Part 11
Los elegantes lobos del Hipódromo, entre el montón de carne gastada del grupo de figurantas, habían olido la carne fresca, la virginidad bravía y, al mismo tiempo, maliciosa de aquel gracioso diablejo de rubia cabellera, y la subasta se acaloraba; los postores empeñábanse en una batalla en que los ofrecimientos subían rápidamente empujados por la competencia, hasta que, por fin, una noche, después de una cena en la Maison Doré, en que el champaña corrió a torrentes, Judith cayó en brazos de un conde ruso millonario y gastado.
Ya no volvió más al Hipódromo; tuvo un piso en la calzada de Antín, con la servidumbre correspondiente; pero al mes se aburría en aquel gabinete acolchado y mono como una bombonera, y una tarde se fué al Barrio Latino, para no volver a salir más de él. Allí estaba en su elemento. Iba a empujones con la juventud vigorosa, brutal e insaciable que no retrocedía ante las más estrambóticas locuras, y, además, en aquella atmósfera de continua crápula al aire libre se encontraba algo del ambiente científico y artístico que traía consigo la juventud escolar, y que agradaba mucho a la imaginación ardiente de Judith y a su inteligencia, de una precocidad asombrosa.
En aquel barrio, haciendo locuras en la calle, rompiendo servicios en los cafés y siendo conducida casi todas las semanas a los cuartelillos de la policía, por haberse mezclado, a puñetazo limpio, en las peleas de los estudiantes, Judith fué bien pronto célebre, gozando de una popularidad que la convertía en la primera mujer del barrio, y que hizo que en varias ocasiones de jarana estudiantil, la muchedumbre escolar la llevase en triunfo sobre sus hombros por el bulevar Saint-Michel.
Al mismo tiempo que de tal modo labraba su reputación tormentosa en el barrio, adquiría una ilustración tan incoherente como enciclopédica, oyéndosela hablar de los misterios más recónditos de una ciencia, al mismo tiempo que daba a entender que desconocía lo más rudimentario y vulgar de ella. Contábase que cuando cualquiera de sus amantes permanecía en casa estudiando, por hallarse próxima la época de los exámenes, ella le acompañaba, entreteniéndose con gran ahinco en la lectura de los libros de texto, que muchas veces no entendía.
A fuerza de acostarse con los estudiantes de Derecho, hablaba de Justiniano y Papiniano con la misma franqueza que si se tratara de algunos señores que la habían convidado a un bock en el café Vachette; de los estudiantes de Medicina había sacado un incompleto conocimiento del cuerpo humano que la autorizaba a hablar con tono doctoral sobre las más difíciles enfermedades; mezclaba en su conversación citas históricas, problemas matemáticos y términos de ingeniería; pero su afición predominante, su cuerda sensible, su capricho de todas horas, eran los artistas, el arte y aquella _Ecole de Beaux-Arts_, de la que hablaba con respetuosa admiración.
En este centro de enseñanza, donde acudían los pintores y escultores del porvenir, Judith era popular; pues no había uno solo de aquellos muchachos melenudos y audaces que no tuviera derecho a su intimidad.
Desde el principio de su estancia en el barrio, la habían enamorado los alumnos de Bellas Artes por su existencia aventurera y su carácter extravagante, que tanto armonizaba con el suyo, y esta continua intimidad con pintores y escultores, la había llegado insensiblemente a convertirse en modelo, profesión que, aunque incómoda, le gustaba, pues era como un homenaje tributado a su cuerpo, que ella misma tanto idolatraba. Además, necesitaba los quince francos que le daban por sesión, pues una de las rarezas más notables de aquella mujer tan extraordinaria era no admitir de sus amantes otra cosa que el cuarto y la comida.
Recibía como una ofensa el dinero de sus amigos, pues ella se entregaba siempre por amor, y miraba con mayor simpatía a los más pobres entre sus allegados.
Sus caprichos de mujer histérica hacían furor en el barrio.
En una ocasión se enamoró de la antigua estatua del Gladiador que existe en el jardín del Luxemburgo, y pasaba las horas enteras sentada ante ella, contemplando con mirada extraviada por el deseo la potente y armoniosa musculatura.
Un día en casa de un ropavejero se encontró una hermosa copia en yeso de la célebre estatua, la compró por treinta francos, y la metió en su cama, pasando la noche entre espantosas convulsiones y rugidos, que asustaron a los vecinos e hicieron que al día siguiente los amigos de Judith rompiesen a patadas el insensible cuerpo del infeliz Gladiador.
Aquella brutal afición al arte, aquella adoración al desnudo y a las correctas y armoniosas líneas del cuerpo humano, fueron siempre la perdición de Judith. Pasaba indiferente de unos brazos a otros, sin llegar a preguntarse nunca si estaba realmente enamorada de alguno; se entregaba a todos, porque esto le daba ocasión para lucir la esplendidez de su cuerpo, para enorgullecerse con la admiración que inspiraba y los elogios que la dirigían, y justamente por esto prefería a los pintores, que eran los que mejor sabían apreciar las ondulantes líneas de sus formas.
Rodando de estudio en estudio, conoció al _signor Luigi_, modelo italiano, avariento, villano y rufián, que se hacía pagar muy bien las sesiones en que mostraba ante el artista su musculatura, que parecía modelada sobre una de las estatuas sublimes de la Grecia clásica.
Aquel bandido napolitano, con su pelo a la romana y su sombrerito calabrés graciosamente abollado, a pesar de que gozaba fama de corresponder a la pasión de las mujeres sacándoles el dinero y golpeándolas, fué quien logró interesar el corazón de Judith, que se fué a vivir con él, y le perseguía agitada por celos furiosos, recibiendo todos sus desdenes y sus injurias brutales con la pasividad que el esclavo demuestra ante el señor absoluto.
La misma mujer, que de vez en cuando, al sentirse aburrida por las agitaciones del Barrio Latino, pasaba al otro lado del Sena para distraerse con la vida elegante, y era la querida desdeñosa de millonarios y altos personajes, tenía su corazón a merced de un tipo despreciable, que con sus golpes, sus latrocinios y sus desprecios, vengaba sin saberlo los disgustos que Judith causaba a sus adoradores más distinguidos.
Transcurría a veces un año sin que la joven volviera a juntarse con el modelo italiano, pero siempre le amaba y le buscaba, solicitándolo con aquella loca pasión de la forma artística que en ella era ya una manía. Acogía los desdenes de Luigi con una resignación sin límites; una mirada benévola de él la hacía sonreír, y la menor de sus palabras era para ella como una orden imperiosa.
Agramunt, después de relatar estos amores de Judith con el italiano, se reconocía ya impotente para reseñar lo restante de su vida.
--Mira, chico--decía a Zarzoso--. Yo creo que ni ella misma sabe el número de amantes que ha tenido en esta vida. Muchos la han poseído sin que ella, en la loca prodigalidad de su cuerpo, llegara a apercibirse. Yo mismo la tuve en mis brazos después de una noche en que paseamos por el barrio con el estruendo propio de una tempestad, y de seguro que si se lo pregunto dirá que no se acuerda de nada. Ha tenido amores creo que en todos los distritos de París, y lo más notable, lo sorprendente es que, no obstante siete años de una vida tan agitada y de continuas caricias, su cuerpo está tan fresco como cuando era _ecuyère_ en el Hipódromo; sus formas artísticas de Venus clásica, consérvanse intactas a pesar de la continua caricia del vicio, y no parece sino que ese cuerpo de juventud milagrosamente eterna ha sido bañado en la Estigia para permanecer insensible a las injurias del tiempo y a los contagios de la crápula... ¡Ah, querido!--continuó Agramunt--; si ese perro que está ahí sentado con la gravedad de un senador pudiera hablar, de seguro que nos contaría cosas muy lindas.
Zarzoso escuchaba con atención aquella historia aventurera que le relataba su amigo, y experimentaba tan pronto una impresión de asombro como de asco.
¡Vaya un pingajo la tal Judith, que pasaba de mano en mano, como un objeto de risa, a lo largo de una cadena de hombres que se perdía en el infinito!
Pero al mismo tiempo causábale cierta impresión atractiva aquella existencia bohemia, y especialmente la extraña dignidad que la obligaba a no recibir dinero de sus amantes.
A pesar de todo esto, Zarzoso no parecía sentir la admiración que demostraba Agramunt al hablar de aquella aventurera.
El la tenía por un tipo algo interesante, por una mujer estrambótica, que únicamente podía vivir tranquila en medio de las locuras del Barrio Latino, pero cuya amistad debía evitarse por toda persona seria que deseara entregarse al estudio.
El tenía ya formado su plan para aquella noche. Permanecería con Agramunt y Judith hasta media hora después, que era cuando comenzaba el baile, y entonces los dejaría, yéndose tranquilamente a su casa para entregarse a la lectura de un libro recién publicado.
¡Bien estaría que él pasase la noche haciendo locuras, justamente cuando estaba furioso por aquel silencio incomprensible que guardaba María! No quería exponerse otra vez a la molesta atención de todos, paseando con Judith del brazo por el bulevar Saint-Michel.
Zarzoso reflexionaba, y Agramunt entreteníase en hacer cosquillas a _Nemo_ para obligarle a gruñir, cuando en la puerta del café apareció la ondulante capa de seda y la suelta cabellera de Judith, provocando un nuevo movimiento de curiosidad en los encandalizados parroquianos y furibundas miradas en la empleada que ocupaba el mostrador.
A las diez salieron del café, Judith en medio de los dos amigos, y el perro abriendo la marcha.
Zarzoso estaba decidido a despedirse así que llegasen a la esquina de la calle de Souflot y mientras tanto, marchando a paso lento, escuchaba a la rubia, que con entonación juiciosa y aire tranquilo, hablaba de las grandezas del arte, de los pintores Carolus Durán y Bonnat, del escultor Falguieres y de otras eminencias del arte, a los que conocía por su oficio de modelo.
Al llegar frente a la calle que conducía a la plaza del Pantheón, Zarzoso intentó despedirse, provocando con esto un estallido de protestas en sus dos acompañantes.
--¿Eh? ¿Qué es esto?--le dijo Agramunt en español--. ¿Quieres burlarte de nosotros? ¿Te parece que podemos consentir que vayas a aburrirte al hotel, mientras nosotros nos divertimos? Vente a Bullier. Me parece que este encuentro que hemos tenido bien vale la pena de que hagas este sacrificio.
Judith intervino con la mayor finura:
--Caballero, sea usted amable, y acceda a los deseos de su amigo; acompáñenos usted, yo se lo ruego.
Y al decir esto ponía su manecita enguantada en un hombro de Zarzoso, y se acercaba tanto a él, que le rozaba el chaleco con su pecho recto, firme y turgente, que no llevaba encerrado en las ballenas del corsé, pues ella, satisfecha de su belleza, no usaba nunca esta prenda, por estar convencida de que deformaba su cuerpo.
Zarzoso se estremeció de pies a cabeza con aquel contacto; pero a pesar de esto, volvió a negarse a ir al baile.
--Pues al menos--dijo la joven--, ya que es usted tan testarudo que no quiere entrar en Bullier, acompáñenos hasta la puerta y allí le dejaremos. Vamos; en marcha.
Y enlazando su brazo con el del médico, le empujó con una rudeza que demostraba la fuerza de un antigua _ecuyère_.
Zarzoso se dejó llevar por Judith, andando ambos con lento paso, mientras que Agramunt iba delante, echando ojeadas a todas las muchachas que paseaban solas, con el deseo de formar una pareja que armonizase con la que marchaba detrás de él.
El escritor no se había ilusionado aquella noche acerca de Judith.
Adivinaba que ésta sentía cierto interés por Zarzoso, y él se proponía dejar el campo libre. Le halagaba la idea de que su amigo, a pesar de toda su gravedad, fuese también de los que aquella muchacha arrastrase en su torbellino. ¡Tendría gracia ver a un chico tan preocupado por el silencio que guardaba su novia de Madrid, enamorarse de aquella carne milagrosamente intacta, a pesar del tiempo y del continuo roce y que ningún hombre podía mirar sin sentirse brutalmente atraído!
El no haría nada por su parte, para que Zarzoso cayera en la tentación; pero... ¡allá él! si es que era débil y la caprichosa Judith tenía deseo de saber cómo resultaba en la intimidad un muchacho austero, casi virgen, dedicado por completo al estudio, con rostro de persona grave y gafas de sabio.
Cuando llegaron a la terminación de la avenida del Observatorio, vieron que la concurrencia en el bulevar iba engrosando, y que todos marchaban en la misma dirección.
Al volver un ángulo, apareció Bullier, con su fachada árabe alumbrada por hileras de llameante gas, encerrado en vasos de colores que afectaban la forma de flores exóticas.
Los carruajes de alquiler, llegando en veloz carrera, deteníanse ante el dentado arco de la puerta, donde la policía iba de un lado a otro para impedir la aglomeración de gente. Una turba de ramilleteras y de pequeños vendedores de toda clase de artículos pululaban en torno de la estatua del bravo mariscal Ney, deteniendo a los transeúntes para ofrecer su género.
Zarzoso, al verse junto a la puerta del baile y confundido ya entre la multitud que pugnaba por entrar, hizo un movimiento de retroceso, e intentó desasir su brazo del de Judith, interrumpiendo a ésta en lo mejor de su conversación seria y elevada sobre el arte.
--¡Cómo! ¿Se va usted?
--Sí, señorita. Sólo he prometido acompañarla hasta el baile y ahora permítame que me retire.
--¡Qué desgraciada soy!--murmuró la rubia--. A mí me gusta mucho el conversar con un señor serio e instruído como usted lo es, y a usted por lo visto no le resulta muy simpático mi trato.
Zarzoso se hacía el sordo y miraba a todas partes, buscando con los ojos a Agramunt, pero no lograba verlo entre aquella multitud. Sin duda, el escritor, para complicar más la situación de su amigo, se había escabullido voluntariamente.
--¿Pero dónde estará ese pillo?--murmuraba Zarzoso.
--¡Oh! Adivino la causa de su desaparición. Sin duda habrá encontrado alguna antigua amiga, y confiando en que usted me servirá de caballero esta noche, nos ha dejado plantados. Esto está muy mal hecho, sí, señor, muy mal hecho; es dejar a una mujer en un compromiso que avergüenza. ¿Cómo voy a entrar en el baile, sola, con aspecto de abandonada y sin un amigo que me dé el brazo?
Lanzó la joven una mirada, de aquellas que se habían hecho célebres en el barrio por su voluptuosidad irresistible, y con acento mimoso de niña mal criada, murmuró junto a su oído:
--¡Ah! ¡Si usted fuese tan amable que se prestara a ser mi caballero, aunque sólo fuera para entrar en el salón!... ¡Si llegase su condescendencia hasta ese punto!
Zarzoso intentó resistirse, pero aquel diablejo dorado, que parecía adivinar el punto vulnerable en su armadura de castidad, suplicándole con los ojos, se rozaba marrulleramente contra el chaleco del joven, y éste, al sentir el contacto de aquellos pechos duros y vírgenes, iba debilitando su tenaz negativa.
Le pareció que Judith le miraba con cierto desprecio, como si se hallara en presencia de un tacaño, que por no gastar dinero se negaba a acompañarla. Esto dió al traste con toda su austeridad, ¡Qué diablo! El no era ninguna doncellita pudorosa que por entrar en Bullier perdería su prestigio virtuoso, y, además, bien podía meterse llevando una mujer del brazo, pues otros lo hacían valiendo tanto como él.
Estaba decidido; adentro, pues: al fin y al cabo, aquella noche de loca diversión le serviría para olvidar el silencio de su novia, que tan apenado le tenía.
Remolcando a Judith, la cual, por su parte, se abría paso con sus puños de acero, atravesando la muchedumbre que se agolpaba en el despacho de billetes y en el guardarropa, bajaron la ancha escalinata que conducía al gigantesco salón del baile.
La bulliciosa juventud del barrio se había posesionado de aquel encerado pavimento, obligando a refugiarse en las tribunas a gran parte del elemento elegante y correcto que había venido de la otra orilla del Sena.
Lo que se había anunciado como una fiesta _chic_, a la que concurrían los elegantes del centro de París y las princesas de los grandes bulevares, iba a terminar en una fiesta de estudiantes con todas sus locuras y sus grotescos desvaríos.
El salón de baile, al entrar Zarzoso, presentaba un aspecto grotesco y casi infernal. Aquello era un sábado de la Edad Media, con sus danzas diabólicas y su música discordante. La orquesta sólo tocaba cuadrillas, con gran acompañamiento de timbales y platillos, y un inmenso pataleo conmovía el pavimento y hacía trepidar el techo, hasta el punto de que oscilasen los faros de luz eléctrica.
La danza macabra resultaba tranquila, en comparación con la de aquella masa de estudiantes y muchachas, que se agitaban con el deseo de producir un escándalo mayúsculo que espantase a las gentes correctas del otro lado de París, que habían acudido a invadir el barrio. Bailaban sin ajustarse a reglas de ninguna clase. Hombres y mujeres se agarraban del brazo, y formando corro, pateaban como locos y echaban las piernas al aire, hasta que por fin llegaba el _monomio_, nombre que los estudiantes dan a la serpenteante filia que forman agarrándose unos a otros de los hombros, y con sus vertiginosas evoluciones barría el salón hasta en sus últimos extremos, arrojando al suelo a los danzarines.
Zarzoso se detuvo indeciso al pie de la escalinata, mirando con cierta inquietud aquel ruidoso aquelarre, mientras que Judith sonreía encantada por aquel desorden para ella embriagador, y dilataba ansiosamente las alillas de su nariz aspirando placenteramente la pesada atmósfera que levantaba el gigantesco pataleo.
A pesar de esto no tardó en sentir alguna inquietud al ver que muchos de aquellos alborotadores fijaban en ella su mirada de antiguos amigos; y deseosa de no ser arrastrada por el bullicioso torrente, y para evitar una ovación de aquella masa, que la desconceptuaría a los ojos de Zarzoso, le dijo a éste:
--Vamos a las tribunas. Esos locos me conocen, y si me ven son capaces de cometer una tontería.
Ya eran varias las muchachas que sobresalían en aquel mar de cabezas, y que pasaban de hombro en hombro, empujadas por rudas manos, entre ruidosas carcajadas y mostrando en el aire desnudeces que provocaban comentarios cínicos. Zarzoso reconoció también en el tumulto el blanco chambergo y las melenas de Agramunt, que en aquel oleaje de cabezas iba de un punto a otro. El escándalo y el estruendo eran los elementos favoritos de aquel mala cabeza.
Judith y Zarzoso ocuparon un volador en una de las tribunas, y bebiendo cerveza tranquilamente vieron cómo entraba un pelotón de Guardia republicana, llamado por los inspectores del baile, que se reconocían impotentes para restablecer el orden.
Los alborotadores fueron expulsados, disolvióse el tempestuoso grupo, y media hora después se había restablecido la calma y bajaban a danzar o a pasarse sobre el encerado pavimento las _cocottes_ del barrio de Europa o del de Nuestra Señora de Loreto, con los gomosos flamantes, de camelia en el ojal y monóculo en el ojo.
El joven médico bajó también llevando del brazo a su compañera.
La atmósfera voluptuosa del baile se había apoderado de Zarzoso, que estaba completamente aturdido, hasta el punto de no pensar en nada. Judith le hablaba al oído, mareándole con su perfume y diciéndole cosas picantes que le hacían sonreír con expresión de estúpida bondad, y por otra parte, aquella orquesta ruidosa, infernal, atronadora, tocando siempre aires canallescos, le atontaba y producía en su cuerpo un deseo de movimiento, de agitación y de escándalo.
Dos horas pasaron vagando por aquel salón, que parecía un mundo.
A instigación de Judith paráronse ante todos los puestos de venta de champaña, donde unas cuantas _cocottes_ retiradas despachaban sus botellas a fuerza de sonrisas, de miradas y de besos, y en cada una de las mesillas apuraron unas cuantas copas de ese vino enloquecedor, suave y fantástico que es el principal adorno del vicio.
Zarzoso estaba alegre a los pocos paseos por el salón; Judith reía a carcajadas como una loca, y únicamente conservaba su serenidad para evitar las miradas y los saludos de los muchos amigos que tenía en el baile.
Preludió la orquesta un vals de Metra, de esos que hacen que los pies se muevan instintivamente, y Zarzoso no supo cómo pasó aquello, pero lo cierto fué que él, que no había bailado nunca, se encontró de repente dando vertiginosas vueltas sobre aquel resbaladizo pavimento y llevando cogida por la cintura a Judith, que era la que, más diestra en la danza, le remolcaba a él.
El joven pensaba, a pesar de las espesas sombras que comenzaban a envolver su cerebro, en que Bullier era un punto bastante divertido y que había sido antes un imbécil al negarse a entrar con tanta tenacidad.
Tenía entre sus brazos aquel cuerpo joven, fresco y erguido que esparcía en torno el ambiente propio de la hermosura, y a pesar de que el champaña embotaba algo sus sentidos, estremecíase al contacto de aquella cintura cimbreante y libre de ballenas que abarcaba con su brazo, y aquella carne que aplastaba su dureza elástica sobre su chaleco.
Dieron vueltas vertiginosas mientras duró el vals, sin fijarse en que Agramunt, ocultándose tras las columnas, y esquivando su encuentro, reía ruidosamente con la estúpida carcajada de la embriaguez de vino y escándalo, al ver a su amigo el doctor, siempre tan grave y austero, dando vueltas como una peonza, arrastrado por los forzudos brazos de Judith.
Esta sentíase acometida de todos los caprichos, y llevaba tras sí a Zarzoso, que, mareado por el champaña y por el contacto de aquella carne, que a tanta gente había enloquecido, la obedecía como un colegial.
Al terminar el vals la rubia compró cuantas chucherías se vendían en el baile, jugó en el billar romano y en cuantos aparatos se habían colocado en el salón para arrancar el dinero a los concurrentes, y Zarzoso a cada punto tenía que sacar su portamonedas, sosteniendo verdaderas batallas con Judith, que ya le tuteaba y se empeñaba en pagar ella misma, siempre fiel a su decisión de no tomar el dinero de sus amantes.
La orquesta preludió la última cuadrilla del baile, que es siempre la más tempestuosa, y Zarzoso, llevando agarrada de la cintura a su compañera, colocóse en un corro, en el centro del cual iban a bailar las cuatro cancanistas más famosas en la opuesta orilla del Sena. Eran muchachas de aspecto agranujado, que parecían conservar aún en sus personas el ambiente de los mercados o de las porterías donde habían pasado su niñez, pero que se presentaban con costosos sombreros, cubiertas de seda y haciendo centellear a cada uno de sus movimientos el irisado reflejo de numerosos brillantes.
Nunca había visto Zarzoso bailar la cuadrilla con tanto cinismo, con tan tranquila desvergüenza. A los pocos compases, de entre las blancas nubes de almidonadas enaguas, surgían las veloces pantorrillas cubiertas con medias negras, cuya seda marcaba el suave y abultado contorno de los músculos de las bailarinas; pero aquello fué sólo d preludio, pues conforme la atropellada música aumentaba en viveza, extremábanse las actitudes del baile, haciéndose más cínicos y descocados los movimientos, y las faldas, moviéndose de un lado para otro, arremolinándose como el empuje del torbellino de aquella tempestad musical, dejaban al descubierto los pantalones de encaje de traidora sutilidad, mil veces más inmoral que el franco desnudo, pues aumentaban la excitación y el deseo con la rosada carne que transparentaban y las sombras que dejaban entrever.