La araña negra, t. 3/9

Part 10

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El conde de Baselga no era obstáculo para aquel plan que Tomasa se proponía realizar. Seguro de la fidelidad de su ama de llaves, a la que consideraba como de su familia, dejaba a Enriqueta por completo a su cuidado y continuaba su vida aislada pasando los días encerrado en su despacho, sin otro recreo de vez en cuando que un paseo por los desiertos alrededores de Madrid.

Baselga se había transfigurado con aquel método de vida.

La soledad en que le obligaba a vivir su misantropía, habíale aficionado al estudio, y en su despacho, que antes sólo tenia por adornos armas de todas clases, amontonábanse ahora los libros.

Las lecturas literarias y filosóficas le repugnaban. El misterioso influjo que el padre Claudio ejercía sobre su conciencia había desarrollado sus sentimientos religiosos creando en él una susceptibilidad fanática que se irritaba a la más leve indicación contra aquel dogma en el que creía a ojos cerrados. Esto le obligaba a mostrarse tan preocupado en sus lecturas como en su vida y circunscribirse a determinados libros, pues la revolución rugía contra lo existente, y a despecho de las medidas y censuras del Gobierno, hasta en la más inocente obra literaria se deslizaban ataques sobre los ideales que tan entusiásticamente profesaba el conde de Baselga.

Este, ante todo era militar. La guerra constituía la principal afición de su carácter, y de aquí que, al buscar un remedio al fastidio que le devoraba en su vida aislada y casi frailuna, se entregase en cuerpo y alma a la lectura de obras militares. Cuanto se había escrito, en España como en Francia, acerca del arte de la guerra, fué coleccionándolo el conde en su biblioteca.

Aquel hombre, en su juventud tan insolente, despreciador de la ciencia, que después había hecho la guerra como soldado valiente, pero ignorante, que cree que la fuerza y el arrojo es todo cuanto necesita un guerrero para ser vencedor, mostrábase ahora avergonzado por su estupidez y se dedicaba al estudio con el ansia del que quiere recobrar el tiempo perdido.

Baselga se sentía ahora agitado por el afán de gloria. Muchos de sus antiguos compañeros de la Guardia real eran ahora generales ilustres y estaban en todo el apogeo de su celebridad, y él, aficionado nuevamente a la milicia, miraba con envidia la posición de sus antiguos amigos. Los millones que poseía, sus títulos, todo cuanto era lo hubiera dado por poder mandar una división y haber asistido con ella a la guerra de Africa o a otra de aquellas campañas tan gloriosas como descabelladas que, para labrarse su propia gloria, llevaba a cabo su antiguo amigo don Leopoldo O'Donnell.

El conde, a fuerza de hojear a los tratadistas militares y de leer obras de fortificación, acabó por concebir un plan que produjo sobre su cerebro una verdadera obsesión.

Ya tenía el medio de hacerse célebre. En Baselga, a pesar de su exterior rudo, había algo de poeta: la imaginación era su principal facultad, y esto hacía que revistiesen cierto ambiente romancesco y místico todas las ideas que se fijaban tenazmente en su cerebro.

Comenzó a madurar la idea de apoderarse, por sorpresa y mediante un buen golpe de mano, de Gibraltar, y se dedicó con ahinco a estudiar todo cuanto se había escrito sobre el famoso sitio que los españoles pusieron a la inexpugnable plaza inglesa en el siglo pasado.

Aquella empresa excitaba los entusiasmos que Baselga podía sentir: el patriótico y el religioso. Como soldado español, estremecíase al pensar que la bandera de su patria llegaría a ostentarse desplegada en el mismo punto donde ahora ondeaba el pabellón inglés, y como católico y fanático sentíase dominado por una beatífica emoción, considerando que con la conquista de Gibraltar se privaba de la mejor de sus plazas a Inglaterra, una nación protestante, enemiga de los santos y que se reía del Papa, aquel vicedios que dirigía el mundo desde Roma.

Al poco tiempo de habérsele ocurrido aquel plan se sentía tan dominado por él que le dedicaba toda su existencia.

Pasaba el día y gran parte de la noche inclinado ante imperfectos planos de Gibraltar y consultando notas que se había procurado acerca de la guarnición de la plaza y los puntos donde estaba acuartelada. Cuando el cansancio le obligaba a dejar aquella tarea y podía reflexionar sobre los posibilidades de éxito de su empresa, sentíase muy animado y confiaba en un completo triunfo.

El tenía marcada su línea de conducta. Primero combinaría en principio su plan, cuidándolo hasta en sus últimos detalles; después lo comprobaría sobre el terreno, haciendo un viaje a Gibraltar, en el que ya había estado en 1823 durante su campaña en las inmediaciones de Cádiz, y, finalmente, escogería un número proporcionado de hombres de valor y de serenidad para dar el audaz golpe de mano que se había imaginado. En Navarra, y entre sus antiguos voluntarios de la guerra carlista, pensaba hallar los compañeros para aquella loca aventura, en la que estaba dispuesto a gastar la colosal fortuna de sus hijos.

El alcanzaría la inmensa gloria de devolver a España aquel rincón de la península arrancado por la traición inglesa, y si no lo lograba, perecería como un mártir patriótico, digno de eterno renombre.

Y mientras Baselga, en la soledad de su despacho, se entregaba a interminables cavilaciones, interrumpidas de vez en cuando por risueñas esperanzas que se forjaban en su optimista imaginación, su hija y el capitán Alvarez sonreían embriagados por la dulce primavera del amor.

XIV

Primavera de amor.

La primera vez que Enriqueta y Esteban Alvarez se vieron de cerca y pudieron hablarse fué algunos días después de emprender su viaje la baronesa de Carrillo.

El invierno era frío y lluvioso, pero aquel día amaneció hermoso y sereno, y el ama de llaves de Baselga, a más de las diez, cuando su señor, después de almorzar se encerró en su gabinete para dedicarse a sus estudios, invitó a Enriqueta a dar un paseo.

Era simplemente, como decía Tomasa, una agradable escapatoria al Retiro, que aquel día debía de estar hermoso, y por esto Enriqueta se vistió modestamente, aunque con esa seductora coquetería instintiva en las jóvenes hermosas y elegantes.

El cochero recibió orden de enganchar, y media hora después, dentro de una elegante berlina, iban Tomasa y su señorita al hermoso parque que tiene Madrid.

Enriqueta sentía una agitación que tenía mucho de placentera. Iba por primera vez a hablar con el hombre adorado y no podía evitar cierta zozobra, hija del temor de aquel paso decisivo. ¡Ay, si la baronesa llegaba algún día a saber aquello!

Cuando entraron en el celebrado paseo, Enriqueta, con instintivo impulso, sacó la cabeza por la portezuela, y a lo lejos, bajo un grupo de árboles seculares, distinguió la viva mancha de color de un uniforme.

Era el capitán Alvarez, que, avisado por Tomasa, esperaba también impaciente.

Las dos mujeres apeáronse del carruaje, y dando orden al cochero para que esperase en aquel punto, internáronse en una umbrosa alameda sin mirar a Alvarez, el cual procuraba fingir una completa indiferencia mientras estuviera al alcance de las miradas del auriga y el lacayo. El ama de llaves le había recomendado mucho no cometer indiscreciones en presencia de aquellos criados aficionados al chismorreo de escalera abajo, cuyas revelaciones subían muchas veces a las habitaciones de sus tamos.

Poco rato después, en una plazoleta distante, reuníase el capitán con las dos mujeres.

Quien recuerde el feliz instante en que por primera vez habló a la mujer amada puede fácilmente imaginarse las impresiones que experimentaron Esteban y Enriqueta al verse juntos.

El capitán, aunque en su exterior mostraba cierto petulante asombro, era para ocultar mejor la turbación que experimentaba. Aquel endiablado mozo, que tan bien sabía entenderse a sablazos con los marroquíes, y que en épocas de paz, llevado de su carácter batallador, conspiraba contra el Gobierno, era en el fondo tímido como una doncella, y sentía gran cortedad al dirigir por primera vez la palabra a Enriqueta.

El no era ningún niño; había tenido sus novias en todos los puntos donde estuvo de guarnición, y en el regimiento lo consideraban como chico listo, que aunque serio, sabía sacar su parte a tiempo; pero había gran diferencia entre las modistillas y las señoritas cursis con que hasta entonces había tenido relaciones, y aquella joven elegante, millonaria y aristocrática, que contestaba a sus apasionadas cartas con lacónicos billetes, que aunque muy amorosos, parecían por su redacción despachos telegráficos.

Alvarez temía aparecer ridículo en la conversación y deshacer de este modo el buen efecto que en Enriqueta había producido su adoración desde lejos.

Por su parte, la joven experimentaba el mismo temor, y de aquí que ambos amantes caminasen delante de Tomasa exageradamente separados, balbuceando monosílabos, contentos con mirarse tiernamente, sonriendo ruborizados, y diciendo de vez en cuando frases estúpidas, sobre la belleza del día, la lluvia de la semana anterior y el frío que hace en invierno.

Al fin la juventud y el amor desvanecieron aquellos temores; los jóvenes se avergonzaron de su conversación imbécil, y después de esperar cada uno de los amantes que el otro iniciase el amor en el diálogo, como riachuelos que hinchados por la tempestad rebosan sus ribazos y saltan sus presas destrozando todos los obstáculos, los dos comenzaron a hablar con encantadora verbosidad, al principio con cierto recelo y después con tanta confianza como si hubiesen estado juntos desde su infancia.

Alvarez se reía ahora de su sospecha de resultar ridículo. Enriqueta le amaba y él, al hablar, decía cuanto le dictaba su cariño, acogiendo la joven con estremecimientos de placer aquellos juramentos de amor, extremadamente novelescos, que le dirigía el capitán.

¡Qué mañana tan hermosa fué aquélla para el enamorado militar! En su pensamiento surgía el recuerdo de aquella otra en que vió en igual sitio a Enriqueta, y al contemplarse ahora al lado de la hermosa joven en íntima conversación con ella se consideraba feliz, y creía que la vida no es tan mala como muchos quieren suponer.

Enriqueta llevaba un abrigo igual o parecido al que vestía aquella mañana del encuentro, y en su cabeza ostentaba la capota blanca con lazos de rosa, aquella capotita que danzaba en los ensueños de Alvarez. Aquello podía ser coquetería de la joven o casualidad; pero tal igualdad del traje contribuía a hacer más completa la felicidad del capitán.

Pareció a éste que no había transcurrido el tiempo, porque se encontraba aún en aquella misma mañana y que el año que había pasado con sus desconsoladoras excitaciones de impotente deseo y sus ensueños interminables era un rápido centelleo de su imaginación visionaria.

Tan penetrado estaba en esta ilusión que varias veces, con instintivo movimiento, volvió la cabeza al oír cómo crujía la arena del paseo bajo unas pisadas acompasadas. Era Tomasa, que marchaba lentamente y resignada, procurando que existiera alguna distancia entre ella y la pareja, para que los "muchachos" pudiesen hablarse con entera libertad. No era la baronesa, como se imaginaba Alvarez en su momentánea confusión, que le hacía creerse en la mañana misma que vió por primera vez a Enriqueta. Doña Fernanda se hallaba lejos del Retiro y más lejos aún de creer que su hermanastra paseaba al lado de "aquel militarucho insolente", oyendo con ruborosa complacencia sus razonamientos amorosos, que parecían salir de boca del galán de una comedia de capa y espada.

¡Cuán dulces fueron las emociones que experimentaron los dos jóvenes en aquella primera entrevista! Cada una de sus confianzas costábanles un sinnúmero de vacilaciones, de las que luego se reían con inocente candor. Necesitó Alvarez mostrarse cómicamente grave para que Enriqueta accediese a tutearle, como ya acostumbraba a hacerlo en las cartas, y para excusarse la joven dijo, con una franqueza adorable, que le daba vergüenza hablar con tanta confianza a un señor que tenía más años que ella.

Si Tomasa no está allí, Alvarez se la hubiera comido a besos.

Era ya mediodía y todavía la pareja, como cometa amoroso cuya cola era el ama de llaves, iba a la ventura corriendo en caprichoso zigzag el gigantesco parque, con gran desesperación de Tomasa, que comenzaba a cansarse y a sentir cierto enojo por la falta de atención de los enamorados, que no querían sentarse en ningún banco. ¡Aquellos malditos novios no llegaban a cansarse!

Esto y lo avanzado de la hora obligó a la franca aragonesa a intervenir en el amoroso diálogo.

Vamos, ¿no había ya bastante? ¿No era ya hora de retirarse a casa antes que el conde, al dirigirse al comedor, se extrañara de la tardanza de su hija?

--Ahora mismo nos iremos--contestaba Enriqueta, y volvía inmediatamente a mirar a su novio, reanudando la interrumpida conversación y siguiendo el paseo.

Varías veces hizo Tomasa sus advertencias, obteniendo siempre idéntica contestación. No era empresa fácil separar aquella pareja embriagada por el amor y que, arrullándose con las caricias de su mirada, perdía completamente la voluntad.

Aquel paseo se hubiera prolongado hasta la noche a no ser por la energía de la vieja doméstica, que con el rostro grave se plantó ante los dos amantes impidiéndoles el paso.

--No son ustedes razonables--les dijo--. ¡Ah, la juventud, la juventud! Todo quieren comérselo en un día, aunque después se mueran de hambre. Piensen ustedes que, si no se separan inmediatamente, alguien podrá sospechar lo que ocurre, en vista de nuestra tardanza, y ya no volverán a repetirse estas entrevistas... En fin..., señorita Enriqueta, yo no estoy dispuesta a comprometerme tontamente, y si no nos vamos en seguida a casa, juro no volver a traerla más aquí.

Los novios se decidieron a separarse, y a corta distancia del lugar donde esperaba el coche verificóse la despedida.

Enriqueta, sonriendo con cierta pena en vista de la brevedad del placer, pues aquellas dos horas le habían parecido un minuto, tendió su enguantada manecita al capitán, quien la estrechó entre las suyas con energía cariñosa.

El dulce calor que transpiraba la fina cabritilla envolviendo aquella mano delicada, causó gran efecto en Alvarez, que se estremeció de pies a cabeza. Fué aquello un latigazo de esa extraña voluptuosidad que pone en tensión los nervios y embriaga el cerebro sin conmover ni una sola fibra de la carne.

Fuése alejando Enriqueta, y antes de desaparecer volvió la cabeza varias veces para enviar a su amado sonrisas de felicidad.

Aquella fué la época feliz de Alvarez, que hasta entonces no había conocido realmente el amor.

Ver a Enriqueta y hablarla era su mayor placer, y la felicidad llegó a hacerle exigente hasta el punto de mostrarse malhumorado el día en que por cualquier accidente no podían las dos mujeres salir de casa y dejaban de acudir al punto de cita.

Llovía aquel año con frecuencia, y Alvarez, que antes se preocupaba muy poco de las variaciones del tiempo, dormíase ahora todas las noches pensando con inquietud en la problemática bonanza del día siguiente.

La lluvia o el frío malograban los paseos amorosos por el Retiro, y si Enriqueta y su fiel Tomasa se decidían a salir era para ir a alguna iglesia donde los amantes sólo podían mirarse de lejos, hablándose con los ojos. Un delicioso rozamiento de dedos al ofrecer el agua bendita de la pila, era lo único que alcanzaba el capitán en aquellas mudas entrevistas en el fondo de alguna iglesia obscura y mal oliente, conmovida por el monótono rugido del canto llano y el murmullo del rezo de las beatas.

Las entrevistas en el Retiro, aquellos paseos por avenidas alfombradas de hojas secas y orladas por grupos de árboles que con cierta salvaje grandeza cortaban el cielo con su pelado ramaje de esqueleto, gustaban más a los dos amantes, y especialmente a Enriqueta, que acudía al público parque apenas el día no se mostraba tormentoso.

Aquella Arcadia amorosa, que tenía por fondo un imponente paisaje de invierno, se prolongó por espacio de unos dos meses, y en este tiempo los amantes llegaron al último límite de una intimidad tan casta como cariñosa.

Horas enteras de conversación, en que las lenguas se mostraban tan activas como lánguidos los ojos, momentos de dulce abandono, sirvieron para que cada uno de ellos vaciase su memoria al oído del otro, relatando los sucesos de su vida pasada, sus deseos y sus aspiraciones.

No había secretos ni calculadas reservas en aquella interminable charla amorosa, que tenía mucho de los caprichosos giros del gorjeo del ave; hablaba el corazón en todos los momentos, y a los pocos días cada uno conocía tan perfectamente la vida del otro, como la suya propia.

Enriqueta experimentaba un gran consuelo al tener alguien, que no fuera el ama de llaves, a quien comunicar las penas que le ocasionaba su educación casi religiosa, que pugnaba con su carácter, y las exigencias imperiosas de la baronesa.

Alvarez, oyendo a su novia, sintió crecer su odio contra aquella señora que tan antipática le era.

La personalidad del conde no le inspiraba ningún sentimiento, pues el capitán la consideraba como misteriosa e indefinida.

Siempre que Enriqueta hablaba de su padre lo hacía con tal brevedad y con tanta falta de pasión, que Alvarez no tardó en adivinar que la hija de Baselga sentía hacia éste la misma frialdad temerosa, nacida de la falta de confianza.

Aquel buen señor, que hacía una vida aislada y silenciosa como la de un eremita, y que pasaba los días enteros encerrado en su despacho sin permitirse ninguna expansión ni mostrar su afecto a la familia, resultaba un ente misterioso, y Alvarez, en su imaginación de poeta, casi llegaba a representárselo como uno de los fantásticos y tétricos protagonistas de los cuentos de Hoffman.

Conforme iba conquistando Alvarez la confianza de su amada y se enteraba de las particularidades de su familia sentíase invadido de una gran tristeza que ocultaba cuidadosamente.

Aquella baronesa, orgullos e irascible, y el conde, grave, inabordable y misterioso, le causaban miedo, pues comprendía que él, pobre, humilde y sin otro patrimonio que su valor y su talento, nunca conseguiría entrar legalmente en la familia siendo esposo de Enriqueta, que era lo que anhelaba, más por amor que por ambición.

Aquella era la única nube que empañaba el puro cielo de su primavera de amor.

La época feliz de sus amores duraría el tiempo que la baronesa tardara en volver a Madrid.

El día en que doña Fernanda regresara a casa de su padre, Enriqueta volvería a su vida semimonacal, y él tendría que contentarse con pasear la calle, sosteniendo unos amores románticos que acabarían a la puerta de un convento.

Alvarez estaba triste. Los días en que más locuaz y adorable se mostraba Enriqueta eran los en que más sufría el capitán apenas quedaba solo y reflexionaba sobre el porvenir.

XV

El amigo de Baselga.

El conde de Baselga tenía un amigo a quien no vacilaba en dar este nombre.

Aquel misántropo, que huía del trato social no buscando más compañía que la de los libros, habíase sentido ablandado de repente en su genio arisco e impenetrable, concediendo poco a poco su confianza a un joven.

Entre los pocos que invitaban en aquella casa por pura cortesía y que merecían no ser comprendidos en una recepción fría y ceremoniosa figuraba Joaquín Quirós, joven a quien ciertos periódicos nombraban siempre con el aditamento de "distinguido e ilustrado" y que tenía alguna reputación entre la alta sociedad de Madrid.

Estaba ya cinco años empleado en el ministerio de Estado y figuraba con cierta autoridad al frente del tropel de vizcondes y marquesitos que, expertos en dirigir un cotillón, mascullando medianamente el francés y hablando horriblemente el castellano, estaban agregados al citado ministerio, donde se preparaban a representar a España, tiempo adelante, en lejanas Embajadas.

Joaquinito Quirós, como le llamaban en las reuniones notables, a pesar de que estaba ya en sus treinta años, era hijo único del segundón de una gran casa, que había gastado hasta su último ochavo en Nápoles en ridículas ostentaciones de riqueza, para hacer ver al mundo que España elegía siempre sus embajadores entre la gente más opulenta y manirrota. Cuando no tuvo ya con qué pagar comidas a lo Lúculo y caprichos propios de Creso y hubo de ceñirse a vivir de su sueldo de embajador, creyó que España quedaría deshonrada si sobrevivía su arruinado representante, y un tiro rompió la caja de hueso que contenía aquel menguado cerebro.

Cuando aquel loco se suicidó, su hijo tenía muy pocos años, y aunque estaba emparentado con la nobleza más distinguida, fué escasa la protección que recibió, y hubo de amoldarse a una vida mísera que compartió con su madre. El descendiente del que en Nápoles encomendaba a Sévres una vajilla de frágil porcelana que costaba una fortuna, y a los postres la arrojaba por el balcón, riéndose del asombro de los convidados, antes de ser hombre supo muchísimas veces lo que era hambre y algunas noches se durmió envuelto en una manta apolillada, pensando que la suprema felicidad en este mundo era tener una estufa en la alcoba.

Mediante el auxilio mezquino de algunos parientes de su padre y valiéndose principalmente de su carácter flexible y adulador y de una rápida y certera intención para apreciar las debilidades de los hombres, el joven consiguió seguir la carrera de leyes con escasa brillantez, pero sin perder un curso, y cuando tuvo el título de abogado, se lanzó al mundo haciendo valer las condiciones ya citadas.

Fué un chico amable, humilde e instruído, un muchacho juicioso, que jamás caería en las extravagancias de su padre, y las familias aristocráticas que de este modo hablaban de Joaquín Quirós, tuvieron empeño y hasta mostraron entre ellas cierta competencia por ayudar y proteger a aquel joven que con una sencillez conmovedora agradecía cuantos servicios le prestaban.

Quirós, tan humilde y tan ingenuo, se reía en su interior de la imbecilidad de aquellas gentes, que le encumbraban por parecer caritativas, y lejos de enfadarse por aquellos favores que olían a limosna, sabía acertadamente adular a unos y excitar el orgullo de otros, siempre en provecho propio, creando una rivalidad entre todos los que a porfía le ayudaban a conquistar una posición.

La miseria y los desaires sufridos en su juventud habían quedado muy impresos en su memoria, y al par que odiaba a todas aquellas gentes que le auxiliaban, lo mismo que si se tratara de un criado simpático, digno de mejor suerte, sentía un hambre insaciable de riquezas para resarcirse de los crueles tormentos de su anterior pobreza.

Las recomendaciones de sus aristocráticos protectores, que hacían valer los "servicios" que a la patria había prestado el padre de Quirós, lograron que éste fuese admitido en el ministerio de Estado, donde no tardó en abrirse paso. Aquel diablo de Joaquinito, como decían las viejas señoras que le protegían, tenía un aspecto tan simpático y era tan amable que en todas partes donde entraba conseguía hacerse el amo a fuerza de cariño. Así era; pero lo que Quirós tenía principalmente en su favor era su facultad de adulador rastrero, pero hábil, que le hacía descubrir con rápido golpe de vista las debilidades de sus superiores, a los cuales sabía elogiar a tiempo, consiguiendo de ellos una sonrisa de benevolencia protectora.

Además, el joven era trabajador y sabía mostrar tan oportunamente su mediana inteligencia, que ésta parecía muy superior a su verdadero mérito. Con estas condiciones había de sobra para abrirse paso en una oficina del Estado.