La araña negra, t. 5/9

Part 6

Chapter 63,924 wordsPublic domain

El autor de todo lo creado, del que era en aquellos momentos fiel representante el padre Luis, no quería el castigo del pecador, sino su arrepentimiento; no era tan inexorable que por un crimen más o menos cerrara para siempre a una criatura la puerta de la misericordia; el Señor era iracundo, inflexible y justiciero algunas veces; pero sus cóleras sólo las guardaba para los impíos que le desconocían, yendo contra la Iglesia v contra sus ministros, que eran sus sacerdotes. Poco importaba ser bueno, si a esta condición no iba unida la de hijo fiel y sumiso de la Iglesia. Se podía ser un honrado padre de familia, un buen ciudadano, un hombre respetuoso con sus semejantes e incapaz de cometer contra éstos el menor atentado, y, sin embargo, caer de cabeza, en el infierno por el horripilante delito de no creer en el dogma que enseña la Santa Madre Iglesia, y mirar con la mayor indiferencia la triste suerte del Papa y denigrar a los sacerdotes representantes del Altísimo; en cambio, se podía arrastrar una vida indigna, de maldición, atentar contra todo lo humano, ser un peligro para la sociedad, y, a pesar de esto, no desconfiar de la eterna salvación. Al más criminal le bastaba para entrar en el cielo un acto de verdadera contrición, un arrepentimiento de última hora, y, sobre todo, no haber atacado nunca la legitimidad de la Iglesia y sus sacrosantos derechos; con esto, la salvación era segura, pues Dios es tan infinitamente misericordioso con el pecador que nunca duda de las buenas ideas que le inculcaron en su niñez, como inexorable con el impío, aunque éste no cometa en su vida ningún acto reprobable. Con el escándalo basta para que arda eternamente en las llamas del infierno.

¡Pero qué bien hablaba, el padre Luis! No había que dudar que en la Compañía de Jesús estaban los sacerdotes de mayor talento, santos varones, que no contentos con salvar las almas, cubrían de blandas alfombras y de olorosas flores el camino del cielo, para que las gentes distinguidas pudieran hacer con más comodidad el viaje.

Una emoción enternecedora se difundía por todos aquellos aristocráticos pechos, cubiertos de raso y terciopelo, y las lágrimas velaban las dulces miradas, que algunos cientos de ojos femeniles lanzaban al elocuente orador.

¡Oh, qué delicia! ¡Si Arturo, Pepito o algún otro pollo de sangre azul, en vez de hablar en el fondo de la alcoba, entre beso y beso, de la yegua recién comprada, o del traje que fulanita iba a estrenar en el próximo baile de la embajada, supiera expresarse con aquella dulce elocuencia, que hacía amar más aún las cosas mundanas y reconciliaba con las divinas!

En cuanto a los hombres, no se enternecían menos. Aquellos condes y marqueses que, confundidos con banqueros y políticos de oficio y formando grupos en torno de las columnas, o en el fondo de las capillas, escuchaban el sermón, mirando a las mujeres, entre las que estaban sus esposas e hijas, sentíanse invadidos por una seráfica tranquilidad oyendo las palabras del padre Luis. ¡Oh, no debían ya tener miedo! Para ellos no estaban cerradas las puertas del cielo. Nunca se les había ocurrido dudar de lo que la Iglesia predica, ni atacar a sus sacerdotes; les bastaba, pues, con arrepentirse a última hora, y entretanto podían, con toda tranquilidad, escarbar por hábiles medios la bolsa del prójimo, jurar en falso, mentir a todas horas y mirar sin cólera su casa convertida en un burdel, mientras ellos iban en busca de la mísera obrera, para seducirla, o robaban el pan a sus hijos para satisfacer los caprichos de una mundana. ¡Oh cuán bueno era aquel Dios, bonachón y sencillo, que cerraba sus ojos a todos los crímenes de sus criaturas, esperando pacientemente la hora de su arrepentimiento! ¡Qué divino consuelo proporcionaba al alma aquella santa doctrina! Que se presentaran allí esos impíos revolucionarios, que en su afán demoledor quieren privar a las almas católicas de los consuelos que proporciona la religión.

Ni con los muchos millones que representaban unidas las fortunas de todos aquellos aristocráticos seres, podía pagarse la dulce emoción, el angélico placer, producido por las palabras del orador de la Compañía.

¡Y qué sencillez la suya al señalar los vicios de la época, los escollos que levantaba el pecado para que naufragase toda virtud, y de los cuales él rogaba a sus oyentes que se alejasen!

Huid, ¡oh, cristianos!, del teatro, de ese centro de perversión y malas costumbres, donde se excitan las pasiones y se tienta de mil modos la carne, siempre flaca; no presenciéis las representaciones de esas operetas francesas, obras inmorales y corruptoras que bailando conducen a un hombre al infierno; no repitáis esas canciones infames, que hacen asomar el rubor a las mejillas: ese "¡ay, mamá, qué noche aquella!...", y otras que hacen pensar en cosas sucias y pecaminosas.

Y el elocuente jesuíta, deseoso de dar color a su peroración, repetía las mismas canciones que anatematizaba, produciendo gran contento en sus oyentes.

Francia, la impía Francia, la nación que produjo al infernal Voltaire y a la horripilante Revolución del pasado siglo, era culpable de aquella corrupción universal llevada a cabo por medio del "can-can" y de las inmorales canciones, y el predicador se deshacía en denuestos contra el pueblo galo, como si en él hubiese surgido espontáneamente tal podredumbre, guardándose de hacer caer la responsabilidad sobre el segundo Imperio, que era su verdadero autor, y sobre todo, aquel Napoleón III, al que respetaba la Iglesia a pesar de todos sus crímenes, por ser el asesino de la segunda República francesa y el protector interesado de Pío IX.

Pero cuando el padre Luis se remontaba a las alturas de la sabiduría y hacía la crítica histórica de las naciones impías y de todas las religiones falsas, el auditorio sentíase conmovido y apreciaba una vez más la ciencia sublime de los padres de la Compañía.

¡Con qué sencillez y rápidos rasgos sabía retratar el elocuente jesuíta todas las creencias que hacían la guerra al catolicismo! ¡Con qué sátira tan fina las ridiculizaba, desentrañando su verdadero significado! Para el padre Luis no existían problemas históricos, y todas las creencias, a excepción de la suya, eran producto del egoísmo o de las más bajas pasiones.

La revolución religiosa del siglo XVI era para él la obra de un frailecillo ignorante, llamado Lutero, gran aficionado al escándalo que revolvió el mundo porque el Papa le había negado el monopolio de las indulgencias, que producía muy buenos cuartos, y porque estaba harto de ser célibe y buscaba casarse con una monja; el islamismo era una doctrina fantástica inventada por un hombre sensual y lujurioso como un mico, que soñaba en huríes de eterna virginidad, y quiso consagrar su insaciable apetito, dándole un carácter religioso; los adoradores de Brahma eran unos indios imbéciles, que se sentían poseídos de santo respeto en presencia de una vaca; y todos los sectarios, en fin, de todas las religiones conocidas, eran una turba de malvados o estúpidos, a juzgar por las palabras del padre Luis, quien punzaba todos los dogmas con el fin de librarlos de la hinchazón del error y hacer que el catolicismo surgiera victorioso por encima de ellos.

Su crítica de las creencias impías, que germinaban dentro de las naciones cristianas, no era acogida por aquel auditorio con menos entusiasmo y respeto. ¡Qué inspirados acentos de indignación le arrancaba la Revolución francesa, aquel nido de horribles ideas que como voraces serpientes, se enroscaban a las más santas y tradicionales doctrinas, intentando exterminarlas con el veneno de la impiedad! El republicanismo combatíalo con una fiereza sin límites, demostrando hasta la saciedad al honorable concurso que le escuchaba, cómo era imposible que las naciones subsistieran sin reyes que se encargaran de guiarlas como el pastor a sus rebaños.

¡La República! ¡Horror! Había que estremecerse ante tal nombre, pues recordaba el año 93 con todos sus crímenes.

La más cruel inflexibilidad no era aún suficiente para los que defendían tan absurda forma de gobierno; había que sellar para siempre sus bocas; había que exterminar a sus audaces propagandistas, que, no contentos con despreciar a los reyes, atacaban a los sacerdotes de Cristo, o, de lo contrario, se corría el peligro de que, por arte del demonio, triunfase tan horripilante doctrina algún día, viéndose obligadas a emigrar a Marruecos todas las personas decentes.

¿Y dónde estaba la causa infernal de aquella propaganda revolucionaria e impía, que tanto agitaba a España?... ¿Dónde estaba?

Y el padre Luis, después de hacer estas preguntas con voz atronadora a su silencioso auditorio, que le escuchaba cada vez más fervoroso y convencido, miraba a la bóveda del templo, paseaba sus ojos de águila por aquel mar de cabezas, que, a impulsos de la emoción, se agitaba bajo el púlpito, y, por fin, con la misma expresión de Arquímedes al hacer su inmortal descubrimiento, manifestaba que el motivo de todos los males de la Patria residía en la masonería, institución infernal que vivía en la sombra, congregándose en lóbregos subterráneos, y allí, con el mismo aparato que las antiguas brujas en los aquelarres, en torno de una peluda efigie de Satanás, juraban, puñal en mano, todos los iniciados, el exterminio de los buenos, la destrucción de la religión y hacer una guerra a muerte a Dios y a la virtud.

¡Qué imaginación la del padre Luis! ¡Con qué colores tan vivos sabía pintar todos los crímenes y desafueros de los masones! ¡Cuán listamente había procedido para enterarse de todos los misterios de la horrible sociedad secreta!

Lágrimas de triste emoción y suspiros angustiosos escapábanse a todas aquellas señoras oyendo al predicador, y más de una condesa delicada hubiera dado algo por tener al alcance de sus uñas a uno de aquellos masones que se imponían la obligación de cometer un crimen todos los días; que deseaban triunfasen sus ideas para comerse a los curas, y que en sus infernales francachelas aullaban de placer cuando, en vez de vino, bebían la sangre de algún acólito recién degollado o de un niño cristiano inmolado por saber al dedillo el catecismo.

¡Oh! Aquéllo era abominable y producía escalofríos de terror. Bien hacía el padre Luis en dolerse de que la impiedad del siglo hubiese suprimido la Inquisición y en pedir a Dios que iluminase a los monarcas cristianos, impulsándolos a exterminar a tales monstruos.

La muchedumbre que llenaba el templo estaba agitada por la ebullición del entusiasmo. Nunca el sacro orador se había mostrado tan elocuente, y entre él y los oyentes existía esa corriente simpática que hace que con la menor palabra se inflame al auditorio.

Podía ser momentáneo aquel entusiasmo, pero resultaba altamente consolador para todo buen católico. Aquellos ojos brillantes, aquel sordo rugido de indignación que se elevaba sobre la confusa masa y aquella voz meliflua en unos pasajes y en otros tonante, como la trompeta del Juicio, recordaban a Pedro el Ermitaño, predicando la primera Cruzada.

Eran aquel tropel de hombres y mujeres los cruzados de las santas ideas, prontos a caer sobre la impiedad, para exterminarla a la voz de su tribuno; pero..., ¡ay!, había algo en aquella muchedumbre que olía a muerto.

La fe se movía, se agitaba; pero con los inconscientes y rígidos movimientos de un cadáver galvanizado.

Tal vez entre aquella demagogia negra, que estaba en último término, surgieran hombres ignorantes y rudos, capaces de obedecer automáticamente a la Iglesia y de defender su religión con todas las intransigencias del fanatismo; pero bajo aquellas blondas que se movían a impulsos de agitados pechos, no había un solo corazón que pudiera conservar mucho tiempo el entusiasmo que allí sentía.

Cuando aquel público elegante y sensible se viera en la calle, la insustancialidad de su existencia se encargaría de borrar las impresiones recibidas en el templo, y, como único comentario, recordaría a la noche en los aristocráticos salones el sermón del padre Luis junto con el "do de pecho" de Tamberlick o la última estocada del Tato.

Sobre flojos cimientos elevaba la Compañía el edificio de la nueva fe.

En medio de aquel entusiasmo, de aquella santa agitación que predominaba en el templo, sólo una persona permanecía indiferente.

Era la señora de Quirós.

Gustábale a Enriqueta la oratoria del padre Luis; acudía a todas sus conferencias, ansiosa de gozar de cierta emoción artística y de ser acariciada por aquella elocuencia dulzona y pegajosa, que le producía el efecto de una embriaguez de jarabe; pero, en aquella tarde, se sentía tan obsesionada por una idea, que apenas si atendía ni se daba cuenta del lugar donde estaba.

Las palabras del jesuíta se estrellaban en sus oídos, pues el pensamiento se negaba a admitirlas, ocupado, como estaba, en ciertas reflexiones.

Al salir Enriqueta de su casa, y al ir a subir en su elegante berlina, había visto parado en la acera de enfrente un hombre que, inmediatamente, llamó su atención, sin que ella pudiera explicarse la causa.

Nada tenía aquel hombre que excitase la curiosidad. Iba embozado en una capa, con vueltas de grana y llevaba el sombrero hongo tan encasquetado, que apenas si se le veían los ojos.

En una tarde tan fría, no era extraño ver a un hombre cubriéndose el rostro con tanto cuidado; pero, a pesar de esto, Enriqueta le miró varias veces antes de entrar en su carruaje.

Parecíale adivinar en aquella figura que se ocultaba bajo la nube de paño, algo que despertaba en ella antiguos y adormecidos pensamientos. Pero apenas estuvo algunos minutos en el interior abrigado de su berlina, que corría veloz por las calles de Madrid, se fué borrando aquella impresión.

¡Cuán loca estaba! ¡Pensar que aquel hombre pudiera ser...! ¡Bah! Aquello había sido un hermoso sueño de la juventud que se desvaneció para no reproducirse jamás.

¡Qué ideas tan extrañas la acometían en aquella tarde! Ya adivinaba lo que ocurría. Eran los nervios excitados por la temperatura. Aquella lluvia incesante y el cielo oscuro y monótono la excitaban de un modo horrible. Pronto pasaría aquello; necesitaba distraerse, y en la iglesia lograría calmarse.

Cuando ya estaba próxima a la iglesia, pasó rozando su berlina un veloz coche de alquiler, a través de cuyos cristales, empañados por el frío y la lluvia, creyó distinguir la misma capa de embozos grana y algo más, que le produjo un repentino estremecimiento.

¿Todavía aquella absurda ilusión?

Pasó el carruaje como visión fantástica, arrastrando lejos, muy lejos, los retazos de grana y aquellos ojos que ella había visto brillar por un instante, y cuando la joven señora, transcurridos algunos minutos, se apeó a la puerta de la iglesia, vió, próximo a ésta, al mismo hombre de la capa, en igual posición que lo había mirado por primera vez en la calle de Atocha.

Enriqueta tuvo miedo al desconocido, y apresuradamente entró en el templo, temorosa de que aquél fuese tras sus pasos.

Creía ella que la fiesta religiosa y aquella oratoria, que otras veces tanto la deleitaba, borrarían de su ánimo la extraña preocupación causada por tal encuentro; pero no pudo ni por un solo momento despojarse del recuerdo de aquel embozado, que creía conocer.

¡Si fuera el!... Y Enriqueta, al formular tal pensamiento, estremecíase, unas veces de alegría y otras de terror.

Parecíale grato el recordar aquella época pasada, que había sido la mas feliz de su vida; pero, al mismo tiempo, experimentaba un interno terror al imaginarse que se podía encontrar frente al hombre que tanto había amado.

Reconocíase débil para resistir la impresión que el antiguo amante causaría en ella, y su pudor sublevábase anticipadamente ante el peligro que pudiera correr su virtud.

--Por fortuna--decíase Enriqueta, deseosa de aplacar aquella indignación de mujer honrada que se apoderaba de ella al pensar en la posibilidad de ser débil ante el amor--, por fortuna, todas estas ideas no son más que ilusiones absurdas. ¡Cuán loca estoy! ¿Por qué ha de ser él ese embozado desconocido que he visto? Algo hay en ese hombre que interesa a mi corazón y le hace latir como en presencia de un ser conocido. Pero no...; esto son locuras, cosas de mis nervios, que están hoy más excitados que de costumbre. Aquél se halla muy lejos; nunca volverá, y tal vez a estas horas no se acuerde de que yo existo en el mundo...

Y Enriqueta se esforzaba en tranquilizarse, demostrando con valiosas razones a su exaltada imaginación, lo infundadas que eran sus sospechas.

Preocupada con tales pensamientos, transcurrió para Enriqueta más de hora y media, que fué el tiempo que el padre Luis invirtió en su conferencia.

Por fin, el orador lanzó su párrafo final con los brazos extendidos y los ojos fijos en la bóveda, pidiendo a Dios el exterminio de la impiedad y que derramase su santa gracia sobre aquel cristiano auditorio, y sus últimas palabras fueron acogidas con un gigantesco murmullo de satisfacción, que exhaló aquella multitud, libre ya del encanto que obraba sobre ella la elocuencia del jesuíta.

El público comenzó a desfilar, encaminándose a las puertas del templo, en las cuales se estrujaba la muchedumbre, ansiosa de salir. Tras la gente menuda, que ocupaba el fondo de la iglesia, salió el público elegante, no sin antes formar corrillos en la nave central, en los que se cambiaban saludos y se daban citas para las diversiones de la noche.

Enriqueta seguía inmóvil y cabizbaja en su asiento, no habiéndose aún dado cuenta exacta del final del discurso.

El vacío que se fué extendiendo en torno de ella hízole salir de su abstracción, y al ver la iglesia desocupada y casi desierta, levantóse de su asiento, disponiéndose a salir.

Sólo quedaban algunos grupos de beatas, que, arrodilladas cerca del altar mayor, rezaban las oraciones, y el sacristán, que, seguido de sus acólitos, iba de una capilla a otra, apagando las luces de las lámparas de cristal.

Enriqueta se arrodilló, para rezar una corta oración, y un vez terminada ésta, dirigióse a la puerta del templo.

--Es tarde--iba pensando--; Fernanda me esperará, y, además, ¡sabe Dios cómo habrán cuidado a la niña!

El temor que la inspiraba su hermana, la baronesa, y sus alarmas maternales, la hicieron olvidar la impresión producida por la presencia del desconocido.

Avanzó rápidamente, y en la obscuridad proyectada por las dos columnas que orlaban la puerta interior, y al lado de la pila de agua bendita, vió marcarse la silueta confusa de un hombre.

Enriqueta se estremeció, sintiendo que los anteriores terrores volvían a reaparecer; pero siguió adelante, dirigiéndose a la pila bendita y procurando aparentar indiferencia.

Conforme se acercaba iba aumentando su alarma.

No había duda. Era él: el hombre cuya misteriosa presencia tanto la preocupaba aquella tarde, y que, aunque ahora, por hallarse dentro del templo, tenía la cabeza descubierta, ocultaba su rostro inclinado, entre los embozos de su capa, que sostenía con una mano.

La agitación de Enriqueta iba en aumento.

II

A la puerta de la iglesia

Fingiendo la joven señora de Quirós una serenidad que no tenía, y con la vista fija en el suelo, para no ver a aquel hombre, llegó a la pila, y al avanzar su mano para tomar agua, sintió en sus dedos el contacto de una mano ardiente.

Levantó la cabeza, y a pesar de que después de las anteriores reflexiones se encontraba preparada para recibir la más inesperada emoción, no pudo contener un ligero grito de sorpresa, ni evitar el retroceder algunos pasos.

Parecía fascinada por aquel hombre, que había dejado caer el rojo embozo, mostrando su rostro y figura.

Era él; era Esteban Alvarez, que aún conservaba en su rostro aquella belleza varonil, que ahora parecía realzada por las huellas dolorosas que tremendas aventuras y luchas gigantescas habían impreso en su rostro.

Silencioso, inmóvil y erguido, miraba a Enriqueta fijamente, sin que en sus ojos se notara el menor signo de reproche, y la joven, por su parte, no se atrevía a moverse, como si estuviera sugestionada por la inesperada aparición de aquel hombre.

Transcurrieron algunos momentos, que parecieron interminables a Enriqueta, y sólo recobró algo de su serenidad cuando Esteban le dirigió la palabra.

--Soy yo, Enriqueta. Comprendo tu sorpresa; no es fácil encontrar en una iglesia a un revolucionario emigrado, sobre el que pesa una sentencia de muerte. Tranquilízate, Enriqueta. No vengo aquí a dar una escena. Quería verte..., hablarte: nada más. Ahora mismo me iré.

La joven señora, aunque intranquila y temblorosa, había ido acercándose a su antiguo amante, como cediendo a un poder irresistible que la empujaba.

A pesar de esto, permanecía muda.

--Nada temas, Enriqueta, tranquilízate--continuó el conspirador--. ¿Crees acaso que voy ahora a recordarte tiempos pasados, que son ya para nosotros como bellos sueños, que se desvanecieron para no volver? No; demasiado comprendo nuestra respectiva situación. Tú eres la señora de Quirós, de un hombre respetable y digno, y no puedes permitirte volver la vista atrás, para contemplar, aunque sólo sea por una vez, el corazón que pisoteaste, y yo soy un desgraciado, un criminal fugitivo, que se oculta al ir por las calles, con el que no se puede hablar, so pena de comprometerse, y que no puede pedir cuentas a nadie de su conducta, pues se expone a ser conocido y a morir inmediatamente. Hoy ni tú ni yo somos ya lo mismo. Tú eres un sol esplendoroso y yo un astro errante y muerto; nos hemos encontrado en nuestro camino, nos vemos, cruzamos un saludo, y a seguir cada uno su ruta para no volver a tropezamos en toda una eternidad. ¿Qué importa lo que entre nosotros pueda haber existido? ¿Qué importa que nos hayamos amado? Ya te he visto, ya he podido recordarte que existo aún... Era mi único deseo. Ahora... ¡adiós!

Y el desgraciado Alvarez no podía contener en su pecho la amargura que rebosaban sus palabras, y sus ojos comenzaron a empañarse de lágrimas.

Iba ya a alejarse con paso lento, pero la miraba con indecisión, como esperando una palabra, un suspiro, algo que le demostrase que su recuerdo no había muerto en la memoria de Enriqueta.

Esta se sintió más conmovida por el desaliento de su amante que por la alarma que antes había experimentado.

Le pareció que en su interior se rompía algo, inundando su pecho de súbita ternura; el pasado surgió con fuerza en su imaginación, borrando el presente; se olvidó de su esposo y de la familia, pensando únicamente en el desgraciado conspirador, y avanzando más, cogió sus manos, diciendo con acento de ruego:

--No huya usted: antes tenemos que hablar.

Enriqueta notó el gesto de extrañeza que hizo su antiguo amante al oir un tratamiento tan ceremonioso, y como si temiera que se escapara, dijo, instintivamente, y sin comprender a lo mucho que se comprometía con tales palabras:

--¡Esteban!... ¡Esteban mío! Quédate, te lo ruego. No huyas de mí sin oirme antes.

El rostro de Alvarez se iluminó con una sonrisa de alegría.

También para él parecía haberse desvanecido el pasado, y oprimiendo las manos de Enriqueta, se creía aún en aquella feliz época en que ambos se sentían acariciados por las más risueñas ilusiones.

Transcurrieron algunos minutos, sin que los dos se atrevieran a hablar. Después de su separación habían ocurrido sucesos que ambos temían abordar, aunque no por esto estaban menos deseosos de hablar de ellos.

La importuna presencia de dos beatas que, cuchicheando y mirándolos maliciosamente, se dirigían hacia la puerta, los obligó a retirarse al fondo de una capilla lateral, cuya oscuridad apenas si disipaba el rojo chisporroteo de una lámpara de aceite.

Alvarez fué el primero en romper aquel silencio, que se hacía embarazoso.