su voz de carretero y ademanes de cargador borracho, tuvo un altercado con una mujer que pasaba y que, en su concepto, había hecho burla de ella.

La proximidad de una pareja de guardias de la Paz hizo terminar el conflicto, pero no impidió que los transeúntes se detuvieran, fijándose en el grupo que formaban las tres mujeres y Zarzoso.

Este, avergonzado por el incidente, pugnaba por llevarse a Judith, y por eso no se fijó en un hombre que acababa de salir del café y que se acercó al grupo, demostrando primero una fría curiosidad y después profundo asombro.

Era don Esteban Alvarez, que en unas cuantas semanas se había aviejado de un modo alarmante y que tenía un aspecto tal de decaimiento, que inspiraba compasión.

Al reconocer a Zarzoso en el acompañante de las tres perdidas y ver la intimidad casi desdeñosa con que éstas le trataban, el pobre enfermo experimentó una ruda impresión.

Por fortuna para el joven médico, estaba de espaldas y no pudo ver el triste gesto de dolorosa sorpresa que hizo su viejo amigo.

Cuando el grupo se alejó, Alvarez estuvo aún algunos minutos inmóvil en la acera, como si todavía no hubiese vuelto en sí después de la sorpresa experimentada.

¡Oh! ¡Qué frío sentía en el corazón! Su culpabilidad, aquella culpabilidad imaginaria con la que se atormentaba, volvía a atenacear su conciencia.

Se alejó lentamente con dirección a la calle del Sena, marchando con paso inseguro, al mismo tiempo que murmuraba:

--¡Esto me mata! Yo soy el autor del infortunio de ese joven. Queriendo acercarme a mi hija, hice sin saberlo que él fuera abandonado por su novia, y ahora ese joven bueno, sencillo y virtuoso, se ha perdido... ¡se ha perdido por mi culpa! ¡Qué terrible remordimiento!... Desesperado de reconquistar un amor puro, se ha entregado en brazos del vicio para olvidar. ¡Y yo tengo la culpa de todo! Esto me mata; hoy termina mi vida; como si lo viera. ¿Qué fatalidad arrastró a ese muchacho hasta hacerle mi amigo? ¿Qué fatalidad hay en mí que hiere a cuantos seres se me aproximan y me aman?...

FIN DEL TOMO OCTAVO

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Los errores corregidos por el transcriptor:

ininfluencia=> influencia {pg 25}

represetanción=> representación {pg 41}

Benvenutto=> Benvenuto {pg 45}

Polictécnica=> Politécnica {pg 47}

númro=> número {pg 87}

se ha hecho Titín=> se ha hecho de Titín {pg 92}

poducían=> producían {pg 99}

antigua=> aantigua {pg 111}

arrastada=> arrastrada {pg 114}

psar=> pesar {pg 115}

a a la realidad=> a la realidad {pg 122}

avengonzaba=> avergonzaba {pg 126}

enconfianza=> confianza {pg 127}

ganar=> ganas {pg 128}

Soborna=> Sorborna {pg 134}

Benvenutto=> Benvenuto {pg 45}

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