Part 4
--¿No me tiene usted a mí?--contestó Quirós como escandalizado de que se dudase de su afecto--. Es verdad que usted no me conoce; pero día llegará en que, modestia aparte, me aprecie usted en lo que valgo. En casa de Enriqueta me conocen bien y saben que me desvivo por servir a todo el mundo. Además, entre jóvenes como nosotros, debe reinar siempre cierta simpática solidaridad. Hoy por ti, mañana por mí. Yo me encargo de todo; pero no perdamos el tiempo y resulte todo esto infructuoso. La policía va a llegar, y no es cosa de que nos pille a todos aquí. ¡Vayamos listos, señor Alvarez!
--¡Oh! ¡Gracias, gracias!--dijo el capitán enternecido, estrechando con efusión la mano de aquel joven que se le aparecía como un ángel salvador.
Alvarez, decidido ya a escapar, se dirigió a su cuarto; pero en la puerta encontró a Tomasa, que había estado escuchando la conversación.
La llegada del vizconde había excitado ya su curiosidad, y cuando oyó que en el comedor entraba otro hombre, no pudo permanecer sentada por más tiempo, y salió a escuchar.
El capitán la interrogó con la mirada, al mismo tiempo que decía angustiosamente:
--¿Qué hago, Tomasa?
--Huir sin perder tiempo. La vida es lo primero; después, como ha dicho muy bien el señor Quirós, todo se puede arreglar.
Joaquinito saludó con una ceremoniosa inclinación de cabeza al ama de llaves, a pesar de que ésta siempre lo había mirado con marcada antipatía al verle visitar la casa del conde de Baselga.
Los dos hablaron con gran animación del peligro que amenazaba al capitán, y éste, entretanto, entró en su cuarto, saliendo al poco rato con un abultado fajo de papeles.
--¿Quién guarda esto?--preguntó--. Es lo más comprometedor que tengo, y en ello va la muerte de muchos pobres infelices. Pueden prenderme en la calle, y no conviene que me encuentren encima tan terribles pruebas.
--Vengan aquí los papeles--dijo Tomasa con energía--. Una mujer, en estos casos, resulta menos sospechosa que un hombre.
--Pero, ¿sabe usted a lo que se expone?--preguntó Alvarez.
--¡Bah!--contestó la vieja con sencillez heroica--. De cosas más grandes me siento capaz.
El capitán reflexionaba, temeroso de que se le olvidase algún otro documento acusador.
No se había despedido de Enriqueta. ¿Para qué? Sería aumentar su dolor, y ya había sentido honda impresión de tristeza, cuando buscando aquellos papeles, la había visto en un extremo de la habitación, cabizbaja, llorosa y con todo el aspecto de un ser infeliz, sin razón ni voluntad.
No; él no se sentía con fuerzas para decirla que, perseguido por los ideales políticos, huía de ella, tal vez para siempre.
Quirós y la vieja aragonesa, mientras el capitán se arreglaba su traje en desorden y buscaba la capa y el sombrero, poníanse de acuerdo sobre el medio de salir de allí.
Ella iba a ocultar los comprometedores papeles, y saldría sola de allí, para ir a esperarlos a la puerta de la casa de Baselga. El joven la había convencido de la necesidad de que fuese completamente sola, para ser menos notada, encargándose él, por su parte, de conducir a Enriqueta por otras calles a casa de su hermana, en cuya puerta se reunirían los tres.
Tomasa aceptaba el plan, pues estaba tranquila de la fidelidad de aquel beato, al que ella llamaba siempre en sus murmuraciones con la servidumbre, "el perro de la baronesa".
Acababan los dos de convenirse de este modo, cuando entró Perico, embozado en su bufanda, y llevando en un pequeño fardo el poco dinero y los escasos objetos de algún valor que constituían el tesoro de aquella asociación de amo y criado.
El pobre muchacho tenía en su curtido rostro una expresión de tranquila fiereza. Mientras recogía y empaquetaba efectos, habíase hecho el propósito de morir antes de ver cómo su señorito caía en manos de sus perseguidores.
--¡Adiós, hijo mío! Sé fiel siempre a tu señorito y no le abandones, ni aun en los mayores peligros.
Algunas lágrimas se le escaparon a la valerosa mujer, y su voz se hizo temblona por la emoción; pero inmediatamente hizo un esfuerzo por recobrar su serenidad, y señalando la puerta de salida, dijo al capitán:
--Huya usted al momento. No perdamos el tiempo tontamente.
Alvarez estrechó nuevamente la mano de Tomasa, y la de aquel útil amigo que tan inesperadamente acababa de presentársele, y encargándoles con entrecortada voz que se interesaran por Enriqueta y la explicasen el motivo de aquella huída, salió de la habitación, seguido de su asistente.
--Ahora, don Joaquín--dijo la enérgica aragonesa, cuando ya los pasos de los fugitivos sonaban en la escalera--, hagamos lo que nos toca. No hay tiempo que perder.
Y seguida de Quirós, entró en el cuarto del capitán.
Enriqueta, al ver al amigo y confidente de su hermana, apenas si hizo el menor ademán de sorpresa.
Estaba tan quebrantada por su dolor y su remordimiento, que ningún suceso podía herir vivamente su inteligencia, que parecía embotada y dormida por la desgracia.
Tomasa, vuelta de espaldas, y mientras se escondía aquel fajo de comprometedores papeles en el pecho, relataba en breves palabras a su señorita el peligro que amenazaba a Alvarez y la necesidad en que éste se había visto de huír, pero la vieja doméstica no estaba muy segura de que Enriqueta la entendiese, según se mostraba de fría e indiferente.
Quirós presenciaba silencioso la escena, y se decía que aquella muchacha era una idiota rematada.
Unicamente cuando Tomasa, acabando de acomodarse los papeles sobre el pecho, le repitió la necesidad que había de huír de allí cuanto antes, aquella mujer, que parecía una muñeca con sus ojazos brillantes y fríos, fijos, sin expresión alguna, en el suelo, dió muestras de pensar y entender, levantándose inmediatamente del asiento y colocándose el velo, que aún estaba sobre una silla, tal como ella lo había dejado algunas horas antes.
--Ya estamos arregladas, don Joaquín--dijo la aragonesa, acabando de cruzarse la mantilla sobre el pecho--. Ahora, en marcha.
--Salga usted antes, señora Tomasa--contestó Quirós--, pues usted es la más comprometida por llevar esos papeles. Ya sabe usted dónde nos juntaremos.
--Hasta luego, señorita--dijo la vieja, besando a Enriqueta--. Tenga usted confianza en don Joaquín, que es un buen amigo, y todo cuanto hace es únicamente en bien de usted y de don Esteban.
Se fué la vieja, y Jos dos jóvenes permanecieron algunos minutos en aquel cuarto, completamente solos y en el más absoluto silencio, hasta que, por fin, dijo Quirós:
--Ahora nos toca a nosotros, ¡Vamos, Enriqueta! Mucho ánimo, y obedézcame en todo, que cuanto haga será por salvarla.
Al pasar por el comedor, agarró Quirós la candileja que había dejado encendida el asistente, y alumbrándose con ella bajó la escalera, precediendo a Enriqueta, que andaba torpemente.
La patrona de la casa de huéspedes no había percibido nada de aquella larga escena, en que tantas personas habían intervenido. Tenía la buena costumbre de no inmiscuirse en las cosas de sus huéspedes, y menos en las del capitán, que era su mejor pupilo. Había oído por dos veces los campanillazos en la puerta de la escalera; pero siguió tranquila en su lecho, pues en las llamadas nocturnas de tal clase se encargaba siempre de acudir el servicial Perico, que tenía el sueño ligero. La pobre mujer estaba muy lejos de pensar que el cuarto del capitán quedaba vacío a aquellas horas, y que dentro de poco rato iba a recibir una desagradable visita.
Al hallarse los dos jóvenes en la calle, Quirós ofreció su brazo a Enriqueta, que se apoyó en él trémula y silenciosa, dejándose llevar con la paciente obediencia de un autómata.
Doblaron la esquina de la calle, y al entrar en otra, encontráronse frente a un grupo de hombres, que marchaban apresuradamente. Iban delante un teniente de la Guardia civil y un caballero con bastón de autoridad, y tras ellos seguían algunos guardias civiles, con su capilla azul y el fusil terciado, y un buen número de agentes de policía, unos con uniforme y otros con descomunales garrotes y gorras de pelo, que aún hacían más horrible su catadura de presidiarios.
Aquel encuentro pareció reanimar y volver en sí a Enriqueta, cuyo brazo tembló convulsivamente.
Pasó la joven pareja junto al grupo, sufriendo las recelosas miradas del oficial y el comisario, y cuando se hubo alejado un poco del armado tropel, Enriqueta dijo con débil voz a su acompañante:
--¿Son ésos?
--Sí, ésos son. Buscan a Alvarez; pero llegan ya tarde. A no ser por mi aviso, lo pillan, y en tal caso, tal vez pasado mañana lo hubieran fusilado.
--¡Oh, Dios mío!--exclamó la joven, llevándose una mano a los ojos, aunque sin dejar de andar, como si deseara alejarse lo antes posible de aquel horrible grupo.
--Vamos, Enriqueta; ahora no es momento de llorar. Hay que tener serenidad, y, sobre todo, obedecerme en este trance supremo. Ha de callar usted y aprobar cuanto hago, o, de lo contrario, su suerte y la de Alvarez corren peligro.
--¿Qué, adonde vamos?--objetó tímidamente la joven.
--Tenga usted en mí confianza; recuerde lo que hace poco le dijo esa vieja criada que tanto la quiere. Vamos a salvar el buen nombre de usted, y a evitar que la situación de Alvarez se empeore. Guárdese usted de no aprobar cuanto yo diga, pues, de lo contrario, sería ya imposible que yo pudiera seguir ejerciendo estas funciones de amigo desinteresado y servicial.
Quirós comprendió que aquella desgraciada criatura estaba dispuesta a obedecerle en todo, y que en su interior sentía un tierno agradecimiento por el interés que la manifestaba a ella y al fugitivo capitán.
Esta convicción hizo asomar al rostro del elegante aventurero una sonrisa de alegría diabólica.
Atravesaron calles y plazas, sin que Enriqueta supiera darse cuenta de dónde estaba. La infeliz parecía en aquellos momentos una idiota, y tal era su decaimiento, no sólo moral, sino físico, que comenzaban ya a flaquearle las piernas, y casi se arrastraba cogida de aquel brazo, que tiraba de ella hacia adelante.
Ella recordaba al día siguiente que se detuvieron frente a una puerta abierta, alumbrada por un farol rojo, y que entraron en un portal, donde, sentados en bancos de madera, estaban soñolientos y silenciosos algunos hombres con uniforme.
Quirós preguntó por el inspector, y Enriqueta se vió sentada en una vieja butaca en el interior de una sala pequeña y fea, alumbrada por amarillenta llama de gas.
Un caballero calvo, de ojazos claros y bigote gris, aparecía sentado tras una gran mesa, teniendo a su lado un joven barbudo, muy entretenido en hacer pasar el contenido de una cafetera por el colador.
Eran el inspector de policía del distrito y un amigo trasnochador, que iba a hacerle compañía.
Quirós estaba de pie junto a la mesa.
--Señor inspector--dijo--; antes de que mañana se ordene a ustedes nuestra captura, venimos a presentarnos espontáneamente.
El funcionario hizo un gesto de extrañeza, no pudiendo comprender por qué clase de delitos serían perseguidos una joven tan hermosa y de porte distinguido, y un muchacho tan elegante.
--Nos presentamos voluntariamente--continuó Quirós--, arrepentidos de una falta que no tiene remedio. Yo me llamo don Joaquín Quirós y pertenezco al ministerio de Estado; mi nombre es bien conocido en la alta sociedad de Madrid. Esta señorita es la hija del conde de Baselga, que anoche huyó conmigo de su casa, cediendo voluntariamente a mis excitaciones.
El inspector miró a su amigo con malicioso guiño, y después paseó su mirada de Quirós a la joven, y viceversa.
Dábale ganas de reir aquella presentación; pero logró conservar su serenidad, y se limitó a decir:
--Eran ustedes novios, ¿eh?
--Sí, señor--contestó Quirós con aplomo--, nos amamos hace ya mucho tiempo.
Enriqueta dirigió su vaga mirada al amigo de su hermana; pero éste permanecía impasible. La joven, aunque sumida en aquel anonadamiento doloroso, que apenas si la dejaba discurrir, creyó comprender el significado de tan extrañas afirmaciones. Aquello era para salvar a su idolatrado Esteban. Ella no comprendía la razón de tales embustes; pero recordaba el sacrificio de asentir a todo, que poco antes le había recomendado Quirós, y al mismo tiempo, sentía profundo agradecimiento por el interés que éste se había tomado en salvar a su amante.
--Y usted, señorita--dijo el inspector--, ¿qué dice a esto? ¿Reconoce como verdad cuanto declara este caballero?
Hizo Enriqueta una señal afirmativa con la cabeza, y contestó con voz casi imperceptible:
--Sí, señor.
El funcionario reflexionó algunos instantes, y al fin dijo a los dos:
--Muy bien. Ahora mismo enviaré a por un coche y los conduciré a ustedes al Gobierno civil.
Creyó el inspector notar una expresión de terror en el rostro de Enriqueta, y por esto añadió con benevolencia:
--No hay por qué asustarse. Usted, señorita, desde el Gobierno civil será conducida a su casa, y en cuanto a este caballero, quedará arrestado, aunque creo no será por muchas horas. Estas cosas se arreglan siempre en familia. Un pequeño escándalo, y nada más.
Y después, volviéndose a su barbudo amigo, y como si no estuvieran presentes los dos jóvenes, añadió en voz baja:
--Lo mismo que en las comedias, chico. Estos lances acaban siempre en casamiento. Es el único arreglo posible.
XXXI
Maestro y discípulo.
Cuando el criado del padre Claudio entró en el despacho de éste, anunciándole la visita de don Joaquín Quirós, el poderoso jesuíta, a pesar del gran dominio que tenía siempre sobre sus impresiones, no pudo evitar un gesto de sorpresa e indignación.
--¡Cómo!--exclamó--. ¿Ese canalla se atreve aún a venir aquí? Es más cínico de lo que yo creía.
Y después de reflexionar largo rato, dió orden al criado para que dejase pasar al visitante, y volviéndose a su secretario, que seguía escribiendo como si no hubiese oído a su superior, díjole así:
--Antonio, márchate. Conviene que hable a solas con ese ingrato pillete. Tal vez sin testigos se espontanee y sepamos nosotros cuáles son sus verdaderas intenciones, que tanto nos preocupan.
El padre Antonio obedeció, como un autómata; dejó de escribir, sin terminar la palabra que estaba apuntando, hizo una reverencia, y grave, estirado y con acompasado andar, salió por una puertecilla que estaba en el fondo del despacho.
Entró Quirós, tranquilo, sonriente y con una expresión de alegría en el rostro, como si fuera a comunicar a su poderoso amigo la más grata de las noticias.
Eran las cuatro de la tarde, y el joven, que había estado detenido en el Gobierno civil hasta bien entrada la mañana, acababa de levantarse de la cama, después de resarcirse con algunas horas de sueño de aquella noche de aventuras.
--Pase usted, granuja, pase usted--dijo el padre Claudio al verle, aunque en su rostro no se notó ninguna señal de ira--. Se necesita desvergüenza para venir aquí, después de lo ocurrido.
Quirós aguardaba un recibimiento todavía peor, y por esto no se inmutó gran cosa al oír estas palabras.
Adoptó una actitud encogida; la sonrisa de su rostro fué reemplazada por una expresión de arrepentimiento, y con voz compungida dijo al jesuíta:
--Padre Claudio, vengo arrepentido, a solicitar su perdón.
--¡Mi perdón! ¡Buena es esa!... A un pillo como usted no se le perdona, pues resulta indudable que, perdonado o no, volverá a hacer otra mala jugada así que se le presente ocasión. Nos conocemos, Quirós, nos conocemos muy bien. ¡Qué!... ¿Y cómo fué el rapto?--continuó, con expresión sarcástica--. ¿Desde cuándo era usted novio de Enriqueta? ¿Cómo se las arregló usted para estar al mismo tiempo en casa de la baronesa y en el sitio donde se hallaba Enriqueta? ¡Ah, farsante indigno! ¡Canalla redomado!
Y el padre Claudio, sin cuidarse ya de disimular sus impresiones, miraba al joven con la expresión de un caníbal que siente deseos de devorar al enemigo, y le lanzaba con voz entrecortada las mayores injurias.
Quirós sonreía cínicamente.
--¡Muy bien! Así lo quiero ver a usted, reverendo padre. Tenía deseos de contemplarlo alguna vez enfadado y sin esa sonrisita que crispa los nervios. Me recreo en mi obra de anoche, viendo la indignación que ha producido en usted. ¿Qué tal ha sido el golpecito? ¡Eh! ¿Le parece a usted bueno? Vuestra paternidad debe estar orgulloso de mi hazaña. Las glorias del discípulo honran al maestro, y yo todo cuanto hago en estos casos lo he aprendido de usted.
El padre Claudio se incorporó en su asiento, iracundo y amenazador al oír tales palabras; pero volvió a su primitiva posición, murmurando:
--¡Miserable!
--Comprendo su enfado, reverendo padre--continuó Quirós, siempre en el mismo tono irónico--. Soy un pedante insufrible al querer compararme con usted, que es mi maestro. Mis actos nada valen comparados con los de vuestra reverencia. ¿Querrá creer vuestra paternidad que anoche me sentí poseído de santa admiración cuando supe la muerte de Baselga? ¡Vaya un modo limpio de librarse de los enemigos! La mitad de esa sublime astucia quisiera yo tener para apoderarme de los millones apetecidos. Mi negocio de anoche nada vale comparado con ese trabajo lento, pero seguro, de vuestra paternidad, para quitar de en medio al conde de Baselga.
El padre Claudio saltó de su sillón. Aquella hermosura serena y aliñada que ostentaba en todas partes, había desaparecido; y estaba horrible ahora, con sus ojos centelleantes, sus labios, que titilaban a impulsos de la ira, y su palidez verdosa, que se transparentaba a través del colorete de las mejillas.
Con las manos crispadas, y rugiendo, fué a caer sobre Quirós; pero éste, que estaba preparado para todo, había retrocedido dos pasos, introduciendo su diestra en el bolsillo del pantalón, con ademán poco tranquilizador.
--¡Quieto ahí, padre Claudio! Si avanza usted un paso, cae inmediatamente.
Y la culata de un revólver asomaba al bolsillo del pantalón.
El jesuíta se detuvo ante la actitud resuelta del joven, y después retrocedió lentamente, hasta volver a ocupar su sillón.
Quirós, aunque muy complacido al ver la fiera domada, seguía afectando una humilde sencillez.
--Hace usted mal, reverendo padre, en irritarse de tal modo. Yo he venido aquí a solicitar humildemente su perdón, y siento verme obligado a adoptar cierta actitud violenta, por mi propia seguridad. Comprendo que lo que hice anoche no puede ser del gusto de vuestra reverencia, y que forzosamente me ha de odiar usted; pero, ¿no habría algún medio de que nos entendiéramos? Yo deseo ver realizado el negocio que anoche emprendí; pero al mismo tiempo no quiero hacerme antipático a vuestra paternidad, ni atraerme su odio, siempre terrible.
El padre Claudio, comprendiendo la clase de enemigo que tenía enfrente, con el cual nada podía la violencia, habíase serenado, recobrando su calma al ver que el miserable aventurero, después de serle infiel, buscaba nuevamente su amistad.
Por esto, al escuchar aquellas proposiciones de transacción, el padre Claudio lanzó a su antiguo discípulo una mirada de desprecio, y le contestó con insolente expresión:
--Mira, niño; eres demasiado atrevido, y la fortuna no siempre va con los audaces. El negocio de anoche no te saldrá bien. Le falta la principal condición: la sencillez.
Y el jesuíta sonreía, con expresión de superioridad, como retando a su insolente discípulo a que llevase a cabo su repugnante intriga sin contar con su apoyo.
--¡Oh, reverendo padre! Está usted en un error, y no conoce a fondo mi negocio si dice que no es sencillo. Yo seré de aquí a poco el marido de Enriqueta. La baronesa, y hasta usted mismo, vendrán a pedírmelo.
--¡Está usted muy bien, Joaquinito! Después de ingrato e insolente, ahora chistoso. Es usted un hombre como hay pocos.
--Ríase usted cuanto quiera; esto no evitará que yo salga con la mía. He tomado bien mis precauciones; el escándalo no puede ser mayor, y Enriqueta, o tendrá que ser mi esposa, o sufrirá el peso de una deshonra por todos conocida. Juntos hemos estado en el Gobierno civil hasta esta mañana, como dos amantes fugados de la casa paterna; los periódicos comentarán pronto el suceso, en la alta sociedad no se habla de otra cosa que de tal rapto, y tan conocida es la noticia, que ha quitado ya toda novedad e importancia al suicidio del conde de Baselga. La fuga de Enriqueta Baselga con Joaquinito Quirós pasa hoy como artículo de fe entre la gente del gran mundo, y todos hablan ya de la necesidad de una boda, para poner a salvo el honor de una familia respetable. A ver, padre Claudio, si usted con todo su inmenso poderío, logra desvanecer esta creencia, que hoy está arraigada en la opinión pública. Supe bien lo que me hacía al presentarme a la autoridad, acompañado de la joven en cuestión. O el matrimonio conmigo, o el deshonor. Me parece que el asunto no puede ser más sencillo.
El jesuíta oyó estas palabras con aparente impasibilidad, pero al terminar Quirós, le dijo con desprecio:
--Joaquinito, es usted un canalla.
--Digno discípulo de mi querido maestro, reverendo padre.
--El negocio no es tan sencillo y de éxito seguro como usted cree. La baronesa dirá que no era usted el novio de Enriqueta, sino el capitán Alvarez.
--Nadie lo creerá.
--Ella probará cómo usted, después de la fuga de Enriqueta, estuvo en su casa, sin saber nada de lo ocurrido.
--¿Y qué?... Yo diré que la tal visita fué una estratagema para saber lo que la baronesa pensaba, después de haber verificado yo el rapto.
--Haremos saber que el amante de Enriqueta era el capitán Alvarez.
--Y nadie lo creerá, porque resulta inverosímil atribuir a Enriqueta relaciones amorosas con un militar pobre y desconocido de la alta sociedad, y que, además, está fugitivo por revolucionario. Lo más lógico es creer que tales relaciones las sostenía conmigo, que he bailado con ella en los salones y soy asiduo visitante de su casa. Además, no hay que perder de vista que yo fuí quien me presenté con ella en la oficina de la policía, declarando ser su raptor.
--Todas esas suposiciones están muy bien, pero falta lo principal, o sea que Enriqueta afirme que era usted su novio. Tenga usted la seguridad que ella, así que se reponga de sus emociones de anoche, dirá la verdad.
--Me tiene sin cuidado, reverendo padre. Al presentarse a la autoridad, lo mismo en la comisaría de policía que en el Gobierno civil, ella asintió a todas mis palabras, declarando que voluntariamente había huido de su casa conmigo. La primera declaración es la que más vale, por ser espontánea y natural, y si después Enriqueta dice eso que usted llama la verdad, el mundo se encargará de no creerla y de decir que sus palabras se las dictan usted o la baronesa. ¿Qué más obstáculos puede usted presentarme, padre Claudio?
Y el perillán sonreía irónicamente, complaciéndose en la confusión que su triunfo causaba en el poderoso jesuíta.
Este se convencía cada vez más de la ventaja que le llevaba Quirós. ¡Buen discípulo había sacado! ¡Podía estar orgulloso de él!
--Oiga usted, Joaquinito, ¿y no teme usted la venganza de ese militar a quien ha robado la dama?
--¡Bah! A estas horas debe hallarse ya muy lejos de aquí, y no es fácil que vuelva para darse el gusto de que la policía lo prenda y el Gobierno lo fusile. Además, si nuestro hombre tuviera algún día ocasión de vengarse, no estaría usted tampoco muy seguro, pues alguien se encargaría de decirle que quien le había delatado al Gobierno, causando su perdición, era el reverendo padre Claudio, de la Compañía de Jesús.
--¿Y no me teme usted a mí?--dijo el jesuíta sonriendo ferozmente.
--A usted le temo más que al capitán, pero estoy a cubierto de todas sus asechanzas. No conspiro, y, por tanto, no puede usted buscar otro "perdis", como yo, para que me delate al ministro de la Gobernación.
--Tengo otros procedimientos para vengarme--dijo el padre Claudio, con expresión poco tranquilizadora.