La araña negra, t. 3/9

Part 11

Chapter 113,995 wordsPublic domain

A los pocos meses de estar en el ministerio, Joaquinito, siempre amable y humilde sin afectación, era el imprescindible. Los jefes más adustos y viejos, que miraban siempre con prevención a los jóvenes agregados, tenían para él sonrisas de cariño y hablaban con acento protector de su talento y laboriosidad, y en cuanto al tropel de futuros diplomáticos, que en los gemelos de su camisa ostentaban un fárrago inmenso de heráldica, le reconocían voluntariamente como jefe y maestro en todas las materias.

Los futuros embajadores le consultaban, convencidos de su superioridad, cuando hacían algún trabajo por encargo de sus superiores, y aún se mostraban más atentos y sumisos a sus consejos en materias de distinción y elegancia, pues aquel muchacho, que había paseado cuando estudiante sus zapatos rotos y su traje deslucido y remendado por todo Madrid, era ahora el más autorizado intérprete de la moda francesa.

El "pollo" Quirós, como le llamaban en el Casino, era el más acabado tipo del vividor elegante.

Aquella sociedad aristocrática que le mimaba dispensándole algunas consideraciones, tal vez lo despreciaba en el fondo, considerándolo como un ser insignificante por su posición poco desahogada; aquellos marquesitos que le consultaban mirábanle en ciertas ocasiones con la superioridad que tiene el que sirve al Estado por gusto, sobre el que es empleado por comer; pero Quirós, a pesar de conocer el verdadero concepto que merecía a aquellas gentes, continuaba como siempre, y explotando la benevolencia de unos y otros, iba echando raíces que aseguraban los avances que hacía, siempre en busca de fortuna.

Los cambios políticos, esos terribles cataclismos para el empleado, que barren furiosamente el personal de las oficinas para sustituirlo por otro tan inepto como el anterior, aunque más hambriento, no conseguían atemorizar a Quirós, que se consideraba muy fuerte y seguro en el puesto que ocupaba. Empleado por los moderados en el período álgido de la brutal dictadura de Narváez, y significado por sus exageradas muestras de adhesión al Gobierno, al subir al Poder la Unión Liberal esperaban todos sus compañeros que cayese sobre él la cesantía; pero ésto no llegó y en su lugar vino un ascenso.

Tenía amigos protectores en todos los partidos; sus superiores le querían, los títulos más linajudos le daban su protección, y especialmente contaba con el apoyo del padre Claudio, a quien había conocido en el mundo elegante y el cual le apreciaba haciéndose lenguas de su talento. El jesuíta había adivinado en él un hermano malogrado que de llegar a vestir la sotana hubiera prestado grandes servicios a la Orden como confesor de princesas e intrigante palaciego.

--Me río yo de los cambios políticos--decía el joven vividor con aire de hombre confiado--. Yo estoy a prueba de cesantías, y mientras tenga tan buenos amigos me da lo mismo que mande O'Donnell o Narváez.

Quirós no contaba únicamente con sus cualidades de joven laborioso, amable y sencillo. Tenía otras que le hacían ser muy apreciado en la alta sociedad, especialmente por las señoras y los personajes serios.

Ante todo era un espíritu profundamente religioso. Era, según la feliz expresión del padre Claudio, un muchacho como ya no los había en este siglo de escepticismo y de incredulidad.

¡Con qué fervor hablaba Quirós en los bailes, entre un vals y un rigodón, de la santa religión católica, ante un grupo de viejas retocadas que rabiaban al tener que desempeñar el papel de beatas, ya que no podían hacer lo que en sus juveniles tiempos! Con tanto fuego y acento tan expresivo defendía a la religión aquel diplomático vividor, que hubo quien le comparó una vez al elocuente San Bernardo, ignorando, sin duda, que el fanático competidor de Pedro Abelardo no sostenía contiendas religiosas, después de haber disertado con brillantez en una mesa del Casino, acerca de la nueva forma de los fracs y de los botones que debían llevarse en la pechera.

Donoso Cortés era el modelo de oratoria, el gran maestro para aquel intrigante aprovechado, y con acento declamatorio, mirando unas veces al cielo como víctima que pide misericordia, y tronando otras con acento apocalíptico, ensartaba lugares comunes para arrojarlos contra la sociedad descreída que odiaba a los sacerdotes y se mofaba del catolicismo, prediciendo un sinnúmero de catástrofes horripilantes si el mundo no se separaba de la senda de perdición a que le impulsaban las doctrinas republicanas y librepensadoras.

¡Qué talento tenía aquel Joaquinito! Lo malo era que algunos de sus aristocráticos compañeros de oficina, oyéndole perorar de este modo ante unas cuantas viejas y antiguos calaveras convertidos ahora en beatos, aunque ponían una cara compungida, propia de un devoto indignado, se reían en su interior, recordando alegres cenas en un gabinete particular de Fornos, donde Quirós, dando besos y pellizcos a las convidadas que tenía más cerca, se esforzaba en demostrar que en el mundo todo es carne y dinero y que el hombre de talento debe excederse por alcanzar estos dos medios de felicidad, dejando para el populacho el consuelo de la religión, que él calificaba de farsa, entre las risotadas de aquellos marquesitos que pertenecían a familias muy cristianas y habían sido educados por los padres jesuítas.

--¡Valiente farsante!--decían admirados al oírle declamar a favor de la religión aquellos hijos de familia que en sus casas se veían precisados a proceder tan hipócritamente, aunque con menos talento.

Quirós no se contentaba con ser un predicador de salón, pues ansioso de ganar alguna notoriedad, escribía en el "Boletín de las Damas Católicas", un periódico que pasaba por órgano del padre Claudio y cuyos números figuraban en los tocadores de las señoras de la aristocracia, manchados muchas veces por el colorete y el agua de Colonia. En aquella publicación, que era como la trompeta de la elegancia devota, llamando sin cesar a que se prosternasen a los pies de los jesuítas todas las personas de gran fortuna, Quirós publicaba artículos trascendentales sobre la inmoralidad de los tiempos o acerca de la impiedad reinante, tratando con un desdén olímpico a un joven catedrático casi desconocido que se llamaba Castelar, y que en la Universidad Central daba rudos golpes al ultramontanismo fanático, explicando historia, y a un tal Pi y Margall que escribía libros sobre arte y ciencia canónica, que la autoridad se apresuraba a recoger con tanta presteza como si se tratase de combatir una invasión epidémica.

¡Qué cosas se le ocurrían al "pollo" cuando trataba con tan soberano desprecio a aquellos escritorzuelos impíos, y con qué desparpajo se burlaba de ellos!

Aquello era escribir, según la opinión del padre Felipe y todas sus antiguas penitentas, y no lo que hacían unos libelistas que el pueblo se empeñaba en aplaudir y que sólo sabían hablar mal de la Iglesia, fiel representante de Dios.

Quirós, sin perder en la alta sociedad su carácter de hombre elegante, que buscaba un acomodo definitivo, por ejemplo, una esposa rica, consiguió fama de joven juicioso y de escritor notable, viniendo a coronar su reputación una novela titulada: "¡Pobre Eulalia!", engendro lacrimoso y dulzón que, encuadernadito en color de rosa, salió de la imprenta para ser hojeado por blancas y aristocráticas manos, descansando sobre el mármol de los tocadores o en el fondo de perfumados costureros acolchados de raso. Fué aquello un éxito espantoso, una apoteosis de amables sonrisas y de encantadoras felicitaciones de un púbilco femenino entusiasmado por la moral de aquella novela. ¡Cuánta pulcritud en el argumento! Aquella obra era un dechado de delicadeza y pregonaba el sorprendente talento del autor. Los personajes hablaban como serafines, se pasaban la vida suspirando; no conocían sino de oídas la maldad, que tanto abunda en el mundo, y se movían como las figurillas de un teatro mecánico a voluntad del escritor. La protagonista, joven cándida, inocente y angelical, envuelta siempre en blancas vestiduras y tan ideal y vaporosa a fuerza de ser llorona que llegaba a dudarse si sus diminutos pies tendrían a continuación carnales pantorrillas, pasaba las de Caín perseguida siempre por el traidor de la obra, un señor que, por añadidura, nunca iba a misa y hablaba mal de los curas; pero el lector, después de sufrir y llorar con las desdichas de Eulalia, quedaba consolado y alegre, pues en el epílogo moría el monstruo y triunfaba la inocencia, pues hay un Dios que premia la virtud y castiga la maldad, aunque en el mundo vemos lo contrario todos los días.

Los mismos periódicos que hablaban con fruición de la caridad y de las costumbres virtuosas de la baronesa de Carrillo, se hicieron lenguas de la flamante producción de don Joaquín Quirós, "uno de los más decididos adalides de nuestra santa causa", y el joven consiguió un triunfo completo.

A los veintinueve años Quirós se acordaba algunas veces de la miseria que había sufrido en su niñez y de las privaciones terribles que para educarle se imponía su difunta madre, y al verse en la actualidad considerado en unas partes como hombre distinguido, en otras como necesario, y en todas como digno de aspirar a más altos destinos, reconocía que la suerte no le había sido esquiva y que aún podía prometerse mayores felicidades en el porvenir.

Como escritor religioso y joven distinguido figuraba en varias asociaciones devotas. Era aquél el tiempo de las cofradías, pues la sociedad elegante reflejaba las aficiones de la corte, donde imperaban como consejeros supremos Sor Patrocinio y el padre Claret. El general O'Donnell, para agradar a la reina y conservar el Poder, veíase obligado a ir en las procesiones de la cofradía de San Pascual, con el escapulario al cuello y el cirio en la mano, y cuando tal hacía el jefe del Gobierno, inútil es decir el deseo de imitación de aquella sociedad aristocrática que amoldaba todos sus gustos y diversiones a aquellas que privaban en Palacio.

Ser miembro importante de una cofradía aristocrática, de una de las asociaciones creadas con aparente fin benéfico por la incesante propaganda jesuítica, equivalía en aquella época a tener abiertas las puertas de los principales centros oficiales, a ser considerado como un alto personaje revestido de cierta inmunidad, y por esto el aprovechado Quirós, que nunca se equivocaba al elegir el más rápido camino para hacer carrera, mostró gran empeño en tomar importante participación en aquella corriente religiosa y ofreció su servicio a cuantas fundaciones de tal género se iniciaron.

La directora de aquel movimiento devoto, el centro de aquel torbellino de fingida fe, era la baronesa de Carrillo, y bajo su protección se puso el aprovechado Quirós, prestándose a desempeñar el cargo de secretario en cuantas corporaciones fundaba doña Fernanda.

Las ocupaciones que este cargo llevaba anexas obligaban al joven a conferenciar frecuentemente con doña Fernanda, y de aquí que visitase casi diariamente la casa del conde de Baselga, donde llegó a ser casi tan considerado como el director espiritual de la baronesa.

Los criados encontraban a don Joaquín un señorito muy simpático, que tenía sonrisas y palabras amables hasta para el mas ínfimo servidor; doña Fernanda aprovechaba todas las ocasiones para hacerse lenguas de su talento y su religiosidad, y Enriqueta era la única que lo miraba con cierta indiferencia, considerándolo sin duda como un ser superficial e insignificante, con ese buen golpe de vista que poseen muchas veces las niñas más inocentes.

El conde de Baselga consideró, al principio, del mismo modo que su hija a aquel joven tan locuaz y adulador, pero poco a poco fué interesándose por él, y de una indiferencia despreciativa pasó a un afecto que poco a poco fué creciendo y dominándolo.

Era que la astucia de Quirós había adivinado el punto flaco de aquel carácter taciturno y desconfiado, y comenzaba a explotar sus aficiones y creencias.

El afecto de Baselga considerábalo de gran importancia para él, y de aquí que hiciese toda clase de esfuerzos para ser su amigo.

Quirós comenzó por mostrarse carlista y hacer, cuantas veces se hablaba de política en presencia del conde, apasionadas profesiones de fe en favor de la buena causa. Cada uno de aquellos ditirambos que soltaba en honor de la rama legítima de los Borbones y del absolutismo, acompañados de maldiciones a Fernando VII, valíale fijas miradas del conde, que le escuchaba sin romper su obstinado silencio.

El era carlista y no tenía inconveniente en decirlo en todas partes, así como en asegurar que si servía al legítimo gobierno de Isabel II era porque ésta, en su concepto, no tardaría en ser iluminada por Dios con la luz de la verdad, lo que haría que ésta entregase la corona a sus parientes, que era a quienes pertenecía. Además, él estaba empleado en el Ministerio de Estado porque así lo exigían sus correligionarios, pues desde su puesto podría servir mejor a los intereses del partido.

Aquellas declaraciones, unidas a ciertas oportunas muestras de interés, lograron conmover al conde, que, faltando a sus hábitos de misantrópica reserva, comenzó a dispensarle cierta confianza.

Baselga, después de muchos años de aislamiento social, experimentaba la apremiante necesidad de comunicar a alguien sus pensamientos y entablar una íntima relación.

Renacía el hombre en él, con todos sus naturales necesidades, y sus aficiones al estudio, así como el aventurado plan que hervía en su cerebro, algo perturbado, le obligaban a buscar un verdadero amigo en quien depositar sus locas ilusiones.

Quirós fué el primero que se acercó a él, y de aquí que le concediese toda su confianza.

El joven diplomático conquistó de tal modo el afecto de Baselga, que éste no tardó en considerar como necesaria su amistad, haciéndole partícipe de todos sus secretos.

Al principio el conde se limitó a relatarle sus estudios, complaciéndose en enseñarle, con la misma pasión del avaro al mostrar sus tesoros, la preciosa biblioteca militar que había logrado reunir; pero cuando el joven fué penetrando en su intimidad y se dedicó a visitar diariamente su gabinete de trabajo, le fué imposible a Baselga ocultar el plan grandioso a que dedicaba su existencia, y en un momento de abandono relató a Quirós su soñada conquista de Gibraltar.

El joven tenía gran dominio sobre sí mismo y sabía ocultar hábilmente sus impresiones; pero a pesar de esto, cuando el conde, con una calma olímpica, le fué explicando su plan, le faltó muy poco para exclamar:

--¡Este hombre está loco!

Algún oculto propósito debía tener Quirós acerca del conde, por cuanto halagó tan locas ilusiones, incitándole a perseverar en el descabellado plan. Este era el medio más seguro para conquistar por completo su confianza.

Quirós aceptó con entusiasmo las ideas del conde, y fingiendo con aquella habilidad de farsante que tan irresistible le hacía, un amor sin límites a la patria, juró que ayudaría a su viejo amigo en tan santa empresa.

Desde entonces Baselga tuvo en el joven un auxiliar apreciable, al que dió bastante trabajo, pues por un capricho propio del que se encariña en una idea y quiere poseerla por completo, le hizo sacar copia de cuantos datos existían en el archivo de Estado acerca de la cesión de Gibraltar a los ingleses.

De este modo tuvo el conde un amigo íntimo, y Joaquinito Quirós fué en casa de Baselga un personaje considerado por todos casi como miembro de la familia.

XVI

El padre Claudio en campaña.

Cuando menos lo esperaban los habitantes del palacio de Baselga, que vivían en una paz octaviana desde la partida de doña Fernanda, llegó un telegrama anunciando la próxima llegada de ésta, y a la mañana siguiente la baronesa, seguida de su doncella y llevando al lado al padre Felipe, que había ido a esperarla a la estación, hizo su entrada triunfal en el edificio, solemnizando su llegada con destempladas riñas al portero y a la restante servidumbre por su torpeza al subir las maletas y los innumerables paquetes que formaban su equipaje.

--Ya tenemos el diablo en casa--murmuró Tomasa, que perdió repentinamente su animación al ver el avinagrado gesto de la baronesa.

Aquella inesperada aparición preocupaba al ama de llaves, que con cierto fundamento esperaba que el viaje de doña Fernanda duraría algunos meses más. Su mirada escudriñadora fijábase con insistencia en la persona de la baronesa buscando en ella las huellas de una dolencia. Tenía el rostro muy pálido y su rubicundez se habia extinguido; pero el vientre que Tomasa miraba con descaro no presentaba ninguna señal denunciadora. ¡Y aquel viaje sólo había durado tres meses! ¿Se había engañado la doncella de doña Fernanda, y por su afán de inventar chismes habría atribuído a su señora aquel embarazo que ahora resultaba falso?

No era el ama de llaves mujer capaz de esperar pacientemente la resolución de sus dudas, así es que al ver cómo la doncella llevaba su equipaje a su cuarto, fué tras ella y sin preámbulos le preguntó lo que deseaba saber.

--Calle usted, señora Tomasa, que bastante hemos pasado. Los padres a quien fué recomendada la baronesa eran unos jesuítas franceses muy finos y alegres, que se interesaron por nosotros y tomaron a pechos el sacar a la señora de apuros. Yo escuché tras una puerta cómo un padre ya viejo y con aire de experimentado, le preguntaba un día qué prefería: tener un hijo a su tiempo y sin graves complicaciones, o buscar un aborto que suprimiese aquella criatura, viviente testimonio de su falta y que algún día la podía comprometer a los ojos de la sociedad. Ya sabe usted quién es esa mujer y su alma atravesada, que le permite no temblar ante los mayores peligros. Aceptó la última proposición, ganosa de salir del paso cuanto antes, aunque esto le costase la vida, y yo no sé qué diablos le darían aquellos padres tan listos, que a las pocas noches la baronesa púsose a morir, pero arrojó de su cuerpo el regalo del padre Felipe. El mes que yo he pasado cuidando a la señora, que estaba entre la vida y la muerte, no se le doy a pasar a nadie; pero, al fin, se ha puesto buena y algo me han valido mis penalidades, así como mi reserva.

Y al decir esto, sonreía irónicamente la charlatana doncella.

--Ahora--exclamó con acento cruel el ama de llaves--, otra vez a empezar, volviendo a las conferencias a puerta cerrada. Esa perra es insaciable y no escarmienta. ¿No la has visto llegar tan amartelada con el padrazo Felipe?

--Le telegrafió ayer ordenándole que saliese a la estación, y ese cura alegre parece estar enamorado de la señora a juzgar por la sumisión con que la obedece.

--¡Valiente hermosura la de tu señora para enamorar a nadie!

Si la llegada de la baronesa había puesto de mal humor a Tomasa, no era menor la impresión que hizo experimentar a Enriqueta, que recibió a su hermanastra con la misma sonrisa forzada y violenta del esclavo que tras una larga ausencia vuelve a encontrar a un amo cruel.

Ella sabía lo que representaba en su vida aquel inesperado regreso de doña Fernanda, ¡Adiós los días tranquilos pasados en la casa paterna en adorable libertad, sin temor de oír la agria voz de su hermanastra, ni de obedecer sus tiránicas órdenes! ¡Adiós los alegres paseos por el Retiro apoyada en el brazo de Alvarez, y las interminables conversaciones amorosas! La educación férrea y monótona de una joven a quien se intenta dedicar a Dios, aparecía otra vez a los ojos de Enriqueta destacándose en un negro porvenir.

Desde el día en que llegó la baronesa volvió a restablecerse en aquella casa el antiguo sistema de vida. El padre Felipe hizo invariablemente su visita por la tarde; otros jesuítas, por pura cortesía, fueron una vez por semana a hacer tertulia a la baronesa, hablando de la maldad de los tiempos y de la necesidad de establecer el reinado de Dios; el padre Claudio apareció de tarde en tarde, siendo recibido con tantos honores como un soberano; Quirós continuó sus conferencias con Baselga acerca del famoso plan, y con la baronesa sobre administración de cofradías y fundación de otras nuevas, y Enriqueta fué otra vez la sierva de su hermanastra, la víctima propiciatoria de todos sus enfados, la "Cenicienta" de la casa, que pasaba como un ser insignificante, pronta siempre a temblar y a obedecer resignada todos los mandatos de aquello mujer que manejaba a su gusto su voluntad.

--Esa muchacha--decía siempre doña Fernanda al hablar con sus amigos, con la misma complacencia que el artista al tratar de la obra que ha modelado--carece en absoluto de libertad, y sin mis consejos y sin mi dirección no sé qué sería de ella en el mundo. La pobrecita no sirve para vivir en sociedad, y el día más feliz de su vida será aquel en que haga sus votos en el convento. Dios la llama y ella es feliz al pensar que Cristo la quiere por esposa.

En aquella tertulia de sotanas y levitas de corte clerical que todas las tardes se reunía en el salón de la baronesa, era artículo de fe que Enriqueta tenía una vocación sobrehumana a la vida religiosa, y la mayor parte de aquellos señores creían proporcionar a la joven un inmenso placer llamándola "la monjita", cuando por rara casualidad la encontraban en las habitaciones de su hermanastra.

La vocación de la joven fué un asunto que requirió toda la atención de la baronesa poco tiempo después de su regreso a Madrid.

Una mañana, cuando ella menos lo esperaba, se presentó el padre Claudio, que muy contra su voluntad engordaba de un modo vulgar, perdiendo en gallardía lo que ganaba en majestad.

Cada una de aquellas visitas llenaba de satisfacción a la baronesa, que conocía mejor que muchos individuos de la Orden el inmenso poder que aquel clérigo tenía en sus manos, y que manejado ocultamente, minaba todas las clases de la sociedad.

--¡Oh! ¡Cuánto honor para mí, reverendo padre!--contestó Fernanda, rubicunda por la satisfacción--. Hace tiempo que no venía vuestra reverencia y temía el rogarle que pasase algún rato por aquí por miedo a turbarle en sus importantes ocupaciones.

El padre Claudio dió a besar su blanca y regordeta mano de obispo y contestó con amables sonrisas a todos los cumplidos que la baronesa le dirigía.

Cierto que por él no pasaban los años, pues, aunque aquella pícara obesidad le sofocaba, sentíase más fuerte que nunca; y al decir esto lanzaba miradas relampagueantes y extendía impetuosamente sus brazos como si quisiera atemorizar a algún misterioso enemigo con el que venía luchando por espacio de muchos años.

El padre Claudio estaba muy preocupado hacía algún tiempo por una idea que le obsesionaba. Aquel hombre que ocultamente desde el fondo de su despacho manejaba casi toda la nación, que intervenía en los asuntos palaciegos y que en varias ocasiones había logrado con sus manejos derribar unos ministerios y elevar otros, juzgábase postergado y la envidia y la ambición le hacían mirar como mezquina la posición que ocupaba dentro de la Orden.

Aquel cargo de asistente o vicario de la poderosa Compañía en España desempeñábalo desde su juventud y no podía menos de irritarse al ver que no lograba continuar la carrera de grandezas que tan fácil le había sido en sus primeros años de jesuíta.

A la edad en que muchos compañeros se contentaban con ser coadjutores, él dirigía los intereses de la Orden en España como dueño absoluto y sin tener que dar cuenta de su conducta a otro padre que al general que estaba en Roma. Algunos negocios afortunados, que dieron gran utilidad a la Compañía y que él llevó a cabo con una astucia y una sangre fría sorprendente, le habían valido una gran reputación en la Orden y el ser elevado a una dignidad que nunca habían desempeñado jesuítas de tan pocos años.

Tan rápida elevación había amortiguado en el padre Claudio su ambición inextinguible y transcurrieron muchos años sin que se le ocurriera al satisfecho jesuíta quejarse de su suerte; pero cuando fué entrando en la vejez, cuando por su edad veía ya sobradamente justificado el cargo que ejercía, quiso ser más y escalar el último puesto que quedaba dentro de la Orden.