La araña negra, t. 5/9

Part 5

Chapter 53,995 wordsPublic domain

--Los conozco; pero también estoy a cubierto de ellos. Llevo siempre un revólver conmigo; en adelante seré más astuto y prudente, pensando siempre que al menor descuido puede alcanzarme el puñal de algunos de los muchos brazos que dirige el padre Claudio; y por si, a pesar de todo esto, caigo víctima del furor de vuestra paternidad, he tenido la buena idea, antes de venir aquí, de escribir un documento, que está ya en lugar seguro, y que se publicaría después de mi muerte, en el cual señalo a quién debe hacerse responsable de mi desgracia, y relato ciertos secretillos en los que yo he mediado como simple instrumento, y que ni a usted ni a la Orden convienen que se hagan públicos.

Y Quirós miró con aire triunfante al jesuíta, que murmuraba:

--¡Canalla! ¡Canalla!

Quedaron silenciosos maestro y discípulo.

El padre Claudio deseaba variar el tema de la conversación, y por esto preguntó a Quirós, tras un largo silencio:

--¿Y quién avisó al capitán Alvarez del peligro que le amenazaba?

--Fuí yo.

--¿Y por qué? ¿Cómo se atrevió usted a sacrificar la recompensa del Gobierno, que tanto ambicionaba?

--Me interesaba espantar al milano para apoderarme de la paloma, y por esto fuí tan generoso con el capitán Alvarez.

--El registro que anoche efectuó en aquella casa la autoridad, resultó infructuoso. No se encontró nada comprometedor, y, por tanto, el Gobierno sólo puede agradecer a usted una falsa delación.

--Nada me importa el premio que pudiera darme el Gobierno. ¡Valiente recompensa! ¡Un ascenso en la carrera! Yo pico más alto, reverendo padre. Ahora aspiro a hacerme millonario por medio del matrimonio, y lo lograré, aunque usted crea lo contrario. Además, a la hora que quiera, lograré que el Gobierno agradezca mis servicios. Tengo en mi poder los papeles del capitán Alvarez, y cuando lo juzgue pertinente podré entregarlos al Gobierno, exigiendo la consabida recompensa.

--Cuidado, Quirós. Juega usted con el fuego, y se expone a que el Gobierno, conociendo esa conducta extraña, lo considere a usted como complicado en la conspiración.

--¡Bah! Aunque usted me niegue su protección, no por esto carezco de buenos y poderosos amigos, que sabrán defenderme. Mire usted qué pronto he encontrado esta mañana un duque que saliera fiador por mi persona, pidiendo al gobernador de Madrid que me dejara en libertad. Además, puedo acreditar mi adhesión inquebrantable a las instituciones.

--Todos sus hábiles preparativos no lograrán oscurecer la verdad y que triunfe ese error, tan diabólicamente combinado. Queda aún otra persona, que puede acreditar quién fué el verdadero raptor de Enriqueta, y es esa testaruda aragonesa, antigua ama de llaves de casa de Baselga.

--Esa no hablará, reverendo padre. Si dijera la verdad, sería indirectamente a usted y a la baronesa, y ella, con tal de no dar gusto a ustedes, a quienes odia con toda su alma, es capaz de coserse la boca. Piense usted, reverendo padre, que ella, según yo creo, ha venido a Madrid alarmada por lo ocurrido al conde de Baselga, y como de antiguo le tiene cierta inquina a la Orden, nada tendría de extraño que, después de declarar ante los Tribunales en mi asunto, y puesta ya a hablar, promoviera un escándalo, manifestando la mucha intervención que la Compañía, o más bien dicho, usted, ha tenido en los asuntos de aquella casa.

El padre Claudio perdía terreno ante aquel discípulo rebelado, y veía arrollados todos los obstáculos con que procuraba atemorizarlo. Reconocía en él facultades que hasta entonces no había adivinado, y se lamentaba de no haber sabido emplearlo en asuntos de gran importancia para la Orden. Casi se reconocía vencido, pero su orgullo y la necesidad de sostener sus planes que estaban próximos a zozobrar, por la audacia de aquel aventurero, le obligaban a permanecer altivo, negándose a toda transacción.

No; él no concedería ninguna protección al que tan insolentemente se rebelaba, antes al contrario, le haría una guerra ruda, en la cual no tardaría el desgraciado en pedir clemencia.

--Hace usted mal, reverendo padre--dijo Quirós--en ser tan inexorable conmigo. ¡Qué gran discípulo va usted a perder! Juntos podríamos hacer muy grandes cosas, y combatiéndonos resultará al fin que nos devoraremos recíprocamente, como el gato y el ratón de la fábula. ¡Y a la verdad!, no sé por qué me ha de tratar usted con tanta rudeza. Reconozco que he sido un mal discípulo, un miembro rebelde de la Compañía trabajando por mi propia cuenta y sin la autorización de usted; pero... ¡qué diablo!, algún día había yo de emanciparme de esa tutela en que usted me tenía y que resultaba odiosa. Hombres como yo, que se sienten con fuerzas para llegar sin descanso a la cumbre, no pueden sufrir que un superior les vaya marcando a palmos lo que deben avanzar. He visto una ocasión propicia para coger de los pelos a la fortuna, y la he aprovechado. He aquí mi crimen. Usted, en mi lugar, hubiese hecho lo mismo.

--Quirós, no se esfuerce usted. Es imposible que yo transija con esa superchería inventada por usted.

--No transigirá porque es contra sus negocios.

--Mi conciencia me impide aceptar como buena una falsedad tan censurable.

--No es su conciencia, sino su deseo de coger los millones de Enriqueta, esos millones que yo también busco.

--Joaquinito, es usted un insolente; pero, a pesar de todo su cinismo, no saldrá usted triunfante. Enriqueta se negará siempre a ser su esposa.

--Tal vez me pidan que lo sea la baronesa y usted dentro de poco tiempo; y hasta, si usted mucho me apura, la misma Enriqueta.

--¿Cuenta usted con algún mágico talismán para operar tal prodigio?

--No se burle usted, padre Claudio. Cuento con un suceso que tal vez ocurra dentro de pocos meses, y que hará llegar el escándalo a su período álgido.

El jesuíta calló, y por algunos momentos pareció entregado a la reflexión. Quirós seguía en pie, pues el jesuíta no le había invitado a sentarse, y sonreía, mirando a su superior, como si gozara al verle tan mortificado por sus palabras.

--Joaquinito--dijo el padre, saliendo de su meditación--, usted ha dicho que la antigua ama de llaves está indignada contra la baronesa y contra mí, y que se propone declarar cosas en perjuicio de nuestra Orden.

--Así es, reverendo padre. Ella misma me lo ha dicho.

El joven mentía, pues en la noche anterior sólo había cruzado breves palabras con Tomasa; pero de algunas de éstas había sacado la consecuencia de que la vieja veía en aquella continua serie de desgracias la mano de los jesuítas, y, además, conocía él el odio que profesaba a la baronesa.

--Usted, querido Quirós--continuó el padre Claudio--, aunque en estos momentos se halle frente a mí, no por esto debe mirar con indiferencia la honra y el prestigio de la Orden, que tanto le ha protegido, y de la que es hermano laico hace mucho tiempo.

Quirós hizo una señal de asentimiento. Le agradaba el tono de dulzura que tomaba la voz del padre Claudio, y, más aún, que le llamase "querido". Aquello hacía ya esperar una reconciliación.

--Celebro mucho--continuó el jesuíta--que usted esté dispuesto, como siempre, a ayudar a la Orden. Esta necesita librarse cautelosamente de esa vieja aragonesa, que puede comprometerla con sus declaraciones. Nada puede probar contra nosotros, pero seguramente hablará de ciertas indiscreciones que el ya difunto padre Renard cometió en cierto negocio con los Avellanedas, o sea con el abuelo y la madre de Enriqueta, y aunque sus palabras no producirían resultado, siempre conviene evitar el escándalo. Esta mañana, Tomasa, que no se separa de la cama de su señorita desde que ésta, enferma y avergonzada, llegó del Gobierno civil, ha tenido una disputa con la baronesa, y a gritos nos ha amenazado a ella y a mí, diciendo que somos los asesinos del conde de Baselga. ¡Vea usted qué lenguas tan pecadoras hay en el mundo! ¡Que Dios perdone a la infeliz tan infernal pensamiento!

--Así sea--contestó Quirós, conteniendo a duras penas una sonrisa sarcástica.

--La pobre Fernanda está indignada contra la insolente vieja, y me ha llamado para rogarme que la libre de tal energúmeno. A mí me sobran medios para alejarla y castigar su procacidad, pero no quiero valerme para ello del poder de la Compañía, y deseo que sea otro, usted, por ejemplo, el que se encargue de tal misión.

--Mándeme usted cuanto guste. Con tal de que vuestra paternidad me devuelva su afecto, soy capaz de todo.

--Ya hablaremos de esto último más adelante. Por ahora, lo que importa es librarse de esa vieja. Hace un rato, ha dicho usted que poseía los papeles de la conspiración perseguida, y esto me ha sugerido una idea. ¿No podríamos hacer que esos documentos los encontrase la Policía en poder de Tomasa? Esto sería suficiente para que nos libráramos de esa importuna, que iría a dar con su cuerpo en la galera de Alcalá.

Quirós quedó sorprendido por esta idea... ¡No habérsele ocurrido a él! Rápidamente la apreció en todo su valor, y la tuvo por la más favorable a sus planes. Librándose de la pobre vieja por tan villano procedimiento, suprimía la única persona que podía acreditar con datos quién era el verdadero amante de Enriqueta, y que era capaz de desbaratar su negocio. Esta consideración, más aún que el deseo de congraciarse con el padre Claudio, fué lo que decidió a Quirós a aceptar la idea.

--Estoy conforme, padre Claudio; prestaré ese servicio, y no es necesario devanarse los sesos buscando el medio de que los papeles de Alvarez aparezcan en poder de la vieja. La verdad es que ella los tiene en su poder y que los oculta en el pecho.

--¡Oh, magnífico!--exclamó el padre Claudio--. Entonces sólo falta que repita usted su delación de ayer, señalando a Tomasa como un agente secundario de la conspiración, que se encargaba de llevar los documentos y avisos de un revolucionario a otro. La Policía irá a prenderla a casa de la baronesa, la registrarán, y después ya me encargaré yo de que la castiguen con mano fuerte. No pierda usted tiempo; haga la delación inmediatamente, y evitemos que esa mujer siga por más tiempo dando escándalo e insultando a nuestra Orden.

--Obedezco inmediatamente a vuestra paternidad--dijo Quirós, disponiéndose a salir--. Pero antes quisiera saber si quedamos amigos o enemigos.

--Vaya usted; cumpla lo que le he dicho, y de su negocio ya hablaremos más adelante.

Quirós adoptó una entonación zalamera:

--Vamos, padrecito; una palabra nada más, y me voy. ¿Puedo contar con su afecto y su protección?

--Veremos; ya se hablará de ello.

--Pero, ¿qué inconveniente tiene usted en transigir? Es verdad que yo puedo hacerme dueño de los millones de Enriqueta, pero siempre me tendrá a sus órdenes; y un agente rico y poderoso vale más que un pelagatos como hoy soy yo. Además--añadió el joven guiñando un ojo--, siempre le quedan a usted los millones de Ricardito, mi futuro cuñado, a quien usted trabaja hábilmente para enfardarlo en la sotana de la Compañía.

El padre Claudio sonrió forzadamente, murmurando:

--¡Pero qué gracioso es este canalla!

--Honro a mi maestro.

Y Quirós, después de decir esto, haciendo una reverencia, salió del despacho.

--¡Anda, pillete insolente!--murmuró el padre Claudio, al quedarse solo--. ¡No tendrás tú mala protección! Bien has urdido la trama, pero yo buscaré el medio de anularte.

Quirós también murmuraba al salir de aquella casa:

--¡Rabia, perro ladrón! ¡Serpiente despellejada! Te sirvo porque me conviene eso mismo que me encargas. Estás fresco si crees que me fío de tus medias palabras... ¡Veremos! ¡Veremos!... Siempre veremos... Lo que tú verás es cómo yo me enriquezco, terminando mi negocio, a pesar de cuanto contra mi hagas.

QUINTA PARTE

LA SEÑORA DE QUIRÓS

I

Propaganda jesuítica

En marzo de 1866, una de las notabilidades más de moda en Madrid, era un reverendo padre jesuíta, que en las principales iglesias predicaba sermones conmovedores, tomando por tema la aflictiva situación en que se hallaba el Papa, y fustigando de paso con mano fuerte el espíritu del siglo, que se alejaba rápidamente de la benéfica sombra de la Iglesia, para arrojarse en el torrente de impiedad revolucionaria que inundaba al mundo.

Sus sermones valían tanto como las óperas del teatro Real, y si para la alta sociedad era un sacrilegio no haber oído al tenor Tamberlick, no se creía menos censurable ser mujer a la moda, buena cristiana y amiga de las santas tradiciones, sin haber ido nunca a escuchar la ardiente palabra de aquel buen padre jesuíta, que sabía ensartar los más manoseados lugares comunes, poniendo los ojos en blanco y empleando todas las rebuscadas artes de un actor afeminado y dulzón.

La iglesia donde el jesuíta dejaba oir su voz dos veces por semana, veíase completamente llena desde algunas horas antes de la anunciada para las conferencias, que tal título daba el buen jesuíta a sus sermones.

El elocuente padre Luis vió, desde su primer discurso, acrecentarse rápidamente su fama oratoria, gracias al reclamo hábil que hacía fijarse en su persona la atención pública.

Era la mano del padre Claudio quien movía aquella máquina que hacía caer sobre la persona del orador de la Orden una lluvia de aplausos y gloria. Había que batir a la revolución, que se mostraba ya próxima y amenazante, y para ello convenía excitar el fervor y la devoción en las clases poderosas y conservadoras por medio de tales predicaciones.

El padre Claudio lograba los fines que se había propuesto, pues los sermones de su subordinado alcanzaban un éxito colosal, y aquel público elegante, perfumado y vestido de riguroso luto, para dar más solemnidad al acto, salía del templo más dispuesto que nunca a resistir la impiedad, defendiendo sus santos y tradicionales privilegios, y pidiendo a los Poderes públicos que no perdonaran ocasión alguna de zurrar al populacho, revolucionario e irrespetuoso con los que gozaban de todas las delicias del mundo sin deshonrarse con el trabajo.

La penúltima conferencia del padre Luis vióse aún más concurrida que todas las anteriores, a pesar de que la tarde era muy lluviosa y soplaba, un vientecillo helado que ponía en dispersión a los transeúntes.

A las tres el templo estaba lleno por completo. Desde el altar mayor al centro de la gran nave, estaba ese "todo Madrid" que los revisteros de salones consignan en sus artículos; conjunto de mujeres elegantes, con título nobiliario, o sin él, que antes de ir al templo del Señor pasábanse media hora en su tocador pensando qué traje negro favorecería mejor su hermosura y de qué modo sentaría bien a su rostro la clásica mantilla. El resto de la iglesia ocupábalo la beatería de baja estofa: viejas rezadoras, ancianos con facha de cura, obreros de rostro obtuso, infelices mujeres de aspecto resignado, toda esa demagogia fanática, mil veces más terrible que las turbas revolucionarias, y que vive a la sombra del clero, en la mayor miseria, mirando sin odio el lujo y despilfarro de las clases elevadas, convencida por sus protectores de que hasta en el cielo hay jerarquías, y de que eternamente han de existir en el mundo ahitos y hambrientos, señores y esclavos.

Habían ya comenzado los cánticos que precedían siempre a la conferencia, cuando entró en el templo una joven señora vestida de negro y con mantilla de blonda, llevando en sus manos devocionario y rosario de nácar y oro.

Para que no existiera en el templo una lamentable confusión de clases y evitar que el pueblo, con su rudeza maloliente, incomodara al público privilegiado, los padres de la Compañía, organizadores de aquellas fiestas, habían colocado en la puerta algunos devotos oficiosos, que, con gran medalla sobre el pecho y una pértiga rematada en cruz, iban a guisa de bastoneros de baile, de un extremo a otro de la iglesia, alineando a la gente y procurando embutirla en aquel espacio, que, aunque grande, resultaba mezquino para tal aglomeración.

Uno de estos sacros celadores, vejete sonriente y de cabeza blanca y sonrosada, salió al encuentro de la joven señora, justamente cuando ésta, después de santiguarse junto a la pila del agua bendita, permanecía indecisa ante un grupo de mujeres del pueblo, no sabiendo cómo romper aquella apretada muralla de carne.

--Pase usted, señora--dijo el vejete--. Sígame, que yo la conduciré al lugar de costumbre. Hoy se ha retrasado usted.

--Sí, señor--contestó la joven, con voz queda, no atreviéndose a producirse en el templo con la desenvoltura que al viejo devoto daba la costumbre--. He tardado un poco. Ocupaciones.

--¿Y la señora baronesa? ¿Cómo no ha venido?

--Está algo enferma. Por esto he tardado. Está muy disgustada por no poder oír esta vez al padre Luis.

--Lo comprendo. Es una señora modelo de cristianas. Yo me honro siendo amigo de ella. Hemos trabajado juntos en varios asuntos de cofradía.

Y el devoto, que mientras decía esto iba haciendo sonar su pértiga contra el suelo con aire de autoridad y repartiendo sendos empujones a diestro y siniestro, consiguió abrirse paso y conducir a la joven, a quien trataba con gran consideración, a un pequeño claro que existía entre aquellos grupos de aristocráticas damas esparcidos al pie del púlpito.

La señora, después de arrodillarse y rezar breve rato, sentóse en una silla que le buscó el oficioso viejo, y una vez habituada a la difusa claridad que existía en el interior de la iglesia paseó su mirada por las personas que la rodeaban, y contestó con graciosa inclinación de cabeza al mudo y sonriente saludo de algunas caras conocidas.

Aquella aparición de la recién llegada parecía, entretener e interesar mucho a las aristocráticas damas, que sólo en fiestas como aquella conseguían ver a la joven señora de Quirós. Todas aquellas mujeres que, mientras llegaba el instante de escuchar la palabra de Dios, se entretenían en despellejarse unas a otras interiormente, examinando los trajes de las demás y buscándoles los defectos, tenían idéntico pensamiento contemplando a hurtadillas a la recién llegada.

¡Pobrecilla! ¡Cuán cambiada estaba! Todavía era hermosa; eso sí; pero en ella no quedaba nada de aquella frescura juvenil, de aquella vivacidad graciosa, que tan atractiva la hacían tres años antes.

Desde su casamienito, que tanto ruido produjo en la alta sociedad madrileña, a causa de las circunstancias novelescas de que fué precedido, la vida de la señora de Quirós se había oscurecido, encerrándose en lo más sagrado del hogar. La hija del conde de Baselga procuraba el menor contacto posible con la sociedad, como si se sintiera avergonzada ante aquellas gentes que conocían el secreto de su vida.

Este mismo rubor envalentonaba a todas aquellas damas que tenían en su vida faltas mayores que la cometida por Enriqueta, a pesar de lo cual elogiaban con aire de compasión a aquella infeliz (así la llamaban), que sufría el remordimiento producido por la ruidosa ligereza que la había conducido al matrimonio.

Para nadie era un secreto la existencia que hacía la señora de Quirós. Vivía separada por completo de su marido, que ya no era el alegre y servicial Joaquinito de otros tiempos, pues desde que tenía millones las echaba de personaje grave, había fundado un periódico ultramontano y figuraba en las Cortes entre la minoría reaccionaria, con la que transigían todos los Gobiernos, así los presidiera O'Donnell como Narváez, por saber éstos que el tan grupo político estaba protegido por la gente del Palacio.

Enriqueta pasaba su existencia entregada al cuidado de su hija, la pequeña María, que ella criaba, a pesar de que su naturaleza se mostraba rebelde a cumplir las funciones de la maternidad.

Su cariño a aquella niña prueba palpable del escándalo deshonroso que la había obligado a casarse con Quirós rayaba en los límites de lo absurdo, y hacía creer a muchos que los incidentes novelescos de su vida la habían perturbado la razón. No se separaba un solo instante de su hija sin tomar antes grandes precauciones, v reñía muchas veces con su hermana, la baronesa, cuando ésta mostraba empeño en acariciar a la niña o en conservarla en sus habitaciones.

Tenía Enriqueta, en concepto de aquellas elegantes señoras, la manía de las persecuciones, y por esto, sin duda, se mostraba tan recelosa al tratarse de su hija, y profería ciertas palabras que hacían pensar que la joven madre creía en alguna absurda conspiración fraguada para robarle aquel pedazo de sus entrañas.

La historia de la joven, su novelesco casamiento, la vida retirada y modesta que hacía, a pesar de sus riquezas y sus continuas disensiones con la baronesa, aunque eran cosas que sólo incompletamente y desfiguradas por la murmuración, conocían las gentes elegantes, hacían que Enriqueta fuera mirada con interés, o, más bien, con curiosidad, siempre que se presentaba en público entre las personas de su clase.

Aquella curiosidad resultaba justificada por la conducta que observaba la joven. Si después de su casamiento hubiese vuelto a los dorados salones solicitando con una sonrisa alegre el olvido de todo lo anterior, Enriqueta hubiese sido una de tantas, y el bullicio de la vida elegante, como onda de agua lustral, hubiese pasado sobre su vida, borrándolo todo: pero era altiva obstinábase en no pedir clemencia a aquella sociedad hipócrita, deslumbrante por fuera y corrompida por dentro, que tan mal había hablado de ella, y esta soberbia era la principal causa de la despreciativa y curiosa compasión que la rodeaba, siempre que se confundía entre las gentes de su clase.

Aquellas mujeres, elegantes figuras de baile cuando solteras y ornato de los salones y consuelo de célibes hermosos cuando casadas, no podían comprender los sentimientos de una joven que, por cuidar una niña, fruto de unos amores que tardaron en legalizarse más de lo conveniente, renunciaba a todos los placeres y atractivos de la vida elegante.

La curiosidad de aquellas damas, sus cuchicheos y miradas de inteligencia, no tardaron en extinguirse.

Habían ya terminado los cánticos en el coro, y a los acordes misteriosos de un armonium, que entonaba una dulce melodía, acababa de subir al púlpito el padre Luis, ni más ni menos que en el pasaje culminante de una ópera aparece el tenor acompañado por vigoroso y fantástico trémolo de violines.

¡Qué buena mano tenían los padres de la Compañía para revestir la devoción de un aparato poético y teatral!

Las elegantes damas fijaron enternecidas sus ojos en aquella figura cortesana, de rizado y alto sobrepelliz, que se erguía en el púlpito, mirando como un sublime inspirado el rayo de luz blanquecina y difusa que, filtrándose por un ventanal, venía a caer sobre su cabeza, rodeándola de una aureola brillante.

Guapo mozo era el tal padre Luis, y razón tenían las aristocráticas devotas para dividirse en bandos al tratar de sus prendas físicas, discutiendo en los salones con gran calor qué era en él más notable: si sus ojos grandes y ardientes, como los de un moro; su boca fresca y entreabierta, como una rosa, que, en vez de perfumes, exhalaba torrentes inagotables de mística elocuencia, o aquella postura majestuosa, que le hacía lucir la sotana con la misma majestad que un patricio romano ostentara su toga viril.

El padre Claudio había sabido escoger bien el hombre encargado de conducir al cielo a aquellas buenas y delicadas católicas, que no reconocían a Dios más que sentadas cómodamente en un templo bien iluminado, que permitiera ver los trajes de las compañeras y al arrullo de una música de opereta.

La voz meliflua del padre Luis, que modulaba todos los sonidos de una de aquellas flautas pastorees de los melosos idilios sumió de pronto al ilustrado concurso en un dulce estado de somnolencia, a través del cual llegaban las palabras del orador vagas y halagadoras, como las notas sueltas de una sinfonía fantástica.

¡Qué elocuencia tan dulce! ¡Qué facilidad para convencer los ánimos más obstinados, haciéndoles comprender las ventajas de ser fieles a Dios y lo poco que cuesta estar en gracia! Se necesitaba tener el corazón muy duro y estar poseído del demonio, para no cumplir lo mandado por el Señor y ganarse un puesto en el cielo.